ECONOMIA
Bloomberg advirtió que la desconfianza histórica de los argentinos frena el plan del Gobierno para captar dólares fuera del sistema

El presidente Javier Milei está encontrando obstáculos para lograr que los ahorristas argentinos depositen sus dólares en efectivo en los bancos, una meta importante para el gobierno y la economía, según advirtió Bloomberg en un artículo publicado este domingo.
El programa oficial Inocencia Fiscal, que busca atraer capitales con la promesa de mayor confidencialidad y protección contra auditorías, ha generado poca respuesta. Persisten décadas de desconfianza hacia el Estado y el sistema bancario, marcadas por recuerdos de crisis como la del “corralito” en 2001. El medio financiero estadounidense destacó que por esa razón la mayoría de los argentinos prefiere seguir guardando el dinero en efectivo, aún cuando el gobierno estima que existen 170.000 millones de dólares fuera del circuito financiero formal.
A pesar de la relajación de requisitos impulsada por la iniciativa oficial, solo una porción mínima de esos fondos se ha incorporado al sistema bancario desde el lanzamiento del programa en febrero. Según Bloomberg, los depósitos en dólares crecieron menos de 1.000 millones, reflejando la limitada efectividad de la propuesta y una preferencia sostenida por el uso del efectivo fuera de bancos.
El Banco Nación apeló incluso al humor para enfrentar el fenómeno: una campaña muestra colchones “caminando” hacia una sucursal y aconseja a los ciudadanos “usar el colchón para descansar”, mientras el banco se presenta como la opción para resguardar los ahorros. Este tipo de anuncios refleja una práctica profundamente enraizada en la sociedad argentina, destacó el medio.
Bloomberg subrayó que gran parte del escepticismo argentino tiene origen en hechos traumáticos como el “corralito” de 2001, cuando el gobierno restringió retiros y transformó depósitos en dólares en pesos, que en poco tiempo perdieron el 75% de su valor.
Según Alejandro Lamas, comerciante de automóviles en Buenos Aires entrevistado por Bloomberg, estas experiencias siguen pesando en la memoria colectiva: “Algunas personas todavía tienen miedo”, afirmó. Las decisiones erráticas de los sucesivos gobiernos —consideró— consolidaron la idea de que confiar los ahorros al sistema bancario implica un alto riesgo: “Los gobiernos aquí han hecho todo tipo de locuras en el pasado ¿cómo podrías confiar en ellos?”, señaló.
La inestabilidad política, la depreciación constante de la moneda y las crisis recurrentes han afianzado la desconfianza. “Cuando la oposición empezó a ganar las elecciones el año pasado, fue un gran susto y todos se lanzaron otra vez a comprar dólares”, relató Marcelo Capobianco, carnicero y seguidor de Milei, según recogió Bloomberg.
La decisión de guardar dinero en casa o en cajas de seguridad sigue siendo una constante, dijo el mismo medio y relató para su audiencia internacional cómo este instinto de protección se traduce en hábitos precisos: los billetes de 100 dólares se clasifican localmente como “cara chica” o “cara grande”, según el tamaño del retrato de Benjamin Franklin, una diferencia que impacta en su valor de intercambio en el mercado informal.

“Te sorprendería lo húmedos y malolientes que pueden llegar a estar los billetes de dólar cuando han estado escondidos bajo un colchón durante años”, dijo Lamas a Bloomberg. Quienes trabajan con efectivo, como él, desarrollan una habilidad particular para distinguir billetes falsos y manipular dinero en distintos estados de conservación. “Es una habilidad que aprendés rápido acá —incluso si un billete es viejo y está gastado, lo reconocés al instante”, explicó.
Capobianco resumió el cálculo de muchos argentinos: “Cuando tu dinero pierde valor, todos corren al dólar —nadie acá ahorra en pesos, y si lo hacés, es el final del juego”.
