ECONOMIA
Clima de Negocios: Cómo piensa Peter Thiel, el magnate libertario que se enamoró del experimento argentino y se instaló en Buenos Aires

Al final, la pregunta parece ser la misma, acá y allá.
Se contó en el Clima de Negocios del domingo pasado que el concepto de moda entre muchos empresarios locales e inversores que miran al país, incluso entre quienes bancan fervientemente a Javier Milei, su gestión y sus ideas, es “experimento”. Casi a coro se preguntan ahora si el experimento libertario va a funcionar. Seguramente con una mirada un poco más de largo plazo y no tan atada a las urgencias de la inflación de los próximos meses, si conviene no “enterrar” dólares en el país o el resultado de la elección de 2027, es lo mismo que le preguntó el jueves pasado en Casa Rosada el mega magnate tech Peter Thiel al Presidente. Literalmente.
Lo contó el propio mandatario en una entrevista en Neura. “¿Cómo se sostiene esto en el tiempo?”, consultó este inversor, fundador de gigantes como PayPal y Palantir, que tiene una fortuna personal de unos USD 30.000 millones y se define como libertario y anarcocapitalista.
Milei dijo que hubo elogios a sus logros y contó su respuesta ante la pregunta del millón. “Le dije que lo que garantizaba el resultado a largo plazo es la batalla cultural”, destacó y contó, sin dar detalles, que también hablaron de lo “aberrante” que es el impuesto a la riqueza y de los límites del anarcocapitalismo y del Estado.
A Thiel le deben haber brillado los ojos con la idea de “batalla cultural”. Más allá de sus negocios y su fortuna, sus ideas y formación filosófica lo hacen pensar en esos términos. Allí asoma el Thiel más polémico: el que habla del anticristo –y hasta asocia con esa idea a la activista climática sueca Greta Thunberg–, de que la democracia es incompatible con la libertad y que los monopolios son útiles. El mismo que está obsesionado con la inmortalidad y al que se lo apunta por espionaje digital.

Como se sabe, Thiel está en Argentina. Llegó hace unas semanas con su esposo Matt Danzeisen, un exvicepresidente del mega fondo financiero BlackRock, y sus tres hijos. Planea quedarse unos dos meses para ver en vivo y en directo lo mismo que le preguntó a Milei: cómo funciona el único país del mundo con un presidente libertario.
Como se contó en la semana, compró una mansión en Barrio Parque por unos USD 12 millones, analiza algunos negocios —adquirir más propiedades y ganado— y además de Milei se reunió con su asesor Santiago Caputo y cenó en la casa del ministro Federico Sturzenegger, una velada familiar de la que también participó el canciller Pablo Quirno. Comieron pollo al curry y flan con dulce de leche. Estuvieron presentes, además, empresarios como Marcelo Mindlin, presidente de Pampa Energía.
En otros encuentros con representantes del círculo rojo, también se habría reunido, según pudo saber este medio, con Marcos Galperin, presidente de Mercado Libre y el hombre más rico del país; Eduardo Elsztain, presidente de IRSA; y Nicolás Szekasy, del fondo Kaszek, entre otros. Elsztain lo invitó al Foro Llao Llao, que se hará desde el miércoles en Bariloche, pero el inversor se excusó diciendo que gran parte de esta semana estará fuera del país. Thiel también estuvo en el superclásico de la semana pasada en el Monumental.
Los integrantes del ecosistema emprendedor vernáculo están esperando algunas reuniones y hasta un evento un poco más grande, quizás un asado, con Thiel como protagonista. Nada confirmado por el momento. A pesar de todo el movimiento que se genera a su alrededor —y que viaja con equipos de asistentes y personal de seguridad—, el empresario asegura que vino en plan familiar.
Thiel es hoy el inversor más influyente de Silicon Valley. No solo eso, es el mecenas de J.D. Vance, el vicepresidente de Donald Trump, que fue su empleado y al que muchos ven como un futuro candidato a la Casa Blanca.

