CHIMENTOS
Sol Pérez en Lo de Pampita: “Era la tercera en discordia en todas las relaciones”

La presentadora argentina Sol Pérez se convirtió en madre el 4 de abril del año pasado con la llegada de Marco, fruto de su matrimonio con Guido Mazzoni. La conductora agradeció a su pareja, según sus propias palabras: “Gracias porque me diste lo más lindo que voy a tener en la vida. Es todo para mí, todo”.
Durante su visita a Lo de Pampita, la también abogada y modelo habló abiertamente sobre el terrible accidente que provocó la muerte de su abuela Norma, de 82 años, ”una segunda madre para mí, porque vivía con nosotros”.
Reconocida además por su paso como “chica del tiempo” en Sportia y su participación en Bailando por un sueño en 2017 y 2018, actualmente se desempeña como panelista de Gran Hermano y se incorporó al noticiero de Telefe, en el rubro espectáculos. Honesta y frontal, en la charla con Pampita Sol no esquiva ningún tema: desde el sexo durante la maternidad hasta su mediática pelea con Javier Milei, poco antes de que llegara a la presidencia.
Acá, los momentos más destacados de la entrevista:
—Hola, una vez más en Lo de Pampita, hoy me acompaña Sol Pérez, una amiga de muchos años.
—Hola, Caro.
—Puedo decir que te vi crecer, ¿no?
—Sí, literal.
—¿Te acordás esas primeras veces en la tele? ¿Cómo era estar en pantalla, la repercusión, la familia…?
—Sí, yo creo que a mi familia le costó un montón. Porque una cosa es cuando todo es lindo, cuando uno empieza a hacer trabajitos muy chiquititos, todo es hermoso… Pero después, cuando ya todo se hace mucho más global, es difícil, ya no lo manejás vos. Ojo, no hay que creerse ni lo bueno ni lo malo, eso lo aprendés con los años… Cuando dicen un montón de cosas, algunas ciertas y otras… te diría que la gran mayoría, no son verdades.
—¿De cuál te acordás, que decís: “Esto no era nada, nada verdad”?
—Un montón. Que choqué en Panamericana y mi mamá me llama por teléfono y menos mal que la atendí, porque nada que ver. Otra vez dijeron que había maltratado un equipo de maquillaje y peinado, y nada, cero: laburo con Alan y con Camilo hace más de diez años. Siempre tengo muy buena relación con toda la gente del canal. O ser la tercera en discordia: se separaba alguien y yo era la tercera en discordia en todas las relaciones.
El recuerdo de la abuela Norma…
—Quiero hablar de la relación que tenías con tu abuela Norma, lo de un accidente que tuvo hace años, y que la persona se dio a la fuga, ¿no? ¿Fue así?
—Fue todo muy raro. En ese momento, mi abuela tenía 82 años y se iba a hacer estudios todo el tiempo. Y me dice: “Bueno, me voy a hacer estudios a la mañana”. Yo me fui a trabajar -hacía el clima en Sportia- y mi abuela se fue a hacer los estudios. Cuando vuelvo suena el teléfono y yo no atendía, todavía había el fijo… Hasta que digo: bueno, voy a atender y me dicen que tuvo un accidente. Yo digo “accidente”, pero no es un accidente. Cruzó la calle y se la llevó puesta este hombre, que venía a mucha velocidad, porque como quedó el auto, fue impresionante. Supuestamente falleció en el acto, pero nosotros creemos que no. Y cuando fuimos a la comisaría, una de las cosas que nos dijeron fue: “Igual ya estaba grande tu abuela”.
—¡Una bestialidad!
—Yo la miré como diciendo: “Vos no tenés ni idea quién era mi abuela. O sea, estás grande vos al lado de mi abuela”. Mi abuela jugaba al tenis todos los fines de semana, iba a aquagym, hacía los cursos de Internet porque ella quería aprender a mandar mails, o sea, le sobraba vitalidad. Así que fue superduro, porque cuando pasan esas muertes, vos no estás preparado, y creo que nunca estás preparado. Al principio no podía ni hablar del tema. Me había quedado una parálisis en la cara porque lloraba todo el tiempo.
—El que no ha vivido esos dolores, creo que no sabe lo que es, porque el recuerdo está tangible todo el tiempo.
—00 Y después está como cada uno tramita el duelo y tenemos que seguir viviendo todos juntos en la misma casa, una habitación cerrada que nadie quiere abrir y cuando abrís te sentás a llorar… Y claro, no puede ser el cementerio vivo en tu casa. Pero todo eso lleva meses.
Sexo y maternidad…
—¿Cómo es el sexo en la maternidad con la cama compartida?
—¡Y… casi imposible!
—No digas eso.
—Sí, pobre Guido, casi imposible. Nos intentamos organizar. Encima yo quiero buscar otro bebé… Cuando Marco duerme la siesta, Guido está trabajando. Generalmente, Guido se queda un rato más en casa a la mañana y yo voy a trabajar.
—¿Sale mañanero? (risas).
—Imposible. No, vamos buscando horarios cuando Marco ya está dormido a la noche. Pero justo estábamos hablando en el auto y le digo: “mirá, Gui, le digo, no todos los viernes, pero un viernes al mes, por lo menos, tenemos que tener un plan para nosotros”. Es como que vas perdiendo eso de la pareja, de ir a cenar…
—Volver a ser novios un ratito.
—Tenemos cero de noviazgo. Es como todo: Marco, Marco, Marco, todo Marco.
—Claro, a veces decís “hoy lo hacemos y cuando llega el horario te mirás y decís: no, mejor mañana”, porque están muertos.
—Claro, te vas durmiendo porque le das de comer, lo bañás, le ponés el pijamita, toma la memi, lo hacés dormir…
—Sí, total. Pero a ponerse las pilas porque si no la hermanita no va a llegar más (risas).

