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Daniel Melingo: “Digamos que soy una suerte de Charlie Chaplin que canta tangos”

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«En este primer volumen son once artistas que interpretan nuevas versiones de las canciones de mi disco ‘Tangos bajos’», dice sobre su show en el Coliseo, el próximo 21 de septiembre, que incluirá a notorios invitados

El equívoco sigue ahí, por más que Daniel Melingo (Parque Patricios, 22 de octubre de 1957) lo aclare una y otra vez: no es que del rock se pasó al tango. ¡Es al revés! El tango llegó primero, aclara enérgico. “¡Antes que de la cuna! ¡Mi vieja cantaba tangos conmigo en la panza!“, dirá.

Pero el equívoco sigue ahí, y seguirá, sobre todo a los que ya soplaron más de 40 velitas, porque lo disfrutaron/mos demasiado en Los abuelos de la nada, en Los Twist o metiendo su saxo en la banda de Charly García, etapa Piano Bar, por citar tres escalas rockeras ineludibles.

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Hasta que en 1998 irrumple el Melingo tanguero con ese discazo que es Tangos Bajos, un clásico y moderno, que irradia el ayer invocando la guitarra de Edmundo Rivero, y apunta a un mañana que ya es hoy…

Melingo presentó recientemente su nuevo single “José, el cuchiyero”, con la colaboración de Malandro, “un raper de la nueva escena”, atraído por sus líricas que reflejan siempre a los “barrios populares”, su “culto a la amistad” y la empatía con los suyos. El lanzamiento forma parte del álbum Tangos bajos (Rework) —que presentará en el teatro Coliseo el próximo 21 de septiembre— y a la vez parte del Vol 1 de la banda sonora del documental Tangos Bajos, dónde participan grandes artistas. Y para hacer más interesante esta oferta, los sibaritas y amantes del buen beber podrán descorchar un buen Malbec, Tangos bajos, porque ahora Melingo también tiene vino propio. Todo esto y más abarca esta charla…

—El disco que vas a presentar se llama Tangos bajos (Rework), ¿por qué?

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—Primero dejame machetearme con el teléfono, y te canto uno por uno los temas del Volumen 1, que no me quiero olvidar de nadie. Cara A, “Pesar” (con Pity Alvarez), “José, el cuchiyero” (con Malandro), “Ayer” (con Stefanie Ringes), “Narigón” (con Pablo Lescano), “Noche tra” (con Vinicio Capossela) y “Laberinto” (con Andrés Calamaro). Cara B: “La guitarra” (con Fito Páez), “José, el Cuchi” (con Maxi Prietto), “Este cuore” (con Broke Carrey), “Ayer” (con Juli Laso), “Narigón” (con Juliette Noureddine) y “Noche transfigurada” (otra vez con Pity). Ahora sí, ¿cómo era la pregunta?

-¿Por qué lo de Rework?

—Te explico. En este primer volumen son once artistas que interpretan nuevas versiones de esas canciones icónicas de mi disco Tangos bajos. Cosa que en el volumen dos se amplía un poco con otros artistas. En total, participaron casi cuarenta artistas. Y estoy muy feliz de poder presentarlo en el Coliseo acompañado de estos enormes artistas.

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«Pesar», tango de Daniel Melingo cantado por Pity Álvarez

—¿Y cómo fue que se te dio por meterte con los vinos?

—Eso fue una idea de un fan mío de Mendoza, Francisco Evangelista, que es el CEO de CrowdFarming.Wine, vinos del Valle de Uco, Mendoza. Él es un productor de vinos que labura muy artesanalmente, muy cuidado, que es lo que yo hago con la música también. Cuidamos la obra como si fueran nuestros bebés y hubo una simbiosis ahí. Y a la vez, te digo, en mis cincuenta años de trabajar cien por ciento con la música, es el primer emprendimiento extramusical.

—¿Qué variedad hiciste?

