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Un nuevo libro revela que Trump se compara con Alejandro Magno y sigue con preocupación el caso Epstein

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Un ansia de venganza. Una falta de límites. Una obsesión con la decoración de interiores y el afán de dejar una huella duradera en su cargo.

Ese es el retrato del presidente Donald Trump en su segundo mandato que surge de Regime Change: Inside the Imperial Presidency of Donald Trump, un nuevo libro escrito por dos periodistas de The New York Times, Maggie Haberman y Jonathan Swan.

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El libro, de 464 páginas, que sale a la venta el martes, describe los esfuerzos implacables y transgresores de Trump por doblegar a su antojo al gobierno federal, las instituciones culturales y los ciclos informativos. Se basa en entrevistas exhaustivas realizadas bajo condición de anonimato para relatar debates internos y temas delicados. Según cuentan los autores, durante todo el proceso de investigación se esforzaron al máximo por contactar a las personas mencionadas en el libro y ofrecerles amplias oportunidades para que expusieran su punto de vista.

Regime Change describe al “presidente más poderoso de nuestras vidas”: un líder que actúa movido por “resentimientos e instintos” y al que, al menos en una ocasión, se le vio decorando la Casa Blanca con un tubo de pegamento instantáneo.

Aquí tienes 11 ideas clave del libro.

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A Trump le encantó ver cómo Zuckerberg y Bezos intentaban congraciarse con él

Según el libro, después de que Trump llegara a la presidencia en las elecciones de 2024, se deleitaba viendo cómo los líderes tecnológicos que antes lo habían despreciado ahora le “lamen las botas”.

Disfrutó especialmente del acercamiento de Mark Zuckerberg, director ejecutivo de Meta, quien había expulsado a Trump de Facebook e Instagram después de los disturbios en el Capitolio del 6 de enero de 2021.

En Mar-a-Lago, Trump solía contar a sus visitantes los mensajes que había recibido de los titanes de las empresas tecnológicas, según el libro. En una ocasión, les enseñó una foto de una carta de uno de los hijos de Zuckerberg, en la que escribía que esperaban con ansias “la edad de oro de Estados Unidos” que llegaría con el regreso de Trump, según el libro. En otra ocasión, les enseñó un mensaje de Jeff Bezos con una selfie sonriente del fundador de Amazon y Lauren Sánchez, ahora su esposa.

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En una cena tras las elecciones de 2024, según el libro, Trump y Bezos compartieron un motivo de frustración común: The Washington Post, el periódico de Bezos, cuya cobertura llevaba mucho tiempo irritando a Trump.

Bezos, que compró el Post en 2013, se quejó de que el periódico había sido su peor inversión, según el libro.

“La gente de allí es horrible”, dijo Bezos en referencia al departamento comercial del medio, según el libro. “No escuchan. En mis otras empresas, sí que escuchan”.

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Mark Zuckerberg, director ejecutivo de Facebook, Jeff Bezos, CEO de Amazon, y su esposa Lauren Sánchez, asistieron a la toma de posesión de Donald J. Trump como 47.º presidente de los Estados Unidos en el Capitolio de Washington el lunes 20 de enero de 2025. (Foto: Kenny Holston/REUTERS)

En otro momento, Trump parecía maravillarse de la nueva acogida que le dispensaba el mundo tecnológico.

“Me odiaban”, le dijo a Elon Musk, refiriéndose a Zuckerberg y Bezos, según cuenta el libro. Y añadió: “Y míralos ahora”.

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“Serviles de primera clase”, dijo Musk, según el libro.

Los altos cargos de la Casa Blanca estaban obsesionados con el escándalo de Jeffrey Epstein

El verano pasado, altos cargos del gobierno se reunieron en la sala de crisis de la Casa Blanca para celebrar una serie de reuniones mientras trabajaban en la respuesta a las revelaciones sobre la relación del presidente con Jeffrey Epstein, y para hacer frente a la presión del Congreso para obligar al gobierno a hacer públicos los documentos relacionados con el delincuente sexual condenado.

Según el libro, en dichas reuniones los funcionarios discutieron sobre la repercusión que tenía el tema entre los seguidores de Trump. En un momento dado, se habló de enviar al vicepresidente JD Vance o a Todd Blanche, un alto funcionario del Departamento de Justicia, al pódcast de Joe Rogan para hablar del tema, según el libro.

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En otro momento, se mostraron preocupados por una acusación sin corroborar contra Trump que había salido a la luz en documentos judiciales desclasificados de un caso de difamación de hace una década que Virginia Giuffre, una víctima de Epstein, interpuso contra la compañera de toda la vida de Epstein, Ghislaine Maxwell.

Leé también: Trump aseguró que Meloni le “imploró por una foto” y la primera ministra de Italia lo acusó de inventar la historia

En dichos documentos, otra denunciante de Epstein, Sarah Ransome, afirmaba que conocía a una chica que dijo haber tenido relaciones sexuales con Trump y que él tenía un fetiche por los pezones, según el libro. Ransome se había retractado más tarde de algunas de sus afirmaciones, y su acusación contra Trump se había hecho pública antes de que él volviera al cargo.

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Pero a los funcionarios les preocupaba que incluirla en una base de datos del gobierno le diera más credibilidad, según el libro.

La sala de crisis es un recinto que normalmente se reserva para reuniones sobre asuntos de seguridad nacional de gran importancia. Según el libro, un funcionario diría más tarde que fue una experiencia “surrealista” estar sentado allí “hablando de Donald Trump y de pezones maltratados”.

Trump le pidió a Rupert Murdoch que comparara a Vance con Rubio

A Trump le gusta preguntar a sus aliados si prefieren a su vicepresidente, Vance, o a su secretario de Estado, Marco Rubio. A ambos se les ve como posibles candidatos presidenciales para 2028 y herederos de su movimiento político.

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Según el libro, las preguntas del presidente han llegado hasta Rupert Murdoch, el nonagenario magnate de los medios de comunicación, propietario de Fox News, The New York Post y The Wall Street Journal.

En una cena amistosa en la Casa Blanca en octubre, Trump –que había presentado una demanda por difamación contra el Journal después de que este informara que había enviado una tarjeta de cumpleaños obscena a Jeffrey Epstein hace décadas– le preguntó a Murdoch si prefería a Vance o a Rubio, según el libro.

