CHIMENTOS
Sergio Torres: “Cuando era chico buscaba calzado en los basurales para poder jugar al fútbol”

A los 13 años, Sergio Torres decidió dejar la escuela para dedicarse al canto, una determinación que marcó el origen de una trayectoria que lo convirtió en uno de los máximos exponentes de la cumbia santafesina. Nacido en la ciudad de Santa Fe el 17 de abril de 1966, el cantante construyó su carrera entre empleos precarios, una formación musical con la que nunca se dio por vencido y el paso por grupos que definieron una parte central de la movida tropical argentina.
En 2005, después de su paso por Los Palmeras y Grupo Alegría, y un años después de abandonar de manera definitiva Grupo Cali, Torres lanzó su proyecto solista con la banda Los dueños del swing. Esa etapa consolidó un recorrido que ya incluía presentaciones en festivales, peñas, boliches y shows privados para figuras como Lionel Messi.
Torres nació y se crió en un ranchito de Villa Hipódromo, en Santa Fe. Hijo de padres separados y el mayor de cinco hermanos, pasó buena parte de su infancia entre la casa de su madre, que trabajaba muchas horas, y la de su abuela. Entre los ocho y los diez años asumió tareas de cuidado cuando nació su hermano menor.
Sergio Torres se convirtió en referente de la cumbia santafesina gracias a un camino de puro esfuerzo: trabajó desde temprano para salir adelante y se formó casi sin recursos. Su rica trayectoria liderando proyectos musicales icónicos, antes de lanzarse como solista, lo ubicó por peso propio entre las voces más grandes de la música tropical.
Acá, los momentos más destacados de la charla:
—Bienvenidos a Nunca me faltes, hoy con una eminencia de la música tropical, Sergio Torres.
—Gracias, Manu.
—Bueno, no sé si te considerás eminencia, yo sí, pero tenés una trayectoria muy importante…
—No, no me creo una eminencia; sí que hace mucho tiempo que estoy sobre los escenarios. Ya hace cuarenta y siete años que paseo mi voz, mi música, por muchos lugares de mi Argentina y he visitado alguno que otro país también. Y también estamos con las Sesiones Sedientas.
—¿Contame de eso?
—Vamos a contar con otros intérpretes invitados; de lo más destacado de la movida, no solamente de Santa Fe, sino de gran parte del país. Ya hemos comenzado a grabar la primera sesión y la verdad que la gente está muy ansiosa. Es un poco retrotraernos en el tiempo, volver sobre nuestros pasos y poder grabar canciones que han tenido muy poca difusión.
—Yendo a tus comienzos, ¿qué te acordás de aquellos inicios?
—Yo comencé a cantar a los trece años, creo que lo tomaba como un hobby, como un escape, un adolescente sin sueños. Solamente ir en el día a día a divertirme. Estaba lejos de pensar lo que uno podía llegar a lograr a través del tiempo, ¿viste?
—Tu vieja no quería que cantes, ¿puede ser?
—¡Nooooo! Yo vengo de dos familias de músicos por parte de mi padre y de mi madre: cantantes, acordeoneros, guitarreros. Mi madre tenía el espejo de su padre, de mi abuelo y conocía el paño, entonces lógicamente no quería saber nada con que cante.
