CHIMENTOS
Gimena Accardi contó la dura decisión que tomó tras su separación de Nico Vázquez: “Conozco mis límites y lo que me duele”

A casi un año de su separación de Nico Vázquez, Gimena Accardi recordó la drástica decisión que tomó en ese entonces para alejarse del escándalo mediático que representó poner punto final a una de las relaciones más famosas del espectáculo argentino. La actriz relató la angustia que sintió en aquel entonces y cómo su círculo íntimo de amigas la ayudó a sobrepasar la situación.
Todo sucedió cuando la actriz visitó el programa de Mario Pergolini, Otro día Perdido (Eltrece). “¿Qué momento, no Gime, de estar tan expuesta? En ese momento uno no sabe qué hacer. Uno dice, en algún momento tiene que parar y no para”, le dijo el conductor para abordar el tema. Sin mencionar la situación, ni a su expareja, Nico Vázquez, Accardi relató: “Yo apagué todo sinceramente. Pasó el tiempo, ya casi un año y podemos divertirnos. Yo creo que el humor también te salva de esas situaciones”.
Fue entonces cuando Gimena recordó la tajante pero eficiente práctica que la ayudó a no verse influida por las repercusiones mediáticas: “Pero en ese momento particularmente nunca más prendí la tele, cerré todas las redes sociales y me refugié en mi casa con mis amigas. Preferí no verlo por mi salud mental, porque sabía que si lo veía me iba a arruinar y en ese sentido soy una persona con mucho análisis y conozco mis límites, debilidades y sé lo que me duele. Tardo mucho en recomponer ese dolor”.
Con el correr de la charla, Gimena abordó otro de los momentos más sensibles de su vida junto a Vázquez, el día que se salvaron de un derrumbe en Miami. “Fueron segundos, literalmente. Vos sabés que nosotros nunca lo hablamos en las notas ese tema. Yo esa mañana me desperté y salimos a caminar con Nico, porque estábamos laburando, hacía un mes que estábamos ahí. Estábamos trabajando y estábamos en el departamento de una persona que conocíamos y no me acuerdo qué me había pasado y yo le venía diciendo: “Yo no creo en los milagros. Yo cada vez que pido un milagro…” Venía de morir mi viejo. O sea, había muerto mi viejo en pandemia. Esto fue 2021″, comenzó diciendo la actriz.
Luego, Accardi continuó relatando su frustración al no ser escuchada por Dios: “Yo le decía eso, le digo: “Yo pido, pido, pido, pero Dios no me los concede”. Yo un montón de gente veo que le ocurren los milagros. Soy una persona religiosa, pero no soy supercatólica. Creo que hay algo. Y la verdad, me han pasado cosas que me lo corroboran mucho, sobre todo desde la muerte de mi vieja, cuando yo tenía 18, y conexiones que me demuestran que están acá de algún otro modo. Pero ese día, particularmente esa mañana, le dije eso, que yo me angustio porque no se me cumplían los milagros”.
Acto seguido, la invitada recordó las sensaciones que vivió en ese instante de terror y confusión: “Y esa misma noche nos sucede este milagro, pues realmente fueron segundos, somos los primeros testigos, somos los que estábamos adentro del ascensor. Lo primero que se derrumba es el estacionamiento donde nosotros estábamos ahí. Nosotros tuvimos que hablar ante el FBI, dar nuestras declaraciones por testigos absolutos del momento, porque aparte la torre que se derrumbó murieron todos”.
Para cerrar, Gimena destacó cómo, tras sobrevivir a esta situación se dio cuenta de que Dios sí la había escuchado: “La primera columna que se derrumba, que es el estacionamiento, nosotros estamos arriba del ascensor, que justo se abre, porque viste que en Miami frenan en recepción, abren las puertas, cierran y va a tu piso. Y cuando frena en recepción es el primer estruendo, como si fuera una explosión enorme, y dije salí del ascensor. Quedamos en el hall un rato. Segundo estruendo, que es la segunda columna. Y ahí, sí. Correr. Mi primer milagro”.
CHIMENTOS
Murió Roberto García, referente del periodismo político y económico

Roberto García, periodista, analista político y económico, murió a los 81 años y causó un profundo dolor en sus seres queridos y colegas. Con él se va una de las voces más reconocidas del periodismo argentino, forjada a lo largo de más de seis décadas de trabajo ininterrumpido en medios gráficos, radio y televisión, como Primera Plana, La Opinión, Ámbito Financiero y Canal 26.
