INTERNACIONAL
La operación militar más grande de la historia parecía imparable, pero un enemigo inesperado cambió todo

El 22 de junio de 1941, 85 años atrás, la Alemania Nazi invadía la Unión Soviética. La Operación Barbarroja. Fue la mayor movilización militar de la historia. Más de tres millones de hombres entraron a tierras soviéticas a sangre y fuego. Un frente de miles de kilómetros. El Blitzkrieg, la guerra relámpago que tanto le había redituado en el otro extremo europeo, en el Oeste. Caballos, tanques, armamento, hombres frescos y ávidos. Parecía que nada podía salir mal.
Pero ese fue el principio del fin.
Pocos hechos históricos encierran una paradoja tan flagrante como este: fue el mayor éxito momentáneo de la Alemania Nazi pero también se convirtió en su perdición. El día que Adolf Hitler creyó su mayor victoria fue también el momento en que su caída se volvió inevitable. La Campaña del Este, su prolongación, terminó enredando y debilitando de manera irreversible al Tercer Reich.
Tres millones de soldados alemanes. Más otro medio millón de húngaros, rumanos, croatas e italianos. 145 divisiones. 3600 tanques. 27.000 aviones. 17.000 piezas de artillería. Y 750.000 caballos. El ejército más grande de la historia.
Los alemanes ingresaron a territorio soviético con confianza. Eran vitales, reían, estaban seguros de la victoria. La oposición era menor a la prevista. A veces hasta se sorprendían por ingresar a poblados sin ser atacados. Estaban bien alimentados y equipados. Las victorias fortalecían su ánimo. Solo serían ocho semanas. Las cartas que enviaban los soldados alemanes a sus familias desde el frente desbordaban de mensajes optimistas y de confianza. Había lugar nada más que para la victoria.
Al plan lo mató su ambición desmesurada. Y su crueldad extrema. Puso a un pueblo en tal posición de desesperación que no le dejó más opción que la lucha y la resistencia. Aun aquellos que hubieran aceptado con mayor mansedumbre otro destino, no estaban dispuestos a aceptar la muerte, propia y de sus seres queridos. Muerte que estaría cubierta de sufrimiento atroz. Un tanque Panzer IV alemán, diseñado para apoyar a la infantería. (Foto: Archivos Federales de Alemania)
La voluntad no era la de mera conquista o la de inutilizar un enemigo o la aumentar territorio propio. El deseo, la ambición de Hitler, era destruir a los soviéticos y al comunismo, aniquilarlos, hacerlos desaparecer. Un mes antes de la invasión, juntó a cientos de sus principales jefes militares y les impartió un discurso en el que dejó claro que no había reglas que respetar, que se sintieran autorizados a olvidarse de las convenciones de Ginebra y de La Haya.
Esto produjo un fenómeno nunca antes visto. Los saqueos, los abusos, las violaciones, los asesinatos a sangre fría ya no fueron excepciones, fruto del estado de enajenación de unos soldados sin demasiada preparación en medio de una experiencia límite, sino un plan de estado.
La guerra vuelve a los hombres espantosos, inconcebibles, no hace falta un gran esfuerzo de imaginación para prever qué es lo que puede suceder si se les da vía libre. “Esta es una guerra de exterminio. Si no comprendemos esto, derrotaremos igual al enemigo, pero treinta años después tendremos que volver a luchar contra los comunistas. No hacemos la guerra para preservar al enemigo”, les dijo Hitler a sus comandantes.
El 13 de mayo de 1941 se emitió el Decreto Barbarroja en el que explícitamente comandantes y soldados recibían carta blanca. Las ejecuciones sumarias y las represalias estaban permitidas y quienes las llevaran a cabo recibían inmunidad. La excusa era que solo se debían replicar los métodos soviéticos, que la legalidad había sido rota por el enemigo.

Soldados alemanes cruzando la frontera soviética durante la Operación Barbarroja. (Foto: Archivos de la Segunda Guerra Mundial)
Había otra eximente moral para los nazis. Los eslavos, según su concepción, eran inferiores. Su destino no importaba demasiado. Era justo que perdieran sus tierras, posesiones, dignidad y vida.
En La guerra no tiene rostro de mujer, en el que recoge testimonios de mujeres que participaron de la Segunda Guerra Mundial, la Premio Nobel bielorrusa Svetlana Alexiévich transcribe un testimonio: “Los alemanes no tomaban mujeres militares prisioneras. Las fusilaban o las paseaban, mostrándolas a las tropas. Nosotras nos guardábamos dos cartuchos para suicidarnos (siempre dos por si el primero no funcionaba). Capturaron a una de nuestras enfermeras. La encontramos un día después: le habían arrancado los ojos, le habían cortado los pechos. Le habían metido un palo. Hacía mucho frío; ella era muy blanca y tenía el pelo canoso. Tenía 19 años”.
Otro aspecto de la Operación Barbarroja y del inicio de la campaña hacia el Este es que marcó el punto de inflexión de la Shoá. La matanza de los judíos fue, a partir de ese momento, sistemática y desembozada. Aprovechaban para liquidar a su paso a los que se cruzaban y se encargaban de hacerlo en los territorios que dejaban a sus espaldas (aun cuando la guerra en el frente ruso se había perdido, el exterminio del pueblo judío persistió hasta los últimos días de la guerra).

Prisioneros de guerra del ejército soviético siendo trasladados durante la invasión alemana a la Unión Soviética en 1941. (Foto: Reuters)
Si bien fue Hitler quien impulsó la invasión, sus líderes militares acompañaron su entusiasmo y visión triunfalista. Más allá del poder de convicción del Führer, los comandantes compartieron la decisión. No los atemorizó la fortaleza bélica del enemigo, las características de carácter de su población, las monstruosas dimensiones geográficas de la empresa. Ni por supuesto el Pacto de No Agresión firmado dos años antes. ¿Cuántos de ambos bandos creyeron que ese pacto entre Hitler y Stalin iría a honrarse?
