ECONOMIA
Orgullo: Argentina logró desarrollar el primer algodón transgénico del mundo

En una planta desmotadora de Avia Terai, un pueblo del interior chaqueño a pocos kilómetros de Presidencia Roque Sáenz Peña, ocurrió algo que no había sucedido antes en ningún laboratorio del mundo. La empresa semillera Gensus, fundada hace una década sobre las instalaciones que dejó Monsanto cuando se fue de Argentina, presentó formalmente la variedad Arandú INTA BGRR IMIcott, el primer algodón transgénico con tolerancia a herbicidas del grupo de las imidazolinonas que llegará al mercado en cualquier país del planeta.
No es un matiz técnico menor, ya que significa que ninguna otra semillera, ni las multinacionales con décadas de inversión en biotecnología, había logrado combinar esa característica agronómica con el algodón. Argentina lo hizo, y lo hizo desde el Chaco.
El evento fue mucho más que un lanzamiento comercial. Reunió al gobernador provincial Leandro Zdero, al presidente del INTA Nicolás Bronzovich y a representantes del sector privado, incluyendo ejecutivos de Louis Dreyfus Company (LDC) para Latinoamérica. La convocatoria fue, en sí misma, una señal de la dimensión que el sector le asigna al hecho.
Qué es Arandú y por qué importa
El nombre proviene del guaraní y significa «sabiduría». No es una elección azarosa: el investigador del INTA Mauricio Tcach explicó que la variedad fue seleccionada incorporando atributos que los propios productores algodoneros señalaron como necesarios. Entre esas características figura un ciclo más largo que los materiales disponibles hoy en el mercado, mayor plasticidad productiva y una arquitectura de planta diferente, con mejor diferenciación entre ramas vegetativas y fructíferas y mayor cantidad de sitios de producción por planta. Esa estructura favorece tanto el crecimiento como la maduración del capullo y es valorada especialmente en zonas con variabilidad climática.
Pero la novedad central es la incorporación de la tecnología IMIcott, que confiere tolerancia a herbicidas imidazolinonas. En términos prácticos, esto significa que los productores algodoneros tendrán acceso a una herramienta nueva para el manejo de malezas, que es históricamente el principal dolor de cabeza del cultivo en la región chaqueña. A diferencia de otras zonas tropicales donde el algodón convive sobre todo con plagas de insectos, en el norte argentino la amenaza dominante son las malezas. Hasta ahora, el menú de herbicidas disponibles para usarse sobre el cultivo era acotado. Arandú amplía ese menú.
Gensus presentó formalmente la variedad Arandú INTA BGRR IMIcott, el primer algodón transgénico con tolerancia a herbicidas
Los ensayos previos respaldan el potencial: la variedad mostró incrementos de rendimiento cercanos al 12% respecto de los testigos, mejoras de alrededor del 7% en la calidad de la fibra medida en términos de longitud, y una reducción estimada del 30% en los costos de control químico de malezas. Esa combinación —más productividad, mejor fibra y menos gasto— es precisamente la ecuación que el sector algodonero argentino necesita para volver a competir con otros cultivos por la misma superficie agrícola disponible en el norte.
Arandú es el resultado de un acuerdo de cocreación entre Gensus y el INTA Sáenz Peña que comenzó en 2018, cuando la semillera privada firmó un convenio para licenciar tres variedades desarrolladas por los investigadores del organismo público. Desde entonces, la relación fue evolucionando: dejó de ser un intercambio de productos para convertirse en una integración de capacidades de investigación, desarrollo e innovación.
El modelo productivo que viene detrás
Pablo Vaquero, CEO de Gensus, fue el encargado de presentar las proyecciones que transforman este lanzamiento en algo más que una noticia tecnológica. Con genética y biotecnología desarrollada íntegramente en el país, la empresa proyecta que para 2030 la Argentina podría duplicar la producción algodonera, triplicar las exportaciones del sector y llevar la facturación total de la cadena a más de u$s1.700 millones. Eso implicaría rindes un 60% superiores a los actuales y un incremento del 30% en la superficie sembrada.
Arandú es apenas el primero de los pasos en esa dirección. El plan de Gensus para los próximos cinco años contempla la inscripción de diez nuevas variedades, cada una orientada a resolver un desafío específico del cultivo. El que sigue en la agenda es la resistencia al picudo algodonero, el insecto que más daño ha causado históricamente en las zonas productoras cuando logra instalarse. Y el objetivo más ambicioso de todos es lograr una variedad resistente al herbicida 2,4D, el principio activo que se usa sobre la soja Enlist y cuya deriva —el arrastre por el viento de las partículas de producto aplicado— provoca estragos en los lotes de algodón que no tienen esa tolerancia. Resolver ese problema técnico sería un salto cualitativo enorme para la coexistencia de cultivos en el norte argentino.