La noticia fue confirmada a Infobae por sus allegados, quienes informaron que no habrá velorio. Su despedida será de forma íntima el domingo por la mañana en un cementerio privado de la zona norte del Gran Buenos Aires.
Nacido el 2 de junio de 1945, García tenía 20 años cuando abandonó sus estudios de Derecho en la Universidad Nacional de La Plata para abrazar el compromiso con el periodismo. Comenzó su carrera en la revista Primera Plana, una de las publicaciones que marcó el periodismo político argentino de los años 60, donde llegó a ser secretario de redacción. Luego integró la redacción de La Opinión, el diario fundado por Jacobo Timerman que reunió a una generación de periodistas de referencia, donde permaneció hasta su cierre, en 1980.
Esos primeros pasos definieron el perfil que lo acompañaría toda su vida: el de un periodista comprometido con el análisis del poder, atento a los movimientos de la política y la economía. El tramo más extenso de su carrera transcurrió en Ámbito Financiero, donde ejerció como director periodístico entre 1983 y 2008.
Su trabajo en ese período lo consolidó como una referencia para comprender la política, la economía y las relaciones de poder en el país. Fue distinguido en múltiples oportunidades con el Premio Konex y formó parte de la Academia Nacional de Periodismo, dos reconocimientos que reflejan el lugar que ocupó dentro de la profesión.

Además de su labor en gráfica, fue responsable del noticiero de Canal 9 entre 1970 y 1972, y realizó trabajos de conducción y producción en radio. En el último tiempo, Roberto García encontró en Canal 26 una nueva casa periodística. Allí creó y condujo La Mirada, un programa de análisis y reflexión que se convirtió en punto de encuentro para dirigentes, empresarios, periodistas y televidentes de todo el país. Lo hizo junto a su hijo Javier García, compañero de conducción y de vida, en lo que fue también una experiencia personal además de profesional.
A las 8.56, la programación habitual del noticiero de Canal 26 se vio interrumpida para dar a conocer la noticia. “Con profundo pesar informamos el fallecimiento de Roberto García, periodista, analista político y económico, y además una de las figuras más respetadas del periodismo argentino”. Allí, destacaron que “con su estilo único, sus fuentes, su experiencia y su capacidad para interpretar la realidad, siguió ejerciendo el periodismo con la misma pasión de sus comienzos”.

Desde las redes sociales de la emisora también lo despidieron con sentidas palabras: “Canal 26 pierde a uno de sus referentes. Y quienes compartimos con él tantos años de trabajo despedimos también a una persona entrañable, cuya presencia dejó una marca imborrable”, expresó el canal en su comunicado.
Con una placa en blanco y negro y la leyenda “Roberto García 1945-2026″, el medio extendió sus condolencias a su familia, en particular a su hijo Javier, y a sus amigos y colegas. “Su legado permanecerá en cada análisis, en cada entrevista y en cada generación de periodistas que aprendió de su trabajo”.
CHIMENTOS
Declaró una testigo por la muerte de Agostina Vega, complicó a Barrelier y contó todo sobre la mamá: «Siempre fue una…»

La investigación por el femicidio de Agostina Vega sumó un nuevo capítulo que podría resultar determinante. En las últimas horas, la declaración de una testigo complicó seriamente a una de las detenidas y volvió a poner el foco en el entorno que rodeaba a la víctima y a los principales imputados.
Se trata del testimonio de Carla, quien aportó datos clave sobre las personas vinculadas a la causa y, en particular, sobre lo que ocurría dentro del bar “Wachitas”, un lugar que aparece mencionado en reiteradas oportunidades dentro del expediente judicial.
“Yo la conozco como la Gringa Ludmila”, afirmó la mujer al referirse a una de las personas involucradas en el brutal femicidio de Agostina. Según explicó, esta mujer trabajaba junto a Soledad Andreani, dueña del Ford Ka que habría sido utilizado por Claudio Barrelier, y realizaba distintas tareas dentro del local, desde la atención al público hasta colaborar en el sector donde se presentaban bandas en vivo.
