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CHIMENTOS

La historia de amor de Adabel Guerrero y Martín Lamela: de un inicio idílico al escándalo de infidelidad tras la ruptura

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Adabel Guerrero y Martín Lamela, la historia de amor tras 18 años de relación

La separación de Adabel Guerrero y Martín Lamela sacudió el mundo del espectáculo y sorprendió a quienes seguían su historia, una de las más largas y estables de la farándula. Después de 18 años juntos y una hija en común, la noticia puso fin a un vínculo forjado con esfuerzo, cariño y múltiples apuestas por la familia. El fantasma de infidelidades y engaños opacó el recuerdo de una relación que comenzó con todos los condimentos de una novela rosa.

Su historia de amor comenzó de manera sencilla y lejos de cualquier escenario de glamour. Adabel, en pleno auge de su carrera y recién instalada en Buenos Aires, buscaba un auto y llegó a la agencia de Martín por recomendación de un amigo. Él, recién separado, la recibió en medio de su propio proceso de reconstrucción personal. “Tenía todo el ropero en el baúl cuando la fui a ver”, recordó ella. Adabel necesitaba un vehículo en cuotas y sin garantía, y ese gesto de confianza fue el primer paso hacia algo inesperado.

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La conexión surgió casi por casualidad. Tras la compra, Martín la acercó hasta el gimnasio donde debía ensayar para ShowMatch. Durante el trayecto, hablaron de todo, sin apuro ni expectativa. “No fue amor a primera vista, pero me enamoró que era un chico de barrio divino”, confesó Adabel. Al poco tiempo, la relación se formalizó y, en palabras de la bailarina, “a la semana estábamos conviviendo”. El auto, finalmente, se lo terminó comprando, lo pagó a tiempo y luego lo vendió, pero esa anécdota quedó como símbolo de un inicio fuera de los moldes.

Las vacaciones en familia de Adabel Guerrero en Punta Cana
Las vacaciones de Adabel Guerrero con su familia ensamblada en Punta Cana (Foto: Instagram)

Durante dieciocho años, Adabel y Martín compartieron desafíos, proyectos y la llegada de Lola, su hija, en 2018. Martín ya era padre de tres varones de su primer matrimonio, y juntos ensamblaron una familia que sumó afectos y rutinas compartidas. Adabel reflexionó sobre el paso del tiempo y los cambios en la relación: “Hay cosas que ya se pierden y te gustaría volver a tener, pero un poco resignás porque no sé si se vuelven a tener. La emoción del principio, por ejemplo. Pero ahí está la decisión de elegir…”. La pareja atravesó crisis y momentos difíciles, pero siempre buscó recomenzar y priorizar la armonía familiar.

Dentro de esa red de afectos, Claudia, exesposa de Martín, fue tomando un lugar inesperado y fundamental. Al principio, Adabel no conocía su historia y ni siquiera pensaba en ella. “Cuando conocí a Martín no sabía que estaban recién separados. Después él me explicó que hacía tiempo que ya habían tomado la decisión y, bueno, yo en ese momento estaba disfrutando mi momento, no estaba pensando en ella, sinceramente, porque ni la conocía”, contó. El tiempo transformó la distancia inicial en una amistad genuina. Claudia se mudó a Mendoza y, al regresar, atravesó una etapa de desempleo. Adabel, que tenía una escuela de danza, le ofreció trabajo. “Ya nos conocíamos, yo había ido a Mendoza a conocer a sus tres hijos y Claudia me invitó a tomar unos mates. Ahí fue la primera vez que entablamos una conversación”, relató.

