ECONOMIA
El Gobierno reglamentó el RIMI, la iniciativa para las medianas inversiones pyme

El Gobierno nacional reglamentó la implementación del Régimen de Incentivo para Medianas Inversiones (RIMI), dando inicio a un nuevo capítulo para el desarrollo productivo en el país.
La nueva normativa quedó establecida mediante el decreto 242/2026, publicado esta madrugada en el Boletín Oficial. Así, se establecieron condiciones específicas para fomentar la inversión en sectores clave, abriendo oportunidades tanto para empresas locales como extranjeras durante los próximos dos años.
El objetivo central del RIMI es estimular las inversiones de mediana escala para potenciar la competitividad, el desarrollo económico y la creación de empleo en el país. Según lo establecido en el marco legal, el régimen se orienta a fortalecer las cadenas de valor, incrementar las exportaciones y consolidar el crecimiento sostenible de los sectores productivos argentinos.
La iniciativa prevé beneficios fiscales para quienes, cumpliendo ciertos requisitos, concreten inversiones productivas en bienes de capital, tecnología, infraestructura y eficiencia energética. Los sujetos alcanzados por el régimen deberán acreditar su condición de micro, pequeña o mediana empresa —hasta Tramo 2— o bien ser entidades sin fines de lucro debidamente registradas ante la Agencia de Recaudación y Control Aduanero (ARCA).
Para acceder a los beneficios del RIMI, los interesados deben contar, al inicio del ejercicio fiscal en que se efectivice la primera inversión, con el certificado que acredite su condición de Micro, Pequeña o Mediana Empresa, de acuerdo con lo previsto por la normativa vigente y sus futuras actualizaciones. También podrán ser beneficiarias las entidades sin fines de lucro que cumplan los parámetros fijados y estén registradas ante la ARCA, bajo formas jurídicas reconocidas y sujetas a las disposiciones regulatorias correspondientes.
La reglamentación establece que las inversiones alcanzadas deberán ser nuevas, excluyendo automóviles, y clasificadas como Bienes de Capital (BK) o Bienes de Informática y Telecomunicaciones (BIT) según la normativa aplicable. Además, incluye inversiones en sistemas de riego agrícola, mallas antigranizo y bienes semovientes amortizables —animales de genética superior destinados a actividades productivas—, así como aquellas obras que resulten afectadas directamente a la actividad de los sujetos beneficiarios.
En el caso de obras, solo se considerarán aquellas que, al momento de entrada en vigencia de la ley, tengan un grado de avance menor al 30 por ciento del monto total de inversión, según el método de acreditación que fije la reglamentación operativa.

El régimen define como inversiones productivas a los bienes muebles amortizables que sean nuevos y estén destinados a la producción nacional. Se incluyen también sistemas y equipos de riego para optimizar el uso del agua en el sector agropecuario, mallas antigranizo para protección de cultivos y animales de alta genética para reproducción, siempre que sean registrados y destinados a la producción.
Las inversiones en bienes de alta eficiencia energética también están contempladas: se consideran aquellas que permitan la generación, almacenamiento y transporte de energía eléctrica a partir de fuentes renovables, así como las que optimicen, recuperen o reduzcan el consumo energético en las unidades de producción. Para ser consideradas dentro del régimen, las inversiones deben ser susceptibles de amortización para el Impuesto a las Ganancias y podrán verificarse la puesta en marcha incluso después del plazo de dos años, siempre que se acredite su afectación a la generación de rentas gravadas.
Las inversiones productivas que se realicen en el marco del RIMI pueden incluir obras asociadas, siempre que sean indispensables e integren de forma inescindible las actividades productivas del beneficiario, y sus bienes muebles complementarios.
A su vez, acalararon que no todas las erogaciones califican como inversiones productivas bajo este esquema. Quedan expresamente excluidas aquellas dirigidas a bienes financieros y de portfolio, comprendiendo activos e instrumentos financieros que no están orientados a la producción concreta de bienes o servicios.