Aunque la administración Milei cuenta con el mayor nivel de confianza pública en décadas, ello no basta para revertir costumbres profundamente arraigadas. A inicios de 2026, los depósitos en dólares alcanzaban los 40.000 millones, una cifra pequeña frente al total estimado de 170.000 millones fuera del sistema formal.
El propio presidente reconoció los límites de la política oficial: “Es una ley revolucionaria, pero no se pueden imponer las cosas por la fuerza”, aseguró a Bloomberg. Para el ministro de Economía, Luis Caputo, “mucha gente guarda el dinero en casa, perdiendo valor, cuando podría llevarlo al banco”.

El economista jefe de Facimex Valores, Adrián Yarde Buller, advirtió que el verdadero cambio requiere más que una normativa: “El potencial es enorme dada la cantidad de activos que los argentinos tienen fuera del sistema, pero hará falta algo más que una ley para cambiar el comportamiento. Es necesario reconstruir la confianza en las instituciones, y eso lleva tiempo”, dijo a Bloomberg.
En la economía argentina, el hábito del “colchón” permanece como refugio frente a nuevas incertidumbres. La experiencia acumulada durante décadas de inestabilidad sigue pesando sobre las decisiones de los ahorristas y condiciona las posibilidades de transformación.
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ECONOMIA
Broker revela su estrategia para invertir $1 millón en 9 CEDEARs con mucho potencial

La estabilidad en el dólar genera, de cierta manera, que los CEDEARs vuelvan a ocupar un lugar central dentro de las carteras de inversión. Estos instrumentos permiten posicionarse en activos que siguen la evolución de empresas y ETFs de Estados Unidos, pero operando desde el mercado local y en pesos, lo que los convierte en una alternativa atractiva para quienes buscan exposición internacional sin salir del sistema financiero argentino.
Y es que bajo esa premisa, aparece la Cartera Dinámica de PPI, una estrategia diseñada para perfiles agresivos y con horizonte de largo plazo, que combina CEDEARs de ETFs con acciones puntuales de compañías internacionales. La propuesta se apoya en la idea de que, para capturar oportunidades en Wall Street desde el mercado local, el inversor argentino puede utilizar instrumentos que cotizan en pesos, pero que siguen la evolución de activos internacionales y, además, incorporan la dinámica del tipo de cambio contado con liquidación.
En una cartera de $1 millón, el armado sugerido concentra el 90% en CEDEARs de ETFs y deja el 10% restante en CEDEARs de acciones individuales. Traducido a montos concretos, implica colocar $900.000 en fondos cotizantes y $100.000 en dos empresas tecnológicas de alto crecimiento, con Microsoft y Nvidia como protagonistas.
La estructura muestra una estrategia claramente orientada a activos internacionales, pero con una diversificación interna relevante. No todo queda concentrado en tecnología, aun cuando ese sector aparece como uno de los motores de retorno, ya que también hay presencia de bancos, servicios públicos, salud, oro, petróleo y el índice amplio de Estados Unidos, lo que permite repartir el riesgo entre distintos factores de mercado.
Cómo queda distribuida la estrategia del millón
El mayor peso de la cartera está en XLU, el ETF que sigue al sector de servicios públicos de Estados Unidos. La posición representa el 25% del total, por lo que en una estrategia de $1 millón equivale a $250.000. A primera vista puede llamar la atención que una cartera agresiva tenga como principal exposición a un sector que tradicionalmente se considera defensivo, pero el contexto cambió.
Las utilities dejaron de ser miradas solamente como empresas estables, reguladas y de baja volatilidad: en los últimos años, una parte del mercado empezó a asociarlas con la expansión de la demanda eléctrica vinculada a la inteligencia artificial, centros de datos, electrificación de procesos productivos y un mayor consumo energético. Esa combinación puede darle al sector un atractivo adicional en un portafolio de largo plazo.
La segunda posición relevante es XLF, el ETF financiero, con una ponderación del 20%, equivalente a $200.000. Este fondo ofrece exposición a bancos, aseguradoras, compañías de servicios financieros y firmas vinculadas al crédito. El sector suele tener buen desempeño cuando mejora la expectativa sobre la economía estadounidense, se estabiliza la curva de tasas o el mercado descuenta una mayor actividad. Sin embargo, también es sensible a episodios de estrés bancario, deterioro del crédito o cambios bruscos en la política monetaria.