La pregunta tenía una carga especial debido a la presencia de dos hombres en la mesa: los propios Vance y Rubio.

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El papa León XIV recibió al vicepresidente de EE.UU., JD Vance, y el secretario de Estado de EE.UU., Marco Rubio, en el Vaticano, el 19 de mayo de 2025. (Foto: Simone Risoluti/Vatican Media/REUTERS)

El papa León XIV recibió al vicepresidente de EE.UU., JD Vance, y el secretario de Estado de EE.UU., Marco Rubio, en el Vaticano, el 19 de mayo de 2025. (Foto: Simone Risoluti/Vatican Media/REUTERS)

Murdoch optó por un enfoque diplomático, según relata el libro, pero su preferencia quedó clara.

“Creo que JD tiene potencial para ser genial”, respondió Murdoch, quien, según se dice, había intentado convencer a Trump de que no eligiera a Vance como compañero de candidatura en 2024.

“¿Y qué opinas de Marco?”, insistió el presidente.

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Murdoch fue más contundente esta vez, según el libro. “Marco es brillante”, dijo.

Trump quería vengarse de quienes, en su opinión, le habían hecho daño, incluso cuando no recordaba sus nombres

Cuando Trump volvió a la Casa Blanca, se vio consumido por un deseo de venganza que a veces lo distraía.

Una tarde de la primavera de 2025, Trump se esforzaba por recordar a “ese abogado” de su primer gobierno que, según él, había dicho que las elecciones de 2020 “fueron justas y no hubo fraude”, según el libro.

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Un asesor de alto rango, Stephen Miller, quien se había ganado la fama de ser el “guardián de las quejas” de Trump, sugirió que quizá Trump se refería a un funcionario de Seguridad Nacional.

Boris Epshteyn, uno de los abogados privados del presidente, hizo una búsqueda rápida en su celular, según cuenta el libro, y dio una respuesta: “Chris Krebs”, quien había dirigido una división del Departamento de Seguridad Nacional durante el primer mandato de Trump.

“Sí, Chris Krebs”, respondió Trump, según el libro. “¿Qué habrá sido de él? Era un tipo malo. Échale un vistazo”.

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Unos días después, la Casa Blanca emitió un decreto ejecutivo que ordenaba al Departamento de Justicia investigar a Krebs.

Los Trump han obtenido muchísimas ganancias de la presidencia

Las sospechas de corrupción han acompañado el segundo mandato de Trump, entre otras cosas, por su criptomoneda, por los negocios inmobiliarios de su familia y por aceptar un avión de lujo de Catar.

Según el libro, los inversores extranjeros han visto una “vía más directa para ejercer influencia, al meter dinero directamente en los bolsillos de la familia Trump a través de sus negocios con criptomonedas”.

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Pero la familia Trump no solo se ha enriquecido con las criptomonedas.

Sus hijos Eric y Don Jr. cerraron rápidamente acuerdos muy lucrativos, como la adquisición gratuita por parte de Eric de un terreno, valorado en 67 millones de dólares y adyacente a una universidad de Miami, para la creación de la biblioteca presidencial de Trump, según cuenta el libro.

Howard Lutnick, el secretario de Comercio del presidente, dijo que donaría 25 millones de dólares al fondo de la biblioteca, según el libro, una medida muy inusual para un miembro en activo del gabinete.

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A Trump le gustan las comparaciones de su poder con el de Mao y Gengis Kan

En una entrevista que Haberman y Swan le hicieron a Trump para el libro, el presidente, que había iniciado la guerra con Irán dos semanas antes, reflexionó sobre su poder.

El presidente enumeró una serie de figuras poderosas de la historia, extraídas de un documento de dos páginas que le había dado un conocido, y luego explicó por qué creía que su poder palidecía en comparación con el suyo, ya que carecían de alcance global.

Al enumerar nombres como Alejandro Magno y Guillermo el Conquistador, el presidente señaló: “No tenían aviones”, según el libro.

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Y siguió recitando más nombres: Napoleón, Hitler, Mao, Stalin. Esos líderes, les dijo Trump a los autores, “se mantuvieron en el poder a base de miedo”.

“¿Quién haría algo así?”, preguntó Trump, según el libro. “¿Verdad?”

Stephen Miller adquirió un poder enorme… y se aseguró de que todos lo supieran

Miller fue una figura destacada del gobierno de Trump y de su campaña contra la migración. Pero, como por entonces aún no había cumplido los 35 años, los mandos militares de Trump podían “despacharlo fácilmente”, según el libro.

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Para el segundo mandato, eso había cambiado.

Con cargos que no reflejaban su verdadero poder (subjefe de gabinete para políticas y asesor de seguridad nacional), el meticuloso y autoritario Miller acumuló una enorme influencia, según el libro.

El subjefe de gabinete de la Casa Blanca, Stephen Miller, habla con los periodistas en Washington D.C. el 21 de mayo de 2026. (Foto: Kevin Lamarque/REUTERS)

El subjefe de gabinete de la Casa Blanca, Stephen Miller, habla con los periodistas en Washington D.C. el 21 de mayo de 2026. (Foto: Kevin Lamarque/REUTERS)

Su ámbito de competencia abarcaba la mayor parte del gobierno federal, según el libro, ya que supervisaba las órdenes ejecutivas, contrataba a los abogados que las redactaban e impulsaba la campaña de deportaciones masivas del Departamento de Seguridad Nacional, presionando para que se desplegaran soldados estadounidenses en ciudades del país.

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En el proceso, solía reprender a los miembros de su equipo. En una reunión, al exigir que se acelerara el ritmo de las deportaciones, Miller amenazó furioso con despedir a todo el personal del Servicio de Inmigración y Control de Aduanas, recuerda en el libro un alto cargo del gobierno.

El libro relata que Miller solía presentar sus puntos de vista como si fueran peticiones del presidente, aunque se mostraba cauteloso al expresarlas en presencia de Trump.

El asesinato de Charlie Kirk pareció inquietar al presidente, que se enteró por su hijo Barron

Tras el asesinato del activista conservador Charlie Kirk en septiembre, Trump se enteró a través de un joven admirador de Kirk: su hijo de 19 años.

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Según el libro, Barron Trump llamó a Trump presa del pánico.