La pelea con Milei
—Hace unos años te peleaste con Milei. Vos eras chiquita, pero ya con carácter, ¿no?
—Sí, tenía un carácter… Hoy lo veo con otros ojos…
—Pero eso también marcó tu carrera.
—Sí, me ayudó un montón.
—¿Te ayudó?
—Totalmente, sí. Yo, Caro, a vos te hice una que no la recordás, pero fue tremendo.
—Pero no tuvimos nunca problemas.
—Problemas no, pero porque siempre fuiste una genia total. Era mi primer trabajo de panelista y vos estabas de conductora, espléndida. Y te dicen: “Tenemos que pasar de tema”. Claro, yo no sabía ni qué era pasar de tema. Y vos te fuiste a vender algo y yo estaba re enojada. Y vos me dijiste: “¿Qué pasa, Sol, que estás enojada?”. “No, es que yo quiero seguir debatiendo el tema”. (Ríen) No, pero sos divina. Eso me lo acuerdo, porque otra dice: “Volámela a esta piba, no entiende nada”.
—No, porque además todas estábamos aprendiendo a llevar un programa adelante. Yo no había tenido nunca un programa propio, imaginate. Estaba igual que ustedes. Pero volviendo al tema Milei, ¿te acordás de ese momento?
—Sí, sí.
—Quién iba a imaginar que Milei iba a ser presidente…
—No, tremendo. Yo lo felicito porque la verdad que la campaña que hizo fue impresionante, pero cambió totalmente.
—¿Se acordará de esa pelea con vos?
—¡Ay, espero que no!
—¡Esperemos!
—Pero, bueno, yo siento que sí, que mi carácter me ayudó mucho porque decía todo lo que pensaba. Pero hoy no lo haría.
—No, no, para mí hay que hacerlo: no hay que perder esa esencia.
—Sí, pero a veces hay que tener un poco… Tenés que darte cuenta que a veces no da. Ya siento que no tengo tantas ganas de pelear, ¿viste?
—Es que ahora sos mamá. Ella ahora es mamá.
—Como que quiero ir a disfrutar, no tengo ganas de ir a discutir.
El primer Martín Fierro de Sol, que se volvió polémica
—Te llevo a aquella polémica que se generó en un Martín Fierro por un vestido…
—Sí, no estaba preparada para eso.
—¿Para la devolución? Tu primer Martín Fierro, la ilusión de ir por primera vez…
—Sí, fue horrible. Lo que no me gustó de las personas que me hicieron el vestido fue que después aprovecharon todo eso para colgarse, pegarme a mí también y pegar un programa de televisión. Aparte, yo me lo puse con toda la ilusión del mundo el vestido. Estaba haciendo teatro en ese momento con Carmen y me iba directamente. Entonces, después me vestía ahí en el camerín, me puse el vestido. Para mí estaba bien. Llegué y ya no había casi nadie en la alfombra roja…
—Porque venías del teatro. Y esa noche hermosa te fuiste a dormir y al día siguiente…
—Al día siguiente me mataron. Pero aparte dijeron “tenía el pelo que parece que sale de un albergue transitorio”. Yo tenía veintipico de años. O sea, ¿vos no tenés una hija, una amiga, una hermana para decirle eso a una mujer? Un horror. Fue todo un montón.
—No sé si es malicia, es como que hay una una comedia también cuando se critican los looks, ¿no?
—Sí, igual siento como que hoy no se dicen las cosas que se decían en ese momento, como que también era otra televisión… Directamente era en mi contra, era como: “¡No tiene cuerpo para eso!”.
—¿Y lloraste?
—Yo no, mi mamá, pobre.
Los comienzos de romance con Guido Mazzoni
—Estuve leyendo cómo te chamuyó Guido, chamuya medio raro, ¿no?
—¿Medio? (risas). Pasa que cuando él me decía esos chamuyos yo no me los creía, pensé que me hacía un chiste. No pensé que una persona podía chamuyar así. Ponele, me llegó a decir: “Me gustaría que me muerdas y hacer un molde y colgar la dentadura en la cama”. Cosa que vos decís: eso no lo dice nadie, estás loco. O después me decía: “Estás más buena que el sándwich del recreo largo que tenía en el colegio”. Y yo me reía porque me causaban gracia las barbaridades que ponía. Digo, este chico claramente es gracioso, no me está chamuyando. Pero, claro, cuando empecé a ver su forma de ser, me enamoró por completo. Es muy divertido, ¿viste? No se hace problema por nada. Y yo era todo lo contrario. Mi vida era trabajo, trabajo, todo el día enojada o peleando por algo. Estaba como muy enojada con la vida, hasta mi energía era otra. Siento que era otra persona, ¿viste?
—¿La primer cita dónde fue?
—Yo lo invité a cenar a mi casa, porque él me invitaba a cenar después de entrenar, cuando entrenábamos a la noche me decía: “Bueno, vamos a comer acá a la vuelta”. Y yo iba así toda horrible, que recién terminaba de entrenar, pero destrozada. Pero él… nada. Ni un beso. Entonces, yo tenía una amiga que entrenaba ahí también y le digo: “Che, ¿me podés averiguar a ver qué onda? Porque estoy remando en dulce de leche y este pibe capaz que está en otra”. Y me dice: “No, no…”
—Se estaba tomando su tiempo.
—Pero me dice: “No quiere como involucrarse sentimentalmente, porque ustedes tienen una relación profesor-alumna de gimnasio y como que a él también le servía que yo vaya al gimnasio de él”. Entonces, como que no quería, capaz que teníamos algo y no funcionaba y yo dejaba de entrenar. Y él me dice: “Y a mí me servía que vos vengas a entrenar, porque está bueno tenerte en el gimnasio…
—¿Y cuándo fue todo más fuerte que ya se descontroló?
—Ahí yo dije: “Bueno, nene, ya está, te invito a cenar a casa”. O sea, más indirecta que esa.

—Lo avanzaste vos entonces.
—Sí, más indirecta que esa no había. Nos conocimos en en julio y en octubre nos pusimos de novios, un 10 de octubre. Y en diciembre nos fuimos a vivir juntos.
—Bueno, Sol, me alegro tu recorrido y verte seguir creciendo y creciendo.
—Gracias, igualmente.
—Y lo que más me alegro es la familia divina que tenés.
—¡Ay, muchas gracias!
—Creo que ese es el regalo más grande que uno tiene en la vida.
—Gracias, Caro.
—Así que disfrútenlo mucho, me encanta.
Fotos: Adrián Escandar
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CHIMENTOS
Las Primas: del furor de los ’80 al fenómeno que desafió al tiempo y convirtió sus canciones en himnos bailables

