INTERNACIONAL
Borís Nemtsov, el ‘playboy’ liberal que casi le ganó la presidencia a Vladímir Putin

La pregunta latente detrás de esta biografía intensa y dinámica de 778 páginas sobre un político ruso poco conocido internacionalmente es la siguiente: ¿Qué tipo de mundo existiría hoy si el cosmopolita demócrata liberal Borís Nemtsov, y no Vladímir Putin, hubiera sucedido a Borís Yeltsin al mando del país? Más específicamente, ¿la democracia liberal habría continuado su avance imparable hacia el siglo XXI, libre de la nostalgia soviética y del atractivo del neoimperialismo?
Estas son las cuestiones que plantea el veterano periodista ruso Mijaíl Fishman en El Sucesor. “¿Cuándo fue el momento en que Rusia perdió su libertad?”, escribe. “¿Era inevitable la atroz guerra que Putin comenzó? ¿Era el desastre al que llevó a Rusia algo predestinado?”
Para Fishman, Nemtsov representa la promesa de una Rusia libre y democrática que comenzaba a surgir a principios de la década de 1990. Si hubiera cumplido su destino, tal vez no existiría la guerra en Ucrania, con sus cientos de miles de soldados muertos, 10 millones de civiles desplazados, temores de un enfrentamiento nuclear y el espectro de una Tercera Guerra Mundial.
Nemtsov era “un playboy alto, atractivo, de cabello rizado”, escribe Fishman, siete años más joven que Putin y físico de formación. Se interesó por la política en la década de 1980, cuando su madre empezó a asistir a protestas antinucleares tras el desastre de Chernóbil.

En pocos años, se transformó en el niño prodigio de la reforma rusa. En 1991, se convirtió en el gobernador de 32 años de Nizhni Nóvgorod, transformando la provincia al privatizar granjas colectivas, dar libertad a los periodistas e impulsar un auge de la construcción de viviendas y carreteras.
A los 37, era uno de los primeros viceprimeros ministros de Yeltsin y un heredero natural a la presidencia. En un momento, Yeltsin incluso le entregó a Nemtsov una fotografía de ambos con la inscripción: “Secreto: te paso la posta”.
Varios factores se combinaron para frenar el ascenso de Nemtsov, pero la causa principal fue la crisis financiera de 1998, cuando el Estado ruso, incapaz de recaudar impuestos para compensar la caída de los ingresos petroleros, entró en default. La inflación devastó el país y acabó con el optimismo de los años noventa. “La gente sentía nostalgia y estaba inquieta”, escribe Fishman.
Ante las arcas vacías, un público desencantado con las reformas y un Partido Comunista en auge, Yeltsin cambió de rumbo. Faltando dos años para las elecciones presidenciales, buscó un sucesor de otro perfil, alguien considerado duro y sin vínculos con los errores de las políticas de los “salvajes años noventa”. Las mismas condiciones que apartaron a Nemtsov del centro de la escena atrajeron a un burócrata poco conocido y exagente de la KGB llamado Vladímir Putin.
Cuando Yeltsin nombró a Putin primer ministro, apenas uno de cada cuatro rusos había oído hablar de él. “Era fácil proyectar en él cualquier esperanza o interés”, escribe Fishman. Algunos, incluido Nemtsov, creyeron al principio que mantendría el rumbo hacia Europa y Occidente.
Muchos más vieron a Putin como el redentor nacional, la mano de hierro que restauraría la grandeza del país. “La mayoría de los rusos estarían contentos con un líder agresivo, no con uno compasivo”, dijo una socióloga a una revista de prestigio en 1999. “La gente prefiere la fuerza y la brutalidad, esperando que estas cualidades ayuden a imponer el orden”.
Nemtsov nunca volvió a encontrar su lugar en la política nacional, salvo como un incordio para Putin. Fundó un bloque electoral reformista que nunca despegó, organizó manifestaciones, documentó los crímenes del Kremlin, presentó denuncias ante el Tribunal Europeo de Derechos Humanos y presionó a gobiernos occidentales para sancionar a propagandistas rusos.
En 2013, cuando se postuló para un escaño en una legislatura provincial, su amigo y ocasional colaborador Alexéi Navalni se burló de él: “Tú y tu privatización, tus pantalones blancos, tu cara de Moscú. Nunca llegarás a ningún lado”. Nemtsov ganó el escaño, una posición modesta para un ex viceprimer ministro, avivando las últimas brasas del liberalismo en Rusia. Contra todo pronóstico, seguía esperando ver a un opositor, como Navalni, alcanzar la presidencia en 2018.

