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Malvinas y la apuesta por Donald Trump

La agencia Reuters publicó una noticia sobre un correo electrónico interno filtrado del Pentágono en el que un funcionario estadounidense habría propuesto revisar el respaldo diplomático de Washington a las “posesiones imperiales europeas”, incluyendo las Islas Malvinas. La medida sería parte de las represalias contra los aliados de la OTAN que no apoyaron las operaciones militares de Estados Unidos en Irán. La noticia fue recogida de inmediato por diversos medios y recorrió el mundo.
En el caso del gobierno argentino, es muy probable que esto se celebre como una victoria propia. Es que en el ecosistema de comunicación mileísta -redes sociales, streamings, analistas de internacional y de defensa afines al gobierno- viene circulando desde hace tiempo la hipótesis de que la subordinación incondicional de Argentina a Donald Trump está abriendo una ventana histórica para que Estados Unidos interceda activamente en favor del reclamo argentino. Los escenarios van desde presiones para negociar hasta fórmulas de soberanía compartida o una base militar estadounidense en las Islas.
Esa hipótesis es, a su vez, alimentada por otros factores convergentes. Uno de ellos son las fricciones entre la administración Trump y el Reino Unido. Trump ha cuestionado públicamente el liderazgo del primer ministro Keir Starmer y viene presionando a Londres para que incremente su gasto en defensa. Starmer, por su parte, ha intentado sostener el vínculo transatlántico sin alinearse plenamente con las posiciones estadounidenses en Ucrania, Groenlandia y Medio Oriente. Algunos analistas han interpretado este clima de tensión como una señal de que la “relación especial” tiene los días contados.
A ello se suma un componente ideológico. Figuras prominentes del movimiento MAGA -con el vicepresidente JD Vance como emblema- comparten con sectores del mileísmo la teoría conspirativa del “Gran Reemplazo”, según la cual Europa occidental estaría siendo islamizada por efecto de la inmigración masiva y abandonando los valores de la civilización occidental. Esta mirada encuentra eco en la propia Estrategia de Seguridad Nacional de 2025, que advierte sobre un “riesgo civilizacional”. Desde esta perspectiva, si el Reino Unido forma parte de ese proceso de declive, no habría razones para que Estados Unidos preserve su alianza estratégica.
Ahora bien, cuando se la examina con detenimiento, la hipótesis del gobierno argentino parece pasar por alto una serie de fundamentos tanto históricos como coyunturales.
En primer lugar, la alianza angloestadounidense es el vínculo estratégico más duradero de Washington. Durante más de dos siglos se ha conformado una sólida arquitectura consolidada de cooperación en inteligencia, defensa y tecnología. Incluso en el actual contexto de tensión con Irán, Estados Unidos ha utilizado bases británicas para sus operaciones y ambos países acaban de firmar una alianza histórica en inteligencia artificial y tecnología militar por más de 2000 millones de dólares. A ello se suma la creación en 2021 de AUKUS, la alianza tripartita con Australia para el Indo-Pacífico, que confirma que el eje de la relación se desplaza hacia lo tecnológico-militar. Lejos de debilitarse, este entramado refuerza su solidez y lo vuelve menos dependiente de los ciclos políticos.
En segundo lugar, el Reino Unido tiene el tiempo a su favor. Trump puede ser disruptivo, pero es transitorio. Si Londres opta por resistir cualquier presión, su estrategia más simple es esperar a que llegue el recambio en la Casa Blanca. A ello se suma un dato clave: no existe en el sistema político británico disposición alguna a discutir la soberanía de las islas. Frente a episodios como la filtración del Pentágono, la respuesta del arco político británico ha sido unívoca, señalando que la soberanía no está en discusión. Mientras tanto, el Reino Unido incrementa año a año su presencia militar en el Atlántico Sur. La combinación de firmeza política, horizonte temporal favorable y fortalecimiento militar reduce al mínimo la supuesta “ventana de oportunidad” que imagina el gobierno argentino.
