POLITICA
Tucumán sancionó la ley de ficha limpia y es la novena provincia en tenerla

CÓRDOBA.- Tucumán se convirtió en la novena provincia del país en tener una ley de ficha limpia. Fue aprobada hoy por unanimidad por la Legislatura; el proyecto lo impulsó el peronista oficialista Gerónimo Vargas. La norma inhabilita a candidatos y funcionarios con condena confirmada en segunda instancia.
Los distritos que ya tienen una ley similar son Chubut, Mendoza, Salta, Jujuy, San Juan, Santa Fe, Río Negro y Córdoba. La Nación la incluyó en el marco de la reforma política que impulsa, aunque ya fracasó en su primer intento el año pasado.
Esta semana el gobernador Osvaldo Jaldo se pronunció en contra de ese proyecto del gobierno nacional, al que calificó de “traje a medida” para La Libertad Avanza (LLA), básicamente por apuntar a eliminar las PASO.
“El gobierno nacional está intentando hacerse un traje a medida en materia electoral. Mandó no sólo la eliminación de las PASO, sino un conjunto de medidas. Vienen por la eliminación definitiva de las PASO”, afirmó.
A su entender las PASO son una “herramienta de ordenamiento dentro de los partidos políticos; permite hoy que cualquier ciudadano de la provincia que quiera ser candidato legítimamente se presente y compita dentro de su espacio. Entendemos que eliminarlas es en perjuicio de todos los partidos políticos, pero fundamentalmente de los ciudadanos, porque votan y quieren participar”.
La ley sancionada por la legislatura tucumana establece que quedan impedidos de ser candidatas o de ocupar cargos jerárquicos en los tres poderes del Estado aquellas personas que tengan condenas penales por delitos dolosos, siempre que dichas condenas hayan sido confirmadas en segunda instancia. Este punto -llamado “doble condena”- fue uno de los aspectos más debatidos durante el tratamiento, ya que algunos sectores opositores vinculados a Juntos por el Cambio que impulsaban que bastara una sentencia en primera instancia.
El radical José María Canelada afirmó: “No podemos permitir que alguien condenado en primera instancia siga siendo candidato como si nada; la política tiene que estar un paso adelante en materia ética”. Y Ricardo Bussi, de Fuerza Republicana, planteó: “Si esperamos a la segunda instancia, la ley pierde eficacia. La sociedad nos está pidiendo decisiones más firmes contra la corrupción.”
“Tenemos que hacer una ley que sea sólida y aplicable. Si avanzamos sobre una condena que no está firme, corremos el riesgo de vulnerar garantías constitucionales básicas”, defendió Vargas.
El texto aprobado optó por un criterio más restrictivo en términos jurídicos, buscando evitar eventuales cuestionamientos de inconstitucionalidad. La norma se aplicará cuando exista una condena firme en segunda instancia por delitos considerados graves, con penas iguales o superiores a tres años.
Entre los delitos contemplados se incluyen figuras como corrupción, defraudación contra la administración pública, narcotráfico, delitos contra la integridad sexual y crímenes de lesa humanidad.
Además, el texto incorpora un elemento novedoso: también podrán quedar alcanzadas las personas incluidas en el Registro de Deudores Alimentarios, ampliando así el concepto de “ficha limpia” más allá del ámbito estrictamente penal.
No solo alcanza a quienes pretendan competir electoralmente, sino también a quienes sean designados en cargos jerárquicos dentro del Poder Ejecutivo, Legislativo o Judicial. En ese sentido, la ley no se limita a la esfera electoral, sino que introduce un criterio general de idoneidad ética para el ejercicio de funciones públicas.
También crea mecanismos de control y transparencia. La ley prevé la implementación de registros públicos y la obligación de presentar declaraciones juradas, con el objetivo de garantizar que los requisitos se cumplan efectivamente y no queden en una mera formalidad.
Durante el debate, los legisladores coincidieron en destacar que la ley responde a una demanda social creciente por mayor transparencia y calidad institucional. En ese sentido, se la presentó como un intento de reconstruir la confianza ciudadana en la política, en un contexto marcado por reiterados casos de corrupción en distintos niveles del Estado.
se pronunció en contra de ese proyecto,Gabriela Origlia,Tucumán,Osvaldo Jaldo,Reforma electoral,Conforme a,Tucumán,,Caparazón filoso. Apareció un caracol gigante y peligroso en Tucumán: qué dijo el Senasa,,“Me enamoré de una tucumana”. Atrapada en el barro, sobrevivió a una inundación, perdió a sus crías y forjó un vínculo inesperado con quien la ayudó,,Inundaciones. El Senasa flexibilizó exigencias sanitarias para la ganadería en tres provincias
POLITICA
A un año de la entronización. Un presidente inesperado, de cara a los peores fantasmas