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Se tiende a creer que las grandes decisiones de la historia son tomadas tras cabildeos, estudio de las fortalezas y debilidades propias y ajenas, investigación y hasta certezas científicas; luego de profundas discusiones entre especialistas. Pero no siempre (o muy escasas veces) es así.
En el lanzamiento de la invasión a Rusia hubo planificación, pero mucho más de improvisación, de instinto, de impulso poco sustentado en el razonamiento. Se basó en el desenfrenado y maniático afán conquistador de Hitler. Su odio hacia el comunismo, Stalin y los soviéticos, hizo que subestimara la fortaleza y habilidad de sus contricantes.
El principio que lo guiaba era que nadie podía estar a su altura. Lo que nunca se sabrá con precisión es si ninguno de sus hombres tampoco lo pensó, o si lo hizo y no se animó a expresarlo ante las frases contundentes de su líder, o si lo dijo en voz alta y fue acallado por la claque. Respetados historiadores sostienen que hubo miembros encumbrados del poder nazi que expusieron sus dudas, pero que fueron raleados y alejados del centro de la toma de decisiones. Caballería alemana avanzando por un pueblo ruso en llamas. (Foto: Archivos Federales de Alemania)
Una de las claves del éxito inicial fue el factor sorpresa. También la desorganización del Ejército Rojo. Las constantes y arbitrarias purgas de Stalin lo habían debilitado. A mediados de 1942 no estaba en su mejor momento.
Dos meses de avance triunfal y la derrota del enemigo sorprendido sería inevitable. La invasión se retrasó unas semanas porque el mal clima hizo que hubiera terrenos pantanosos y llenos de lodo que impedían un avance veloz. Esa demora fue uno de los aspectos claves del fracaso.
Con sus planes imperiales, con el Reich de los Mil Años en mente, Hitler recurrió a su ambición y a ejemplos anticuados para fundamentar su accionar. Pero hubo algunos elementos y antecedentes demasiado cercanos que no tuvo en cuenta.
El Japón reciente daba dos ejemplos contundentes de cómo le podía ir a los nazis en su campaña por el este. La invasión nipona a China de 1936 había sido muy exitosa al comienzo, pero se había encontrado con una barrera infranqueable: la falta de fronteras. Las grandes extensiones territoriales de China, la convertían, en la práctica, en un territorio inconquistable. Siempre había un lugar más al que escapar, en el que refugiarse y agruparse, un lugar más que invadir para el enemigo. Y esos lugares más remotos tenían climas más extremos y geografías más complicadas para el invasor. Era la guerra sin fin.

Soldados soviéticos prisioneros de las fuerzas alemanas durante la Operación Barbarroja. (Foto: Archivos Federales de Alemania)
El otro antecedente era la defensa soviética en 1939 y 1940 frente a los japoneses. El Ejército Rojo había dado muestras de que mantenía su dureza. Hitler y sus hombres subestimaron el equipamiento y la fortaleza militar de los soviéticos.
La invasión a territorios soviéticos no tuvo en cuenta que estos eran demasiado vastos. Tampoco el temperamento de un pueblo con un fuerte nacionalismo y acostumbrado al sacrificio, con un estoicismo innato, con una capacidad de soportar sufrimiento mucho mayor que la media. La táctica de arrasamiento tampoco contribuyó. Los que subsistieron solo querían venganza.
Al principio se acumularon los éxitos nazis. Caían los ejércitos y unidades que les salían al paso, eran arrasados pueblos y aldeas. Todo hecho con un salvajismo incomparable. Otro testimonio recogido por Svetlana Alexiévich: “Supe lo que era el odio. Experimenté ese sentimiento por primera vez. ¿Por qué estaban en mi país? Vimos llegar una columna con prisioneros de guerra y al pasar dejaban centenares de cadáveres en la carretera. Centenares. A los que caían desfallecidos los remataban allí mismo. A los otros los arreaban como si fueran ganado. No nos daba el tiempo para enterrarlos a todos, de tantos que había. Durante días yacieron en el suelo. Los vivos convivían con los muertos”.

Foto de la reunión por el pacto Ribbentrop-Molotov entre la Alemania Nazi y la Unión Soviética. (Foto: Archivos Federales de Alemania)
En Leningrado se estableció el sitio más cruento y largo de la historia. Casi 900 días. Cientos de miles murieron de inanición. Esa era la apuesta. Los que no cayeran bajo las balas nazis debían hacerlo por el hambre. Parecía que todas las defensas soviéticas serían vulneradas. Los alemanes estaban frescos, eran millones, tenían mucho armamento (muchos de los tanques eran franceses: los habían tomado luego de vencerlos).
Pero los meses pasaron y el triunfo no se obtuvo. Y llegó un refuerzo que la confianza nazi no previó: el capitán invierno. El frío feroz hasta inutilizó armas (algunos artilleros hacían pis sobre sus ametralladoras para descongelarlas). Los altos mandos no habían considerado esta eventualidad: los soldados no tenían abrigo suficiente, la comida empezó a escasear, el equipamiento no servía para temperaturas de hasta 40 grados bajo cero. La llegada del frío extremo empezó a cambiar la ecuación.
Cuando apareció el primer frío, algunos empezaron a dudar. Ludwig S., soldado alemán desde un lugar cercano a Moscú, escribió: “Como no hemos recibido todavía nuestros uniformes de invierno, cada soldado se las apaña como puede. Utilizamos telas y pieles o les quitamos los guantes a los prisioneros. El que todavía no lo haya hecho tendrá que prepararse para que se le congelen los huesos. Los primeros copos de nieve cayeron el 6 de este mes” (este extracto de carta, como los siguientes, pertenece al notable libro Cartas de la Wehrmacht en el que Marie Moutier compiló cartas enviadas por soldados alemanes desde el frente).
Los soldados veían lo que se venía. Sus jefes no lo percibieron o prefirieron seguir adelante, pese a que todo indicaba que sólo los aguardaba el desastre.
