INTERNACIONAL
La noche en que una función de ópera en Berlín puso al mundo al borde de la guerra nuclear
La ópera tiene amantes y detractores. Los amantes son, como todos, apasionados. Los detractores esgrimen alguna tontería como la que afirma que es un género anticuado y vetusto, que lo es. También la guerra es anticuada y vetusta y sigue allí. Ahora, que un tipo esté dispuesto a desatar una guerra, probablemente atómica, porque le gusta la ópera, esa sí que es una tontería grande como una catedral.
Sin embargo, hace 65 años, a partir del domingo 22 de octubre de 1961, estuvimos a punto de ir a la guerra nuclear porque a Allen Lightner, el más alto cargo civil de la misión diplomática de Estados Unidos en la Alemania dividida y en el Berlín dividido, se le ocurrió ir junto a su esposa a escuchar ópera al sector Este de la ciudad. Eso era un desafío para las fuerzas de ocupación soviéticas que frenaron a Lightner, a su mujer y al auto del diplomático ni bien sus ruedas pisaron el sector ruso.
Cinco días después, el viernes 27, treinta tanques de Estados Unidos se enfrentaron con treinta tanques soviéticos a poco más de 30 metros de distancia, cara a cara, cañón a cañón, a ver quién pestañeaba primero. El mundo se paralizó, estuvimos así de ir a la guerra, tuvo que intervenir un espía ruso para calmar las aguas y el fantasma de la guerra huyó, se agazapó en espera de otra oportunidad.
También es posible que, además de gustarle la ópera, Lightner fuese un provocador. Lo era. La historia es una muestra, quién sabe si simpática, del ardiente mundo de lo que se llamó Guerra Fría. Todo sucedió a dos meses de instalado el Muro de Berlín que, en principio, fue de alambres de púas y bolsas de arena. Muro, lo que se dice muro de cemento y piedra, se construyó después. En aquella ciudad dividida, los berlineses del Este tuvieron prohibido pasar al Oeste y los del Oeste ni pensaban en pasar al Este. Quienes lo hacían necesitaban un permiso oficial y presentar sus documentos a la policía de la RDA, la República Democrática Alemana, dominada por la URSS a cargo de Nikita Khruschev.
Convoyes militares estadounidenses y patrullas de la policía oriental en la frontera del muro. (Foto: National Archives and Records Administration)
Khruschev quería Berlín para la URSS porque vigente estaba la idea que afirmaba que quien dominara Berlín dominaría Europa. Y había pensado en otorgar cierta independencia, figurada y figurativa, a la RDA que presidía entonces Walter Ulbricht, un comunista alemán que en 1933 había huido de los nazis y había ido a parar a los brazos de oso del dictador José Stalin. Por orden de Khruschev, Ulbricht había dispuesto que el muro en formación y crecimiento, alambres y arena, estuviese bajo vigilancia de la policía militarizada de la RDA, conocida como Volkspolizei y mucho más conocida como “vopos”, uniformados todos de un verde demasiado similar al de la destruida Whermacht de Adolf Hitler, y con unos cascos en forma de pequeña palangana. Eran los “vopos” los que pedían papeles a los occidentales que querían pasar al sector Este.
Pasar hacia el lado comunista no era para todos. Estaba reservado solo para militares o civiles empleados por las fuerzas aliadas, empleados de las embajadas, extranjeros, trabajadores permanentes de la República Federal Alemana, la occidental y funcionarios de la RDA. Para los aliados, aceptar la autoridad de los “vopos” para pedir papeles o cualquier otra cosa, implicaba el reconocimiento de cierta soberanía del sector oriental de Berlín, y eso era inaceptable: solo hablaban con autoridades o tropas soviéticas.
En ese ambiente volátil, a Lightner se le ocurrió aquel domingo ir a la ópera de Berlín para ver y escuchar a una compañía de teatro lírico experimental checoslovaca. Poner en peligro la paz del mundo por apostar a una compañía experimental checa es tener un par de narices de acero. Pero el tipo estaba empeñado en pasar un domingo musical. Le pidió a su mujer, Dorothy, que lo acompañara, treparon ambos al Volkswagen familiar y encararon para el estratégico Checkpoint Charlie que fue desmantelado y demolido el 22 de junio de 1990, después de la caída del Muro, y hoy es un museo; pero en esa época, y por casi tres décadas, fue uno de los puntos clave de la Guerra Fría.