Con el mismo peso aparece SPY, el ETF que replica al S&P 500. También representa el 20% de la cartera, por lo que implica una inversión de $200.000. Esta posición funciona como el núcleo más diversificado del armado, ya que permite capturar el desempeño de las principales compañías estadounidenses sin tener que elegir una acción específica. En una estrategia agresiva, SPY aporta exposición al mercado accionario más importante del mundo y reduce parcialmente el riesgo de depender de pocos nombres.
Luego figura QQQ, el ETF asociado al Nasdaq 100, con una asignación del 10%, equivalente a $100.000. Este tramo es más agresivo que SPY porque concentra mayor peso en tecnología, comunicaciones y compañías de crecimiento. QQQ puede potenciar el retorno cuando el apetito por el riesgo internacional mejora y las grandes tecnológicas lideran las subas, aunque también suele sufrir más en escenarios de tasas altas, compresión de múltiplos o toma de ganancias en acciones de crecimiento.
La cartera se completa, dentro del bloque de ETFs, con tres posiciones del 5% cada una. XLV, vinculado al sector salud, representa $50.000; GLD, que sigue al oro, suma otros $50.000; y USO, relacionado con el petróleo, también ocupa $50.000. Estas tres posiciones cumplen funciones distintas dentro del portafolio. Salud aporta exposición a un sector con demanda relativamente estable; el oro funciona como cobertura parcial ante episodios de tensión financiera o pérdida de confianza en monedas, y el petróleo introduce una apuesta sobre energía y commodities.
El 10% final está en acciones puntuales. Microsoft pesa un 5%, lo que implica $50.000, y Nvidia también representa un 5%, otros $50.000. En ambos casos, la apuesta apunta al crecimiento de la inteligencia artificial, la computación en la nube, el software corporativo, los chips avanzados y la infraestructura tecnológica. Son empresas de enorme calidad, pero con valuaciones exigentes y alta sensibilidad a las expectativas de resultados. La distribución completa queda de esta manera:
- XLU, 25%: $250.000
- XLF, 20%: $200.000
- SPY, 20%: $200.000
- QQQ, 10%: $100.000
- XLV, 5%: $50.000
- GLD, 5%: $50.000
- USO, 5%: $50.000
- Microsoft, 5%: $50.000
- Nvidia, 5%: $50.000
Para qué perfil tiene sentido esta cartera
La estrategia agresiva del millón con CEDEARs no está pensada para cualquier inversor y tiene sentido solo para quienes buscan retorno en dólares, aceptan fluctuaciones relevantes y no necesitan disponer del dinero en el corto plazo. El horizonte de largo plazo es central porque una cartera con este nivel de exposición a renta variable puede tener caídas temporales significativas.
El armado tampoco luce adecuado para cubrir gastos corrientes, fondos de emergencia o capital que deba usarse en pocos meses. Una corrección fuerte en Wall Street, una baja del contado con liquidación o una rotación internacional fuera de tecnología pueden afectar el valor de la cartera justo cuando el inversor necesita vender. En ese caso, el riesgo no pasa solamente por la calidad de los activos, sino por el momento de entrada y salida.
Para perfiles más agresivos, en cambio, la combinación puede resultar atractiva porque permite acceder a sectores líderes de Estados Unidos desde Argentina, con una estructura simple y diversificada. En lugar de elegir diez o quince acciones individuales, el inversor se apoya en ETFs que ordenan la exposición y dejan una porción menor para apuestas puntuales de alto crecimiento.
El componente más defensivo relativo aparece en XLU, XLV y GLD, aunque eso no convierte a la cartera en conservadora. Los servicios públicos, la salud y el oro ayudan a moderar parte de la volatilidad, pero el peso de la renta variable sigue siendo dominante. Además, algunos ETFs sectoriales pueden tener movimientos fuertes si cambia el humor del mercado o si se modifican las expectativas sobre tasas, inflación y crecimiento.