Por su audacia, los medios estatales insinuaron que Nemtsov era un agente del Departamento de Estado de EE. UU. y un “schizo-dem”, un término peyorativo que significa “activista democrático que ha perdido el contacto con la realidad y ha enloquecido luchando contra el régimen”. Activistas juveniles progubernamentales lanzaron consoladores a su auto, arrojaron bombas fétidas en sus actos públicos y le tiraron Coca-Cola mezclada con amoníaco en la cara. Las autoridades lo detuvieron repetidas veces, y los aliados de Putin lo sometieron a demandas judiciales infundadas.
Mientras tanto, Nemtsov observaba con creciente horror cómo sus compatriotas se volvían cada vez más “agresivos, zombificados, intoxicados”. En 2014, se sintió tan desmoralizado que se marchó a Israel, aunque regresó a las pocas semanas. Su impulso por seguir luchando en la oposición era como una adicción que no podía dejar, recordó un amigo. Al año siguiente, Nemtsov fue asesinado por sicarios vinculados a Ramzán Kadírov, líder checheno y aliado de Putin.
¿Qué habría pasado si Rusia hubiera tomado ese camino alternativo? Si Yeltsin hubiera mantenido la confianza en Nemtsov, a quien llegó a considerar “como a un hijo”, ¿sería Rusia hoy una democracia liberal plenamente consolidada, un país europeo normal en buenos términos con sus vecinos?
Casi con certeza, no. Por supuesto, la psicología de los líderes importa; resulta difícil imaginar a un presidente Nemtsov ordenando asesinatos de opositores políticos, tildando a periodistas independientes de “agentes extranjeros” e iniciando la guerra más sangrienta en Europa desde 1945. Pero son las fuerzas mayores las que empujan a los individuos al poder, y las corrientes de la historia favorecieron a un déspota.
Incluso si Nemtsov hubiera logrado asegurar el respaldo de Yeltsin y ganar las elecciones presidenciales de 2000, probablemente habría salido del cargo poco después. Fishman, que ahora vive exiliado en Países Bajos, lo admite. “Probablemente Nemtsov no habría llegado a ser presidente de Rusia”, escribe. “Lo impulsó la revolución a fines de los años ochenta y principios de los noventa. Unos años después, ya era demasiado libre y demasiado idealista para los tiempos”.
Hasta la invasión a gran escala de Ucrania en 2022, Fishman no había perdido la esperanza en su tierra natal. Cerró la edición rusa de “El Sucesor”, publicada dos semanas antes de la guerra, con una nota optimista: “Los héroes no mueren, y los valores tampoco. Los ideales que sustentan la Rusia de Nemtsov serán demandados en el próximo giro de la historia, y ayudarán a que la historia tenga un buen final”.
Ese epílogo esperanzador fue eliminado de la edición en inglés. “¿Sigue siendo posible ese otro futuro?”, escribe Fishman en el nuevo prólogo. “Sigo creyéndolo hoy, aunque no estoy seguro de seguir aquí cuando suceda”.
Tras un cuarto de siglo de represión creciente, cualquier alternativa democrática a Putin ha sido encarcelada, asesinada o expulsada del país. Y el público ruso, expuesto a una propaganda incesante, no parece pensar que sea posible, ni siquiera deseable, otro tipo de política. Según el Centro Levada, la única agencia de encuestas independiente que queda en Rusia, incluso después de años de guerra y estancamiento económico, la aprobación de Putin ronda el 80 por ciento.
Aun así, como bien saben los rusos, el cambio político suele ocurrir poco a poco, y luego de golpe. Al final, “El Sucesor” justifica su amplio tratamiento de una figura relativamente menor porque ofrece una visión de la Rusia abierta y pluralista que casi fue, y que tal vez aún pueda ser. Incapaz de ignorar el mundo tal como es, Fishman lucha por imaginar ese futuro alternativo, aunque sea solo como una fantasía. Pero tenía razón antes: Putin puede eliminar físicamente a Nemtsov, a Navalni e incluso a Fishman, pero las ideas no pueden ser fusiladas, envenenadas ni exiliadas. Las semillas que sembraron Nemtsov y Navalni pueden aún madurar, a su tiempo.
Fuente: The New York Times
Politics,Europe
INTERNACIONAL
El indicador clave para detectar con precisión Alzheimer y demencia frontotemporal en adultos de América Latina

