CHIMENTOS
Daniel Melingo: “Digamos que soy una suerte de Charlie Chaplin que canta tangos”

El equívoco sigue ahí, por más que Daniel Melingo (Parque Patricios, 22 de octubre de 1957) lo aclare una y otra vez: no es que del rock se pasó al tango. ¡Es al revés! El tango llegó primero, aclara enérgico. “¡Antes que de la cuna! ¡Mi vieja cantaba tangos conmigo en la panza!“, dirá.
Pero el equívoco sigue ahí, y seguirá, sobre todo a los que ya soplaron más de 40 velitas, porque lo disfrutaron/mos demasiado en Los abuelos de la nada, en Los Twist o metiendo su saxo en la banda de Charly García, etapa Piano Bar, por citar tres escalas rockeras ineludibles.
Hasta que en 1998 irrumple el Melingo tanguero con ese discazo que es Tangos Bajos, un clásico y moderno, que irradia el ayer invocando la guitarra de Edmundo Rivero, y apunta a un mañana que ya es hoy…
Melingo presentó recientemente su nuevo single “José, el cuchiyero”, con la colaboración de Malandro, “un raper de la nueva escena”, atraído por sus líricas que reflejan siempre a los “barrios populares”, su “culto a la amistad” y la empatía con los suyos. El lanzamiento forma parte del álbum Tangos bajos (Rework) —que presentará en el teatro Coliseo el próximo 21 de septiembre— y a la vez parte del Vol 1 de la banda sonora del documental Tangos Bajos, dónde participan grandes artistas. Y para hacer más interesante esta oferta, los sibaritas y amantes del buen beber podrán descorchar un buen Malbec, Tangos bajos, porque ahora Melingo también tiene vino propio. Todo esto y más abarca esta charla…
—El disco que vas a presentar se llama Tangos bajos (Rework), ¿por qué?
—Primero dejame machetearme con el teléfono, y te canto uno por uno los temas del Volumen 1, que no me quiero olvidar de nadie. Cara A, “Pesar” (con Pity Alvarez), “José, el cuchiyero” (con Malandro), “Ayer” (con Stefanie Ringes), “Narigón” (con Pablo Lescano), “Noche tra” (con Vinicio Capossela) y “Laberinto” (con Andrés Calamaro). Cara B: “La guitarra” (con Fito Páez), “José, el Cuchi” (con Maxi Prietto), “Este cuore” (con Broke Carrey), “Ayer” (con Juli Laso), “Narigón” (con Juliette Noureddine) y “Noche transfigurada” (otra vez con Pity). Ahora sí, ¿cómo era la pregunta?
-¿Por qué lo de Rework?
—Te explico. En este primer volumen son once artistas que interpretan nuevas versiones de esas canciones icónicas de mi disco Tangos bajos. Cosa que en el volumen dos se amplía un poco con otros artistas. En total, participaron casi cuarenta artistas. Y estoy muy feliz de poder presentarlo en el Coliseo acompañado de estos enormes artistas.
—¿Y cómo fue que se te dio por meterte con los vinos?
—Eso fue una idea de un fan mío de Mendoza, Francisco Evangelista, que es el CEO de CrowdFarming.Wine, vinos del Valle de Uco, Mendoza. Él es un productor de vinos que labura muy artesanalmente, muy cuidado, que es lo que yo hago con la música también. Cuidamos la obra como si fueran nuestros bebés y hubo una simbiosis ahí. Y a la vez, te digo, en mis cincuenta años de trabajar cien por ciento con la música, es el primer emprendimiento extramusical.
—¿Qué variedad hiciste?
—Es un Malbec 2020 de cosecha pandémica, que agarró muy bien porque se mantuvo un poquito más en la tierra. Es exquisito, estoy muy contento. Encontramos un paralelismo de la cepa del Malbec —que en francés quiere decir mal boca—, una cepa que en Francia se descartó. Pero ocurre que es nuestra cepa emblemática. Te digo esto porque empezamos a encontrar un paralelismo en el tango, que es a lo que me dedico los últimos treinta años y el puente que tiene con Francia, ¿no? La homologación del tanguero al ir a París. Yo laburo hace veinte años en Francia, con sede en París, donde tengo mi orquesta. Encontramos un ida y vuelta que me pareció tan curioso que hasta escribí un ensayo, El vino y la música.

—Contame del documental…
—Se llama Tangos bajos y el foco es rastrear, justamente, las raíces negras en nuestra música popular. El candombe porteño, por ejemplo, que difiere del candombe uruguayo, el candomblé, es una batida diferente al candombe porteño. Afortunadamente pude filmar testimonios varios de afrodescendientes de la línea colonial, descendientes de esclavos del siglo XVIII: afroargentinos. Hay mucha colonia en Córdoba, Santiago del Estero, Tucumán y ahí se explica un poco toda la evolución de nuestra música.