En su declaración, la testigo también reveló detalles que generaron un fuerte impacto en la investigación. Según indicó, tras hacerse público el caso tomó conocimiento de los vínculos que mantenía el principal acusado. “Tenía tres mujeres: Ludmila, Soledad y la mamá de Agostina”, sostuvo Carla, dejando al descubierto una trama personal compleja.
AGOSTINA VEGA: LA NUEVA DECLARACIÓN QUE PUEDE GAR UN GIRO
Sin embargo, el punto más delicado de su testimonio estuvo dirigido directamente contra Soledad Andreani, una de las detenidas en la causa. En ese sentido, no dudó en lanzar una acusación contundente que podría tener peso dentro del expediente.
“Siempre fue una proxeneta de todas nosotras”, afirmó la testigo, en una declaración que generó conmoción y que ahora deberá ser analizada en profundidad por la Justicia. Sus palabras no solo complican la situación de Andreani, sino que también abren nuevas líneas de investigación sobre lo que sucedía en ese entorno.
La causa continúa avanzando bajo un fuerte hermetismo. Con varias personas imputadas y nuevas pruebas en evaluación, el testimonio de Carla podría marcar un punto de inflexión en la reconstrucción de los hechos y en la determinación de responsabilidades dentro de un caso que sigue generando conmoción.
Agostina Vega
CHIMENTOS
Daniel Melingo: “Digamos que soy una suerte de Charlie Chaplin que canta tangos”

El equívoco sigue ahí, por más que Daniel Melingo (Parque Patricios, 22 de octubre de 1957) lo aclare una y otra vez: no es que del rock se pasó al tango. ¡Es al revés! El tango llegó primero, aclara enérgico. “¡Antes que de la cuna! ¡Mi vieja cantaba tangos conmigo en la panza!“, dirá.
Pero el equívoco sigue ahí, y seguirá, sobre todo a los que ya soplaron más de 40 velitas, porque lo disfrutaron/mos demasiado en Los abuelos de la nada, en Los Twist o metiendo su saxo en la banda de Charly García, etapa Piano Bar, por citar tres escalas rockeras ineludibles.
Hasta que en 1998 irrumple el Melingo tanguero con ese discazo que es Tangos Bajos, un clásico y moderno, que irradia el ayer invocando la guitarra de Edmundo Rivero, y apunta a un mañana que ya es hoy…
Melingo presentó recientemente su nuevo single “José, el cuchiyero”, con la colaboración de Malandro, “un raper de la nueva escena”, atraído por sus líricas que reflejan siempre a los “barrios populares”, su “culto a la amistad” y la empatía con los suyos. El lanzamiento forma parte del álbum Tangos bajos (Rework) —que presentará en el teatro Coliseo el próximo 21 de septiembre— y a la vez parte del Vol 1 de la banda sonora del documental Tangos Bajos, dónde participan grandes artistas. Y para hacer más interesante esta oferta, los sibaritas y amantes del buen beber podrán descorchar un buen Malbec, Tangos bajos, porque ahora Melingo también tiene vino propio. Todo esto y más abarca esta charla…
—El disco que vas a presentar se llama Tangos bajos (Rework), ¿por qué?
—Primero dejame machetearme con el teléfono, y te canto uno por uno los temas del Volumen 1, que no me quiero olvidar de nadie. Cara A, “Pesar” (con Pity Alvarez), “José, el cuchiyero” (con Malandro), “Ayer” (con Stefanie Ringes), “Narigón” (con Pablo Lescano), “Noche tra” (con Vinicio Capossela) y “Laberinto” (con Andrés Calamaro). Cara B: “La guitarra” (con Fito Páez), “José, el Cuchi” (con Maxi Prietto), “Este cuore” (con Broke Carrey), “Ayer” (con Juli Laso), “Narigón” (con Juliette Noureddine) y “Noche transfigurada” (otra vez con Pity). Ahora sí, ¿cómo era la pregunta?
-¿Por qué lo de Rework?
—Te explico. En este primer volumen son once artistas que interpretan nuevas versiones de esas canciones icónicas de mi disco Tangos bajos. Cosa que en el volumen dos se amplía un poco con otros artistas. En total, participaron casi cuarenta artistas. Y estoy muy feliz de poder presentarlo en el Coliseo acompañado de estos enormes artistas.