Respecto al monto mínimo de inversión requerido, la norma estipula que se computará la sumatoria de todas las inversiones elegibles realizadas dentro del plazo reglamentario. Para determinar el monto en dólares estadounidenses, se utilizará el tipo de cambio comprador del Banco de la Nación Argentina vigente al día hábil anterior a la fecha de la factura, extendiéndose el mismo criterio a adquisiciones en otras monedas extranjeras.
El usufructo de los beneficios fiscales del RIMI solo procederá cuando la inversión productiva se haya puesto en marcha y se haya cumplimentado el monto mínimo exigible dentro del plazo de dos años. El régimen establece un cupo anual para la devolución de IVA, hasta un tope del cincuenta por ciento del cupo correspondiente, y la distribución se realizará según la antigüedad y la magnitud de los saldos acumulados.
Las inversiones que sean objeto de beneficios deberán estar libres de deuda firme, exigible e impaga al momento de la solicitud, de acuerdo a la normativa de la Administración Tributaria. La condición de deuda se considerará firme cuando, tras la intimación, no haya sido regularizada ni recurrida dentro del plazo otorgado.
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ECONOMIA
Mayo arranca con aumentos que pegan fuerte en los bolsillos: transporte, peajes, gas y alquileres

El transporte público en el Área Metropolitana de Buenos Aires (AMBA) arrancó mayo con nuevas tarifas. El boleto mínimo de colectivo en la Ciudad de Buenos Aires quedó en $753,86 para recorridos de hasta 3 kilómetros.
Los tramos más largos también treparon. Para distancias de 3 a 6 kilómetros, el valor es de $837,66. En viajes de 6 a 12 kilómetros, el costo alcanza los $902,19. Y cuando el recorrido se extiende entre 12 y 27 kilómetros, la tarifa llega a $966,77.
Estos valores rigen solo para colectivos que circulan exclusivamente en territorio de CABA. Se trata de un universo de 31 líneas, entre ellas las 4, 6, 7, 12, 23, 25, 26, 34, 39, 42, 44, 47, 50, 61, 62, 64, 65, 68, 76, 84, 90, 99, 102, 106, 107, 108, 109, 115, 118, 132 y 151.
El aumento es del 5,4%. El gobierno porteño aplica una actualización mensual que combina inflación más dos puntos porcentuales. En este caso, tomó la inflación de marzo (3,4%), la última conocida del Indec hasta el momento.
Cuánto sale el colectivo en provincia de Buenos Aires
El impacto también pegó en la Provincia. El boleto mínimo provincial quedó en $918,35. Los tramos más largos superan los $1.000.
El incremento alcanza a todas las líneas provinciales. Son aquellas numeradas a partir del 200. La diferencia con CABA no es menor: en algunos casos, el pasajero bonaerense paga más de $160 adicionales por el mismo tipo de recorrido.
Subte: tarifa diferenciada según registro de la SUBE
El boleto de subte pasó de $1.414 a $1.490 para usuarios con tarjeta SUBE registrada. Pero quien no tenga nominalizada su tarjeta, pagará $2.369,10 por viaje.
La brecha entre ambos valores es enorme. Supera los $870 por viaje. Esta diferenciación busca incentivar a los pasajeros a registrar su SUBE para acceder a la tarifa social y descuentos vigentes.
El sistema tarifario contempla beneficios para grupos sociales vulnerables a través de la tarifa social, que ofrece valores reducidos respecto a la tarifa plena. La nominalización de la tarjeta es el requisito clave para acceder a esos descuentos.
Peajes: los valores según autopista y horario
El ajuste en los peajes siguió el mismo criterio inflacionario. En las autopistas 25 de Mayo y Perito Moreno, las motos pagan $1.799,66, que se elevan a $2.879,82 en horarios pico.
Los vehículos livianos abonan $4.319,63 en horario normal. En hora pico, ese valor salta a $6.121,62.