Controvertido y poderoso, suele acorralar a sus futuros socios o empleados con una pregunta demoledora: “¿Cuál es una verdad en la que vos crees mucho, pero con la que casi nadie está de acuerdo?”.
Según tres fuentes locales que lo conocen hace tiempo, Thiel vino al país, sobre todo, porque disfruta de estar en lugares gobernados por dirigentes políticamente afines a sus ideas. En rigor, sería la primera vez que ve un experimento libertario en vivo y en directo porque es la primera vez que eso sucede.
Ese, básicamente, es su principal atractivo de pasar dos meses en Argentina. “Le resulta muy interesante el fenómeno Milei y Argentina puede ser un lugar de refugio ante la eventualidad de un mundo en crisis”, coincidió una fuente oficial ante la pregunta de Infobae.
El empresario argentino Martín Varsavsky, agregó: “Su interés por Argentina es parecido al mío, por un lado un país curioso, diferente, contradictorio pero ahora muy bien encaminado con Javier Milei y además un refugio para la tercera guerra mundial nuclear que esperemos que no sea necesaria pero que es siempre una posibilidad».
Como contó este medio meses atrás, el propio Varsavsky invirtió en un campo en Mendoza al que define como un refugio en caso de guerra nuclear.
Esa idea de seguridad ante un evento de escala global y pagar menos impuestos podría decirse que son dos grandes tópicos, hoy por hoy, de los grandes tecno-ricos del mundo.
“Mountainhead” es una película del año pasado de Jesse Armstrong, también creador de la exitosa Succession. Ácida y satírica, relata el encuentro de cuatro multimillonarios estadounidenses en una mega mansión en una montaña nevada. Amigos y competidores, son los reyes del mundo tech que discurren mientras el mundo se viene abajo por lo que generó el lanzamiento de una app de uno de ellos que facilita la creación de fake news.
El film se estrenó y, muy rápido, se empezó a especular sobre en quiénes se había inspirado Armstrong para crear a sus personajes. La respuesta resultó obvia: Elon Musk (X y SpaceX), Mark Zuckerberg (Meta), Marc Andreessen (Andreessen Horowitz), Sam Altman (OpenAI), Jack Dorsey (fundador de Twitter) y, claro, Peter Thiel. Alguno más también, seguramente. El propio Armstrong confesó que aunque había parecidos muy claros, los personajes era mezclas de varios de ellos.
Randall, protagonizado por Steve Carell, es el más grande del grupo y parece una mezcla de los inversores Thiel y Andreessen. Con pensamientos más profundos y filosóficos que sus amigos, está obsesionado con la inmortalidad y la búsqueda de tratamientos médicos que lo eternicen. Pasivo-agresivo, cuestiona a las democracias y al “exceso de regulación del Estado ingrato”. “Si nos volviésemos malos qué capacidad militar tendría EEUU?, se pregunta Venis, el más rico de los cuatro, el más parecido a Musk.
La película es tan divertida como aterradoramente verosímil. Un detalle no menor: Argentina tiene su lugar destacado en la película. En medio de la crisis global, el país queda envuelto en un caos. Los cuatro millonarios, desde sus smartphones, deciden tomar el control para gestionarlo como una empresa. Uno de ellos hace una videoconferencia y es nombrado presidente. Randall cree que tiene una mansión en Buenos Aires; pero duda, no está seguro: quizás ya la vendió.

En el mundo real, en los márgenes del poder tech y político global, Thiel se convirtió en un personaje que desafía las convenciones de Silicon Valley.
Cofundador de PayPal, primer inversor externo en Facebook, al frente de brazos inversores potentes como Founders Fund y Clarium Capital y fan del Señor de los Anillos, la saga de Tolkien, su influencia trasciende el capital de riesgo tradicional y se proyecta sobre debates éticos, filosóficos y geopolíticos. Su nombre aparece asociado a polémicas empresas, a una visión rupturista sobre la competencia y a una serie de intervenciones públicas que acompañan, y a veces anticipan, las tensiones de la era digital.
Nació en Alemania, al año se radicó con su familia en EEUU y poco tiempo después se mudaron se mudó a Sudáfrica donde su padre fue a trabajar a una mina de uranio. Regresó a EEUU y estudió en la Universidad de Stanford, donde fundó la revista Stanford Review. Ya desde entonces era un crítico del consenso progresista y la corrección política. Su trayectoria empresarial lo llevaría a codirigir el auge de las fintech con PayPal y más tarde a impulsar iniciativas que van desde la IA hasta la longevidad, pasando por la energía nuclear. Su famoso libro “Zero to One” (De cero a uno) condensa una de sus tesis centrales: “la competencia es para perdedores y los monopolios genuinos no son siempre malos”. Milei opina parecido.
El nuevo vecino de Susana Giménez en Barrio Parque cree que el verdadero valor surge de crear productos o servicios únicos, capaces de dominar mercados enteros. Para Thiel, los mejores negocios no compiten: los construyen fundadores capaces de encontrar respuestas a preguntas que nadie se atreve a formular.