La historia de amor de Adabel Guerrero y Martín Lamela junto a su hija en común Lola: 18 años juntos y una ruptura con rumores de infidelidades (Instagram)
La historia de amor de Adabel Guerrero y Martín Lamela junto a su hija en común Lola: 18 años juntos y una ruptura con rumores de infidelidades (Instagram)

La relación con Claudia fue creciendo y se volvió tan cercana que Adabel confiaba en ella el cuidado de su hija. “Yo a mi hija no la dejaba con nadie. Fue un apego muy fuerte que tuve que trabajar en terapia porque no la podía soltar. A la única persona que se la dejaba era a Claudia por su energía y porque además Lola estaba con sus hermanos”, explicó. Los domingos de asado y las vacaciones compartidas terminaron de sellar una convivencia extendida y armónica, donde las diferencias del pasado cedieron ante los nuevos lazos familiares.

Así contaba Adabel Guerrero cómo fue su historia de amor con Martín Lamela (Video: PH Podemos Hablar, Telefe)

La historia, construida entre afectos, rutinas y segundas oportunidades, atravesó rumores de crisis y versiones de infidelidad antes de su desenlace. Finalmente, Adabel decidió poner en palabras el cierre de este vínculo en un comunicado público. En su mensaje, la artista resumió el dolor y la madurez con la que llegó a la decisión: reconoció los años compartidos, el valor de la familia ensamblada formada junto a Martín y la prioridad absoluta que siempre será su hija. “Martín me dio lo mejor de sí durante muchos años, y valoro profundamente todo lo que compartimos. Sin embargo, con el paso del tiempo, hubo un gran desgaste de la relación por parte de ambos. Al ser una relación larga, no fue algo de un día para el otro”. Explicó que intentaron reconstruir el vínculo durante años, pero llegó un momento en que ya no se sentía bien y necesitó tiempo de introspección y terapia para poder aceptar su sentir.

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Adabel remarcó que la separación no fue impulsiva, sino el resultado de mucha reflexión y aprendizaje. “También fue aceptar que una familia puede seguir siéndolo desde otro lugar, más sano y más genuino, aunque la pareja ya no continúe”. Finalmente, pidió respeto y comprensión, priorizando el bienestar de su hija y evitando cualquier conflicto público: “Hoy elijo transitar este momento con respeto, sin entrar en conflictos ni exponer más de lo necesario. Porque hay una historia valiosa y, sobre todo, una hija que merece crecer con amor, cuidado y adultos responsables”.

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CHIMENTOS

Traiko Pinuer, de Meta Guacha: “Me perdí cosas con mis hijos por llevar esta vida”

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Traiko Pinuer, cantante de Meta Guacha, con Manu Jove en Nunca me faltes

A los dos años, Traiko Pinuer cruzó la Cordillera de los Andes junto a su familia, huyendo del golpe militar que en 1973 derrocó a Salvador Allende en Chile. El exilio marcó el inicio de una vida signada por la búsqueda de dignidad. La familia Pinuer se instaló en Mendoza para luego bajar hacia el Conurbano Bonarense en busca de un futuro mejor. A lo largo de su infancia, el desarraigo, el nacimiento de hermanos menores y la ausencia de sus padres configuraron un contexto que forjaría su sensibilidad artística y social.

En 1999, Pinuer fundó Meta Guacha, una formación que lo tendría como líder y referente hasta la actualidad. La agrupación, cuyo primer disco se tituló Lona, cartón y chapa (2000), emergió como símbolo de la cumbia villera con un fuerte contenido social. A diferencia de otros exponentes del género, Meta Guacha eligió abordar la marginalidad, la desigualdad y el respeto en sus letras, desmarcándose del tono provocador que dominaba la escena por ese entonces.

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La canción “Alma Blanca”, inspirada en la peregrinación de Pinuer a la Virgen de Luján, sintetiza el enfoque narrativo y la defensa de la identidad de barrio frente a los estigmas y la discriminación. La letra, “No me digas negro, soy igual que tú… No vale que sientas que tienes dinero, que vivo en el barro y tú en la gran ciudad. Soy negro de abajo con el alma blanca”, que puede leerse como una declaración de principios, refleja la conciencia social que distinguió al grupo desde sus inicios.