1‘minuto de lectura
En su teléfono asomaron uno, dos, tres mensajes de Telegram.
-¿Pasó algo?-tipeó Alberto Fernández, preocupado, en su celular.
-Vení a verme urgente, tengo que hablar con vos-le contestó Cristina Kirchner.
Alberto Fernández no planeaba ser presidente. No se le cruzaba por la cabeza. Caminaba el llano desde 2008. Su ambición política pasaba por ser el arquitecto de la unidad del peronismo y ganarle a Mauricio Macri. Si el PJ triunfaba, bromeaba en tertulias con amigos, a lo sumo tendría la embajada en Madrid.
Armador de carreras ajenas, Fernández había dado el paso más difícil: reconciliarse con Cristina. Al hacerlo, dejó atrás una pelea de nueve años que parecía no tener retorno. Tras esa reconciliación, Fernández comenzó a trabajar sigiloso para volver a llevar a la ex presidenta a la Casa Rosada. Pero la historia dio un vuelco inesperado. Y fue por decisión de ella.
Esa mañana de mayo, un año atrás, Fernández estaba dando clases en la Facultad de Derecho. Cuando Cristina insistió con los mensajes, él entendió que era importante. A las 15, llegó a verla al departamento de Florencia Kirchner, en Constitución. Y se quedaron los dos a solas en el comedor. «Me dijo que lo pensó mucho. Que ella tal vez podía ganar pero que le iba ser muy difícil gobernar porque la Argentina estaba demasiado enfrentada. Que hacía falta alguien que pudiera abroquelar a todos los nuestros y también convocar a gente que no estaba con nosotros», relató Fernández a en 2019.
-Así que llegué a la conclusión que el candidato tenes que ser vos…
-Honestamente, no me parece una buena idea. Pensalo bien porque vos no transferís tus votos a nadie-reaccionó Fernández.
-No, no.. ¡Yo voy a ser tu candidata a vicepresidenta! Por todo lo que vos trabajaste en este tiempo, tomé esta decisión… El candidato tenés que ser vos.
Un año después, Alberto Fernández gobierna el país en completo estado de excepción, con los índices económicos desplomados y en un camino de cornisa al borde del default
Fernández le contó la noticia a muy pocas personas. A su pareja, Fabiola Yáñez, y a su hijo, Estanislao, les pidió que se hicieran a la idea. El viernes 17 de mayo fue a un asado con intendentes en Lomas de Zamora y disimuló toda la noche. Pero de regreso, en el auto, se lo confesó a Santiago Cafiero, el joven que se había ganado su confianza en los encuentros del Grupo Callao. Al día siguiente, el sábado 18 de mayo, hace exactamente un año, Cristina anunció la candidatura con un video en Twitter. Y sorprendió al país.
A partir de entonces, Fernández se lanzó a una carrera vertiginosa. Sedujo a los gobernadores peronistas y a Sergio Massa. Encolumnó detrás de su candidatura a un PJ que había jugado dividido en los tres últimos turnos electorales. Él, que supo ser el kingmaker de Néstor cuando nadie sabía cómo se escribía Kirchner, ahora debía demostrar que no era un títere de Cristina. Con un país polarizado, debía intentar saltar la grieta abrazado al kirchnerismo. Y en medio de una profunda crisis, debía convencer que pondría «a la Argentina de pie» sin anticipar un plan económico.

