CHIMENTOS
El llamativo diseño que eligió el Chelo Weigandt para tapar su tatuaje dedicado a Ángela Leiva

A casi un año y medio de su separación de Ángela Leiva, Chelo Weigandt decidió cubrir el tatuaje que se había hecho con la cantante, una marca que había quedado asociada al breve pero intenso vínculo que ambos mantuvieron cuando oficializaron su relación. El futbolista eligió reemplazar aquel diseño por la figura del Joker, y el cambio se conoció a partir de una publicación en redes sociales del tatuador que llevó adelante el trabajo.
La imagen del nuevo tatuaje apareció en la cuenta de Instagram del artista, que acompañó el posteo con un mensaje breve, aunque elocuente: “Borrando una historia del pasado. Éxitos en lo que viene amigo”. La frase funcionó como una referencia directa al sentido de la intervención, ya que el dibujo anterior remitía a una etapa sentimental que había tenido fuerte exposición pública desde sus inicios.
El tatuaje original había nacido en los primeros tiempos del romance entre Ángela Leiva y Chelo Weigandt, cuando los dos apostaban por mostrar el avance de la relación sin demasiadas reservas. En ese contexto, ambos se habían tatuado un corazón, un gesto que la propia cantante había contado en una entrevista y que en ese momento presentó como una muestra de la intensidad con la que vivían el vínculo.
“Tenemos tattoo juntos. Somos intensos. El amor llegó a mi vida. La vida es una sola, hay que vivirla”, había expresado Leiva cuando la relación todavía atravesaba su etapa de mayor exposición. Sus palabras reflejaban el momento que compartían entonces, con declaraciones públicas, publicaciones en redes y señales de un vínculo que avanzaba con rapidez.

La historia entre la cantante y el futbolista había comenzado hacia fines de 2024. Desde el inicio, la relación tomó velocidad y en pocos días ambos ya habían blanqueado el romance. A partir de ese momento, las apariciones juntos se volvieron frecuentes y el vínculo quedó instalado en la agenda del espectáculo y del deporte, en especial por la forma en que los dos elegían compartir esa etapa.
Con el correr de los meses, la relación sumó nuevos gestos de compromiso. Además del tatuaje en común, circularon versiones sobre posibles planes de casamiento, mientras Ángela Leiva hablaba abiertamente del enamoramiento que atravesaba. Esa combinación de exposición, declaraciones y decisiones compartidas consolidó la idea de una pareja que vivía el vínculo con intensidad y sin intención de mantenerlo en reserva.
La ruptura llegó tiempo después y puso fin a una historia que, aunque breve, había tenido alto perfil mediático. Desde entonces, cada uno siguió su propio camino, y la decisión de Weigandt de tapar el tatuaje aparece ahora como una nueva señal de distancia definitiva respecto de aquel capítulo.

El diseño elegido para reemplazarlo no pasó inadvertido. En lugar del corazón que compartía con la cantante, el futbolista optó por el Joker, un personaje de fuerte carga simbólica y estética reconocible. Más allá de la elección puntual, el cambio marcó una transformación visible sobre una huella que remitía de manera directa a una relación pasada.
En paralelo, la vida personal de Weigandt tomó otro rumbo. En mayo de este año se conoció que será padre por primera vez junto a Nayla Rosica, su actual pareja, con quien inició una relación después de la separación de Leiva. Esa nueva etapa personal quedó así en contraste con el gesto de borrar una marca del pasado.
De este modo, el tatuaje que alguna vez funcionó como emblema de una historia de amor quedó completamente resignificado. El corazón que lo unía a Ángela Leiva ya no forma parte de su piel y en su lugar apareció una nueva imagen, en una decisión que volvió a poner en escena el cierre de un vínculo que durante meses ocupó espacio en la vida pública de ambos.
CHIMENTOS
Mitos, señales y secretos de La dama regresa, la película con la que Isabel Sarli volvió al cine tras 15 años de duelo