—¿Pero por qué?
—Creo que por lo bohemios que han sido todos y lo que han hecho…
—¿Decía que eran de vagos?
—Claro, si eras músico decían “estos son unos vagos, unos atorrantes”. Y yo creo que mi madre no quería eso para su hijo. Pero a los trece años tuve que plantarme frente a mi madre y decirle: “Mamá, tengo que hablar con usted: voy a cantar, no quiero que gaste más plata en útiles escolares ni que se haga mala sangre porque no me eximo en una materia”. Ojo, en aquel tiempo enfrentarla a mi madre era como estar delante de Dios. Imaginate, yo iba a ensayar sin que mi madre lo sepa. “Me parece muy bien, pero yo vagos en mi casa no quiero. O sea que primeramente vaya a buscarse un trabajo. Cuando consiga su trabajo, puede cantar”, me respondió. Así que tuve que salir ese mismo día a buscar un trabajo.
—O sea, dejaste de estudiar y te fuiste a buscar laburo.
—Sí, de peón de albañil. Los primeros tres años de mi carrera fueron trabajando y cantando, trabajando y cantando.
—¿Y cuándo te diste cuenta que te podías dedicar cien por ciento a la música?
—Después de esos tres años, cuando cumplí dieciséis, canté en Los Palmeras; ahí hubo un impasse de no trabajar porque viajábamos. Estuve prácticamente un año cantando con Los Palmeras. No haber podido grabar con ellos es la única cuenta pendiente que me quedó en mi carrera. Después canté seis años en el Grupo Alegría y ahí volví a trabajar porque el director, Osvaldo Rasco, tenía una fábrica de bicicletas. Laburaba de bicicletero y cantaba los fines de semana. Y después conformamos Tropical Santa Fe antes de ser Cali, o sea, recién dejé de trabajar cuando comencé a cantar en Grupo Cali.
—Lo de las bcicletas era una ayuda económica…
—Sí, porque yo a los diecisiete años ya me había casado. Ya tenía mi primer hijo, Daniel, con dieciocho años ya fui papá. Realmente necesitaba tener otro ingreso…
—¿Y cómo convive la vida de un músico, sobre todo cuando explota, siendo un padre joven de familia?
—A mí nunca me costó, porque yo en los cuarenta y siete años nunca floté. Y nunca me olvidé de dónde vengo ni de mis comienzos; desde mi ranchito de barro sin luz eléctrica donde crecí, nunca me olvidé de esas cosas. Actualmente vivo el día a día, con un montón de aciertos, desaciertos y esas cosas me ayudaron a mantener los pies sobre la tierra. El convivir de esas vidas era lo diario: jugar al fútbol, estar con mis amigos comiendo un asado, cantando.
—Ahora me quiero meter en el capítulo de fútbol, porque también tuviste una carrera dedicada al fútbol en parte, ¿no?
—Sí, veinte años jugué semiprofesional en Santa Fe, cantando y jugando al fútbol, que es mi otra pasión. Jugué en muchos clubes de Santa Fe.
—¿Llegaste a entrenar con la primera de Colón?
—Vos sabés que cuando me convocan para entrenar con la primera yo venía de cantar con Tropical Santa Fe en Rosario. Llegué a la mañana temprano y me tenía que presentar, creo que tipo ocho. Me tomé el colectivo ahí en frente del Hipódromo, atravesé el portón de Colón, y cuando llego a la mitad me volví a mi casa, ni siquiera fui a entrenar.