Los soviéticos resistían y pronto pasarían al ataque. Los alemanes, por su parte, estaban desgastados. Su moral no era la misma del principio. La confianza se desvanecía. El enemigo respondía y resistía.
El cansancio erosionaba el ánimo. La logística estaba fallando: ya no era tan sencillo proveerlos de alimentos, nuevas municiones, ni de abrigo porque directamente eso era algo que no habían planeado.

Voluntarios siendo enviados a la milicia soviética durante la Segunda Guerra Mundial. (Foto: Ria Novosti Archive)
Y el frío, directamente, los mataba. “Todos debemos esperar a que, tarde o temprano, llegue nuestra hora. Hay que hacerse a la idea. Nuestro futuro es cada vez más incierto. la esperanza se va desvaneciendo. O vencemos o morimos. Ya nos hemos hecho a la idea. El mundo nunca ha vivido una guerra como esta”, escribe Walter a su familia desde el campo de batalla, ya a fines de 1941. Otro soldado alemán, Rudolph pone en su carta: “Esto lleva más tiempo del esperado. Estamos a un kilómetro del Volga. La ciudad está completamente destrozada. No quedó nada en pie. Estamos obligados a destruirlo todo”.
El general Zhukov, comandante soviético, alistó todos los hombres de reserva que pudo para defender Moscú. La ciudad no debía caer. Esos más de 100.000 hombres y su resistencia fueron los que posibilitaron que el tiempo pasara y que el frío, por fin, hiciera su trabajo. Hasta había echado mano de lo que ellos llamaban “Los batallones de los débiles”, que eran los integrados por aquellos que habían sido exceptuados de las primeras convocatorias. Todos debían defender la ciudad. Zhukov tomó otra previsión: había traído batallones desde Siberia; para ellos cualquier clima parecía benigno.
Son varios los historiadores de renombre, como Anthony Beevor, que afirman que en este lance, en la Operación Barbarroja, en esta empresa inhumana, estuvo la clave para que los nazis perdieran la guerra.
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Millones de muertos de ambos lados, familias destruidas, el hambre y las enfermedades cobrándose víctimas. Ciudades tomadas, otras devastadas. Posiciones recobradas, ataques y contraofensivas. Tanques, municiones y generales. Pero detrás de los elementos bélicos, de las decisiones estratégicas y los campos de batalla hubo gente. Historias humanas que a veces quedan tapadas por los grandes números, por un resultado final.
Como le dijo una de esas mujeres rusas a Svetlana Alexievivh cuando las entrevistó más de cuatro décadas después de los hechos: “Me gustaría olvidar. Me gustaría al menos vivir un día sin la guerra. Sin nuestra memoria. Al menos un día así…”.
Eso es imposible. Está lejos de las facultades humanas. El horror persiste. A los sobrevivientes los acompañó, los aplastó durante el resto de sus días.
Segunda Guerra Mundial, Nazismo, Hitler, Stalin, Unión Soviética, Sumario
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A 25 años del 11S: quiénes eran los 19 terroristas de Al Qaeda y cómo buscaron placer horas antes de los atentados

Fue el día en el que el mundo cambió para siempre. Diecinueve terroristas islámicos, un pequeño pelotón suicida, divididos en tres equipos de cinco y un cuarto equipo de cuatro, todos árabes, todos miembros de Al Qaeda, la organización liderada entonces por Osama Bin Laden, todos decididos a matar, todos decididos a morir, ingresaron como simples pasajeros en tres aeropuertos diferentes de Estados Unidos: Logan, en Boston, Dulles, en Washington y Newark, en New Jersey. Era la mañana del 11 de septiembre de 2001. Luego, cada equipo abordó cuatro aviones de línea que debían volar a la costa oeste del país: tres a Los Ángeles y uno a San Francisco. Los aviones iban cargados de combustible para ese viaje de unas cinco horas.
A poco de despegar cada uno de los aviones, los terroristas tomaron por asalto a la tripulación y al pasaje, asesinaron a los pilotos y estrellaron luego las aeronaves contra sus objetivos: las dos torres gemelas del World Trade Center de New York, el edificio del Pentágono en Washington, sede del ministerio de Defensa y el último de los vuelos, con destino ignorado pero sospechado, la Casa Blanca o el edificio de Naciones Unidas en Manhattan, terminó por estrellarse en Shaksville, Pensilvania, después de que sus pasajeros intentaran recuperar el mando del Boeing 757-200.
Desde los ataques al World Trade Center hasta el avión que no logró su objetivo, la cronología de una jornada marcada por el horror
El plan de Al Qaeda fue ejecutado con precisa exactitud, con la excepción de la rebelión del pasaje en uno de los vuelos secuestrados. En cada uno de los cuatro equipos de terroristas, uno de ellos era capaz de volar un avión: habían hecho cursos de vuelo en Estados Unidos y los habían aprobado. Los demás, llamados “los musculosos”, estaban entrenados para atacar y dominar a la tripulación y al pasaje, para asesinar a los pilotos de la aeronave y permitir que otro terrorista tomara el mando del avión, cambiara el rumbo, la altitud y su destino. Ninguno de los “pilotos” tenía demasiada práctica en aterrizar. No les interesaba aterrizar.
Uno por uno, los vuelos secuestrados y estrellados por el pelotón suicida de Al Qaeda
Encabezaba el pequeño pelotón suicida Mohamed el-Amir Awad el Sayed Atta, que pasó a la historia del terror como Atta. Tenía treinta y tres años y era el mayor de los otros dieciocho terroristas con edades entre los veintiuno y veintiocho años. Los vuelos secuestrados y estrellados aquella mañana en la que el mundo cambió para siempre, eran:
- American Airlines 11; salió de Boston con destino a Los Ángeles. Atta fue el piloto terrorista. Estrelló el Boeing a las 8:45:27 contra la Torre Norte del World Trade Center. Murieron los ochenta y siete pasajeros y tripulantes y los cinco terroristas. Entre los pasajeros estaba Berinthia “Berry” Berenson, actriz, fotógrafa y modelo, hermana de la actriz Marisa Berenson, viuda del actor Anthony Perkins.