La fragilidad no es solo debilidad en las piernas o dificultad para cargar bolsas del supermercado. Es también una señal de que el cuerpo acumula demasiados problemas de salud al mismo tiempo y eso también deja huellas en el cerebro.
Un equipo de investigadores de 11 países descubrió que medir la fragilidad en adultos mayores permite identificar con alta precisión quiénes tienen Alzheimer o demencia frontotemporal, un tipo de trastorno que afecta la personalidad y el comportamiento, frente a quienes envejecen sin deterioro cognitivo.
El hallazgo abre una puerta nueva para detectar esos trastornos en América Latina, donde el acceso a herramientas de diagnóstico es limitado.
El estudio fue publicado en la revista Alzheimer’s & Dementia, una de las publicaciones científicas más reconocidas en este campo.

Los primeros autores fueron Joaquín Migeot y Olivia Wen, del Instituto Latinoamericano de Salud Cerebral (BrainLat) de la Universidad Adolfo Ibáñez en Chile.
Contaron con la colaboración de investigadores de la Universidad de Antioquia y la Pontificia Universidad Javeriana en Colombia, el Instituto Nacional de Ciencias Médicas y Nutrición Salvador Zubirán en México, el Instituto Peruano de Neurociencias en Perú, el CONICET y la Universidad de San Andrés en Argentina, y la Universidad de San Pablo y la Universidad Federal de Minas Gerais en Brasil.
También participaron colaboradores de Trinity College Dublin en Irlanda, la Universidad de California en San Francisco y Escuela Médica de la Universidad de Harvard en los Estados Unidos, la Universidad de Bordeaux en Francia, el Centro de Investigación del Cerebro Barcelonaβeta de la Fundación Pasqual Maragall en España y la Universidad Istanbul Medipol en Turquía.

Los resultados tienen implicancias concretas para los sistemas de salud de la región. Si la fragilidad se puede medir con datos clínicos de rutina, como la presión arterial, los medicamentos, el estado de ánimo o la memoria, y eso alcanza para detectar demencia, entonces cualquier consultorio médico en la región de América Latina podría convertirse en un punto de alerta temprana.
Eso cambiaría radicalmente cómo se previene y atiende la demencia en contextos con pocos recursos.
“La fragilidad es una forma de envejecer acelerada, simple, clínica y accesible de medir”, explicó en diálogo con Infobae el científico argentino Agustín Ibáñez, quien fue el autor principal del estudio.
Ibáñez añadió que “el objetivo es contar con marcadores que capturen el efecto acumulado del deterioro para ayudar a definir trayectorias del envejecimiento”.
Cuando el cuerpo avisa lo que el cerebro oculta

En América Latina, el 21,7% de los adultos mayores vive con fragilidad. Pese a eso, casi no existían estudios que analizaran cómo esa fragilidad se refleja en el cerebro de personas latinoamericanas con demencia.
La mayoría de las investigaciones previas en la región solo miraba el aspecto físico de la fragilidad (como la fuerza y la movilidad) y dejaba de lado dimensiones igual de relevantes como el estado emocional, la cognición o la capacidad para realizar actividades cotidianas.
Tampoco se había estudiado si la fragilidad podía diferenciar entre distintos tipos de demencia, como el Alzheimer y la demencia frontotemporal.