En el caso de XLF, el riesgo principal está asociado al ciclo financiero. Una economía más fuerte y una curva de tasas más favorable pueden beneficiar al sector, pero un deterioro de la calidad crediticia o una desaceleración más profunda pueden afectar balances y valuaciones. En USO, la volatilidad puede ser incluso mayor, porque el petróleo reacciona a variables geopolíticas, decisiones de producción, inventarios y expectativas de demanda internacional.
La parte tecnológica, a través de QQQ, Microsoft y Nvidia, aporta el potencial más visible de crecimiento, pero también concentra una parte importante del riesgo de valuación. Después de varios años de fuerte entusiasmo por la inteligencia artificial, el mercado suele exigir que las ganancias acompañen las expectativas.
Por eso, la clave de esta cartera no está solamente en comprar los instrumentos, sino en sostener una disciplina de seguimiento. Una estrategia dinámica requiere revisar ponderaciones, analizar si algún sector quedó demasiado caro, evaluar si conviene rebalancear y evitar que una suba muy fuerte de una posición cambie por completo el perfil de riesgo original.
También conviene mirar los costos operativos, la liquidez de cada CEDEAR en el mercado y el horizonte de la inversión. En carteras chicas o medianas, operar demasiados instrumentos puede encarecer los movimientos si no se planifica bien. En una cartera de $1 millón, la distribución propuesta es alcanzable, pero exige tener en cuenta precios mínimos, múltiplos de negociación y la disponibilidad de cada activo en el mercado local.
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ECONOMIA
Argentinos en colectivo: cuáles son las ciudades más caras y más baratas para el autotransporte urbano de pasajeros

El precio del boleto de colectivo sigue mostrando grandes diferencias entre ciudades, en un contexto marcado por nuevas actualizaciones tarifarias y cambios en los esquemas de subsidios. Mientras algunos distritos aplicaron aumentos en las últimas semanas para recomponer costos operativos, otros mantienen tarifas considerablemente más bajas, lo que profundiza la brecha entre los extremos del mapa urbano argentino.
El relevamiento de tarifas correspondiente a mayo de 2026 muestra que viajar en colectivo puede costar más del doble según la ciudad. Las diferencias no sólo responden a decisiones locales sobre subsidios o estructura de costos, sino también al nivel de financiamiento provincial y municipal, la cantidad de pasajeros transportados y la situación económica de cada sistema de transporte.
Entre las tarifas más elevadas del país aparecen varias ciudades del interior que durante los últimos meses aplicaron ajustes para sostener el funcionamiento de los servicios urbanos. En el tope del ranking se ubica Pinamar, con un boleto mínimo de $2.625 (la ciudad cobra tarifas diferentes para residentes y no residentes). Le sigue San Martín de los Andes, con $2.500, y Centenario —localidad neuquina— con $2.478. Completan el grupo de las más caras Pergamino ($2.332), Bariloche ($2.046) y Eldorado ($2.000), según relevamientos realizados por el Instituto Interdisciplinario de Economía Política (IIEP) y la Asociación Argentina de Empresarios del Transporte Automotor (Aaeta).
Se trata, en su mayoría, de ciudades medianas o de perfil turístico, donde el sistema de transporte público suele tener menor escala y, por lo tanto, menos posibilidades de distribuir costos entre una gran cantidad de pasajeros. Eso se traduce, en general, en tarifas más altas.
En la franja intermedia del ranking aparecen algunas de las ciudades más pobladas del interior del país. Santa Fe encabeza ese grupo con $1.900. Más abajo se ubican las capitales de Córdoba, Rosario y Paraná, que comparten el mismo valor: $1.720. En el puesto 22 aparece Mendoza, con un boleto mínimo de $1.400.
