CHIMENTOS
Osvaldo Laport, a punto de cumplir 70 años, habla sobre Billy Elliot: “Esta obra desenmascara a las almas oscuras”

El actor uruguayo Osvaldo Laport lleva casi cinco décadas en el espectáculo argentino y sigue en movimiento. A sus 69 años —cumple 70 en agosto—, protagoniza Billy Elliot, el musical, la producción de Diego Romay que se presenta en el Teatro Ópera ON (Corrientes 860, CABA) y que se ubica segunda en la taquilla de la temporada teatral de Buenos Aires. Laport encarna a Jack Elliot, el padre del protagonista, un minero inglés que, en medio de la famosa huelga minera en la década del 80 en el Reino Unido, debe enfrentarse a sus propios prejuicios cuando descubre que su hijo quiere ser bailarín de ballet en lugar de asistir a las clases de boxeo.
La obra, basada en la película de Stephen Daldry y con música original de Elton John, tiene dirección general de Rubén Szuchmacher, coreografía de Gustavo Wons y dirección musical de Gaby Goldman. El protagónico de Billy se reparte entre cinco jóvenes bailarines —Mateo Tognolotti, Franco Molozaj, Joaquín Mondino Formichelli, Berni Banchero y Lucio Scavino— que rotan en tres elencos, dado que las condiciones laborales con menores exigen una función por turno.

Laport llegó a Argentina desde Juan Lacaze, Uruguay, en 1976, con 18 años y sin más equipaje que las ganas de estudiar actuación. Tres décadas de televisión lo consagraron como uno de los galanes más reconocidos de la pantalla latinoamericana, con novelas como Campeones de la vida, Amor en custodia y Son de Fierro, y un premio Martín Fierro como Mejor Actor en Comedia. También grabó dos discos y llevó espectáculos musicales a escena. Desde 2006 es Embajador de Buena Voluntad de ACNUR, el primero en América Latina en ocupar ese rol, y ha visitado zonas de conflicto en África, Medio Oriente y Centroamérica.
La entrevista con Teleshow se hizo mientras el elenco todavía procesaba una polémica pública por una crítica que escaló hasta llegar a un comunicado de la Asociación Argentina de Actores. Laport llegó con la voz algo ronca —arrancó los ensayos con laringotraqueítis y luego atravesó veinte días de una colitis— y con la misma disposición de siempre: hablar sin filtros.

— ¿Cómo le explicarías a alguien que no conoce la historia qué es Billy Elliot?
— Creo que es una oportunidad sensible, sobre todo para el género masculino, para los hombres. También para las mujeres, claro, pero en particular para los hombres. Nos da la oportunidad de escuchar a nuestros hijos, a las nuevas generaciones, y también de escucharnos a nosotros mismos. De animarnos a bucear en nuestra alma, de atrevernos a soñar, a volar, a pedirnos disculpas por el tiempo perdido. Y si no nos animamos a cumplir ese sueño, por lo menos animémonos a acompañar el sueño de otro.
— ¿Y en lo personal, para vos como actor?
— Como trabajador del arte es una oportunidad también para seguir bregando por una sociedad más inclusiva. No te olvides que hace veinte años soy embajador de ACNUR. Estoy por hacer un viaje próximo que todavía no puedo confirmar, a un lugar muy frágil, muy sensible. Ese compromiso es parte de mi patrimonio de vida.