A un año de aquella entronización, hoy Alberto Fernández gobierna el país en completo estado de excepción, con los índices económicos desplomados, una espiralización del dólar y en un camino de cornisa al borde del default. Todo ello cuando la pandemia del coronavirus que puso en jaque a mundo aún no llegó a su pico en el país. «Ya sabíamos que íbamos a gestionar con la mochila de la deuda y sin plata. Pero nos cayó encima como una bomba el coronavirus», reconoce a el jefe de Gabinete, Santiago Cafiero.
A cinco meses de asumir, Fernández gestiona con «superpoderes». Su primera decisión fue trabajar sin ley de presupuesto y su primera acción de gobierno, redactar un proyecto de emergencia que le otorgó atribuciones extraordinarias. Con el coronavirus se inauguró, el 12 de marzo, la emergencia sanitaria. Desde entonces, fueron sancionados 23 decretos de necesidad y urgencia. El último le otorgó al jefe de Gabinete la potestad de ampliar y redistribuir los fondos del Estado hasta fin de año, sin pasar por el Congreso.
Con un mundo en una postal apocalíptica, Fernández siguió el paradigma sanitarista y puso al país en cuarentena. Fue una medida inédita. Pese a la crítica coyuntura, en pandemia el Presidente subió su nivel de aprobación pública. Llegó a cosechar una imagen positiva de más de 80 puntos. «Alberto mostró su mejor versión en la pandemia. Pensó, como jurista, que el primer derecho es a la integridad física», dice su amigo Eduardo Valdés.

Pese a que goza de un alto nivel de aceptación en los sondeos, Fernández neutraliza cualquier intento de fortalecer una línea política propia. Tiene en claro los riesgos que eso implicaría. «Él es el primero que le dice no al albertismo. Sabe que debe mantener al frente unido. Su lógica de construcción de poder es armonizar», dice un estrecho colaborador de su entorno.
Mesa chica
Desde el día uno, Fernández supo que su rol pasaría por arbitrar en el frente que lo llevó al triunfo. Sin embargo, construyó en torno suyo un círculo de personas de confianza, que nutrió de relaciones que cosechó a lo largo de su vida y que hoy comanda de manera radial.
El Grupo Callao -la usina de dirigentes jóvenes y poco conocidos que había quedado como resabio de la frustrada campaña de Florencio Randazzo en 2017- fue el que lo escoltó en la campaña. De un día para el otro, los debates en el café Los Galgos dieron a lugar a un búnker electoral en la calle México. Cafiero se consolidó como su mano derecha. Matías Kulfas y Cecilia Todesca fueron sus personas de consulta en materia económica. Miguel Cuberos se ocupó de la logística y la puesta en escena. A Juan Pablo Biondi le encargó la comunicación, aunque más como un ladero todoterreno que como un simple vocero.

Tras las PASO, Fernández tuvo el primer botón de muestra del cambio que implicaría la investidura presidencial. En la gira de México, quisieron custodiarlo como si fuera un mandatario electo. «Protestó durante todo el viaje», recuerda Cuberos. Aún hoy el Presidente discute por la Casa Militar por el protocolo.
Fernández se alzó con 48 puntos en octubre y se recluyó en un piso de Puerto Madero para organizar la transición, lejos del escrutinio público. Fue entonces cuando sumó a su esquema a dos amigos del PJ porteño que recalaron en la Casa Rosada: Julio Vitobello se convirtió en secretario de la Presidencia y Juan Manuel Olmos, en su jefe de asesores. Acercó a un joven, Julián Leunda, a quien conocía como productor del canal C5N, para la gestión de asuntos políticos sensibles.
El ministro del Interior, Eduardo «Wado» De Pedro, jefe de La Cámpora devenido en articulador político, es hoy considerado por Fernández como uno de sus funcionarios más importantes
Fernández también convocó a dos personas que se convertirían en custodios silenciosos de la gestión presidencial: Gustavo Béliz y Vilma Ibarra. Ambos con perfil extrabajo, habían tenido un distanciamiento traumático con el kirchnerismo y simbolizaron, con su solo nombramiento, una señal de independencia hacia Cristina Kirchner.