Al hijo del presidente le preocupaba que su padre, al que una bala de un aspirante a asesino le rozó la oreja en 2024, volviera a ser blanco de un atentado. Le dijo al presidente que se ponía en riesgo al hablar ante multitudes, según el libro.

Trump intentó tranquilizar a su hijo.

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“Tranquilo, cariño, tranquilo”, dijo el presidente, según el libro. Pero, según cuenta, él mismo estaba claramente nervioso.

A Trump le gusta dar ‘giros inesperados’ cuando llegan malas noticias

Desde hace mucho tiempo, tanto sus críticos como sus seguidores ven a Trump como un maestro de la manipulación mediática: alguien que cambia lo que sale en las noticias cuando cree que no le conviene.

En un pasaje del libro, Trump pareció aludir a ese método.

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Cuando la nominación de Pete Hegseth como secretario de Defensa parecía estar en peligro por una acusación de agresión sexual que Hegseth negó, Trump se planteó tirar la toalla y sustituirlo por el gobernador de Florida, Ron DeSantis, un antiguo rival.

“Necesitamos giros inesperados”, le dijo Trump a un aliado sorprendido, según cuenta el libro.

En cambio, relata el libro, Trump “desató” a Vance, a Kirk y a uno de sus hijos, Don Jr., para presionar a cualquier republicano que estuviera pensando en rechazar a Hegseth.

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Trump se molestó con Vance tras un ataque contra Irán en 2025

Después de que Estados Unidos bombardeó una instalación de enriquecimiento nuclear enterrada a gran profundidad en Irán en junio de 2025, Trump pronunció un discurso de celebración, en el que declaró falsamente que la operación había “aniquilado completa y totalmente” la capacidad nuclear de Irán.

Pero mientras Trump preparaba el discurso, Vance le propuso suavizar un poco el tono. “Sé lo que hago”, respondió Trump con brusquedad, según el libro.

A la mañana siguiente, según cuenta el libro, Vance apareció en una entrevista en ABC News. No repitió las palabras “aniquilado totalmente”.

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Trump no estaba nada contento, según el libro.

“Todo el mundo tiene que decir” la palabra dijo Trump, añadiendo un insulto, según el libro. “Esa es la palabra. Todo el mundo tiene que copiar lo que yo digo. Aniquilado. Aniquilado”.

Trump puede ser un decorador de interiores muy práctico

Algunos de los proyectos de construcción de Trump en Washington –un salón de baile que sustituirá al ala este de la Casa Blanca, un arco triunfal de 76 metros junto al río Potomac– son obras multimillonarias que requieren de obreros con cascos y grúas gigantes.

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Pero una mañana, Karoline Leavitt, la secretaria de prensa de la Casa Blanca, entró en el Despacho Oval y se encontró a Trump haciendo cambios en la decoración él mismo.

Según el libro, el presidente tenía un tubo de pegamento extrafuerte en la mano e intentaba adornar la repisa de mármol de la chimenea con nuevas decoraciones doradas.

“Como ya se sabía que prefería sus propias creaciones artísticas a las de cualquier otra persona”, escriben los autores, “ver al presidente echando pegamento sobre los adornos dorados y colocándolos él mismo en la pared no sorprendió a nadie de su círculo más cercano”.

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*Por Tim Balk

The New York Times, Donald Trump, Estados Unidos

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A 25 años del 11S: quiénes eran los 19 terroristas de Al Qaeda y cómo buscaron placer horas antes de los atentados

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Fue el día en el que el mundo cambió para siempre. Diecinueve terroristas islámicos, un pequeño pelotón suicida, divididos en tres equipos de cinco y un cuarto equipo de cuatro, todos árabes, todos miembros de Al Qaeda, la organización liderada entonces por Osama Bin Laden, todos decididos a matar, todos decididos a morir, ingresaron como simples pasajeros en tres aeropuertos diferentes de Estados Unidos: Logan, en Boston, Dulles, en Washington y Newark, en New Jersey. Era la mañana del 11 de septiembre de 2001. Luego, cada equipo abordó cuatro aviones de línea que debían volar a la costa oeste del país: tres a Los Ángeles y uno a San Francisco. Los aviones iban cargados de combustible para ese viaje de unas cinco horas.

A poco de despegar cada uno de los aviones, los terroristas tomaron por asalto a la tripulación y al pasaje, asesinaron a los pilotos y estrellaron luego las aeronaves contra sus objetivos: las dos torres gemelas del World Trade Center de New York, el edificio del Pentágono en Washington, sede del ministerio de Defensa y el último de los vuelos, con destino ignorado pero sospechado, la Casa Blanca o el edificio de Naciones Unidas en Manhattan, terminó por estrellarse en Shaksville, Pensilvania, después de que sus pasajeros intentaran recuperar el mando del Boeing 757-200.

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Desde los ataques al World Trade Center hasta el avión que no logró su objetivo, la cronología de una jornada marcada por el horror

El plan de Al Qaeda fue ejecutado con precisa exactitud, con la excepción de la rebelión del pasaje en uno de los vuelos secuestrados. En cada uno de los cuatro equipos de terroristas, uno de ellos era capaz de volar un avión: habían hecho cursos de vuelo en Estados Unidos y los habían aprobado. Los demás, llamados “los musculosos”, estaban entrenados para atacar y dominar a la tripulación y al pasaje, para asesinar a los pilotos de la aeronave y permitir que otro terrorista tomara el mando del avión, cambiara el rumbo, la altitud y su destino. Ninguno de los “pilotos” tenía demasiada práctica en aterrizar. No les interesaba aterrizar.