Pablo Yezdrich, head de Algodón de Louis Dreyfus Company para Latinoamérica Sur y Oeste, aseguró que impulsar el desarrollo tecnológico detrás de cada semilla es lo que permitirá que el algodón argentino materialice su potencial y se vuelva cada vez más competitivo en los mercados internacionales. La multinacional es uno de los principales actores en la compra y exportación de fibra de algodón a nivel global, y su interés en el desarrollo de la cadena argentina es tanto estratégico como comercial.

El primer algodón transgénico con tolerancia a herbicidas desarrollado en Chaco llegará al mercado en cualquier país del planeta.
Cómo funciona la cadena y por qué el rinde es tan importante
Para entender por qué una semilla puede mover el dial de una industria entera, conviene entender cómo funciona la cadena algodonera. El algodón se cosecha en su forma bruta, como capullo con semilla y fibra mezclados. Eso que llega del campo pasa por la desmotadora, que separa la fibra de la semilla. La fibra es la materia prima para la industria textil; la semilla, que tiene un contenido de aceite significativo, va a la industria de aceites y expellers. Los precios internacionales de la fibra son los que determinan principalmente la rentabilidad del cultivo, y la calidad de la fibra —medida en longitud, resistencia y finura— es lo que determina el precio que paga la industria.
En ese contexto, el rendimiento de fibra por hectárea es la variable que más incide en la ecuación económica del productor. Argentina produce históricamente alrededor de 600 kilos de fibra equivalente por hectárea, aunque los mejores lotes con manejo tecnificado —riego, densidad de siembra ajustada, cosecha en rollo, fertilización— pueden superar con holgura los 1.000 kilos. Javier Milei, en su discurso ante la Asamblea Legislativa de marzo pasado, comparó ese número con el de Brasil, donde los promedios nacionales rondan los 1.300 kilos, y planteó que Argentina podría igualar esos rendimientos si mejoraba la protección a los obtentores de nuevas variedades.
El lanzamiento de Arandú plantea también una discusión que va más allá de la biotecnología. La introducción de la variedad al mercado será gradual y controlada: para la campaña 2026/27, la empresa decidió sellar acuerdos únicamente con una decena de productores de referencia, que sembrarán en mayor escala pero todavía de forma acotada. La razón es explícita: el sector algodonero sufre, al igual que la soja y el trigo, el problema del uso propio masivo y la proliferación de semilla «bolsa blanca», que es la semilla informal que circula sin reconocer la propiedad intelectual de los obtentores.
Gensus es, según datos del propio sector, el único criadero oficial que opera con semilla certificada en el mercado algodonero argentino. Compite con una cantidad de materiales ilegales, incluyendo variedades transgénicas de origen multinacional que ingresan de contrabando desde Brasil y que no están adaptadas a las condiciones locales. Esa situación no solo perjudica económicamente a quienes invierten en desarrollo genético, sino que frena la adopción de mejores tecnologías por parte del sector productivo.
El algodón argentino exporta actualmente fibra, hilados y en menor medida aceite y expellers de semilla. La cadena en su conjunto factura alrededor de u$s600 millones anuales, según estimaciones sectoriales. Llevar ese número a u$s1.700 millones, como proyecta Gensus, requiere triplicar el valor exportado en menos de cinco años. Es un objetivo ambicioso, pero no imposible si se combina aumento de superficie, mejora de rendimientos y captura de precio vía calidad de fibra.

Si Arandú y las variedades que vienen detrás en el plan de Gensus logran cerrar esa brecha de rentabilidad, el impacto será solo en términos de divisas pero también en el empleo
El gobernador del Chaco, Leandro Zdero, quien tiene al algodón como uno de los cultivos emblema de su provincia desde el punto de vista histórico y cultural, valoró el lanzamiento con precisión política. Señaló que el avance tecnológico puede generar mayor valor en la cadena económica y, en particular, en la economía local. El Chaco y Santiago del Estero concentran el grueso de la superficie algodonera argentina, con aportes menores del norte de Santa Fe y Formosa. Son provincias que necesitan alternativas a la soja para mantener diversidad productiva y empleo rural.