En la autopista Illia los montos son más bajos. Las motos pagan $1.079,98, y $1.295,68 en hora pico. Los autos, por su parte, abonan $1.799,66 o $2.544,99 según la franja horaria en que circulen.
La tarjeta SUBE registrada sigue siendo obligatoria para acceder a las tarifas publicadas. Los usuarios deben chequear el alcance de cada aumento según el recorrido y el tipo de transporte utilizado.
Gas residencial: qué paga cada categoría en CABA y provincia
El Ente Nacional Regulador del Gas informó las nuevas tarifas que aplica Metrogas desde este viernes. Los montos varían según categoría y nivel de consumo.
Para la categoría de menor consumo (R1), el cargo fijo es de $3.976,22 en CABA y $4.591,88 en la provincia. En el extremo opuesto, la categoría R4 paga $94.995 en CABA y $51.624,44 en PBA.
Entre R1 y R4, los valores crecen progresivamente. Cada escalón refleja mayor consumo y mayor costo fijo mensual. Las diferencias entre Ciudad y Provincia responden a estructuras tarifarias distintas según jurisdicción.
Alquileres: tres tipos de contratos, tres ajustes diferentes
Mayo también trajo ajustes en alquileres. Pero no todos los inquilinos suben el mismo porcentaje. Depende del momento y modalidad en que se firmó el contrato.
Los contratos bajo la ley de alquileres sancionada durante el gobierno de Alberto Fernández (vigente hasta octubre de 2023) se ajustan anualmente por el Índice de Contratos de Locación (ICL). Para quienes actualizan en mayo, el aumento es del 9,32%, reflejo de la desaceleración de valores contractuales por mayor oferta tras la pérdida de vigencia de aquella norma.
Otro grupo son los contratos firmados entre octubre y diciembre de 2023 con cláusula de ajuste semestral por el índice Casa Propia. A ellos se aplica el último ajuste semestral, del 15,13%.
Por último, están los alquileres más nuevos. Se pactaron a partir de la desregulación aprobada a fines de diciembre de 2023, ya durante el gobierno de Javier Milei. La mayoría incluye cláusulas de ajuste trimestral, cuatrimestral o semestral.
En estos casos, el ajuste dependerá de la variación del índice elegido y del período acordado entre las partes. No hay un porcentaje único: cada contrato tiene su propia fórmula de actualización.
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ECONOMIA
¿Qué escaseará en la era de la Inteligencia Artificial?: el ensayo de un economista que desafía el relato dominante

El economista conductual Alex Imas publicó recientemente un ensayo en el que desafía el relato dominante sobre la inteligencia artificial y el futuro del trabajo: la IA no destruirá el empleo, sino que trasladará la escasez económica hacia un nuevo tipo de bienes, aquellos cuyo valor es inseparable de quien los produce. El texto, titulado What will be scarce? (“¿Qué será escaso?”) y publicado en su Substack, combina teoría económica, filosofía y datos de mercado para proponer que la automatización no vaciará el mercado laboral, sino que lo reorganizará en torno a lo que el autor llama el sector relacional: la parte de la economía donde el componente humano es parte del valor mismo del bien o servicio.
Para ilustrar su tesis, Imas abre con un ejemplo que parece contradecir la lógica de la automatización. Starbucks, con una capitalización de mercado de 112.000 millones de dólares, vende uno de los productos más estandarizados de la economía moderna y dispone desde hace años de tecnología suficiente para reemplazar a sus empleados. Durante un tiempo, siguió ese camino: automatizó la preparación del café e instauró rutinas mecánicas para la atención al cliente. El resultado fue el contrario al esperado. El CEO Brian Niccol concluyó que “las notas escritas a mano en los vasos”, las tazas de cerámica y “la vuelta de los buenos asientos” lograban que más clientes “se quedaran en las cafeterías”, y que “los pequeños detalles y la hospitalidad generan satisfacción”. La empresa revirtió el rumbo: más baristas por local, menos automatización.