— ¿Esperabas este ofrecimiento de encarnar al padre del protagonista?
— No, nunca espero nada. Me encanta que la vida me sorprenda. Todo ha sucedido así: cada personaje, cada convocatoria, los aciertos, los desaciertos. Yo estaba contento con Vamos los pibes y cuando íbamos a empezar los ensayos apareció Billy Elliot. Me paralicé y al mismo tiempo me angustié mucho.
— ¿Angustiado por qué?
— Porque quería compartirlo con mis colegas y amigos de la vida: Osvaldo Santoro, Raúl Lavié, Antonio Grimau y el director Federico Palazzo. No podía arrancar los ensayos con ellos sabiendo que había algo detrás. No podía. Fui al productor y le dije que necesitaba decírselos. Él me respondió que no tenía por qué hacerlo, que nunca se sabía qué iba a pasar. Pero era esa mi angustia: quería darles la oportunidad de que me dijeran “buscamos a otro colega” si lo consideraban necesario. Vamos los pibes fue una experiencia extraordinaria y seguimos viéndonos, haciéndo asaditos en casa con Raúl, con Antonio, con Osvaldo y las familias.

— Hace unos días se generó una polémica por una crítica hacia Billy Elliot que terminó con un comunicado de la Asociación Argentina de Actores y Actrices. ¿Cómo lo vivieron puertas adentro?
— Con mucha tristeza y mucho dolor, porque está en contra del mensaje de Billy Elliot. Esta obra habla justamente de los prejuicios, de animarse. Y más allá del mensaje esperanzador, Billy Elliot desenmascara. Cuando digo desenmascara, me refiero a ese puñado de almas oscuras. Intentaron voltear el espectáculo, pero la reacción social en redes, la de la gente, la de los colegas, la de la prensa, los expuso y los dejó solos.
— La polémica terminó girando en torno a la masculinidad de un niño de apenas 11 años…
— Sí, eso es verdaderamente muy sensible, muy frágil. Yo sentía que debía dar la cara como hombre, como trabajador del arte, como compañero, como padre y como embajador de ACNUR. Cada vez que voy a esos países tan crueles y tan sensibles, uno de los temas más frágiles es siempre el de la infancia, el de las niñas y los niños en el mundo. Pero quedaron expuestos. Digo quedaron, no quedó, porque era más de una pluma.

— ¿Qué encontraste en Jack Elliot que por ahí no habías encontrado en otros personajes?
— Tiene que ver con todo esto que venimos hablando, y con uno mismo. Yo tuve un padre que cargaba en su mochila un gran peso. Nos criamos mis dos hermanos mayores, yo y mi hermana menor con mucha estructura, con mucho límite. Cuando me vine para acá, muy pendejo, de 18 años, en el 76, cada vez que tenía alguna moneda y sabía que alguien viajaba a mi pueblo le mandaba un regalito a mi mamá, a mi papá y a mi hermana. A mi viejo siempre le mandaba lo mismo: una caja de crema de afeitar. Porque papá se afeitaba con la brocha y un jabón de lavar la ropa, lo único que había. Y en esa caja me fui atreviendo a escribirle: “Papá, te quiero”. Cuando llamaba por teléfono a la casa de un vecino —el único teléfono del barrio—, solo atendía mamá corriendo, y le preguntaba qué había dicho papá del regalo. “Y no sé, Negro —a mí me decían Negro—, viste como es tu padre, no dice nada, agarra la caja y se va”.
— ¿Y en algún momento lo llegó a decir?
— Fui animándome de a poco. En lugar de “papá, te quiero” le ponía “papá, te amo”. Y pasaba exactamente lo mismo. Hasta que en una Navidad logré viajar. Estábamos en el patio debajo del parral, papá haciendo un asado, mi vieja, mi hermana. Le doy la caja y mamá dice: “Ah, ya sé, ya te voy a decir lo que le pasa a tu padre. Tu padre se va a llorar”. Y así fue. Terminó muy viejito, sentado en el frente de su casa en Lacaze, en un silloncito. Todo el mundo que pasaba lo conocía, le decían el Lagarto. Y él a todos les decía: “Chau, mi amor”. Amó a todo el mundo.

