POLITICA
El principio del fin: el día que una multitud desafió la cuarentena con un banderazo y sacudió al gobierno de Alberto Fernández

Quién sabe si no fue el principio del fin o, diría Winston Churchill, el fin del principio, pero igual sacudió profundo y violento, un desplazamiento de placas tectónicas, a aquel gobierno de Alberto Fernández que caminaba con alegría y con soberbia hacia el abismo.
Hace seis años, el 13 de septiembre de 2020, una gigantesca marcha popular con epicentro en el Obelisco, y círculos concéntricos que llegaron hasta quince puntos diferentes de la ciudad y a varias provincias del interior, reunió a miles de manifestantes que expresaron su decidida oposición al gobierno. Marchaban opositores, es verdad, pero también marchaban miles de decepcionados con la política oficial, con el manejo de la pandemia del Covid-19, contra la corrupción, la inseguridad y con un reclamo a la justicia, a la que le pedían lo de siempre: celeridad, efectividad y que eludiera de alguna forma el intento de reforma judicial que impulsaba el kirchnerismo.
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La gigantesca manifestación pasó a la historia como el “Banderazo”, y fue impulsada desde principios de ese mes por cuentas de Twitter, vinculadas al macrismo, según señaló luego la consultora Scidata. La fuerza de la marcha sorprendió incluso a los organizadores o promotores, si los hubo. Fue de algún modo la culminación de marchas anteriores que ya en abril habían protestado, desde los balcones de los edificios céntricos, con cacerolas y aplausos, en contra del encierro obligado al que forzaba el gobierno, contra la liberación de presos comunes decretada por el kirchnerismo, entre ellos varios violadores, y hasta contra la expropiación de la cerealera Vicentín, de Santa Fe, que se había decretado en junio.
Aquel gobierno se deslizaba en un tobogán que el mismo kirchnerismo enceraba. Tres meses antes del banderazo de septiembre, la decisión de la gente que en vez de quedarse encerrada en su casa como proponía el gobierno, salía a correr por Palermo y por otros muchos otros sitios, se transformó en una cuestión de Estado. Fue un drama para los “runners”, que se empeñaron en desafiarlo todo. El 8 de ese mes, el entonces jefe de Gobierno de la ciudad, Horacio Rodríguez Larreta, decidió flexibilizar la cuarentena y habilitó la salida de los corredores a las calles.
En ese momento, parece que hubieran pasado varios años, Larreta era un candidato opositor a tener muy en cuenta por el kirchnerismo, que le apuntó con todos sus cañones. El Jefe de Gobierno dispuso que los “runners” desplegaran su actividad física dentro de un horario especial y según el número final de su documento de identidad: 0, 2, 4, 6 y 8 en determinados días de la semana, y 1, 3, 5, 7 y 9 el resto de los días. Estalló entonces una polémica sobre si el número 0 debía o no ser considerado un número par. De verdad, eso pasó en el país, no hace mucho y no tan lejos.
El 19 de junio, en abierto desafío al sentimiento popular, algo extraño si no ajeno a un peronista, el presidente Fernández, en un discurso que rozó demasiado cerca a la soberbia, adjudicó el aumento de contagios de Covid a la flexibilización de la cuarentena en la Ciudad, un ataque a Larreta. Con un tono inusual y admonitorio, dijo entonces: “¿Querían salir a correr? Salgan a correr. ¿Querían salir a pasear? Salgan a pasear. ¿Querían tener locales de ropa abiertos? Abran los locales de ropa. Esta es la consecuencia”.
No era verdad. El descalabro en la prevención y atención de la pandemia provenía del mal manejo de los recursos sanitarios que había hecho el propio gobierno, emperrado en usar la vacuna rusa Sputnik, de la que sólo llegó la primera dosis porque a Vladimir Putin se le antojó no enviar la segunda, y a la ciega decisión de no aplicar los trece millones y medio de dosis que proveía Pfizer, en reconocimiento al país por haberse prestado a los primeros ensayos científicos.