- United Airlines 175; también salió de Boston y también con rumbo a Los Ángeles. El piloto terrorista era Marwan al-Shehhi que estrelló el Boeing contra la Torre Sur del World Trade Center a las 9:03:42, dieciocho minutos después de que Atta estrellara el suyo. La de ese avión es la única imagen de los ataques que fue transmitida en directo por las cámaras de televisión. Murieron sesenta pasajeros y tripulantes y los cinco terroristas.
- American Airlines 77; era un Boeing B757 que despegó del aeropuerto Dulles de Washington con destino a Los Ángeles. El terrorista piloto Hani Hanjour, lo estrelló contra el Pentágono a las 9:37:44. Murieron sesenta y cuatro personas y los cinco terroristas. Otras ciento veinticinco personas murieron en el edificio de la secretaría de Defensa de Estados Unidos.
- United Airlines 93; despegó del aeropuerto de Newark, en New Jersey, con destino final en San Francisco. Su piloto, Ziad Jarrah y sus tres cómplices no pudieron manejar la revuelta de los pasajeros, que estalló cuando tuvieron la certeza de que iban a morir todos. El avión cayó en Shaksville, Pensilvania y murieron cuarenta y cuatro pasajeros y tripulantes y los cuatro terroristas. Los muertos en las Torres Gemelas, que se derrumbaron entre las diez y las diez y media de la mañana, están fijados en 2996 personas, más veinticuatro desaparecidos.
Cómo los 19 terroristas fueron reclutados por la organización de Bin Laden, Al Qaeda
¿Quiénes eran esos terroristas, decididos a inmolarse, tal vez con la certeza de que subirían de inmediato al paraíso de su credo religioso y a la vera de su dios misericordioso? ¿Cómo pudieron hacer lo que hicieron, más allá de las estrictas medidas de seguridad que regían los vuelos y en las que Al Qaeda encontró un punto de laxitud? ¿Quién hizo cada cosa? El cuarto de siglo que pasó, echó un poco de luz, no toda, sobre sus personalidades, ya no sobre sus intenciones que estuvieron siempre claras.
Atta fue el artífice del ataque y del desastre. Era un ingeniero egipcio que había nacido en 1968 y había estudiado arquitectura en la Universidad de El Cario. En 1990 estudió en Hamburgo, en el Instituto de Tecnología, y se relacionó con la mezquita al-Quds, (el nombre árabe para la ciudad de Jerusalén) conocida por predicar una forma extremista del islam sunita.
Atta conoció en esa mezquita a Marwan al-Shehhi, que sería el piloto del avión que estrelló en la Torre Sur; a Ziad Jarrah, el piloto del avión que cayó en Pensilvania y a Ramzi bin al Shibb, un yemení acusado de ser uno de los principales organizadores del ataque del 11 de septiembre. En su momento, al-Shibb intentó obtener el visado para entrar en Estados Unidos. Se lo negaron y actuó entonces como enlace y coordinador financiero entre los terroristas y los altos mandos de Al-Qaeda. Todos conformarían la “Célula Hamburgo” de la organización dirigida por Bin Laden.
Atta conoció a Bin Laden en Afganistán, entre los días finales de 1999 y los inicios de 2000. Fue Bin Laden quien reclutó al grupo de Hamburgo junto con Khalid Sheikh Mohammed, un pakistaní considerado también el cerebro de los ataques y que hoy está prisionero de Estados Unidos en la base de Guantánamo, Cuba, a la espera de juicio. La célula de Hamburgo, incentivada por Khalid Mohammed, le cayó muy bien a Bin Laden: a mediados de 1998 había lanzado una “fatwa” contra Estados Unidos, un mandato religioso con fuerza legal, que aplica la ley islámica y Hamburgo ya había planeado en 1996 secuestrar diez aviones de línea para atacar objetivos clave de Estados Unidos. Bin Laden había rechazado la idea porque la juzgó impracticable. Pero ahora, en 2000 creyó posible un ataque similar, en menor escala: tenía en sus manos al hombre ideal: Atta. Para Atta, Bin Laden era también el hombre de su destino. La célula regresó a Hamburgo después de conocer a Bin Laden: esperaba instrucciones.
Ya en marzo de 2000, un año y cinco meses antes de los ataques de septiembre de 2001, Atta había enviado una serie de e-mails a más de treinta y un escuelas de vuelo de Estados Unidos para conocer el costo de los cursos, la eventual financiación, las posibilidades de alojamiento y la intensidad de las prácticas. Todo sería pagado por Al-Qaeda a través de transferencias encubiertas, y gracias a la habilidad financiera del yemení Ramzi bin al Shibb. Atta ejerció también el arte del disimulo: para no llamar la atención, para no ser identificado como un musulmán radicalizado, se afeitó la barba, cambió su indumentaria, empezó a vestir ropas más cercanas a la moda occidental y evitó ser uno de los fieles de las mezquitas calificadas como “extremistas” por las autoridades alemanas.