Una de sus inspiraciones intelectuales es el filósofo René Girard, cuya teoría sobre el “deseo mimético” sostiene que el deseo humano no es autónomo, sino imitativo y que esta dinámica termina en conflicto. Por eso rechaza la copia y busca oportunidades donde otros solo ven riesgos o limitaciones. Además, postula que Occidente atraviesa una fase de estancamiento tecnológico desde los ‘70 –con excepción del boom informático– y vincula este fenómeno a una falta de visión definida sobre el futuro. Promueve la idea de que el progreso requiere individuos capaces de planificar y ejecutar saltos disruptivos y está convencido de que democracia y libertad resultan difíciles de conciliar.
La empresa más emblemática de Thiel es Palantir Technologies, algo así como la reina global del big data. La fundó en 2003, junto a su actual CEO, Alex Karp, en medio del impulso de control y análisis de datos de inteligencia después del 9/11. Desde el vamos tuvo el respaldo del fondo de inversión de la CIA (In-Q-Tel) y esta conexión explica muchas de las controversias que acompañaron su crecimiento. Se llama así por las “esferas videntes” élficas de Tolkien, la tecnología para ver más allá.
Palantir se convirtió en contratista del Servicio de Inmigración y Control de Aduanas (ICE) en 2011, y más recientemente obtuvo un contrato de 30 millones de dólares para desarrollar ImmigrationOS, una plataforma que utiliza IA para rastrear y deportar inmigrantes. Este acuerdo ubicó a la compañía en el centro del debate sobre las políticas migratorias de Donald Trump y el uso de tecnologías de vigilancia. Otra polémica reciente involucra el uso de plataformas de Palantir en el conflicto de Gaza.
La semana pasada hubo un episodio que colocó a Palantir y a Thiel otra vez en el centro de la discusión pública global. La empresa publicó en su cuenta de X un resumen de “The technological republic: hard power, soft belief, and the future of the west”, un libro de Karp y Nicholas Zamiska. Ya era bestseller número 1 del New York Times, pero se viralizó mucho más y desató una oleada de comentarios que oscilaron entre la acusación de “tecnofascismo” y la caracterización de su autor como un “supervillano”.
El texto, intencionalmente político, delinea una visión de futuro que busca redefinir el papel de la tecnología en la seguridad nacional de EEUU y el desarrollo económico.
Algunos puntos resuenan como declaraciones de principios de una nueva derecha tech, como marcaron medios internacionales, como Time y The Guardian. Uno de esos puntos tilda a Silicon Valley directamente de “blando” y le exige participar en la defensa de EEUU. No como opción: como un deber moral. Pide decirle chau al soft power —”La capacidad de las sociedades libres y democráticas para prevalecer requiere algo más que un atractivo moral”— y asegura que el nuevo el hard power se construirá con software como basamento.