En tercer lugar, Londres tiene una carta para jugar que Buenos Aires no podría igualar. Aun en el escenario más favorable para la Argentina (esto es, que Trump decidiera presionar al Reino Unido) la respuesta británica difícilmente sería ceder, sino contraofertar. Desde una mayor presencia militar estadounidense en las islas hasta fórmulas de cooperación o administración conjunta, Londres está en condiciones de ofrecer a Washington beneficios estratégicos más atractivos. A ello se suma una asimetría estructural: la capacidad naval y de proyección del Reino Unido en el Atlántico Sur es muy superior a la argentina. En ese marco, las Malvinas resultan un activo más valioso para Estados Unidos bajo control británico, lo que vuelve aún menos plausible cualquier transferencia de soberanía.
En cuarto lugar, Trump está generando un reacercamiento entre Europa y el Reino Unido. El Brexit había abierto un margen al romper el respaldo automático de la Unión Europea a Londres, como se evidenció en la cumbre UE-CELAC de 2023 en Bruselas, que utilizó la denominación “Islas Malvinas/Falkland Islands”. Sin embargo, desde el retorno de Trump a la Casa Blanca se acelera un proceso de recomposición entre el Reino Unido y Europa, impulsado en buena medida por la propia incertidumbre transatlántica. A medida que Londres y Bruselas reanudan su cooperación, el apoyo europeo al reclamo argentino tiende a diluirse, cerrando una de las pocas ventanas favorables que se habían abierto en los últimos años.
En quinto lugar, el Reino Unido avanza en el vecindario estratégico de la Argentina. Mientras el gobierno de Milei muestra un marcado desinterés por la integración regional, Londres profundiza silenciosamente sus vínculos militares en el Cono Sur. Brasil y el Reino Unido firmaron una alianza estratégica 2026-2030 que incluye cooperación militar y el respaldo británico a la aspiración brasileña de un asiento permanente en el Consejo de Seguridad de la ONU. También se viene acrecentando la cooperación en defensa con Uruguay y Chile. Esta falencia no es menor: una Argentina que se desentiende de sus vecinos mientras el Reino Unido debilita su posición en el espacio geopolítico donde más se juega la cuestión Malvinas.
En sexto lugar, el contexto interno en Estados Unidos también complica la apuesta. Incluso si se asumiera que Trump tuviera la voluntad de presionar al Reino Unido en favor de la Argentina, las divergencias al interior de su gobierno lo harían más difícil. La guerra contra Irán ha generado tensiones tanto en las Fuerzas Armadas como dentro del movimiento MAGA, evidenciando un malestar creciente frente a compromisos externos que no se perciben como prioritarios. Este cuadro no implica que Trump abandone su propensión disruptiva, pero sí márgenes más acotados para emprender aventuras geopolíticas de alto costo político y estratégico.
Por último, el Gobierno está deteriorando sus vínculos con los aliados más consistentes del reclamo argentino. China y Rusia se han manifestado históricamente favorables a la posición argentina en foros internacionales. El enfriamiento de esas relaciones, en el marco del alineamiento incondicional con Washington, puede debilitar apoyos que llevó décadas construir, a cambio de la benevolencia de un actor que, como demuestra la historia, ha optado sistemáticamente por el Reino Unido cada vez que debió elegir.
Cuando, en 1982, el general y presidente de facto Leopoldo Galtieri ordenó ocupar las Malvinas, lo hizo convencido de que Washington permanecería neutral o que, en todo caso, propiciaría una negociación con el Reino Unido. El error de cálculo fue monumental. Una década más tarde, Carlos Menem también creyó que las “relaciones carnales” con Washington y una política de seducción hacia los isleños redundarían en un apoyo estadounidense y en una mayor receptividad del Reino Unido. Tampoco ocurrió. Cuatro décadas después del primero y tres después del segundo, el gobierno de Javier Milei parece dispuesto a repetir una versión actualizada de la misma apuesta fallida, basada más en deseos que sobreestiman lo coyuntural y subestiman lo estructural.