Su hit, «Alma Blanca”, se inspira en una peregrinación de Pinuer a la Virgen de Luján. Allí canta: “No me digas negro, soy igual que tú… No vale que sientas que tienes dinero, que vivo en el barro y tú en la gran ciudad. Soy negro de abajo con el alma blanca”, toda una declaración de conciencia social, un rasgo que distinguió al grupo desde sus inicios

Invitado a Nunca me faltes, Traiko comparte su trayectoria de veintiséis años, detalla los desafíos y momentos difíciles que enfrentó, incluyendo una etapa complicada con adicciones y la sensación de hipocresía y abandono cuando su popularidad decreció, por parte de personas que creía amigos y el medio artístico. Además, reflexiona sobre su origen humilde en el Conurbano Bonaerense y la influencia de su familia, especialmente su padre laburante, en sus valores y en la formación de sus cuatro hijos.

Acá, los momentos más destacados de la charla:

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Nunca me faltes, hoy con Traiko de Meta Guacha. Gracias por venir. ¿Casi treinta años de carrera ya?

—Gracias por invitarme. Sí, veintiséis años estamos cumpliendo este año. Es increíble. Nunca hubiéramos pensado que íbamos a durar y a trascender tanto, la verdad.

“Dios me está dando la oportunidad de reivindicarme con mis hijos”

—Fuiste padre muy joven también, ¿no? En el secundario.

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—Sí, a los dieciocho años. Y en ese momento no sabía a qué me estaba enfrentando. Y quizá también me equivoqué en las decisiones que tomé. Pero bueno, hoy entiendo que a ser padre se aprende todos los días. Y por suerte, Dios me está dando la oportunidad de reivindicarme con mis hijos, de tratar de devolverles lo que en algún momento no pude. Pero sí, me perdí cosas con ellos por llevar esta vida…

—¿Por qué decís que te equivocaste?

—Porque no cumplí como papá lo que tenía que haber cumplido en su momento; por ejemplo, con mi hija más grande, con la cual hoy estoy teniendo una relación impresionante…

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—¿Julieta es la más grande?

—Sí, Julieta; Carla, la que sigue; Thiago, el que me anda acompañando y Malena, que es la más chica.

Nunca me faltes . Invitado: Traiko Milenko Pinuer . Cantante de Metal Guacha
«Llegó un momento que sentí la hipocresía de este medio, lo de los amigos del campeón que te palmean la espalda y después, cuando esto baja un poco, no queda nadie. Eso sí me dolió un montón y ahí fue donde tuve mi peor etapa de alcohol y drogas», reflexiona

—Te escuché asumir que tuviste una adicción al alcohol.

—Sí… siempre dicen que en la música y la noche hay drogas y alcohol, pero la droga y el alcohol está en todos lados y en cualquier momento, y en los ámbitos donde menos pensás. Llegó un momento donde sentí la hipocresía de este medio. Los amigos del campeón que te palmean la espalda cuando somos número uno y después, cuando esto baja un poco, no queda nadie. Eso sí me dolió un montón y ahí fue donde tuve mi peor etapa de alcohol y drogas. Gracias a Dios, después de un tiempo pude asumir mi problema, enfrentarlo y hoy estoy mucho mejor, ¿no? Porque esto es una lucha permanente. Pero estoy orgulloso del cambio, porque hubiera sido más fácil quedarse ahí.

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—¿Hubo una situación clave que te hizo dar cuenta del problema?

—Siempre hay un clic, algo sucede que decís “hasta acá nomás” y listo. O sea, hay que cambiar, ¿me entendés? Es muy difícil, pero se puede lograr.

“Sentís la hipocrecía en la cumbia cuando ves que para la gente que te rodeaba eras lo que facturabas”

—Hablabas de la hipocresía del ambiente, ¿dónde la notabas?