Luego va más lejos: “La pregunta no es si se construirán armas de IA, sino quiénes las construirán y con qué propósito. Nuestros adversarios no harán una pausa para debates teatrales”. El mensaje es claro: la neutralidad tecnológica solo beneficiará a rivales de EEUU. China, básicamente. Además pide servicio militar obligatorio y pertrechar a las fuerzas armadas de la mejor manera.
El punto 12 es quizás el más inquietante de todos: “La era atómica está terminando. Una nueva era de disuasión construida sobre la IA está por comenzar”. La declaración promueve la inversión masiva en innovación atómica para garantizar autonomía estratégica y alimentar la carrera de la IA.
El texto subraya la necesidad de reducir la influencia extranjera en sectores estratégicos y de fortalecer las capacidades de defensa a través de la colaboración entre el sector privado y el Estado. No pocos destacaron que la retórica del manifiesto remite a la era del Proyecto Manhattan, el mismo que dio origen a la bomba atómica.
Hay otras dos compañías en el centro de la estrategia de Thiel, que responden al marco conceptual del manifiesto: General Matter y Anduril. La primera es una startup que busca desarrollar tecnología para enriquecer uranio a niveles inéditos y proveer combustible a una nueva generación de reactores nucleares. Anduril —otro término de El Señor de los Anillos, que remite al nombre de la espada del rey Aragorn— fabrica armas autónomas.
Como quedó claro, una de las obsesiones más recientes de Thiel se articula en torno a la recuperación del liderazgo estadounidense en tecnología atómica. En abril, su fondo de capital de riesgo Founders Fund, lideró una inversión de 50 millones de dólares en General Matter, en cuyo equipo hay ex ingenieros de SpaceX, y fue seleccionada por el gobierno de Trump como parte de un consorcio para desarrollar HALEU (High-Assay Low-Enriched Uranium, o uranio de bajo enriquecimiento para reactores modulares pequeños).
La proyección pública de Thiel ha estado acompañada de episodios que avivaron el debate sobre el poder de los magnates tecnológicos. Uno de los más notorios fue su rol en la demanda del luchador Hulk Hogan (Terry Gene Bollea) contra el sitio web Gawker, por la difusión de un video sexual, al que financió en secreto después de que el medio filtró detalles sobre su orientación sexual. El caso, de 2013, derivó en una condena de USD 140 millones contra Gawker, aunque el monto se redujo en instancias de apelación. Thiel reivindicó su intervención como una forma de filantropía.

En el terreno político, Thiel se distinguió como el primer referente de Silicon Valley en apoyar abiertamente a Donald Trump durante la campaña de 2016. Su respaldo incluyó financiamiento a figuras del ala más nacionalista del Partido Republicano, como Vance, quien fue su empleado y luego llegó a la vicepresidencia de EEUU.
La influencia de Thiel y de ejecutivos vinculados a sus empresas en la administración Trump evidenció la convergencia entre capital de riesgo, tecnología y estrategia nacionalista. A lo largo de su carrera, transitó un camino marcado por el pensamiento contracorriente, la búsqueda de monopolios creativos y la intervención directa en áreas donde la tecnología y la política se mezclan.
Su defensa del riesgo, la audacia y los fundadores de empresas como agentes casi míticos lo distingue de otros inversores de Silicon Valley. Su influencia se extiende desde la IA hasta la energía nuclear, pasando por polémicas judiciales y una redefinición del papel de las grandes empresas en temas de seguridad global.
Tiene fondos de sobra e ideas controvertidas que defiende en cuanto ring se pare. Sus próximos pasos podrían tener influjos porteños y haber sido inspirados con vistas al Río de la Plata, desde alguna de las ventanas de su nueva mega mansión de Barrio Parque.
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ECONOMIA
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El repunte resultó exclusivamente de la mejora en la percepción de la situación personal, en particular en el interior del país y en el Gran Buenos Aires

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La diferencia se explica en parte por la actualización de los cuadros tarifarios, que impacta con más fuerza en los sectores medios y altos ingresos



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ECONOMIA
El fin del mundo tiene tu atención y la IA merece una discusión mejor

