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AOC’s dramatic retelling of Cornell rape allegations collides with complaint details

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Rep. Alexandria Ocasio-Cortez, D-N.Y., painted a far more sweeping picture of a Cornell University sexual assault case than what’s alleged in the underlying civil complaint, while also making claims the university disputes.

Speaking during a town hall hosted by More Perfect University on Sunday in Ithaca, New York, Ocasio-Cortez addressed allegations outlined in a civil complaint filed last month by a former Cornell student identified as Jane Doe, who alleges she was drugged and sexually assaulted by multiple fraternity members in October 2024.

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«Seven men drugged and gang raped a 20-year-old woman,» Ocasio-Cortez said.

«They lured her in to a fraternity house,» she continued. «They drugged her with ketamine. They then posted to a group chat that she was incapacitated, and seven men took turns gang raping her for seven hours.»

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«Their fraternity knew. This was reported to Cornell University. And after looking into this matter, they expelled two of them and made the rest write essays as their form of punishment,» Ocasio-Cortez said. «I want to be clear that the culture of rape, sexual assault, and pedophilia is protected in elite institutions across the United States and including Cornell University in this instance. It has got to stop.»

Cornell has disputed Ocasio-Cortez’s characterization of the disciplinary action, saying expulsions and suspensions were issued and that no respondent was required to write an essay as the sole consequence. The civil complaint alleges that several students who received temporary suspensions were given an opportunity to mitigate their conduct by submitting essays to the university.

Ocasio-Cortez’s comments come as a civil lawsuit filed by Doe contains graphic allegations about what happened inside the Chi Phi fraternity house nearly two years ago.

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The 101-page civil complaint names Cornell, fraternity-related entities, seven individual defendants and other defendants. It alleges that Doe was sexually assaulted by multiple fraternity members after being plied with alcohol and drugs.

According to the complaint, Doe arrived at the fraternity house intoxicated, was pressured into taking ketamine and was subjected to sexual acts without her consent.

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It further alleges that one fraternity member posted a sexually explicit message about her in a fraternity Snapchat group.

The incident ended at around 5:45 a.m., according to the complaint.

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Tompkins County District Attorney Matthew Van Houten said his office reviewed Doe’s sworn statement in November 2024 and initially determined that the facts contained in that statement did not support criminal charges under New York law.

Van Houten said Doe’s November 2024 sworn statement «did not allege that she was drugged against her will or gang raped.» He also said the statement described her participation in drug use and sexual conduct as «voluntary, conscious, and consensual.»

Van Houten said his office has reopened an investigation into the allegations and will revisit the decision about whether to pursue criminal charges against the seven fraternity members. He said a senior prosecutor experienced in sex-crime cases is preparing the matter for presentation to a Tompkins County grand jury, which could consider Doe’s testimony and new evidence raised by the civil complaint.

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Scott Kretzschmar, an attorney for one of the accused students, said his client welcomes the renewed investigation. He strongly denied the allegations against his client, who he said had no sexual contact with Doe.

Attorneys representing several other accused fraternity members have also denied wrongdoing. No criminal charges have been announced in connection with the allegations.

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Cornell said it supports the reopened investigation and said its own months-long investigation resulted in a range of sanctions, including expulsions and suspensions. The Chi Phi chapter was also closed and barred from campus.

«Any suggestion that the university did not impose consequential punishments for those involved is false,» the university said. «A continuation of the false narrative that there were minimal consequences in this case is irresponsible, will make survivors feel less safe and supported, and will perpetuate the underreporting of sexual assault.»

New York Gov. Kathy Hochul announced Thursday that she has appointed Attorney General Letitia James as special prosecutor in the case.

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Digital has reached out to Ocasio-Cortez’s office and Cornell University for additional comment.