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—Es un Malbec 2020 de cosecha pandémica, que agarró muy bien porque se mantuvo un poquito más en la tierra. Es exquisito, estoy muy contento. Encontramos un paralelismo de la cepa del Malbec —que en francés quiere decir mal boca—, una cepa que en Francia se descartó. Pero ocurre que es nuestra cepa emblemática. Te digo esto porque empezamos a encontrar un paralelismo en el tango, que es a lo que me dedico los últimos treinta años y el puente que tiene con Francia, ¿no? La homologación del tanguero al ir a París. Yo laburo hace veinte años en Francia, con sede en París, donde tengo mi orquesta. Encontramos un ida y vuelta que me pareció tan curioso que hasta escribí un ensayo, El vino y la música.

Daniel Melingo
«Es un Malbec 2020 de cosecha pandémica, que agarró muy bien porque se mantuvo un poquito más en la tierra. Es exquisito, estoy muy contento», cuenta sobre el lanzamiento de su propio vino

—Contame del documental…

—Se llama Tangos bajos y el foco es rastrear, justamente, las raíces negras en nuestra música popular. El candombe porteño, por ejemplo, que difiere del candombe uruguayo, el candomblé, es una batida diferente al candombe porteño. Afortunadamente pude filmar testimonios varios de afrodescendientes de la línea colonial, descendientes de esclavos del siglo XVIII: afroargentinos. Hay mucha colonia en Córdoba, Santiago del Estero, Tucumán y ahí se explica un poco toda la evolución de nuestra música.

—Un gran aporte que refutará esa idea -mal informada- de que en Argentina no había negros; en ese sentido, siempre pensamos en Brasil o Uruguay, ¿no?

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—Sí, porque eso depende según cómo se cuenta la historia…

—Ya lo dijo Lito Nebbia, ¿no?: “Si la historia la escriben los que ganan, eso quiere decir que hay otra historia”. O sea, el documental se propone rescatar la negritud autóctona, criolla…

—Claro, porque no sólo se esconde la raíz africana, sino la raíz nativa también. Lamentablemente, se impuso la forma absolutista europeizante. Actualmente estamos editando. Además, tuve la ayuda invalorable de grandes amigos míos que son grandes cineastas como Mariano Galperín, Luis Ortega y Lucrecia Martel, entre otros.

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—¿Cuánto llevás embarcado en la grabación y la filmación del documental?

—Cuatro años, aunque ya van siete años que vengo con la orquesta típica, que ya la presenté en varias oportunidades. Son quince músicos, en los cuales hay una formación de orquesta típica de tango —cuatro bandoneones, cuatro violines, contrabajo y piano— y yo la agrando un poco, agregándole el violonchelo y el bouzouki.

—¿Perdón?

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—El bouzouki, lo toca uno de mis colaboradores más cercanos, Juan Ravioli. Es un instrumento griego que descubrí porque yo tengo ancestros griegos. Mi abuelo era de familia griega. Además incorporo la guitarra eléctrica y el serrucho musical, que lo toca Muhammad Habibi, mi otro colaborador estrecho. Digamos que si Juan es mi mano izquierda, Muhammad es mi mano derecha, dos grandes productores, grandes músicos, colaboradores míos desde hace veinte años. Y también está la trompeta, a cargo del maestro Miguel Ángel Tallarita. Todo esto, digamos, conforma toda una gran orquesta tímbrica que nos acompaña.

—O sea, una típica atípica…

—Claro, es de base típica con estos colores, porque hay antecedentes en el tango también, debo decirlo: formaciones con derivados como la orquesta de Aníbal Troilo, con la celesta, el arpa, diferentes instrumentos para darle otra tímbrica. Ese es el camino que voy a trazar en este concierto de presentación.

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—Se ve mucho en las nuevas versiones de Tangos Bajos y también en lo que hiciste en su momento con la nueva “Chalaman”. Sos muy partidario de encontrar nuevos timbres y arreglos en los covers, alejarte del arreglo original, ¿no?