Uno por uno, los vuelos secuestrados y estrellados por el pelotón suicida de Al Qaeda

Encabezaba el pequeño pelotón suicida Mohamed el-Amir Awad el Sayed Atta, que pasó a la historia del terror como Atta. Tenía treinta y tres años y era el mayor de los otros dieciocho terroristas con edades entre los veintiuno y veintiocho años. Los vuelos secuestrados y estrellados aquella mañana en la que el mundo cambió para siempre, eran:

  • American Airlines 11; salió de Boston con destino a Los Ángeles. Atta fue el piloto terrorista. Estrelló el Boeing a las 8:45:27 contra la Torre Norte del World Trade Center. Murieron los ochenta y siete pasajeros y tripulantes y los cinco terroristas. Entre los pasajeros estaba Berinthia “Berry” Berenson, actriz, fotógrafa y modelo, hermana de la actriz Marisa Berenson, viuda del actor Anthony Perkins.
  • United Airlines 175; también salió de Boston y también con rumbo a Los Ángeles. El piloto terrorista era Marwan al-Shehhi que estrelló el Boeing contra la Torre Sur del World Trade Center a las 9:03:42, dieciocho minutos después de que Atta estrellara el suyo. La de ese avión es la única imagen de los ataques que fue transmitida en directo por las cámaras de televisión. Murieron sesenta pasajeros y tripulantes y los cinco terroristas.
Imagen de las Torres Gemelas antes del atentado del 11 de septiembre (Foto: AFP).
  • American Airlines 77; era un Boeing B757 que despegó del aeropuerto Dulles de Washington con destino a Los Ángeles. El terrorista piloto Hani Hanjour, lo estrelló contra el Pentágono a las 9:37:44. Murieron sesenta y cuatro personas y los cinco terroristas. Otras ciento veinticinco personas murieron en el edificio de la secretaría de Defensa de Estados Unidos.
  • United Airlines 93; despegó del aeropuerto de Newark, en New Jersey, con destino final en San Francisco. Su piloto, Ziad Jarrah y sus tres cómplices no pudieron manejar la revuelta de los pasajeros, que estalló cuando tuvieron la certeza de que iban a morir todos. El avión cayó en Shaksville, Pensilvania y murieron cuarenta y cuatro pasajeros y tripulantes y los cuatro terroristas. Los muertos en las Torres Gemelas, que se derrumbaron entre las diez y las diez y media de la mañana, están fijados en 2996 personas, más veinticuatro desaparecidos.

Cómo los 19 terroristas fueron reclutados por la organización de Bin Laden, Al Qaeda

¿Quiénes eran esos terroristas, decididos a inmolarse, tal vez con la certeza de que subirían de inmediato al paraíso de su credo religioso y a la vera de su dios misericordioso? ¿Cómo pudieron hacer lo que hicieron, más allá de las estrictas medidas de seguridad que regían los vuelos y en las que Al Qaeda encontró un punto de laxitud? ¿Quién hizo cada cosa? El cuarto de siglo que pasó, echó un poco de luz, no toda, sobre sus personalidades, ya no sobre sus intenciones que estuvieron siempre claras.

Atta fue el artífice del ataque y del desastre. Era un ingeniero egipcio que había nacido en 1968 y había estudiado arquitectura en la Universidad de El Cario. En 1990 estudió en Hamburgo, en el Instituto de Tecnología, y se relacionó con la mezquita al-Quds, (el nombre árabe para la ciudad de Jerusalén) conocida por predicar una forma extremista del islam sunita.

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Atta conoció en esa mezquita a Marwan al-Shehhi, que sería el piloto del avión que estrelló en la Torre Sur; a Ziad Jarrah, el piloto del avión que cayó en Pensilvania y a Ramzi bin al Shibb, un yemení acusado de ser uno de los principales organizadores del ataque del 11 de septiembre. En su momento, al-Shibb intentó obtener el visado para entrar en Estados Unidos. Se lo negaron y actuó entonces como enlace y coordinador financiero entre los terroristas y los altos mandos de Al-Qaeda. Todos conformarían la “Célula Hamburgo” de la organización dirigida por Bin Laden.

Atta conoció a Bin Laden en Afganistán, entre los días finales de 1999 y los inicios de 2000. Fue Bin Laden quien reclutó al grupo de Hamburgo junto con Khalid Sheikh Mohammed, un pakistaní considerado también el cerebro de los ataques y que hoy está prisionero de Estados Unidos en la base de Guantánamo, Cuba, a la espera de juicio. La célula de Hamburgo, incentivada por Khalid Mohammed, le cayó muy bien a Bin Laden: a mediados de 1998 había lanzado una “fatwa” contra Estados Unidos, un mandato religioso con fuerza legal, que aplica la ley islámica y Hamburgo ya había planeado en 1996 secuestrar diez aviones de línea para atacar objetivos clave de Estados Unidos. Bin Laden había rechazado la idea porque la juzgó impracticable. Pero ahora, en 2000 creyó posible un ataque similar, en menor escala: tenía en sus manos al hombre ideal: Atta. Para Atta, Bin Laden era también el hombre de su destino. La célula regresó a Hamburgo después de conocer a Bin Laden: esperaba instrucciones.

Ya en marzo de 2000, un año y cinco meses antes de los ataques de septiembre de 2001, Atta había enviado una serie de e-mails a más de treinta y un escuelas de vuelo de Estados Unidos para conocer el costo de los cursos, la eventual financiación, las posibilidades de alojamiento y la intensidad de las prácticas. Todo sería pagado por Al-Qaeda a través de transferencias encubiertas, y gracias a la habilidad financiera del yemení Ramzi bin al Shibb. Atta ejerció también el arte del disimulo: para no llamar la atención, para no ser identificado como un musulmán radicalizado, se afeitó la barba, cambió su indumentaria, empezó a vestir ropas más cercanas a la moda occidental y evitó ser uno de los fieles de las mezquitas calificadas como “extremistas” por las autoridades alemanas.

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El resto del pequeño ejército reunido por Atta, se unió a la célula Hamburgo en 2000. Todos habían prometido dar sus vidas por Bin Laden, casi todos habían nacido en Arabia Saudita y muchos, pese a su juventud, habían combatido en Chechenia, o al menos lo habían intentado, como parte de la milicia musulmana y contra Rusia. La tropa de Atta empezó a llegar a Estados Unidos, con visas de Arabia Saudita, en los primeros meses de 2001. En el verano boreal de ese año, Atta, Jarrah y Shehhi cruzaron Estados Unidos en vuelos regulares de Oeste a Este y viceversa, para estudiar el movimiento de las tripulaciones y sus rutinas de vuelo, y definir si podrían abordar alguno de esos aviones con algún tipo de arma

Imagen del incendio de las torres durante el atentado. (Foto: AP)
Imagen del incendio de las torres durante el atentado. (Foto: AP)