El Muro había dejado apenas tres pasos abiertos a lo largo de todo Berlín y con los debidos controles fronterizos, se trataba de una ciudad dividida en dos en un país también dividido en dos. Los aliados les dieron el nombre del alfabeto fonético militar que es casi universal. Al primero de los pasos lo llamaron Checkpoint Alfa: estaba en la autopista que conectaba a Berlín con la zona del Rhur. Al segundo lo llamaron Checkpoint Bravo, se alzaba en la autopista Dreilinden, que también conectaba la zona del Rhur, pero por el Este. El tercero, el Checkpoint Charlie, se instaló en la Friedrichstrasse, la avenida más céntrica y comercial de Berlín de antes de la guerra, ahora también dividida en dos.
Lightner puso su Volkswagen en marcha en la puerta de su residencia del distrito de Dahlem, una mansión que le había sido confiscada a un jerarca nazi, con plena conciencia de lo que iba a suceder: su vida no corría peligro; su noche de ópera, sí. Cuando dejó atrás el Checkpoint Charlie y Berlín Oeste y entró en Berlín Este, los “vopos” le salieron al paso, interceptaron el auto y le pidieron papeles, documentos, autorizaciones; Lightner se negó: solo se identificaría ante oficiales soviéticos. Los policías le dijeron que era domingo y que no iban a hallar disponible a ninguna autoridad rusa: o mostraba los papeles o regresaba. Lightner dijo que de ninguna manera, que tenía entradas para la ópera y que tenía decidido pasar.
La discusión siguió durante 45 minutos, hubo gritos, amenazas y desafíos. Los “vopos” tenían orden de disparar a cualquiera que quisiera entrar al Este sin papeles, como si se tratara de alguien que pretendía huir a Berlín Oeste, pero sabían que matar a un diplomático estadounidense podía desencadenar una guerra. Desde el teléfono de su auto, un adelanto técnico de la época, Lightner llamó al general Lucius Clay y le contó en qué lío estaba metido.

Un auto diplomático de los Estados Unidos rodeado de soldados americanos cruza hacia Berlín Oeste. (Foto: National Archives and Records Administration)
Clay era un héroe para los alemanes: había sido segundo del general Dwight Eisenhower durante la guerra y había enfrentado con éxito el bloqueo de Berlín ordenado por Stalin en 1948. Se había retirado en 1949, pero el presidente John Kennedy le pidió que regresara a Berlín como su enviado especial. Clay estaba en desacuerdo con la política apaciguadora de Estados Unidos frente al Muro, así que aquel domingo dijo a Lightner que siguiera adelante con su osada excursión hacia el peligro.
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Por su parte, Lightner no era solo un amante de la ópera. Como joven diplomático enviado a la Unión Soviética a fines de 1930, había huido con todos los documentos de la embajada estadounidense en Moscú cuando los nazis invadieron la URSS en 1941. Era un anticomunista fervoroso, que fue a parar a Londres para compartir con los británicos los refugios subterráneos durante los bombardeos alemanes. Su decisión de ir a la ópera formaba parte de un plan pergeñado y autorizado por Clay para saber hasta dónde se podía torcer el brazo a los soviéticos en Berlín.

Soldado estadounidense monitoreando los tanques soviéticos. (Foto: National Archives and Records Administration)
En pleno tira y afloje con la policía militarizada alemana, y cuando caía la tarde otoñal, uno de los “vopos” le advirtió al empecinado Lightner: “Va a tener que quedarse aquí toda la noche, hasta mañana, cuando aparezca algún oficial soviético, si es que aparece alguno”. Y Lightner, que a esta altura ya había olvidado a la compañía experimental checa de lírica, dijo: “Lo siento, voy a usar mi derecho como miembro de los aliados a entrar en cualquier sector de Berlín”. Apretó el acelerador, el Volkswagen pegó un salto, casi embiste a dos policías y fue a detenerse cerca de uno de los bloques de cemento colocados en forma escalonada, que impedían el paso veloz de cualquier vehículo. Los alemanes, armados hasta las cejas, volvieron a frenar el auto mientras desde el sector Oeste dos jeeps cargados con soldados del Grupo de Batalla 2, armados con fusiles M14 y bayoneta calada, todos a órdenes de Clay, estacionaron detrás del auto de Lightner y lo rodearon para protegerlo. Fue la primera vez desde el final de la Segunda Guerra Mundial que tropas estadounidenses entraron en territorio soviético.
