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Vuelve Marcelo Cohen: reeditan su gran novela de mil páginas ‘Donde yo no estaba’
Vuelve Marcelo Cohen. Sigilo reeditó su novela Donde yo no estaba, a veinte años de su primera publicación. Un libro de más de mil páginas que presenta uno de los proyectos narrativos más amplios de la literatura argentina reciente. Definida como una novela realista situada en un universo fantástico, su historia es narrada por Aliano D’Evanderey, un mayorista de lencería femenina, esposo, padre y participante activo de la vida social y política de la isla del Delta Panorámico donde transcurre la acción.
El personaje aparece presentado como un hombre de sensatez singular, cuya curiosidad convierte la escritura en un programa de vida. Ese programa consiste en “adelgazar la personalidad”, borrarse de manera progresiva y dejar que el mundo ocupe su lugar. El diario personal que escribe funciona como el espacio donde se registra esta comedia sobre la muerte y sobre las dificultades de la vida en común.
El núcleo de la trama se activa cuando esa calma se rompe por tres hechos: la separación de su mujer, enamorada de otro hombre; el diagnóstico de una enfermedad extraña que podría matarlo en cualquier momento; y la aparición de varios personajes atribulados. La novela plantea que esa cadena de acontecimientos empuja al protagonista a realizar un gesto capaz de desatar una crisis en su comunidad. Ese movimiento lo arrastra, además, a una aventura existencial.

Marcelo Cohen nació en Buenos Aires en 1951 y murió en 2022. Sin dudas está entre los escritores más originales de la literatura contemporánea en español: se destacó como narrador, traductor y ensayista. Entre 1975 y 1996 vivió en Barcelona, etapa en la que escribió y publicó libros como El país de la dama eléctrica, Insomnio, El oído absoluto, El fin de lo mismo, El testamento de O’Jaral e Inolvidables veladas. En 1996 regresó de manera definitiva a Buenos Aires.
Su obra ensayística incluye ¡Realmente fantástico!, Música prosaica, Un año sin primavera, Notas sobre la literatura y el sonido de las cosas y Una morada ambulante. Además, tradujo a autores como William Burroughs, Alice Munro, Clarice Lispector, Nathaniel Hawthorne, J. A. Baker, J. M. Coetzee, M. John Harrison y Philip Larkin, dirigió la colección “Shakespeare por escritores” y “Línea C”, y junto con Graciela Speranza fundó la revista Otra Parte. Murió en 2022, a los 71 años.
El universo en que ocurre esta historia pertenece al ciclo del Delta Panorámico, inaugurado por Cohen con el libro de relatos Los acuáticos, publicado en 2001, y que expandió con Casa de Ottro, Balada, Gongue, Algo más, La calle de los cines y Llanto verde. Ese espacio fue concebido por el autor como “el mundo de las posibilidades de nuestro mundo”. La reedición de Donde yo no estaba devuelve al centro de esa constelación una de sus piezas más extensas. A continuación, un fragmento.