—¿Por qué?
—No sé…
—Ahí tiraba más la música…
—Yo siempre opté por la música. Y en ese momento yo jugaba en Ciclón Racing. También recuerdo un partido contra Unión, íbamos perdiendo dos a uno. Hice un golazo de aire, el dos a dos, la clavé en un ángulo de zurda. Y no sabía que había gente de Chile viendo el partido, que fueron a verme. Cuando llego el lunes al entrenamiento, el presidente Salem y mi técnico me dijeron: “No te quisimos decir nada, pero te fueron a ver de un club chileno de Viña del Mar”. Pero te repito, gracias a Dios, siempre opté por cantar (ríen).
—¿No crees que te hubiese ido mejor como futbolista?
—No sé, siempre me defendí jugando al fútbol, jugaba de volante central. Pero creo que he elegido bien. Siempre me di cuenta que Dios me mandó aquí, a la Tierra, para cantar. Es algo en mi ADN, mi vocación. A mí me da lo mismo cantar para una persona que cantar para un millón. Estar arriba de un escenario y poder cantar es algo natural para mí.
—El cinco en la cancha es un poco el que distribuye el juego, el que ordena bastante al equipo…
—Sí, como una rueda de auxilio. Así soy en la vida. Soy la rueda de auxilio no solo de mi familia sino de mis amigos. Soy solidario y un corazón más grande que mi cuerpo. Así soy en la cancha y así soy en la vida.
—¿Siempre fuiste así, solidario, incluso siendo tan humilde?
—Yo, cuando era chico, tuve menos que menos. Tenía que salir a los basurales a tratar de conseguir un calzado para poder jugar al fútbol. Yo botines conocí de grande, nunca tuve botines. Mi papá me enseñó a hacer las medias con mangas de pulóver, ¿viste? Y entonces conseguía algún calzado que estaba roto y lo cosía a mano.
—¿Revolvías la basura para encontrar zapatos?
—Claro, íbamos al basural. Íbamos con los chicos de la villa. Yo tenía la canchita en la villa enfrente de mi casa, bien enfrente, así que al primer sonido de pelota ya me cruzaba a jugar. Y siempre jugué con la gente grande; a los doce años jugué mi primer torneo libre para la villa, siempre con gente grande, nunca con chicos de mi edad.
—¿Se jugaba por guita en esos torneos?
—Sí, claro, he ganado muchísimos. Pero todas esas cosas que me ocurrieron en mi crecimiento… yo le agradezco a Dios cada instante, cada cosa que no tuve, porque todas esas cosas me ayudaron a formarme como persona y a darle valor a las cosas, a lo que uno logra con tanto esfuerzo.
Yo siempre hablo con mis hijos y con mi esposa Natalia y con mis padres, que tengo la fortuna de tener a mi a mi papá y a mi mamá vivos. Y cuando hablo con ellos siempre les digo que estas cosas me ayudan a darle mucho valor y estoy preparado para si un día no tengo, ¿viste? Hoy puedo comerme un asado o salir y mañana capaz que no lo tengo, y bueno, me quedaré en mi casa y comeré arroz hervido, fideos hervidos, como comí cuando era guacho. Estoy preparado para eso. Y hay algo bonito que tengo: no me interesa el dinero… ¡si nunca tuve!
—Pero incluso con una carrera exitosísima, ¿cómo es eso?
—(Risas) Te voy a decir algo que tal vez te llame la atención…
—A ver…
—No tengo la menor idea de lo que se cobra un show mío.
—¿No sabés lo que sale un show tuyo?
—¡Ni idea! Delante de los ojos de Dios te lo digo, ¡que Dios no me deje cantar nunca más! Yo soy creyente. Mi padre y mi madre son pastores, todos nosotros somos creyentes. Yo, cuando hablo de Dios, no chacoteo...
—¿Quién se encarga de los ingresos, tu mánager?
—Mi mujer y mi representante.
—¿Y vos no sabés porque ya no querés saber?
—No me interesa, nunca me interesó.
—Veo que la que se encarga de los números en tu casa es tu esposa…
—Ella maneja todo.
—O sea, además de amor, confianza ciega.
—Pero aparte ella es una eminencia de persona. Yo la admiro a ella. Aparte de ser el amor de mi vida, le tengo una admiración terrible. Tiene una capacidad terrible. Natalia es la segunda mujer en mi vida, mi segundo matrimonio.
—Te casaste hace poco, ¿no?
—El 27 de diciembre del año pasado. Después de veintitrés años de relación.