Uno de los soldados americanos invitó a Dorothy Lightner a bajar del auto y a regresar con uno de ellos al Checkpoint Charlie. La mujer no quiso. “Órdenes del general Clay –le dijo el soldado– Nuestras órdenes dicen que su presencia no es necesaria aquí”. La mujer volvió al Oeste y Lightner, con siete soldados que custodiaban su auto, entró con suma lentitud unos 150 metros en Berlín Este, sin que los “vopos” atinaran a hacer algo. El Volkswagen después giró en U y regresó a Berlín Oeste, solo para volver a ingresar al Este y repetir el paseíto, siempre con los soldados de Clay dispuestos a disparar. Frente al Checkpoint Charlie se alistaron un par de tanques americanos y unos bulldozers dispuestos a arrasar en parte aquel precario muro de alambre de púas y arena si era necesario. No fue necesario.
Así fue como terminó todo. O casi todo. Faltaba lo mejor. En Washington algunas almas temblaban. Kennedy, que vivió toda su presidencia con el temor de un conflicto nuclear desatado por error o por tontería, que había seguido el incidente minuto a minuto, para usar un lenguaje de hoy, y que además conocía al tozudo Lightner, preguntó: “¿Qué es lo que está haciendo ese tipo?” Dean Rusk, su secretario de Estado, le contó el motivo del incidente y quiso calmarlo: “Es una cuestión de los vopos. No hay soviéticos metidos en esto”. Y Kennedy: “Decíle a ese tipo que no lo mandamos a Berlín para que vaya a la ópera”.

Los tanques americanos y soviéticos enfrentados en Check Point Charly en octubre de 1961. (Foto: National Archives and Records Administration)
Después, el presidente se dio un baño de realidad: habló con el general Clay para enterarse de qué era lo que pasaba. El militar le reveló que él mismo había dado las órdenes esa agitada noche; dijo a Kennedy que si los soldados del Oeste retrocedían, Estados Unidos perdería toda su credibilidad en Alemania. Era más o menos lo que Kennedy le había dicho a Khruschev cuatro meses antes, durante su encuentro en Viena, el día en que ambos se amenazaron con la guerra. Así que Kennedy debió elegir entre dos alternativas: o abdicaba de su estrategia política, o confiaba en el general Clay. Confió en Clay.
El miércoles 25 de octubre, otro auto, identificado ahora con la patente de las tropas de ocupación y con diplomáticos estadounidenses en su interior, ingresó a Berlín Este. Aquí, justo es decirlo, Lightner ya no tenía nada que ver. Y la ópera checa menos. El jueguito del domingo anterior volvió a repetirse con una variante: ni bien los “vopos” pararon el auto de los diplomáticos, Clay ordenó que diez tanques marcharan hacia la Friedrichstrasse con sus cañones apuntando a las fuerzas policiales del Este. Tres jeeps, cada uno con cuatro soldados con fusiles y bayonetas caladas, atravesaron el puesto fronterizo, se formaron frente al coche de los diplomáticos y se adentraron en Berlín Este. Esta vez sí había oficiales soviéticos junto a la policía militarizada alemana. Pero solo miraron.
El viernes 27, otro auto con civiles estadounidenses a bordo fue detenido por los vopos y volvieron las discusiones; los americanos, apoyados por diez tanques desde el otro lado, pedían a un oficial soviético para identificarse y los policías alemanes se negaban a convocar a uno. No fue un oficial soviético el que apareció en el escenario en el que se jugaba la paz del mundo: fueron diez tanques rusos T-54 con sus cañones apuntando a los tanques americanos.

El enfrentamiento de tanques en el Checkpoint Charlie en Berlín. (Foto: National Archives and Records Administration)
El jueguito había terminado. Entre las dos fuerzas de blindados había menos de treinta metros de distancia: eso era lo que separaba a la paz del primer enfrentamiento de la era nuclear entre soviéticos y americanos. Era un espectáculo que seguían, como en un partido de fútbol, las cámaras de los corresponsales de medio mundo. Desde Washington, y por teléfono, Kennedy y parte de su gabinete seguían en vivo aquel duelo entre matones de barrio. Kennedy y Clay volvieron a hablar. Los documentos oficiales recogieron el diálogo:
Kennedy: -¿Cómo andan las cosas por allí, general?
Clay: -Fantástico, señor presidente. Estamos iguales: diez tanques de cada lado. No, espere: los rusos han traído ahora veinte tanques más. Ahora son treinta. Eso prueba que tienen información exacta sobre nuestras tropas. Es el número de tanques que nosotros tenemos en Berlín. Así que vamos a traer nuestros restantes tanques también.