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—Cuando te das cuenta que para la mayoría de la gente que estaba alrededor tuyo eras un número, lo que facturabas: productores, dueños de boliche, amigos o supuestos amigos, ¿entendés? Pasó en 2006, sobre todo, cuando la cumbia villera tuvo problemas con el COMFER. Nos habían cerrado un poco las puertas de los boliches, bajó la difusión y empezó a decaer muy de golpe… Ahí muchos dijeron “ya está, esto no va a funcionar más”. Los mismos productores que hoy se quieren matar porque no imaginaban que después de veintiséis años sigamos vigentes, trabajando y hasta haciendo gira por Europa.

—¿Te llegaste a sentir un producto?

—Eso es lo que sentí, tal cual, me sentí un producto. Fue lo que más bronca me dio… me dio depresión, me hizo muy mal. Siempre consumí alcohol, ¿me entendés? Pero en ese momento fue peor, yo estaba mal anímicamente y eso hizo que me hundiera en un pozo del que era muy difícil salir, pero por suerte se salió.

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—Para vos, que viviste en un barrio como Florencio Varela casi toda tu vida, pleno Conurbano, ¿cuál es el diferencial que tiene eso respecto al resto de de los lugares de Argenitna y de Latinoamérica?

—Yo creo que el Conurbano Bonaerense no tiene comparación con nada, es como un mundo aparte. Una mezcla de nostalgia, de gente que la tiene que padecer, que sufre, que está tratando de levantar su casita para sus hijos, ¿me entendés? Vos mirás una estación de tren a la mañana y cuántas historias hay ahí, ¿no? Yo fui parte de esa estación de tren muchos años, yéndo a laburar a las cuatro de la mañana; gente queriendo salir adelante todo el tiempo: trabajadores. ¡Ahí está la esencia de este país, amigo!

—Y al mismo tiempo, muchas veces asociado con un montón de cosas negativas que sí, habrá casos, pero no es la realidad…

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—¡Claro! Olvidate, delincuencia y drogas hay en todos lados. Pero sí, estamos estigmatizados, ¿me entendés? El fuerte del conurbano es la gente laburadora.

—La importancia que le das al laburo, ¿te quedó de tu viejo?

—Sí, mi viejo fue un laburador toda la vida. Empezó a laburar a los diez años, ¡imaginate! Cumplió su sueño de comprarse un terreno y hacerse su casa en Varela, donde nos mudamos. Porque antes nosotros vivíamos en Lanús, en Valentín Alsina.

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Nunca me faltes . Invitado: Traiko Milenko Pinuer . Cantante de Metal Guacha
«A pesar de que me he equivocado un montón en esta vida, mis hijos son buenas personas. Y yo siento que hice algo bueno para que hoy sean lo que son», dice con orgullo

—¿Y cuánto de eso le transmitiste vos a tus hijos? ¿Hoy qué ves en ellos que te refleje a vos o a tu viejo?

—El respeto y laburar, porque mi viejo me dejo eso, el laburo. Ojo, tampoco era un tipo que estaba lleno de guita pero, por ejemplo, si vos le pedías una mano, el tipo siempre estaba y te ayudaba con laburo, amigo. Y por ahí ibas a laburar con él dos horas, ¿me entendés? O sea, me enseñó que para ganar hay que laburar. Y yo creo que mis hijos aprendieron todo eso. Hoy, ponele, mi hijo también está trabajando en la música. Estoy feliz porque se acaba de comprar un auto con la música, con su arte, ¿me entendés? Súper feliz de haberles dado las mínimas herramientas para que hoy en día puedan salir adelante. Y gracias a Dios todos mis hijos son buenas personas y eso creo que es lo mejor. A pesar de que me he equivocado un montón en esta vida, mis hijos son buenas personas. Y yo siento que hice algo bueno para que hoy sean lo que son.

Fotos:

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El horóscopo de hoy: sábado 9 de mayo

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ARIES (del 21 de marzo al 20 de abril)

Podrías sentir tensión entre tus deseos personales y lo que esperan de vos tus amistades o grupos. No todo encaja como querés. Es momento de elegir con autenticidad.