Durante quince años, Isabel Sarli desapareció de la pantalla grande. No hubo estrenos, flashes ni llamados que consiguieran convencerla de regresar. La mujer que durante décadas había desafiado a la censura, que había recorrido con sus películas buena parte del mundo y que se había convertido en uno de los grandes mitos del cine argentino decidió, después de la muerte de Armando Bó, correrse de escena.
Se refugió en su mítica quinta de Martínez, rodeada por sus hijos, sus animales y los recuerdos de una vida que parecía haber quedado detenida aquella noche de octubre de 1981. Allí, lejos de las cámaras, transcurrieron los años en los que Isabel Sarli intentó aprender a vivir sin el hombre que había sido su compañero, su director, su protector y, como ella misma repetía, el gran amor de su vida.
Recién en 1996, cuando ya tenía 66 años, volvió a ponerse frente a una cámara para protagonizar La dama regresa, la película de Jorge Polaco y coprotagonizada por Edgardo Nieva, que significó uno de los regresos más singulares y conmovedores de la historia del cine argentino.
Para entonces, Isabel ya era mucho más que la mujer que alguna vez había escandalizado a una sociedad acostumbrada a mirar el deseo a escondidas. Había nacido como Hilda Isabel Gorrindo Sarli el 9 de julio de 1929 en Concordia, Entre Ríos, en una familia atravesada desde temprano por las ausencias. Su padre, Antonio Francisco Gorrindo, abandonó a la familia cuando ella tenía apenas tres años y su madre, María Elena Sarli, debió trasladarse con sus hijos a Buenos Aires. El pequeño hermano de Isabel, el único varón de la familia, murió cuando apenas tenía cinco años. Con el paso del tiempo, su padre intentó volver a establecer contacto con ella, Isabel se negó. La herida de aquella infancia había quedado demasiado profunda.
La necesidad de ayudar a su madre la llevó a trabajar como secretaria. Pero su belleza pronto abrió otra puerta. Comenzó a modelar para distintos productos y aquella actividad creció hasta convertirse en una carrera. En 1955 fue elegida Miss Argentina y llegó a semifinalista de Miss Universo. Durante aquella etapa conoció incluso a Juan Domingo Perón. Pero todavía no sabía que su vida estaba a punto de cambiar para siempre.
En junio de 1956 apareció Armando Bó. El encuentro con el director marcó el comienzo de una sociedad artística y afectiva que se extendería durante 25 años y cuatro meses. Bó descubrió en Sarli algo que iba mucho más allá de una belleza exuberante: una presencia capaz de llenar la pantalla, una mezcla de sensualidad, ingenuidad, fuerza y vulnerabilidad que terminaría convirtiéndola en una figura irrepetible. La convenció para protagonizar El trueno entre las hojas, la película que marcó su debut con él y que incluyó el primer desnudo del cine argentino.
A partir de entonces, sus nombres quedaron unidos para siempre.
Llegaron Furia infernal, Favela, Carne, Fiebre, Fuego, Sabaleros, Embrujada e Insaciable, entre muchas otras. Fueron treinta producciones realizadas junto a Bó y una carrera que no conoció fronteras. Las películas fueron censuradas, recortadas, discutidas y prohibidas en algunos lugares, pero también viajaron por caso, por México, Paraguay, Uruguay, Panamá, Rusia, Japón y Estados Unidos. Isabel se transformó en un fenómeno internacional, con una presencia avasallante que construía su propia leyenda en tiempo real.
Pero detrás del mito había una mujer cuya vida privada permanecía mucho más protegida de lo que sugerían aquellas imágenes.
La relación entre Sarli y Bó nunca fue oficializada. Durante el tiempo que permanecieron juntos, el director continuó viviendo con Teresa Machinandiarena, su esposa. Para el público, sin embargo, la sociedad entre Isabel y Armando era un secreto a voces. Ellos construyeron una historia que trascendió las películas y que quedó marcada por una dependencia mutua que Isabel admitiría una y otra vez a lo largo de los años.
Entonces llegó el 8 de octubre de 1981, cuando Armando Bó murió de cáncer a los 67 años. Para Isabel no fue solamente la pérdida de un director. Se había ido el hombre que había acompañado prácticamente toda su vida adulta, quien había moldeado su carrera y con quien había compartido escenarios, viajes, rodajes, éxitos, censuras y discusiones. Esa muerte significó también el final de una etapa profesional que Sarli no estaba preparada para cerrar. Después de aquella pérdida, desapareció.
Durante quince años, Isabel se recluyó en su quinta de Martínez. El cine, que había sido su mundo durante un cuarto de siglo, dejó de formar parte de su rutina. No aceptó propuestas. No quiso volver a exponerse. No quiso reemplazar a Armando ni trabajar bajo la mirada de otro director. Tampoco quería enfrentar la posibilidad de descubrir que aquello que había construido junto a él ya no podía repetirse.