—Es necesario, y es algo que terminé de confirmar después de una larga charla y colaboración autoral con Enrique Cadícamo. El era insistente en las revisiones. Retocar, ¿no? Y es algo que también con Andrés (Calamaro) llegamos a la conclusión de que a veces la canción en el estudio hay que abandonarla porque no se termina nunca, ¿viste? Es como una instancia.

Daniel Melingo
“Cuando la terminamos de grabar, la obra está inconclusa, se termina de anidar en el oído de cada uno que la escucha”, dice

—De hecho, Andrés lo está haciendo cada vez más en sus vivos; un enfoque similar al de Dylan, que de pronto recién cuando llega al estribillo te enterás que lo que está haciendo es “Blowin’ in the Wind”… Tanto, que desde hace tiempo, para mí, en vivo, Dylan no hace temas de Dylan… Dylan hace covers de Dylan, ¿me explico?

—Hay algo muy importante de eso que decís, que es: una vez que se lanza un tema a la industria —y ojo, hay que diferenciar la música y la industria de la música—, porque muchos músicos estamos confundidos con eso. La gente absorbe la primera versión donde conoció la canción y le queda formateado eso. Entonces, el músico que va en una evolución constante, necesita ese quehacer de darle forma. Yo siempre digo: cuando la terminamos de grabar la obra está inconclusa, se termina de anidar en el oído de cada uno que lo escucha.

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—Me hablabas de tu relación con Cadícamo. ¿Con qué otro prócer llegaste a tratar?

—A Cadícamo me acerqué primero porque me llamó la atención su obra. Leí mucho porque él no solo era letrista de tango, era novelista, guionista de cine, ensayista; tengo gran parte de su obra en casa. Y antes de estrenar Tangos bajos llamo por la guía de teléfono -¡mirá qué tiempos!- al doctor Luis Alposta, otro socio autoral mío, que es el vicepresidente de la Academia Lunfardo, una persona muy importante para mí, tanto que es el día de hoy que tenemos una enorme amistad. Creamos una sociedad autoral, tenemos más de cuarenta tangos hechos juntos. Para mí es un prócer, un tipo de cerca de los noventa años ya…

—¿Siguen componiendo?

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—Claro, está bárbaro. Es el poeta lunfardo vivo más importante, así de corta. Al Dr. le debo gran parte de mi conocimiento sobre el tango y de su mano pude entrar a la puerta grande del tango. Ojo, no porque haya un letrero que diga La puerta grande del tango, porque acá nos seguimos peleando en Argentina: ¿qué es tango, qué no es tango, viste? Daría la sensación de que es como venderle cubitos a los esquimales, ¿no? Cuando el tango es tan reconocido, tan definitivo y nos marca en nuestra idiosincrasia. En el resto del mundo el tango es percibido de otra manera que como lo percibimos acá.

—¿De qué manera?

—Claro, porque yo tengo la suerte de estar hace veinticinco años haciendo giras varias veces por año por toda Europa. Solo en Francia actué en cuarenta y cinco ciudades… Y no es que me va a ver solo el gueto de inmigrantes argentinos, sino que penetré —digamos— en el oído de un público local que no entiende lo que yo digo, lo cual me favoreció en desarrollar una gestualidad que antes no tenía: digamos que soy una suerte de Charlie Chaplin que canta tangos.

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Daniel Melingo
“Me siguen asociando al rock, sin embargo ¡ya tengo más años en el tango que en el rock!», enfatiza

Es una necesidad que aprendí justamente tocando para públicos europeos. Y te digo, me sorprendí muchísimo, por ejemplo en Hungría. Toqué en centros culturales enormes como nuestro CCK —ahora malamente llamado Palacio Libertad—; y digo Hungría porque a mí siempre me gustó Béla Bartók, la música húngara, porque tiene esa raíz folclórica que se sigue respetando al día de hoy; un público con gran facilidad rítmica, cosa que en Francia no me pasa. Y aunque no entiendan la letra de los tangos, yo funciono como un médium, digamos.