Con sus voluntarios suicidas en pleno entrenamiento, Atta viajó a España para informar de sus planes a Al-Qaeda. Mientras tanto, el libanés Ziad Jarrah y el saudí Hani Hanjour, que serían los pilotos de United 93 que cayó en Pensilvania y del American 77 que se estrelló en el Pentágono, estudiaban posibles rutas de vuelo entre New York y Washington: incluso alquilaron aviones pequeños para practicar vuelos a baja altura

Bin Laden estaba ansioso e inquieto. Y frustrado. Presionó a Khalid Mohammed para que diera luz verde al ataque. Primero lo fijó para mayo de 2001, para que fuese un recuerdo y una “celebración” del atentado contra el destructor americano USS Cole, cometido siete meses antes, el 12 de octubre de 2000, que mató a diecisiete marineros y dejó treinta y nueve heridos. Después fijó una nueva fecha para junio o julio, cuando el entonces primer ministro de Israel, Ariel Sharon, visitara la Casa Blanca y al entonces flamante presidente George W. Bush, que había asumido en enero. Atta se mantuvo inconmovible: no iba a dar un solo paso adelante hasta que él y su grupo no se sintiera preparado.

La elección de la fecha: por qué el líder de los terroristas eligió el segundo martes de septiembre, el 11S

Recién a fines de agosto Atta dijo a Al-Qaeda cuándo sería el ataque: el segundo martes de septiembre. Por qué tomó esa decisión, es todavía un misterio. Los investigadores sugirieron tres hipótesis. La primera, la más probable, dice que los terroristas habían comprobado que los martes volaba menos gente que en el resto de la semana; de hecho, en cada uno de los cuatro aviones secuestrados viajaban menos de cien personas. Con poca gente a bordo, les sería más sencillo dominar al pasaje y a la tripulación.

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La segunda hipótesis arriesga que Atta vio en la fecha, 9/11, un remedo del tradicional número de emergencias policiales en Estados Unidos. La tercera dice que eligió ese día a modo de revancha histórica: el 9 de septiembre de 1683 empezó la llamada Batalla de Viena que terminó con la humillante derrota del Imperio Otomano a mano de las fuerzas cristianas, y marcó de algún modo el inicio de la decadencia del Islam en Europa.

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No todos pensaban en símbolos. A medida que se acercaba la fecha del ataque, otros miembros del pequeño ejército de Atta se dedicaban a asuntos un poco más terrenales, conscientes de que iban a matar, a morir y a acceder al ansiado y acaso incómodo paraíso. Por ejemplo, Abdul Azis al-Omari y Satam al-Suqami, dos de los “musculosos” que abordarían junto a Atta el vuelo de American Irlines 11, pagaron unos cientos de dólares, todos aportados por Al-Qaeda, por los servicios de dos prostitutas contratadas a un servicio de “escort” con un nombre de inocente malicia, pero en todo caso alejado de cualquier paraíso: “Sweet Tempations – Dulces tentaciones”. Uno de ellos volvió a pedir los servicios de las damas dos veces en un día. En New Jersey, otro de los “musculosos” que asesinaría a los pilotos del vuelo 93 de United Airlines, también pagó unos cuantos dólares por un servicio clasificado con un eufemismo sugerente, “danza privada”, en el salón vip de un “bar a go-go”.

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Khalid Sheikh Mohammed, señalado por las autoridades de Estados Unidos como el principal autor intelectual del atentado. (Foto: AFP)
Khalid Sheikh Mohammed, señalado por las autoridades de Estados Unidos como el principal autor intelectual del atentado. (Foto: AFP)

El terrorista piloto del United 93, Ziad Jarrah, fue recordado luego por sus compañeros de la escuela de aviación en la que cursó seis meses, entre junio de 2000 y abril de 2001, porque era un gran bebedor de cerveza, una conducta impensable en un obediente de las estrictas normas del Islam. El propio Atta, junto a Marwan al-Shehhi, de Emiratos Árabes, que sería el piloto destinado a estrellar el avión de United 175 contra la Torre Sur del World Trade Center, se habían pescado tremendas borracheras en el “Shuckum’s Oyster Pub and Seafood Grill”, un bar temático deportivo en Hollywood, Florida, durante los días de sus cursos de vuelo. El gerente del bar, Tony Amos, fijó sus gustos: Atta bebía vodka con jugo de naranjas y Shehhi, ron con Coca Cola.

Una vez saciadas sus ansias terrenales, quién sabe si todas, los terroristas se prepararon para su momento supremo en Boston, Washington y en New Jersey. En la mañana del 10 de septiembre, Atta dejó el hotel donde se hospedaba, el Milner de Boston. Llevaba un equipaje normal y uno de mano, marca Travelpro, esos bolsos semirrígidos, con ruedas y una manija que los hace fácilmente transportables y que caben en los portamantas de los aviones.

Si alguien hubiese dado un vistazo a ese equipaje, hubiera pensado que su dueño era un musulmán devoto que había aprobado sus cursos de vuelo. Junto al Corán y a un libro de oraciones, el bolso de Atta contenía unas lecciones en vídeo sobre cómo volar dos tipos diferentes de aviones Boeing y un manual de indicaciones para simuladores de vuelo. También cargaba en ese bolso que llevaría a bordo, una especie de navaja plegable y un pequeño aerosol con gas pimienta marca “First Defense”. Por entonces, las normas de seguridad permitían llevar a bordo navajas con hojas de acero que no excedieran las cuatro pulgadas, unos diez centímetros. Ya nada volvería a ser igual.

En un bolsillo interno del equipaje de mano, Atta escondía una carta de cuatro páginas escritas a mano, en árabe, dividida en tres secciones, que exhibía las aspiraciones físicas y espirituales de su dueño: exhortaba al martirio y a los asesinatos en masa, daba precisas instrucciones que abarcaban desde las tácticas de batalla hasta el arreglo personal, y aseguraba a los mártires la vida eterna en compañía de “ninfas”. Después de las invocaciones formales “en nombre de Alá, el compasivo, el misericordioso”, la primera de las tres secciones, titulada “La última noche”, aconsejaba:

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“Abrace la voluntad de morir y de renovar su lealtad”.

“Aféitese el vello corporal extra y use colonia”.

“Rece”.

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“Familiarícese bien con el plan en todos los aspectos y anticipe las reacciones y la resistencia del enemigo”.

“Lea Al-Tawabh (Arrepentimiento en el Corán), y reflexione sobre su significado y sobre lo que Alá ha preparado para los creyentes y los mártires en el Paraíso.”