—¿Y cómo fue que se te dio por meterte con los vinos?
—Eso fue una idea de un fan mío de Mendoza, Francisco Evangelista, que es el CEO de CrowdFarming.Wine, vinos del Valle de Uco, Mendoza. Él es un productor de vinos que labura muy artesanalmente, muy cuidado, que es lo que yo hago con la música también. Cuidamos la obra como si fueran nuestros bebés y hubo una simbiosis ahí. Y a la vez, te digo, en mis cincuenta años de trabajar cien por ciento con la música, es el primer emprendimiento extramusical.
—¿Qué variedad hiciste?
—Es un Malbec 2020 de cosecha pandémica, que agarró muy bien porque se mantuvo un poquito más en la tierra. Es exquisito, estoy muy contento. Encontramos un paralelismo de la cepa del Malbec —que en francés quiere decir mal boca—, una cepa que en Francia se descartó. Pero ocurre que es nuestra cepa emblemática. Te digo esto porque empezamos a encontrar un paralelismo en el tango, que es a lo que me dedico los últimos treinta años y el puente que tiene con Francia, ¿no? La homologación del tanguero al ir a París. Yo laburo hace veinte años en Francia, con sede en París, donde tengo mi orquesta. Encontramos un ida y vuelta que me pareció tan curioso que hasta escribí un ensayo, El vino y la música.

—Contame del documental…
—Se llama Tangos bajos y el foco es rastrear, justamente, las raíces negras en nuestra música popular. El candombe porteño, por ejemplo, que difiere del candombe uruguayo, el candomblé, es una batida diferente al candombe porteño. Afortunadamente pude filmar testimonios varios de afrodescendientes de la línea colonial, descendientes de esclavos del siglo XVIII: afroargentinos. Hay mucha colonia en Córdoba, Santiago del Estero, Tucumán y ahí se explica un poco toda la evolución de nuestra música.
—Un gran aporte que refutará esa idea -mal informada- de que en Argentina no había negros; en ese sentido, siempre pensamos en Brasil o Uruguay, ¿no?
—Sí, porque eso depende según cómo se cuenta la historia…
—Ya lo dijo Lito Nebbia, ¿no?: “Si la historia la escriben los que ganan, eso quiere decir que hay otra historia”. O sea, el documental se propone rescatar la negritud autóctona, criolla…
—Claro, porque no sólo se esconde la raíz africana, sino la raíz nativa también. Lamentablemente, se impuso la forma absolutista europeizante. Actualmente estamos editando. Además, tuve la ayuda invalorable de grandes amigos míos que son grandes cineastas como Mariano Galperín, Luis Ortega y Lucrecia Martel, entre otros.
—¿Cuánto llevás embarcado en la grabación y la filmación del documental?
—Cuatro años, aunque ya van siete años que vengo con la orquesta típica, que ya la presenté en varias oportunidades. Son quince músicos, en los cuales hay una formación de orquesta típica de tango —cuatro bandoneones, cuatro violines, contrabajo y piano— y yo la agrando un poco, agregándole el violonchelo y el bouzouki.
—¿Perdón?
—El bouzouki, lo toca uno de mis colaboradores más cercanos, Juan Ravioli. Es un instrumento griego que descubrí porque yo tengo ancestros griegos. Mi abuelo era de familia griega. Además incorporo la guitarra eléctrica y el serrucho musical, que lo toca Muhammad Habibi, mi otro colaborador estrecho. Digamos que si Juan es mi mano izquierda, Muhammad es mi mano derecha, dos grandes productores, grandes músicos, colaboradores míos desde hace veinte años. Y también está la trompeta, a cargo del maestro Miguel Ángel Tallarita. Todo esto, digamos, conforma toda una gran orquesta tímbrica que nos acompaña.
—O sea, una típica atípica…
—Claro, es de base típica con estos colores, porque hay antecedentes en el tango también, debo decirlo: formaciones con derivados como la orquesta de Aníbal Troilo, con la celesta, el arpa, diferentes instrumentos para darle otra tímbrica. Ese es el camino que voy a trazar en este concierto de presentación.
—Se ve mucho en las nuevas versiones de Tangos Bajos y también en lo que hiciste en su momento con la nueva “Chalaman”. Sos muy partidario de encontrar nuevos timbres y arreglos en los covers, alejarte del arreglo original, ¿no?