El resto del pequeño ejército reunido por Atta, se unió a la célula Hamburgo en 2000. Todos habían prometido dar sus vidas por Bin Laden, casi todos habían nacido en Arabia Saudita y muchos, pese a su juventud, habían combatido en Chechenia, o al menos lo habían intentado, como parte de la milicia musulmana y contra Rusia. La tropa de Atta empezó a llegar a Estados Unidos, con visas de Arabia Saudita, en los primeros meses de 2001. En el verano boreal de ese año, Atta, Jarrah y Shehhi cruzaron Estados Unidos en vuelos regulares de Oeste a Este y viceversa, para estudiar el movimiento de las tripulaciones y sus rutinas de vuelo, y definir si podrían abordar alguno de esos aviones con algún tipo de arma
Con sus voluntarios suicidas en pleno entrenamiento, Atta viajó a España para informar de sus planes a Al-Qaeda. Mientras tanto, el libanés Ziad Jarrah y el saudí Hani Hanjour, que serían los pilotos de United 93 que cayó en Pensilvania y del American 77 que se estrelló en el Pentágono, estudiaban posibles rutas de vuelo entre New York y Washington: incluso alquilaron aviones pequeños para practicar vuelos a baja altura
Bin Laden estaba ansioso e inquieto. Y frustrado. Presionó a Khalid Mohammed para que diera luz verde al ataque. Primero lo fijó para mayo de 2001, para que fuese un recuerdo y una “celebración” del atentado contra el destructor americano USS Cole, cometido siete meses antes, el 12 de octubre de 2000, que mató a diecisiete marineros y dejó treinta y nueve heridos. Después fijó una nueva fecha para junio o julio, cuando el entonces primer ministro de Israel, Ariel Sharon, visitara la Casa Blanca y al entonces flamante presidente George W. Bush, que había asumido en enero. Atta se mantuvo inconmovible: no iba a dar un solo paso adelante hasta que él y su grupo no se sintiera preparado.
La elección de la fecha: por qué el líder de los terroristas eligió el segundo martes de septiembre, el 11S
Recién a fines de agosto Atta dijo a Al-Qaeda cuándo sería el ataque: el segundo martes de septiembre. Por qué tomó esa decisión, es todavía un misterio. Los investigadores sugirieron tres hipótesis. La primera, la más probable, dice que los terroristas habían comprobado que los martes volaba menos gente que en el resto de la semana; de hecho, en cada uno de los cuatro aviones secuestrados viajaban menos de cien personas. Con poca gente a bordo, les sería más sencillo dominar al pasaje y a la tripulación.
La segunda hipótesis arriesga que Atta vio en la fecha, 9/11, un remedo del tradicional número de emergencias policiales en Estados Unidos. La tercera dice que eligió ese día a modo de revancha histórica: el 9 de septiembre de 1683 empezó la llamada Batalla de Viena que terminó con la humillante derrota del Imperio Otomano a mano de las fuerzas cristianas, y marcó de algún modo el inicio de la decadencia del Islam en Europa.
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No todos pensaban en símbolos. A medida que se acercaba la fecha del ataque, otros miembros del pequeño ejército de Atta se dedicaban a asuntos un poco más terrenales, conscientes de que iban a matar, a morir y a acceder al ansiado y acaso incómodo paraíso. Por ejemplo, Abdul Azis al-Omari y Satam al-Suqami, dos de los “musculosos” que abordarían junto a Atta el vuelo de American Irlines 11, pagaron unos cientos de dólares, todos aportados por Al-Qaeda, por los servicios de dos prostitutas contratadas a un servicio de “escort” con un nombre de inocente malicia, pero en todo caso alejado de cualquier paraíso: “Sweet Tempations – Dulces tentaciones”. Uno de ellos volvió a pedir los servicios de las damas dos veces en un día. En New Jersey, otro de los “musculosos” que asesinaría a los pilotos del vuelo 93 de United Airlines, también pagó unos cuantos dólares por un servicio clasificado con un eufemismo sugerente, “danza privada”, en el salón vip de un “bar a go-go”.
El terrorista piloto del United 93, Ziad Jarrah, fue recordado luego por sus compañeros de la escuela de aviación en la que cursó seis meses, entre junio de 2000 y abril de 2001, porque era un gran bebedor de cerveza, una conducta impensable en un obediente de las estrictas normas del Islam. El propio Atta, junto a Marwan al-Shehhi, de Emiratos Árabes, que sería el piloto destinado a estrellar el avión de United 175 contra la Torre Sur del World Trade Center, se habían pescado tremendas borracheras en el “Shuckum’s Oyster Pub and Seafood Grill”, un bar temático deportivo en Hollywood, Florida, durante los días de sus cursos de vuelo. El gerente del bar, Tony Amos, fijó sus gustos: Atta bebía vodka con jugo de naranjas y Shehhi, ron con Coca Cola.
Una vez saciadas sus ansias terrenales, quién sabe si todas, los terroristas se prepararon para su momento supremo en Boston, Washington y en New Jersey. En la mañana del 10 de septiembre, Atta dejó el hotel donde se hospedaba, el Milner de Boston. Llevaba un equipaje normal y uno de mano, marca Travelpro, esos bolsos semirrígidos, con ruedas y una manija que los hace fácilmente transportables y que caben en los portamantas de los aviones.
Si alguien hubiese dado un vistazo a ese equipaje, hubiera pensado que su dueño era un musulmán devoto que había aprobado sus cursos de vuelo. Junto al Corán y a un libro de oraciones, el bolso de Atta contenía unas lecciones en vídeo sobre cómo volar dos tipos diferentes de aviones Boeing y un manual de indicaciones para simuladores de vuelo. También cargaba en ese bolso que llevaría a bordo, una especie de navaja plegable y un pequeño aerosol con gas pimienta marca “First Defense”. Por entonces, las normas de seguridad permitían llevar a bordo navajas con hojas de acero que no excedieran las cuatro pulgadas, unos diez centímetros. Ya nada volvería a ser igual.
En un bolsillo interno del equipaje de mano, Atta escondía una carta de cuatro páginas escritas a mano, en árabe, dividida en tres secciones, que exhibía las aspiraciones físicas y espirituales de su dueño: exhortaba al martirio y a los asesinatos en masa, daba precisas instrucciones que abarcaban desde las tácticas de batalla hasta el arreglo personal, y aseguraba a los mártires la vida eterna en compañía de “ninfas”. Después de las invocaciones formales “en nombre de Alá, el compasivo, el misericordioso”, la primera de las tres secciones, titulada “La última noche”, aconsejaba:
“Abrace la voluntad de morir y de renovar su lealtad”.