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TAURO (del 21 de abril al 20 de mayo)

La cuadratura toca tu eje personal y profesional. Podrías sentirte exigido o emocionalmente inestable frente a responsabilidades. Buscá equilibrio entre lo que querés y lo que debés hacer.

GÉMINIS (del 21 de mayo al 21 de junio)

Se despiertan inquietudes internas. Necesitás expandirte, pero algo te pide pausa y reflexión. Escuchar tu mundo interior será clave para no dispersarte.

CÁNCER (del 22 de junio al 22 de julio)

Emociones intensas ligadas a vínculos o temas económicos compartidos. Puede haber incomodidad o necesidad de soltar control. Permitite confiar en los procesos.

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LEO (del 23 de julio al 22 de agosto)

Las relaciones reflejan tensiones internas. Puede haber choques o diferencias con otros. Este aspecto pide diálogo sincero sin perder tu centro.

VIRGO (del 23 de agosto al 21 de septiembre)

Las rutinas y el cuerpo pueden resentir el estrés. Querrás sostener orden, pero surgirán imprevistos. Adaptarte será la clave para mantener bienestar.

LIBRA (del 22 de septiembre al 22 de octubre)

Deseo de disfrutar y expresarte frente a responsabilidades o emociones contradictorias. Puede haber tironeo entre placer y compromiso. Buscá equilibrio sin culpas.

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ESCORPIO (del 23 de octubre al 21 de noviembre)

Se activan tensiones en el hogar o con la familia. Necesitás seguridad, pero también independencia. Revisar dinámicas emocionales será necesario.

SAGITARIO (del 22 de noviembre al 22 de diciembre)

La comunicación puede volverse tensa. Diferencias de opinión o malentendidos podrían aparecer. Elegí bien tus palabras y evitá reacciones impulsivas.

CAPRICORNIO (del 23 de diciembre al 21 de enero)

Incomodidad en temas económicos o de valor personal. Puede haber gastos inesperados o cuestionamientos internos. Ajustar prioridades te dará claridad.

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ACUARIO (del 22 de enero al 21 de febrero)

La Luna en tu signo intensifica emociones. Podrías sentirte dividido entre lo que necesitás y lo que esperan de vos. Honrar tu autenticidad será esencial.

PISCIS (del 22 de febrero al 20 de marzo)

Sensibilidad elevada y necesidad de introspección. El entorno puede sentirse demandante. Tomarte espacios de silencio te ayudará a procesar lo que sentís.

 

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CHIMENTOS

Nélida Lobato, la mujer que conquistó París y murió en silencio: a 44 años de una despedida que todavía duele

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Este video presenta una actuación de Nélida Lobato en el programa de Televisión Nacional de Chile ‘La Gran Noche’ de 1981, conducido por Antonio Vodanovic.

Hay nombres que no se apagan. Que, incluso cuando el telón cae y las luces se extinguen, siguen respirando en la memoria colectiva como una música persistente. Nélida Lobato es uno de ellos. Y este 9 de mayo, cuando se cumplen 44 años de su muerte, su historia vuelve a desplegarse con la intensidad de una vida que fue, al mismo tiempo, deslumbramiento y herida.

Había nacido como Haydée Nélida Menta el 19 de junio de 1934, en el barrio de Saavedra, ese territorio de entonces veredas anchas, eucaliptos y tardes interminables en el Parque Saavedra, donde alguna vez jugó sin imaginar que su destino estaría atado a los escenarios más exigentes del mundo. Era, según quienes la conocieron en esos primeros años, una chica tranquila, casi tímida, de modales suaves, con una belleza que todavía no sabía que era su llave.