Hay canciones que parecen inmunes al paso del tiempo. No importa cuántas décadas transcurran, cuántas modas musicales nazcan y desaparezcan o cuánto cambien las costumbres: basta con que suenen los primeros acordes para que una pista de baile vuelva a llenarse. Ocurre en casamientos, cumpleaños de 15, fiestas familiares, carnavales cariocas, despedidas de fin de año y hasta en esos karaokes improvisados cuando la madrugada ya hizo perder la vergüenza.
Entonces alguien canta Saca la mano, Antonio y, casi sin proponérselo, varias generaciones terminan compartiendo el mismo estribillo. Lo mismo sucede con Lo nene con lo nene, Dame una alegría o Tocame el piripipí, canciones que atravesaron cuarenta años de historia argentina sin perder vigencia. Detrás de ese fenómeno popular está la historia de Las Primas, un grupo femenino que nació al calor de la televisión de los años 80, vendió más de un millón y medio de discos, conquistó América Latina, compartió pantalla con Alberto Olmedo y Jorge Porcel y terminó convirtiéndose en parte del ADN festivo de los argentinos.
Para entender semejante fenómeno hay que viajar hasta fines de 1985. La democracia todavía daba sus primeros pasos, la televisión abierta atravesaba uno de sus momentos de mayor influencia y un puñado de programas tenía la capacidad de convertir cualquier canción en un éxito nacional de un día para el otro. No existían las redes sociales ni las plataformas digitales; la pantalla era el gran escenario donde nacían las figuras populares. En ese contexto apareció un grupo que entendió como pocos qué era lo que buscaba el público: canciones pegadizas, humor, picardía, coreografías simples y un espíritu festivo que invitaba a cantar desde la primera escucha.
La idea surgió del productor Oscar Beis junto con Carlos Gallego, quienes apostaron por una propuesta diferente dentro de una escena dominada por el pop, el rock y los solistas. La primera formación estuvo integrada por Mariana Colombatti, Josefina Stella, Liliana Barovero, Mónica Garimaldi y Daniela Mori. Cada una aportaba una personalidad distinta, pero juntas construían una imagen fresca, descontracturada y absolutamente reconocible para la televisión de la época.
Su debut llegó en enero de 1986 en Sábados de la Bondad, por Canal 9. Apenas comenzaron a aparecer frente a las cámaras quedó claro que había algo distinto. Las canciones eran simples, directas y estaban pensadas para ser recordadas de inmediato. La televisión hizo el resto. Gracias a un contrato de exclusividad con la emisora comenzaron a participar prácticamente de toda la programación del canal y muy pronto también se incorporaron al exitoso ciclo humorístico Hiperhumor, donde terminaron de consolidar una popularidad que crecía semana tras semana.
La imagen también jugó un papel fundamental. Las integrantes condensaban toda la estética de los años 80: vestidos de lentejuelas, minifaldas, calzas fluorescentes, polainas, hombreras, peinados inflados a fuerza de brushing y litros de laca. Sobre el escenario desplegaban coreografías sencillas que el público podía imitar y una energía contagiosa que convertía cada presentación en una verdadera fiesta. Eran tiempos en los que la televisión fabricaba ídolos familiares y ellas pasaron rápidamente a formar parte de ese universo.
El éxito del primer disco homónimo fue inmediato, aunque la verdadera explosión llegó con “Saca la mano, Antonio”. El tema rompió todos los pronósticos. Sonaba en radios, discotecas, clubes, fiestas privadas y programas de televisión. Su estribillo se instaló con una naturalidad pocas veces vista y terminó convirtiéndose en una de las canciones más populares de la década.
Blas Eduardo es el artista chileno que inventó en 1975, en México, el tema que fuera ícono de la agrupación. Y sí, era la historia real de su amigo Antonio con su pareja, Lupita. Pero no, ella no era su prima, fue sólo una licencia poética. Es más, Blas Eduardo y Antonio fueron amigos en su juventud y después se reencontraron en México. Con Lupita tuvieron dos hijos, Antonio y Rodrigo, de quien el compositor es el padrino.
Per volviendo a las protagonistas de nuestra historia, por el comienzo de la canción, el grupo se iba a llamar Las Primas de Antonio. Después quedó solo en Las Primas.
El fenómeno fue tan grande que incluso Alberto Olmedo y Jorge Porcel decidieron incorporarlo en tono de parodia dentro de Rambito y Rambón, primera misión, la exitosa película dirigida por Enrique Carreras. En aquellos años, ingresar a ese universo equivalía a recibir una especie de certificado definitivo de popularidad.
El vínculo entre los humoristas y Las Primas no terminó allí. Un año después fueron convocadas para participar de Los colimbas al ataque, donde interpretaron “Dame una alegría”, uno de los grandes éxitos de su segundo álbum, luciendo los característicos vestidos brillantes que ya eran parte de su identidad artística. Más tarde regresarían al cine en Las locuras del extraterrestre, compartiendo elenco con Emilio Disi, Javier Portales y Gianni Lunadei, donde presentaron “El gitano picarón”. Aquellas participaciones terminaron de consolidarlas como figuras omnipresentes del espectáculo argentino de fines de los años 80.
Mientras la exposición mediática aumentaba, también lo hacían las ventas. Los discos comenzaron a acumular certificaciones de oro y platino hasta superar el millón y medio de copias vendidas, una cifra extraordinaria para cualquier artista argentino de la época. El fenómeno rápidamente cruzó las fronteras. Las Primas emprendieron extensas giras por América Latina, desembarcaron en México de la mano de Televisa y llegaron al histórico programa Siempre en Domingo, conducido por Raúl Velasco, el ciclo musical más importante del continente. También realizaron presentaciones para la comunidad latina en Estados Unidos, donde sus canciones encontraron un público que seguía con entusiasmo todo lo que llegaba desde la Argentina.