—¿Y por qué después de veintitrés años?
—Porque si bien lo veníamos charlando siempre y nunca lo llevábamos a cabo, yo creo que en veintitrés años vos ya tenés consolidada tu familia. Tenemos tres hijos maravillosos: Matías de dieciocho, Ian que tiene diez y Martina que tiene seis años. Y dijimos: “Bueno, me parece que es el momento”.
—¡Espectacular!
—Fue algo maravilloso, yo tenía una emoción terrible y vi emocionado a todos. Tenía un anhelo de entrar con mi madre del brazo y logré entrar con ella, fue algo muy, muy emotivo.
Disfrutá la entrevista completa en el video.
Fotos: Maximiliano Luna
CHIMENTOS
Mitos, señales y secretos de La dama regresa, la película con la que Isabel Sarli volvió al cine tras 15 años de duelo

Durante quince años, Isabel Sarli desapareció de la pantalla grande. No hubo estrenos, flashes ni llamados que consiguieran convencerla de regresar. La mujer que durante décadas había desafiado a la censura, que había recorrido con sus películas buena parte del mundo y que se había convertido en uno de los grandes mitos del cine argentino decidió, después de la muerte de Armando Bó, correrse de escena.
Se refugió en su mítica quinta de Martínez, rodeada por sus hijos, sus animales y los recuerdos de una vida que parecía haber quedado detenida aquella noche de octubre de 1981. Allí, lejos de las cámaras, transcurrieron los años en los que Isabel Sarli intentó aprender a vivir sin el hombre que había sido su compañero, su director, su protector y, como ella misma repetía, el gran amor de su vida.
Recién en 1996, cuando ya tenía 66 años, volvió a ponerse frente a una cámara para protagonizar La dama regresa, la película de Jorge Polaco y coprotagonizada por Edgardo Nieva, que significó uno de los regresos más singulares y conmovedores de la historia del cine argentino.
Para entonces, Isabel ya era mucho más que la mujer que alguna vez había escandalizado a una sociedad acostumbrada a mirar el deseo a escondidas. Había nacido como Hilda Isabel Gorrindo Sarli el 9 de julio de 1929 en Concordia, Entre Ríos, en una familia atravesada desde temprano por las ausencias. Su padre, Antonio Francisco Gorrindo, abandonó a la familia cuando ella tenía apenas tres años y su madre, María Elena Sarli, debió trasladarse con sus hijos a Buenos Aires. El pequeño hermano de Isabel, el único varón de la familia, murió cuando apenas tenía cinco años. Con el paso del tiempo, su padre intentó volver a establecer contacto con ella, Isabel se negó. La herida de aquella infancia había quedado demasiado profunda.
La necesidad de ayudar a su madre la llevó a trabajar como secretaria. Pero su belleza pronto abrió otra puerta. Comenzó a modelar para distintos productos y aquella actividad creció hasta convertirse en una carrera. En 1955 fue elegida Miss Argentina y llegó a semifinalista de Miss Universo. Durante aquella etapa conoció incluso a Juan Domingo Perón. Pero todavía no sabía que su vida estaba a punto de cambiar para siempre.
En junio de 1956 apareció Armando Bó. El encuentro con el director marcó el comienzo de una sociedad artística y afectiva que se extendería durante 25 años y cuatro meses. Bó descubrió en Sarli algo que iba mucho más allá de una belleza exuberante: una presencia capaz de llenar la pantalla, una mezcla de sensualidad, ingenuidad, fuerza y vulnerabilidad que terminaría convirtiéndola en una figura irrepetible. La convenció para protagonizar El trueno entre las hojas, la película que marcó su debut con él y que incluyó el primer desnudo del cine argentino.
A partir de entonces, sus nombres quedaron unidos para siempre.
Llegaron Furia infernal, Favela, Carne, Fiebre, Fuego, Sabaleros, Embrujada e Insaciable, entre muchas otras. Fueron treinta producciones realizadas junto a Bó y una carrera que no conoció fronteras. Las películas fueron censuradas, recortadas, discutidas y prohibidas en algunos lugares, pero también viajaron por caso, por México, Paraguay, Uruguay, Panamá, Rusia, Japón y Estados Unidos. Isabel se transformó en un fenómeno internacional, con una presencia avasallante que construía su propia leyenda en tiempo real.
Pero detrás del mito había una mujer cuya vida privada permanecía mucho más protegida de lo que sugerían aquellas imágenes.
La relación entre Sarli y Bó nunca fue oficializada. Durante el tiempo que permanecieron juntos, el director continuó viviendo con Teresa Machinandiarena, su esposa. Para el público, sin embargo, la sociedad entre Isabel y Armando era un secreto a voces. Ellos construyeron una historia que trascendió las películas y que quedó marcada por una dependencia mutua que Isabel admitiría una y otra vez a lo largo de los años.
Entonces llegó el 8 de octubre de 1981, cuando Armando Bó murió de cáncer a los 67 años. Para Isabel no fue solamente la pérdida de un director. Se había ido el hombre que había acompañado prácticamente toda su vida adulta, quien había moldeado su carrera y con quien había compartido escenarios, viajes, rodajes, éxitos, censuras y discusiones. Esa muerte significó también el final de una etapa profesional que Sarli no estaba preparada para cerrar. Después de aquella pérdida, desapareció.
Durante quince años, Isabel se recluyó en su quinta de Martínez. El cine, que había sido su mundo durante un cuarto de siglo, dejó de formar parte de su rutina. No aceptó propuestas. No quiso volver a exponerse. No quiso reemplazar a Armando ni trabajar bajo la mirada de otro director. Tampoco quería enfrentar la posibilidad de descubrir que aquello que había construido junto a él ya no podía repetirse.