SÁBADO 16 – A veces el monitorio de casa cumple sus funciones con un celo arrasador. Hoy a la hora del desayuno, justo cuando me llevaba la taza de cafeto a la boca, el individuo se encendió en la pared para informarme de que en el techo del cobertizo de las herramientas siguen extendiéndose unas manchas de hume- dad. Parecen plantas flotantes en proceso de replicarse, señor, dijo. Molesto con su relamido estro poético, que debe de ser un sello de la empresa programadora, fui rezongando a los fondos del jardín; pero en cuanto entré en el cobertizo caí en la cuenta de que el monitorio tenía razón, pues las humedades han cobra- do tal colorido y vivacidad que si uno tuviera fe, como dicen que ocurría antaño, debería atribuirles un alma, o una condición morbosa. Entretanto el monitorio ya se había concretado en la pantalla mural, que allí está bastante deslucida, y hacía guturales cálculos sobre la mejor manera de cambiar la membrana asfáltica del techo antes de que lleguen los aguaceros, dónde encontrar losas para el exterior y el tipo de impermeabilizante más apto para llenar los posibles resquicios. Habrá también que masillar la ventanita, agregó, a lo que respondí pidiéndole que me pasara una relación de gastos de albañilería. Luego le ordené que se apagase. Tanto me había desconcertado interrumpir el desayuno que solo al salir del cobertizo reparé en que al costado de la puerta, entre la cicuta de la tapia trasera del jardín, había un cráneo de paloma que el viento debió de transportar durante la noche. Nunca antes había visto un cráneo de paloma sin su revestimiento de carne y plumas. Los huesos de este ya se han puesto por completo blancos, secos y quebradizos como yeso, pero la forma total sigue intacta, sin grietas ni imperfecciones. Habríase tomado por una artesanía de no ser porque en el fondo de las órbitas destellaba una presencia que se avivó mientras lo estaba examinando. Entonces, como si ese parpadeo me lo hubiera señalado, reparé en el lujurioso abandono en que ha caído ese rincón del jardín, y se me ocurrió que me corresponde hacer allí algo; y esta vez la vecindad de una tarea me reconfortó. No es tan arduo para un humano naturalizarse. Los muertos abren los ojos a los vivos. Creo en esto, no sé si con firmeza. Pareciome que el reflejo, quizás un bichito fosforescente refugiado entre las cuencas vacías, me estaba pidiendo que adecentase lo que la abundancia silvestre ha puesto lúgubre e hirsuto, tan diferente de la pulcritud del resto de nuestra casa. Lo difícil era hacer algo con el cráneo de la paloma, fuera guardarlo en un estante, desprenderse de él o eliminarlo. Elegir es una enfermedad de la mente. Me exaspera a veces el soliloquio admonitorio de mi Locutor Interior, su barroca música de ventajas e inconvenientes, sus frases de aliento y sus reprimendas. Pero por suerte hoy no había elección. Dejé el cráneo donde estaba, rogando que Gul no vaya a quebrarlo de un mordisco. La naturaleza nunca ha dicho que necesite las obras del hombre. Pero, como tampoco se queja cuando el hombre la mima, me ceñí al cometido de hacerme cuanto antes con unas tijeras de podar, digamos antes del sábado próximo. Cler, que amorosamente había vuelto a calentarme el cafeto, recordó que el jardinero siempre trae unas tijeras suyas pues en las tiendas es muy difícil encontrar ese instrumento anticuado. No supo explicarme por qué el jardinero no poda las hierbas de la tapia. Tampoco lo averiguaremos de la perruna reticencia de Gul.
MARTES 19 – En el negocio siguen las lerdas tareas de fin de temporada, aunque no sin un atisbo de indomable prisa por acercar el porvenir. Entre todos hemos limpiado estantes, lavado recovecos y sudado como deportistas entre el vals de la polvareda. Mis empleados aprestan los exhibidores para las prendas de estación fría, además de reacomodar el género de verano que no ha salido. A decir verdad queda bastante poco. Repasando con Soneida el saldo de inventario, comprobé que apenas consiste en unas cajas de bikinis de tisúheir y esos pijamas porosos que por alguna razón nos ha costado imponer. Soneida insiste en que los colocaremos en invierno a tiendas de aquellos cuartieres donde menores sean las restricciones de energía y más intensa la calefacción. También señaló que debemos encargar una partida de sostenedores inteligentes, de esos que adaptan su elasticidad al tamaño y la oscilación de los pechos de las deportistas. La contenida salacidad de Soneida contribuye a agudizarle la perspicacia. Si la competencia que muestra en los gustos actuales de su sexo sigue reflejándose en las ventas, acabará por ganarse un aumento de sueldo.
En casa, al anochecer, Fiena y Sereno no han parado de repetir que hoy hizo treinta y nueve grados de temperatura. Exhalan la palabra gradosss con un siseo estridente, como si amplificando la crueldad del calor acumularan méritos para resarcirse en la busca del placer. Lo más admirable de mis hijos, y acaso de todos los jóvenes, es la falta de dirección; lo que les permite (la deriva mental, digo) incluir los fenómenos atmosféricos entre los atributos del sistema sociopolítico que según ellos aplasta a la juventud. Pero tratar el calor como un régimen tiránico los anima a mantenerse en acción constante. Sugieren una y otra vez que nuestra civilización de agua dulce tiene a la gente presa de la baja tensión arterial y, por eso, de la obsecuencia tarada. No obstante sé que los rebeldes como ellos nunca compran sal clandestina, lo que me alegra porque es carísima. Se ríen si les digo que el secreto del frescor es la quietud, se ríen y matan mosquitos, y los golpes me hacen reír a mí también, y en esa risa también se desvanece el calor. Ahora han salido los dos, Fiena a su sesión de entrenamiento de balompo y el muchacho con sus amigos los gemelos Braimande a uno de esos clubes donde tocan la música que les gusta. La luna está en creciente. No entiendo por qué me duele tanto la cabeza.