En ese caldero se cocinó el banderazo. Y también en el cambio de condición de detenido, pasó a arresto domiciliario, del empresario K, Lázaro Báez, acusado de beneficiarse gracias a la entonces presidenta Cristina Kirchner con contratos del Estado y pagos irregulares por cuarenta y seis mil millones de pesos. La protesta también cayó sobre la decisión de Fernández de birlarle a la Ciudad parte de la coparticipación, nueve mil millones en lo que quedaba del año y cuarenta y un mil millones en 2021, para pagar los sueldos de la policía de la provincia de Buenos Aires, sublevada y furiosa. Aunque resulte curioso, esa protesta por el zarpazo a la Ciudad fue también bandera en el interior del país.
El 13 de septiembre era un domingo soleado, un anticipo de la primavera generosa. La ciudad, que llevaba encima seis meses de rígida cuarentena, había decidido protestar de dos formas: o marchaba hacia el Obelisco, o desbordaba los parques porteños y campeaba al aire libre. Basta ya de encierro. A las cuatro de la tarde, las cifras registraban entonces 9056 nuevos casos de Covid y habían muerto ya 89 personas, los primeros manifestantes se reunieron en el cruce de Corrientes y la 9 de Julio, ocuparon la mano hacia el sur y rodearon el Obelisco. Del lado Norte, la avenida ya había sido cortada por agentes de tránsito a la altura de Córdoba, y era allí de donde partía una larga hilera de autos que hacían sonar sus bocinas: gran parte de los manifestantes desfilaron en sus autos para respetar el protocolo de distanciamiento social que regía las vidas de los porteños. Otros, en cambio, ocuparon calles y veredas con banderas argentinas, cacerolas y barbijos. Una de las banderas, hubo de todo: diseñadas por profesionales y escritas a mano alzada, sintetizaba teoría y práctica de la protesta: “Nos tapamos la boca, pero no nos callamos”.
Lo de “banderazo” llegó porque las estrellas de la manifestación fueron las banderas y sus leyendas. Un breve repaso muestra: “¡Alberto! ¡No nos mientas más! ¡No a la reforma! (judicial)”; ¡Respeten la C.N. Basta de gobernar x DNU! ¡Sesiones presenciales ya!” Traducción acaso necesaria: Respeten la Constitución Nacional. Basta de gobernar por Decretos de Necesidad y Urgencia. Lo de “sesiones presenciales” refería al Congreso, que funcionaba en forma virtual. Otras banderas y pancartas rezaban: “Basta de prohibir el trabajo. Queremos trabajar. Bájense los sueldos. Basta de ser ‘solidarios’ con la nuestra”; “El mentiroso no cambia, solo se transforma”; “Somos malos y opulentos, pero defendemos la República y laburamos”; “Exigimos Justicia, Basta de Impunidad. Por una República”; “Para Cristina, cárcel ya”; “La corrupción mata y empobrece”. “La calle es nuestra”; “¡Que gobierno de mierd…!”.
Las protestas se extendieron a Bariloche, Córdoba, Mar del Plata, Rosario, Tucumán, Mendoza y La Plata. Llegaron incluso a la Quinta Presidencial de Olivos: sobre la Avenida Maipú, cientos de personas hicieron sonar bocinas y cacerolas y reiteraron, de otra forma, otra inusual protesta de la semana anterior: en el mismo sitio, oficiales de la Policía bonaerense habían lanzado un “sirenazo” de sus patrulleros, en reclamo de mejores salarios.
La respuesta del Gobierno a la marcha, todo se apagó alrededor de las siete de la tarde porque la multitud cumplía con los recaudos frente al Covid, fue el enojo. Algunos dirigentes del kirchnerismo desestimaron la manifestación popular y dijeron que se trataba de “cuatro viejas de Recoleta”. Tampoco era verdad: no eran de Recoleta, no eran viejas y no eran cuatro. Fernández, en cambio, impulsó otro “banderazo”: el de los “argentinos de bien”, con lo que puso a los manifestantes del lado del mal. La grieta. El kirchnerismo la ahondaba y la celebraba; a aquel disparate político le caía al pelo el viejo proverbio de Antonio Porchia: “Tú crees que me matas; yo creo que te suicidas”.