Béliz, que llevaba quince años en el ostracismo, se reencontró con Fernández en su departamento de Puerto Madero una mañana después de las PASO, con la excusa de una entrevista que el por entonces candidato tendría con el arzobispo Marcelo Sánchez Sorondo. Cuando el prelado se fue, Fernández y Béliz se quedaron conversando durante horas. Hablaron de todo y llegaron a emocionarse hasta las lágrimas. Béliz luego le acercó un paper con ideas para un Estado «moderno». A Fernández le gustó y lo convenció para volviera. Con Ibarra -que fue su pareja durante muchos años- Fernández conservó siempre una relación de respeto. Logró convencerla para que dejarla un puesto estratégico en una de las firmas más importantes del país y volviera a lo público.
Fernández conformó un gabinete de 20 carteras, sin superministros ni primus inter pares. Colocó a su socia de toda la vida, Marcela Losardo, en el ministerio de Justicia y a su viejo amigo, Claudio Moroni, en Trabajo. Y repartió el resto de las carteras entre sus socios políticos. El kirchnerismo se reservó puestos con manejo de caja, como PAMI, YPF o la DGI y lugares institucionales importantes, como la Procuración del Tesoro, la Oficina Anticorrupción, la secretaría de Derechos Humanos y la IGJ. La Anses, el brazo del Estado con mayor llegada al territorio, estuvo a cargo de uno de los economistas que disertaba en el Instituto Patria, Alejandro Vanoli. Por problemas de ineficiencia, el Presidente lo apartó y designó a Fernanda Raverta una referente de La Cámpora que deslumbró a Fernández en la campaña. Máximo Kirchner resaltó en los últimos días que los mejores cuadros de su agrupación recalaron en el gabinete de Alberto.
Entre quienes ganaron en la consideración del Presidente figuran ministro del Interior Eduardo «Wado» De Pedro, jefe de La Cámpora devenido en articulador político. Hoy es considerado por Fernández como uno de sus funcionarios más importantes. Otra figura clave es el intendente de Hurlingham, «Juanchi» Zabaleta, que se erigió como su principal enlace con el conurbano bonaerense, el territorio que obsesiona al Presidente en tiempos de pandemia.

Fernández asumió la presidencia el 10 de diciembre con un llamado a una «solidaridad en emergencia», desde entonces su leitmotiv. «No cuenten conmigo para seguir transitando el camino del desencuentro», dijo. Advirtió que «el país tiene la voluntad de pagar su deuda, pero carece de capacidad para hacerlo». Y anunció que impulsaría una reforma judicial y de los organismos de inteligencia para terminar con los «sótanos de la democracia». Todavía no la presentó.
El intendente de Hurlingham, «Juanchi» Zabaleta, se erigió como su principal enlace con el conurbano bonaerense, territorio que obsesiona al Presidente en tiempos de pandemia
A los pocos días de asumir, Fernández se alzó con la ley «ómnibus» de emergencia económica, la «llave maestra» para gestionar la crisis con plenas atribuciones presidenciales. «La sanción de esa ley fue la primera demostración de fortaleza institucional de Alberto», dice hoy un alto funcionario.
Fernández tomó en pocos días medidas que resultaron antipáticas para distintos actores económicos como la suspensión de la movilidad jubilatoria, el decreto anti despidos, el impuesto PAIS a la compra de dólares y las retenciones al campo. Zigzagueó en los primeros conflictos y evitó desbordes con los gremios, los movimientos sociales y los empresarios. «Nosotros le decimos que es muy suertudo. Es el único que puede visitar al Papa, anunciar su proyecto de legalización del aborto y seguir trabajando con los curas», dice Valdés.
Cuarentena en Olivos
El día que asumió, Fernández le dijo a sus colaboradores que iría todos los días a trabajar a la Casa Rosada: «Néstor desde Olivos no trabajó nunca», comentó. Sus planes se vieron súbitamente interrumpidos por la pandemia. Hace casi dos meses que Fernández no pisa Balcarce 50. El Presidente mudó su lugar de trabajo a la Jefatura de Gabinete en la quinta de Olivos.