MIÉRCOLES 20 – Hoy por la tarde, circa 16 hs, le avisé al contador que tenía unas diligencias que hacer, lo que no era una excusa, y escapé a la calle a fundirme con los viandantes. Estaba resuelto a comprarme unas tijeras de podar, y poseído del deber las veía guiarme los pasos como un espejismo. Pero en la avenida Tresby, donde todos los comercios están saldando, se agolpaba tal masa de compradores aturdidos, sin duda por la imposibilidad de comprar, que por poco paso de largo ante la ferretería. Me inspira confianza el escaparate de esa tienda oscura, un cambalache de implementos de todas las eras de la técnica. La dependienta se internó un buen rato en el dédalo de anaqueles antes de volver con un surtido de tijeras en las manos tiznadas. Mientras fingía elegir como si supiera, creí ver que ella caía en un abismo interior, o quizá se elevaba hacia un limbo. Era una mujer más ajada por el dolor que por los años, con una cabellera larga y dura de color escoba, como erizada por una delgadez impropia de su alrededor de cuarenta años. Esperó mi decisión con una cortesía minada de nerviosismo. Cuando al fin me hubo empaquetado unas grandes cizallas de acero, y se disponía a cobrármelas, confesó atribulada no recordar qué me estaba llevando. Me apresuré a decírselo, y entonces ella dijo que desde luego, sí, las tijeras, pero que era la cuarta vez en el día que le ocurría aquello; y no por excepción: en las últimas semanas venía olvidando los hechos recientes con una asiduidad cada vez más despiadada, como si a cada instante la secuestrasen de sí misma o la mente lo absorbiera todo, hasta las trivialidades más indecentes, y nada le devolviera salvo avisos de que debía ocuparse de tal o cual cosa. ¿Qué me pasa, señor?, preguntó de golpe dejando caer las manos sobre el mostrador, con tal violencia que debió de hacerle daño. Repuse que nada distinto de lo que nos pasa a muchos; a saber, sentir que el pensamiento de una tarea incumplida, de un plan a largo alcance, de una discusión frustrante o de una ocasión desaprovechada nos arrebata fuera de lo inmediato (ejemplo, empaquetar unas tijeras o acariciar una mano), con el consiguiente malestar que esto acarrea y la añadida mortificación de advertir luego cómo lo inmediato ha huido, como dicen por ahí, irreparablemente. Pero sin duda ella no me oyó porque ya estaba repitiendo: ¿Qué me pasa? ¿Usted puede, señor, decirme qué me pasa? El hecho de que le tocara el codo pareció devolverla a la actualidad del diálogo, aunque en realidad se calló la boca. Decidí quedarme clavado allí todo lo posible (mientras la permanencia no se alargara tanto como para sugerir locura), pues suponía que un silencio compartido, y mecido en los antagónicos ritmos de nuestras respiraciones, la ayudaría a recuperar la atención. Pero la indefectible ansiedad de ella la propulsó a enjaretarme de pronto, con un pálido semblante de escarcha, que para colmo estaba cada vez más aquejada de tafofobia, esto es, temor enfermizo a que la entierren en vida. Aunque intenté matizar que la tafofobia, no existe en realidad para la ciencia médica, ella no paraba. Si llego a despertarme después del funeral, dijo, porque alguien cree que me morí de infarto pero estoy nada más desmayada, no tendría fuerza en las manos para empujar la tapa del ataúd, ni potencia en los pulmones para hacerme oír bajo dos metros de tierra. Me da pavor, dijo. Pavor. Tuve que oír una recua de nombres de personajes célebres que padecieron esa fobia, entre ellos Adom Spereguy, el filósofo Noquerstam, nuestro expresidente Solye y la diva Mim Gosche (quien por cierto contó su caso con pormenor en unas plomizas memorias), antes de poder deslizarle que todos, o casi todos, hemos tenido alguna vez esa fantasía espeluznante. Le aclaré que existen incluso crónicas sobre lugares en donde se acumulaban cadáveres putrefactos, cada uno de los cuales llevaba atado a un dedo un cordel sujeto por el otro extremo al badajo de una campana. Hice un silencio elocuente.