Esa brecha motivó el estudio: los investigadores quisieron saber si un índice de fragilidad amplio y multidimensional, es decir, que mide muchos aspectos de la salud al mismo tiempo, podía distinguir a personas sanas de personas con demencia.
El objetivo de los científicos fue también explorar qué zonas del cerebro se ven afectadas según el nivel de fragilidad de cada persona.

Los investigadores analizaron datos de 3.461 personas de seis países: Argentina, Brasil, Chile, Colombia, México y Perú. Los participantes se dividieron en tres grupos: cognitivamente sanos, con Alzheimer y con demencia frontotemporal.
Construyeron un índice de fragilidad con 32 variables de salud, entre ellas presión arterial, cantidad de medicamentos, síntomas de depresión y ansiedad, capacidad para usar tecnología y resultados de pruebas de memoria.
Cada variable se puntuó entre 0 (sin déficit) y 1 (con déficit), y el promedio final reflejó la carga global de salud de cada persona.
Para analizar los datos usaron inteligencia artificial, específicamente un algoritmo llamado XGBoost, que aprende a clasificar casos a partir de patrones, junto con resonancias magnéticas cerebrales de 1.050 participantes.

Eso les permitió ver tanto si la fragilidad separaba grupos diagnósticos como qué zonas del cerebro perdían volumen según el nivel de fragilidad.
El índice distinguió a las personas sanas de las que tenían Alzheimer con un 85% de precisión, y de las que tenían demencia frontotemporal con un 88%.
No logró, en cambio, diferenciar bien entre los dos tipos de demencia entre sí, lo que sugiere que ambas enfermedades comparten una carga sistémica similar.
Mayor fragilidad se asoció con pérdida de materia gris, el tejido del cerebro que procesa información, en zonas frontales y temporales.
En casos de Alzheimer predominó el daño en el hipocampo y las regiones temporales; en la demencia frontotemporal, el daño fue más intenso en el lóbulo frontal, la parte del cerebro que regula la conducta y la toma de decisiones.

Los análisis de conectividad cerebral mostraron que mayor fragilidad se relaciona con menos conexiones en redes frontales y temporales, y con un aumento compensatorio de conexiones en zonas cerebelosas y límbicas.
Ese patrón fue distinto en cada grupo, lo que refuerza la idea de que cada tipo de demencia deja una huella neural propia.
Los resultados se mantuvieron sólidos incluso al excluir del índice las variables más directamente ligadas al diagnóstico de demencia, como la escala de severidad clínica y las pruebas de memoria. Eso refuerza la validez del índice como herramienta independiente de evaluación.
Sin embargo, el estudio tiene limitaciones. Al ser transversal es como una foto de un momento y no un seguimiento en el tiempo. Entonces aún no se puede establecer si la fragilidad causa el daño cerebral o es su consecuencia.
Tampoco incluyó biomarcadores de laboratorio ni pruebas físicas objetivas como fuerza de agarre o velocidad al caminar, lo que restringe la caracterización biológica de los hallazgos.

Los investigadores recomendaron ampliar el estudio a poblaciones fuera de América Latina para validar los resultados e incorporar medidas físicas y marcadores inflamatorios en futuras investigaciones.
También propusieron probar intervenciones clínicas que usen la fragilidad como punto de partida para prevenir o retrasar la demencia, dado que muchos factores del índice (hipertensión, diabetes y sedentarismo) son modificables.
La fragilidad funciona, según el equipo de investigadores, como una señal integradora del deterioro sistémico del organismo humano. Ese deterioro se refleja en el cerebro de maneras específicas según el tipo de demencia.
“Incorporar este tipo de evaluación en los sistemas de salud de América Latina podría ser una herramienta accesible para identificar personas en riesgo antes de que la demencia avance”, afirmó el doctor Ibáñez.