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Un pequeño milagro de irresponsabilidad: elogio de la recomendación de libros

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A fines de los años setenta, una chica caminaba con sus abuelos por la calle Florida y hacía siempre las mismas dos paradas. La primera era la confitería Richmond, por los tostados mixtos. La segunda era El Ateneo, donde trabajaba un librero de guardapolvo azul que se trepaba a una escalera de madera, altísima para ella, y bajaba libros de los estantes de arriba. Antes de elegir le preguntaba qué temas le interesaban. Una vez bajó María Antonieta, de Stefan Zweig, que se convirtió en el libro favorito de la chica y que leyó y releyó durante años. Sus abuelos, además, le compraban los libros que veían reseñados en el suplemento cultural de La Nación cuando pensaban que podían interesarle. Esa chica es hoy una de las lectoras que me escribieron cuando les pedí, para esta nota, que me contaran quién las había hecho lectoras. Desde aquellas tardes, dice, siempre buscó recomendaciones, y por eso ahora va a clubes de lectura. En un solo recuerdo están el librero, la crítica, la familia y el club.

La Encuesta Nacional de Consumos Culturales que el Ministerio de Cultura de la Nación publicó en 2023 permite medir esa cadena con instrumentos más gruesos. A quienes habían leído al menos un libro en el último año les preguntó por qué habían elegido el último. Las respuestas, relevadas entre fines de 2022 y comienzos de 2023, se reparten así. El 24 por ciento lo eligió por el tema o el género. El 17 por ciento, porque lo sugirió la escuela o la universidad. El 11 por ciento lo leyó porque alguien se lo prestó; el 9, porque se lo recomendó un amigo, un familiar o un conocido; otro 9, porque se lo regalaron. Un 2 por ciento siguió el consejo de un referente político o religioso. Sumadas esas cinco vías, casi la mitad de los últimos libros leídos en la Argentina llegó a su lector por intermedio de otra persona.

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Isabela Cantos es actualmente la ''Booktuber'' más importante de Colombia.

La recomendación explícita, la de alguien que dice “leé esto”, apenas llega al 9 por ciento y queda muy por debajo del tema, que es una decisión del propio lector. La encuesta tampoco tiene casilleros para el librero, el crítico, el club de lectura ni el video de un desconocido en una red social; si esas figuras aparecen, están disueltas en “un conocido” o fuera del registro.

En el principio está la pregunta de “qué leer”, que tiene una dimensión material. Las novedades que pasan por la mesa de una librería en un mes exceden lo que un lector constante puede leer en un año, y a eso se suma todo lo publicado antes. Frente a esa desproporción, alguien tiene que hacer una selección, y la pregunta relevante es quién. El catálogo de una plataforma de venta resuelve el problema con una lógica de continuidad: a quien compró un policial nórdico le ofrece otro policial nórdico. Funciona, en el sentido de que vende. Lo que no puede hacer es proponer el desvío, el libro que nada en el historial del comprador permitía anticipar.

Eso hacía el librero de El Ateneo desde su escalera. La recomendación tiene una geografía, y donde existe, el librero que sabe trabaja con dos inventarios a la vez, el de sus estantes y el de la persona que tiene enfrente. Pregunta qué fue lo último que le gustó a su cliente y por qué, escucha la respuesta, y a veces la contradice.

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Lo mismo vale, con matices que me tocan de cerca, para quienes recomendamos libros en un diario o en la radio. La recomendación periodística es pública y está firmada, y viaja más lejos de lo que su autor puede seguir. Otra de las lectoras escuchó una vez, en un programa de radio, la mitad de una recomendación. Le llamó la atención y la dejó pasar. Un rato después sortearon ese libro y lo ganó. Cuando fue a retirarlo a la librería le ofrecieron cambiarlo por otro, y no quiso. Era Stoner, de John Williams. Lo leyó en dos noches y desde entonces, escribe, es el libro que recomienda “una y otra vez” a todo el que pasó los cuarenta y le pide un consejo. Una mención radial escuchada a medias terminó convertida en una cadena de recomendaciones que nadie en aquel programa va a conocer. Ese alcance vuelve más seria la condición de la que depende el valor de la crítica: la capacidad de decir que no.

Un mar de libros: ¿qué elegir? (EFE/Miguel Sierra)

Un crítico que celebra todo lo que lee no transmite información; su entusiasmo deja de distinguir. Empujan en esa dirección los ejemplares que envían las editoriales, la amistad con autores, la sospecha de que una reseña negativa de un libro pequeño es un gesto desproporcionado en un mercado frágil. Cada una de esas razones se entiende y uno tiene que hacer esfuerzos por separar las cosas. En mi caso, hago algo que casi nunca falla: si yo compro el libro, si voy hasta la librería y desembolso dinero ya sea para mí o para regalarlo a alguien que sé que lo va a disfrutar, lo recomiendo. Si no, lo dejo pasar. Suena mercantil, pero la pregunta que me hago es ¿por qué te haría gastar tu dinero si yo misma no gastaría el mío en comprarlo?