Si alguien te dice que una herramienta puede ayudarte a trabajar mejor, quizás lo escuchás. Si te dice que esa misma herramienta puede matarte, capta completamente tu atención.
Recientemente, Jacob Coxon anunció su renuncia a Anthropic, la empresa detrás de Claude. Había trabajado también en OpenAI y cuestionó la responsabilidad de ambas compañías. Dijo que quienes construyen estos sistemas creen que podrían matarnos a todos antes de que termine la década.
Hay una diferencia entre advertir sobre un riesgo y demostrar que algo va a suceder. Pero cuando lo que está en juego es nuestra existencia, ese matiz tiene pocas chances de sobrevivir al titular.
La catástrofe es un motor de conversión de atención.
Convierte a una persona que estaba pasando de largo o con la atención puesta en otra cosa en alguien que necesita saber más del tema. Toma ideas, miedos y símbolos del inconsciente colectivo y los transforma en relatos capaces de capturar la atención. Convierte la incertidumbre en urgencia, y puede convertir esa urgencia en una suscripción, una compra o apoyo a una decisión política.
Yo no creo que la IA esté destinada a convertirse en nuestro asesino. Es una creación humana
En este caso toca algo muy profundo. Podés imaginarte cambiando de trabajo, perdiendo plata o teniendo que aprender de nuevo. Imaginar tu propia inexistencia es otra cosa. Se terminan tus proyectos, tus vínculos y tu existencia. El miedo entra por ahí.
Un estudio publicado en Nature Human Behaviour analizó más de 105.000 titulares. En los experimentos estudiados, agregar una palabra negativa a un titular promedio aumentaba un 2,3% la tasa de clics.
No hace falta suponer que Coxon está inventando su preocupación. Puede estar completamente convencido. Lo que digo es que una advertencia sincera también puede entrar en un circuito que premia su versión más alarmante.
Y cuando toda la conversación gira alrededor de nuestra desaparición, dejamos de mirar decisiones que ya están afectando nuestra vida.
Yo no creo que la IA esté destinada a convertirse en nuestro asesino. Es una creación humana. Surge del conocimiento que acumulamos y de decisiones sobre qué construir, cómo entrenarlo y qué permitirle hacer.
Que la hayamos creado nosotros no la vuelve inofensiva. También creamos tecnologías capaces de causar daños enormes. Un sistema puede hacer daño por una falla, por cómo se lo usa o por perseguir un objetivo mal definido. Ni siquiera necesita tener una intención parecida a la nuestra.
Pero tampoco hay motivo para asumir que una mayor capacidad implica, inevitablemente, una voluntad de exterminarnos. Me parece mucho más útil discutir qué autonomía damos, quién supervisa y quién responde cuando algo sale mal. Son decisiones sobre una tecnología que estamos construyendo. Todavía tenemos muchísimo para decidir.
La concentración de esa capacidad en pocas empresas sí me preocupa.
Si una misma compañía desarrolla el modelo, decide quién puede usarlo y define los límites de lo que permite hacer, tiene una influencia enorme sobre el trabajo de los demás.
Para una empresa argentina eso puede significar que una decisión tomada a miles de kilómetros cambie sus costos o le cierre el acceso a una herramienta central de su operación.
Incluso el argumento de la seguridad merece atención cuando se usa para justificar esa concentración. Si aceptamos que la tecnología es demasiado peligrosa para estar en manos de otros, podemos terminar dejando todas las decisiones en manos de quienes ya la controlan.
Creo que esa exclusividad va a perder fuerza a medida que las capacidades se vuelvan más accesibles. Hay antecedentes concretos. Las computadoras estuvieron durante años reservadas a gobiernos, universidades y grandes empresas. La caída de costos y la llegada de equipos más fáciles de usar las llevaron a hogares y pequeños negocios.
El costo de usar un modelo con un rendimiento comparable al de GPT-3.5 cayó más de 280 veces entre noviembre de 2022 y octubre de 2024
Con la IA ya vimos parte de ese proceso. El costo de usar un modelo con un rendimiento comparable al de GPT-3.5 cayó más de 280 veces entre noviembre de 2022 y octubre de 2024. Una capacidad que era cara se volvió mucho más accesible.
Eso no garantiza que desaparezcan los gigantes. El acceso puede ampliarse mientras el negocio sigue concentrado. Por eso hacen falta alternativas, investigación abierta, mayores competidores y posibilidades reales de cambiar de proveedor.
Ahí es donde veo el cambio más profundo. Estamos ampliando nuestra capacidad de investigar, de relacionar información y de probar caminos que antes quedaban afuera por falta de tiempo o recursos.
Para alguien que tiene un negocio, la escala es otra, pero la posibilidad es parecida. Poder analizar información que antes no llegaba a revisar. Probar una idea que siempre quedaba pendiente. Construir una herramienta que hasta hace poco estaba fuera de su presupuesto.
Mi expectativa es que aparezcan capacidades humanas que todavía no sabemos reconocer, porque nunca tuvimos las herramientas para desarrollarlas. Los descubrimientos actuales me dan motivos para pensar en esa dirección. No aseguran un futuro perfecto. Muestran que ya podemos hacer cosas que antes no podíamos.
Podemos exigir seguridad, discutir el poder de las empresas y al mismo tiempo querer que esta tecnología avance. De hecho, cuanto más puede aportar, más importa que podamos participar de sus beneficios y de las decisiones sobre su uso.
El miedo a dejar de existir como seres humanos consigue nuestra atención enseguida. Me interesa que también le demos lugar a lo que podemos llegar a ser con los avances que estamos logrando.
El autor es arquitecto de soluciones en IA
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