Para el doctor en salud mental Fernando Taragano, secretario de la Asociación Argentina de Psiquiatras (AAP), los resultados del estudio son relevantes. Al ser consultado por Infobae, comentó: “El índice de fragilidad evaluado en este importante estudio, construido con 32 variables clínicas de rutina, logró distinguir personas sanas de pacientes con enfermedad de Alzheimer o frontotemporal con una precisión notable, sin necesidad de estudios de alta complejidad”.
Resaltó que los resultados del estudio convierten al índice en “una herramienta muy valiosa para la detección diagnóstica en contextos de bajos recursos, especialmente en América Latina, donde las complicaciones cardiometabólicas están a la orden del día”.
El doctor Taragano, quien es director médico del Instituto Geriátrico Nuestra Señora de Las Nieves y está a cargo del Protocolo en el Departamento de Docencia e Investigación del Hospital Borda en Buenos Aires, aclaró que “el índice no distingue entre los subtipos de demencia entre sí y carece de especificidad biológica: no dice cuál es o cuáles son las proteínas anómalas involucradas. En definitiva, identifica quién merece una evaluación más compleja, permite optimizar el uso de recursos y brindar más precisión”.
Adulto mayor
INTERNACIONAL
Por dónde empezar a leer a Mo Yan, el Premio Nobel chino que estará en la Feria del Libro de Buenos Aires

Mo Yan, premio Nobel de Literatura en 2012, se presenta por primera vez en la Feria Internacional del Libro de Buenos Aires, el sábado 9 de mayo a las 19:00 hs. La participación del escritor chino está programada en la sala José Hernández del Pabellón Rojo, bajo la coordinación de Ezequiel Martínez y Alejandro Vaccaro. Su visita impulsa el interés sobre la interpretación de su obra y plantea interrogantes sobre cómo abordar su literatura en español.
El nombre real del autor es Guan Moye y nació el 17 de febrero de 1955 en Gaomi, provincia de Shandong. Su seudónimo, que en chino significa “no hables”, remite a su infancia durante la Revolución Cultural, período en que sus padres le advertían que guardara silencio para evitar consecuencias políticas. Tras trabajar en una fábrica de petróleo, alteró su certificado de nacimiento para ingresar al Ejército Popular de Liberación, donde comenzó a escribir. Un puesto en la Escuela de Arte y Literatura del Ejército le permitió dedicarse de lleno a la literatura.

La obra de Mo Yan se inscribe en lo que la Academia Sueca denominó “realismo alucinatorio”, un estilo que fusiona los cuentos populares, la historia y lo contemporáneo. A diferencia del realismo mágico latinoamericano —con el que con frecuencia se lo compara—, su narrativa construye lo irreal a partir de la distorsión sensorial provocada por el hambre, el trauma o la obsesión. Sus influencias declaradas incluyen a Gabriel García Márquez, Tolstói y Faulkner, aunque la crítica lo conoce también como “el Kafka chino”.
El punto de partida recomendado por especialistas para adentrarse en su bibliografía es la novela corta El rábano transparente (1984). La historia presenta a Tizón, un niño huérfano que trabaja en la construcción de una compuerta durante el período colectivista. Su percepción alterada de la realidad —ve colores en los sonidos y texturas en el hambre— anticipa el tratamiento lírico y crudo que distingue al autor. Este texto permite familiarizarse con el estilo lírico y, a la vez, crudo del autor antes de enfrentarse a sus obras más voluminosas y complejas.
La siguiente obra en la ruta de lectura es Sorgo rojo (1987), considerada la piedra angular de su bibliografía y de la literatura china contemporánea. Compuesta originalmente de cinco relatos publicados en 1985 y 1986, la novela reconstruye la resistencia contra la invasión japonesa desde una perspectiva alejada del discurso oficial: sus héroes son bandidos, campesinos y mujeres de fortaleza indomable. La estructura no lineal, que salta entre generaciones desde 1923 hasta 1976, refleja la influencia de Faulkner y García Márquez. El campo de sorgo rojo en Gaomi funciona como un personaje vivo, símbolo de vida y muerte simultáneas. La adaptación cinematográfica de Zhang Yimou en 1988, que obtuvo el Oso de Oro en el Festival de Berlín, proyectó la obra de Mo Yan a escala global antes del Nobel.