El librero y el crítico ejercen una autoridad, por pequeña que sea. La recomendación entre pares funciona sin ella. Quien le pasa una novela a una amiga no sabe más de literatura que ella; sabe otra cosa, cómo es ella, qué la aburre, qué la hizo llorar en su lectura del verano anterior. La recomendación entre pares tiene además un costo que la vuelve confiable. La lectora que reparte Stoner entre sus conocidos apuesta algo cada vez que lo nombra. Esa confianza regula el circuito mejor que cualquier sistema de estrellas. Y produce un efecto que las demás formas no producen: un libro recomendado por alguien querido se lee en parte para entender a esa persona.

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Los clubes de lectura y la interpretación colectiva

Después de cerrar el libro está la conversación, y ahí la colectividad de la lectura se vuelve literal. Los clubes de lectura hoy se reúnen en bibliotecas, librerías, casas particulares y grupos de WhatsApp. Los hay coordinados por escritores o profesores, con cuota mensual y programa, y los hay entre amigas que se turnan la casa y la elección del título. Una de las lectoras que me escribieron llegó a un taller de lectura virtual durante la pandemia, invitada por una amiga. Ahí leyó Seda, de Alessandro Baricco, Alma partida, de Akira Mizubayashi, y Si esto es un hombre, de Primo Levi, y cuenta que el grupo le abrió “un espacio para viajar por distintos lugares” que en esos meses de encierro le estaban vedados. En su relato se superponen dos recomendaciones: la de la amiga que la llevó y la del programa de lecturas.

Clubes de lectura, una manera de conectarse.. (Imagen Ilustrativa Infobae)

La socióloga estadounidense Elizabeth Long, que estudió durante años grupos de lectura de mujeres en Houston, sostuvo en Book Clubs que la historia literaria los había ignorado porque contradecían la imagen del lector legítimo como un individuo solo con su libro, y que en ellos la interpretación se construye entre varios, con la vida de cada una como material de lectura. Los clubes imponen un ritmo común y una fecha, y con eso obligan a terminar el libro, que no es poco. Reúnen a personas que fuera de esa mesa tal vez nunca se hablarían. Obligan, sobre todo, a formular una opinión ante otros, y en ese trámite el lector descubre que el libro que leyó no coincide con el que leyó la persona sentada al lado: una vio una historia de amor donde otra leyó desamor. Y, digamos todo, un buen club de lectura es aquel en el que, de vez en cuando, alguien odia el libro y lo dice.

Queda el encuentro fortuito, que parece lo opuesto de todo esto: el libro que nadie sugirió y que apareció sin ser buscado, en una mesa de saldos, en una casa que alquilamos un verano, en el estante de alguien que ya no está. Horace Walpole inventó, en 1754, una palabra para esos hallazgos, serendipia, a partir de un cuento persa sobre tres príncipes que descubrían por accidente lo que no estaban buscando. Pero casi siempre alguien preparó el terreno. Cuando otra de las lectoras tenía 13 años, su padre la hizo socia de la Biblioteca Popular de Trelew. No le recomendó ningún libro. Ella iba todas las semanas y elegía por el título, con la curiosidad amorosa de esa edad, y así llegó a El arte de amar, de Ovidio, del que todavía recuerda, o cree recordar, un consejo sobre las flatulencias en presencia del amado. En los mismos estantes encontró La guerra y la paz y libros de medicina sobre enfermedades psicosomáticas. “Gracias a mi papá soy lectora”, escribe. El padre no eligió los libros. Eligió el lugar, que es otra manera de recomendar.

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Otra lectora compró La sal, de Adriana Riva, solo porque le gustó la tapa, en colores pastel. Ninguna persona intervino, salvo quien diseñó esa tapa, cuyo trabajo consiste en recomendar desde la mesa de novedades sin decir una palabra. La novela le gustó, y lo que siguió fue otra vez una cadena: leyó los cuentos de Riva, su novela *Ruth* y el poemario *Ahora sabemos esto*, que cruza el vínculo entre madre e hija con la Odisea. Después recomendó La sal y la regaló. El encuentro que empezó a solas terminó en recomendación. Otra lectora me dijo que había recomendado varias veces El infinito en un junco, de Irene Vallejo y que no hubo una sola vez que no le hubieran agradecido la recomendación.