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Advierten que la ley por Malvinas incluye amenazas a la libertad de expresión y riesgos de censura

El proyecto de Ley de Defensa de la Soberanía Nacional que el gobierno de Javier Milei envió al Congreso generó cuestionamientos por las posibles limitaciones a la libertad de expresión y de prensa y los riesgos de censura que podrían derivarse de algunos de sus artículos. La iniciativa incorpora nuevos delitos vinculados con la “desinformación masiva”, la “manipulación de la opinión pública”, la influencia extranjera y las operaciones clandestinas, con penas que parten de cinco años de prisión y, en algunos casos, llegan hasta 20. Constitucionalistas y dirigentes de la oposición consultados por Infobae advirtieron sobre tipos penales abiertos, márgenes de discrecionalidad y un eventual efecto intimidatorio que podría favorecer la autocensura.
“Hay riesgos claros de censura previa a través de lo que se llama el efecto intimidante”, afirmó el constitucionalista Andrés Gil Domínguez, quien cuestionó la combinación entre definiciones que considera indeterminadas y sanciones penales elevadas. “El miedo a un tipo penal de estas características. Vos empezás a cuidar lo que vas a decir”, explicó.
El principal punto de controversia está en el artículo 111 del proyecto, que propone incorporar un nuevo artículo 225 bis al Código Penal. La norma establece entre cinco y doce años de prisión para quien, actuando por cuenta, orden o financiamiento total o parcial de un Estado extranjero, una organización o un agente extranjero, procure alterar procesos electorales o “manipular la opinión pública mediante campañas coordinadas de desinformación masiva”. La pena aumenta a ocho a quince años cuando la conducta se comete mediante amenazas, sobornos, coerción o utilización de estructuras criminales.
La discusión sobre la libertad de expresión también abarca el artículo 88, que contempla como infracción contra la Seguridad Nacional determinadas conductas vinculadas con un Estado u organización extranjera que interfieran, mediante medios “clandestinos, engañosos o coercitivos”, en el proceso decisorio de las autoridades argentinas. El artículo 90 convierte al Consejo de Seguridad Nacional en autoridad de aplicación de ese régimen y el artículo 97 le permite tomar medidas urgentes frente a una amenaza considerada “grave e inminente”, incluso antes de que se inicie formalmente un procedimiento sancionatorio.
Desde el Gobierno aclararon que la aplicación de esos artículos solo apunta respecto de “quien actúa por cuenta y orden de un Estado u organización extranjera para generar campañas de desinformación masivas en el territorio” y resaltaron que la iniciativa “no tiene nada que ver con perseguir al periodismo”.
“Se deberá demostrar que la campaña fue masiva, y que se actuó por cuenta y orden de un Estado extranjero o con su financiamiento”, destacaron.

Las dudas sobre la definición de desinformación
Más allá de las aclararciones oficiales, el cuestionamiento central apunta a quién determinará qué constituye “desinformación”, cuándo una campaña busca “manipular la opinión pública”, qué convierte un mecanismo de comunicación en “engañoso” y cuáles serán los parámetros para definir una amenaza a la Seguridad Nacional. Esas preguntas adquieren relevancia por la escala de las sanciones: una interpretación sobre esos conceptos puede abrir una investigación por delitos cuyo mínimo es de cinco años de prisión.
La figura del artículo 111 exige expresamente una conexión con el exterior. El imputado debe actuar por cuenta, orden o con financiamiento total o parcial de un Estado, organización o agente extranjero. Ese elemento restringe el universo de conductas alcanzadas. Sin embargo, para los especialistas consultados por Infobae, la norma no define qué condiciones convierten información falsa o controvertida en una “campaña coordinada de desinformación masiva” ni qué elementos permiten demostrar que una persona procuró “manipular la opinión pública”.