Ella misma lo explicó muchos años después, cuando finalmente regresó: “Muchos miedos tenía de volver al cine. Sólo había hecho películas con Armando Bó, una con Torre Nilsson (Setenta veces siete) y una más en África con otro director, pero siempre con el ojo vigilante de Armando. Les dije que no siempre a todos, no sólo porque no quería volver y porque añoraba lo que había perdido, sino porque tenía miedo. ¿Se imagina un regreso con fracaso?”.
En esa frase estaba condensado buena parte de su silencio. No se trataba simplemente de una actriz retirada. Había quedado viuda de una manera particular: más que un marido, o un amante, había perdido al hombre con quien había construido su identidad artística. Volver al cine implicaba aceptar que podía existir una Isabel Sarli sin Armando Bó. Y durante años no estuvo dispuesta a comprobarlo.
En aquella casa encontró otra forma de compañía. Vivía con sus hijos adoptivos, Isabelita y Martín, y con una verdadera familia de animales: perros, gatos, loros y tortugas. Los animales ocuparon el espacio que antes habían llenado las filmaciones, los viajes y la presencia cotidiana de Armando. En aquel refugio doméstico, volvió a construir una intimidad lejos de las cámaras.
También estaban los recuerdos. Por las noches, decía, hablaba con las dos estrellas más brillantes que encontraba en el cielo y que asociaba con sus muertos más queridos: su madre, María Elena, y Armando. El duelo no tenía fecha de vencimiento.
En 1992 un episodio médico volvió a poner a Isabel frente a su propia fragilidad. Se desmayó en su casa y fue trasladada a la Clínica Bazterrica. Los estudios revelaron un tumor cerebral y los médicos debieron realizarle una cirugía de urgencia. La operación era de máximo riesgo, pero resultó exitosa. Sarli logró recuperarse.

Sin embargo, aquella intervención dejó consecuencias que también debió afrontar. Le suministraron medicación para prevenir la formación de coágulos y aumentó considerablemente de peso. Para recuperar su estado físico contó con la ayuda del doctor Alberto Cormillot, aunque ella misma reconocía, con su característico sentido del humor, que no siempre podía resistirse a sus comidas favoritas.
Cuando se cumplían quince años desde su alejamiento de las cámaras, Jorge Polaco apareció con una propuesta inesperada. El director quería que Isabel protagonizara La dama regresa, casi una historia autobiográfica.
La película tenía algo de espejo de la propia historia de Sarli. En el centro estaba Aurora, una mujer que había sido despreciada y humillada por los habitantes de Laguna Verde, su pueblo natal, porque la consideraban una mujer de costumbres cuestionables. Después de muchos años, Aurora regresaba convertida en una mujer rica, luego de haber quedado viuda de un hombre millonario. Su aparición alteraba la tranquilidad del pueblo, despertaba viejos rencores y encendía la envidia de quienes alguna vez la habían juzgado.
Ahora era ella quien tenía el poder. Aurora regresaba para cobrarse una suerte de revancha. Y, de alguna manera, la historia también podía leerse como una metáfora del retorno de Isabel Sarli.

La actriz que durante años había sido juzgada, censurada, cuestionada y reducida muchas veces a su condición de símbolo sexual, volvía al cine después de haber atravesado una enfermedad grave, la muerte del hombre más importante de su vida y una década y media de silencio. Ya no era la muchacha que había irrumpido en El trueno entre las hojas. Era una mujer de 66 años que volvía con otra historia en el cuerpo y otra memoria en los ojos.
Ella sabía perfectamente que el regreso podía ser un fracaso: “Fueron muchos años lejos de las cámaras: comprobé que el cine no me había dejado a mí sino que yo había dejado al cine”.
El rodaje tuvo además una coincidencia que Sarli vivió como una señal. Polaco debió postergar el comienzo porque había contraído culebrilla. Finalmente, las cámaras comenzaron a rodar el 9 de octubre de 1995, exactamente el día en que se cumplían catorce años de la muerte de Armando Bó.
El primer día, Isabel llegó al rodaje junto a su maquillador, Jorge Bruno. Viajaban en auto hacia el hotel alojamiento donde los esperaba el equipo para filmar. En el camino recordaron la fecha. Hablaron de Armando. Y los dos terminaron emocionados: “Recordamos la coincidencia y se nos cayó una lágrima”, relató.