—Un gran aporte que refutará esa idea -mal informada- de que en Argentina no había negros; en ese sentido, siempre pensamos en Brasil o Uruguay, ¿no?
—Sí, porque eso depende según cómo se cuenta la historia…
—Ya lo dijo Lito Nebbia, ¿no?: “Si la historia la escriben los que ganan, eso quiere decir que hay otra historia”. O sea, el documental se propone rescatar la negritud autóctona, criolla…
—Claro, porque no sólo se esconde la raíz africana, sino la raíz nativa también. Lamentablemente, se impuso la forma absolutista europeizante. Actualmente estamos editando. Además, tuve la ayuda invalorable de grandes amigos míos que son grandes cineastas como Mariano Galperín, Luis Ortega y Lucrecia Martel, entre otros.
—¿Cuánto llevás embarcado en la grabación y la filmación del documental?
—Cuatro años, aunque ya van siete años que vengo con la orquesta típica, que ya la presenté en varias oportunidades. Son quince músicos, en los cuales hay una formación de orquesta típica de tango —cuatro bandoneones, cuatro violines, contrabajo y piano— y yo la agrando un poco, agregándole el violonchelo y el bouzouki.
—¿Perdón?
—El bouzouki, lo toca uno de mis colaboradores más cercanos, Juan Ravioli. Es un instrumento griego que descubrí porque yo tengo ancestros griegos. Mi abuelo era de familia griega. Además incorporo la guitarra eléctrica y el serrucho musical, que lo toca Muhammad Habibi, mi otro colaborador estrecho. Digamos que si Juan es mi mano izquierda, Muhammad es mi mano derecha, dos grandes productores, grandes músicos, colaboradores míos desde hace veinte años. Y también está la trompeta, a cargo del maestro Miguel Ángel Tallarita. Todo esto, digamos, conforma toda una gran orquesta tímbrica que nos acompaña.
—O sea, una típica atípica…
—Claro, es de base típica con estos colores, porque hay antecedentes en el tango también, debo decirlo: formaciones con derivados como la orquesta de Aníbal Troilo, con la celesta, el arpa, diferentes instrumentos para darle otra tímbrica. Ese es el camino que voy a trazar en este concierto de presentación.
—Se ve mucho en las nuevas versiones de Tangos Bajos y también en lo que hiciste en su momento con la nueva “Chalaman”. Sos muy partidario de encontrar nuevos timbres y arreglos en los covers, alejarte del arreglo original, ¿no?
—Es necesario, y es algo que terminé de confirmar después de una larga charla y colaboración autoral con Enrique Cadícamo. El era insistente en las revisiones. Retocar, ¿no? Y es algo que también con Andrés (Calamaro) llegamos a la conclusión de que a veces la canción en el estudio hay que abandonarla porque no se termina nunca, ¿viste? Es como una instancia.

—De hecho, Andrés lo está haciendo cada vez más en sus vivos; un enfoque similar al de Dylan, que de pronto recién cuando llega al estribillo te enterás que lo que está haciendo es “Blowin’ in the Wind”… Tanto, que desde hace tiempo, para mí, en vivo, Dylan no hace temas de Dylan… Dylan hace covers de Dylan, ¿me explico?
—Hay algo muy importante de eso que decís, que es: una vez que se lanza un tema a la industria —y ojo, hay que diferenciar la música y la industria de la música—, porque muchos músicos estamos confundidos con eso. La gente absorbe la primera versión donde conoció la canción y le queda formateado eso. Entonces, el músico que va en una evolución constante, necesita ese quehacer de darle forma. Yo siempre digo: cuando la terminamos de grabar la obra está inconclusa, se termina de anidar en el oído de cada uno que lo escucha.
—Me hablabas de tu relación con Cadícamo. ¿Con qué otro prócer llegaste a tratar?
—A Cadícamo me acerqué primero porque me llamó la atención su obra. Leí mucho porque él no solo era letrista de tango, era novelista, guionista de cine, ensayista; tengo gran parte de su obra en casa. Y antes de estrenar Tangos bajos llamo por la guía de teléfono -¡mirá qué tiempos!- al doctor Luis Alposta, otro socio autoral mío, que es el vicepresidente de la Academia Lunfardo, una persona muy importante para mí, tanto que es el día de hoy que tenemos una enorme amistad. Creamos una sociedad autoral, tenemos más de cuarenta tangos hechos juntos. Para mí es un prócer, un tipo de cerca de los noventa años ya…
—¿Siguen componiendo?