Se acostumbró. Por la mañana realiza caminatas por los parques y lee los diarios en el chalet presidencial. Cerca de las 10.30 pasa a la zona de trabajo común. Por la quinta circulan sin pedir permiso solo un puñado de colaboradores. Vitobello, Béliz, Biondi, Guzmán y Leunda comparten jornada completa, mientras que Cafiero, Todesca e Ibarra se reparten entre la Casa Rosada y Olivos.
El día que asumió, Fernández dijo que iría todos los días a la Casa Rosada: «Néstor desde Olivos no trabajó nunca», comentó. Por la pandemia, hace casi dos meses que Fernández no pisa Balcarce 50
El Presidente, que tiene fama de impuntual, trabaja con una agenda que, en buena parte, se arma sobre la marcha. Tuvo que aprender a delegar: hoy la gestión diaria de los ministerios está a cargo de Cafiero, mientras que él se concentra en el coronavirus y la negociación de la deuda. El Presidente hace, sin embargo, llamadas a sus funcionarios por asuntos puntuales, en general durante la noche. Al final del día, se da un tiempo para mirar series en Netflix con Yáñez.
En los últimos días, Fernández citó a Olivos aun cura que tiene fama de hacer milagros. El religioso le dijo que habría «luz» para la Argentina y el Presidente lo tomó como una buena señal.
Con Cristina se reunió varias veces a solas en los últimos 55 días. «Se vieron más veces que las que trascendieron públicamente», reconoce un colaborador presidencial. A ella, a diferencia de otros visitantes, la recibe en el chalet presidencial. Nadie, ni los colaboradores más cercanos, saben a ciencia cierta qué se dicen cuando se ven. «Solo ellos dos saben lo que hablan ahí», dicen en el entorno de Fernández. «A veces estamos de acuerdo y a veces no, pero yo la escucho por su gran capacidad e inteligencia», dijo Fernández días atrás sobre uno de esos encuentros.
«Lo que hay con Cristina son diferencias de lenguaje y de método, no de fondo. Alberto es un hombre que va por los acuerdos, Cristina es más explosiva. Ella tiene un dolor, una llaga, que le dificulta superar la grieta», dice alguien que conoce de cerca a los dos.
En los últimos días trascendió que a la vicepresidenta no le gustó el acercamiento que Fernández exhibió con Horacio Rodríguez Larreta. «No es que le molestó, simplemente es algo que ella no podría hacer», aseguran allegados a la vicepresidenta. Un estrecho colaborador presidencial aseguró que fue testigo de un mensaje que Cristina le envió a Alberto diciéndole que le había gustado la foto con Axel Kicillof y el jefe de gobierno porteño en el último anuncio de la cuarentena.
La bandera blanca duró poco. La decisión del jefe de gobierno porteño de liberar el comercio en la Ciudad puso en pie de guerra a La Plata y a intendentes del kirchnerismo que temen que la mayor circulación del virus desborde la General Paz. Fernández intentó poner orden y se sacó otra instantánea con Rodríguez Larreta en Olivos.
La relación con la oposición y la revisión del pasado es algo que deja a la luz las diferencias de criterio entre el Presidente y su vice. Cristina sostiene que existió un lawfare y que su situación en los tribunales es producto de una persecución política del macrismo. El kirchnerismo duro tenía redactada desde hace meses la denuncia penal contra la llamada «mesa judicial» del ex gobierno que presentó en los últimos días. Fernández había pedido evitar la guerra en los tribunales.
El Presidente aspira ahora a impulsar una reforma judicial que lleve su nombre, un proyecto hasta este fin de semana muy pocos conocían. Abrirá otro frente de tormenta, justo cuando está de cara a los peores fantasmas.
Hoy, a un año del inicio de su carrera presidencial, enfrenta el momento más duro de su gobierno. Le toca atravesar la peor parte de la pandemia y transitar el sprint final de una negociación de la deuda que lo tiene al filo del default.
Maia Jastreblansky,LA NACION,Política
POLITICA
Misiones: dos senadores clave para el Gobierno quedaron en medio de la interna entre Passalacqua y Rovira

La disputa entre el gobernador de Misiones, Hugo Passalacqua, y el caudillo Carlos Rovira, quien representó el poder real en la provincia durante las últimas dos décadas, tendrá un round en el Congreso de la Nación. Será durante la votación del proyecto de ley de inviolabilidad de la propiedad privada en el Senado.
Los senadores Carlos Arce y Sonia Rojas Decut están frente a dos planteos irreconciliables. O acompañan al mandatario, que se opone, o se mantienen en línea con el “hombre fuerte”, quien tiene un acuerdo con la Casa Rosada.
Según la última versión que se maneja en Posadas, cuando el proyecto sea tratado en la sesión del 6 de agosto, la voluntad de los senadores misioneros se manifestará en una diagonal.
Como gesto hacia los acuerdos de Rovira con Balcarce 50, bajarían al recinto y votarían a favor en general. Pero cuando se debata en particular, se expresarían en contra del capítulo 3, como guiño a Passalacqua.
El apartado en cuestión se refiere a la venta de tierras a extranjeros. Uno de los hombres de confianza del gobernador misionero, Carlos Sartori, dijo al medio local El Territorio que el capítulo representa un riesgo para la provincia. El 90% de los límites de Misiones es frontera con Brasil y Paraguay. En Posadas hay temor por la pérdida de reservas de biodiversidad y recursos hídricos estratégicos.