Gil Domínguez señaló que esa falta de precisión entra en tensión con uno de los principios centrales del derecho penal.
“Es un tipo penal abierto, indeterminado, que va en contra de lo que es el principio de legalidad penal, que los tipos penales tienen que ser taxativos, cerrados”, sostuvo.
El constitucionalista cuestionó además la relación entre la conducta descripta y la magnitud de la pena prevista.
Penas previstas y efecto intimidatorio
“Esto de manipular la opinión pública a través de desinformación masiva, con un nivel de penas muy elevado, es casi la misma pena que el homicidio”, señaló.
La comparación requiere una precisión. El homicidio simple tiene actualmente una escala de ocho a 25 años de prisión. La figura agravada incluida en el proyecto tendría entre ocho y 15 años. Ambas comparten, por lo tanto, un mínimo de ocho años, aunque sus máximos son diferentes. El Código Penal vigente establece, además, entre cinco y 10 años para la extorsión y entre cinco y 15 para el secuestro extorsivo. Las comparaciones permiten dimensionar las escalas de castigo, aunque se trate de delitos de naturaleza distinta.
Para Gil Domínguez, el problema constitucional excede la proporcionalidad de las penas.
“Me parece que es un tipo penal que desde el punto de vista formal es inconstitucional. Y desde el punto de vista sustancial, afecta a lo que es la libertad de expresión de un sistema democrático”, afirmó a Infobae.
Su principal advertencia está relacionada con el efecto que una norma penal puede producir antes de cualquier condena. “No es porque te está prohibiendo expresarte, sino porque te genera el daño a expresarte. El daño a criticar. El daño a ser opositor”, sostuvo.
El constitucionalista identifica ese fenómeno como un efecto intimidatorio: la posibilidad de enfrentar una investigación o una pena modifica anticipadamente aquello que una persona está dispuesta a decir, investigar o publicar.
De allí surge su referencia directa a la censura previa. “Es censura previa, a través de lo que se llama el efecto intimidante”, insistió.
Para un medio o un periodista, el interrogante tiene una dimensión particular. La actividad periodística supone recibir información de fuentes de distinta procedencia, mantener contactos internacionales, publicar investigaciones que pueden afectar intereses políticos, económicos o diplomáticos y difundir datos cuya veracidad puede ser controvertida por las personas involucradas. La discusión jurídica que abrirá el Congreso será hasta dónde puede llegar una figura penal relacionada con la desinformación sin condicionar esas actividades.
El constitucionalista Félix Lonigro, también consultado por Infobae, planteó una advertencia en la misma dirección. “Es grave porque, leyendo un proyecto de ley que tiene que ver con la defensa de soberanía nacional, uno se encuentra con esta sorpresa que pareciera nada que ver con el tema de la soberanía”, sostuvo.
Lonigro cuestionó la posibilidad de que una autoridad determine qué información desinforma.
“¿Entonces a quién se pretende castigar? A los que de pronto, con algún tipo de información o simplemente el que critica, dando datos que al Gobierno le parece que desinforman”, afirmó. “Por ese motivo te podrías ligar una denuncia penal por incumplimiento de este artículo”, agregó.
Para Lonigro, el problema reside en “una descripción insólita, de una conducta ambigua” que puede otorgar al Gobierno “un instrumento para perseguir, para condicionar la libertad de expresión”.
El constitucionalista relacionó además esa preocupación con la evolución de las garantías de expresión frente al poder político en la Argentina y recordó la eliminación de la figura del desacato. “Eso es un retroceso”, afirmó.
También cuestionó la graduación de las penas: “Que a este proyecto de figura delictiva le pongan una pena de cinco a doce años […] es una cosa inexplicable”.
Durante la conversación con Infobae, Lonigro comparó esa escala con la prevista para la defraudación contra la administración pública. Esa figura establece actualmente una pena de dos a seis años de prisión, mientras que el delito propuesto para las campañas de desinformación tendría un mínimo de cinco. Y recordó que Cristina Kirchner, por en la causa Vialidad, recibió ese máximo.