—Claro, está bárbaro. Es el poeta lunfardo vivo más importante, así de corta. Al Dr. le debo gran parte de mi conocimiento sobre el tango y de su mano pude entrar a la puerta grande del tango. Ojo, no porque haya un letrero que diga La puerta grande del tango, porque acá nos seguimos peleando en Argentina: ¿qué es tango, qué no es tango, viste? Daría la sensación de que es como venderle cubitos a los esquimales, ¿no? Cuando el tango es tan reconocido, tan definitivo y nos marca en nuestra idiosincrasia. En el resto del mundo el tango es percibido de otra manera que como lo percibimos acá.
—¿De qué manera?
—Claro, porque yo tengo la suerte de estar hace veinticinco años haciendo giras varias veces por año por toda Europa. Solo en Francia actué en cuarenta y cinco ciudades… Y no es que me va a ver solo el gueto de inmigrantes argentinos, sino que penetré —digamos— en el oído de un público local que no entiende lo que yo digo, lo cual me favoreció en desarrollar una gestualidad que antes no tenía: digamos que soy una suerte de Charlie Chaplin que canta tangos.

Es una necesidad que aprendí justamente tocando para públicos europeos. Y te digo, me sorprendí muchísimo, por ejemplo en Hungría. Toqué en centros culturales enormes como nuestro CCK —ahora malamente llamado Palacio Libertad—; y digo Hungría porque a mí siempre me gustó Béla Bartók, la música húngara, porque tiene esa raíz folclórica que se sigue respetando al día de hoy; un público con gran facilidad rítmica, cosa que en Francia no me pasa. Y aunque no entiendan la letra de los tangos, yo funciono como un médium, digamos.
—O sea, el poder de la música, ¿no? Sonido puro…
—Exacto, lo que nos pasaba de chico con los Beatles, ¿no? Lo que atrae es la música; eso hipnotiza y te lleva a querer saber qué está diciendo esto que me engancha tanto.
—Según leí, también tuviste cercanía con Edmundo Rivero, ¿no?
—Sí, lo conocí personalmente porque mi padrastro era su mánager personal. Sin dudas, otro de los grandes y un gran guitarrista. Yo iba al Viejo Almacén de chiquito. Me daba un poco de miedo Rivero. Después, de más grande, lo empecé a apreciar.
—Sé que no es una pregunta nueva para vos, pero vos sabés, el público se renueva. Ya son años del Melingo tanguero, sin embargo, para mi generación -lo he comprobado- decís Melingo y antes que nada pensás en Los abuelos…, pensás en Los Twist, en la banda de Charly etapa Piano Bar, o sea, en el Melingo rockero…
—(Se ríe) Te voy a explicar un poco porque no sos la primera persona que me plantea esto, un planteamiento que empezaron a hacerme cuando empecé con el tango hace treinta años o más. Lo curioso es que ¡ya tengo más años en el tango que en el rock! Me siguen diciendo: “¿Por qué te pasaste del rock al tango?” Y yo digo: ¡No me pasé, yo nací en Parque Patricios! Con toda mi familia tanguera, por parte de mi vieja y por parte de mi viejo, abuelo cantante de ópera. O sea, tengo un sincretismo entre el tango y la ópera. Y con mis primos mayores aprendí el rock, esas son mis tres patas. La cuarta pata la creé como una voz propia, digamos.
por Fito Paez (teclados y coros), Pablo Guyot (guitarra), Alfredo Toth
(bajo y coros), Willy Iturri (batería), Daniel Melingo (saxo).
—Más allá de tus orígenes, ¿hubo un click para encarar el sendero tanguero en forma profesional?
—Siempre hay un click… que pertenece un poco a la industria musical. Los músicos somos músicos. La industria musical se va de nuestras manos. Mi primer disco solista es H2 O, producido por Cachorro López, con una intención entre funk y reggae. Era algo que yo venía trabajando hacía más de diez, quince años. Y después de diez años de vivir afuera, vuelvo con una pulsión rumiante con el tango. Y empiezo a hacer canción tras canción tras canción, que serán las canciones de Tangos Bajos.
—¿Que salé en el…?
—En el ‘98. Ahí rompo el contrato con una multinacional y digo: “Voy a hacer esto”, algo que me sale de las tripas. Yo le hago mucho caso a la intuición; los músicos laburamos mucho con la intuición, con ese ochenta y cinco por ciento de sombra que es el inconsciente.
—¿Cómo sería eso?
—En el inconsciente es donde se genera y se crea todo lo que después nos representa de alguna manera. Es un trabajo intuitivo, más allá de la formación académica que puede tener uno. Yo siempre digo: “La partitura es para estudiar, la música es de oreja”. Porque dicen: “No, este músico lee música, este músico no lee…” No importa, la cuestión es el resultado: qué generás con esa abstracción que es la música.