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La vida, sin embargo, no le ofreció un camino fácil. La muerte de su padre cuando tenía apenas nueve años dejó a la familia en la intemperie económica. Hubo que trabajar, crecer de golpe, sostener lo que se pudiera. Terminó sus estudios y más adelante se convertiría en técnica radióloga, una profesión que parecía marcar un rumbo definitivo. Bailar, entonces, no era más que una idea ajena, un territorio desconocido. Hasta que apareció Eber Lobato.

Ese encuentro, casi abrupto, fue el punto de quiebre. Se casaron a los quince días, como si ambos intuyeran que estaban a punto de construir algo que los excedía. Eber vio en ella lo que nadie más veía: un diamante en bruto. Y empezó a pulirlo con una obstinación feroz. Pero los comienzos fueron duros, incluso crueles. Alfredo Allaria, figura indiscutida del espectáculo, la descartó sin titubeos: “Jamás podrá pisar un escenario”. Esa sentencia, que para muchos habría sido definitiva, fue para Nélida apenas el inicio de una resistencia.

Nélida Lobato, ícono y figura indispensable del teatro argentino

Los años que siguieron fueron de pobreza extrema. De noches durmiendo en el suelo. De un hijo, Adrián, que llegó a dormir dentro de una valija improvisada como cuna, en una escena que con el tiempo ella misma recordaría con un escalofrío: una noche, la tapa se cerró y el bebé estuvo a punto de asfixiarse. Eran días sin red, sin certezas, sostenidos apenas por la fe de Eber y una voluntad que todavía no encontraba forma.

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El Maipo la recibió, pero en el último escalón: partiquina, una más del coro, casi invisible. La inseguridad crecía. El talento todavía no encontraba su cauce. Hubo algunas apariciones en televisión, pequeños destellos en programas como Música y fantasía o El show de Andy Russell, pero eran luces breves en una oscuridad persistente. Hasta que Chile cambió todo.

En el Bim Bam Bum de Santiago, ese teatro-cabaret mítico, encontraron por primera vez un espacio para desplegarse sin límites. Lo que iba a ser un contrato de un mes se extendió a ocho. Y fue allí donde alguien los vio. Un enviado del Dinah Shore Show los llevó a Los Ángeles. El salto era impensado: de la precariedad absoluta a los escenarios internacionales.

Estados Unidos fue la consagración. Los Lobato Dancers comenzaron a girar, a crecer, a imponerse. Actuaron en ciudades clave, acompañaron a figuras como Sammy Davis Jr., compartieron escenarios con nombres de peso y, por primera vez, el dinero dejó de ser una urgencia. Compraron una casa en Los Ángeles con jardín: un lujo que hasta entonces había sido un sueño.

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La artista Nélida Lobato realiza una coreografía junto a un grupo de bailarines masculinos y femeninos en una emisión del programa televisivo «La Gran Noche» de TVN, grabado en 1981.

Y en 1964 llegó la consagración definitiva: el Lido de París. Las trompetas sonaron para ella. Nélida Lobato, la chica de Saavedra, era ahora vedette internacional.

El regreso a la Argentina, a fines de los años 60, fue la gran revancha. Carlos A. Petit la convocó para el teatro El Nacional con un contrato que hablaba de éxito: un porcentaje de la recaudación que la convirtió en una de las artistas mejor pagadas del momento. De la miseria a una vida de reyes. De dormir en el suelo a tener propiedades, reconocimiento y un lugar indiscutido en la escena porteña.

A fines de 1969 fue elegida como una de las personalidades del año por la revista Siete Días, que no dudó en destacar: “A los 35 años, Nélida Lobato (1,65 de estatura; 90-48-90) representa mejor que nadie la leyenda de la supervedette internacional en el momento cumbre de carrera. Triunfadora en el Sand’s de Las Vegas y consagrada definitivamente en el Lido de París en 1964, ahora puede enfervorizar a una platea que siguió su trayectoria por los 39 escalones del escenario de El Nacional -más de 600 representaciones-, donde derrochó encanto, sex-appeal y un talento inusual en el ámbito de la revista porteña y mundial”.