Incluso hubo otro momento íntimo relacionado con Bó. Durante el rodaje, Sarli y Polaco fueron a pedirle ayuda. Querían que, de alguna manera, Armando los acompañara desde algún lugar. El regreso no significaba olvidarlo, era aprender a filmar sin él.
En el set, Isabel encontró además algo que la hizo sentirse protegida. Había animales. Estaban los recuerdos y los afectos. Había personas que conocían su historia y entendían que aquel regreso era mucho más que un trabajo: “Estoy contenta, muy contenta. Estuve rodeada de amigos, entre ellos Jorge Bruno, mi maquillador. Polaco me cuidó mucho y había animalitos, de modo que me sentí muy mimada”.
También recuperó parte de su propia historia a través de la ropa. El vestuario estuvo a cargo de Horace Lannes, pero Sarli quiso incorporar cuatro vestidos que habían sido diseñados por Paco Jamandreu, uno de los grandes nombres de la moda argentina y quien la había vestido durante años. Algunos tenían dos décadas y reflejaban a la Isabel de otra época regresando para encontrarse con la mujer que había sobrevivido al paso del tiempo.
Por eso quiso homenajear a Jamandreu. Incluso recordó una de las escenas más particulares de la película: cuando canta La morocha en medio de la cancha de Boca lleva uno de aquellos vestidos. El pasado volvía a entrar en cuadro.

El 12 de septiembre de 1996, finalmente, La dama regresa llevó a Isabel Sarli otra vez a la pantalla. El filme no podía devolverle a Armando. Ninguna película podía hacerlo. Pero le permitió comprobar que todavía podía habitar una pantalla sin él.
Treinta años después de aquel estreno, La dama regresa permanece como una pieza singular dentro de la historia del cine argentino, pero también como el testimonio de una mujer que necesitó quince años para volver a enfrentarse con aquello que había sido su vida. Sarli había conocido la gloria, la censura, el éxito internacional, el amor, la pérdida, la enfermedad y el retiro. Y cuando regresó, lo hizo con una historia que parecía escrita especialmente para ella: la de una mujer que había sido expulsada simbólicamente de un lugar y que volvía convertida en alguien diferente, con la posibilidad de mirar a quienes alguna vez la habían juzgado desde otra posición.
Las repercusiones dividieron aguas, en una polémica a la que la Coca estaba acostumbrada. Parte de la crítica objetó cierto grotesco tanto en las actuaciones como en el guion, mientras otros reivindicaron el estilo kitsch que dialogaba de alguna manera con su pasado.
Lo que quedó claro es que para la Isabel de carne y hueso no significó un regreso definitivo a los primeros planos del espectáculo. Más allá de un puñado de apariciones en cine, teatro y televisión, eligió volver al refugio de Martínez, a esa zona de confort autoimpuesta desde la partida de Armando.

Isabel Sarli murió el 25 de junio de 2019, a los 83 años, en el Hospital Central de San Isidro. Había sido internada desde mayo de aquel año después de una operación de cadera y su estado general de salud se deterioró hasta que una infección urinaria y una neumonía derivaron en un shock séptico.
Pero mucho antes de aquella despedida definitiva, hubo una mujer que durante quince años decidió apagar las luces de su camerino y quedarse en casa. Una mujer que se negó a volver porque tenía miedo, que perdió al hombre que había sido su compañero y su director, que encontró refugio entre animales, hijos adoptivos, recuerdos y noches silenciosas.
Una mujer que sobrevivió a un tumor cerebral. Y una mujer que, finalmente, volvió.
Cuando las cámaras de Jorge Polaco comenzaron a filmar La dama regresa, Isabel Sarli no solamente estaba regresando al cine. Quizás por eso aquella lágrima que cayó en el auto junto a su maquillador, al recordar a Armando Bó en el primer día de rodaje, decía mucho más que cualquier estreno.
Porque algunas ausencias no se miden en años, se miden en todo lo que una persona tuvo que atravesar para animarse, finalmente, a volver.
CHIMENTOS
¡Un fuego! Aseguran que Diego Leuco y Sofi Martínez volvieron a estar juntos: «Hacen el amor desenfrendamente, nunca cortaron»