Ella misma lo explicó muchos años después, cuando finalmente regresó: “Muchos miedos tenía de volver al cine. Sólo había hecho películas con Armando Bó, una con Torre Nilsson (Setenta veces siete) y una más en África con otro director, pero siempre con el ojo vigilante de Armando. Les dije que no siempre a todos, no sólo porque no quería volver y porque añoraba lo que había perdido, sino porque tenía miedo. ¿Se imagina un regreso con fracaso?”.
En esa frase estaba condensado buena parte de su silencio. No se trataba simplemente de una actriz retirada. Había quedado viuda de una manera particular: más que un marido, o un amante, había perdido al hombre con quien había construido su identidad artística. Volver al cine implicaba aceptar que podía existir una Isabel Sarli sin Armando Bó. Y durante años no estuvo dispuesta a comprobarlo.
En aquella casa encontró otra forma de compañía. Vivía con sus hijos adoptivos, Isabelita y Martín, y con una verdadera familia de animales: perros, gatos, loros y tortugas. Los animales ocuparon el espacio que antes habían llenado las filmaciones, los viajes y la presencia cotidiana de Armando. En aquel refugio doméstico, volvió a construir una intimidad lejos de las cámaras.
También estaban los recuerdos. Por las noches, decía, hablaba con las dos estrellas más brillantes que encontraba en el cielo y que asociaba con sus muertos más queridos: su madre, María Elena, y Armando. El duelo no tenía fecha de vencimiento.
En 1992 un episodio médico volvió a poner a Isabel frente a su propia fragilidad. Se desmayó en su casa y fue trasladada a la Clínica Bazterrica. Los estudios revelaron un tumor cerebral y los médicos debieron realizarle una cirugía de urgencia. La operación era de máximo riesgo, pero resultó exitosa. Sarli logró recuperarse.

Sin embargo, aquella intervención dejó consecuencias que también debió afrontar. Le suministraron medicación para prevenir la formación de coágulos y aumentó considerablemente de peso. Para recuperar su estado físico contó con la ayuda del doctor Alberto Cormillot, aunque ella misma reconocía, con su característico sentido del humor, que no siempre podía resistirse a sus comidas favoritas.
Cuando se cumplían quince años desde su alejamiento de las cámaras, Jorge Polaco apareció con una propuesta inesperada. El director quería que Isabel protagonizara La dama regresa, casi una historia autobiográfica.
La película tenía algo de espejo de la propia historia de Sarli. En el centro estaba Aurora, una mujer que había sido despreciada y humillada por los habitantes de Laguna Verde, su pueblo natal, porque la consideraban una mujer de costumbres cuestionables. Después de muchos años, Aurora regresaba convertida en una mujer rica, luego de haber quedado viuda de un hombre millonario. Su aparición alteraba la tranquilidad del pueblo, despertaba viejos rencores y encendía la envidia de quienes alguna vez la habían juzgado.
Ahora era ella quien tenía el poder. Aurora regresaba para cobrarse una suerte de revancha. Y, de alguna manera, la historia también podía leerse como una metáfora del retorno de Isabel Sarli.

La actriz que durante años había sido juzgada, censurada, cuestionada y reducida muchas veces a su condición de símbolo sexual, volvía al cine después de haber atravesado una enfermedad grave, la muerte del hombre más importante de su vida y una década y media de silencio. Ya no era la muchacha que había irrumpido en El trueno entre las hojas. Era una mujer de 66 años que volvía con otra historia en el cuerpo y otra memoria en los ojos.
Ella sabía perfectamente que el regreso podía ser un fracaso: “Fueron muchos años lejos de las cámaras: comprobé que el cine no me había dejado a mí sino que yo había dejado al cine”.
El rodaje tuvo además una coincidencia que Sarli vivió como una señal. Polaco debió postergar el comienzo porque había contraído culebrilla. Finalmente, las cámaras comenzaron a rodar el 9 de octubre de 1995, exactamente el día en que se cumplían catorce años de la muerte de Armando Bó.
El primer día, Isabel llegó al rodaje junto a su maquillador, Jorge Bruno. Viajaban en auto hacia el hotel alojamiento donde los esperaba el equipo para filmar. En el camino recordaron la fecha. Hablaron de Armando. Y los dos terminaron emocionados: “Recordamos la coincidencia y se nos cayó una lágrima”, relató.