En el extremo opuesto del cuadro, las tarifas más bajas del país corresponden a la región más poblada: el Área Metropolitana de Buenos Aires (AMBA). El boleto de las líneas nacionales del AMBA cuesta actualmente $714, el de las líneas porteñas (CABA) asciende a $754, y el de las líneas de la provincia de Buenos Aires llega a $969. Partido de la Costa, con $698, es la única jurisdicción que se ubica por debajo de las líneas nacionales del AMBA.
También están en la franja baja General Pico ($800) y Viedma ($980). Un grupo de ciudades se posiciona exactamente en los $1.000: Villa Mercedes, Villa María, San Luis, Trelew y La Rioja.
Que el AMBA concentre las tarifas más bajas no es casual. Las líneas de jurisdicción nacional reciben subsidios del Estado nacional que permiten mantener los valores deprimidos respecto del resto del país. Sin embargo, esa diferencia tiene un costo: según informó Infobae días atrás, la Secretaría de Transporte de la Nación adeuda a las empresas de colectivos del AMBA $35.000 millones en concepto de “atributo social”, lo que derivó en una reducción de frecuencias que afectó a miles de pasajeros.
En las últimas semanas, varias ciudades ajustaron sus tarifas. Uno de los incrementos más significativos se registró en Villa Mercedes, donde el boleto subió un 17,65%. En la provincia de Buenos Aires, el aumento fue del 16,33%, mientras que en Santa Fe el boleto trepó un 10,47% y en CABA un 10,56%.

En el caso del AMBA nacional, el aumento fue más moderado: el boleto pasó de $700 a $714, lo que representa una suba del 2%. El Gobierno prevé dos incrementos adicionales para los meses siguientes —en junio y julio— de igual magnitud, lo que llevaría el valor a $742 hacia mediados del tercer trimestre del año.
Ese esquema escalonado fue cuestionado por las empresas del sector, que sostienen que los ajustes están por debajo de la inflación y no alcanzan para cubrir el aumento de los costos operativos, en particular el del combustible.
Una brecha que se agranda
La combinación de aumentos en el interior y subas más moderadas en el AMBA profundiza una diferencia tarifaria que ya era marcada. Mientras ciudades como Córdoba, Rosario o Santa Fe superan ampliamente los $1.700, las líneas nacionales del AMBA se mantienen por debajo de los $750.
Esa distancia no solo refleja distintas políticas de subsidios, sino también realidades operativas diferentes: sistemas de mayor escala, distintos niveles de cobertura estatal y estructuras de costos que varían según la región. El resultado es un mapa tarifario fragmentado, donde el precio de un viaje en colectivo depende, en gran medida, de en qué ciudad se vive.
ECONOMIA
Caputo emite cada vez más pesos para comprar más dólares: ¿le está haciendo caso a Cavallo?

Al final, después de la dura pelea pública, ¿Toto Caputo y Santiago Bausili le están haciendo caso a Domingo Cavallo? Es lo que sugiere la aceleración en la compra de dólares por parte del Banco Central, que en los últimos días llegó a un promedio diario de u$s192 millones.
Es una cifra que supera ampliamente los promedios de los meses previos: en enero hubo compras por u$s55 millones diarios, en febrero por u$s83 millones, en marzo por u$s80 millones y en abril por u$s138 millones.
Previsiblemente, la suma viene en ascenso, coincidiendo con la intensidad creciente del flujo de divisas que deja la balanza comercial. Ya en marzo se había batido el récord de exportaciones, y se acaba de conocer la nueva marca histórica alcanzada en abril, con ventas de bienes al exterior por u$s8.914 millones y un saldo neto de u$s2.711 millones.
Lo mejor es que las expectativas para mayo y junio son aun más altas, dado que en las estadísticas de comercio exterior todavía no se ve reflejado el impacto pleno de la suba en el precio del petróleo, el nuevo rubro estrella de la exportación nacional. Dado que hay un desfasaje de unos 45 días entre el inicio de la operación aduanera y el ingreso por la exportación, todavía se están registrando los precios del inicio del conflicto en Medio Oriente.