Arce y Rojas Decut jugarán a la escondida hasta el último minuto. Por un lado, saben que el “poroteo” está muy ajustado. Y eso preocupa al gobierno nacional, que se juega una ficha clave con la iniciativa. Pero, por otro, son conscientes de que su supervivencia política en Misiones, habida cuenta del giro gravitacional que se registró en el oficialismo, está en riesgo si no acompañan la voluntad del gobernador.
El escenario
Passalacqua pidió a los senadores nacionales de su provincia que no voten la ley que impulsa la Casa Rosada. Fue durante una reunión que mantuvo con ambos legisladores en el Instituto de Biodiversidad a mitad de semana. El título del encuentro era elocuente: “Extranjerización de tierras. Reforma a la ley 26.737”.
Hasta hace unos meses, los tres compartían el mismo espacio político: el Frente Renovador de la Concordia (FRC). Pero Rovira decidió romper para frenar las intenciones reeleccionistas de Passalacqua. Así que ahora los senadores, que son roviristas, quedaron en Encuentro Misionero (EM). Y el mandatario formó el Movimiento por lo que viene.
Rovira tiene desde siempre un pacto con el Ejecutivo nacional. El acuerdo es independiente de qué fuerza ocupe el sillón de Rivadavia. Sus legisladores nacionales han acompañado todos los proyectos que venían de Balcarce 50 en las últimas dos décadas.
Pero la ecuación de poder en Misiones cambió. El veterano caudillo está de salida. Ya adelantó que no será candidato en 2027. Y todos los días dirigentes y referentes del rovirismo buscan el sol que brilla en la vereda del gobernador.

De allí que, a esta altura, la fidelidad de Arce y Decut, que llegaron a sus bancas por el dedo del caudillo, haya entrado en la separación de bienes del divorcio Rovira-Passalacqua.
Un documento premonitorio
Viviana Rovira es prima de Carlos y esposa del gobernador. Con su pariente no se habla desde hace un tiempo. Hoy por hoy, ocupa la titularidad del Instituto de Biodiversidad y lidera la Red de Mujeres que trabaja por la reelección de su marido.
El grupo emitió hace una semana un documento. En el escrito, pidió a los tres senadores misioneros, incluyendo a Martín Goerling (PRO), que voten en contra del proyecto. El representante del macrismo, que suele estar en línea con La Libertad Avanza, fue contundente. Adelantó que acompañará la norma y que el gobierno misionero “tergiversa” el texto del proyecto en discusión.
El reclamo de la Red fue a todo o nada. “No pedimos abstenciones. No pedimos ausencias oportunas. Pedimos votos negativos, con nombre y apellido, registrados en la votación nominal”, indica el texto.
“Instamos al pueblo de la provincia de Misiones a llevar adelante todas las acciones que estén a su alcance —institucionales, comunitarias y ciudadanas— en defensa de la intangibilidad del patrimonio territorial de la provincia. La tierra no se defiende sola. La defiende un pueblo que sabe lo que le pertenece”, añade.
POLITICA
El Cordobazo, un símbolo de la protesta obrera