El principio del fin, o el fin del principio, extendió su sombra ominosa a lo largo de todo un año. Con azarosa precisión, otro domingo, el 12 de septiembre de 2021, hace cinco años, el gobierno de Alberto Fernández sufrió una dura derrota electoral en las PASO: el kirchnerismo perdió en casi todo el país, incluida la provincia de Santa Cruz, un baluarte electoral de la entonces vicepresidente Cristina Fernández. Si esas elecciones primarias plebiscitaron la gestión de Alberto Fernández, el resultado fue el de un voto castigo al gobierno que llevaba menos de dos años
La alianza opositora de Juntos por el Cambio fue entonces la gran ganadora, con triunfos contundentes en todo el país. Y, en especial, en el distrito menos pensado: la provincia de Buenos Aires, un bastión del peronismo. Allí, el actual ministro del Interior, Diego Santilli, triunfó por cinco puntos sobre la candidata del Frente de Todos, Victoria Tolosa Paz. Además, la oposición triunfó en otros grandes distritos del país: la ciudad de Buenos Aires, Córdoba, Santa Fe y Mendoza, y se extendió a provincias gobernadas por el peronismo como Entre Ríos, Chaco, La Pampa y Chubut. El Frente de Todos sólo pudo festejar en Tucumán, Formosa, La Rioja y San Juan.
El resultado electoral estaba atado al derrumbe económico, el gobierno de Fernández responsabilizaba de la debacle a su antecesor, Mauricio Macri, y de la incertidumbre con la que el gobierno enfrentaba la pandemia de Covid. El día de la elección, el país padecía ya 5.224.534 contagios y 113.402 muertes. Un mes antes de las PASP, una denuncia había talado cualquier posibilidad de éxito electoral del kirchnerismo: en julio del año anterior, mientras más fuerte era la presión del gobierno por mantener a los argentinos encerrados en sus casas, en Olivos, la entonces primera dama, Fabiola Yañez, había festejado su cumpleaños junto a un grupo de invitados. Fernández quiso eludir su responsabilidad en el desaguisado, intentó hacer pequeño un desastre que era mayúsculo y se refirió al hecho como la fiesta de “mi querida Fabiola”. Este hecho se sumó a uno de los primeros escándalos del gobierno de Alberto: el llamado “vacunatorio VIP”, la decisión del entonces ministro de Salud, Ginés González García, de vacunar a una serie de funcionarios y amigos. La idea de que a la hora de las indispensables vacunas, existían hijos y entenados, mostraba una cara de la corrupción hasta ese momento desconocida: ahora estaba en juego la vida de las personas.
El desastre electoral de las PASO, que de alguna forma rediseñó el mapa político del país con miras a las elecciones presidenciales de 2023, paralizó al gobierno y a sus principales dirigentes: el proyecto político del kirchnerismo había sido herido en su línea de flotación. Recién a las once y media de la noche de ese domingo 12, la plana mayor del Frente de Todos, el Presidente, Cristina Fernández, Sergio Massa, Máximo Kirchner, el gobernador de Buenos Aires, Axel Kicillof, subieron demudados al escenario de un bunker levantado en Chacarita, una alegoría, ensombrecido y callado. Sólo habló Alberto Fernández, rodeado por caras largas y abatidas. Dijo poco. Llamó a “dar vuelta la elección” en noviembre, una expresión de deseos, admitió que habían “escuchado con atención el mensaje de las urnas”, como si existiera otra posibilidad, y expresó su intención de resistir: “No voy a bajar los brazos”.
Poco dijo también de la cuarentena más larga del mundo, de los más de ciento diez mil muertos por el Covid, del cincuenta y uno por ciento de inflación, del cuarenta y dos por ciento de pobreza y de las escuelas cerradas y del proyecto de educación virtual en la pandemia, en un país donde el veinte por ciento de los chicos no tenía conexión a Internet, más de trescientos cincuenta mil alumnos había dejado la escuela y casi la mitad de los hogares no tenían Tablet, ni computadora, según cifras de Unicef. A su lado, la vicepresidente observaba.