Pero su fenómeno iba mucho más allá de la música. También conquistaron al público infantil gracias a su participación junto al entrañable Topo Gigio, con quien compartieron programas de televisión y luego el espectáculo teatral Las Primas del Topo Gigio, presentado en la calle Corrientes. Era la confirmación de que el grupo había logrado un alcance poco habitual: mientras los adultos bailaban sus canciones cargadas de picardía, los más chicos también las adoptaban como propias gracias a la televisión y al teatro. En muy poco tiempo, se habían convertido en una de las marcas más exitosas del entretenimiento argentino.
Como suele ocurrir con los grandes fenómenos populares, el éxito también trajo cambios. La maquinaria de Las Primas funcionaba a un ritmo frenético. Había presentaciones en televisión, giras por el interior, viajes al exterior, grabaciones, teatro y hasta una agenda que, en determinados momentos, obligaba a realizar varios shows en una misma noche. Mantener ese ritmo no era sencillo y las primeras modificaciones en la formación comenzaron a llegar cuando el grupo todavía se encontraba en la cima de su popularidad.
La primera en alejarse fue Liliana Barovero. Poco después, en mayo de 1987, durante una emisión de La noche del domingo, el programa que conducía Gerardo Sofovich, Josefina Stella y Daniela Mori se despidieron públicamente del grupo. En sus lugares ingresaron Lilit y Fabiola Alonso, mientras Liana quedó como reemplazante. Para el público, sin embargo, el cambio pasó casi inadvertido. La marca Las Primas ya había adquirido una identidad propia que trascendía los nombres de sus integrantes.
Detrás de esa continuidad había una estrategia muy clara. Carlos Gallego entendía que el grupo debía sostener su presencia sin importar las modificaciones internas. Años más tarde recordaría que la figura central era Mónica Garimaldi, la integrante más joven de la formación original, que apenas tenía dieciséis años cuando comenzó la aventura.
“Mónica era la más jovencita, era muy bonita, muy voluptuosa y rápidamente se convirtió en la imagen que más cautivó. Las otras podían cambiar, pero mientras estuviera ella, el público seguía sintiendo que eran Las Primas”, recordaría el productor. Aquella decisión terminó marcando buena parte de la historia del grupo. Mientras las formaciones se modificaban, Garimaldi permanecía como el rostro más reconocible de una marca que seguía llenando teatros y escenarios.
La apuesta, sin embargo, ya no se limitaba a la Argentina. Gracias a la relación que Gallego mantenía con Televisa por sus producciones junto al Topo Gigio, Las Primas desembarcaron en México y el resultado volvió a superar todas las expectativas. Allí también se armó una formación propia encabezada por Fabiola Alonso, que terminó convirtiéndose en la imagen del grupo para el público mexicano.
“En México pasó exactamente lo mismo. Fabiola terminó siendo la cara conocida allá. Mientras una formación trabajaba en la Argentina, otra recorría México. Después incluso hubo un intento en España. La idea era que Las Primas siguieran creciendo como una marca internacional”, recordaría Gallego sobre un proyecto que, para fines de los años ochenta, funcionaba prácticamente como una franquicia artística.
La intensidad del trabajo era enorme. Las giras se multiplicaban y los escenarios también. En paralelo seguían apareciendo nuevos discos que intentaban renovar el repertorio sin abandonar la fórmula que había convertido al grupo en un fenómeno masivo. Más divertidas que nunca, Somos terribles, Invencibles —grabado junto a Ricky Maravilla—, Haceme zaza-zaza, De fiesta y Ponete el sombrero mantuvieron vivo al proyecto durante buena parte de los años noventa, aunque sin repetir el impacto cultural de aquella primera explosión.

Sin embargo, incluso esa etapa menos rutilante dejó una de las curiosidades más llamativas de la música popular argentina. En el álbum De fiesta, publicado en 1991, una joven cantante llamada Miriam Alejandra Bianchi participó realizando coros. En ese momento era apenas una artista que buscaba abrirse camino. Años después, el país entero la conocería con el nombre artístico que la convertiría en leyenda: Gilda.
Mientras el grupo seguía reinventándose, otra de sus integrantes históricas comenzaba a recorrer un camino completamente distinto. Josefina Stella nunca había abandonado del todo su verdadera vocación. En paralelo al fenómeno de Las Primas continuaba desarrollando una sólida carrera dentro de la música lírica y llegó un momento en que ambas actividades se volvieron incompatibles. La exigencia física y artística de sostener las giras, los shows y las grabaciones terminó inclinando la balanza hacia el camino que realmente deseaba seguir.
El recambio continuó durante los primeros años de la década siguiente hasta que, en 1993, se produjo una salida simbólica. Mónica Garimaldi, la última integrante original que permanecía en el grupo, decidió ponerle punto final a esa etapa de su vida. Con su partida se cerraba definitivamente el capítulo fundacional de Las Primas.
Muchos años después, ya completamente alejada del ambiente artístico, Garimaldi volvería a hablar públicamente sobre aquella decisión en una extensa charla con José María Muscari. Para entonces llevaba décadas trabajando como abogada dentro del Poder Judicial y su vida era radicalmente distinta a la de aquella adolescente que recorría el país bailando sobre un escenario.

“Yo hace muchísimo que no estoy en Las Primas. Soy abogada y trabajo para la Justicia. Dejé hace muchos años todo lo que tenía que ver con ‘Saca la mano, Antonio’”, contó con absoluta naturalidad.
Lejos de cualquier escándalo, explicó que nunca existió una decepción con el ambiente artístico. Simplemente descubrió que su verdadera vocación estaba en otro lado.
“Empecé a los dieciséis años. A los veinticuatro me enamoré, quedé embarazada y sentí que era el momento de cerrar esa etapa. Mientras hacía Las Primas seguía estudiando Derecho. La pasé muy bien, viajé muchísimo, conocí lugares increíbles y nunca tuve una mala experiencia, pero cantar nunca fue lo que imaginé hacer toda la vida”.
Su relato también permitió comprender la magnitud económica que había alcanzado el fenómeno durante los ‘80: “Era otra Argentina. Llegábamos a hacer diez, once o doce shows en una sola noche. Arrancábamos en un casamiento en San Isidro y terminábamos a las ocho de la mañana en una bailanta de Merlo. Se trabajaba muchísimo y sí, ganábamos muy bien”.
Con el paso del tiempo, la distancia con el mundo del espectáculo nunca borró el cariño por aquella experiencia. Garimaldi confesó que todavía hoy se sorprende cuando sus hijos regresan de una fiesta y le cuentan que todos terminaron bailando “Saca la mano, Antonio”.
“No lo puedo creer. Me emociona muchísimo. También me sigue pasando que la gente me reconoce. Después de tantos años todavía hay personas que se acercan para decirme que se disfrazaban como yo o que crecieron escuchando nuestras canciones. Eso me sigue sorprendiendo.”
Aun así, descartó cualquier posibilidad de regresar a los escenarios: “Fue una etapa hermosa, pero ya pasó. No volvería. Estoy feliz con la vida que construí. Guardo los mejores recuerdos y no tengo ningún sinsabor. Simplemente entendí que mi camino era otro.”
Su historia resume, de alguna manera, el recorrido de todo el grupo: un fenómeno gigantesco que marcó una época, cambió la vida de sus protagonistas y dejó una huella mucho más profunda de la que cualquiera hubiera imaginado en aquellos años de lentejuelas, coreografías y televisión en vivo.
La historia de Las Primas no terminó cuando las luces de los programas de televisión dejaron de enfocarlas ni cuando la renovación musical de los ’90 desplazó a muchos de los grandes fenómenos de la década anterior. Como suele suceder con los artistas que logran instalarse en el corazón del público, el verdadero legado comenzó mucho después de que pasara el momento de mayor exposición. Porque mientras infinidad de éxitos quedaron atrapados en la nostalgia de una época, ellas encontraron una forma mucho más poderosa de sobrevivir: convertirse en parte de las celebraciones de los argentinos.
No hubo ranking, plataforma digital ni campaña de marketing que explicara ese fenómeno. Simplemente ocurrió. “Saca la mano, Antonio”, “Lo nene con lo nene”, “Dame una alegría”, “Tócame el piripipí” o “El gitano picarón” dejaron de pertenecer exclusivamente a quienes las habían visto nacer, para ser adoptadas por nuevas generaciones que nunca las habían visto en televisión. Las canciones comenzaron a transmitirse de manera casi natural. Pasaron de padres a hijos, de hermanos mayores a menores, de una pista de baile a otra. El trencito del carnaval carioca terminó convirtiéndolas en un clásico absoluto y, cuatro décadas después, siguen apareciendo exactamente en el mismo momento de cada fiesta: cuando la formalidad ya quedó atrás y sólo importa divertirse.
Esa vigencia volvió a quedar demostrada en 2013, cuando varias de las integrantes históricas se reunieron nuevamente sobre un escenario en Córdoba. Más de quince mil personas asistieron a aquel espectáculo que funcionó como una inesperada prueba de cariño. No era simplemente un recital. Era el reencuentro entre un público y un grupo que había acompañado una parte importante de su vida. Los años habían pasado, pero apenas comenzaron a sonar los primeros acordes volvió a producirse el mismo fenómeno de siempre: miles de personas cantando de memoria canciones grabadas treinta años antes.
El vínculo con el público volvió a renovarse en 2020, durante la pandemia de coronavirus. Mientras el mundo entero buscaba maneras de atravesar el aislamiento, algunas exintegrantes decidieron adaptar aquellos viejos clásicos al nuevo contexto sanitario. Así nacieron versiones humorísticas como “Lava tus manos, Antonio” y “Lo nene en cuarentena”, demostrando que aquellas melodías seguían conservando una capacidad única para conectar con la gente incluso en uno de los momentos más difíciles de la historia reciente.