— Hay gente que con La Sirenita primero, y con Billy Elliot ahora, habrá descubierto que cantás. Pero vos tenés dos discos grabados. ¿Qué fue esa etapa?
— Una puerta que quedó entreabierta. El primero que me empujó, más allá de lo comercial, fue mi padre. Vino con mi madre a ver una comedia musical, una versión de Camila O’Gorman, hace muchos años. Cuando terminó, estaban parados en el pasillo de los camarines y en un momento me dice: “Negro, venga. Usted también se puede dedicar a cantar”. Pero hoy tengo una hija, Jazmín, que se está dedicando al canto y está por sacar su primer trabajo discográfico. Y tengo a mi mujer, Viviana, que tiene su banda. Me parece que tengo que dejar el camino libre para que ellas dos transiten sin que yo esté en el medio.
— Tres décadas de televisión te instalaron como galán. ¿Pudiste sacarte esa imagen de encima?
— Está dividido. El público femenino sí me ve como el galán, como Catriel. Pero el público masculino me ve como Guevara, como Gitano, como Fierro, personajes muy terrenales. Amor en custodia arrasó a nivel internacional y hay una cantidad impresionante de memes donde estoy llorando, vomitando, haciendo arcadas. Yo no vi a ningún otro colega que se haya animado a vomitar, a hacer arcadas, a desmayarse, como en la vida real. Siempre intenté ser honesto conmigo mismo y con el público.

— ¿Cómo ves el boom del teatro comercial en la calle Corrientes?
— Maravilloso. Más allá de la ausencia de la televisión como fuente de trabajo, Argentina se convirtió en el primer país del mundo con este abanico enorme de opciones teatrales en todos los géneros. Te parás en el Obelisco, mirás para un lado de Corrientes y para el otro y decís: “¡Guau!”. Y después salís de Corrientes y vas al off, al under, a las salas de cada barrio, en todo el país. Acá conviven el arte y la industria del arte. A veces la industria comete errores, como tal vez esa crítica que mencionábamos.
— ¿Qué pasó con la televisión?
— Hubo una etapa, hace muchos años, en que no había megaproducciones pero existían pequeños proyectos unitarios con decorados humildes y grandes historias. El público tenía la oportunidad de sentarse a ver esas historias con los trabajadores del arte locales. Me parece que también se subestimó al público de la televisión. Como actor me descubrí varias veces recibiendo la letra del día y pensando: “Pero esto ya lo hice la semana pasada en la misma novela, y lo repetí en otra, y en otra”. El público se da cuenta. Hay tantas historias para contar, chiquitas, con dos cámaras, dos sillas, una cocina. Entrar y salir como antes.

— Llevás cuarenta y siete años junto a Viviana Sáez. ¿Cuál es la fórmula de esa relación?
— Hoy hicimos un mañanero… —dice, con una risa que no necesita explicación—. Y doble función después, mirá. Voy a cumplir setenta. Estamos en pleno romance con nido nuevo. Nos mudamos. Jazmín se fue de casa hace un par de años, estamos solos los dos con los perros, ya no tengo más los caballos. La opción fue volver a mis raíces: yo nací en Juan Lacaze y el fondo de mi casa daba al Río de la Plata, así que nos fuimos a vivir con un muellecito al río. Seguimos durmiendo desnudos, sigo pasando mi pierna izquierda sobre su cuerpo en invierno, le sigo llevando el mate a la cama. Cuando estamos enojados también, y eso desactiva el enojo. Estamos muy felices.
— A los 69 años, ¿qué te falta por hacer?
— No sé, porque quiero que la vida me siga sorprendiendo. Tengo un proyecto que no puedo contar todavía, pero me pasa siempre lo mismo: algo iba y venía, iba y venía, y de pronto me llega la convocatoria de Billy Elliot y digo “señores, es por acá la cosa”. No espero. De verdad, no espero.