Incluso hubo otro momento íntimo relacionado con Bó. Durante el rodaje, Sarli y Polaco fueron a pedirle ayuda. Querían que, de alguna manera, Armando los acompañara desde algún lugar. El regreso no significaba olvidarlo, era aprender a filmar sin él.
En el set, Isabel encontró además algo que la hizo sentirse protegida. Había animales. Estaban los recuerdos y los afectos. Había personas que conocían su historia y entendían que aquel regreso era mucho más que un trabajo: “Estoy contenta, muy contenta. Estuve rodeada de amigos, entre ellos Jorge Bruno, mi maquillador. Polaco me cuidó mucho y había animalitos, de modo que me sentí muy mimada”.
También recuperó parte de su propia historia a través de la ropa. El vestuario estuvo a cargo de Horace Lannes, pero Sarli quiso incorporar cuatro vestidos que habían sido diseñados por Paco Jamandreu, uno de los grandes nombres de la moda argentina y quien la había vestido durante años. Algunos tenían dos décadas y reflejaban a la Isabel de otra época regresando para encontrarse con la mujer que había sobrevivido al paso del tiempo.
Por eso quiso homenajear a Jamandreu. Incluso recordó una de las escenas más particulares de la película: cuando canta La morocha en medio de la cancha de Boca lleva uno de aquellos vestidos. El pasado volvía a entrar en cuadro.

El 12 de septiembre de 1996, finalmente, La dama regresa llevó a Isabel Sarli otra vez a la pantalla. El filme no podía devolverle a Armando. Ninguna película podía hacerlo. Pero le permitió comprobar que todavía podía habitar una pantalla sin él.
Treinta años después de aquel estreno, La dama regresa permanece como una pieza singular dentro de la historia del cine argentino, pero también como el testimonio de una mujer que necesitó quince años para volver a enfrentarse con aquello que había sido su vida. Sarli había conocido la gloria, la censura, el éxito internacional, el amor, la pérdida, la enfermedad y el retiro. Y cuando regresó, lo hizo con una historia que parecía escrita especialmente para ella: la de una mujer que había sido expulsada simbólicamente de un lugar y que volvía convertida en alguien diferente, con la posibilidad de mirar a quienes alguna vez la habían juzgado desde otra posición.
Las repercusiones dividieron aguas, en una polémica a la que la Coca estaba acostumbrada. Parte de la crítica objetó cierto grotesco tanto en las actuaciones como en el guion, mientras otros reivindicaron el estilo kitsch que dialogaba de alguna manera con su pasado.
Lo que quedó claro es que para la Isabel de carne y hueso no significó un regreso definitivo a los primeros planos del espectáculo. Más allá de un puñado de apariciones en cine, teatro y televisión, eligió volver al refugio de Martínez, a esa zona de confort autoimpuesta desde la partida de Armando.

Isabel Sarli murió el 25 de junio de 2019, a los 83 años, en el Hospital Central de San Isidro. Había sido internada desde mayo de aquel año después de una operación de cadera y su estado general de salud se deterioró hasta que una infección urinaria y una neumonía derivaron en un shock séptico.
Pero mucho antes de aquella despedida definitiva, hubo una mujer que durante quince años decidió apagar las luces de su camerino y quedarse en casa. Una mujer que se negó a volver porque tenía miedo, que perdió al hombre que había sido su compañero y su director, que encontró refugio entre animales, hijos adoptivos, recuerdos y noches silenciosas.
Una mujer que sobrevivió a un tumor cerebral. Y una mujer que, finalmente, volvió.
Cuando las cámaras de Jorge Polaco comenzaron a filmar La dama regresa, Isabel Sarli no solamente estaba regresando al cine. Quizás por eso aquella lágrima que cayó en el auto junto a su maquillador, al recordar a Armando Bó en el primer día de rodaje, decía mucho más que cualquier estreno.
Porque algunas ausencias no se miden en años, se miden en todo lo que una persona tuvo que atravesar para animarse, finalmente, a volver.
CHIMENTOS
¡Un fuego! Aseguran que Diego Leuco y Sofi Martínez volvieron a estar juntos: «Hacen el amor desenfrendamente, nunca cortaron»