—¿Qué está escuchando Melingo?
—De todo.
—¿Qué entra en “de todo”?
—Todo. También quiero decir algo que es muy importante para mí: el silencio. Yo me nutro muchísimo del silencio. No soy de llegar a casa y poner música. La música la escucho atentamente: la escucho, no la oigo, porque hay una diferencia, ¿viste? Yo, para pensar en música necesito el silencio. Nutrirme de eso para abastecerme. Y cuando quiero escuchar, me siento, no la pongo de fondo; si no me parece como la radio o TN, que lo ponés de fondo. O disfruto el silencio o si voy a escuchar, escucho. Y cuando te decía “de todo”, puedo ir de Bach o Beethoven hasta las últimas tendencias sónicas que pueda haber en esta nueva escena: el trap, el hip hop. Soy muy omnívoro en ese sentido.
—Hablando de tendencias, ¿cuándo ganaban más los músicos, vendiendo CDs o en esta era Spotify?
—Yo puedo decir sacando pecho que hace cincuenta años vivo de la música. “¿Pero cuánto…?» “¿Vivís bien?» Vivo cómodamente, a veces de manera ajustada. Eso es invariable, porque cuando decidimos por la música sabíamos que iba a ser así. Muchas veces me preguntan: “Ey, ¿pero cuánto cobrás por este tema, por el otro?”. Y es algo que nunca lo veo, no lo discrimino. Lo importante es el resultado.
Siempre digo que no es menor poder vivir dedicándome no solo a la música, ¡sino a la música que quiero hacer! Porque, además, nunca di el brazo a torcer con la industria. Están los que dicen “No, pero a la gente le gusta”. Eso es falso, el músico tiene que escucharse a él mismo, porque la música trasciende la honestidad que debe haber en el artista al hacer este proceso. En definitiva, cuando vos decís: “Como a la gente le gusta eso, voy por ahí”, eso se nota. Tenemos el ejemplo de Bob Dylan: ¿por qué llegó tan lejos? Por la honestidad. Y de ahí, también, el gran título del álbum de mi amigo Andrés (Calamaro), Honestidad brutal.
—Te llevo a un tema que muy actual que genera polémica, que es el uso de la IA para la creación artística, en este caso la música… ¿Te preocupa? ¿Cómo lo ves?
—Mirá, hay algo en la música… volvemos a lo mismo. El espíritu de la música implica algo que la IA no tiene, que es el alma. Y es algo muy importante; que muchas veces está en entre líneas y no nos llama la atención, pero hay algo que es por ahí. Y eso nos diferencia: el espíritu, el alma, la humanidad o como lo quieras llamar.
—No puedo dejar de preguntarte por lo del Indio Solari. ¿Qué te sugiere semejante muestra de cariño popular?
—Semejante despedida demuestra la importancia que tiene como ser humano, como alma, como espíritu, dentro de nuestro imaginario musical, popular y nacional, ¿no? Yo soy una persona que conocía al Indio, por supuesto, con un cariño especial, porque él venía a mis conciertos de tango desde que comencé con este experimento. Y siempre estaba el Indio.
—¿Ah, te fue a ver muchas veces?
—Sí, y se manifestaba de una manera anónima, pero quería estar ahí. Eso me dio una pauta de la profundidad de la búsqueda del tipo, ¿no? Que nos habla casi desde el más allá, ahora más que nunca, ¿no? Esa búsqueda insaciable para el ser humano, sobre todo conociéndose y haciendo hincapié en el eco interno cuando muchas veces estamos atosigados por el ruido exterior, ¿no? El es un fundamentalista de eso. Semejante expresión de amor popular también expresa lo que estábamos hablando: cómo anida la música en el que escucha, que es tan importante, y cómo cada oyente termina de completar la obra del artista.
—¿Podés nombrar tres, cuatro o cinco discos que llevarías siempre en tu mochila?
—No, porque volveríamos a lo de la industria. Sí te puedo nombrar grandes artistas.
—A ver…
—Carlos Gardel, el inventor del tango canción: Gardel es un gran médium, un gran chamán… Igor Stravinsky, Béla Bartók y Maurice Ravel, mi trilogía de lo que se conoce como música clásica, sinfónica o erudita, que me marcaron muchísimo. Charles Mingus (a quien vi en vivo), Thelonious Monk y Miles Davis, mi trinidad en el jazz. Y los Beatles.
—¿A qué edad descubrís a los Beatles?
—Muy tempranito, te diría que ya con siete, ocho años. Recuerdo los primeros singles… Son absolutamente gravitantes, una banda que a medida que la escuchás la seguís redescubriendo y redescubriendo.