— ¿Qué significa para vos el compromiso de veinte años que tenés con ACNUR?
— Hace tres días tuve una reunión aquí mismo, en la esquina del teatro, con la directora regional de la oficina, una señora española que llegó hace dos meses. Estamos planeando un viaje muy crudo, a una realidad tremenda que existe en el mundo, que toda. Me privilegia la vida de poder darle visibilidad a esas crueldades. Veinte años. Es patrimonio de vida.
billy elliot
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¿Se rompió la amistad? Marley contó cómo quedó su relación con Florencia Peña tras el escándalo con Messi

El escándalo que sacudió a Luzu TV después de la difusión de la fake news sobre la salud de Jorge Messi, el papá de Lionel Messi, sigue generando repercusiones. A más de una semana del episodio que terminó con la salida de Florencia Peña del canal, ahora fue Marley quien decidió hablar públicamente y contar cómo vive toda la situación.
De viaje por Estados Unidos donde está cubriendo el Mundial para su ciclo Por el Mundo de Telefe, Marley fue interceptado para hablar del escándalo que se vivió por estos días. Desde el grosero error de Florencia, pasando por la decisión de Nico Occhiato de bajar el programa de Luzu y el daño que generó todo esto. El conductor, sin buscarlo ni responsabilidad alguna, quedó en medio de todo.
Consultado por Primicias Ya, el programa de Marina Calabró y Luis Ventura, Marley eligió ponerle paños fríos al escándalo. Buscó bajar un cambio y enviar un mensaje conciliador, explicando primero lo mucho que está disfrutando de esta experiencia mundialista. “Estoy muy contento. Feliz con todo lo que está pasando. Lo estamos viviendo en familia, con mis hijos”, comenzó diciendo.
La consulta sobre el conflicto entre Florencia y Occhiato llegó enseguida. Y fue entonces cuando Marley aclaró que, de su parte, está todo bien con los dos y que siente que se exageró demasiado lo sucedido. “Todo tiene solución. Hacen demasiado barullo en la tele. Con Florencia tengo la mejor relación y con Nico también. Hay mucha exageración televisiva”, dijo.
MARLEY CONTÓ LA POSTURA QUE TOMÓ EN LA GUERRA DE FLORENCIA PEÑA Y NICO OCCHIATO EN LUZU
Lo cierto es que Marley no quiso tomar partido ni por Nico ni por Peña, recordando que el primero sigue siendo su jefe y que la actriz es su amiga. Según reveló Calabró, el cronista fue un paso más allá y le preguntó al conductor de Telefe de qué lado estaba en esta historia, aunque la respuesta sorprendió a todos: “Yo soy equidistante”.
Para la periodista, esa definición de Marley de no jugársela por nadie dejó entrever que el vínculo con Florencia quizás no atraviesa su mejor momento. De hecho, horas antes y en su programa de El Observador, había deslizado que la actriz está “muy decepcionada” de que su amigo no salió a defenderla públicamente y con tanta vehemencia tras la fake news del papá de Messi.
Lo cierto es que Marley quedó en el medio de dos frentes. Se dice que todavía debe reunirse con Occhiato cuando todo este fenómeno mundialista pase para saber cómo sigue su futuro. Ahí se sabrá también si existe alguna chance de que vuelva Peña o si, llegado el caso, la reemplacen por otra famosa -se habla de Noelia Marzol y Vicky Xipolitakis-. ¿Cómo seguirá el escándalo?
Marley, Nico Occhiato, Luzu, Luzu TV, Florencia Peña
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Una escena estremecedora: el dato más doloroso de los minutos posteriores a la muerte de Ernestina Pais