—O sea, el poder de la música, ¿no? Sonido puro…

—Exacto, lo que nos pasaba de chico con los Beatles, ¿no? Lo que atrae es la música; eso hipnotiza y te lleva a querer saber qué está diciendo esto que me engancha tanto.

—Según leí, también tuviste cercanía con Edmundo Rivero, ¿no?

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—Sí, lo conocí personalmente porque mi padrastro era su mánager personal. Sin dudas, otro de los grandes y un gran guitarrista. Yo iba al Viejo Almacén de chiquito. Me daba un poco de miedo Rivero. Después, de más grande, lo empecé a apreciar.

—Sé que no es una pregunta nueva para vos, pero vos sabés, el público se renueva. Ya son años del Melingo tanguero, sin embargo, para mi generación -lo he comprobado- decís Melingo y antes que nada pensás en Los abuelos…, pensás en Los Twist, en la banda de Charly etapa Piano Bar, o sea, en el Melingo rockero…

—(Se ríe) Te voy a explicar un poco porque no sos la primera persona que me plantea esto, un planteamiento que empezaron a hacerme cuando empecé con el tango hace treinta años o más. Lo curioso es que ¡ya tengo más años en el tango que en el rock! Me siguen diciendo: “¿Por qué te pasaste del rock al tango?” Y yo digo: ¡No me pasé, yo nací en Parque Patricios! Con toda mi familia tanguera, por parte de mi vieja y por parte de mi viejo, abuelo cantante de ópera. O sea, tengo un sincretismo entre el tango y la ópera. Y con mis primos mayores aprendí el rock, esas son mis tres patas. La cuarta pata la creé como una voz propia, digamos.

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Charly Garcia presenta su álbum Piano Bar en Chile acompañado
por Fito Paez (teclados y coros), Pablo Guyot (guitarra), Alfredo Toth
(bajo y coros), Willy Iturri (batería), Daniel Melingo (saxo).

—Más allá de tus orígenes, ¿hubo un click para encarar el sendero tanguero en forma profesional?

—Siempre hay un click… que pertenece un poco a la industria musical. Los músicos somos músicos. La industria musical se va de nuestras manos. Mi primer disco solista es H2 O, producido por Cachorro López, con una intención entre funk y reggae. Era algo que yo venía trabajando hacía más de diez, quince años. Y después de diez años de vivir afuera, vuelvo con una pulsión rumiante con el tango. Y empiezo a hacer canción tras canción tras canción, que serán las canciones de Tangos Bajos.

—¿Que salé en el…?

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—En el ‘98. Ahí rompo el contrato con una multinacional y digo: “Voy a hacer esto”, algo que me sale de las tripas. Yo le hago mucho caso a la intuición; los músicos laburamos mucho con la intuición, con ese ochenta y cinco por ciento de sombra que es el inconsciente.

—¿Cómo sería eso?

—En el inconsciente es donde se genera y se crea todo lo que después nos representa de alguna manera. Es un trabajo intuitivo, más allá de la formación académica que puede tener uno. Yo siempre digo: “La partitura es para estudiar, la música es de oreja”. Porque dicen: “No, este músico lee música, este músico no lee…” No importa, la cuestión es el resultado: qué generás con esa abstracción que es la música.

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—¿Qué está escuchando Melingo?

—De todo.

—¿Qué entra en “de todo”?

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—Todo. También quiero decir algo que es muy importante para mí: el silencio. Yo me nutro muchísimo del silencio. No soy de llegar a casa y poner música. La música la escucho atentamente: la escucho, no la oigo, porque hay una diferencia, ¿viste? Yo, para pensar en música necesito el silencio. Nutrirme de eso para abastecerme. Y cuando quiero escuchar, me siento, no la pongo de fondo; si no me parece como la radio o TN, que lo ponés de fondo. O disfruto el silencio o si voy a escuchar, escucho. Y cuando te decía “de todo”, puedo ir de Bach o Beethoven hasta las últimas tendencias sónicas que pueda haber en esta nueva escena: el trap, el hip hop. Soy muy omnívoro en ese sentido.