“Examine su arma antes de partir y, como le fue dicho, cada uno de ustedes debe afilar su hoja, salir y llevar a cabo su sacrificio”.

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Copias de esa misma carta estaban ya en manos de al menos otros dos terroristas: uno integraba el equipo que subiría en New Jersey al United Airlines 93, que se estrellaría en Pensilvania; el otro afilaba sus armas en las afueras de Washington antes de abordar el Boeing B757 que se estrellaría en el Pentágono.

Bomberos y rescatistas trabajando entre los escombros y el humo durante el 11 de septiembre. (Foto: AP)
Bomberos y rescatistas trabajando entre los escombros y el humo durante el 11 de septiembre. (Foto: AP)

Después de dejar el hotel de Boston, Atta cargó su equipaje en un Nissan Altima de color azul, alquilado, para ir a buscar al hombre que si bien no había escrito las cartas instructivas, las había copiado: eral Abdul Azis al-Omari, de veintidós años, el mismo que en esos días, había pedido un delivery de prostitución al “Sweet Tempations”. A las cinco y cuarenta y tres de la tarde llegaron al Comfort Inn, de South Portland, Maine; los vieron cargar combustible en una estación de la Exxon, quedaron registrados cuando retiraron efectivo de dos cajeros automáticos de ATM, hicieron unas compras en una tienda Walmart y, según el FBI, comieron en un local de Pizza Hut. Pasaron la noche en la habitación 232 del Comfort.

Al día siguiente, 11 de septiembre, Atta y Omari llegaron al Jetport International Airport de Portland, donde estacionaron el Nissan alquilado. Eran las cinco cuarenta de la mañana. A las seis, abordaron el vuelo BE-1900 de una pequeña empresa, Colgan Air; era también un avión pequeño que cubriría el breve trayecto hasta el Aeropuerto Internacional de Logan, en Boston. Tampoco se sabe por qué los dos terroristas eligieron ese vuelo corto, de conexión, para abordar luego el American Airlines 11. Los investigadores arriesgan, es una hipótesis, que no quisieron llamar la atención: esa mañana habría demasiados pasajeros de Medio Oriente en el aeropuerto. Serían diez: Atta, Omari, los otros tres terroristas del equipo, y los cinco que subirían al United 175, los dos aviones se estrellarían contra las Torres Gemelas. Es posible también que Atta y Omari hayan pensado que en el pequeño aeropuerto de Portland la seguridad sería más laxa.

Allí, Atta hizo el check-in suyo y el de Omari; llevó consigo a bordo dos bolsos: su Travelpro negro y un segundo, de Omari, con ruedas, color verde, que contenía su libreta de cheques, su pasaporte de Arabia Saudita, un diccionario árabe-inglés, tres libros de gramática inglesa, un pañuelo, un billete de veinte dólares, un frasco de champú anticaspa marca Brylcreem y otro de perfume. Todavía se podían cargar esas cosas en el equipaje de mano.

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Cuando recibió su tarjeta de embarque, Atta pidió al agente del aeropuerto de Portland que le diera su tarjeta para abordar el vuelo de American Airlines 11 con el que pensaba volar a Los Ángeles, pero el empleado le dijo que eso no era posible, que en Boston debía hacer otro chequeo. Luego de los atentados, ese empleado reveló que Atta se había puesto furioso, se le había transformado la cara y se quejó: a él le habían dicho que sólo debía hacer un check-in. El empleado recurrió a la psicología para poner fin al incidente: le dijo, muy calmado, que se apurara si no quería perder su vuelo a Boston.

Terrorista y líder de la red Al-Qaeda, Osama Bin Laden. (Foto: AP)
Terrorista y líder de la red Al-Qaeda, Osama Bin Laden. (Foto: AP)

Los dos terroristas pasaron sin problemas por el detector de metales del aeropuerto de Portland, calibrado para sonar ante una cantidad de metal equivalente a un arma de fuego o a un cuchillo grande. También pasaron el control de rayos X de sus equipajes de mano. A Atta le duraba todavía la rabieta; lucía un rostro severo, vestía una camisa azul oscuro y pantalones también oscuros: podía pasar por el uniforme de un piloto. Omari, en cambio, vestía una camisa en la gama del crema y pantalones caqui.

El equipaje de bodega de Atta fue retenido para una revisión extra de seguridad en busca de explosivos. Se trataba de un programa conocido como CAPPS, Computer Assisted Passenger Prescreenings System, que usaba un algoritmo para determinar por azar cuáles equipajes se debían revisar y evitar así las quejas basadas en actos de discriminación por raza, etnia, nacionalidad u origen del pasajero. El aeropuerto de Portland ni siquiera tenía un detector de explosivos, las valijas que no sometidas a revisión, quedaban en espera hasta que su dueño subía a bordo. Era una precaución para que no fuese cargado en la bodega de un avión un equipaje con explosivos y sin dueño. Nadie pensaba entonces en un comando suicida. Cuando Atta subió al avión, su valija fue cargada en la bodega.

Las armas de los terroristas no eran explosivos. En los meses previos al ataque, Atta había comprado dos cuchillos o pequeñas navajas “Swiss Army” y una pinza multiuso marca Leatherman, que incluía un cortaplumas. En su último viaje a España, cuando informó a Al-Qaeda sobre sus planes, Atta había revelado que él y dos de los terroristas pilotos de su equipo, Ziad Jarrah, que abordaría el vuelo United 93, y Marwan al-Shehhi, que pilotearía el United 175, se las habían ingeniado para llevar a bordo dos “cutters” de los usados para cortar cajas de cartón. Nunca se pudo establecer si Atta y Omari cargaron con esas armas a bordo y, si lo hicieron, por qué no fueron detectados, o si esas dos armas estaban dentro de los límites que podían formar parte del equipaje de mano de un pasajero.