Eso implica que si las exportaciones de combustibles crecen a un 85% anual no es -al menos, no todavía- por el «efecto precio», sino por el boom productivo en la cuenca de Vaca Muerta.
Tal vez se trate sólo de una coincidencia, o una estrategia financiera de corto plazo ante los vencimientos de deuda, pero no deja de ser llamativo el hecho de que el volumen de compra de dólares se haya intensificado en la misma medida en que el flujo de entrada de divisas fue más fuerte.
Y eso es, precisamente, lo que Domingo Cavallo le había sugerido el mes pasado al equipo económico del gobierno: que aprovechara la «ventana de oportunidad» que le iba a dar esta época del año -tradicionalmente generosa en ingreso de dólares del agro- para acumular reservas en el BCRA.
Piñas van, piñas vienen
Cavallo sostenía que, de esa forma, se transmitiría una señal de mayor confianza al mercado. Y afirmaba que el gobierno no debería tener miedo de que la contracara inevitable de la compra de dólares -la inyección de pesos al mercado- pudiera tener un efecto de presión sobre la inflación ni sobre el tipo de cambio.
Claro que Cavallo no se detuvo ahí. También dijo que esta era la ocasión ideal para deshacerse de las restricciones remanentes del cepo, que dificultan a las empresas el movimiento de capitales entre los diferentes segmentos del mercado financiero. Cavallo dijo que era ese cepo, y no el «riesgo kuka», el verdadero obstáculo para que el índice de riesgo país cayera por debajo del nivel de 500 puntos.
Para completar, calificó a Caputo como «un trader sin formación teórica ni ideología», en línea con la visión despectiva que suelen entrever los economistas del sector académico respecto de los que actúan en el mercado de capitales.
Además, Cavallo dejó flotando una advertencia inquietante: que el año próximo, por el solo hecho de realizarse elecciones presidenciales, volverá a producirse una masiva dolarización por parte del público. Y que siempre será mejor que esa situación ocurra con un mercado cambiario libre, porque el tipo de cambio se ajustará rápidamente, sin que se genere una sangría de reservas del BCRA.
Lo que ocurrió a partir de allí es conocido por todos: acusaciones de «resentimiento» de parte de Caputo hacia Cavallo y hasta una amenaza velada de contar sugerencias que el padre del Plan de Convertibilidad había hecho al inicio de la gestión Milei, y que implicaban ruptura de los derechos de propiedad -es decir, el ministro insinuó que Cavallo quería reeditar alguna medida confiscatoria parecida al Plan Bonex de 1990-.
La cautela de Toto
Parecía que esa esgrima verbal marcaba un alejamiento irreconciliable entre los puntos de vista de los dos economistas. Sin embargo, los hechos parecen demostrar que, en el fondo, no había tantas diferencias.
Para empezar, Caputo confirmó que su objetivo es llegar a la liberalización total del mercado cambiario. Es decir, no discrepaba con Cavallo respecto de la conveniencia de esa medida, sino que no creía que en este momento estuvieran dadas las condiciones.
Caputo tiene por delante un exigente calendario de vencimiento de deuda dolarizada, que implica que, para el trimestre julio-septiembre se acumularán obligaciones con los bonistas del mercado por u$s4.400 millones, con el Fondo Monetario Internacional por u$s1.613 millones y con otros organismos de crédito por u$s1.529 millones.
Se da por descontado que la parte de esos vencimientos que corresponde al capital será «rolleada», pero habrá que abonar los intereses, lo que implicará pagarle u$s820 millones al FMI y u$s551 millones a los organismos. El escenario base que manejan los analistas es que la deuda a mercado deberá ser cancelada en su totalidad, lo que implica que las necesidades de caja del Tesoro ascenderían a unos u$s6.170 millones.
El refuerzo de la caja del Tesoro -gracias, en buena medida, al «regalo» del BCRA que le transfirió $6 billones por las ganancias que dejó el último balance-, disipa los temores respecto de los pagos de deuda para este año.