Kennedy: -¿Está nervioso, general?
Clay: -¿Nervioso? Aquí no hay nadie nervioso, señor. Si hay alguien nervioso probablemente sea alguien en Washington.
Kennedy: -Bueno, general: aquí hay un montón de gente nerviosa. Yo no soy uno de ellos.
¡El mundo entero estaba nervioso! Y Clay también. En algún momento pensó: “Dios mío, un subteniente soviético puede desatar la tercera guerra mundial…” La guerra dependía de una interpretación semántica, de un imbécil inquieto o con vocación de héroe, de un yerro o de un mal cálculo. Era raro que hubiera disparos, pero podía suceder. Ahora que ambas potencias se habían mojado las orejas, restaba solucionar el drama más agudo del conflicto: cómo retroceder con cierta dignidad. Kennedy y Khruschev dialogaban sin hablarse. El hermano del presidente, Robert Kennedy, que era fiscal general, algo así como ministro de Justicia, mantenía entonces una estrecha relación con Georgi Bolshakov, un ruso acreditado en la Casa Blanca como editor periodístico de una revista de novedades de la Unión Soviética. De periodista, nada: era un espía. Los Kennedy habían decidido llevar adelante un diálogo con Khruschev por encima de la CIA y de la KGB, del Departamento de Estado a cargo de Rusk y de la cancillería soviética a cargo de Andrei Gromyko y por encima de los jefes militares de los dos bandos. Era peligroso, pero así jugaban.
El mensaje de Kennedy a Khruschev, vía Bolshakov, propuso, palabras más o menos, que si la URSS retiraba sus tanques dentro de las veinticuatro horas, “los nuestros harán lo mismo media hora después”. En la mañana del 28 de octubre, los tanques soviéticos se retiraron. Primero, Khruschev tuvo que convencer al mariscal Iván Koniev, su viejo amigo y héroe de guerra de la URSS. Lo hizo con un argumento sencillo y realista: “Iván, creéme, nada de esto vale una guerra”. El mariscal hizo lo que le ordenaban, pero ubicó sus tanques detrás de los edificios de la Friedrichstrasse, fuera de la vista de los aliados, y con sus motores en marcha. Los tanques americanos hicieron lo mismo y el incidente se dio por terminado. Para evitar peligrosas repeticiones, el gobierno de Ulbricht decretó de inmediato que los únicos en no ser identificados por los vopos serían de ahora en más, el personal aliado que viajara a Berlín Este de uniforme.
John Kennedy y Nikita Khrushchev reunidos. (Foto: Google)

El Muro de Berlín cayó en 1989, dos años antes del fin del comunismo en la URSS. Al año siguiente, el Checkpoint Charlie fue desmantelado y demolido. Ulbricht, el obrero comunista que se hizo político y presidió la República Federal Alemana, fue desalojado del poder en 1971 por Erich Honecker. Murió en agosto de 1973, a los ochenta años, cerca de Berlín.
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Lucius Clay, el general que defendió Berlín, siguió en funciones en Alemania hasta el asesinato de Kennedy en 1963. Murió en Massachusetts, en abril de 1978, una semana antes de cumplir 80 años. Está enterrado en el cementerio de la Academia Militar de West Point. En su tumba hay una placa de piedra que donaron los berlineses. Dice: “Demos gracias al preservador de nuestra libertad”.
Allan Lightner, el hombre al que le gustaba la ópera, siguió en funciones en Berlín. Participó de unas cuantas operaciones secretas de la Guerra Fría, entre ellas, el intercambio del piloto americano Francis Gary Powers por el espía soviético Rudolf Abel, que Steven Spielberg hizo famoso en la película “Puente de espías”, protagonizada por Tom Hanks. Luego fue embajador en Libia entre 1963 y 1965 y profesor de la Escuela Nacional de Guerra de Estados Unidos entre 1967 y 1970. Murió en septiembre de 1990, a los ochenta y dos años.
Sumario, Segunda Guerra Mundial, Berlín, Alemania nazi
INTERNACIONAL
Tartessos, la civilización de España que selló sus templos antes de desaparecer sin dejar rastro
El valle del Guadiana, en la árida llanura del suroeste de España, guarda bajo su suelo un secreto que nunca se logró borrar. Templos sellados, joyas de oro y cenizas de rituales sin explicación: lo que hoy parece tierra fue, hace más de 2.500 años, el corazón de Tartessos, una civilización que comerció con medio Mediterráneo y dejó su huella en la costa atlántica y en la ciencia.