Alzando entonces las cejas, la mujer me preguntó si tanta gente había podido equivocarse. Le dije que, en efecto, la tasa de miedo a ser enterrado en vida supera con mucho la de ocurrencia del suceso, sobre todo desde que la justicia exige que no se disponga de ningún cadáver sin el legal certificado de defunción. Lo leí en una revista, le aseguré. El viraje científico del diálogo dio un tono más carnal a sus mejillas, como si al compadecerme le hubiera endosado algo de mi sangre. Entonces ella razonó que, al fin y al cabo, aquello no debía de suceder nunca, nunca, y que a partir de hoy ya no tendría miedo; pero que el aplacamiento de la tafofobia la dejaría sola con sus engorrosas distracciones, lo que la atemorizaba aún más; la soledad, vale decir. Quizá la pena me impidiera observarle con adecuado ardor que de hecho llevábamos un buen lapso conversando de manera concentrada y retributiva, pero a ella la mera observación la consoló. Meneando la cabeza, lo que curiosamente le aflojó el pelo almidonado, me suplicó que no le hiciera caso, ya, y me deseó que usara las tijeras con provecho, pues me consideraba una persona bondadosa. En ese punto dejé que mi educación esbozara una sonrisa y salí de la tienda, deseoso de llegar a la calle para elegir otro gesto. Pues si algo me apetecía escaso era sonreír, atónito como me sentía al verme súbitamente cuajado en una definición. ¿De dónde salía ese azoramiento? Me había limitado a permanecer allí, esperando que la angustia de la mujer remitiese un poco, como si algo me dijera que ninguna historia puede culminar, y por lo tanto librar de su peso a quien la guarda, mientras no consiga que al menos un oyente la aguante hasta el fin. Ahora bien: en este caso se había interpuesto un ardid, consistente en la precipitación del final por medio de mi cooperación, cosa que no todos los oyentes hacen. Y se vislumbra aquí un raro intríngulis. Porque entre el final lógico de la historia de esa mujer y el final forzado por mi intervención quedaba un resto de anécdota, algo que iba a molestar a la mujer como una miga en el escote, hasta que capturara otra atención en la cual depositarlo entero. De modo pues que mi supuesta bondad era muy parcial, inoperante y dudosa. Bondad, auténtica bondad, es embucharse la historia entera sin decir ni pío. Pues si existe una promesa de alegría en tener menos volumen de persona, dice el maestro Rosezno, un buen procedimiento de despersonalización es ingerir lo que de sus personas suelten otros, y en el mismo acto evacuar parte de uno. Cuando volvía a mi negocio casi me lleva por delante una pareja que venía trastabillando. El hombre tenía la cara ensangrentada y la mujer no lograba convencerlo de que se dejara restañar las heridas. Caray, me he cansado. Cler ha puesto el cráneo de paloma que encontré el lunes en un estante de la sala, encima de la musicaja, junto al cuadro de Esmelty, no como un adorno más sino como un recordatorio. Solo Cler puede obrar con gusto esa contigüidad entre el artefacto humano y la vida animal, o entre el diseño y la muerte. Lo más notable es que no hace ningún hincapié en la armonía, esa aspiración que endurece un poco los movimientos. Por eso duerme tan bien. Y no es que por mi parte duerma mal; no diría tanto. Pero ella duerme como si muriera unas horas, para revivir con la mañana, castaña clara y expectante, con solo un día más de edad.