El argumento de Imas parte de una premisa básica de la ciencia económica: la escasez no desaparece, muta. Si la inteligencia artificial genera abundancia material —si las máquinas pueden producir casi todo lo que produce un ser humano a un costo marginal ínfimo—, lo que se vuelve escaso no es el producto, sino el componente humano detrás de él. “Después de responder esa pregunta”, escribe Imas, “el resto del análisis es bastante directo”. La clave, entonces, está en identificar qué tipo de escasez reemplazará a la actual.
Para explicar el origen de la economía tal como la conocemos, el autor recurre a Karl Marx y su concepto de “forma mercancía”. Antes de la industrialización, era difícil separar un producto de quien lo fabricaba. El tejedor que hacía una camisa, el panadero que horneaba el pan: su reputación estaba atada al objeto y la transacción económica tenía un componente social inherente. La producción industrial rompió ese vínculo al dividir el oficio en pasos estandarizados y repetibles. Lo que antes era un oficio se convirtió en fuerza de trabajo abstracta, un factor de producción comprable y vendible como cualquier materia prima. La pantalla desde la que alguien lee el ensayo de Imas fue diseñada en un país, fabricada en otro y ensamblada con componentes de una docena más. Nada de eso importa para la experiencia de compra.

Marx describió ese proceso con lenguaje deliberadamente cargado: la forma mercancía, argumentó, se construyó sobre la explotación y la alienación, la separación del trabajador respecto del producto de su labor, del proceso de fabricación y, en última instancia, de los demás. Lo que el filósofo alemán veía como la patología más profunda del capitalismo fue, al mismo tiempo, el motor de una prosperidad extraordinaria. Al desligar la producción de personas específicas, fue posible desagregarla, reorganizarla, enviarla a través de océanos y escalarla de maneras que convirtieron pocos recursos en grandes riquezas. Ambas cosas eran ciertas a la vez, señala Imas: la forma mercancía creó riqueza masiva, pero volvió invisible al ser humano detrás de cada producto y, con el tiempo, prescindible.
Ese es el modelo mental que la mayoría aplica a la inteligencia artificial: si una máquina puede hacer cualquier cosa que hace un humano —redactar un informe, generar una imagen, componer una canción, interpretar una tomografía—, el humano será reemplazado en todos los frentes y los empleos simplemente desaparecerán. En su ensayo, Imas resalta que los economistas David Autor y Neil Thompson cuestionan esa visión en un artículo reciente. Su argumento es que la IA no eliminará los empleos sin más, sino que reconfigurará el valor económico de la experiencia humana.
Su marco conceptual distingue entre tareas expertas e inexpertas dentro de cada ocupación. Cuando la automatización elimina las tareas más simples —como hizo el software contable con los empleados de teneduría de libros—, el trabajo restante se vuelve más especializado, los salarios suben y menos trabajadores califican. Cuando elimina las tareas más complejas —como hicieron los sistemas de gestión de inventario con los empleados de almacén—, el trabajo se vuelve más accesible, el empleo se expande y los salarios caen. La misma tecnología puede producir resultados opuestos en el mercado laboral, dependiendo de qué parte del trabajo se automatice.
Autor y Thompson contemplan también un escenario más sombrío: que la IA avance hasta el punto en que la experiencia humana pierda por completo su valor económico. En ese caso, produciría lo que el economista Herbert Simon llamó “abundancia intolerable”. Ya no se trataría de gestionar una transición laboral —para la cual existen precedentes históricos—, sino de construir herramientas para mantener la organización social, la distribución del ingreso y la estabilidad democrática sin el mercado de trabajo que históricamente las ha sostenido.