1‘minuto de lectura
Para quienes lo vivieron, recordar el lejano 1969 es fácil. Casi nadie en este planeta olvidó qué hacía, dónde estaba, cómo se sintió impactado aquel lunes de julio en el instante en que Neil Armstrong pisaba la Luna. Sin embargo, los nativos que entonces tenían edad como para manipular dinero pueden aprovechar un recuerdo vivencial extra que enseguida les arrancará una exclamación: 1969 fue el año en el que quedaron sepultados los pesos moneda nacional. La plata que corría desde la primera presidencia de Roca. ¿Cómo olvidar los «pesos ley 18.188» de Onganía con los que se esfumaron dos ceros y cundió el desconcierto por la cohabitación de billetes nuevos, billetes viejos y billetes resellados?
Había una dictadura, hasta el pelo largo estaba prohibido, el Congreso se hallaba clausurado desde hacía más de tres años, la vida intelectual y cultural era burdamente acallada, pero por cada peso hasta para ir a comprar un chicle se debía decir «ley». A los argentinos, que eran por entonces 23 millones y medio, muy poco más que la mitad que ahora, lo de reformular la moneda para lidiar con los estragos de la inflación acumulada les resultaba una novedad inquietante.
Después se hizo costumbre. Cuando terminaba la siguiente dictadura, Bignone dispuso que 10 mil pesos ley 18.188 se transformaran en un peso argentino, luego Alfonsín creó el austral, que equivalía a 1000 argentinos, Menem inventó con cada 10 mil australes un peso-dólar y en el colapso de 2001 tuvimos cuasimonedas y repusimos el trueque por algunos meses.
La inflación es anterior a 1969 (ya el primer Perón había tenido un promedio de 18,7% anual), pero en estos 50 años solo paró de subir por un tiempo considerable durante la convertibilidad de Menem. De los 16 presidentes civiles y militares que hubo entre Onganía y Macri (exceptuados del registro Cámpora, Lastiri y Rodríguez Saá, por breves) nueve tuvieron promedios anuales de aumento del Índice de Precios al Consumidor de dos dígitos. Otros seis presidentes registraron variaciones promedio de tres dígitos (sólo uno, De la Rúa, exhibe una marca negativa, de 1,1, atribuible a la recesión).
Lo llamativo de aquel primer cambio de nominación, visto con ojos de hoy, es que no provino de una hecatombe hiperinflacionaria, sino todo lo contrario. Quien tuvo la idea, Adalbert Krieger Vasena, un ministro de Economía de alta calificación técnica, quiso consolidar la estabilidad, lograda en gran parte, claro, con un estricto congelamiento de salarios y de tarifas públicas. En todo 1969, la inflación fue de 7,6%. El PBI creció ese año 6,9. El dólar estaba quieto en 350; después, 3 y medio. Y esto duele decirlo, la pobreza era del 3%.

Al mes siguiente de que se dictase la «ley» 18.188, se produjo lo que algunos autores han llegado a llamar la mayor protesta obrera en la historia latinoamericana de la posguerra: el Cordobazo. Que entre otras cosas provocó la inmediata salida de Krieger Vasena. Suceso complejo, marcó el ingreso en una era de política revolucionaria que de algún modo incentivaba esa dictadura tosca, autoritaria, paternalista, paradójicamente bautizada «Revolución Argentina». Su efecto más dañino: se le atribuye haber ayudado a fraguar en vastos sectores juveniles recién asomados a la cosa pública la idea de que la lucha armada era un camino excluyente para lograr una transformación.
Quizá lo más difícil de entender hoy de esa época para los hijos de la era digital no sea la alta politización o la fuerte ideologización que se incubaba entonces con surtidas preferencias marxistas, trotskistas, maoístas, tercermundistas o, especialmente, peronistas combativas, sino el dato de que la democracia no era un objetivo corriente. Más aún, la palabra democracia, a la que los grupos radicalizados y parte del peronismo engarzaban con el adjetivo liberal y despreciaban, no se usaba demasiado como no fuera en ámbitos tradicionales, entre adultos.
Es un anacronismo o una versión algo Billiken de la historia decir que hace 50 años la contradicción democracia-dictadura atravesaba la cotidianeidad de los argentinos. Entre otras cosas porque las ilusiones juveniles prevalecientes, sin ningún modelo democrático a la vista, no pasaban por hacer frente a los militares para imponer un sistema ecuánime de partidos políticos. Bajo el influjo de la Revolución Cubana, de los curas tercermundistas y de la canonización laica del Che Guevara, muerto dos años antes en Bolivia, aquellas ilusiones eran bastante más fogosas. Algo en gran medida ajustado a las radicalizaciones juveniles de afuera, que ya habían producido el Mayo Francés o la resistencia norteamericana a la Guerra de Vietnam.