JUEVES 21 – Hoy recibí la visita de Atarvo Glamis, el coadjutor de la Junta de Comercio (y comisionado del gabinete del presidente Goyfrena). Traía almibarados elogios a mi desempeño empresarial, de parte de una fraternidad que más ajena siento cuanto más recalca Glamis la palabra nuestra. Quieren que integre una lista para las próximas elecciones a la Junta, si no por mi futuro al menos en honor al recuerdo de mi padre, etcétera. Las elecciones a la Junta serán en agosto próximo, poco antes de la renovación de las presidenciales. Es un mero dato. Mientras le servía una infusión de yecle, Glamis coló ciertas informaciones sobre la marcha de la culturización en las Islas Balugas. No me huele bien, aunque no sé a qué me huele, que los murmoranos nos alegremos tanto de culturizar unas islas cercanas que jamás nos habían interesado. Glamis se desvi- vió por exhibir sus relaciones con el canciller Tab, por quien habría sabido que las gestiones del cuerpo de culturización están logrando allanar las tensas relaciones entre la población vernácula y nuestros maneros, esos colonos disfrazados. De paso deslizó que los minerales de las Balugas reactivarán nuestra economía. Por mi parte no sabía que en las Balugas hubiera minerales, y él no especificó cuáles pudiere haber. Le comenté cuán desconcertante resulta que sigan siendo materia confidencial las noticias sobre un proceso que tiene ya cuatro años de historia; él me replicó que es así porque Isla Múrmora nunca había emprendido una empresa como esta. Pero pre- siento que tampoco él sabe si en las Balugas existe algo o alguien que culturizar, y si se han hecho prospecciones o puros y brutos desplazamientos de población. Le pregunté si alguna vez se había figurado el raro encuentro entre un manero nuestro (o acaso un mercenario) y un ignoto nativo balugano. Glamis pareció molestarse. Desenrolló un panegírico de nuestro sistema. Lo consabido: la Democracia Gentil murmorana es una experiencia político-civilizatoria, el mejor parate que se ha inventado contra el espíritu de movilización del progreso, afiebrado, arrasador. Le dije que, si bien es cierto que la Democracia Gentil ha hecho de nuestra isla un espacio mucho más laxo que en tiempos de mis abuelos, a veces temo que se trate de un alarde, un ni esto ni aquello, pasivo y represivo, por cuyas costuras desborda el nervio de la competencia. ¿Pasivo o represivo?, me apretó él. No lo sé, Glamis, repuse. Mi duda lo desinfló; y en el desalentado manotazo con que espantó una mosca inexistente vi la constancia de que no es hipócrita. Un instante después recondujo la charla hacia su motivo predilecto: la moral de los administradores. Hoy habló mucho de la manipulación, entendida en el sentido de las relaciones personales. Habló en contra, claro. Hay un poso de poesía libertaria en este hombre. Pero me aburrió tanto que al poco me encontré imaginándome en el lugar de su esposa, la de Glamis, público de un soliloquio del marido sobre el pecado y la compulsión a manejar a los demás, en el curso de una cena hogareña, un día cualquiera de la semana, con el calor y la humedad y los mosquitos revoloteando en torno a la lámpara; y aunque la escena no era desagradable volví a aburrirme y me despabilé. Glamis aún discurría sobre la tendencia humana a coaccionar las mentes ajenas para que emitan lo que esperamos de ellas. Decía que él no quiere ser un déspota. El botarate se atormenta, busca de veras una moral para ajustarse a ella. Pero sus escrúpulos nunca me persuadirían de ser directivo de la Junta de Comercio. Virilidad, firmeza, caridad inteligente, capacidad de acción concentrada y reacción amplia y veloz a los defectos de la época: todo cuanto pediría de un buen hombre público en mí sigue en vías de formarse. Y se me va haciendo tarde, pues todavía no logro desprenderme de veleidades fútiles, o ideas de esas veleidades. Una cosa me gustó, y es cómo estrecha Glamis la mano. En realidad, intuyo que tiene ambiciones políticas, incluso la decisión de realizarlas pronto, y es como si en el apretón buscara sorberle a uno algo. Llegué a casa con una molestia mínima, como una respiración incompleta, que solo afloró cuando en el cuarto de baño, frente al espejo, noté que mi crecido bigote cubría el labio de abajo. Ignoro cuánto tiempo estuve deliberando: de una parte tiraba el impulso de afeitarme el bigote