Bibliotecas populares: otra manera de llegar a los libros.

Y queda el libro prestado. El préstamo es la forma más antigua de la recomendación, y tiene una cláusula que las demás no tienen: el libro debe volver, aunque casi nunca pasa. Y, cuando vuelve, casi nunca lo hace solo. Trae una opinión, un desacuerdo, una página doblada, y con eso empieza otra conversación.

Recuerdo que un día, en un almuerzo familiar, mi madrina me dijo: “igual hacés lo que hacías cuando eras chica, siempre estabas recomendando y regalando libros”. Pensar que uno llega solo a un libro es una forma oscura y un tanto soberbia de pensar la lectura. Todos nosotros llegamos a los libros por medio de alguien más, aunque más no sea una tapa en una mesa de saldos. Es más, llegamos porque alguien escribió y alguien decidió publicarlo, alguien lo leyó y decidió regalarlo, o prestarlo. También es cierto que muchas veces se publican libros que uno no entiende quién puede querer leerlos, pero ahí funciona muy bien la recomendación; a casi nadie se le ocurriría recomendar un libro malo a alguien que quiere.

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Que un libro se venda no quiere decir que se lea, ni mucho menos que guste. Hay autores (y extrañamente editores) que se empeñan en publicar libros que nadie lee. Pero recomendar un libro que nos conmovió o que creemos que le va a gustar a alguien es otra cosa; es la forma humana más bella de la empatía y la mirada del otro. Claro que puede fallar, puede no gustar, puede desagradar, pero lo que no falla -o casi nunca falla- es la intención de compartir algo que nos hizo bien, que nos interpeló, que fue “el hacha que rompa el mar helado dentro de nosotros”, como diría Kafka, y que, por eso, queremos que otros vivan. El mundo es un lugar demasiado hostil para ir por la vida pensando que cada uno se las tiene que arreglar solo para encontrar la belleza, y además no es cierto. Ese cinismo debe ser una de las formas más terribles de la soledad.

Mientras tanto, recomendemos belleza, recomendemos libros, que son una de las formas más humanas y complejas de no sentirnos solos.

Cultura,Libros

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Kansas Senate rivals distance themselves from party leaders in fiery debate

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Sen. Roger Marshall, R-Kan., and Democratic challenger Adam Hamilton repeatedly sought to distance themselves from the most unpopular elements of their respective parties Wednesday night during a contentious Kansas Senate debate.

Both candidates battled over President Donald Trump, immigration, the war in Iran and more in a race that could help determine control of the Senate.

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The debate opened on a personal note, with both candidates pressed over controversies that have fueled attack ads in the closing weeks of the campaign.

Marshall was questioned about a New York Times review that found his former medical practice sued more than 700 patients over unpaid bills. The Republican defended the practice while emphasizing the millions of dollars in free care his practice provided.

GOP SENATOR ALLEGES SCHUMER BEHIND ‘HIT JOB’ REPORT ON FORMER PATIENTS

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«Every year we gave away $3 to $4 million of charity, but we also had a business,» Marshall said. «We had 300 employees, we had a mortgage payment, we had electric.»

Hamilton, meanwhile, was questioned about his handling of allegations involving a volunteer at his church’s summer camp alleged to have been a sexual predator. Hamilton acknowledged that he should have ensured the individual did not return to the camp after an initial investigation.

«I should have checked to make sure that he wasn’t going back,» Hamilton said. «That was a mistake on my part.»

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The candidates spent much of the rest of the debate trying to define each other by their respective national parties.

Marshall repeatedly warned that electing Hamilton would help hand control of the Senate to Democrats and Senate Minority Leader Chuck Schumer, while Hamilton sought to portray himself as an independent-minded Democrat willing to break with his party.

THE NINE KEY RACES THAT WILL DECIDE WHO CONTROLS THE SENATE, AND WHERE THEY STAND

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That divide came into focus when the moderator played footage of Trump campaigning for Marshall in Kansas earlier this week and telling voters to «pretend, please, that I’m on the ballot.»