La muerte de Ernestina Pais generó una profunda conmoción en el mundo del espectáculo, la televisión y la radio. La periodista y conductora, de 54 años, falleció este viernes 26 de junio tras protagonizar un accidente ferroviario en San Isidro, cuando el auto que manejaba —un Honda City— fue embestido por una formación del Tren de la Costa, cerca de las 19.30.
Poco después comenzaron a conocerse los detalles sobre los instantes posteriores al impacto. Según consta en las primeras informaciones de la investigación, cuando los efectivos policiales y los equipos de emergencia llegaron al lugar, constataron que Ernestina había muerto en el acto como consecuencia del fuerte choque.
El accidente ocurrió en el cruce ferroviario de Sáenz Peña y Elcano, en la zona de Martínez. Ernestina viajaba sola en su vehículo —se dirigía a una nueva función de su obra de teatro, El divorcio del año, en Tigre— cuando fue impactada por el tren sobre el lateral del conductor. La violencia del golpe fue tal que, de acuerdo al informe policial que trascendió, el fallecimiento fue constatado en el mismo lugar del hecho.
EL DATO MÁS DOLOROSO DE LOS MINUTOS POSTERIORES AL ACCIDENTE DE ERNESTINA PAIS
Uno de los puntos más estremecedores de las primeras versiones tiene que ver con el proceso de identificación de Ernestina. Según trascendió, en un primer momento no habrían podido reconocerla visualmente en la escena del accidente, por lo que su identidad terminó de ser establecida a partir del teléfono celular que llevaba consigo.
Ese dato se volvió clave en las horas iniciales de la investigación, no solo para confirmar que la víctima era Ernestina Pais, sino también para activar los protocolos posteriores y dar aviso a sus familiares. En paralelo, la Justicia comenzó a reconstruir la mecánica del accidente y a reunir los primeros elementos de prueba.
La causa quedó en manos de la UFI de Martínez, que deberá determinar con precisión cómo se produjo el ingreso del vehículo al paso a nivel. Al parecer, la conductora habría cruzado las vías con la barrera baja, y la advertencia desesperada del maquinista, quien hizo sonar la bocina de la locomotora, no alcanzó para evitar el accidente.
Mientras tanto, familiares, amigos, colegas y figuras del ambiente artístico comenzaron a despedir a Ernestina con mensajes de dolor y sorpresa. Su muerte impactó especialmente por lo repentino del accidente y por la trayectoria de una figura que durante años ocupó un lugar muy visible en los medios argentinos.
Ernestina Pais
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Dalia Gutmann lleva su caos cotidiano al escenario: “Me encanta que se me suelte la cadena”

En el universo de la comedia argentina, hay nombres que no necesitan presentación y hay shows que funcionan como una declaración de principios. Dalia Gutmann, fiel a su estilo frontal, ahora hace furor con No me calmo nada, un unipersonal que es mucho más que una sucesión de risas: es una invitación a entregarse a la catarsis, a gritar lo que incomoda y a celebrar la autenticidad. En plena gira nacional, entre valijas y ovaciones, la humorista hizo una pausa para hablar con Teleshow sobre el espectáculo. Y una excusa para conocer un poco más de su universo.
Con funciones desde el 2 de julio a las 20:30 y durante cinco jueves, el teatro Astros se convierte en un territorio donde lo común y lo extraordinario dialogan a carcajadas. Gutmann levanta el telón y, con cada función, convierte los enredos cotidianos en una suerte de ritual colectivo. Pero el GPS de esta gira parece tener vida propia: lo mismo se pierden valijas en Morón o se improvisa una anécdota en Quilmes, que la agenda suma sellos de Mendoza, Neuquén y Córdoba. Y cuando nadie lo espera, la travesía salta de continente: en noviembre, el humor de Dalia aterrizará en España y hasta en Países Bajos, demostrando que la risa no necesita traductor ni pasaporte.
Con veinte años de escenarios en la espalda, Gutmann aprendió a coleccionar historias ajenas y propias, y a devolverlas reversionadas, entre confesiones prohibidas y un guiño a las que se animan a decir lo que otros callan. Y ahora, el aplauso la encuentra cada vez más lejos de la mesura, ya que Dalia elige el vértigo antes que la pausa, y la intensidad como bandera, aunque el manual de adulto diga lo contrario.