por completo, como para eliminar una defensa innecesaria, o cambiar de personaje, y de otro el deseo de hacer bien el trabajo de recorte. Ninguno de los dos era genuino. Allí había en el espejo una efigie de la pasión inservible, apta para el museo del hombre arcaico. Para colmo, comprendí que en los últimos tiempos me miro muy poco en el espejo, y solo para efectuar tareas prácticas de este tipo, como si rehuyera ver algo exasperante, quizá mi propia presencia. El caso es que estos recelos, sumados a la alarma por uno que otro pelo blanco que produzco, se resolvieron en un trabajo torpe, sobreactuado, que me dejó el borde inferior del cepillito unos tres milímetros por encima de su largo habitual. Una ancha franja de piel morena separa ahora el vello canoso del labio superior, lo que me da, dice Cler, un aire de gigoló, de esos que parecen sonreír por partida doble. Me complació ser objeto de esa caracterización. Pero no creo que haya ganado en ambigüedad, habida cuenta de que durante la cena todos, Cler y los chicos, me preguntaron sin rodeos qué cuerno iba a hacer con las cizallas de podar que he comprado. Así que luego del cafeto fui al fondo del jardín, encendí el reflector, arranqué la mala hierba y corté a ras del suelo la que me parecía buena. Considerando que los ladridos del cargoso Gul no me dieron tregua, el trabajo supera con mucho lo que hice con el bigote. Al cabo comprendí que el perro no le ladraba al chasquido de las tijeras. Tengo que llamar al fumigador, porque la casa rebosa de leboches.
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La increíble historia de los trillizos que fueron separados al nacer para un experimento científico y descubrieron la verdad 19 años después
Durante casi dos décadas, Edward Galland, David Kellman y Robert Shafran vivieron sin saber que eran hermanos. Nacieron el mismo día, compartían el ADN y, sin embargo, fueron entregados en adopción a tres familias diferentes que jamás fueron informadas de la existencia de los otros chicos.
El reencuentro ocurrió por una serie de casualidades que convirtió la historia en algo increíble. Rápidamente, los tres hicieron furor en Estados Unidos, protagonizaron programas de televisión, abrieron un restaurante y se convirtieron en celebridades.
Sin embargo, detrás de aquella historia que parecía sacada de una novela de ficción había un secreto oscuro: los habían separado a propósito para formar parte de un experimento científico que nunca fue informado a sus familias.
Décadas después, el caso cobró relevancia gracias al documental Three Identical Strangers, dirigido por Tim Wardle, que reconstruyó una de las historias más impactantes sobre adopciones y ética científica.
Tres idénticos desconocidos
Los tres hermanos nacieron el 12 de julio de 1961 en Nueva York. Su madre biológica era una adolescente soltera que decidió darlos en adopción. Lo que ni ella ni las familias adoptivas sabían era que los bebés serían separados intencionalmente.
Cada uno fue enviado a un hogar distinto a través de la agencia de adopciones Louise Wise Services. La decisión no fue aleatoria, ya que según se supo muchos años después, los responsables del estudio buscaban que crecieran en familias con diferentes niveles socioeconómicos y distintos estilos de crianza para observar cuánto influían la genética y el ambiente en el desarrollo de una persona.
Uno de los hermanos fue criado en una familia trabajadora, otro en un hogar de clase media y el tercero en un entorno con una posición económica más acomodada. Todos crecieron creyendo que eran hijos únicos.
Los trillizos que fueron separados al nacer por un experimento científico. (Foto: Three Identical Strangers)
La historia de los trillizos dio un giro en 1980, cuando Robert Shafran llegó a estudiar en el Sullivan County Community College, ubicado en Nueva York.
Desde el primer momento ocurrió algo que le pareció raro: alumnos que nunca había visto lo saludaban y lo llamaban “Eddy”. Algunos incluso mantenían una breve conversación con él convencidos de que era otra persona.
Por otra parte, un compañero conocía a Edward Galland, un chico que había estudiado allí el año anterior y que era idéntico al recién llegado. Cuando ambos se encontraron cara a cara quedaron completamente sorprendidos: tenían las mismas facciones, la misma voz y la misma fecha de nacimiento.