Cristina Fernández no se limitó a ser testigo de aquella dura derrota: el resultado electoral, de confirmarse en noviembre y todo parecía indicar que así sería, le haría perder al Frente de Todos la cómoda mayoría con la que contaba en el Senado que presidía la propia Cristina. El terremoto político que sacudía al gobierno tendría fuertes réplicas.
El 15 de septiembre, tres días después de las elecciones, el ministro del Interior, Eduardo de Pedro puso su renuncia a disposición de Alberto Fernández y lo mismo hicieron otros once miembros del gabinete, todos cercanos a Cristina Fernández. Al día siguiente, jueves 16, con el gobierno fracturado, la vicepresidenta profundizó la crisis con una violenta carta, en Twitter, que apuntó directo al Presidente: le recordó que había sido ella quien lo había postulado para el cargo y le exigió cambios en el gabinete, en especial, que se deshiciera del entonces ministro de Economía, Martín Guzmán y de su jefe de Gabinete, Santiago Cafiero.
La carta, titulada “Como siempre… sinceramente”, decía: “Cuando tomé la decisión, y lo hago en la primera persona del singular porque fue realmente así, de proponer a Alberto Fernández como candidato a Presidente de todos los argentinos y las argentinas, lo hice con la convicción de que era lo mejor para mi Patria. Sólo le pido al Presidente que honre aquella decisión. Pero por sobre todas las cosas, tomando sus palabras y convicciones también, lo que es más importante que nada: que honre la voluntad del pueblo argentino”. Reveló también una serie de reuniones con el Presidente, muchas, todas reservadas o cuasi secretas y en la quinta de Olivos, con lo que habló sin mencionarlo de un cogobierno, tal vez una reedición aplacada del famoso “doble comando” que había llevado adelante con su esposo, Néstor Kirchner.
La carta reveló también que Cristina Fernández había hecho fuertes críticas a la política económica del gobierno del que era vicepresidenta: “También señalé –decía el documento– que creía que se estaba llevando a cabo una política de ajuste fiscal equivocada que estaba impactando negativamente en la actividad económica y, por lo tanto, en el conjunto de la sociedad y que, indudablemente, esto iba a tener consecuencias electorales. No lo dije una vez: me cansé de decirlo. Y no sólo al Presidente de la Nación”.
Si existía una posibilidad, lejana, de que hubiese una tregua entre el kirchnerismo duro y la Casa Rosada, la carta de Cristina Fernández la demolió. Alrededor del presidente hablaron de “Mantener la cabeza fría y pensar los movimientos a seguir”, sin dar más detalles. Era admitir la desorientación. Los ataques se hicieron más intensos a través de los fieles seguidores de Cristina: la diputada Fernanda Vallejos, según un audio filtrado a la prensa, habló de Alberto Fernández como de un “okupa” y un “mequetrefe”.
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La crisis no cesó. En las elecciones de medio término del 14 de noviembre quedó ratificado el resultado de las PASO; el kirchnerismo perdió el dominio del Senado, algo que no sucedía en el peronismo desde 1983; la gran ganadora fue la coalición de Juntos por el Cambio por sobre el Frente de Todos. Los resultados también mostraron un crecimiento de La Libertad Avanza, liderada por Javier Milei.
Eran los ecos de aquel banderazo de septiembre de 2020.
Sumario, Alberto Fernández, Banderazo, marcha
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Un gobernador peronista cruzó a Milei por sus críticas a su gestión: “Me opondré siempre a que haya personas como usted”

El gobernador de La Rioja, Ricardo Quintela, volvió a cruzar en redes sociales al presidente Javiel Milei, quien lo había cuestionado por no adherir al RIGI.
“Qué fácil es viajar a Catamarca a agredir a las provincias y repartir insultos desde un atril, mientras se esconde el desastre de un modelo que prometió crecimiento y solo trae recesión”, afirmó Quintela en sus redes sociales. “De la pretensión mesiánica de ser el ‘faro de la libertad mundial’ y convertirnos en Alemania, pasamos a ser el aguantadero de los trabajos sucios de una asociación ilícita continental«, añadió.