Los historiadores griegos y romanos la conocían, o creían conocerla. Heródoto, geógrafo, escribió sobre una ciudad portuaria más allá de las Columnas de Hércules, ese límite del mundo conocido que hoy se conoce como estrecho de Gibraltar. El Antiguo Testamento menciona un lugar llamado Tarsis, desde donde las naves del rey Salomón regresaban cargadas de oro, plata y marfil.
Cada fuente describía a Tartessos de forma distinta: un río, un puerto, un reino, una isla, pero nadie coincidía.
Sin embargo, las excavaciones del último siglo fueron sumando piezas a un rompecabezas enorme y generando respuestas a historiadores. Pero recién en las últimas décadas la tecnología permitió empezar a ver la imagen completa de un mundo que fue protagonista del mercado miles de años atrás.

Tartessos floreció entre los siglos IX y V a. C. en el sur de la península ibérica, y surgió de la fusión entre poblaciones indígenas y colonizadores fenicios y griegos. No fue una cultura aislada: su ubicación geográfica, próxima al estrecho de Gibraltar, la convirtió en un punto de conexión e intercambio entre el Atlántico y el Mediterráneo, dos mundos que hasta entonces habían operado con escaso contacto directo.
Su base económica descansaba en los metales. El subsuelo del sur peninsular era extraordinariamente rico en oro, plata, cobre y estaño, y los tartesios lo explotaron con una organización que impresionó a los viajeros de la Antigüedad. Según recoge History National Geographic, Eforo, historiador del siglo IV a. C., los describió como “un mercado muy próspero, regado por un río que lleva gran cantidad de estaño, oro y cobre».

El rey Argantonio se convirtió en la figura por antonomasia de la civilización. De acuerdo con History National Geographic, las fuentes antiguas lo presentan como un gobernante longevo y opulento, símbolo de la abundancia que caracterizó a esta sociedad durante su apogeo. Su figura condensó, con el tiempo, todo el aura de prosperidad que rodeaba al mundo tartesio.
Además del comercio y la metalurgia, registraron el primer sistema de escritura conocido de la península ibérica. La escritura tartésica, que data de alrededor del siglo VIII a. C., deriva del alfabeto fenicio y presenta una particularidad: es palindrómica, puede leerse de derecha a izquierda o de izquierda a derecha. Según informó la BBC, los sonidos exactos que representan sus símbolos aún están bajo estudio.
Una estela con inscripciones de este sistema se conserva en el Museo Arqueológico de Badajoz, dentro de la Alcazaba.

La relación con los fenicios es uno de los debates más activos en la arqueología actual. La postura tradicional sostuvo durante décadas que ambas culturas, pese a la cercanía geográfica, se mantuvieron sustancialmente separadas. Pero investigaciones más recientes plantean que entre ellas se produjo una fusión cultural tan profunda que en muchos yacimientos resulta difícil distinguir qué elementos son de cada uno.
Lo que sí permanece fuera de discusión es la extensión geográfica de la civilización. Los primeros hallazgos apuntaban al valle del Guadalquivir, en Andalucía, como el núcleo tartesio. Pero descubrimientos posteriores en el valle del Guadiana, más al oeste, ampliaron ese mapa considerablemente.
Hasta la fecha, según relevó la BBC, se han identificado más de 20 yacimientos tartesios en toda España, que incluyen sitios en las provincias de Huelva, Sevilla, Córdoba, Badajoz e incluso en Portugal.
La desaparición hacia el siglo V a. C. continúa siendo uno de los enigmas sin resolver de la arqueología ibérica. La civilización no se apagó de forma gradual: los registros materiales indican una ruptura abrupta, sin señales claras de una transición hacia otra cultura o una retirada ordenada.

Una de las teorías con mayor respaldo reciente apunta a un desastre natural. Según informó el investigador científico del Instituto de Arqueología de Mérida, Sebastián Celestino Pérez, “parece que pudo haber habido un terremoto a mediados del siglo VI antes de Cristo, seguido de un tsunami que podría haber afectado a los principales puertos”, reveló en diálogo con la BBC.

Pero los factores económicos y políticos también pesan en el análisis. De acuerdo con History National Geographic, Eduardo Ferrer-Albelda, catedrático de arqueología de la Universidad de Sevilla, señaló que la riqueza metálica era tanto su mayor fortaleza como su punto más vulnerable.