Las baladas del ajo (1988) representa el tercer escalón del recorrido. Basada en una revuelta campesina real en el condado de Cangshan, la novela denuncia la corrupción administrativa y el colapso de los precios agrícolas. Mo Yan incorpora un bardo ciego que introduce los capítulos con baladas folclóricas, recurso que actúa como un coro griego y otorga una dimensión oral y colectiva a la tragedia. sta novela es fundamental para comprender la posición del autor como un escritor dentro del sistema que utiliza su pluma para demonizar las injusticias estatales sin ser encarcelado.
Para lectores con mayor experiencia en narrativa experimental, La república del vino (1992) propone un desafío técnico y temático. La novela utiliza el canibalismo como metáfora del agotamiento moral de la sociedad contemporánea y articula una estructura tripartita: la investigación de un funcionario corrupto, un intercambio epistolar entre un joven escritor y un personaje llamado “Mo Yan”, y relatos cortos intercalados que borran los límites entre realidad y ficción. El traductor Howard Goldblatt la calificó como la novela china más imaginativa y compleja.

Grandes pechos y amplias caderas (1995) abarca la historia de China desde la caída de la dinastía Qing hasta las reformas post-Mao, a través del linaje de la familia Shangguan. La novela fue prohibida en China tras su publicación, debido a su retrato de la sexualidad y a una visión de la historia que se apartaba de la épica revolucionaria oficial. El narrador, único hijo varón de la familia, contrasta por su debilidad con la fortaleza de sus ocho hermanas, en una subversión de los valores patriarcales tradicionales.
El recorrido sugerido culmina con Rana (2009), obra que aborda el trauma social generado por la política del hijo único. La protagonista, la partera Wan Xin, pasa de ser símbolo de vida a ejecutora de abortos forzados en nombre del Estado. La novela combina el género epistolar con el teatro y refleja la búsqueda constante de Mo Yan de nuevas formas narrativas para procesar la historia contemporánea de China.

Un factor que los especialistas señalan como determinante para el lector hispanohablante es la calidad de la traducción. Durante años, la obra de Mo Yan llegó al español a través de versiones indirectas desde el inglés. Tras el Nobel de 2012, editoriales como Kailas impulsaron traducciones directas del chino, a cargo de especialistas como Alicia Relinque, Anne-Hélène Suárez y Tyra Díez.
Mo Yan acumula un recorrido de reconocimientos previos al Nobel: fue candidato al Premio Neustadt en 1988, al Premio Man Asian en 2007 y obtuvo el Premio Newman de Literatura China en 2009. Su obra más reciente en español, El reencuentro de los compañeros de armas, fue publicada en 2024.
Entrada: La entrada a la Feria del Libro de Buenos Aires costará 8.000 pesos de lunes a jueves y 12.000 los viernes, sábados y domingos.
Con esa entrada, el visitante recibirá un “chequelibro” con el que podrá conseguir descuentos en librerías cuando termine la Feria.
Gratis: de lunes a jueves desde las 20 h,
Fecha: La Feria sigue hasta el 11 de mayo.
Horarios: de lunes a viernes de 14 a 22 h. Sábados, domingos y feriados de 13 a 22 h.
Dónde: En La Rural, Av. Sarmiento 2704, Av. Cerviño 4476 y Av. Santa Fe 4201 (Plaza Italia).
colorido,escritores,fotografía de archivo (13-10-2009),hombre,premio nobel de literatura 2012,retrato
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