—Es necesario, y es algo que terminé de confirmar después de una larga charla y colaboración autoral con Enrique Cadícamo. El era insistente en las revisiones. Retocar, ¿no? Y es algo que también con Andrés (Calamaro) llegamos a la conclusión de que a veces la canción en el estudio hay que abandonarla porque no se termina nunca, ¿viste? Es como una instancia.

—De hecho, Andrés lo está haciendo cada vez más en sus vivos; un enfoque similar al de Dylan, que de pronto recién cuando llega al estribillo te enterás que lo que está haciendo es “Blowin’ in the Wind”… Tanto, que desde hace tiempo, para mí, en vivo, Dylan no hace temas de Dylan… Dylan hace covers de Dylan, ¿me explico?
—Hay algo muy importante de eso que decís, que es: una vez que se lanza un tema a la industria —y ojo, hay que diferenciar la música y la industria de la música—, porque muchos músicos estamos confundidos con eso. La gente absorbe la primera versión donde conoció la canción y le queda formateado eso. Entonces, el músico que va en una evolución constante, necesita ese quehacer de darle forma. Yo siempre digo: cuando la terminamos de grabar la obra está inconclusa, se termina de anidar en el oído de cada uno que lo escucha.
—Me hablabas de tu relación con Cadícamo. ¿Con qué otro prócer llegaste a tratar?
—A Cadícamo me acerqué primero porque me llamó la atención su obra. Leí mucho porque él no solo era letrista de tango, era novelista, guionista de cine, ensayista; tengo gran parte de su obra en casa. Y antes de estrenar Tangos bajos llamo por la guía de teléfono -¡mirá qué tiempos!- al doctor Luis Alposta, otro socio autoral mío, que es el vicepresidente de la Academia Lunfardo, una persona muy importante para mí, tanto que es el día de hoy que tenemos una enorme amistad. Creamos una sociedad autoral, tenemos más de cuarenta tangos hechos juntos. Para mí es un prócer, un tipo de cerca de los noventa años ya…
—¿Siguen componiendo?
—Claro, está bárbaro. Es el poeta lunfardo vivo más importante, así de corta. Al Dr. le debo gran parte de mi conocimiento sobre el tango y de su mano pude entrar a la puerta grande del tango. Ojo, no porque haya un letrero que diga La puerta grande del tango, porque acá nos seguimos peleando en Argentina: ¿qué es tango, qué no es tango, viste? Daría la sensación de que es como venderle cubitos a los esquimales, ¿no? Cuando el tango es tan reconocido, tan definitivo y nos marca en nuestra idiosincrasia. En el resto del mundo el tango es percibido de otra manera que como lo percibimos acá.
—¿De qué manera?
—Claro, porque yo tengo la suerte de estar hace veinticinco años haciendo giras varias veces por año por toda Europa. Solo en Francia actué en cuarenta y cinco ciudades… Y no es que me va a ver solo el gueto de inmigrantes argentinos, sino que penetré —digamos— en el oído de un público local que no entiende lo que yo digo, lo cual me favoreció en desarrollar una gestualidad que antes no tenía: digamos que soy una suerte de Charlie Chaplin que canta tangos.

Es una necesidad que aprendí justamente tocando para públicos europeos. Y te digo, me sorprendí muchísimo, por ejemplo en Hungría. Toqué en centros culturales enormes como nuestro CCK —ahora malamente llamado Palacio Libertad—; y digo Hungría porque a mí siempre me gustó Béla Bartók, la música húngara, porque tiene esa raíz folclórica que se sigue respetando al día de hoy; un público con gran facilidad rítmica, cosa que en Francia no me pasa. Y aunque no entiendan la letra de los tangos, yo funciono como un médium, digamos.
—O sea, el poder de la música, ¿no? Sonido puro…
—Exacto, lo que nos pasaba de chico con los Beatles, ¿no? Lo que atrae es la música; eso hipnotiza y te lleva a querer saber qué está diciendo esto que me engancha tanto.
—Según leí, también tuviste cercanía con Edmundo Rivero, ¿no?