“También se documenta una crisis minera, pero la violencia debió desempeñar un papel importante”, afirmó. El investigador también planteó que “la connivencia entre las aristocracias fenicia e indígena podría haber terminado abruptamente, de modo que cabe suponer un movimiento entre las poblaciones de la zona tartésica”.
Lo que sí documentan con precisión los yacimientos es el ritual con el que los tartesios cerraron sus espacios sagrados antes de abandonarlos. Según relevó la BBC, en todos los sitios excavados se repitió el mismo patrón: los habitantes vaciaban los recipientes y ánforas, quemaban el edificio y lo sellaban con arcilla, dejando en su interior herramientas de hierro, joyas de oro y restos de animales sacrificados.
Ana Belén Gallardo Delgado, historiadora y guía del yacimiento de La Mata, resumió esa conducta para la BBC: “Lo que más me sorprende es la peculiar costumbre de destruir sus viviendas; en todos los yacimientos encontrados se ha seguido el mismo comportamiento“.
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La increíble historia de los trillizos que fueron separados al nacer para un experimento científico y descubrieron la verdad 19 años después
Durante casi dos décadas, Edward Galland, David Kellman y Robert Shafran vivieron sin saber que eran hermanos. Nacieron el mismo día, compartían el ADN y, sin embargo, fueron entregados en adopción a tres familias diferentes que jamás fueron informadas de la existencia de los otros chicos.
El reencuentro ocurrió por una serie de casualidades que convirtió la historia en algo increíble. Rápidamente, los tres hicieron furor en Estados Unidos, protagonizaron programas de televisión, abrieron un restaurante y se convirtieron en celebridades.
Sin embargo, detrás de aquella historia que parecía sacada de una novela de ficción había un secreto oscuro: los habían separado a propósito para formar parte de un experimento científico que nunca fue informado a sus familias.
Décadas después, el caso cobró relevancia gracias al documental Three Identical Strangers, dirigido por Tim Wardle, que reconstruyó una de las historias más impactantes sobre adopciones y ética científica.
Tres idénticos desconocidos
Los tres hermanos nacieron el 12 de julio de 1961 en Nueva York. Su madre biológica era una adolescente soltera que decidió darlos en adopción. Lo que ni ella ni las familias adoptivas sabían era que los bebés serían separados intencionalmente.
Cada uno fue enviado a un hogar distinto a través de la agencia de adopciones Louise Wise Services. La decisión no fue aleatoria, ya que según se supo muchos años después, los responsables del estudio buscaban que crecieran en familias con diferentes niveles socioeconómicos y distintos estilos de crianza para observar cuánto influían la genética y el ambiente en el desarrollo de una persona.
Uno de los hermanos fue criado en una familia trabajadora, otro en un hogar de clase media y el tercero en un entorno con una posición económica más acomodada. Todos crecieron creyendo que eran hijos únicos.
Los trillizos que fueron separados al nacer por un experimento científico. (Foto: Three Identical Strangers)
La historia de los trillizos dio un giro en 1980, cuando Robert Shafran llegó a estudiar en el Sullivan County Community College, ubicado en Nueva York.
Desde el primer momento ocurrió algo que le pareció raro: alumnos que nunca había visto lo saludaban y lo llamaban “Eddy”. Algunos incluso mantenían una breve conversación con él convencidos de que era otra persona.
Por otra parte, un compañero conocía a Edward Galland, un chico que había estudiado allí el año anterior y que era idéntico al recién llegado. Cuando ambos se encontraron cara a cara quedaron completamente sorprendidos: tenían las mismas facciones, la misma voz y la misma fecha de nacimiento.
La posibilidad de que fueran hermanos adoptados apareció enseguida. Poco después confirmaron que eran gemelos idénticos separados al nacer.
La similitud física entre los hermanos era innegable. (Foto: CNN)

Pocos días después de que los medios publicaran la historia del sorprendente reencuentro, David Kellman vio una foto de los dos jóvenes en el diario local y no pudo creer lo que veía: ellos eran iguales a él.
Fue así que David logró contactarlos por teléfono y organizó un encuentro. Cuando los tres estuvieron juntos comprobaron que no eran gemelos, sino trillizos.
De un fenómeno mediático a una verdad inesperada
El reencuentro de los trillizos causó un impacto inmediato en Estados Unidos. En cuestión de semanas, Robert Shafran, David Kellman y Eddy Galland pasaron de ser tres jóvenes desconocidos a ser protagonistas de programas de televisión, entrevistas y portadas de revistas y diarios.