Frente a ese escenario, Imas propone una hipótesis distinta, y aclara desde el inicio que parte de un supuesto ambicioso: que la automatización pueda replicar la producción humana y las mercancías que genera. Aun así, sostiene que el trabajo humano no desaparecería. El motivo está en la economía del cambio estructural combinada con rasgos profundos de las preferencias humanas. A medida que las personas se enriquecen, no solo quieren más mercancías: quieren cosas que no son mercancías en el sentido convencional. Los aspectos sociales de los productos —las relaciones, el estatus, la exclusividad, la autenticidad— adquieren mucha más relevancia una vez que las necesidades básicas están satisfechas.

Para fundamentar ese punto, el autor recurre al filósofo francés René Girard y su teoría del deseo mimético: queremos lo que otros quieren, y ese impulso se intensifica cuando la abundancia material ya no es el problema central. La demanda de esas propiedades —proveniencia, contacto humano, exclusividad— devolverá el elemento humano al proceso productivo y, con él, los empleos. Imas lo formula con precisión: los sectores automatizados se contraerán como proporción del PIB; los sectores relacionales crecerán.
Si esa hipótesis es correcta, la IA no solo automatizará la economía de las mercancías. Desencadenará el surgimiento de una economía post-mercancía, donde una proporción creciente del gasto se orientará hacia bienes y servicios cuyo valor es inseparable del ser humano que los provee. Las mismas fuerzas económicas que desplazaron al 40% de la fuerza laboral estadounidense desde las granjas hacia las fábricas y las oficinas moverán ahora a los trabajadores fuera de la producción automatizable y hacia el sector relacional: la parte de la economía intensiva en trabajo humano, a veces artesanal, donde la presencia humana no es un costo a eliminar, sino una fuente de valor a preservar.
Imas es explícito sobre los alcances de su argumento. No sostiene que la participación del trabajo en el ingreso total deba aumentar ni que se mantenga en sus niveles actuales. Puede caer a medida que la automatización avance. Lo que afirma es algo más acotado: que en las economías ricas habrá una reasignación sectorial, y que las propiedades intrínsecas de la demanda en el sector relacional garantizan que el trabajo humano no se reduzca a cero. El modelo, además, funciona mejor para el mundo desarrollado, donde el aumento del ingreso puede financiar esa transición. Para el mundo en desarrollo —cuyas economías se construyeron sobre la producción de mercancías para países ricos— el panorama es, en palabras del propio Imas, “más complicado y potencialmente más preocupante”.
El autor reconoce también que no es el primero en hacer este argumento. Variantes del mismo fueron desarrolladas por Seb Krier, Adam Ozimek y Philip Trammell. Su aporte es intentar formalizarla con un modelo económico que genere predicciones precisas y una microfundamentación conductual, basada en las preferencias miméticas, que explique por qué los bienes artesanales —donde el elemento humano está directamente ligado al valor— tienen una elasticidad ingreso especialmente alta.
El caso de Starbucks con el que abre el ensayo condensa toda esa lógica. Cuando una empresa intenta convertir la experiencia humana en una mercancía eficiente, descubre que los clientes no solo compran café. Compran la nota escrita a mano, la taza de cerámica, la silla cómoda. Compran, en definitiva, la presencia de otra persona, y eso es algo que ninguna máquina, por ahora, puede vender.
*Alex Imas es economista especializado en Inteligencia Artificial y su impacto en el mercado laboral, la productividad y la creatividad.
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ECONOMIA
Sexto mes consecutivo de suba en los niveles de morosidad de los créditos hipotecarios UVA

El mercado inmobiliario acaba de registrar el sexto mes consecutivo de alza en la morosidad de los créditos hipotecarios UVA, un dato que varios economistas ven con gran preocupación.
En febrero de 2026, la mora en créditos hipotecarios alcanzó el 1,4%, con una suba interanual cercana a 0,5 puntos respecto de febrero de 2025, cuando se había ubicado en 0,9%.