—Tu nuevo unipersonal se llama No me calmo nada. ¿Qué es lo que hoy te saca de la calma?
—Yo soy muy intensa y, por suerte, tengo mucha experiencia siéndolo, eso es lo bueno del paso del tiempo. Y además, siendo mujer, siendo humorista, entendí a esta altura de mi vida que siempre hay una parte de la sociedad, del mundo que te quieren calmar, que te quieren adoctrinar. “Ay, no queda bien, Dalia, pero arreglate, pero no, no hables tan alto”, te dicen. Y es como, bueno, basta, chicos, no voy a cambiar. Yo soy buena persona, no jodo a nadie, déjenme ser como soy. Así que es un no me calmo nada desde ahí.
—¿Qué te sigue atrayendo del stand-up y de subirte sola al escenario?
—Creo que es un quilombo vivir en general. Ahora todo es mucho más caótico, tenés miles de estímulos y oportunidades por día, podés ver una película a las tres de la mañana o comprar un lavarropas cuando quieras. Antes todo tenía un horario y un orden. En ese contexto, siento que lo que me salva es ser genuina conmigo misma. Hacer comedia me gustó siempre, pero también me sorprendió descubrir que podía hacerlo, que yo podía generar risa en otros. Eso es lo que me mantiene entusiasmada y me gusta. Disfruto mucho ir al teatro y ver que la gente entra con un estado de ánimo y se va contenta. Siento que es un superpoder y trato de aprovecharlo cada vez que me subo al escenario.
—¿Recordás el momento en que descubriste que la comedia era tu camino?
—En mi vida personal no soy de tener tan buen humor, pero hubo un momento que me marcó: cuando mi hija era muy chiquita, me fui a España a actuar, porque acá en Argentina no había circuito para vivir de esto. Laburaba en bares, tenía otros trabajos y allá me las arreglé para ir con mi mamá y mi hija. Recuerdo una noche haciendo un show gratis en un bar a las tres de la mañana, yo feliz, mientras mi mamá cuidaba a mi hija en el lugar donde dormíamos. Hice mucho esto sin dinero de por medio. Siempre, por suerte, me las ingenié para ganarlo de otra manera. Y pensaba: “Esto me gusta demasiado, pues si no, ¿por qué me estoy prestando a algo tan loco, yendo a una galería en un subsuelo a hacer un monólogo?”. Todo eso me dio la pauta que esto me encanta, porque me parece que el entusiasmo es algo que hay que cuidarlo mucho, que cuando algo te entusiasma hay que escucharlo.

—¿Cómo influyó tu entorno personal en tu decisión de dedicarte a esto?
—Mis padres nunca entendieron del todo qué hacía, siempre imaginaron para mí algo más rutinario y controlado, tipo “andá a la UBA”. Mi mamá recién hace poco aceptó que esta es mi vida profesional. Lo mío es descontrolado: función a función, siempre pendiente de que la gente saque su entrada, sin chances de relajarse ni jefe que te diga qué hacer. Ahora, por ejemplo, tengo seis funciones por delante en el Astros y sigo dependiendo de que la gente quiera venir a ver la propuesta. Por suerte, mi marido (Sebastián Wainraich) está en el mismo mundo y entiende, igual que lo hacen amigas con pasiones distintas. Creo que es fundamental rodearse de gente que respete eso, porque si hubiera tenido a alguien que me cuestione cada salida a las dos de la mañana, hubiese sido imposible. No fue fácil, tuve que pelearla bastante para poder vivir de esto.
—¿Cuándo algo de tu vida cotidiana se convierte en material para el show?
—Estoy bastante entrenada para captar algo que me llama la atención y anotarlo enseguida; antes era en papelitos que se perdían, ahora uso el Drive o me mando audios. Después, ese material lo voy puliendo, cambiando partes del show o probándolo en bares. A veces observo cosas nuevas, como cómo la gente se relaciona con el ChatGPT, y me pregunto si da para llevarlo al escenario o no. El humor es muy inmediato: lo que hace reír hoy, capaz en tres años ya quedó viejo, como si ahora me pusiera a hablar del BlackBerry. Por eso, siempre hay que estar atento a lo que pasa y a lo que conecta con los demás.