—Sí, lo conocí personalmente porque mi padrastro era su mánager personal. Sin dudas, otro de los grandes y un gran guitarrista. Yo iba al Viejo Almacén de chiquito. Me daba un poco de miedo Rivero. Después, de más grande, lo empecé a apreciar.
—Sé que no es una pregunta nueva para vos, pero vos sabés, el público se renueva. Ya son años del Melingo tanguero, sin embargo, para mi generación -lo he comprobado- decís Melingo y antes que nada pensás en Los abuelos…, pensás en Los Twist, en la banda de Charly etapa Piano Bar, o sea, en el Melingo rockero…
—(Se ríe) Te voy a explicar un poco porque no sos la primera persona que me plantea esto, un planteamiento que empezaron a hacerme cuando empecé con el tango hace treinta años o más. Lo curioso es que ¡ya tengo más años en el tango que en el rock! Me siguen diciendo: “¿Por qué te pasaste del rock al tango?” Y yo digo: ¡No me pasé, yo nací en Parque Patricios! Con toda mi familia tanguera, por parte de mi vieja y por parte de mi viejo, abuelo cantante de ópera. O sea, tengo un sincretismo entre el tango y la ópera. Y con mis primos mayores aprendí el rock, esas son mis tres patas. La cuarta pata la creé como una voz propia, digamos.
por Fito Paez (teclados y coros), Pablo Guyot (guitarra), Alfredo Toth
(bajo y coros), Willy Iturri (batería), Daniel Melingo (saxo).
—Más allá de tus orígenes, ¿hubo un click para encarar el sendero tanguero en forma profesional?
—Siempre hay un click… que pertenece un poco a la industria musical. Los músicos somos músicos. La industria musical se va de nuestras manos. Mi primer disco solista es H2 O, producido por Cachorro López, con una intención entre funk y reggae. Era algo que yo venía trabajando hacía más de diez, quince años. Y después de diez años de vivir afuera, vuelvo con una pulsión rumiante con el tango. Y empiezo a hacer canción tras canción tras canción, que serán las canciones de Tangos Bajos.
—¿Que salé en el…?
—En el ‘98. Ahí rompo el contrato con una multinacional y digo: “Voy a hacer esto”, algo que me sale de las tripas. Yo le hago mucho caso a la intuición; los músicos laburamos mucho con la intuición, con ese ochenta y cinco por ciento de sombra que es el inconsciente.
—¿Cómo sería eso?
—En el inconsciente es donde se genera y se crea todo lo que después nos representa de alguna manera. Es un trabajo intuitivo, más allá de la formación académica que puede tener uno. Yo siempre digo: “La partitura es para estudiar, la música es de oreja”. Porque dicen: “No, este músico lee música, este músico no lee…” No importa, la cuestión es el resultado: qué generás con esa abstracción que es la música.
—¿Qué está escuchando Melingo?
—De todo.
—¿Qué entra en “de todo”?
—Todo. También quiero decir algo que es muy importante para mí: el silencio. Yo me nutro muchísimo del silencio. No soy de llegar a casa y poner música. La música la escucho atentamente: la escucho, no la oigo, porque hay una diferencia, ¿viste? Yo, para pensar en música necesito el silencio. Nutrirme de eso para abastecerme. Y cuando quiero escuchar, me siento, no la pongo de fondo; si no me parece como la radio o TN, que lo ponés de fondo. O disfruto el silencio o si voy a escuchar, escucho. Y cuando te decía “de todo”, puedo ir de Bach o Beethoven hasta las últimas tendencias sónicas que pueda haber en esta nueva escena: el trap, el hip hop. Soy muy omnívoro en ese sentido.
—Hablando de tendencias, ¿cuándo ganaban más los músicos, vendiendo CDs o en esta era Spotify?
—Yo puedo decir sacando pecho que hace cincuenta años vivo de la música. “¿Pero cuánto…?» “¿Vivís bien?» Vivo cómodamente, a veces de manera ajustada. Eso es invariable, porque cuando decidimos por la música sabíamos que iba a ser así. Muchas veces me preguntan: “Ey, ¿pero cuánto cobrás por este tema, por el otro?”. Y es algo que nunca lo veo, no lo discrimino. Lo importante es el resultado.