¿Qué hay shippeo? Sí, recontra. Hay shippeo entre Diego Leuco y Sofi Martínez; viene de revivirse todo una semana en donde se dieron diferentes situaciones y momentos que volvieron a ubicar a la ex pareja en el epicentro de atención; ahora se confirmó que este domingo estarán juntos como conductores en La Peña de Morfi.
Lo que muchos se preguntan es si entre ellos pasa algo actualmente. ¿Serán el claro ejemplo de “donde hubo fuego, cenizas quedan?” La duda está plantada y la única certeza que hay es la química que sigue uniendo a dos de los jóvenes del momento en los medios.
Todo este revuelo llegó hasta oídos de Marina Calabró y Guido Záffora, quienes analizaron de cerca todo lo que con Martínez y Leuco. Por un lado, la conductora sostuvo que todo esto podía estar ligado a la promoción de su dupla de conducción en el histórico programa de Gerardo Rozín, pero dejó abierta una puerta a que algo hay e incluso llegó a contar que “pernoctaron juntos”.
“Ustedes ya conocen mi máxima de vida. Nada menos erótico que un ex… Barbano dijo que Leuco había pernoctado con Sofi Martínez. ¿Puedo decir algo? Están vendiendo la La Peña de Morfi”, sostuvo Marina.
QUÉ PASA ENTRE SOFI MARTÍNEZ Y DIEGO LEUCO: ESTALLARON LOS VERSIONES CRUZADAS
Empero, Záffora fue mucho más allá y reveló un tremendo dato íntimo que expuso a la ex pareja: “Para mí hacen el amor desenfrenadamente, yo entiendo que hacer el amor con un ex es súper perjudicial, no hay que hacer el amor con ex, es peligroso”.
“Para mí también están vendiendo La Peña, para mí nunca cortaron vínculo. A ellos les costaba hablar de uno y del otro, intentaron en un momento cortar, y yo siempre siento que hay una persona en la pareja, uno de los dos, que siempre está más involucrado”, aseguró Guido.
Al finalizar, el periodista analizó cómo esta cuestión puede afectar a dos personas que fueron pareja, pero que no terminan de soltarse: “Entonces, cuando uno está más involucrado que el otro y vos no lo digo ni por Leuco ni por Sofi, en general, llevas alguna expectativa, y ahí es difícil porque después la terminas pasando mal”.
Diego Leuco, Sofi Martínez
CHIMENTOS
Griselda Siciliani con Teleshow: “Cuando tratás de explicar un espectáculo como Boite lo empobrecés”

Título
Griselda Siciliani conversó con Teleshow sobre Boite, el espectáculo que comparte con Carlos Casella en La Trastienda, una propuesta que define como la celebración de un vínculo artístico construido a lo largo de los años. La actriz explicó por qué considera que la experiencia escénica conserva una parte imposible de trasladar a las palabras y se detuvo en uno de los pasajes más personales de la obra: el momento en que se sienta al piano. Además, adelantó sus próximos desafíos profesionales, entre ellos Menem 2 y la interpretación de Moria Casán.
—¿Qué te pasa cuando te subís al escenario con Carlos Casella?
—Es una fiesta. Siempre decimos eso. Y con este espectáculo creo que lo terminamos de cerrar, porque ya nos conocíamos más, porque pasaron muchos años y porque es nuestro tercer espectáculo juntos arriba del escenario, solos. Terminamos de entender que es una fiesta en el sentido más profundo de la palabra. Es una celebración de nuestro vínculo, de nuestro entendimiento como artistas, de nuestra comunión de lenguaje. Compartimos un lenguaje propio, singular. En este espectáculo lo celebramos con todos los caprichos, como les decimos nosotros, burlándonos un poco de nuestros deseos. Pero esos deseos ya constituyen un tipo de lenguaje, por quiénes somos y por todo lo que construimos juntos artísticamente. Decidimos basar este espectáculo en eso, en la química y en el deseo.
—¿Podrías definir el espectáculo?
—No sé explicarlo. Ni siquiera tengo ganas de decir qué es, porque hay que verlo y un poco hay que sentirlo. No es muy describible.