El capítulo incorpora además otros delitos relacionados con información y operaciones de inteligencia extranjera.
El artículo 109 prevé entre cinco y 15 años para determinadas conductas relacionadas con la transmisión o entrega de secretos a un Estado extranjero, un servicio de inteligencia extranjero o una persona que actúe por cuenta de ellos. La escala se eleva a ocho a 20 años durante un conflicto armado, una agresión extranjera o cuando la conducta se realice en beneficio directo de un Estado enemigo.
El artículo 110 establece entre tres y 10 años de prisión para quien, con conocimiento de su naturaleza y finalidad, proporcione deliberadamente recursos, documentación, identidades, instalaciones, medios técnicos u otro apoyo material relevante a una operación clandestina de inteligencia desarrollada por cuenta de un Estado extranjero.
Esas figuras contienen requisitos específicos que las diferencian del ejercicio periodístico: exigen conocimiento sobre la operación clandestina, colaboración material y vinculación con actividades de inteligencia extranjera. Sin embargo, la inclusión en el mismo capítulo de una figura construida alrededor de la “desinformación” y la “manipulación de la opinión pública” reforzó las advertencias sobre la necesidad de delimitar con precisión cada conducta.
Otro de los constitucionalistas consultados por Infobae, Diego Armesto, se refirió al uso reiterado de la palabra “amenaza” en el proyecto.
“Hay cosas que hacen ruido, porque con la modificación del Código Penal se permite un cierto grado de discrecionalidad al funcionario o al Ejecutivo”, sostuvo. “La amenaza es un concepto muy ambiguo. ¿Qué es amenaza para un funcionario, para un abogado o para un periodista?”, agregó.
Armesto marcó una diferencia con la noción de “agresión”, que considera más concreta y susceptible de comprobación objetiva.
“La agresión es más concreta. Vos la podés comprobar. Acá habla mucho de amenazas”, afirmó a Infobae.
Para el especialista, la cuestión adquiere importancia porque la determinación inicial quedará dentro del Poder Ejecutivo.
“Queda en cabeza del funcionario o el Poder Ejecutivo o del organismo que crean como órgano de aplicación. Entonces eso abre un cierto margen de discrecionalidad que puede afectar otros derechos”, advirtió.

Ese organismo es el Consejo de Seguridad Nacional, que el proyecto convierte en órgano rector del nuevo sistema y cuya presidencia corresponderá al Presidente. La iniciativa le concede facultades para requerir información de organismos públicos y le asigna la aplicación del régimen sancionatorio del Título IV.
Las sanciones administrativas incluyen multas de entre 30.000 y 180.000 UVA, revocación de autorizaciones, permisos, habilitaciones, concesiones o contratos, impedimentos para contratar con el Estado, pérdida de beneficios fiscales e inhabilitación para intervenir en sectores vinculados con la Seguridad Nacional.
Además, ante una amenaza “grave e inminente”, el artículo 97 permite restringir operaciones de cambio, transferencias y pagos, bloquear temporalmente activos, suspender permisos y concesiones y adoptar otras medidas antes de la apertura formal del procedimiento sancionatorio.
El proyecto establece mecanismos de defensa y revisión judicial. El investigado deberá poder conocer los hechos esenciales de la imputación, presentar un descargo, ofrecer pruebas y obtener una resolución fundada. La norma admite restricciones de acceso cuando exista información clasificada o cuando su difusión pueda comprometer la Seguridad Nacional, derechos de terceros o investigaciones en curso.
Las sanciones y medidas urgentes podrán ser recurridas judicialmente. Sin embargo, la interposición de esos recursos no suspenderá automáticamente los efectos del acto impugnado.
Las objeciones también fueron planteadas en el Congreso.