“Aféitese el vello corporal extra y use colonia”.
“Rece”.
“Familiarícese bien con el plan en todos los aspectos y anticipe las reacciones y la resistencia del enemigo”.
“Lea Al-Tawabh (Arrepentimiento en el Corán), y reflexione sobre su significado y sobre lo que Alá ha preparado para los creyentes y los mártires en el Paraíso.”
“Examine su arma antes de partir y, como le fue dicho, cada uno de ustedes debe afilar su hoja, salir y llevar a cabo su sacrificio”.
Copias de esa misma carta estaban ya en manos de al menos otros dos terroristas: uno integraba el equipo que subiría en New Jersey al United Airlines 93, que se estrellaría en Pensilvania; el otro afilaba sus armas en las afueras de Washington antes de abordar el Boeing B757 que se estrellaría en el Pentágono.
Después de dejar el hotel de Boston, Atta cargó su equipaje en un Nissan Altima de color azul, alquilado, para ir a buscar al hombre que si bien no había escrito las cartas instructivas, las había copiado: eral Abdul Azis al-Omari, de veintidós años, el mismo que en esos días, había pedido un delivery de prostitución al “Sweet Tempations”. A las cinco y cuarenta y tres de la tarde llegaron al Comfort Inn, de South Portland, Maine; los vieron cargar combustible en una estación de la Exxon, quedaron registrados cuando retiraron efectivo de dos cajeros automáticos de ATM, hicieron unas compras en una tienda Walmart y, según el FBI, comieron en un local de Pizza Hut. Pasaron la noche en la habitación 232 del Comfort.
Al día siguiente, 11 de septiembre, Atta y Omari llegaron al Jetport International Airport de Portland, donde estacionaron el Nissan alquilado. Eran las cinco cuarenta de la mañana. A las seis, abordaron el vuelo BE-1900 de una pequeña empresa, Colgan Air; era también un avión pequeño que cubriría el breve trayecto hasta el Aeropuerto Internacional de Logan, en Boston. Tampoco se sabe por qué los dos terroristas eligieron ese vuelo corto, de conexión, para abordar luego el American Airlines 11. Los investigadores arriesgan, es una hipótesis, que no quisieron llamar la atención: esa mañana habría demasiados pasajeros de Medio Oriente en el aeropuerto. Serían diez: Atta, Omari, los otros tres terroristas del equipo, y los cinco que subirían al United 175, los dos aviones se estrellarían contra las Torres Gemelas. Es posible también que Atta y Omari hayan pensado que en el pequeño aeropuerto de Portland la seguridad sería más laxa.
Allí, Atta hizo el check-in suyo y el de Omari; llevó consigo a bordo dos bolsos: su Travelpro negro y un segundo, de Omari, con ruedas, color verde, que contenía su libreta de cheques, su pasaporte de Arabia Saudita, un diccionario árabe-inglés, tres libros de gramática inglesa, un pañuelo, un billete de veinte dólares, un frasco de champú anticaspa marca Brylcreem y otro de perfume. Todavía se podían cargar esas cosas en el equipaje de mano.
Cuando recibió su tarjeta de embarque, Atta pidió al agente del aeropuerto de Portland que le diera su tarjeta para abordar el vuelo de American Airlines 11 con el que pensaba volar a Los Ángeles, pero el empleado le dijo que eso no era posible, que en Boston debía hacer otro chequeo. Luego de los atentados, ese empleado reveló que Atta se había puesto furioso, se le había transformado la cara y se quejó: a él le habían dicho que sólo debía hacer un check-in. El empleado recurrió a la psicología para poner fin al incidente: le dijo, muy calmado, que se apurara si no quería perder su vuelo a Boston.
Los dos terroristas pasaron sin problemas por el detector de metales del aeropuerto de Portland, calibrado para sonar ante una cantidad de metal equivalente a un arma de fuego o a un cuchillo grande. También pasaron el control de rayos X de sus equipajes de mano. A Atta le duraba todavía la rabieta; lucía un rostro severo, vestía una camisa azul oscuro y pantalones también oscuros: podía pasar por el uniforme de un piloto. Omari, en cambio, vestía una camisa en la gama del crema y pantalones caqui.
El equipaje de bodega de Atta fue retenido para una revisión extra de seguridad en busca de explosivos. Se trataba de un programa conocido como CAPPS, Computer Assisted Passenger Prescreenings System, que usaba un algoritmo para determinar por azar cuáles equipajes se debían revisar y evitar así las quejas basadas en actos de discriminación por raza, etnia, nacionalidad u origen del pasajero. El aeropuerto de Portland ni siquiera tenía un detector de explosivos, las valijas que no sometidas a revisión, quedaban en espera hasta que su dueño subía a bordo. Era una precaución para que no fuese cargado en la bodega de un avión un equipaje con explosivos y sin dueño. Nadie pensaba entonces en un comando suicida. Cuando Atta subió al avión, su valija fue cargada en la bodega.
Las armas de los terroristas no eran explosivos. En los meses previos al ataque, Atta había comprado dos cuchillos o pequeñas navajas “Swiss Army” y una pinza multiuso marca Leatherman, que incluía un cortaplumas. En su último viaje a España, cuando informó a Al-Qaeda sobre sus planes, Atta había revelado que él y dos de los terroristas pilotos de su equipo, Ziad Jarrah, que abordaría el vuelo United 93, y Marwan al-Shehhi, que pilotearía el United 175, se las habían ingeniado para llevar a bordo dos “cutters” de los usados para cortar cajas de cartón. Nunca se pudo establecer si Atta y Omari cargaron con esas armas a bordo y, si lo hicieron, por qué no fueron detectados, o si esas dos armas estaban dentro de los límites que podían formar parte del equipaje de mano de un pasajero.