—No es fácil…
—No. Y además, cuando tratás de explicarlo, siempre lo empobrecés. Podés decir que hay canciones y algunos momentos, pero en realidad está tan basado en lo que nos pasa a nosotros arriba del escenario y en toda la historia que traemos, junto con un equipo que trabaja con nosotros desde hace muchísimos años, que hay algo de eso que hay que vivirlo. No sería lo mismo si lo hicieran otros.
—Da la sensación de que cada noche puede pasar cualquier cosa. ¿Improvisan?
—No, la obra tiene ese estilo. Nos propusimos que parezca que estamos improvisando, que estamos jugando, pero todo está totalmente pensado. Lo repetimos exactamente igual todas las noches. Está todo diagramado. Pero el espíritu del show tiene que transmitir esa frescura, esa sensación de noche, de charla, de que todo está pasando ahí sin solemnidad y sin pretensión. Que parezca así nomás, aunque no sea así nomás para nada.

—¿Qué te gusta de Carlos?
—Todo. Pero sobre todo el vínculo que tenemos, la manera en que nos relacionamos y creamos. Eso es lo que más me atrae. Después, lo respeto mucho como artista, lo admiro. Me parece un artista muy singular, muy fiel a lo suyo. Nunca transó con nada. Siempre creó yendo hacia lo profundo, cada vez un escalón más abajo en su arte y en su singularidad. Y, al mismo tiempo, es súper liviano, relajado y gracioso. Conviven todas esas cosas en él.
—Qué bueno que se pudieron conocer en esta vida.
—Tremendo. Yo era su alumna de danza. Lo que nos unió fue la danza. Es muy loco.
—No sabía que tocabas el piano…
—Tampoco es que soy pianista (risas). Pero logramos hacer ese momento en algo único. Esa canción es de un disco de Daniel Melero que se llama Quiero estar entre tus cosas. El que toca el piano en ese disco es nuestro director musical, Diego Bianatti. Es uno de los momentos que más me gustan del show. Porque además es una sorpresa. Hacia el final del espectáculo desaparece casi todo y quedamos nosotros dos, el piano y la voz, con muy pocos elementos.

—¿Que vas a hacer después de las funciones de Boite?
—Voy a estar yendo y viniendo a Montevideo, Uruguay, para filmar, así que es difícil. Queremos intentar si en diciembre se puede hacer algo más, pero no estamos seguros. Depende mucho del espacio que tenga La Trastienda y de que yo pueda hacerlo. En principio, ahora quedan estos siete shows de septiembre.
—Dan ganas de subirse al escenario con ustedes.
—Seguro que a mucha gente le pasa eso, porque nosotros lo vivimos con mucha alegría. Y eso se transmite. Por eso digo que es una celebración, como un cumpleaños en el que estamos.
—¿Te pasa seguido que el público quiera acercarse de esa manera?
—Sí, porque se genera algo muy cercano. Hay una alegría compartida que se contagia.
—Ahora estás con “tu” Zulema…
—Sí, ya empezamos a grabar Menem 2. Vienen días arduos de jornadas de filmaciones.
—¿Y después de la serie de Menem, cómo sigue tu año?
—Después me voy a tomar unas vacaciones. Pero tengo muchísimas cosas. Es un privilegio increíble, aunque también es vertiginoso. Tengo la agenda casi hasta fines de 2028. Hay cuestiones que hay que agendarlas así, porque si no después no entran. Ya está todo tomado hasta fin de 2027, aunque todavía no puedo contar nada. Sabiendo ese itinerario, me voy a tratar de tomar en verano todo el descanso que pueda con mi hija y aprovechar su época de vacaciones para estar mucho con ella.

—La serie de Moria explotó… Imagino que la experiencia fue tremenda.
—Tremenda. Gran experiencia, muy divertida. A mí me tocó lo más humorístico, lo más delirante. Fue un placer hacerlo. Me acomodaron todo el año para que yo pudiera participar, porque para mí era imposible meterlo en el medio. Tenía que entrar en una hendija entre Envidiosa 4 y la película de Álex de la Iglesia. Movieron todo para que pudiera filmar en los únicos dos meses que tenía libres. Fue también un mimo.
Griselda Siciliani,Carlos Casella,Boite,teatro,música
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