¿Qué hay shippeo? Sí, recontra. Hay shippeo entre Diego Leuco y Sofi Martínez; viene de revivirse todo una semana en donde se dieron diferentes situaciones y momentos que volvieron a ubicar a la ex pareja en el epicentro de atención; ahora se confirmó que este domingo estarán juntos como conductores en La Peña de Morfi.
Lo que muchos se preguntan es si entre ellos pasa algo actualmente. ¿Serán el claro ejemplo de “donde hubo fuego, cenizas quedan?” La duda está plantada y la única certeza que hay es la química que sigue uniendo a dos de los jóvenes del momento en los medios.
Todo este revuelo llegó hasta oídos de Marina Calabró y Guido Záffora, quienes analizaron de cerca todo lo que con Martínez y Leuco. Por un lado, la conductora sostuvo que todo esto podía estar ligado a la promoción de su dupla de conducción en el histórico programa de Gerardo Rozín, pero dejó abierta una puerta a que algo hay e incluso llegó a contar que “pernoctaron juntos”.
“Ustedes ya conocen mi máxima de vida. Nada menos erótico que un ex… Barbano dijo que Leuco había pernoctado con Sofi Martínez. ¿Puedo decir algo? Están vendiendo la La Peña de Morfi”, sostuvo Marina.
QUÉ PASA ENTRE SOFI MARTÍNEZ Y DIEGO LEUCO: ESTALLARON LOS VERSIONES CRUZADAS
Empero, Záffora fue mucho más allá y reveló un tremendo dato íntimo que expuso a la ex pareja: “Para mí hacen el amor desenfrenadamente, yo entiendo que hacer el amor con un ex es súper perjudicial, no hay que hacer el amor con ex, es peligroso”.
“Para mí también están vendiendo La Peña, para mí nunca cortaron vínculo. A ellos les costaba hablar de uno y del otro, intentaron en un momento cortar, y yo siempre siento que hay una persona en la pareja, uno de los dos, que siempre está más involucrado”, aseguró Guido.
Al finalizar, el periodista analizó cómo esta cuestión puede afectar a dos personas que fueron pareja, pero que no terminan de soltarse: “Entonces, cuando uno está más involucrado que el otro y vos no lo digo ni por Leuco ni por Sofi, en general, llevas alguna expectativa, y ahí es difícil porque después la terminas pasando mal”.
Diego Leuco, Sofi Martínez
CHIMENTOS
Griselda Siciliani con Teleshow: “Cuando tratás de explicar un espectáculo como Boite lo empobrecés”

Título
Griselda Siciliani conversó con Teleshow sobre Boite, el espectáculo que comparte con Carlos Casella en La Trastienda, una propuesta que define como la celebración de un vínculo artístico construido a lo largo de los años. La actriz explicó por qué considera que la experiencia escénica conserva una parte imposible de trasladar a las palabras y se detuvo en uno de los pasajes más personales de la obra: el momento en que se sienta al piano. Además, adelantó sus próximos desafíos profesionales, entre ellos Menem 2 y la interpretación de Moria Casán.
—¿Qué te pasa cuando te subís al escenario con Carlos Casella?
—Es una fiesta. Siempre decimos eso. Y con este espectáculo creo que lo terminamos de cerrar, porque ya nos conocíamos más, porque pasaron muchos años y porque es nuestro tercer espectáculo juntos arriba del escenario, solos. Terminamos de entender que es una fiesta en el sentido más profundo de la palabra. Es una celebración de nuestro vínculo, de nuestro entendimiento como artistas, de nuestra comunión de lenguaje. Compartimos un lenguaje propio, singular. En este espectáculo lo celebramos con todos los caprichos, como les decimos nosotros, burlándonos un poco de nuestros deseos. Pero esos deseos ya constituyen un tipo de lenguaje, por quiénes somos y por todo lo que construimos juntos artísticamente. Decidimos basar este espectáculo en eso, en la química y en el deseo.
—¿Podrías definir el espectáculo?
—No sé explicarlo. Ni siquiera tengo ganas de decir qué es, porque hay que verlo y un poco hay que sentirlo. No es muy describible.