—¿Notás que el humor fue cambiando mucho en los últimos años?
—Sí, es como que a veces uno ve un monólogo y decís: “Uh, eso es como muy 2004, eso es muy 2010”. Como que pasa esto. Y sí, van cambiando los temas, hay cosas que ya no son graciosas, hay cosas que no eran graciosas y ahora volvieron a ser un poco graciosas. A mí me sorprende a veces. Todo es muy cíclico y ahora hay cosas que quizás hace diez años no eran graciosas y ahora volvieron a ser graciosas. Va cambiando un montón. Hay cosas que van quedando viejas, hay cosas como una Juana Molina, una Niní Marshall nunca pasan de moda. Eso es muy sorprendente. Y un Tato Bores tampoco, un Pinti tampoco. Hay cosas que no vencen nunca, pero son la minoría.
—¿Ser mujer en el mundo de la comedia sigue siendo un desafío?
—Es un tema que observo y charlo mucho con colegas y amigas. Hay que tener en cuenta que las mujeres en el mundo laboral llevamos menos tiempo que los hombres; recién en las últimas décadas empezamos a animarnos a seguir nuestro deseo. Antes, una mujer que trabajaba era vista como que el marido había fracasado, era otra mentalidad. También, por lo general, somos más emocionales y eso a veces se mezcla con lo laboral. Yo lo observo mucho para ver cómo aprender a sostenernos en los lugares, a que la emocionalidad no nos gane. Ahora noto que las nuevas generaciones ya vienen con menos peso en este sentido, sobre todo en el humor: hay un montón de chicas jóvenes que están en otra. Igual, cada vez que hago algo para todo público aparecen comentarios como “¿Y esta mina quién se cree que es?” o “pobre el marido”. Pero ya estoy acostumbrada y ya no me hace mella a esta altura.
—¿El humor te ayuda a atravesar momentos difíciles o tristes?
—Yo lo tengo recontra confirmado. A mí me pasa que tengo mucha tendencia a angustiarme, entonces el humor me ayuda un montón, en serio. Y después cuando logro tomar distancia y reírme y recuerdo mi escena llorando en el baño o todo y se me ocurre un buen chiste, es algo espectacular. Desde que logro que algo que me hizo mierda en un momento poder reírme es muy sanador. Pero igual siento también que hay cosas en las me puedo reír, que son las más nimias, y después hay grandes temas de que es muy difícil reírse para mí.

—¿Preferís hablar de lo cercano en tus monólogos o te tienta abordar temas más generales?
—Tengo un estilo muy definido, me gusta hablar de temas que tengo muy cerquita. No me sale hacer humor sobre los grandes temas del mundo, como la política o el conflicto del Medio Oriente, porque no es algo que me atraviese ni que entienda realmente. Me sale hablar del vecino, del cuarto, de mi marido, de las mamás del colegio, de cosas que conozco y que palpo en lo cotidiano. Esos son mis temas, los que vivo todos los días. Después, la política y los grandes temas me exceden, son mundos tan distintos a mí que no logro encontrarles la vuelta para hacer humor. Yo hablo desde la neurosis cotidiana, y me parece que esos otros mundos no tienen esa neurosis, tienen otras lógicas, quizás más perversas o lejanas.
—¿Hay límites sobre lo que elegís compartir en el escenario?
—Me encanta que se me suelte la cadena, no me gusta estar pensando: “No, esto le puede molestar a tal”, pero sí soy muy cuidadosa con el tema. Trato de no compartir cosas de ellos en redes. Sí me puedo reír de, con mi marido, somos dos adultos, qué sé yo. Pero sí, hay algunas cosas que sé que son temas sensibles que no, no hablo de temas que siento que pueden ser sensibles para gente cercana.