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Pero ella fue más allá. Entre 1971 y 1982, Nélida Lobato redefinió el concepto de vedette. No era solo belleza: era técnica, disciplina, una forma de bailar que combinaba precisión y fuego. Donde otras apenas se desplazaban, ella construía coreografías con rigor casi de ballet. Donde otras respondían al molde, ella lo rompía. Se negó a ser un objeto decorativo, exigió calidad en los textos, mostró su vida sin esconderse detrás del misterio que imponía la época. Fue, en ese sentido, una revolucionaria silenciosa.

Nelida Lobato, con cabello rubio voluminoso, bikini decorado y botas rojas, posa con brazos abiertos y boca abierta sobre un fondo rosa
La vedette argentina Nelida Lobato posa con energía en la portada de la revista Siete Días Ilustrados, luciendo un llamativo conjunto de bikini con flecos y botas rojas. (Mágicas Ruinas)

Su figura creció también en el cine y la televisión. Protagonizó ciclos propios, compitió en la franja más dura de la TV y llevó al teatro musical a otro nivel con Chicago, en 1977, uno de los grandes éxitos de la cartelera. Los premios llegaron como confirmación: Konex, distinciones, coronas simbólicas. Pero, sobre todo, el reconocimiento del público.

Pero en paralelo a ese crecimiento, hubo otra historia. Más silenciosa. Más íntima. La de Víctor Laplace.

Se conocieron en una cena, presentados por Beba Bidart. Tenían diez años de diferencia y dos mundos distintos. Él, un joven actor que empezaba a abrirse camino. Ella, una figura consagrada. No fue un flechazo inmediato. Fue algo más lento, más profundo: largas conversaciones, afinidades que se iban revelando, una construcción paciente.

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Laplace lo diría años después con una claridad conmovedora: “Lo mejor que hice fue escucharla”.

Nelida Lobato, rubia y con tiara, sentada de perfil en un taburete alto, viste un vestido rosa con lentejuelas y tacones plateados, rodeada de focos de estudio
La icónica vedette argentina Nelida Lobato posa con un vestido de gala y tiara en una sesión fotográfica para la revista Siete Días Ilustrados en diciembre de 1969. (Mágicas Ruinas)

En ese escuchar se fue gestando el vínculo. Nélida, lejos del brillo permanente, mostraba su costado más humano. Un retrato quedó inmortalizado en el relato del actor, el instante en que sintió que estaba enamorado: estaban en el domicilio de ella, de forma natural se sacó las pestañas postizas, ocupó la cocina y comenzó a preparar un bife de chorizo. Podía pasar de la sofisticación absoluta a la simpleza sin transición. Y en ese instante, mínimos pero decisivos, él sintió el flechazo.

Fueron casi diez años intensos. De amor, de discusiones, de reconciliaciones que, según él mismo definía, eran “viajar al cielo”. No era una relación para la foto. Era real, atravesada por tensiones, por carácteres fuertes, pero también por un respeto profundo. Nélida, de algún modo, lo formó. “Aprendí a ser hombre con ella”, diría, reconociendo en esa mujer no solo a una pareja, sino a una guía.

Tenían rituales. Los lunes se vestían elegantes y se iban a cenar fuera de la ciudad. Después, música, vermut, conversaciones. Una vida que, en su esencia, era simple. Pero que tenía el brillo de lo auténtico.

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Hubo un momento que lo marcó para siempre. Un viaje a París. Ella quiso que él viera el lugar que la había formado. Llegaron al Lido. Y en medio de la noche, dos reflectores iluminaron su mesa. “Madame Nélida Lobato”. Ahí, en ese instante, él entendió la dimensión de esa mujer. “Es muy grosa”, pensó. Como si recién entonces pudiera ver la totalidad.