El diputado Nicolás Trotta (Unión por la Patria), vicepresidente de la Comisión de Libertad de Expresión de la Cámara baja, expresó a Infobae su preocupación por el alcance del proyecto y advirtió que la amplitud y falta de precisión del nuevo tipo penal podría transformarlo en “una herramienta de censura y persecución” contra opositores, periodistas y medios de comunicación. Cuestionó además que esas disposiciones hayan sido incorporadas dentro de una iniciativa vinculada con Malvinas y sostuvo que podrían derivar tanto en “censura previa” como en mecanismos posteriores de “persecución e intimidación”.
Trotta anticipó que trabajará para que esos artículos sean rechazados durante el debate parlamentario y adelantó que buscará que la Comisión de Libertad de Expresión analice específicamente el capítulo. Señaló que la comisión, presidida por La Libertad Avanza, sólo realizó este año su reunión constitutiva y que la oposición ya organizó encuentros informales con entidades periodísticas. “Vamos a pedirle primero a la presidencia que convoque” para discutir estas disposiciones y, si eso no ocurre, los diputados opositores impulsarán una nueva reunión por su cuenta, afirmó.
La diputada Mónica Frade, de la Coalición Cívica y que también integrante de la Comisión de Libertad de Expresión de la Cámara baja, cuestionó la iniciativa en declaraciones realizadas a Infobae.
“El proyecto encubre intereses que nada tienen que ver con el título del Proyecto, ni la soberanía, ni la defensa de Malvinas. Introduce un nuevo tipo penal, el de la ‘desinformación’, además de resultar un instrumento de control político, profundizará la autocensura en un contexto de ataque sistemático a periodistas y opositores”, afirmó.
Frade vinculó además sus objeciones con el artículo 18 de la Constitución: “Sus tipos penales vagos y abiertos afectan la garantía de defensa. Es un proyecto inconstitucional”.
La palabra utilizada por la diputada, “autocensura”, coincide con una de las consecuencias que los constitucionalistas consultados observan ante la amenaza de sanciones penales elevadas: la decisión de limitar preventivamente una expresión para evitar la posibilidad de ser investigado.
A esas objeciones se sumaron públicamente otros dirigentes opositores. El diputado de la Coalición Cívica Maximiliano Ferraro advirtió que la norma podría convertirse en una herramienta penal de “persecución política” y cuestionó la amplitud del nuevo delito relacionado con la desinformación. El radical Pablo Juliano también expresó reparos sobre la posibilidad de que acusaciones políticas sobre operaciones o intentos de desestabilización puedan transformarse, a partir de una interpretación amplia de la nueva figura, en denuncias penales.

El Foro de Periodismo Argentino (FOPEA) planteó una advertencia institucional sobre el artículo. La organización reclamó una delimitación taxativa de expresiones como “manipular la opinión pública” y “desinformación”, y pidió incorporar garantías específicas para proteger opiniones, informaciones y críticas comprendidas dentro de la libertad de expresión.
Frente a esos cuestionamientos, fuentes oficiales explicaron a Infobae que el proyecto fue diseñado dentro del funcionamiento institucional previsto por la Constitución y que las decisiones que adopte el Poder Ejecutivo o el Consejo de Seguridad Nacional estarán sujetas al control judicial. En el Gobierno rechazan que el nuevo organismo pueda actuar como un poder independiente o sin límites y sostienen que las medidas previstas forman parte de un régimen administrativo sancionatorio, con procedimientos, derecho de defensa y posibilidad de revisión ante la Justicia. La posición oficial es que, en última instancia, será el Poder Judicial el que podrá controlar y eventualmente revertir las decisiones que adopte la administración.