Su parecido físico era increíble, pero lo que más llamaba la atención era la cantidad de rasgos que compartían a pesar de haber crecido por separado: fumaban la misma marca de cigarrillos, tenían gustos similares para la comida, practicaban lucha libre e incluso utilizaban expresiones y gestos casi idénticos.
Después de que se diera a conocer el caso, los trillizos se volvieron famosos en Estados Unidos. (Foto: BBC)

Las imágenes de los tres vestidos iguales y respondiendo preguntas al mismo tiempo dieron la vuelta al país. Por eso, aprovechando la enorme repercusión, decidieron mudarse juntos a Nueva York y abrieron un restaurante en el barrio del SoHo llamado Triplets, que rápidamente se convirtió en furor entre turistas y curiosos que querían conocer a los hermanos.
Sin embargo, mientras disfrutaban de esa inesperada fama, todavía desconocían el motivo por el que habían sido separados al nacer. La respuesta llegaría años después y transformaría para siempre la manera en que entendían su propia historia.
Un experimento oculto
En la década de los 90, investigaciones periodísticas dieron a conocer la existencia de un estudio secreto encabezado por el psiquiatra infantil Peter Neubauer, que había desarrollado junto a la agencia de adopciones Louise Wise Services.
El objetivo del proyecto era averiguar cuánto influye la herencia genética y cuánto pesa el entorno social en la formación de la personalidad.

Peter Neubauer, el psiquiatra infantil que estuvo a cargo del experimento científico que involucró a los hermanos trillizos. (Foto: Daily Mail)
Durante la infancia de los chicos, investigadores visitaban con frecuencia las casas donde estaban alojados con la excusa de realizar controles de rutina sobre la adaptación. En esas reuniones hacían preguntas, filmaban a los menores, evaluaban su comportamiento y registraban su desarrollo.
Años después, los propios trillizos aseguraron que jamás fueron informados de la existencia del estudio y que crecieron sin saber que dos hermanos idénticos vivían a pocos kilómetros de distancia.
“Nos trataban como sujetos de estudio, pero nosotros éramos víctimas. Hay una gran diferencia”, dijo Robert Shafran en una entrevista en el documental Three Identical Strangers. En otra oportunidad resumió ese sentimiento con una frase que se volvió emblemática: “Nos trataron como ratas de laboratorio”.
La muerte de Eddy Galland
La verdad sobre haber sido parte de un experimento científico afectó en gran parte a los tres hermanos, que atravesaron distintos problemas de salud mental.
Sin embargo, fue Eddy Galland quien se llevó la peor parte, ya que fue diagnosticado con trastorno bipolar y estuvo internado en instituciones psiquiátricas. Finalmente, se quitó la vida el 31 de marzo de 1995 cuando tenía 33 años.
Uno de los hermanos, Eddy Galland, se quitó la vida a la edad de 33 años. (Foto: Three Identical Strangers)

Este trágico hecho marcó un punto de quiebre para la familia y afectó profundamente a David y Robert. Si bien nunca se pudo establecer una relación directa entre el experimento y el suicidio de Galland, ambos sostuvieron que la separación al nacer y todo lo que descubrieron después tuvo un fuerte impacto emocional en sus vidas.
Peter Neubauer murió en 2008 sin publicar los resultados completos de su investigación. Antes de morir, dejó el archivo del estudio depositado en la Universidad de Yale, donde permanecerá bajo reserva hasta 2065.
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Nuevo León no está lejos
Durante las últimas semanas he recorrido Nuevo León de punta a punta. He estado en ciudades industriales, comunidades rurales, ejidos y cabeceras municipales. He escuchado a trabajadores, madres de familia, empresarios, productores, comerciantes y jóvenes. Y en todos esos kilómetros encontré una misma realidad: en nuestro estado, la distancia no siempre se mide en kilómetros. A veces se mide en abandono.
Hay lugares a los que el gobierno llega con discursos, pero no con médicos. Comunidades a las que les prometieron agua en las redes sociales y todavía dependen de un pozo. Municipios donde los jóvenes tienen que irse porque el empleo, la educación y las oportunidades se concentran lejos de su casa. Familias que ven cómo se anuncian grandes obras mientras los servicios más elementales siguen sin funcionar.