—Totalmente, así como señalabas a Gardel como el inventor del tango canción, ellos inventan un sonido dentro del pop y el rock, tanto que pasan a ser un género en sí mismo, ¿no?
—Así es, hay algo que son las capas en la música que se puede atribuir a la profundidad. Con los Beatles pasa eso. Tienen tantas capas de lectura que vos las vas descubriendo en cada escucha.

—Especialmente en su etapa del estudio como laboratorio, a partir de Rubber Soul, ¿no? ¿Coincidís con esa teoría que dice que desde que Dylan les convida su primer porro, en septiembre de 1964, nace la psicodelia? Después de eso van a encadenar Rubber Soul, Revolver y Sgt. Pepper’s…
—No, yo no lo diría tan preciso, con tantos datos periodísticos. Te diría que un artista necesita un tiempo de maduración. Y ellos lo ejercitaron a lo largo de toda su trayectoria. Porque el artista, si bien nace, después se va haciendo. Son las dos cuestiones. Es tremenda la obra que crearon en menos de diez años, con una profundidad que teminó impactando en todo el mundo. Con un dato no menor: ¡aún hoy gravitan!
Fotos: Jaime Olivos
CHIMENTOS
Yanina Latorre harta de las caras que pone Maru Botana al probar en la comida en MasterChef: «Asco, es una…»

Una de las condiciones fundamentales para evaluar un plato en una competencia gastronómica parece haber quedado bajo discusión en MasterChef Celebrity. Al menos así lo entiende Yanina Latorre, quien puso la lupa sobre el desempeño de Maru Botana y lanzó una crítica que no pasó inadvertida: cuestionó que la cocinera no muerda las preparaciones de los participantes al momento de degustarlas.
La conductora eligió el espacio de El Observador 107.9 para desarrollar su mirada y dejó en claro que no se trataba de una observación menor. Su planteo apuntó directamente a la función que cumple Maru dentro del certamen y a la responsabilidad que implica juzgar el trabajo de los concursantes.
“Para probar la masa y el relleno tenés que morder. No soy la única que lo vio”, sostuvo Yanina, aludiendo también a las numerosas reacciones que despertaron esas imágenes en las redes sociales. Para ella, la degustación no puede quedar reducida a un gesto superficial: requiere probar aquello que después se va a evaluar.
Pero la crítica no terminó ahí. Con su habitual estilo frontal, Latorre fue todavía más lejos y cuestionó sin rodeos la actitud de la cocinera. “Es una maleducada. O te da asco o tenés un problema con la comida. No podés ser jurado”, disparó, en una declaración que volvió a ponerlas en veredas opuestas.
YANINA LATORRE FULMINÓ A MARU BOTANA
El comentario adquirió otra dimensión por tratarse de dos figuras que arrastran diferencias desde hace tiempo. Esta vez, sin embargo, el foco no estuvo puesto en una vieja disputa personal, sino en una situación puntual del reality de Telefe que Yanina convirtió en motivo de cuestionamiento público.
La conductora también quiso dejar en claro que sus observaciones no respondieron a una animosidad selectiva contra Maru. “Yo fui fuerte con todos. Dije quién me gustaba y quién no me gustaba”, explicó, en referencia a sus opiniones sobre los distintos participantes de la competencia.
Así, una cuestión tan elemental como probar la comida terminó convirtiéndose en un nuevo frente de discusión alrededor de MasterChef Celebrity. Y Yanina, fiel a su estilo, no necesitó demasiadas vueltas para expresar lo que pensaba: para ella, quien tiene la responsabilidad de juzgar un plato debe estar dispuesto a degustarlo como corresponde.
Yanina Latorre
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Silvia Pérez: «Siempre voy a ser una chica Olmedo, hasta el último día de mi vida»

Hace casi cuarenta años, Silvia Pérez supo que esa etiqueta no se borra. Fue chica Olmedo, y lo será —dice ella misma, entre risas— “hasta el último día de mi vida”. Pero en ese tiempo que va desde los sketches que hoy se viralizan en TikTok hasta el presente, construyó otra carrera: estudió con los mejores maestros, produjo su propio teatro, trabajó con Francis Ford Coppola, protagonizó la película que considera “la de su vida” y se convirtió en profesora de yoga y meditación. Ahora, Silvia Pérez vuelve a la Calle Corrientes con 8 Mujeres, la comedia de misterio de Robert Thomas que dirigirá José María Muscari, y lo hace con una certeza que, según cuenta, le costó años alcanzar: ya no le importa probarle nada a nadie.