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A las seis cuarenta y cinco, el pequeño avión de Colgan llegó al aeropuerto de Logan, en Boston, y Atta y Omari pasaron sin problemas por el scanner de seguridad. A las siete y treinta y nueve subieron al vuelo 11 de American Airlines con destino a Los Ángeles, un destino que nunca iba a alcanzar. Se sentaron en los asientos 8D y 8G, los dos del medio en la distribución dos-dos-dos del Boeing. En primera clase, en las butacas 2A y 2B, ya estaban sentados los hermanos Wail y Waleed al Sheri: ambos al lado de la cabina de los pilotos: el avión no tenía fila 1. El quinto miembro de grupo, Satam al-Suqami, de Arabia Saudita, un “musculoso”, viajaba en la butaca 10B, sobre el pasillo y dos filas más atrás que Atta y Omari. El jefe del servicio de vuelo, Michael Woodward, cumplió con su rutina: dio la bienvenida a todos los pasajeros que volaban a Los Ángeles.
En el aeropuerto Dulles de Washington y en el aeropuerto Newark de New Jersey sucedió algo muy parecido. Los diecinueve terroristas suicidas ocuparon sus asientos y esperaron a que los aviones despegaran. El primero en hacerlo, a las ocho de la mañana, fue el American Airlines 11, con Mohammed Atta y sus cuatro “musculosos” a bordo. El último en despegar fue el United Airlines 93, que alzó vuelo a las ocho cuarenta y uno desde New Jersey.
Cinco minutos después de ese último despegue, a las ocho cuarenta y seis y treinta segundos, Atta estrelló el Boeing de American contra la Torre Norte del World Trade Center.
Y todo cambió para siempre.
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INTERNACIONAL
Ontario premier wants Republicans to lose House and Senate over Trump’s trade war

NEWYou can now listen to Fox News articles!
Ontario Premier Doug Ford said on Thursday that he hopes Republicans in the U.S. lose both the House and Senate in the upcoming midterm elections, suggesting that voters should punish President Donald Trump for his moves to escalate the ongoing trade war with Canada.
«Hopefully, he’s going to lose the Senate. He’s going to lose Congress. I hope so, and hold him accountable,» Ford said.
«But we’ll see how that goes. We aren’t going to interfere in the U.S. election,» he continued.
Ford has become one of Trump’s most outspoken critics in Canada, accusing the president of attempting to move Ontario’s businesses and jobs across the border to the U.S.
CANADIAN PM TELLS TRUMP TO ‘STOP TRYING TO BE TOUGH’ IN TRADE FIGHT
The U.S. recently escalated the trade dispute by banning some Canadian dairy products and motorcycles as well as most alcoholic beverages after Canada’s retaliatory tariffs. (Anna Moneymaker/Getty Images)
«He’s not reliable at all,» Ford said. «He could make a deal today and then change his mind. And we’ve seen that over and over again.»
Ford said he still believes Trump would like to reach a deal before the midterms and that Canada should return to the negotiation table as soon as possible.
«I truly believe President Trump wants a deal before the midterms,» Ford said. «I could be wrong, but I think it’s best that we sit down and get a deal.»
Ford’s comments come just days after the U.S. escalated the trade dispute by banning some Canadian dairy products and motorcycles as well most alcoholic beverages after Canada’s retaliatory tariffs took effect on about $20 billion in U.S. goods.
Trump also took efforts to remove Canadian products from large, long-term U.S. government contracts.
Last year, Trump abruptly ended trade talks with Canada after the Ontario government broadcast an anti-tariff TV ad in the U.S., using quotes from former Republican President Ronald Reagan’s criticism of tariffs.
Trump and Ford have repeatedly exchanged personal jabs over the trade war.
NEW YORK GOV HOCHUL REJECTS TRUMP’S ‘LAKE AMERICA’ RENAMING WITH BLUNT MESSAGE

The U.S. president further escalated tensions with Canada when he signed an executive order to rename Lake Ontario as «Lake America.» (AP Photo/Evan Vucci)
Ford mocked Trump for keeping a portrait of Reagan near his desk while pushing for tariffs the former president had opposed, telling The Associated Press that Reagan would be «throwing up on him from the picture if he knew what was going on.»
Trump, meanwhile, has criticized Ford as «the less charismatic, intelligent, and overall unimpressive brother of the late, great, Rob Ford.»
The U.S. president further escalated tensions with Canada when he signed an executive order to rename Lake Ontario as «Lake America,» a rebranding that Canada does not recognize.
Canada, other international bodies and U.S. states are not forced to follow the renaming, but the order adds to the ongoing tensions between the two countries.
Ford said on Thursday that Trump had unintentionally strengthened Canada by forcing it to cut its dependence on the U.S.
«The only two good things Donald Trump has ever done for Canada» were that «he woke us up» and «he united the country like I’ve never seen before,» Ford said.

Canadian Prime Minister Mark Carney suggested his country may hold off on further retaliation against President Donald Trump’s latest trade measures. (AP Photo/Evan Vucci)
Canadian Prime Minister Mark Carney suggested on Thursday that his country may hold off on further retaliation against Trump’s latest trade measures, describing them as «relatively modest» compared to earlier U.S. moves.
He said his government was still studying the U.S. measures and acknowledged they could have significant consequences for companies and industries, but he said that some of the new U.S. tariffs replaced others that the Trump administration had removed.
«We also recognize that, in the context of other things that the U.S. administration has done … that these are relatively modest measures,» Carney said at a cabinet retreat in Banff, Alberta.
The Associated Press contributed to this report.
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INTERNACIONAL
No lo recuerdan, pero viven sus consecuencias: qué piensan las nuevas generaciones de EE.UU. sobre el ataque del 11-S

Son unas 100 millones de personas desparramadas por todo Estados Unidos con algo en común: no habían nacido, o eran muy pequeñas, cuando se derrumbaron las Torres Gemelas de Nueva York, el 11 de septiembre de 2001.
Para ellos, el peor atentado terrorista sufrido en territorio estadounidense es un episodio lejano o que forma parte de una historia de la que no fueron testigos o no guardan ningún registro en su memoria.