Entre un acontecimiento y otro también hubo nuevos intentos por mantener viva la marca. A comienzos del año 2000, Norberto Marcos, asociado nuevamente con Carlos Gallego, impulsó otra formación de Las Primas con la intención de relanzar el proyecto. Como había sucedido desde finales de los años ochenta, el nombre continuó atravesando distintas etapas, con nuevas cantantes que mantuvieron vivo un repertorio que ya era patrimonio de la música popular argentina.
Por sus filas pasaron decenas de artistas. Algunas continuaron luego carreras vinculadas al espectáculo; otras eligieron caminos completamente distintos. Entre ellas estuvieron Fabiola Alonso, años más tarde esposa del humorista Miguel Ángel Cherutti, y Karina Ranni, quien también integró una de las formaciones posteriores del grupo, además de Fátima Flórez. Pero, más allá de los nombres propios, Las Primas siempre funcionaron como algo mucho más grande que la suma de sus integrantes. Eran una marca, un estilo, una manera de entender el entretenimiento que logró atravesar generaciones.
Quizá por eso resulte tan significativo escuchar hoy a Mónica Garimaldi hablar de aquella etapa sin nostalgia ni arrepentimientos. La mujer que durante años fue la cara más reconocible del grupo construyó una carrera completamente distinta como abogada, formó una familia y dejó definitivamente atrás el universo del espectáculo. Sin embargo, hay algo que todavía la emociona.
Cada vez que alguno de sus hijos vuelve de una fiesta y le cuenta que sonó “Saca la mano, Antonio”, siente que aquellas noches interminables de escenarios, viajes y camarines siguen teniendo sentido. Lo mismo ocurre cuando alguien la reconoce en la calle y le cuenta que de chico imitaba sus coreografías o soñaba con vestirse como ella. Son pequeños gestos que confirman que el verdadero éxito nunca estuvo solamente en los discos vendidos ni en los programas de televisión.

Porque las cifras fueron extraordinarias. Más de un millón y medio de placas comercializadas, discos de oro, discos de platino, giras internacionales, participaciones en películas, presencia permanente en la televisión argentina y actuaciones en algunos de los escenarios más importantes de América Latina. Pero, con el paso del tiempo, todo eso terminó convirtiéndose apenas en una parte de la historia.
Lo verdaderamente excepcional fue otra cosa.
Fue haber logrado que una canción dejara de pertenecer a una época para transformarse en una tradición. Son pocos los artistas que consiguen semejante privilegio. Porque la fama suele ser pasajera, los rankings cambian y las modas se renuevan. Pero cuando una canción logra convertirse en parte de los recuerdos compartidos de un país, deja de pertenecer únicamente a quienes la grabaron.
Y eso fue exactamente lo que consiguió Las Primas. Sin proponérselo, aquellas cinco jóvenes que irrumpieron en la televisión argentina con vestidos brillantes, coreografías simples y melodías irresistibles terminaron escribiendo una de las páginas más populares del espectáculo nacional. Cuatro décadas después, su nombre sigue despertando sonrisas, sus canciones continúan reuniendo generaciones enteras alrededor de una pista de baile y su historia demuestra que algunos fenómenos culturales nunca desaparecen: simplemente encuentran nuevas maneras de seguir sonando.
CHIMENTOS
Luciana Salazar confirmó si está está protagonizando un fogoso romance en Miami