La convocatoria de Muscari llegó en el momento exacto. Pérez acababa de desear, “desde adentro”, volver al teatro comercial después de años en el circuito alternativo. El director la contactó casi al mismo tiempo y le propuso repetir el rol que ya había hecho quince años atrás en la misma obra: Regina, la cuñada que nadie esperaba y que llega a revolver una casa repleta de secretos. “Le dije: re, quiero, estoy. Ni lo pensé”, recuerda. Muscari les había escrito ese mismo día a las seis actrices que ya habían hecho la obra —las otras dos integrantes originales, Norma Pons e Hilda Bernard, fallecieron—, y en menos de dos horas todas habían respondido que sí. Para él, cuenta Pérez, fue una señal.
El elenco lo completan Marita Ballesteros, Cecilia Dopazo, Emilia Mazer, María Leal, Linda Peretz, Juana Repetto y Mónica Villa. 8 Mujeres se estrena el 8 de octubre en el Teatro Multiteatro (Corrientes 1283), con funciones de jueves a domingos.

— ¿Por qué quisiste volver al teatro comercial ahora?
— Hacía muy pocos días que había pensado o deseado, desde adentro mío, volver a hacer teatro comercial, porque hace años que estoy haciendo teatro alternativo. Y dije: “Ay, qué ganas que tengo de hacer una obra comercial”. Eso pasó, y justo me llama Muscari y me dice: “¿Quisieras hacer de nuevo? Estoy viendo de hacer 8 Mujeres”. Le dije: “Re, quiero, estoy”. Ni lo pensé. Y me dio mucha alegría, primero porque es una obra que fue muy bien, que disfruté mucho. Era muy lindo estar con un elenco tan maravilloso, de tantas actrices tan talentosas. Nos llevábamos muy bien. Fue todo un momento muy lindo.
— ¿Cómo fue la reacción de todo el elenco cuando Muscari las convocó?
— Ese mismo día nos llamó a las seis de las ocho que ya lo hicimos, porque Norma Pons y Hilda Bernard no están más en este plano. Y en menos de dos horas, las seis le contestamos que sí, que queríamos hacerlo y que podíamos. Para él fue como una señal también eso, porque no sucede muy a menudo.
— Todas van a hacer los mismos personajes de hace quince años. ¿Cómo se resuelve eso con el paso del tiempo?
— Es una apuesta tan atípica y tan singular, tal como es Muscari. La obra es atemporal, la apuesta que está haciendo es atemporal. Mi personaje especialmente podría tener este cambio de edad sin que le afectara. Por ahí Cecilia lo dice porque ella era la hija mayor de la familia, una chica que está estudiando en un colegio, entonces por edad no cerraría. Pero lo que está planteando Muscari es maravilloso, ¿entendés? Porque todas estamos haciendo los mismos personajes que hemos hecho.

— ¿Qué podés adelantar de tu personaje, Regina?
— Es la hermana del hombre en cuestión, alrededor del cual gira toda la obra. Llega sin que nadie la espere y genera más intriga, más lío del que ya hay. Es una comedia, fundamentalmente, y eso es muy importante decirlo. Una comedia donde nos reímos de cosas muy profundas, porque te vas a ir pensando. Su sexualidad es parte de lo que la obra plantea: podría decir que es lesbiana, pero también cuenta que sale con hombres, así que podría ser bisexual. Eso es lo que escribió Robert Thomas: temas tan vigentes hoy —la sexualidad, el poder del dinero en los lazos familiares, los vínculos, la psicología de cada personaje— tratados con una mirada de avanzada. Y en cada escena sospechás de una de estas ocho mujeres, creés que vas por ahí, y en la siguiente escena te cambia todo. Está llena de secretos, de mentiras, de intrigas. Vamos descubriéndonos unas a otras.
— ¿Cómo es trabajar con Muscari, a dónde llega en sus búsquedas?
— Es distinto a todo, por lo menos para mi experiencia. Es una persona disruptiva, está constantemente creando. Cuando tuvimos la primera lectura dijo que la obra estaba bien, que no necesitaba adaptarla. Y hoy es casi otra obra: continuamente nos va agregando gags que se le ocurren en el momento y le dicta a su asistente, y vos a veces decís: “¿De dónde lo saca?”. Sabe muy bien lo que quiere y tiene esta singularidad de marcar una coreografía actoral además de la puesta. Yo voy por lo que él me dice, sé que tiene certeza y lo pruebo de una. Y por otro lado es sumamente contenedor y amoroso con cada una de nosotras. Te dice todo lo que tenés que escuchar sin ningún prurito, pero siempre con una palabra alentadora primero. El objetivo que planteó el primer día fue: “El objetivo es ser felices”. No habló de que salga bien la obra. Y estamos yendo por ese objetivo todo el tiempo.
— ¿Y cómo construyen la complicidad siendo ocho actrices, con todo lo que implica compartir camarines y escenas?