Las mismas fuentes señalaron que las facultades incorporadas al proyecto buscan responder a amenazas externas que cambiaron de naturaleza y que ya no se limitan a una agresión militar convencional. Según explicaron, los nuevos riesgos incluyen operaciones clandestinas, acciones de influencia extranjera y otras amenazas denominadas “no cinéticas”, que pueden afectar decisiones estratégicas, procesos institucionales o intereses nacionales sin recurrir a un enfrentamiento armado. Para el Gobierno, ese cambio obliga a actualizar las herramientas legales disponibles y a establecer mecanismos de coordinación entre distintos organismos del Estado.
Desde la Casa Rosada sostienen además que esas atribuciones deben analizarse junto con los controles democráticos e institucionales vigentes. Señalan que las medidas administrativas podrán ser discutidas judicialmente, que el Congreso tendrá la posibilidad de modificar y precisar el proyecto durante su tratamiento y que varias de las herramientas incorporadas tienen antecedentes en legislaciones de otros países, particularmente en materia de seguridad nacional.
El proyecto se encuentra ahora en manos del Congreso, que deberá definir el contenido definitivo de esas figuras. El debate incluirá la precisión con la que quede definido el concepto de desinformación, los requisitos para acreditar una campaña coordinada, la prueba del vínculo con un Estado, organización o agente extranjero, la proporcionalidad de las penas, las facultades del Consejo de Seguridad Nacional y las salvaguardas para evitar afectaciones sobre periodistas, medios, dirigentes y ciudadanos.
POLITICA
Karina Milei evalúa no viajar con Javier Milei a Estados Unidos para concentrarse en la agenda del Gobierno

Karina Milei no prevé acompañar a Javier Milei en el viaje que comenzará el lunes por la noche a Estados Unidos para concentrarse en la agenda política del Gobierno. En la Casa Rosada aseguran que, por ahora, la secretaria general permanecerá en Buenos Aires y mantiene en agenda la reunión semanal de la mesa política.
“Karina por ahora no viaja. Tiene la reunión de mesa política”, explican funcionarios de primera línea. La definición todavía puede modificarse antes de la partida presidencial, prevista para las 23 del lunes, pero en el entorno de la secretaria general trabajan sobre la hipótesis de que se quede en el país.
La presencia de Karina es determinante para el funcionamiento de ese espacio. Cerca de la conducción oficialista reconocen que si finalmente viaja a Nueva York, la mesa política será postergada. La reunión reúne a los principales responsables del armado político, parlamentario y económico y viene funcionando los martes.
La decisión se analiza en una semana especialmente cargada para el Gobierno. El oficialismo abrió la negociación del Presupuesto 2027, busca recomponer la coordinación después del conflicto por Discapacidad y mantiene conversaciones para avanzar con la suspensión de las PASO, el proyecto por Malvinas, el super-RIGI y la reforma de la Carta Orgánica del Banco Central.
Karina también tiene varias reuniones políticas previstas o en preparación. Una de las conversaciones abiertas es con el PRO, aunque desde ese partido aclaran que todavía no está agendado formalmente un encuentro para el jueves. La Casa Rosada intenta sostener los acuerdos parlamentarios mientras comienza a ordenar el esquema electoral para 2027.
La mesa política llegará además atravesada por los cuestionamientos de Patricia Bullrich. La senadora cuestionó que los cambios sobre Discapacidad incluidos en el Presupuesto no hubieran sido anticipados y puso en discusión el funcionamiento del espacio. En el Gobierno reconocen un problema de coordinación, pero cuestionan que las diferencias hayan sido expuestas públicamente.
La discusión no es menor para Karina Milei, que concentra la conducción política de La Libertad Avanza. La secretaria general les pidió esta semana a los legisladores bajar la confrontación con gobernadores y aliados hasta diciembre, mientras el Gobierno intenta reunir los votos para su paquete de leyes y evitar que la campaña electoral cierre antes de tiempo los canales de negociación.
POLITICA
Santilli habló del video de Bullrich con el tema de Lali Espósito: “Estuvo muy bien, divertido”

El jefe de Gabinete, Diego Santilli, sostuvo este sábado que la mesa política del Gobierno aborda los temas de agenda cada martes, al ser consultado sobre el reclamo de la senadora de La Libertad Avanza Patricia Bullrich por no haber sido informada de los cambios en temas de discapacidad incluidos en el Presupuesto 2027.