Mientras disfruta de unos días en Miami junto a su hija Matilda para seguir de cerca el Mundial 2026, Luciana Salazar quedó en el centro de una fuerte versión sobre su presente sentimental. En los últimos días, en LAM, aseguraron que la modelo estaría comenzando una relación con un multimillonario radicado en Estados Unidos.
Según reveló Pepe Ochoa, el hombre en cuestión sería Eduardo Wassi, un exitoso empresario tecnológico con quien Luciana llevaría varios meses de relación. Incluso, el panelista remarcó que no se trataría de algo pasajero. «No es chongo, es novio», había contado sobre este romance que habría iniciado la mujer.
En las últimas horas, Luciana utilizó sus redes sociales para hacer un descargo referido a estas versiones. «Hace tiempo que no me gusta hablar de mi vida y tengo los motivos para no hacerlo«, abrió su posteo en Instagram stories. Acto seguido, se mostró algo alejada de los rumores que circulan sobre su vínculo con Wassi.
«Lo único que me gustaría dejar en claro, porque muchas personas me están preguntando, es que no me voy a hacer claro de nada de lo que están publicando en portales o redes que no haya salido de mi boca«, aseguró. Y finalmente, dejó en claro que el día que tenga que anunciar un noviazgo, lo va a hacer ella misma.
EL LOOK DE LUCIANA SALAZAR QUE SORPRENDIÓ EN MIAMI
En medio del partido de Argentina contra Cabo Verde, Luly eligió un arriesgado look para alentar a la Selección. La modelo lució un top semitransparente decorado con canutillos con los colores de la Albiceleste, que tenía detalles de brillos. Además, sumó unos shorts en color gris que combinaron con una botas denim.
El resultado fue un estilo que combinó texturas, con los colores celeste y blanco y el denim, una de las tendencias que nunca falta. En cuanto a su maquillaje, la blonda llevó unos labios en tono nude con un delineado muy sutil y los tonos de la bandera en una de sus mejillas. Por supuesto, no faltaron las gafas oscuras para el sol.

Luciana Salazar
CHIMENTOS
Rubén Blades vuelve a Argentina para despedirse de los escenarios: “Ya hice lo que tenía que hacer”

Con el tour Fotografías, basado en su flamante disco del mismo nombre, Rubén Blades le pone fin a su camino en los escenarios para cerrar apenas una parte de su historia. La leyenda panameña asegura que es la última vez en la carretera, que ya no tiene ganas de salir por el mundo a cantar sus canciones, que prefiere enfocarse en otras prioridades, pero antes quiere despedirse de su gente en diferentes partes del mundo. En definitiva, invita a compartir un “last dance”, nunca mejor usada la figura para alguien que revolucionó para siempre la música latina.
“El problema no es que me sienta con menos fuerza, sino que es una cuestión de tiempo”, le dice a Infobae el artista de 77 años, que deja en claro que no se retira de la actividad artística sino que prefiere administrar los esfuerzos. “Hay varias cosas que me gustaría todavía intentar hacer, entre ellas retomar mis relaciones con mi familia y con mis amigos, que siempre han dependido del tiempo y de las ocupaciones que tengo. Voy a hacer música un rato más, pero ya se hizo lo que se tenía que hacer”.
Lo firma Blades desde Nueva York por videollamada, en una entrevista exclusiva con Infobae, el único medio argentino con el que va a hablar antes de su visita el 16 de agosto en el Movistar Arena. Y “lo que se tenía que hacer” es ni más ni menos que un diagnóstico de más de medio siglo de la comunidad latina en forma de canciones. De sus penares, de sus alegrías, de las injusticias, de las migraciones. Sea en solitario, en aquél mítico dúo con Willie Colón o junto a la actual Roberto Delgado Big Band, su monumental obra lo ubica entre los más grandes compositores de habla hispana del último medio siglo. Y, sin embargo, esta es apenas una aproximación posible a su personalidad.
Actor, abogado, dirigente político, activista, excandidato a presidente de Panamá, la de Blades es la muestra cabal de un hombre que hizo de cada una de sus inquietudes un camino posible para trascender. En el caso de la música, lo que nos ocupa principalmente en esta entrevista, su nombre está en un lugar destacado tanto en la enciclopedia como en el corazón de los pueblos. Canciones como “Pedro Navaja”, “Tiburón”, “Amor y control”, “El cantante” y “Plástico” entre tantas otras fueron la banda de sonido de las oleadas migratorias que vieron en Estados Unidos un norte. Pero aparte de hacerlas bailar, la invitó a pensar. Y en eso fue pionero, referencia y una bandera que lo conecta con las nuevas generaciones.
Cuenta la leyenda, y lo ratifican las canciones y los hechos, que de su sociedad con el trombonista Willie Colón cambió para siempre la historia de la salsa. Pero antes y después de eso, Blades mostró ser un espíritu en permanente movimiento, como ese abogado se vio obligado a dejar Panamá por motivos que ya contará. Nueva York fue el destino en el cual se propuso forjar su propio guion del sueño americano, una historia que iba a transcurrir en el sello Fania, la meca de la salsa. Allí empezó como cartero, repartiendo discos, pero en poco tiempo iba a ser el el protagonista de su propia historia.
A más de medio siglo de esa huida hacia adelante, Blades tiene nuevo disco, la excusa para traerlo a la Argentina en este tour de despedida. Fotografías es, de alguna manera, un diálogo con su obra y también el reflejo de un mundo que ya no existe. “La fotografía es testimonio de memorias”, explica sobre ese click que retrata nacimientos, graduaciones, cumpleaños, esperanzas. “Siempre una historia detrás de cada foto, y te ayuda a mantener viva a la gente que se ha ido y a recordar momentos que fueron muy importantes para ti. Por eso quise hacer esa canción”, agrega, sobre el leit motiv en el que montó su último espectáculo.
—La fotografía de hoy parece tener otro rol, menos romántico, más efímero.
—Creo que la fotografía hoy adquiere un aspecto más narcisista y lo que hay ahora es más bien un homenaje al ego. La gente se la pasa fotografiándose y poniéndose en TikTok, asumiendo que lo que hacen es importante que otros lo sepan. Yo no hago eso, pero no tengo opinión sobre eso más que decir que es otro mundo en el cual yo no vivo.
—En “Emigraciones”, un tópico que visitás seguido en tus canciones, hay una frase que quiero destacar: “Nadie emigra de su patria porque quiere / el que sale lo hace por necesidad”. ¿Cuál fue la tuya? ¿Imaginás cada tanto qué hubiera sido de tu vida sin esa necesidad?
—Es que la gente por lo general sale de su patria motivada por una presión, una razón. Yo no nací y crecí pensando en cuando llegaría la hora de irme. Estaba completamente tranquilo en mi país. Lo que hubo fue una dictadura militar que creó consecuencias para mi familia, que se fue en el 73, y yo, que me gradúo de abogado en el 74, me voy a reunir con ellos. Pero si no hubiera sido por eso, me hubiera quedado en Panamá, hubiera sido abogado, hubiera sido otra cosa, pero no cantante ni actor. Por eso siempre digo que para resolver el problema de las migraciones masivas, lo primero que hay que resolver son los problemas que las ocasionan. El problema está en la raíz. Nadie, o casi nadie, se quiere ir. Hay excepciones, por supuesto, pero por lo general, las migraciones masivas que vemos son ocasionadas por problemas políticos y económicos. El desgobierno crea las condiciones para que la gente se tenga que ir.
—Esta mirada profunda sobre la realidad la trasladaste a tu obra y a esa supuesta distancia entre música para bailar y música para pensar que te propusiste romper, o al menos unir, y que te valió el mote de “el poeta de la salsa”. ¿Cómo te llevás con ese elogio que puede transformarse en una carga o una limitación?
—Creo que ha habido una falla a la hora de hacer los análisis. La Ilíada, que es uno de los pilares de la literatura mundial, se cantó. La literatura parte de la música. Entonces no hay ninguna incongruencia entre ser un cantante que dice cosas que pueden considerarse poéticas y un supuesto intelectual literato que escribe desde un escritorio. Y te digo más: la poesía que yo escribo es mucho más difícil que la del poeta de escritorio, porque ese puede detenerla o extenderla cuando le dé la gana. Yo tengo que ajustarme a la clave, ser lo más preciso posible dentro de un período, y por eso hice las canciones más largas. “Pedro Navaja” es un cuento corto, casi una novela, donde tengo que desarrollar el tema en siete minutos ajustándome al rigor de la clave, dentro de esa limitación. Yo me considero un escritor y no un poeta, aunque muchos me han dicho que sí es poesía. Ahora que estoy más viejo, la leo y me doy cuenta de que se podría considerar como tal. Lo que no quiero es que se me distinguiera de mis otros compañeros de una forma en que se sugiriese que ellos tenían menos valor que yo, porque eso no es cierto.
—Esa manera de escribir trascendió generaciones y fue reinvidincada por artistas como Bad Bunny en su histórico concierto en el Super Bowl, en esa cita a la unidad latinoamericana, a ese “orgullo que Bolívar soñó”, que habías enarbolado en el disco Siembra de 1978. ¿Qué opinás de su figura y de la actualidad de la música latina?
—Yo lo conozco desde hace unos siete u ocho años, cuando hice un concierto de tres horas y media en Puerto Rico, y él fue con la mamá y el papá, que cumplía años y pidió ir al show. Te das cuenta de que todos estos muchachos —Bad Bunny, Farruko, Tego Calderón, René de Calle 13— crecieron en casas donde se oía salsa y la llevan muy bien. Y aparte, las ideas son de todos. Una vez que pones la idea, como en Siembra, esa convocatoria de que todos estamos en la misma casa, que todos somos familia, que los problemas y las soluciones son comunes, se extendió por toda América. Bad Bunny la retoma con mucha razón y lo hizo muy bien. ¿Y para qué son las ideas si no es para compartirlas? Por eso la idea de las banderas me pareció excelente.