Asked whether that meant he would support every part of Trump’s agenda, Marshall said no and pointed to recent disagreements involving immigration enforcement in southwest Kansas and beef imports.

«Just like with my wife, I can disagree with her. My wife is always right,» Marshall joked. «And President Trump is not always right.»

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Nevertheless, Marshall emphasized his support for much of Trump’s agenda and urged the president’s supporters to turn out for him.

«We need the Trump voters to come out,» Marshall said. «If you want the Trump agenda to continue, if you want secure borders, if you want a strong military, if you want lower taxes, then you — and you voted for President Trump — you need to come out.»

Hamilton faced a similar challenge when moderators pressed him over his past support for Democrats and his campaign message of «leading from the middle.»

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MANCHIN CALLS SCHUMER ‘CRAZY’ FOR TRYING TO OUST GOP SENATOR IN CRUCIAL SENATE SHOWDOWN

The Democratic nominee explicitly broke with former President Joe Biden over immigration.

«The Biden policies when it came to the border were a disaster,» Hamilton said. «I believe in strong and secure borders.»

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Hamilton also said he would not support Schumer for majority leader if Democrats win control of the Senate.

The debate did produce an unusual moment of agreement when both candidates were asked how many genders there are.

«There’s two. There’s a boy and there’s a girl,» Marshall said.

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«There are two genders, male and female,» Hamilton responded.

SC DEM SENATE CANDIDATE CLAIMS SHE WILL STAND UP TO HER PARTY AS GRAHAM TIES HER TO ‘SOCIALIST DEMOCRATS’

Hamilton later said he did not want biological males competing against his 12-year-old granddaughter in sports, calling it «not a fair fight,» while arguing that decisions over athletic participation should generally be handled locally rather than by the federal government.

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The Kansas contest has emerged as an unexpectedly competitive Senate race in the closing weeks of the midterms. Marshall is seeking a second term in a state that has not elected a Democratic U.S. senator since 1932, while Hamilton, a longtime pastor, has campaigned as a moderate Democrat.

Trump traveled to Kansas Monday to campaign for Marshall as Republicans work to defend the seat with control of the Senate at stake.

elections, politics, senate, kansas, chuck schumer, donald trump

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Maurizio Cattelan en Buenos Aires: “No creo que una obra deba enseñarte algo ni convertirte en una mejor persona”

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Desde hace una semana, Maurizio Cattelan camina las calles de Buenos Aires. Llegó para preparar su primera exposición individual en Sudamérica en Fundación Proa, que celebrará 30 años en 2027.

Pasa gran parte del día en el espacio de La Boca, dedicado al diseño de la muestra y al trabajo con arquitectos y el equipo de montaje, para la exposición que, cuentan, no será una restrospectiva, sino que buscará dialogar con el emblemático barrio porteño del sur de la ciudad, con intervenciones que también tomarán el exterior de edificio, de modo que el recorrido pueda comenzar antes de que los visitantes entren.

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Esta es la segunda visita de uno de los artistas más famosos del mundo, quien ya había formado parte de la Art Basel Cities: Buenos Aires de 2018, cuando estuvo al frente de Eternity, un cementerio colectivo y pop-up para personas vivas (amigos, enemigos o personajes ficticios), instalado en la Plaza Sicilia de Palermo.

Pero no solo a trabajar vino el siempre polémico, sardónico e irónico italiano, que dedicó su tiempo libre a caminar por distintos barrios de la ciudad, fue a la ópera en el Teatro Colón, navegó por el Riachuelo y, como todo visitante, se llevó su foto bailando tango en La Boca. Y, además, respondió vía mail a los cuestionarios de distintos medios.

Entre las obras más conocidas del artista conceptual se encuentran Novecento (1997), un caballo taxidermizado suspendido en el aire mediante arneses; La Nona Ora (1999), que representa al papa Juan Pablo II derribado por un meteorito y rodeado de vidrios rotos; Him (2001), una figura infantil arrodillada revela, al observarla de frente, el rostro de Adolf Hitler; Frank and Jamie (2002), dos esculturas de cera de oficiales de policía de Nueva York colocados boca abajo contra una pared, después de los atentados del 11 de septiembre; America (2016), un inodoro funcional de oro macizo de 18 quilates y Comedian (2019), la emblemática banana adherida a una pared con cinta adesiva.