Nélida Lobato y Víctor Laplace, en una publicidad
Nélida Lobato y Víctor Laplace, en una publicidad

Con el tiempo, la relación cambió de forma. Se separaron como pareja, pero no como afecto. Siguieron unidos desde otro lugar, más sereno, más maduro. Y cuando llegó la enfermedad, Laplace volvió a estar. Sin estridencias. Sin necesidad de explicaciones. Porque lo que vino después fue el tramo más oscuro.

A comienzos de 1981, los primeros síntomas. Dolores difusos, señales que no terminaban de cerrar. Una operación que trajo alivio momentáneo. Y el regreso al escenario, porque Nélida no concebía otra posibilidad. Pero en 1982, el cuerpo empezó a ceder.

El deterioro fue rápido. Brutal. Perdió peso en pocos días. Dormía horas interminables. El dolor se instaló como una presencia constante. Aun así, insistía en salir a escena. Se hacía aplicar inyecciones antes de cada función para soportar lo insoportable. Sus compañeros la miraban con una mezcla de admiración y angustia: seguía, incluso cuando todo en ella pedía detenerse.

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Víctor fue testigo de ese proceso. De esa caída progresiva. De ese cuerpo que se iba desdibujando. “Iba desapareciendo”, diría después.

Nelida Lobato brilló en los escenarios del mundo
Nelida Lobato brilló en los escenarios del mundo

Las madrugadas se volvieron un ritual doloroso. A las cinco de la mañana iban a ver al padre Mario, buscando una esperanza que la medicina ya no ofrecía. Cuando la enfermedad avanzó, cuando el dolor se volvió insoportable, apareció la morfina. La moto que llegaba con la medicación. El alivio momentáneo. Y otra vez el dolor. “Se daba vueltas en la cama. Sufría mucho”, recordaría él.

Nélida, que había dominado el escenario con una energía arrolladora, ahora luchaba en silencio contra un enemigo invisible. No quería que la vieran así. No quería despedidas. Quería preservar, incluso en ese momento, algo de su dignidad.

El diagnóstico fue definitivo: cáncer hepático irreversible. Y el tiempo, de pronto, se volvió corto. Un año. Apenas un año desde que todo empezó a desmoronarse. Murió el 9 de mayo de 1982. Tenía 47 años.

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Laplace estuvo ahí. Acompañando hasta el final. Sosteniendo como podía. Entendiendo, en ese tránsito, algo que después nombraría con una sola palabra: soledad.

“La extraño. Me dolió mucho la manera en que se fue”, diría con los años, cada vez que el recuerdo volvía a abrirse.

Además, Nélida Lobato llegó a grabar algunos simples, y este es uno de ellos
Además, Nélida Lobato llegó a grabar algunos simples, y este es uno de ellos

Porque lo que más lo marcó no fue solo la pérdida, sino la forma. La injusticia de una enfermedad que no tenía explicación. Ella no fumaba, no bebía, se cuidaba. Y sin embargo, el cáncer avanzó sin tregua. El final fue, en sus palabras, “horrible”.

Y sin embargo, incluso ahí, en ese último tramo, hubo algo de la esencia de Nélida que no se quebró: la fuerza, la resistencia, esa decisión de no abandonar nunca del todo. Después, el silencio.

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El trono quedó vacío. Pasaron nombres, épocas, estilos. Pero hay algo en la figura de Nélida Lobato que sigue siendo inalcanzable. Tal vez porque no fue solo una vedette. Fue una historia completa: la de la chica de barrio que atravesó la miseria, conquistó el mundo, amó intensamente y enfrentó el final con una dignidad feroz.

A 44 años de su muerte, su imagen sigue ahí. Suspendida en algún lugar entre la memoria y el mito. Como si todavía, en algún escenario invisible, siguiera bailando. Con esa mezcla de precisión y fuego que la volvió única.

Y, sobre todo, como si todavía hubiera alguien —en una madrugada cualquiera— dispuesto a escucharla. Como hizo Víctor Laplace. Como la quiso. Como no dejó nunca de recordarla.

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