Hoy, en el 25° aniversario de estos ataques perpetrados por la red Al Qaeda, millones de jóvenes estadounidenses buscan entender qué pasó aquella fatídica fecha que marcó un antes y un después en su país.
Cómo los jóvenes estadounidenses se enteran de lo que pasó el 11S
Cada estadounidense mayor de 35 años recuerda perfectamente dónde estaba y que hacía en el momento de los atentados. Pero son cada vez más los que no tienen registros sobre la fecha.
De hecho, el 10% de los adultos actuales nacieron después de 2001, según un reporte del centro de investigación Pew Research Center.
Beth Hillman, presidenta y directora ejecutiva del Museo del 11S de Nueva York, calcula que son unos 100 millones de estadounidenses, poco menos del 30% del total de la población estimada en 349 millones.
Son aquellos que se enteraron de los atentados por el relato de sus padres o de sus maestros.
“Cada año, en el 11 de septiembre a las 8:46am, cuando chocó el primer avión, nuestro director hace un anuncio por los parlantes. Él explica lo que pasó en ese minuto exacto, y pide que hagamos un minuto de silencio para ´conmemorar las vidas que fueron perdidas ese día´“, contó a TN la estudiante de secundaria Charlotte Bowen, alumna de la Beacon High School, en el condado de Dutchess, en el estado de Nueva York.
Bowen, de 17 años, afirmó: “Durante ese minuto se hace un silencio total. Se siente bastante fuerte ese silencio porque uno sabe que todos nos estamos imaginando lo mismo: ´lo que debe haber sido estar en uno de esos aviones´“.
“Además, ese silencio total en un colegio secundario se siente rarísimo; no es natural. Cuando el minuto se acaba, el director nos agradece y ahí se termina el anuncio”, comentó.
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Es un acto simple, pero que recuerda un hecho que marcó para siempre al país.
Su escuela comunicó además que este viernes habrá una clase especial sobre el aniversario. “Nuestro profesor de Economia y Gobierno nos avisó que vamos a hablar de lo que pasó en los días previos al 11S, por qué pasó lo que sucedió ese día y el efecto que tuvo después”, contó.
Pero para ella, como para millones de niños, adolescentes y jóvenes estadounidenses, es un episodio difícil de asimilar.
“Lo percibo como algo históricamente lejano, pero a la vez lo siento emocionalmente más o menos cercano, por el hecho de que mi mamá estuvo ahí y me ha contado historias de lo que ella vivió. Algunas veces me pongo a pensar y me causa sentimientos de temor. Pero históricamente lo veo como algo que pasó hace tiempo”, sostuvo.
Su madre, Erica Costalonga, es docente de español de la Manitou School de Cold Spring, en el estado de Nueva York. Nacida en la Argentina, estaba en Manhattan, a pocas cuadras de las Torres Gemelas, cuando ocurrió el ataque.
Ella sintió entonces el estruendo del primer avión cuando sobrevoló cerca del instituto de enseñanza de idioma inglés en el que estudiaba esa mañana. Pocos segundos más tarde, el aparato se estrellaría contra las primeras de las dos torres.

Veintinco años después, contó a TN que los más jóvenes “se interesan (por el tema del 11 de septiembre), pero lo perciben como algo que pasó hace mucho tiempo”.
“En mi escuela, que es privada e independiente y va hasta octavo grado, no se hace una mención específica del 11S justo en la fecha del aniversario. En lugar de eso, el tema se incorpora de forma orgánica en diferentes materias a lo largo del año”, indicó.
Según afirmó, el episodio se comenta “en materias de humanidades como historia, o al hablar de los bomberos de la comunidad con los más chicos”.
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“Recuerdo que mi hija tuvo que leer en tercer grado una historia de ficción que transcurría durante los hechos del 11S. Yo estaba preocupada porque no quería que le generara miedo o preocupación, pero ella lo percibía como algo que había ocurrido hacía muchísimo tiempo, como un hecho lejano del pasado”, sostuvo.
Lucía, cuyo apellido se preserva por pedido de sus padres latinos, tiene 12 años y estudia en una escuela primaria de Austin, en Texas.
“En mi escuela casi siempre se enfocan más en los héroes, en la historia de la gente que estaba en los aviones y trataron de hacer algo o avisar lo que estaba pasando. O en la gente que entró a las torres para salvar a las víctimas. A veces también nos muestran un video con la historia de algun héroe”, contó a TN.

Se trata de una manera de preservar fresca en la memoria colectiva un hecho traumático que marcó a fuego la historia contemporánea estadounidense, pero de la que cada vez más norteamericanos se sienten ajenos por no haberlo vivido personalmente.
Por ello, el Museo del 11S de Nueva York busca mantener vivo el recuerdo a través de la divulgación, la educación y la implicación de las nuevas generaciones en un hecho trascendente de la historia nacional.
Así, forma voluntarios para conectar con los más jóvenes durante visitas escolares al museo, que recibe 2,4 millones de visitantes al año.
Una investigación de Pew Research Center, realizada entre jóvenes de 18 a 24 años, reveló que el 60% de este segmento de la población estadounidense se enteró de los atentados en clase o a través de tareas escolares.
Un 16% oyó hablar del tema por familiares o amigos, un 8% leyendo o viendo videos por su cuenta y un 1% de “otra forma”. El 14% no está seguro siquiera de cómo se enteró.
Pero todos ellos guardan algo en común: conviven “con las consecuencias de las decisiones que se tomaron tras el 11S”, como políticas de inmigración más agresivas o las invasiones militares en Afganistán e Irak, dijo Deepa Iyer, autora de ‘We Too Sing America’, un libro que aborda el impacto de los atentados terroristas en las comunidades del sur de Asia, árabes y musulmanes, citada por EFE.
Más allá de los recuerdos y la memoria, los atentados terroristas del 11 de septiembre cambiaron para siempre la realidad del país.
11 de septiembre de 2001, Estados Unidos, Sumario
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