Parece una variación pequeña, pero la cifra es para tener en cuenta: históricamente, los UVA son los préstamos con menor mora, ubicándose en niveles inferiores al 1%, ya que las familias priorizan el pago de la vivienda incluso en contextos adversos.
El economista Andrés Salinas explicó que el aumento de la morosidad de este tipo de créditos «va en línea con el incremento de todos los préstamos del sistema bancario» y sumó una particularidad: al inicio de los UVA, las entidades bancarias no realizaron un análisis tan exhaustivo y detallado del historial o el scoring de las personas.
Pero, sobre todo, lo que está afectando la posibilidad de pago es la economía real de las familias, que se vio afectada por la suba de la inflación.
Salinas también recordó que «el cierre de año y las vacaciones suelen ser meses en los que la gente gasta más». A esto se suman los aumentos por encima del IPC general en algunos rubros importantes, como las carnes o los combustibles, que impactan directamente en el ingreso de las personas.
En este punto, la inflación es clave, ya que la deuda contraída es en UVA, por lo cual «todos los meses vas a deber menos UVA, pero más pesos», argumentó el economista.
Cómo la inflación y la pérdida de ingresos quebraron el equilibrio
Si bien el nivel de morosidad en los créditos hipotecarios UVA sigue siendo bajo en comparación con otras líneas, el dato enciende señales de alerta. No solo se ubica en el valor más alto para este segmento, sino que además triplicó su piso histórico, que rondaba el 0,3%.
«Este punto es clave porque se trata de un segmento tradicionalmente ‘pagable’, compuesto en gran parte por hogares de clase media que, antes de acceder al crédito, ya destinaban ingresos al alquiler y podían afrontar una cuota similar. Sin embargo, el deterioro del poder adquisitivo y la aceleración de la inflación cambiaron esa ecuación«, explicó a este medio el analista económico Damián Di Pace.
Lo cierto es que el aumento generalizado de prepagas, cuotas escolares, expensas y servicios tensiona los ingresos y empieza a impactar incluso en este tipo de financiamiento, «que históricamente mostraba los niveles más bajos de mora«, señaló.
En ese sentido, que la morosidad se haya triplicado dentro de este segmento no solo refleja un deterioro puntual, sino también una señal de que la clase media comienza a mostrar dificultades crecientes para sostener sus compromisos financieros.
Otras señales de alerta en el sistema financiero
Junto con el dato de la mora en el pago de los créditos hipotecarios UVA, se conocieron otros dos datos que prenden las alertas: la morosidad en tarjetas de crédito es del 10,6% y en créditos personales asciende a 13,7%. «Sin embargo, son deudas de naturaleza distinta», destacó Salinas.
«La tarjeta de crédito ofrece la opción de pago mínimo que, si bien es una de las peores decisiones financieras, muchas personas utilizan sin dimensionar el costo real que implica», señaló.
En contraste, indicó que «el préstamo personal no tiene esa flexibilidad: si no se paga la cuota completa, la mora es inmediata». Además, advirtió que este tipo de financiamiento suele funcionar como último recurso y, en muchos casos, se utiliza para cancelar otras deudas, una práctica poco saludable desde el punto de vista financiero.
En ese sentido, consideró poco probable que esta dinámica se traslade a los créditos hipotecarios, ya que responden a perfiles de clientes y comportamientos financieros distintos.
Si bien la morosidad de los créditos hipotecarios UVA aún se mantiene en niveles bajos en comparación con otras líneas, su crecimiento sostenido comienza a encender señales de alerta dentro del sistema financiero. El hecho de que haya alcanzado su nivel más alto y triplicado su piso histórico refleja un cambio en un segmento que hasta ahora se caracterizaba por su solidez.
Y, si bien es poco probable que la dinámica de mora de tarjetas o préstamos personales se traslade de forma directa a los hipotecarios, la tendencia actual funciona como una señal temprana y plantea interrogantes sobre la sostenibilidad del crédito a largo plazo en un escenario todavía marcado por la incertidumbre.
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