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En este intercambio epistolar internético, Cattelan sostuvo que no espera que una obra enseñe algo ni que vuelva mejor a quien la contempla: “Me interesa cuando una imagen entra en tu cabeza sin pedir permiso y sigue regresando, incluso cuando preferirías pensar en otra cosa”.

Además, reflexionó sobre la relación arte y el humor, sobre como el chiste “baja la guardia” y ayuda a confrontar al público sobre “si mismos”, el uso de la incomodidad y el silencio en sus obras.

Cattelan nunca asistió a una escuela de arte ni tuvo un profesor de esa disciplina, por lo que evita dar consejos sobre la formación académica y considera que ese ámbito puede ser valioso para quien ya tiene una dirección propia, porque permite conocer a otros creadores, intercambiar ideas y encontrar docentes que aceleren un proceso. Sin embargo, no cree que “una institución pueda producir a un artista desde cero”.

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Cattelan presentará una muestra en Fundación Proa, en el marco de los 30 años de el espacio de La Boca

También reflexionó sobre su más famosa pieza, Comedian, conocida popularmente como ‘la banana de Cattelan’, la relación entre arte, atención y mercado, el límite entre provocación y marketing y el uso de la inteligencia artificial, entre otros temas.

La entrevista con Infobae Cultura:

— En una entrevista declaraste que “el arte no limpia, ensucia”. ¿Qué debería quedarle al espectador después de enfrentarse a una obra?

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— Una mancha, preferiblemente difícil de quitar. No creo que una obra deba enseñarte algo ni convertirte en una mejor persona. Me interesa cuando una imagen entra en tu cabeza sin pedir permiso y sigue regresando, incluso cuando preferirías pensar en otra cosa.

A veces ocurre con obras que no te gustan en absoluto. Te parecen equivocadas, molestas, incluso estúpidas. Después, años más tarde, siguen ahí, mientras que de muchas otras que habías admirado casi no recuerdas nada.

— Tu enfoque satírico es innegable. ¿Por qué crees que el humor es tan importante y, al mismo tiempo, por qué piensas que escasea tanto en la producción de la mayoría de los artistas?

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— No estoy seguro de que los artistas tengan poco sentido del humor. Quizá tienen demasiado poco sentido del humor respecto de sí mismos.

El mundo del arte te alienta a cuestionarlo todo, salvo, a veces, tu propia importancia. Puedes atacar la religión, la política, el capitalismo, pero si alguien se ríe de tu obra, de pronto se convierte en un asunto muy serio.

Para mí, el humor acorta distancias. Un chiste baja la guardia y luego quizá adviertes que aquello de lo que te estabas riendo también tiene que ver contigo. Los mejores chistes tienen cierta crueldad y a menudo tampoco perdonan a quien los hizo.

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— ¿Qué papel le atribuyes a la creación de cierto silencio incómodo en algunas obras? ¿Es una búsqueda intencional o simplemente sucede?

— Por lo general no pienso en el silencio, pienso en la situación. Puedes decidir las dimensiones de una obra, su ubicación, lo primero que verá el espectador. Pero no puedes decidir qué sentirá.

Me interesa el momento en que las instrucciones habituales dejan de funcionar. No sabes si reír, indignarte, acercarte o irte. Y durante unos segundos no haces nada.

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“Eternity” en Art Basel Buenos Aires en 2018

— Hace varios años participaste en Art Basel Buenos Aires con una acción colectiva titulada “Eternity”, en la que se presentaban epitafios para tumbas hipotéticas. ¿Qué fecha y qué epitafio elegirías para el arte contemporáneo?

— Pondría la fecha de mañana. Así habría que cambiarla todos los días.

Y como epitafio: THE MARKET LOVES A GOOD FUNERAL.

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Al mercado le encanta un buen funeral.

— ¿Por qué te interesa mantener la tensión entre la atracción y el rechazo?

— No nos atraen solo las cosas que aprobamos. De hecho, a veces ocurre exactamente lo contrario. Me interesa ese momento en el que te sorprende tu propia reacción. Cuando algo te fascina y, al mismo tiempo, quisieras tomar distancia de ello.