—Hablando de tendencias, ¿cuándo ganaban más los músicos, vendiendo CDs o en esta era Spotify?

—Yo puedo decir sacando pecho que hace cincuenta años vivo de la música. “¿Pero cuánto…?» “¿Vivís bien?» Vivo cómodamente, a veces de manera ajustada. Eso es invariable, porque cuando decidimos por la música sabíamos que iba a ser así. Muchas veces me preguntan: “Ey, ¿pero cuánto cobrás por este tema, por el otro?”. Y es algo que nunca lo veo, no lo discrimino. Lo importante es el resultado.

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Siempre digo que no es menor poder vivir dedicándome no solo a la música, ¡sino a la música que quiero hacer! Porque, además, nunca di el brazo a torcer con la industria. Están los que dicen “No, pero a la gente le gusta”. Eso es falso, el músico tiene que escucharse a él mismo, porque la música trasciende la honestidad que debe haber en el artista al hacer este proceso. En definitiva, cuando vos decís: “Como a la gente le gusta eso, voy por ahí”, eso se nota. Tenemos el ejemplo de Bob Dylan: ¿por qué llegó tan lejos? Por la honestidad. Y de ahí, también, el gran título del álbum de mi amigo Andrés (Calamaro), Honestidad brutal.

—Te llevo a un tema que muy actual que genera polémica, que es el uso de la IA para la creación artística, en este caso la música… ¿Te preocupa? ¿Cómo lo ves?

—Mirá, hay algo en la música… volvemos a lo mismo. El espíritu de la música implica algo que la IA no tiene, que es el alma. Y es algo muy importante; que muchas veces está en entre líneas y no nos llama la atención, pero hay algo que es por ahí. Y eso nos diferencia: el espíritu, el alma, la humanidad o como lo quieras llamar.

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—No puedo dejar de preguntarte por lo del Indio Solari. ¿Qué te sugiere semejante muestra de cariño popular?

—Semejante despedida demuestra la importancia que tiene como ser humano, como alma, como espíritu, dentro de nuestro imaginario musical, popular y nacional, ¿no? Yo soy una persona que conocía al Indio, por supuesto, con un cariño especial, porque él venía a mis conciertos de tango desde que comencé con este experimento. Y siempre estaba el Indio.

Leyenda Linyera de Daniel Melingo.

—¿Ah, te fue a ver muchas veces?

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—Sí, y se manifestaba de una manera anónima, pero quería estar ahí. Eso me dio una pauta de la profundidad de la búsqueda del tipo, ¿no? Que nos habla casi desde el más allá, ahora más que nunca, ¿no? Esa búsqueda insaciable para el ser humano, sobre todo conociéndose y haciendo hincapié en el eco interno cuando muchas veces estamos atosigados por el ruido exterior, ¿no? El es un fundamentalista de eso. Semejante expresión de amor popular también expresa lo que estábamos hablando: cómo anida la música en el que escucha, que es tan importante, y cómo cada oyente termina de completar la obra del artista.

—¿Podés nombrar tres, cuatro o cinco discos que llevarías siempre en tu mochila?

—No, porque volveríamos a lo de la industria. Sí te puedo nombrar grandes artistas.

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—A ver…

—Carlos Gardel, el inventor del tango canción: Gardel es un gran médium, un gran chamán… Igor Stravinsky, Béla Bartók y Maurice Ravel, mi trilogía de lo que se conoce como música clásica, sinfónica o erudita, que me marcaron muchísimo. Charles Mingus (a quien vi en vivo), Thelonious Monk y Miles Davis, mi trinidad en el jazz. Y los Beatles.

—¿A qué edad descubrís a los Beatles?

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—Muy tempranito, te diría que ya con siete, ocho años. Recuerdo los primeros singles… Son absolutamente gravitantes, una banda que a medida que la escuchás la seguís redescubriendo y redescubriendo.