La respuesta expuso una diferencia sobre el alcance de esas reuniones: mientras la senadora denunció que la modificación no fue tratada, el funcionario afirmó que las discusiones internas existen, aunque admitió que no todos los asuntos se analizan con el mismo grado de detalle.
Santilli no precisó si el punto específico sobre discapacidad había sido analizado antes de que Bullrich se retirara del encuentro. En cambio, reiteró el criterio de discusión colectiva: “Los temas nuestros los hablamos el martes”, insistió.
Los cambios cuestionados figuran en el Capítulo VI del proyecto presupuestario y alcanzan artículos de la ley 27.793, de Emergencia en Discapacidad, y de la ley 24.901, que regula las prestaciones básicas de atención integral desde 1997. Según publicó Infobae, la iniciativa elimina los valores universales de referencia del Nomenclador de Prestaciones Básicas y modifica el esquema de actualización de los aranceles.
Santilli afirmó que la definición política sobre discapacidad todavía depende de la discusión legislativa en la Cámara de Diputados. El jefe de Gabinete reveló que el Gobierno trabaja con el presidente de Diputados, Martín Menem, y el Ministerio de Salud para resolver el texto antes de responder a los cuestionamientos de Bullrich.
Durante un diálogo con periodistas, Santilli también se refirió al video que difundió la senadora mientras escuchaba una canción de Lali Espósito. “Estuvo muy bien, estuvo divertido el video de Patricia y hay que tomarlo así”, sostuvo.
Santilli dijo que Bullrich se retiró antes de la reunión del martes

El jefe de Gabinete ubicó la discrepancia en el funcionamiento de la mesa política, donde, según explicó, se debaten los asuntos que luego impactan en la agenda parlamentaria. “Tenemos una mesa de trabajo los martes. En esa mesa de trabajo hablamos los temas”, afirmó.
Ante la consulta insistente de los periodistas sobre si el proyecto de discapacidad había sido abordado en ese ámbito, Santilli planteó que existen distintos niveles de discusión. “Algunos con profundidad, otros con profundidad, pero no total. Pero sí, sí hablamos”, señaló, antes de añadir que Bullrich “se tuvo que ir antes también el martes”.
La senadora había dicho que la letra vinculada a discapacidad no había surgido en la mesa política y que llegó al Congreso sin información previa para los integrantes del bloque oficialista. También había advertido que esa falta de coordinación podía deteriorar las relaciones internas, porque los legisladores quedan expuestos ante sus pares y ante la oposición.

Consultado sobre posibles cambios tras el reclamo de Bullrich, Santilli vinculó cualquier decisión a la negociación parlamentaria. “Nosotros venimos trabajando en dos frentes. Un frente es la ley que se está tratando en Diputados”, explicó.
El funcionario indicó que en esa instancia intervienen Menem y el equipo del Ministerio de Salud. “Estamos aproximándonos a una definición”, dijo, y agregó: “A partir de si tenemos una definición allí, vendrán las respuestas que vos estás buscando”.
El proyecto presupuestario prevé modificaciones permanentes para el sistema de atención a personas con discapacidad. Entre sus disposiciones, altera las reglas para la fijación de aranceles, elimina mecanismos de actualización automática y modifica las condiciones de acceso a prestaciones vinculadas con la discapacidad.
Al final de la entrevista, una periodista relató que el equipo periodístico encontró a Santilli cuando ingresaba a una farmacia frente al centro de salud donde se encuentra internada Mirtha Legrand. “Estábamos con el trípode en frente del Sanatorio Mater Dei y de pronto vemos a alguien que está entrando a la farmacia”, contó, y al notar que era el jefe de Gabinete, los periodistas se acercaron a dialogar con él.
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