— No hay ningún tipo de tensión. De hecho, no la hubo hace quince años tampoco. Hay algo espontáneo que surge entre nosotras que nadie se está proponiendo. Nadie está siendo bueno ni cuidando al otro de manera forzada, es algo que surgió solo. Y que Juana Repetto venga con su bebé de seis meses lo suma más todavía. Todos estamos pendientes. Además, de alguna manera todas nos conocemos: somos actrices de trayectoria, conocidas también por la televisión. Haber juntado a ocho actrices de tantos años de recorrido es algo bastante significativo.

— Es inevitable hablar con vos de tu época de chica Olmedo. ¿Qué sentís cuando surge el tema?
— Sé que es inevitable. En ese momento, de hecho tengo libros escritos donde cuento esto, era muy la frase: “sin darme cuenta”. Porque yo necesitaba mucho trabajar —mantenía a mi hija yo sola— y lo primordial era que estaba trabajando y me sentía muy agradecida de tener trabajo siempre. El tema de ser sexy, salir en tapas de revistas, la ropa interior y todo eso, para mí era como un accesorio de mi trabajo. Hoy lo pienso y me tengo mucho amor y cariño, porque realmente soy una luchadora, una guerrera, siempre fui para adelante. Siempre defendí mis valores. Nunca hice nada que no quisiera hacer. Me quedé sin trabajo por esa situación en algunos momentos, pero gracias a Dios siempre pude seguir adelante.
— ¿A qué te referís con que te quedaste sin trabajo por defender tus valores?
— Algunas veces tuve problemas con productores, no quería aceptar lo que me proponían y me echaron de programas. Eso sucedía antes un montón. Lo que pasa es que ahora, por ejemplo, se puede decir y lo están contando, se puede considerar un delito, pueden hacer que no trabajes más. Pero esas cosas sucedían en ese momento. Yo pensaba que siempre me iba a ir bien si seguía mis principios, y de hecho me fue bien. La pasé mal en muchos momentos, pero siempre seguí trabajando.

— También trabajaste con Jorge Porcel, y en las últimas semanas se habló mucho de lo que pasaba a su alrededor. ¿Qué recordás de esa experiencia?
— Mirá, en una oportunidad Gerardo Sofovich me hizo reemplazar a Luis Albinoni en “La peluquería” y trabajar con él, y él me la hizo pasar muy mal. No tuve ningún problema porque me haya faltado el respeto físicamente, aunque de alguna manera, si no me miraba cuando yo le hablaba mientras grabábamos, era una manera de faltar el respeto. Y después, cuando ya había muerto el Negro, hicimos una película en homenaje a él, El profesor Punk, que la pasan a cada rato ahora, y no tuve ningún inconveniente con él. Yo siempre me hice respetar. Lo que pasa es que a veces a la gente no le gustaba eso, y pagabas las consecuencias.
— Más allá de la figura popular que conserva el público, ¿qué lugar ocupa Olmedo en tus recuerdos personales?
— Muy importante en lo laboral y en mi profesión. Después de su muerte fui a estudiar teatro con casi todos los maestros que existen acá, terminando con Gandolfo. Pero la realidad es que yo aprendí a ser actriz al lado del Negro. A estar presente en el escenario, en una grabación, a estar pendiente de lo que iba a decir, que no se sabía nunca. Era como una escuela de teatro. De hecho, una vez en el escenario me tiró en el sillón y me dijo: “Si esto no es una escuela de teatro, ¿qué es?”. Ahora, últimamente, cuando salgo al escenario me da fuerza recordar eso. Digo: “Yo puedo”. Y después en el plano personal, más allá de recordarlo por su genialidad, hubo un costado difícil y duro que tiene que ver con el ser humano, con ese vacío que uno puede sentir más allá de tener todo aquello que el mundo considera que necesitamos —la fama, el dinero—, que a veces si tu corazón no está bien y tenés una niñez difícil, es difícil la vida. Me parece importante recordar eso.

— ¿Hubo algo de eso? Porque vos has hablado de que mantuvieron una relación fuera de la exposición pública. Hoy a la distancia, ¿entendés por qué fue?
— Sí, entiendo por qué fue, pero me parece que no es tampoco para decirlo en una nota. Yo era muy chica. Me sentía como que era muy grande, pero tenía 31, 32 años. Y había muchas situaciones donde me sentía como que quería salvar situaciones, sin conocer ni siquiera quién era yo y qué podía hacer con mi vida. Pasaron algunas situaciones que no amerita volver a recordar en este momento.
— ¿Y eras vos la que quería mantener esa relación en reserva?