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A las seis cuarenta y cinco, el pequeño avión de Colgan llegó al aeropuerto de Logan, en Boston, y Atta y Omari pasaron sin problemas por el scanner de seguridad. A las siete y treinta y nueve subieron al vuelo 11 de American Airlines con destino a Los Ángeles, un destino que nunca iba a alcanzar. Se sentaron en los asientos 8D y 8G, los dos del medio en la distribución dos-dos-dos del Boeing. En primera clase, en las butacas 2A y 2B, ya estaban sentados los hermanos Wail y Waleed al Sheri: ambos al lado de la cabina de los pilotos: el avión no tenía fila 1. El quinto miembro de grupo, Satam al-Suqami, de Arabia Saudita, un “musculoso”, viajaba en la butaca 10B, sobre el pasillo y dos filas más atrás que Atta y Omari. El jefe del servicio de vuelo, Michael Woodward, cumplió con su rutina: dio la bienvenida a todos los pasajeros que volaban a Los Ángeles.

Khalid Sheikh Mohammed, fotografiado tras su arresto en Pakistán. (Foto: AP)
Khalid Sheikh Mohammed, fotografiado tras su arresto en Pakistán. (Foto: AP)

En el aeropuerto Dulles de Washington y en el aeropuerto Newark de New Jersey sucedió algo muy parecido. Los diecinueve terroristas suicidas ocuparon sus asientos y esperaron a que los aviones despegaran. El primero en hacerlo, a las ocho de la mañana, fue el American Airlines 11, con Mohammed Atta y sus cuatro “musculosos” a bordo. El último en despegar fue el United Airlines 93, que alzó vuelo a las ocho cuarenta y uno desde New Jersey.

Cinco minutos después de ese último despegue, a las ocho cuarenta y seis y treinta segundos, Atta estrelló el Boeing de American contra la Torre Norte del World Trade Center.

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Y todo cambió para siempre.

Sumario, torres gemelas, 11 de septiembre, Atentado, Terrorismo, 11-s

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INTERNACIONAL

Ontario premier wants Republicans to lose House and Senate over Trump’s trade war

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NEWYou can now listen to Fox News articles!

Ontario Premier Doug Ford said on Thursday that he hopes Republicans in the U.S. lose both the House and Senate in the upcoming midterm elections, suggesting that voters should punish President Donald Trump for his moves to escalate the ongoing trade war with Canada.

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«Hopefully, he’s going to lose the Senate. He’s going to lose Congress. I hope so, and hold him accountable,» Ford said.

«But we’ll see how that goes. We aren’t going to interfere in the U.S. election,» he continued.

Ford has become one of Trump’s most outspoken critics in Canada, accusing the president of attempting to move Ontario’s businesses and jobs across the border to the U.S.

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CANADIAN PM TELLS TRUMP TO ‘STOP TRYING TO BE TOUGH’ IN TRADE FIGHT

The U.S. recently escalated the trade dispute by banning some Canadian dairy products and motorcycles as well as most alcoholic beverages after Canada’s retaliatory tariffs. (Anna Moneymaker/Getty Images)

«He’s not reliable at all,» Ford said. «He could make a deal today and then change his mind. And we’ve seen that over and over again.»

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Ford said he still believes Trump would like to reach a deal before the midterms and that Canada should return to the negotiation table as soon as possible.

«I truly believe President Trump wants a deal before the midterms,» Ford said. «I could be wrong, but I think it’s best that we sit down and get a deal.»

Ford’s comments come just days after the U.S. escalated the trade dispute by banning some Canadian dairy products and motorcycles as well most alcoholic beverages after Canada’s retaliatory tariffs took effect on about $20 billion in U.S. goods.

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Trump also took efforts to remove Canadian products from large, long-term U.S. government contracts.

Last year, Trump abruptly ended trade talks with Canada after the Ontario government broadcast an anti-tariff TV ad in the U.S., using quotes from former Republican President Ronald Reagan’s criticism of tariffs.

Trump and Ford have repeatedly exchanged personal jabs over the trade war.

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NEW YORK GOV HOCHUL REJECTS TRUMP’S ‘LAKE AMERICA’ RENAMING WITH BLUNT MESSAGE

Trump places hand on Carney's shoulder outside White House

The U.S. president further escalated tensions with Canada when he signed an executive order to rename Lake Ontario as «Lake America.» (AP Photo/Evan Vucci)

Ford mocked Trump for keeping a portrait of Reagan near his desk while pushing for tariffs the former president had opposed, telling The Associated Press that Reagan would be «throwing up on him from the picture if he knew what was going on.»

Trump, meanwhile, has criticized Ford as «the less charismatic, intelligent, and overall unimpressive brother of the late, great, Rob Ford.»

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The U.S. president further escalated tensions with Canada when he signed an executive order to rename Lake Ontario as «Lake America,» a rebranding that Canada does not recognize.

Canada, other international bodies and U.S. states are not forced to follow the renaming, but the order adds to the ongoing tensions between the two countries.

Ford said on Thursday that Trump had unintentionally strengthened Canada by forcing it to cut its dependence on the U.S.

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«The only two good things Donald Trump has ever done for Canada» were that «he woke us up» and «he united the country like I’ve never seen before,» Ford said.

Trump sits in Oval Office during meeting with Canadian PM Carney, not pictured

Canadian Prime Minister Mark Carney suggested his country may hold off on further retaliation against President Donald Trump’s latest trade measures. (AP Photo/Evan Vucci)

Canadian Prime Minister Mark Carney suggested on Thursday that his country may hold off on further retaliation against Trump’s latest trade measures, describing them as «relatively modest» compared to earlier U.S. moves.

He said his government was still studying the U.S. measures and acknowledged they could have significant consequences for companies and industries, but he said that some of the new U.S. tariffs replaced others that the Trump administration had removed.

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«We also recognize that, in the context of other things that the U.S. administration has done … that these are relatively modest measures,» Carney said at a cabinet retreat in Banff, Alberta.

The Associated Press contributed to this report.

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INTERNACIONAL

No lo recuerdan, pero viven sus consecuencias: qué piensan las nuevas generaciones de EE.UU. sobre el ataque del 11-S

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Son unas 100 millones de personas desparramadas por todo Estados Unidos con algo en común: no habían nacido, o eran muy pequeñas, cuando se derrumbaron las Torres Gemelas de Nueva York, el 11 de septiembre de 2001.

Para ellos, el peor atentado terrorista sufrido en territorio estadounidense es un episodio lejano o que forma parte de una historia de la que no fueron testigos o no guardan ningún registro en su memoria.

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Hoy, en el 25° aniversario de estos ataques perpetrados por la red Al Qaeda, millones de jóvenes estadounidenses buscan entender qué pasó aquella fatídica fecha que marcó un antes y un después en su país.