—Y un reconocimiento también a ese álbum que fue premiado por el Grammy en su versión 2023. Mencionaste “Pedro Navaja”, seguramente tu canción más conocida, pero allí también están himnos de la canción popular latinoamericana como “Plástico” o “Buscando Guayaba” que trascendieron en el tiempo. ¿Qué siente aquel abogado, que dejó atrás Panamá por la fuerza, al ver en qué se ha convertido su obra?
—Lo único que me agrada es que espero haber ayudado a alguien de alguna forma: a considerar cosas que no había considerado antes, a creer posibles cosas que creía imposibles, y a tener quizás un poquito más de optimismo. Porque yo soy muy optimista, a pesar de todo. Nosotros hemos creado estos problemas y nosotros podemos resolverlos; estoy completamente convencido de eso. Pero sí es una sorpresa, porque en realidad yo no hice nada de acuerdo con lo que se tenía que hacer. No estaba escribiendo canciones de amor ni temas que sonaban como los de los otros. Mis letras provocaban polémica, y las compañías de discos no quieren polémica. Fue gracias a la gente y a los DJ que se atrevieron a tocar esos temas. Ahora, lo que no me sorprende es que si tú escribes algo que está bien escrito, dura. Mira “Cambalache”, escrita hace cien años, y la cantas hoy y suena como si la acabaran de escribir. Las letras que yo escribí fueron adoptadas por la siguiente generación que se encontró con los mismos problemas y las mismas circunstancias existenciales. El hecho de que Siembra, que no ganó en el 1978 gane el premio 45 años más tarde, quiere decir que esas canciones fueron adoptadas, readoptadas y redescubiertas por otras generaciones. Eso te indica que lo que escribiste tenía pierna.
—Hablar de Siembra es también hacerlo de Willie Colón, tu socio musical por entonces, con quien tuviste tus idas y vueltas y estabas distanciado al momento de su muerte. ¿Cómo fuiste procesando su partida a medida de que fue pasando el tiempo?
—Siempre con mucho respeto y con mucho dolor, porque no lo esperaba; sobre todo, porque él es dos años más joven que yo. Lo lamento muchísimo, pero hay gente que no muere nunca. Willie, al igual que Celia Cruz, Tito Puente, Héctor Lavoe, son gente que no muere. Es una lástima la situación que tuvimos, pero al margen de eso, los momentos que recuerdo con él, que fueron muy agradables, no desaparecerán jamás. Nunca desconoceré eso y lamento que se haya ido, porque estoy seguro de que hubiera podido dar mucho más.