—Totalmente, así como señalabas a Gardel como el inventor del tango canción, ellos inventan un sonido dentro del pop y el rock, tanto que pasan a ser un género en sí mismo, ¿no?

—Así es, hay algo que son las capas en la música que se puede atribuir a la profundidad. Con los Beatles pasa eso. Tienen tantas capas de lectura que vos las vas descubriendo en cada escucha.

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Daniel Melingo
“La despedida del Indio Solari demuestra la importancia que tiene como ser humano, como alma, como espíritu, dentro de nuestro imaginario musical, popular y nacional”, dice, sobre la pérdida del líder ricotero

—Especialmente en su etapa del estudio como laboratorio, a partir de Rubber Soul, ¿no? ¿Coincidís con esa teoría que dice que desde que Dylan les convida su primer porro, en septiembre de 1964, nace la psicodelia? Después de eso van a encadenar Rubber Soul, Revolver y Sgt. Pepper’s…

—No, yo no lo diría tan preciso, con tantos datos periodísticos. Te diría que un artista necesita un tiempo de maduración. Y ellos lo ejercitaron a lo largo de toda su trayectoria. Porque el artista, si bien nace, después se va haciendo. Son las dos cuestiones. Es tremenda la obra que crearon en menos de diez años, con una profundidad que teminó impactando en todo el mundo. Con un dato no menor: ¡aún hoy gravitan!

Fotos: Jaime Olivos

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La función del celular que muchos no activan y puede hacer más cómodo leer en la pantalla por la noche

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Leer en el celular antes de dormir es una costumbre cada vez más común. Mensajes, noticias, redes sociales, mails o una nota guardada para más tarde suelen aparecer justo cuando la casa baja el ritmo. El problema es que, de noche, la pantalla puede sentirse demasiado brillante, fría o incómoda para los ojos.

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La opción que conviene revisar es la llamada Night Shift en iPhone y Luz nocturna o Night Light en muchos teléfonos Android. Su función es cambiar la temperatura de color de la pantalla hacia tonos más cálidos, reduciendo la intensidad de los colores fríos que suelen sentirse más agresivos en ambientes oscuros.

Esto no significa que el celular se vuelva bueno para usar durante horas antes de dormir ni que garantice un mejor descanso. Lo que sí puede hacer es volver la lectura más cómoda, especialmente cuando se usa el teléfono con poca luz. En vez de una pantalla blanca y azulada, el contenido se ve con un tono más amarillento o anaranjado.

En iPhone, Night Shift puede activarse desde la configuración de pantalla o desde el Centro de control. También permite programarlo para que se encienda automáticamente desde el atardecer hasta el amanecer, o en un horario elegido por el usuario.

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En Android, el nombre puede variar según la marca, pero suele aparecer como Luz nocturna, Modo lectura, Protector de la vista o Filtro de luz azul. En muchos modelos se encuentra dentro de Pantalla, Bienestar digital o accesos rápidos. También puede programarse para activarse todos los días a la noche.

Qué conviene revisar para leer mejor de noche

  • Activar Night Shift, Luz nocturna o el modo equivalente del teléfono.
  • Programarlo para que se encienda automáticamente al anochecer.
  • Bajar el brillo manualmente si la pantalla sigue demasiado intensa.
  • Usar modo oscuro en apps de lectura, noticias o mensajería.
  • Evitar leer con el celular muy cerca de la cara.
  • Agrandar el tamaño de letra si se fuerza la vista.
  • Reducir notificaciones para no convertir la lectura en una cadena de interrupciones.

Esta función no reemplaza el descanso ni elimina por completo la fatiga visual si se usa el celular durante mucho tiempo. Pero puede ser una ayuda simple y gratuita para quienes leen de noche. Activarla lleva pocos segundos y puede hacer que la pantalla resulte más amable cuando los ojos ya vienen cansados del día.