—¿Tus hijos o tu familia alguna vez te pusieron un freno por contar algo suyo?
—Mi hija ahora está más tranquila, pero durante mucho tiempo le di mucha vergüenza por ser madre comediante. Hoy ya lo aceptan, es la madre que les tocó. Hasta ahora no me pasó que alguien de mi familia me pusiera un límite ni que haya contado algo que armara un quilombo. A veces, en entrevistas, para ponerle onda digo cualquier cosa, como una vez que tiré una pavada sobre la infidelidad a más de trescientos kilómetros, que ni siquiera pienso, pero son cosas que uno dice boludeando. Yo a veces lo hablo con Sebas, hablar todos los días en un programa sin decir un cúmulo de pelot… me parece muy difícil. Mil veces me sentí una pelot… por algo que dije, pero fue por querer remar una nota.
—Hoy los avances tecnológicos, el streaming y los pódcasts abren otros caminos para el humor. ¿Te tienta explorar esos formatos?
—Ahora entiendo un poco más el streaming, pero al principio ni sabía bien cómo funcionaba. Siento que es más para las nuevas generaciones. Amo la radio, siempre me imaginé en ese mundo porque soy locutora y me gusta la palabra hablada, la imaginación. También me encantan los pódcasts, me parecen súper interesantes y hay cosas muy buenas para escuchar y aprender, pero no me veo haciendo streaming, es algo para otras generaciones más chicas que yo.

—Este año llevás el show a España y a Países Bajos. ¿Cómo vivís la experiencia de hacer reír en otros países?
—Como mi humor es sobre emociones y vínculos, por suerte puedo llevar el show a muchos lugares: Chile, Uruguay, Costa Rica, Paraguay, y este año España y por primera vez Países Bajos. Me gusta porque no es un humor solo para argentinos, funciona con públicos distintos. En España empecé hace tres años, primero iban casi todos argentinos y después se fue sumando más gente local, algo que me pone contenta. En noviembre vuelvo y además sumo Ámsterdam, lo cual me entusiasma porque cada lugar tiene su energía y costumbres. Viajar por el país y también afuera ya se volvió un ritual de mi laburo: todos los años recorro varias provincias y ahora también otras culturas. Cada función en un lugar nuevo sigue siendo un desafío y me permite aprender algo distinto.
—¿Qué tiene el humor argentino que no encontrás en otras partes del mundo?
—Creo que no hay humor como el argentino, y tiene mucho que ver con cómo somos como país: las reglas acá son muy endebles, todo cambia todo el tiempo y la realidad suele superar a la ficción. Si no hacés humor, te volvés loco porque es todo muy raro. Estamos muy entrenados para el chiste, aunque quizás nos falta estructura comparado con otros países donde la comedia es una industria más armada. Acá todo es más informal, pero eso lo hace especial. Y además, vayas donde vayas, siempre hay argentinos en algún rincón del mundo, lo cual también es muy loco.

—Si tuvieras que definir tu presente en una sensación, ¿cuál sería?
—Siento que estoy en la mitad de la vida. Además, uno ve las cosas distinto cuando llegás a mi edad. Hay un montón de cosas que ya la cagaste un montón, ya arruinaste un montón de vínculos, de oportunidades. Es una etapa donde aprendiste de la experiencia. Me parece que tengo un vínculo con mi ego donde nos conocemos mucho más, entonces puedo tomar decisiones desde un lugar más genuino que en otras épocas de mi vida. Es un momento mucho más interesante para vivir que cuando sos más joven.
—¿Qué le dirías a alguien que sueña con subirse a un escenario y todavía no se anima?
—Si algo te gusta, tenés que encontrar tu manera de hacerlo. El gran problema a veces es cuando queremos que nuestras carreras se parezcan a la de tal o a la de cual. Es como que ahí la estás cagando y siempre vas a estar frustrado o frustrada. Creo que uno tiene que, y yo creo que es lo que a mí me ayudó siempre, tratar de pensar cada oportunidad como algo grande. Me parece que cuando uno empieza a vivir así las oportunidades que se te van presentando, la cosa se vuelve más entretenida. No hay que subestimar las oportunidades.
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