— No sé si llamarla una relación tampoco. Sí puedo decirte lo que significó, sobre todo profesionalmente. La muerte de él me hizo pensar en mí, en quién soy, en qué quiero, y en algo que a veces se pierde de vista en este mundo, que tiene una velocidad de tren bala.
— ¿Cómo fue la transición después de su muerte, el proceso de reinventarte como actriz?
Durante mucho tiempo no me llamaron para trabajar porque todo el mundo tenía la imagen de Olmedo al lado mío. Eso fue muy duro y me hizo empezar a estudiar teatro y a pensar qué quería. El primer proyecto que hice fue mío: El último pasaje, una obra de Marise Monteiro que produje yo, con mi hija y con Alejandro Odara. Me ayudó mucho Carlos Gandolfo a ver qué quería hacer y qué era lo que la gente podía recibir después de haberme visto en esa etapa. Elegí una comedia dramática. Después, de a poco, sobre todo los autores y guionistas jóvenes que miran sin tanto prejuicio, empezaron a llamarme. Como Anahí Berneri, que me dio la película de mi vida con Encarnación. Después tuve la posibilidad de trabajar con Coppola cuando vino a hacer acá su película. Hice una película italiana también con Alessandro Gassmann. Y así empecé de nuevo, de a poco.

— A partir de la muerte de Olmedo también te volcaste al yoga, la meditación, la respiración consciente, los viajes a la India, ¿todo eso lo seguís manteniendo?
— Sí, lo mantengo. Soy profesora de yoga y de meditación, de hecho lo hice dos veces. Fue una manera de acercarme a mí, porque estaba bastante alejada de mí. Como bien te dije, no me daba cuenta de nada: agradecía tener trabajo, pero nunca pensé en mi carrera, en qué quería para mí como actriz. Tenía un trabajo y lo agradecía, lo aceptaba, lo elegía, lo necesitaba. Empecé a pensar qué quería, y me llevó bastante tiempo.
— Tus sketches con Olmedo, el de Borges y Álvarez sobre todo, se viralizan en TikTok, X e Instagram casi cuarenta años después. No le sucede a mucha gente esa permanencia. ¿Qué te pasa con eso?
— ¡Y pensá que van a ser casi cuarenta años! Hoy estoy reconciliada con todo eso y sé que siempre voy a ser una chica Olmedo hasta el último día de mi vida. Y lo agradezco. Cada vez que entro a un ensayo y un técnico me dice “uy, anoche te vi”, o cuando por ejemplo fui al programa de Jey Mammon, que estaba Walter Nelson y dijo “te vemos siempre”… Todos siguen viendo esos sketches. Y eso es hermoso. Estoy muy agradecida.
Silvia Pérez,díptico,retrato
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Lourdes Sánchez rompió el silencio y habló de su infidelidad con un rugbier que causó la separación del Chato Prada: “Vivía una agonía”

Se esfumó por el aire y ese sentimiento se disipó como partículas volando por el viento. Ya no vibran en la misma sintonía, aquella frecuencia que los conectaba se estropeó. Lourdes Sánchez y Chato Prada ejecutaron la compleja decisión de romper su pareja.
Tras dieciséis años de caminar por el mismo sendero, que incluyó la configuración de una familia con su pequeño de diez años, los famosos disolvieron su matrimonio. La posibilidad de desentenderse cabe para todo el mundo, aunque en esta historia apareció un factor clave: una infidelidad.
La confirmación de la separación brotó en LAM, de la mano de Ángel de Brito, que se erige en una palabra autorizada por el vínculo estrecho que profesa con ambos protagonistas. «No creo que quieran hablar, es una historia complicada. Ella está en Corrientes, hace un año y medio que es directora de cultura. Va y viene, por eso se la ve poco en los medios. Finalmente están separados después de 16 años de relación. Se acabó el amor«, arrancó.
Lejos de endulzar la trama, el conductor de América TV no dudó en contar la arista más controversial de esta ruptura. «Lourdes está teniendo una relación con otra persona, hace cuatro meses, hay una infidelidad de por medio«, describió el periodista.
LOURDES SÁNCHEZ HABLÓ DE SU SEPARACIÓN
Tras aportar fotos del joven de 27 años que ofició de tercero en discordia, en el programa se produjo el derecho a réplica de Sánchez, quien se comunicó con Ángel y contó una verdad muy sensible. “Lamento que no hablamos antes Ángel. No estoy triste, estoy triste por mi hijo”, admitió.
Sánchez exteriorizó una discursiva singular, que nadie avizoraba, dado que se lanzó a explicar su padecimiento en el matrimonio. “Hace años que estamos tratando de remontarla. Se apagó el amor hace tiempo”, añadió y cerró con la frase más resonante: “Vivía una agonía”.
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