“Milei se comporta como un peón obediente de mandatos ajenos, más preocupado por cumplir con foros internacionales que por atender el sufrimiento de las familias argentinas”, expresó el mandatario. “Me opuse, me opongo y me opondré siempre que haya personas como usted, presidente, que quieran entregar nuestros recursos naturales sin dejar beneficios concretos ni desarrollo para las provincias», remarcó.
“Capaz que, entre tantos viajes y países recorridos, no se enteró de los más de 20 proyectos que se están trabajando en La Rioja sin necesidad del RIGI”, chicaneó Quintela. “Para que sepa y no repita mentiras, los Chachos son una herramienta financiera que impulsamos para acompañar a los trabajadores y fortalecer la economía local frente al abandono nacional», destacó.
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El presidente de la Corte bonaerense dijo que las vacantes complican mucho “el trabajo diario” del tribunal

El presidente de la Suprema Corte de Justicia de la Provincia de Buenos Aires, Sergio Torres, admitió problemas para el funcionamiento del máximo tribunal debido a las cuatro vacantes existentes. La Corte provincial se maneja con solo tres integrantes desde 2024.
“Tenemos cuatro vacantes sobre siete jueces. Estamos abajo del mínimo requerido para sesionar. Eso nos complica, y mucho, el trabajo diario, y afecta el servicio de Justicia”, afirmó Torres en declaraciones al medio La Brújula 24, de Bahía Blanca.
“En el último mes, firmé más de 1700 sentencias y resoluciones, entre Presidencia y mi rol jurisdiccional”, calculó el presidente de la Suprema Corte bonaerense, tribunal que comparte con Hilda Kogan y Daniel Soria.
En 2024, cuando renunció el juez Luis Genoud (fallecido el año pasado), la Corte provincial quedó con tres integrantes, sobre siete. Para funcionar, debe convocar a un cuarto juez.
En abril, Torres encabezó la presentación de un proyecto de ley de autarquía y reclamó la cobertura de las vacantes en el máximo tribunal provincial. En esa ocasión, en el Palacio de Tribunales provincial, señaló que “la cobertura de las vacantes en la Corte no es una cuestión de política menor”, y remarcó que se trata de “una condición constitucional básica para garantizar el gobierno del Poder Judicial y el ejercicio pleno de las competencias de la Constitución”.
Al referirse a las vacantes en todo el Poder Judicial provincial, el presidente de la Suprema Corte bonaerense afirmó: “Tenemos necesidad de cobertura de muchos cargos. Sin ser una situación de colapso, afecta el sistema de Justicia. Desde la Corte, hemos exhortado a los poderes constitucionales, el Ejecutivo y el Legislativo, a la cobertura de las vacantes”.
Según los últimos datos relevados por el máximo tribunal provincial, 17% de los cargos de jueces bonaerenses están vacantes. El fuero con más puestos sin cubrir es el penal juvenil, con 33% por designar. En el fuero civil y comercial, la vacancia es de 13%; en el penal, de 15%; en el laboral, de 19%, al igual que en el de familia; en el comercial, de 22%, y en la Justicia de Paz, del 16%.
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La ayuda oficial para la huida de Bolsonaro complica cada vez más la relación bilateral entre la Argentina y Brasil

La reconocida participación del gobierno argentino en el operativo de salida del senador liberal Flavio Bolsonaro desde Brasil hacia los Estados Unidos le dio un duro golpe adicional a un vínculo político bilateral ya maltrecho desde hace años entre Buenos Aires y Brasilia.
Es esta la sensación en ámbitos diplomáticos de ambos países, luego de conocido el discreto y breve paso de Bolsonaro por Misiones en su camino hacia Miami. Previo a este episodio, como otro antecedente de peso, sobresale el no reconocimiento por parte de Javier Milei del triunfo del domingo pasado de Luiz Inácio Lula da Silva en la segunda vuelta electoral contra el hijo del expresidente Jair Bolsonaro.