—No es fácil…
—No. Y además, cuando tratás de explicarlo, siempre lo empobrecés. Podés decir que hay canciones y algunos momentos, pero en realidad está tan basado en lo que nos pasa a nosotros arriba del escenario y en toda la historia que traemos, junto con un equipo que trabaja con nosotros desde hace muchísimos años, que hay algo de eso que hay que vivirlo. No sería lo mismo si lo hicieran otros.
—Da la sensación de que cada noche puede pasar cualquier cosa. ¿Improvisan?
—No, la obra tiene ese estilo. Nos propusimos que parezca que estamos improvisando, que estamos jugando, pero todo está totalmente pensado. Lo repetimos exactamente igual todas las noches. Está todo diagramado. Pero el espíritu del show tiene que transmitir esa frescura, esa sensación de noche, de charla, de que todo está pasando ahí sin solemnidad y sin pretensión. Que parezca así nomás, aunque no sea así nomás para nada.

—¿Qué te gusta de Carlos?
—Todo. Pero sobre todo el vínculo que tenemos, la manera en que nos relacionamos y creamos. Eso es lo que más me atrae. Después, lo respeto mucho como artista, lo admiro. Me parece un artista muy singular, muy fiel a lo suyo. Nunca transó con nada. Siempre creó yendo hacia lo profundo, cada vez un escalón más abajo en su arte y en su singularidad. Y, al mismo tiempo, es súper liviano, relajado y gracioso. Conviven todas esas cosas en él.
—Qué bueno que se pudieron conocer en esta vida.
—Tremendo. Yo era su alumna de danza. Lo que nos unió fue la danza. Es muy loco.
—No sabía que tocabas el piano…
—Tampoco es que soy pianista (risas). Pero logramos hacer ese momento en algo único. Esa canción es de un disco de Daniel Melero que se llama Quiero estar entre tus cosas. El que toca el piano en ese disco es nuestro director musical, Diego Bianatti. Es uno de los momentos que más me gustan del show. Porque además es una sorpresa. Hacia el final del espectáculo desaparece casi todo y quedamos nosotros dos, el piano y la voz, con muy pocos elementos.

—¿Que vas a hacer después de las funciones de Boite?
—Voy a estar yendo y viniendo a Montevideo, Uruguay, para filmar, así que es difícil. Queremos intentar si en diciembre se puede hacer algo más, pero no estamos seguros. Depende mucho del espacio que tenga La Trastienda y de que yo pueda hacerlo. En principio, ahora quedan estos siete shows de septiembre.
—Dan ganas de subirse al escenario con ustedes.
—Seguro que a mucha gente le pasa eso, porque nosotros lo vivimos con mucha alegría. Y eso se transmite. Por eso digo que es una celebración, como un cumpleaños en el que estamos.
—¿Te pasa seguido que el público quiera acercarse de esa manera?
—Sí, porque se genera algo muy cercano. Hay una alegría compartida que se contagia.
—Ahora estás con “tu” Zulema…
—Sí, ya empezamos a grabar Menem 2. Vienen días arduos de jornadas de filmaciones.
—¿Y después de la serie de Menem, cómo sigue tu año?
—Después me voy a tomar unas vacaciones. Pero tengo muchísimas cosas. Es un privilegio increíble, aunque también es vertiginoso. Tengo la agenda casi hasta fines de 2028. Hay cuestiones que hay que agendarlas así, porque si no después no entran. Ya está todo tomado hasta fin de 2027, aunque todavía no puedo contar nada. Sabiendo ese itinerario, me voy a tratar de tomar en verano todo el descanso que pueda con mi hija y aprovechar su época de vacaciones para estar mucho con ella.

—La serie de Moria explotó… Imagino que la experiencia fue tremenda.
—Tremenda. Gran experiencia, muy divertida. A mí me tocó lo más humorístico, lo más delirante. Fue un placer hacerlo. Me acomodaron todo el año para que yo pudiera participar, porque para mí era imposible meterlo en el medio. Tenía que entrar en una hendija entre Envidiosa 4 y la película de Álex de la Iglesia. Movieron todo para que pudiera filmar en los únicos dos meses que tenía libres. Fue también un mimo.
Griselda Siciliani,Carlos Casella,Boite,teatro,música
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