En cambio, el panorama de 2027 luce mucho más complejo, tanto por el monto de los vencimientos -u$s23.000 millones para el Tesoro y u$s11.200 millones para el BCRA- como por el hecho de que se trate de un año electoral, lo cual puede impactar sobre las expectativas del mercado.
Inyectando plata en el mercado
La advertencia pública que Milei le había hecho a Bausili hace dos meses era bien elocuente: le había pronosticado que le iban a «salir dólares por las orejas», pero le hizo notar que existía el riesgo de que las compras del BCRA se trasladaran a los precios.
De hecho, el presidente nunca se había mostrado como un entusiasta de la acumulación de reservas, precisamente porque consideraba que ese objetivo podía tener efectos colaterales, como una escapada del dólar y una mayor inflación.
En un reciente discurso ante un auditorio de empresarios, dijo que reforzará el sesgo contractivo de la política monetaria para que no haya riesgos de desvíos en el sendero descendiente del IPC.
Sin embargo, los números están marcando algo diferente: la inyección de pesos que hace el Central cada vez que compra dólares va en un aumento notorio. En enero emitió $1,7 billones, en febrero y marzo $2,2 billones, en abril saltó a $3,8 billones. Y todo indica que en mayo también se superarán los $3 billones.
Estas cifras implican que en el último mes el BCRA emitió el equivalente al 7% del del M2 transaccional privado -que incluye pesos circulantes, depósitos en cuentas corrientes y en cajas de ahorro-. Si, en cambio, se toma como referencia al agregado M3 -que suma también la deuda del sector público y los depósitos en plazos fijos- esa emisión es por 2,3% de la base. Son números relativamente bajos, pero que duplican el nivel de expansión de los últimos meses.
Si el gobierno estuviera particularmente preocupado por el hecho de que esa expansión fuera inflacionaria, eso se reflejaría en un afán de absorción de todos los pesos «excedentes». Sin embargo, la postura de Caputo en las últimas licitaciones del Tesoro ha sido menos dura.
A diferencia de lo que ocurría a inicios de año, cuando no se contentaba con «rollear» los vencimientos de la deuda en pesos, sino que además «pasaba la aspiradora» mediante la colocación de bonos, en las últimas licitaciones apenas sacó del mercado $1 billón, una suma que, a esta altura, luce menor.
¿Hay más demanda de pesos?
Esta actitud podría interpretarse como que, desde el punto de vista del ministro, se está produciendo un aumento en la demanda de dinero por parte del público.
De hecho, Caputo hizo una argumentación técnica en ese sentido, al afirmar que cuando el dólar y las tasas de interés caen en forma simultánea, eso es un síntoma de que los argentinos tienen mayor disposición a mantener pesos en el bolsillo.
Es un punto que generó polémica entre los economistas, dado que los de la línea más ortodoxa sostienen que, contrariamente a lo que afirma Caputo, si hubiese mayor demanda de pesos eso se reflejaría en una mayor tasa de interés.
Pero entre quienes adhieren al punto de vista del gobierno hacen otro análisis: afirman que cuando cae la demanda por activos en pesos, el Tesoro se ve obligado a convalidar una mayor tasa en las licitaciones de bonos, y eso se traslada al sistema bancario. Es, de hecho, lo que ocurrió el año pasado antes de la elección legislativa. Ahora, como los inversores compran bonos en pesos a menor tasa, Caputo tiene el argumento de una mayor demanda de pesos.
Sus críticos contestan que, si esa fuera la verdadera situación, entonces no se estaría viendo un crecimiento en la compra de dólares por parte de los ahorristas. Los últimos números marcaron que en abril se duplicó ese nivel de compras, y ya supera los u$s1.500 millones mensuales.
El tema, como queda en evidencia, da para un extenso debate. Pero lo cierto es que, de momento, el gobierno se está dando el gusto de comprar grandes cantidades de dólares sin subir la tasa de interés ni generando una contracción monetaria que enfríe más la economía. Como pedía Cavallo.
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