Más allá de que ninguno de los dos presidentes se pronunció sobre el futuro del vínculo tras el nuevo episodio, la fuerte apuesta de Milei por Bolsonaro desde el principio de la campaña electoral–participó del lanzamiento oficial de su postulación, a fines de julio en San Pablo- sumó mucho más ruido a una relación ya de por sí áspera y conflictiva entre ambos presidentes. Milei y Lula se evitan desde hace rato en cada compromiso regional o internacional en el que coinciden y rebajaron desde agosto pasado el vínculo diplomático a la categoría de encargados de Negocios.
Con los insultos de Milei hacia Lula en los días previos a la segunda vuelta del domingo pasado (lo tildó de “ladrón” y puso en duda la transparencia del conteo de votos) como último intercambio, nadie cree que, en el corto plazo, Daniel Raimondi pueda regresar a Brasilia como embajador, e igual de lejano se ve el retorno de Julio Bitelli como embajador de Brasil en Buenos Aires.
Luego de conocido el resultado de las elecciones, Milei dispuso que no hubiese reconocimiento oficial al ganador. “El Gobierno tomó nota del resultado electoral en Brasil”, dijo el martes el portavoz Adrián Ravier, dejando claro que no habría comunicado de felicitación al ganador. “Argentina y Brasil son dos pueblos hermanos, para Javier Milei son más importantes los pueblos que las ideologías”, agregó Ravier, y estimó que “seguiremos trabajando como siempre dentro del Mercosur”, a pesar de “las diferencias ideológicas”.
La postura de no reconocimiento a Lula, en línea con las dudas que mostrara el presidente de Estados Unidos, Donald Trump (habló de una elección “amañada”), fue enarbolada sobre todo por el sector que responde al asesor presidencial Santiago Caputo, aunque no fue homogénea dentro del Gobierno.
La senadora Patricia Bullrich afirmó este miércoles que “la gente decide en las urnas y su voluntad se respeta”. Un modo concreto de reconocer el triunfo del presidente brasileño, aunque se mostró crítica de “la utilización de una Justicia no imparcial como instrumento para eliminar a la oposición”, en referencia a las acusaciones judiciales contra los Bolsonaro.
Los aliados de Pro, más proclives a intentar mejorar el vínculo bilateral, afirmaron en un comunicado que “Brasil ya eligió”, y afirmaron que “Argentina necesita una política exterior que sepa dialogar más allá de las diferencias y que defienda siempre el interés de los argentinos”, un sutil modo de diferenciarse de la reacción del gobierno de Milei ante el resultado electoral.
Desde ese sector, que se mantiene como aliado de La Libertad Avanza, se mostraron preocupados por la continuidad de la relación entre ambos países luego de la salida de Bolsonaro desde el aeropuerto de Puerto Iguazú, Misiones, hacia Guayaquil y Miami.
Desde el peronismo, en tanto, sugieren que con este episodio “Milei comenzó una etapa de aislamiento”, y dan como ejemplos los llamados al trabajo conjunto que Lula hizo después de su triunfo a presidentes de derecha, como el chileno José Antonio Kast y el colombiano Abelardo de la Espriella, ambos de buena sintonía con el libertario.
Milei y Lula podrían cruzarse en próximos eventos internacionales, como la Cumbre Iberoamericana, en España, la semana que viene; la cumbre de presidentes del Mercosur, el 4 de diciembre en Montevideo, y la cumbre del G20, en Mar-a-Lago, diez días después. “Difícil que haya reconciliación entre ambos”, estimaron fuentes diplomáticas. Una curiosidad: el último encuentro del Mercosur en el que Lula y Milei coincidieron fue, precisamente, en Foz de Iguazú, en diciembre del año pasado. Todo fue distancia y frialdad entre ellos durante el breve lapso que compartieron, frente a las Cataratas del Iguazú.
Sin planes de reconocimiento oficial al ganador, desde el Gobierno destacan que, al margen de las cuestiones electorales, el vínculo comercial y diplomático entre la Argentina y Brasil continuará como hasta ahora. “A nivel técnico se sigue trabajando y mucho”, dijo una voz autorizada de la gestión libertaria, relativizando el impacto de este nuevo desencuentro, que ensombrece un poco más el vínculo político entre los principales socios del Mercosur.
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