 

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Quién es Palmito, el autor de la “Cuarta Estrella”, el hit que cantan los jugadores de la Selección Argentina

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Los festejos de los jugadores de la Selección Argentina tras el triunfo ante Egipto

Durante el Mundial 2026 en Estados Unidos, la Selección Argentina volvió a ocupar un lugar central en el entusiasmo popular. Mientras el equipo bajo la conducción de Lionel Scaloni avanza en busca de revalidar el título, surgió una nueva canción que desplazó a los cánticos habituales. “La cuarta estrella”, inspirada en la melodía de “No me arrepiento de este amor” de Gilda, se transformó en el himno preferido de los hinchas argentinos, tras la notoriedad que alcanzó “Muchachos” en el Mundial anterior.

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El responsable de esta canción es Pablo Quintana, conocido en redes sociales como Palmito Música. Quintana, de 30 años, nació en Munro, partido de Vicente López, y actualmente vive en Villa Urquiza. A pesar de su lugar de residencia, su corazón futbolero pertenece a Rosario Central, pasión heredada de su familia.

Desde joven, Palmito combinó su amor por la música con el fútbol, dos mundos que lo acompañaron tanto en su vida cotidiana como en su desarrollo profesional. Durante años, se desempeñó como músico en eventos sociales, tocando en casamientos, cumpleaños y bares, además de componer jingles para distintas marcas.

La idea de crear un tema para el Mundial surgió de una pregunta sencilla que se hizo a sí mismo: ¿por qué no unir sus dos pasiones y componer una canción que acompañara a la selección? El resultado fue “La cuarta estrella”, una composición que rápidamente se viralizó en redes sociales y que, en poco tiempo, se convirtió en la banda sonora de Argentina en la Copa del Mundo.

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Meses atrás, Palmito lanzaba la «Cuarta Estrella» para alentar a la Scaloneta en el Mundial

El impacto de la canción trascendió las pantallas y llegó a los estadios. Uno de los momentos más destacados ocurrió en el Club Vivo de Dallas, durante un recital de Ciro y Los Persas, cuando el público entonó “La cuarta estrella” en la previa del partido ante Jordania. Las imágenes circularon en redes y llegaron hasta el propio Palmito, quien compartió el video en sus historias de Instagram y lo describió como “un ritual”.

La consagración definitiva del tema se produjo después del triunfo agónico de Argentina ante Egipto en el estadio Mercedes-Benz de Atlanta. En esa ocasión, los jugadores de la selección argentina celebraron en el vestuario al ritmo de la canción creada por Palmito, consolidando su lugar como parte del repertorio emocional de los futbolistas y la hinchada.

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Pablo Quintana, conocido como Palmito, es el creador de “La cuarta estrella”, la canción que se transformó en el nuevo himno de la hinchada argentina (Instagram)
Quién es Pablo Quintana, conocido como Palmito, el autor de la "Cuarta Estrella"
Pablo Quintana al llegar a Estados Unidos para el Mundial 2026 (Instagram)

En paralelo a su actividad musical, Palmito se consolidó como creador de contenido digital, acumulando cientos de miles de seguidores en redes sociales. Gracias a la popularidad de “La cuarta estrella” y a su trabajo constante, fue convocado por la Televisión Pública para sumarse al grupo de creadores de contenido que cubren el Mundial desde el espacio digital Stream Room. Así, sigue de cerca a la selección argentina, aportando su mirada y su música al fenómeno colectivo que rodea al equipo dirigido por Scaloni.

El apodo “Palmito” surgió de manera casual, durante una fiesta en la que un amigo, entre risas y copas, comenzó a llamarlo así. Hoy, ese nombre está asociado a la creatividad, la pasión y el impulso de una hinchada que encontró en su canción un nuevo grito de aliento.

Así las cosas, este sábado, la Selección enfrentará a Suiza. La Scaloneta llega con la energía renovada tras imponerse 3 a 2 ante Egipto. Este fue la cuarta vez que la Scaloneta logró revertir un marcador adverso y terminó celebrando la victoria desde el inicio del ciclo del entrenador nacido en Pujato, quien con el del pasado martes ya suma 101 partidos al frente del seleccionado.