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Creo que pasamos buena parte de la vida intentando volver coherentes sentimientos que no lo son. Una obra no tiene por qué ayudarnos necesariamente en esa tarea.

— No tuviste una formación artística formal y una vez declaraste que, si la hubieras tenido, habrías abandonado la práctica: ¿Crees que la formación puede apagar el espíritu creativo?

— Nunca estuve en una escuela de arte ni tuve un profesor de arte. Por eso desconfiaría de mí mismo si empezara a dar consejos sobre el tema.

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Imagino que puede ser un entorno extraordinario para quien ya tiene una dirección propia. Conocer a otros artistas, intercambiar ideas, encontrar a un buen docente: todo eso puede acelerar enormemente un proceso.

Pero no creo que una escuela pueda producir a un artista de la nada. Puede ofrecerte herramientas y conocimientos, no la necesidad de usarlos.

Yo aprendí intentando resolver problemas que a menudo había creado yo mismo. No significa que fuera la mejor manera. Simplemente era la mía.

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— ¿De qué crees que habla Comedian? ¿De la relación entre lo efímero y lo que perdura en el arte? ¿Es una reflexión sobre el mercado del arte contemporáneo? ¿Por qué?

— Una de las cosas más sorprendentes de COMEDIAN es la escasa cantidad de material que hizo falta para producir una cantidad tan grande de interpretaciones.

Al principio había una banana, cinta adhesiva y una pared. Luego llegaron las fotografías, las discusiones, las acusaciones, las subastas. En algún momento, el objeto se volvió casi secundario frente a todo lo que ocurría a su alrededor.

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No creo que sea simplemente una crítica al mercado. Sería demasiado cómodo, sobre todo para una obra que vive muy bien dentro de ese mercado.

Una obra puede cuestionar un sistema y, al mismo tiempo, beneficiarse de él. No hace falta fingir que una de esas dos cosas no existe.

— ¿Cuál es tu límite personal a la hora de situar una obra en la frontera entre la provocación y el marketing?

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— Hay ideas que parecen extraordinarias durante unas horas. Te hacen reír, prometen un escándalo, ya imaginas los titulares de los periódicos. Al día siguiente, dejan de interesarte.

Hemos abandonado unas cuantas. Con el tiempo aprendes a distinguir una idea que solo produce una reacción de otra que plantea cuestiones más profundas, incluso morales. El marketing busca atención. El arte puede utilizarla, pero no debería agotarse ahí.

La escultura

— ¿Dónde sitúas la autoría de una obra cuando intervienen artesanos, técnicos y especialistas? ¿Crees que existe una diferencia respecto del uso de la inteligencia artificial en la creación contemporánea de imágenes, por ejemplo? ¿Por qué?

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— Siempre he trabajado con personas que saben hacer cosas que yo no sé hacer. Artesanos, técnicos, especialistas que a menudo encuentran soluciones que yo no había imaginado. Su contribución es fundamental.

Pero la autoría no se refiere solo a la producción material. Durante años, Massimiliano Gioni escribió y habló en mi lugar, respondió entrevistas y dio conferencias. Algunas veces fue literalmente Maurizio Cattelan.

La inteligencia artificial nos permite hoy hacer en pocos minutos pruebas que antes requerían días. Cambiar materiales, proporciones, contextos, descartar rápidamente las ideas menos convincentes.

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En el plano creativo, en cambio, hasta ahora no nos ha aportado demasiado. Es un asistente muy eficiente, pero su mayor ventaja es que podemos advertir mucho antes cuándo una idea es equivocada.

— Para terminar, una pregunta que me gusta hacerles a mis entrevistados: ¿crees que el arte tiene una función en la sociedad? Y, si es así, ¿cuál?

— El arte tiene muchas funciones, no todas nobles. Puede ser una herramienta de poder, una inversión, un símbolo de prestigio. Pero también puede producir ideas que nadie había pedido.

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No creo que necesariamente haga mejores a las personas. La historia del arte está llena de obras maestras y la historia de la humanidad no se ha vuelto mucho más tranquilizadora.

Tal vez su valor también esté en que podemos seguir haciéndolo sin conseguir demostrar exactamente para qué sirve.

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