Juan Carlos Onganía (1914-1995), un general nacionalista católico muy anticomunista, cuyos sobresalientes bigotes le valieron el apelativo de Morsa, había disfrutado de considerable consenso en 1966 al derrocar al médico Arturo Illia. Además de la Sociedad Rural, la UIA, la CGE y buena parte de la prensa (sobre todo las revistas Primera Plana y Confirmado, que habían socavado al gobierno radical), estuvo el apoyo de Perón al golpe, dato esquivo en la historiografía peronista. Desde Madrid, en declaraciones al periodista Tomás Eloy Martínez, Perón saludó la llegada de Onganía, lo elogió como camarada y celebró que con la caída de Illia se hubiera puesto fin a «una etapa de verdadera corrupción».
El sindicalismo peronista más enjundioso, que respondía al metalúrgico Augusto Vandor y al representante del vestido José Alonso, directamente se puso corbata y participó de la jura de Onganía. Los planes de lucha quedaron suspendidos. Merodeaba la expectativa de recrear un eje gremial-militar como en 1945. Más tarde vendría la partición de la CGT (una negociadora, otra combativa) y un hecho trágico que también le sumó a 1969 carácter de año bisagra, el asesinato de Vandor, lo cual pulverizó el ensayo más importante que haya habido de un peronismo sin Perón.
A muchos argentinos hoy indignados con los sindicalistas enriquecidos y con la desvirtuación que el formidable poder económico de determinados sindicatos causa en la vida política tal vez les resultaría impactante saber que todo eso viene de Onganía. En 1970, necesitado de entendimientos con el sindicalismo peronista, sin visión futura alguna dictó una «ley» que universalizó las obras sociales y puso a disposición de sindicatos únicos la cobertura de salud de los trabajadores. En medio siglo, ningún gobierno, del color político que fuere, pudo replantear el poder sindical sobre el sistema de salud.

Onganía se pretendía sinónimo del orden. Pero ese orden se desmoronó con el Cordobazo. El general de los bigotes poblados, rasgo caricaturesco que a Landrú le costó la clausura de Tía Vicenta, sobrevivió un año más. Lo terminó desalojando un golpe palaciego después del secuestro y asesinato del general Pedro Aramburu, la presentación de los Montoneros. En total estuvo en la Casa Rosada 1440 días, menos tiempo que Videla, pero más que todos los otros dictadores. Su idea inicial de permanencia indefinida, armónica con la inauguración de la Rural en el viejo carruaje que había usado la Infanta Isabel en 1910, hablaba de los «tres tiempos», uno económico, otro social y otro político, un caso de humor involuntario. Los tiempos se precipitaron cuando el generalato entendió que Onganía pensaba quedarse 20 años.
Último caudillo del Ejército con aspiraciones políticas, Lanusse, quien asumió la presidencia después de sacarlo a Levingston, fue artífice de un giro histórico, disruptivo, aunque acotado: el levantamiento de la proscripción al peronismo. A él mismo le tocó ponerle la banda a Héctor Cámpora, tras reconquistar el poder el peronismo con la mitad de los votos. El ineficaz modelo proscriptivo creado por la Revolución Libertadora se había derrumbado.
La vuelta de Perón al gobierno tras 17 años de exilio fue, claro, un suceso extraordinario. Al cabo, el tercer gobierno peronista, dos años y diez meses en los que gobernaron cuatro presidentes, resultaría un entretiempo entre dos dictaduras. Con la última, se sabe bien, la escala histórica se destruyó debido al carácter y la magnitud monstruosos de la represión ilegal, lo que acabó estandarizando a las cinco anteriores como mansas. El «Proceso» significó para el país un enorme atraso en todos los órdenes. La Guerra de las Malvinas, frustración mayúscula con secuelas muy traumáticas, convenció a los militares de volver a los cuarteles.

Por fin en 1983 todas las dictaduras se terminaron. Se abrió el período democrático más largo que haya habido, ahora en curso, progreso ostensible. Tantas décadas pendulares, tantas botas en vez de votos, sobreestimaron, tal vez, el remedio de la democracia continuada, que aportó grandes beneficios pero todavía no consiguió engendrar tres presidentes seguidos con mandatos ajustados al reloj constitucional, crecer en forma sostenida, erradicar el hambre en un país productor de alimentos, controlar la inflación ni bajar la pobreza. Al país cuyo PBI pasó en 50 años de 31.256 a 637.000 millones de dólares (2017, Banco Mundial) para ubicarse como la economía 21ª. del mundo, no le alcanzó con una nueva Constitución para robustecerse institucionalmente, gran deuda pendiente. Aunque sí consiguió que la democracia desalentara y casi extirpara la violencia política.
Pablo Mendelevich,LA NACION,Política
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