El único antecedente en una competencia oficial había ocurrido en las Eliminatorias Sudamericanas rumbo a Qatar 2022. El 13 de octubre de 2020, en la altura de La Paz, la Argentina se impuso 2-1 ante Bolivia tras comenzar perdiendo por un cabezazo de Marcelo Moreno Martins.

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El hijo de la influencer Geraldine Mayer denunció una vida de maltratos, hambre y humillaciones: «No me dejaban comer y a los 13 me…»

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En la tarde del viernes 10 de julio las redes se llenaron de reacciones de horror al ver el video de Tomás Cataldi, un joven de 20 años que, hasta no hace tanto, aparecía en las redes de la influencer Geraldine Mayer, en postales de familia feliz y perfecta. Pero detrás de esa simulada felicidad, había otra cosa: una vida de maltratos y humillaciones que Tomás decidió sacar a la luz.

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“Si podrían difundir este video estaría más que agradecido ya que es muy importante para mi», arrancó Cataldi, antes de romper el silencio, cansado de “estar callado 20 años”. Sin más preámbulos, el chico soltó: “Quería decirles cómo sobreviví a mi madre narcisista, manipuladora y a su maltrato psicológico. Es influencer, me hizo sufrir toda la vida, es una muy mala persona y no sé por qué le va bien”. 

Tomás mostró el perfil de Mayer, desde hace años muy famosa por presumir de sus looks, sus consumos de lujo y esa perfección aspiracional que, de un momento a otro, mostró su verdadera cara. Geraldine, contó el joven, transmitía lo mucho que amaba a sus hijos “sabiendo que me maltrataba como si fuese nadie, como si fuese una basura”. 

“Ella gritaba, me comparaba, me humillaba, me despreciaba y todo era mi culpa. Me comparaba con mis amigos y me preguntaba cómo no podía ser como ellos”, agregó. Las humillaciones eran constantes y repetidas, dolorosas. Una de ellas, fue cuando tenía 13 años. “La frase que me quedó marcada para siempre fue ´nunca creí tener un hijo tan pelotudo como vos´. Al día de hoy tengo 20 años y ya no me afecta, pero ese momento fue uno de los que más sufrí en toda mi vida», dijo. 

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EL INFIERNO QUE TOMÁS CATALDI ASEGURA QUE VIVIÓ EN MANOS DE SU MADRE

«En base a eso quise intentar mi fuiiiii (hace el gesto de quitarse la vida) y en base a eso me dijeron que estaba loco, que estaba enfermo, que me tenían que internar, que tenía que ir a un psiquiátrico. En vez de decirme eso, me podrían haber preguntado si era feliz o cómo estaba. Nada más simple que eso» siguió.

Entre la infinidad de maltratos que padeció, Tomás recuerda el hambre. «Otra cosa que me pasaba es que no me podía alimentar porque no me dejaban comer. Iba todos los días dos horas al gimnasio y cuando volvía, no podía comer porque la respuesta de mi mamá era que la cocina ´cerraba a las dos de la tarde´”. El problema era que cuando él decidía cocinar algo, “era gritos por todos lados y muchas cosas más».

Publicaciones de Geraldine Mayer y su «familia perfecta» en Instagram. Tras las denuncias del joven, la influencer cerró sus redes sociales.

“No tengo tanto material pero tengo conversaciones, chats, WhatsApp, todo”, señaló, sobre las pruebas de lo que vivió durante años en los que hubo violencia física, también de parte del padre.  Así lo contó: “Una vez estaba en mi cuarto, llorando, le dije a mi padre ´no quiero hablar con vos, necesito estar solo´ y su respuesta fue cagarme a trompadas”. 

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“Quiero decirles que no todo lo que ven redes sociales es real. Mi mamá publicaba fotos donde aparecíamos mi hermana y yo aparentando tener una hermosa y perfecta familia», sumó, helando la sangre a todos con su testimonio.

 

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Geraldine Mayer, Tomás Cataldi

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