Siempre digo que no es menor poder vivir dedicándome no solo a la música, ¡sino a la música que quiero hacer! Porque, además, nunca di el brazo a torcer con la industria. Están los que dicen “No, pero a la gente le gusta”. Eso es falso, el músico tiene que escucharse a él mismo, porque la música trasciende la honestidad que debe haber en el artista al hacer este proceso. En definitiva, cuando vos decís: “Como a la gente le gusta eso, voy por ahí”, eso se nota. Tenemos el ejemplo de Bob Dylan: ¿por qué llegó tan lejos? Por la honestidad. Y de ahí, también, el gran título del álbum de mi amigo Andrés (Calamaro), Honestidad brutal.
—Te llevo a un tema que muy actual que genera polémica, que es el uso de la IA para la creación artística, en este caso la música… ¿Te preocupa? ¿Cómo lo ves?
—Mirá, hay algo en la música… volvemos a lo mismo. El espíritu de la música implica algo que la IA no tiene, que es el alma. Y es algo muy importante; que muchas veces está en entre líneas y no nos llama la atención, pero hay algo que es por ahí. Y eso nos diferencia: el espíritu, el alma, la humanidad o como lo quieras llamar.
—No puedo dejar de preguntarte por lo del Indio Solari. ¿Qué te sugiere semejante muestra de cariño popular?
—Semejante despedida demuestra la importancia que tiene como ser humano, como alma, como espíritu, dentro de nuestro imaginario musical, popular y nacional, ¿no? Yo soy una persona que conocía al Indio, por supuesto, con un cariño especial, porque él venía a mis conciertos de tango desde que comencé con este experimento. Y siempre estaba el Indio.
—¿Ah, te fue a ver muchas veces?
—Sí, y se manifestaba de una manera anónima, pero quería estar ahí. Eso me dio una pauta de la profundidad de la búsqueda del tipo, ¿no? Que nos habla casi desde el más allá, ahora más que nunca, ¿no? Esa búsqueda insaciable para el ser humano, sobre todo conociéndose y haciendo hincapié en el eco interno cuando muchas veces estamos atosigados por el ruido exterior, ¿no? El es un fundamentalista de eso. Semejante expresión de amor popular también expresa lo que estábamos hablando: cómo anida la música en el que escucha, que es tan importante, y cómo cada oyente termina de completar la obra del artista.
—¿Podés nombrar tres, cuatro o cinco discos que llevarías siempre en tu mochila?
—No, porque volveríamos a lo de la industria. Sí te puedo nombrar grandes artistas.
—A ver…
—Carlos Gardel, el inventor del tango canción: Gardel es un gran médium, un gran chamán… Igor Stravinsky, Béla Bartók y Maurice Ravel, mi trilogía de lo que se conoce como música clásica, sinfónica o erudita, que me marcaron muchísimo. Charles Mingus (a quien vi en vivo), Thelonious Monk y Miles Davis, mi trinidad en el jazz. Y los Beatles.
—¿A qué edad descubrís a los Beatles?
—Muy tempranito, te diría que ya con siete, ocho años. Recuerdo los primeros singles… Son absolutamente gravitantes, una banda que a medida que la escuchás la seguís redescubriendo y redescubriendo.
—Totalmente, así como señalabas a Gardel como el inventor del tango canción, ellos inventan un sonido dentro del pop y el rock, tanto que pasan a ser un género en sí mismo, ¿no?
—Así es, hay algo que son las capas en la música que se puede atribuir a la profundidad. Con los Beatles pasa eso. Tienen tantas capas de lectura que vos las vas descubriendo en cada escucha.

—Especialmente en su etapa del estudio como laboratorio, a partir de Rubber Soul, ¿no? ¿Coincidís con esa teoría que dice que desde que Dylan les convida su primer porro, en septiembre de 1964, nace la psicodelia? Después de eso van a encadenar Rubber Soul, Revolver y Sgt. Pepper’s…
—No, yo no lo diría tan preciso, con tantos datos periodísticos. Te diría que un artista necesita un tiempo de maduración. Y ellos lo ejercitaron a lo largo de toda su trayectoria. Porque el artista, si bien nace, después se va haciendo. Son las dos cuestiones. Es tremenda la obra que crearon en menos de diez años, con una profundidad que teminó impactando en todo el mundo. Con un dato no menor: ¡aún hoy gravitan!
Fotos: Jaime Olivos
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