Cómo los jóvenes estadounidenses se enteran de lo que pasó el 11S

Cada estadounidense mayor de 35 años recuerda perfectamente dónde estaba y que hacía en el momento de los atentados. Pero son cada vez más los que no tienen registros sobre la fecha.

De hecho, el 10% de los adultos actuales nacieron después de 2001, según un reporte del centro de investigación Pew Research Center.

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Beth Hillman, presidenta y directora ejecutiva del Museo del 11S de Nueva York, calcula que son unos 100 millones de estadounidenses, poco menos del 30% del total de la población estimada en 349 millones.

Son aquellos que se enteraron de los atentados por el relato de sus padres o de sus maestros.

“Cada año, en el 11 de septiembre a las 8:46am, cuando chocó el primer avión, nuestro director hace un anuncio por los parlantes. Él explica lo que pasó en ese minuto exacto, y pide que hagamos un minuto de silencio para ´conmemorar las vidas que fueron perdidas ese día´“, contó a TN la estudiante de secundaria Charlotte Bowen, alumna de la Beacon High School, en el condado de Dutchess, en el estado de Nueva York.

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Bomberos y rescatistas trabajando entre los escombros y el humo durante el 11 de septiembre. (Foto: AP)

Bowen, de 17 años, afirmó: “Durante ese minuto se hace un silencio total. Se siente bastante fuerte ese silencio porque uno sabe que todos nos estamos imaginando lo mismo: ´lo que debe haber sido estar en uno de esos aviones´“.

“Además, ese silencio total en un colegio secundario se siente rarísimo; no es natural. Cuando el minuto se acaba, el director nos agradece y ahí se termina el anuncio”, comentó.

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Es un acto simple, pero que recuerda un hecho que marcó para siempre al país.

Su escuela comunicó además que este viernes habrá una clase especial sobre el aniversario. “Nuestro profesor de Economia y Gobierno nos avisó que vamos a hablar de lo que pasó en los días previos al 11S, por qué pasó lo que sucedió ese día y el efecto que tuvo después”, contó.

Pero para ella, como para millones de niños, adolescentes y jóvenes estadounidenses, es un episodio difícil de asimilar.

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Lo percibo como algo históricamente lejano, pero a la vez lo siento emocionalmente más o menos cercano, por el hecho de que mi mamá estuvo ahí y me ha contado historias de lo que ella vivió. Algunas veces me pongo a pensar y me causa sentimientos de temor. Pero históricamente lo veo como algo que pasó hace tiempo”, sostuvo.

Su madre, Erica Costalonga, es docente de español de la Manitou School de Cold Spring, en el estado de Nueva York. Nacida en la Argentina, estaba en Manhattan, a pocas cuadras de las Torres Gemelas, cuando ocurrió el ataque.

Ella sintió entonces el estruendo del primer avión cuando sobrevoló cerca del instituto de enseñanza de idioma inglés en el que estudiaba esa mañana. Pocos segundos más tarde, el aparato se estrellaría contra las primeras de las dos torres.

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Una de las Torres Gemelas, tras el impacto del segundo avión (Foto: Twitter/SecretService).
Una de las Torres Gemelas, tras el impacto del segundo avión (Foto: Twitter/SecretService).

Veintinco años después, contó a TN que los más jóvenes “se interesan (por el tema del 11 de septiembre), pero lo perciben como algo que pasó hace mucho tiempo”.

“En mi escuela, que es privada e independiente y va hasta octavo grado, no se hace una mención específica del 11S justo en la fecha del aniversario. En lugar de eso, el tema se incorpora de forma orgánica en diferentes materias a lo largo del año”, indicó.

Según afirmó, el episodio se comenta “en materias de humanidades como historia, o al hablar de los bomberos de la comunidad con los más chicos”.

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“Recuerdo que mi hija tuvo que leer en tercer grado una historia de ficción que transcurría durante los hechos del 11S. Yo estaba preocupada porque no quería que le generara miedo o preocupación, pero ella lo percibía como algo que había ocurrido hacía muchísimo tiempo, como un hecho lejano del pasado”, sostuvo.

Lucía, cuyo apellido se preserva por pedido de sus padres latinos, tiene 12 años y estudia en una escuela primaria de Austin, en Texas.

“En mi escuela casi siempre se enfocan más en los héroes, en la historia de la gente que estaba en los aviones y trataron de hacer algo o avisar lo que estaba pasando. O en la gente que entró a las torres para salvar a las víctimas. A veces también nos muestran un video con la historia de algun héroe”, contó a TN.

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El “Hombre que cae”, la dramática foto de una de las víctimas del 11S. (Foto: AP)
El “Hombre que cae”, la dramática foto de una de las víctimas del 11S. (Foto: AP)

Se trata de una manera de preservar fresca en la memoria colectiva un hecho traumático que marcó a fuego la historia contemporánea estadounidense, pero de la que cada vez más norteamericanos se sienten ajenos por no haberlo vivido personalmente.

Por ello, el Museo del 11S de Nueva York busca mantener vivo el recuerdo a través de la divulgación, la educación y la implicación de las nuevas generaciones en un hecho trascendente de la historia nacional.

Así, forma voluntarios para conectar con los más jóvenes durante visitas escolares al museo, que recibe 2,4 millones de visitantes al año.

Una investigación de Pew Research Center, realizada entre jóvenes de 18 a 24 años, reveló que el 60% de este segmento de la población estadounidense se enteró de los atentados en clase o a través de tareas escolares.

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Un 16% oyó hablar del tema por familiares o amigos, un 8% leyendo o viendo videos por su cuenta y un 1% de “otra forma”. El 14% no está seguro siquiera de cómo se enteró.

Pero todos ellos guardan algo en común: conviven “con las consecuencias de las decisiones que se tomaron tras el 11S”, como políticas de inmigración más agresivas o las invasiones militares en Afganistán e Irak, dijo Deepa Iyer, autora de ‘We Too Sing America’, un libro que aborda el impacto de los atentados terroristas en las comunidades del sur de Asia, árabes y musulmanes, citada por EFE.

Más allá de los recuerdos y la memoria, los atentados terroristas del 11 de septiembre cambiaron para siempre la realidad del país.

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11 de septiembre de 2001, Estados Unidos, Sumario

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