En El Salitre, Zaragoza, encontramos un dispensario sin lo necesario para atender a la gente. En Las Palomas, Mier y Noriega, las familias siguen esperando la red de agua potable que les prometieron. En Presa de Maltos, Doctor Arroyo, escuchamos a una comunidad que rara vez recibe la visita de las autoridades estatales. En Mina, Marín, Cerralvo, Anáhuac y tantos otros municipios se repite la misma pregunta: ¿cuándo nos va a tocar a nosotros?
Esa pregunta debería incomodarnos a todos. Nuevo León no puede presumir crecimiento si ese crecimiento no llega a la vida diaria de las familias. No puede hablar de prosperidad mientras una madre busca medicamentos que no encuentra, un estudiante abandona su comunidad para continuar sus estudios o un trabajador pierde horas enteras atorado en el tráfico o esperando un camión para llegar a su empleo.
Lo que hemos encontrado no es solamente una lista de carencias. Es el resultado de gobernar sin una visión completa del estado. Durante demasiado tiempo se pensó que atender Nuevo León era atender sólo una parte de la Zona Metropolitana. Y aun dentro de ella, el tráfico, la contaminación, la falta de agua y las obras inconclusas demuestran que tampoco basta con inaugurar proyectos o acumular anuncios.
Gobernar es planear, coordinar, terminar y cumplir. Y yo sé lo difícil que es gobernar porque ya lo he hecho en condiciones complejas, con limitaciones reales y problemas que no desaparecen con una publicación en redes sociales. También sé que, con capacidad, honestidad y trabajo constante, sí se pueden obtener resultados concretos en las cosas que importan a las familias.
Cuando enfrentamos la inseguridad, profesionalizamos a la policía. Cuando faltaban oportunidades, facilitamos la inversión sin extorsionar a quien quería producir y generar empleo. Cuando la burocracia frenaba el crecimiento, digitalizamos los trámites, porque las computadoras no piden moche. Cuando el crecimiento acelerado debilitó la convivencia, llevamos educación, cultura, deporte y trabajo comunitario a las colonias para reconstruir el tejido social.
No son recetas que puedan copiarse mecánicamente de un municipio a todo el estado. Sin embargo, sí son pruebas de algo más importante: los problemas difíciles se enfrentan con método, coordinación y capacidad. Y los resultados aparecen cuando el gobierno deja de improvisar y se concentra en cumplir.
Ésa es la esencia de la 4T Norteña: capacidad realista.
Y la Presidenta ha marcado un rumbo al que ese realismo debe aplicarse sin titubeos fortalecer la industria nacional, atraer inversiones, generar empleos y hacer que la prosperidad alcance a quienes durante años fueron dejados atrás.
Eso exige dejar de administrar al estado como si fuera una colección de municipios aislados. Necesitamos coordinación metropolitana, planeación regional y una verdadera alianza entre gobierno, empresas, universidades, trabajadores, campo y sociedad civil. También exige cambiar la manera de recorrer y escuchar. No basta llegar, tomarse una fotografía y seguir adelante. Cada visita debe dejar un problema entendido, una solución viable y un compromiso que pueda medirse.
La cercanía no consiste en estar un día junto a la gente. Consiste en regresar con resultados. Por eso, después de recorrer el estado, mi convicción es más firme: no hay dos Nuevo León, uno moderno y otro condenado al olvido; existe un solo Nuevo León y debe avanzar unido. El progreso de la zona industrial tiene que abrir oportunidades en el campo; la inversión metropolitana debe fortalecer las regiones; y cada peso público debe convertirse en agua, seguridad, movilidad, salud, educación y futuro.
Lo que encontramos en el camino duele, pero también obliga. Frente al abandono, presencia. Frente a la improvisación, capacidad. Frente a la promesa, cumplimiento. Y frente a un crecimiento que deja gente atrás, la Transformación.
Nuevo León no necesita que le cuenten otra historia. Necesita un gobierno con los pies en la tierra, que conozca sus problemas, que sepa enfrentarlos y que convierta el rumbo de la Presidenta en resultados para cada familia, desde la Zona Metropolitana hasta la comunidad más apartada.
Porque nadie vive demasiado lejos en el ejido más remoto, se esfuerza en la colonia más compleja o emprende en la empresa recién instalada, cuando el gobierno entiende que su primera obligación es llegar con resultados.
*El autor es Alcalde, con licencia, del Municipio de General Escobedo y aspirante a Coordinador de la Defensa de la Transformación y la Soberanía Nacional en Nuevo León, México.
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