En su documental autobiográfico Yo no soy Rubén Blades, la primera canción que suena es “Vete de mí”, esa gema de los hermanos Homero y Virgilio Expósito en clave de bolero. Es un guiño del panameño a la música argentina que lo acompañó a lo largo de su vida, aunque su ADN pueda sugerir lo contrario. Como prueba, está la presencia de Carlos Franzetti como arreglador en “Siembra”, los aires folklóricos y de canción rioplatense que se perciben en “Tiempos” y el álbum de versiones en clave de tango, de nuevo con Franzetti y la orquesta de Leopoldo Federico. Una excusa para invitarlo a pasear por los sonidos de esta parte del mundo.
—¿Cuál es tu primer recuerdo relacionado a la música argentina?
—Gardel, como todo el mundo. En Panamá escuchábamos todo tipo de música, porque la música entraba por el Pacífico y el Atlántico. En la casa se oían los tangos de Gardel,que ya era una celebridad mundial, y esa fue nuestra primera aproximación a la música argentina. Después fui conociendo otros artistas, como Astor Piazzolla, que para mí es un genio. Aunque te digo que la primera vez que fui allá, en el 83, me preguntaron por esto mismo en una radio. Yo dije que me gustaba mucho Piazzolla y la persona que me entrevistaba no estaba muy de acuerdo. Me dijo que eso no era tango. Después tuve el placer de tocar con él en Montreux con Seis del Solar y en la misma semana en la que estuvo Miles Davis.
—¿A vos te pasó lo de Piazzolla, esto de ser cuestionado por tu estilo rupturista?
—Sí. A mí me dieron mucho palo y todavía me dan. No por contenido ideológico, sino por el contenido extraño de mis canciones, porque decían: “¿Eso qué es?”. Mira, yo hice un disco que se llamó Agua de luna, para el que tomé cuentos cortos de García Márquez y los musicalicé. Fue un desastre: los intelectuales decían que me había cagado en la obra de García Márquez y los salseros decían que me había cagado en la salsa. Me dan palo todavía, aunque hay canciones ahí que están siendo redescubiertas, como “Ojo de perro azul”. Me han prohibido en Cuba y en Miami, me han dicho de todo a través de mi vida y creo que eso es un indicio de que voy por el camino correcto. Porque si entras en esto esperando aplauso, estás entrando mal. Haz tu trabajo y no esperes nada
—¿Qué recordás de tu primera visita a Argentina en agosto de 1983? Un país que se preparaba para salir de la dictadura, y un show inolvidable con Los Abuelos de la Nada en el Estadio Obras.
—Daniel Grinbank nos llevó y lo recuerdo con mucha alegría. En ese tiempo en Nueva York no estábamos tocando mucho porque me tenían vetado, ya que cuando estaba con Willie Colón había tratado de crear una sociedad de músicos para defender los derechos, y cuando me salí me vetaron. La oferta de Grinbank de ir a tocar a Buenos Aires y a Montevideo fue muy buena. Económicamente era muy baja, pero fuimos, porque tampoco nadie nos conocía como banda, y le agradecimos eso mucho. Yo no tenía idea de que en Argentina pudiéramos tener algún tipo de apoyo. La gente que fue a Obras Sanitarias creo que fue a ver a Los Abuelos de la Nada, que estaban de vuelta. Había una fila enorme. Tocamos por primera vez canciones de Buscando América. Me llamó mucho la atención que la dictadura mandó cámaras de televisión: tipos con el cabello casi rapado, chaquetas de cuero y lentes oscuros, como para que se supiera quiénes eran, porque eran los únicos que no brincaban ni bailaban, pero filmaron todo. La gente, en cambio, brincaba y bailaba. Cuando tocamos “El padre Antonio y el monaguillo Andrés”, la reacción de la gente me hizo entender que efectivamente teníamos una propuesta distinta y que iba a tener apoyo. Eran rockeros casi, pero nosotros teníamos un estilo que mezclaba jazz, rock y salsa, así que caíamos perfectamente bien en ese ambiente.

—Los Abuelos tenían algo de esa mixtura.
—Yo creo también que fue la coincidencia, porque la guerra de las Malvinas hizo que mucha de la programación en inglés fuera retirada de las radios, y eso abrió espacios para canciones como “Tiburón”, que resonó mucho allá, especialmente después del trágico hundimiento del Belgrano. La gente se preguntaba: “¿Quiénes son estos tipos?”. Y eso nos ayudó mucho a que se nos aceptara en ese primer viaje, porque éramos una banda completamente desconocida. Y hasta el día de hoy le doy las gracias a Calamaro y a los muchachos de Los Abuelos de la Nada que estaban esa noche ahí, por ayudarnos a que nos conocieran.
—Bueno, Andrés hizo una versión de “El Cantante” y lo asumió casi como un alter ego en aquel disco del 2004. ¿Hablaron del tema?
—Él me habló de eso, sí, se lo agradezco mucho. Él es un tipo muy correcto, siempre pide permiso. Son íconos, como Charly García, Fito Páez, y ahora esto del Indio Solari…
—Me sorprendió tu publicación sobre el Indio, porque a diferencia de estos artistas, su música no trascendió mucho más allá de las fronteras de Argentina y Uruguay.
—Por eso me gustaba, porque en eso él y yo nos parecíamos mucho. Siempre me parece mucho más efectivo lo que los gringos llaman word of mouth, que la gente hable de ti, en vez de hacer propagandas masivas para que la gente te quiera. Él simplemente se iba y tocaba en un pueblito por allá que nadie sabía dónde quedaba, y el que quería verlo iba y el que no, no. Eso me pareció siempre genial, porque me recordó mucho a Jerry García y el fervor de la gente. Jerry fue amigo mío también y tocó conmigo con Seis del Solar. Ese día estábamos tocando con Santana también. Carlos fue a coger el solo y yo le dije: “No, hombre, déjaselo a Jerry. Mírale la cara, la felicidad que tiene”. Así me parece que era el Indio. No recuerdo haberlo visto en persona, pero esa gente no necesita ser vista para ser conocida.

—Otro artista que te grabó fue Vicentico, que además de “Tiburón”, hizo “Desapariciones” con Los Fabulosos Cadillacs. Es muy conmovedor ver cómo esas historias personales, con nombre, apellido, profesión, barrio, podían ser trasladadas a Argentina y a otros países de América Latina.
—Esa fue la idea. Yo no escribo desde un punto de vista ideológico, porque no creo en eso. Me parece una estupidez. Las ideas evolucionan. Si te quedas parqueado en una sola idea, vas a estar mal en algún momento, porque las cosas cambian. No tienes que cambiar tu honor ni tu dignidad, pero las ideas tienes que atender su evolución, porque la gente necesita ser escuchada. Yo trato de escribir desde el punto de vista de los que no tienen voz, para hablar no por ellos, sino con ellos. Eso fue lo que hice con “Desapariciones”: decirle a la gente que vivía la situación, en lugares donde la dictadura no permitía la difusión libre de opinión y de noticias, que no estaban solos. Y también tuve mucho cuidado de no ponerme en el plano de protagonista. Por eso usé el reggae a propósito, porque impide el baile y tiene un contenido hipnótico. Decidí que la melodía se repitiera en círculo con diferentes portavoces, con la necesidad de incluir a la señora, al señor, al muchacho, a la muchacha, porque era una cuestión general.
—¿Tuviste algún problema por cantar este tipo de canciones?
—En Panamá me prohibieron ese álbum, Buscando América, pero por otras razones, porque no podían admitir que existía el problema. Entonces fueron por “Decisiones” y me acusaron de incitar al aborto, a la infidelidad y al alcoholismo, porque de eso habla la canción (risas).
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