El productor Claudio Mazás, que participó del evento, lo resumió en términos simples: está todo para crecer, y en la medida que se logre mayor productividad, el algodón empieza a jugar de igual a igual con otros cultivos. Esa frase sintetiza el problema central del sector en los últimos años: la competencia por la misma hectárea con la soja, más sencilla de producir y en general más rentable, fue desplazando al algodón de zonas donde históricamente era dominante.
Si Arandú y las variedades que vienen detrás en el plan de Gensus logran cerrar esa brecha de rentabilidad, el impacto no será solo en términos de divisas. Será también en términos de empleo en economías regionales que llevan décadas buscando una alternativa productiva que no dependa exclusivamente del precio de la soja.
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ECONOMIA
El dólar cayó por cuarto día seguido y en septiembre ya tiene rendimiento negativo

Otra vez un muy alto volumen de negocios por USD 844 millones en el segmento de contado se impuso en la operatoria mayorista, donde el tipo de cambio cedió un peso, a $1.506,50 para la venta.
El dólar mayorista encadenó la cuarta caída consecutiva. Aunque se trata de una serie con bajas marginales, llevó al dólar a su piso desde el 21 de agosto. En lo que va de septiembre cae dos pesos, para encaminarse a ser el primer mes con desempeño negativo desde marzo último.
El BCRA fijó un techo para el régimen de bandas cambiarias en los 1.899,56 pesos. El dólar mayorista se ubica ahora a 393,06 pesos o 26,1% de ese umbral para la flotación, la brecha más amplia desde el 8 de mayo de 2025 (27%).
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“En los dos primeros días de esta semana el tipo de cambio mayorista bajó dos pesos, contra una suba de cuatro pesos registrada en idéntico lapso de la semana anterior”, comentó Gustavo Quintana, agente de PR Corredores de Cambio.
El dólar al público estuvo negociado sin variantes, a $1.530 para la venta en el Banco Nación, por tercer día en dicha cotización. El BCRA informó que en las entidades financieras el dólar minorista promedió $1.532,27 para la venta y $1.477,20 para la compra.
El dólar blue subió cinco pesos o 0,3%, a $1.560 para la venta, en su punto más alto desde el 25 de agosto.
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“El dólar mayorista sigue planchado por debajo de los $1.510, sin alteraciones tampoco en las tasas cortas en pesos tras recomponerse la liquidez del sistema financiero. Los relevamientos de precios de alta frecuencia privados siguen siendo monitoreado, en busca de evaluar la dinámica del proceso de desinflación, dado que de dicha consolidación dependerían las definiciones respecto al ritmo de reacomodamiento cambiario”, comentó Gustavo Ber, economista del Estudio Ber.
Ignacio Morales, Chief Investments Officer de Wise Capital, consideró que “este movimiento dio continuidad a la pronunciada desaceleración iniciada el viernes pasado, cuando la plaza financiera registró su retroceso diario más significativo del último mes. En cuanto a las posiciones a término, los contratos de dólar futuro acompañaron la tendencia descendente de forma generalizada. El mercado fijó la postura mayorista para diciembre en $1.602,50, un valor que ratifica la previsión de un deslizamiento cambiario pausado y descarta expectativas de desfasajes bruscos antes de fin de año”.
Morales también advirtió “una marcada desaceleración en la capacidad de absorción de la entidad monetaria, que acumuló apenas USD 42 millones en los últimos cinco días hábiles, su registro semanal más magro desde la implementación del actual esquema cambiario. En el transcurso de septiembre, el saldo comprador suma USD 135 millones y el promedio diario de absorción retrocedió a USD 14 millones, una cifra distante de los USD 38 millones diarios verificados en agosto y de los picos alcanzados en mayo, cuando el ritmo promedio se situaba en USD 137 millones por jornada”.
Pese al freno reciente, el balance positivo acumulado por la autoridad de contralor en el transcurso del año 2026 asciende a 14.218 millones de dólares.
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Los expertos de Max Capital subrayaron que “el BCRA continúa realizando compras limitadas de dólares, con un promedio diario de compras en el mes de USD 14 millones” y señaló que “los inversores pueden navegar el mercado a los precios actuales en un período inevitablemente ruidoso de cara a las elecciones presidenciales. Argumentamos que la combinación de cuentas externas sólidas y un colchón de reservas puede limitar la presión sobre la dinámica cambiaria”.
“Todo indica que el agro continúa liquidando a un ritmo particularmente firme -cerca de USD 170 millones diarios-, pero que, al tipo de cambio actual, el resto de los jugadores concentra una elevada demanda neta de divisas. El resultado es un espacio mucho más acotado para que el BCRA compre sin generar presión sobre el mercado”, definieron los analistas de Portfolio Personal Inversiones.
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