La posibilidad de que fueran hermanos adoptados apareció enseguida. Poco después confirmaron que eran gemelos idénticos separados al nacer.
La similitud física entre los hermanos era innegable. (Foto: CNN)

Pocos días después de que los medios publicaran la historia del sorprendente reencuentro, David Kellman vio una foto de los dos jóvenes en el diario local y no pudo creer lo que veía: ellos eran iguales a él.
Fue así que David logró contactarlos por teléfono y organizó un encuentro. Cuando los tres estuvieron juntos comprobaron que no eran gemelos, sino trillizos.
De un fenómeno mediático a una verdad inesperada
El reencuentro de los trillizos causó un impacto inmediato en Estados Unidos. En cuestión de semanas, Robert Shafran, David Kellman y Eddy Galland pasaron de ser tres jóvenes desconocidos a ser protagonistas de programas de televisión, entrevistas y portadas de revistas y diarios.
Su parecido físico era increíble, pero lo que más llamaba la atención era la cantidad de rasgos que compartían a pesar de haber crecido por separado: fumaban la misma marca de cigarrillos, tenían gustos similares para la comida, practicaban lucha libre e incluso utilizaban expresiones y gestos casi idénticos.
Después de que se diera a conocer el caso, los trillizos se volvieron famosos en Estados Unidos. (Foto: BBC)

Las imágenes de los tres vestidos iguales y respondiendo preguntas al mismo tiempo dieron la vuelta al país. Por eso, aprovechando la enorme repercusión, decidieron mudarse juntos a Nueva York y abrieron un restaurante en el barrio del SoHo llamado Triplets, que rápidamente se convirtió en furor entre turistas y curiosos que querían conocer a los hermanos.
Sin embargo, mientras disfrutaban de esa inesperada fama, todavía desconocían el motivo por el que habían sido separados al nacer. La respuesta llegaría años después y transformaría para siempre la manera en que entendían su propia historia.
Un experimento oculto
En la década de los 90, investigaciones periodísticas dieron a conocer la existencia de un estudio secreto encabezado por el psiquiatra infantil Peter Neubauer, que había desarrollado junto a la agencia de adopciones Louise Wise Services.
El objetivo del proyecto era averiguar cuánto influye la herencia genética y cuánto pesa el entorno social en la formación de la personalidad.

Peter Neubauer, el psiquiatra infantil que estuvo a cargo del experimento científico que involucró a los hermanos trillizos. (Foto: Daily Mail)
Durante la infancia de los chicos, investigadores visitaban con frecuencia las casas donde estaban alojados con la excusa de realizar controles de rutina sobre la adaptación. En esas reuniones hacían preguntas, filmaban a los menores, evaluaban su comportamiento y registraban su desarrollo.
Años después, los propios trillizos aseguraron que jamás fueron informados de la existencia del estudio y que crecieron sin saber que dos hermanos idénticos vivían a pocos kilómetros de distancia.
“Nos trataban como sujetos de estudio, pero nosotros éramos víctimas. Hay una gran diferencia”, dijo Robert Shafran en una entrevista en el documental Three Identical Strangers. En otra oportunidad resumió ese sentimiento con una frase que se volvió emblemática: “Nos trataron como ratas de laboratorio”.
La muerte de Eddy Galland
La verdad sobre haber sido parte de un experimento científico afectó en gran parte a los tres hermanos, que atravesaron distintos problemas de salud mental.
Sin embargo, fue Eddy Galland quien se llevó la peor parte, ya que fue diagnosticado con trastorno bipolar y estuvo internado en instituciones psiquiátricas. Finalmente, se quitó la vida el 31 de marzo de 1995 cuando tenía 33 años.
Uno de los hermanos, Eddy Galland, se quitó la vida a la edad de 33 años. (Foto: Three Identical Strangers)

Este trágico hecho marcó un punto de quiebre para la familia y afectó profundamente a David y Robert. Si bien nunca se pudo establecer una relación directa entre el experimento y el suicidio de Galland, ambos sostuvieron que la separación al nacer y todo lo que descubrieron después tuvo un fuerte impacto emocional en sus vidas.
Peter Neubauer murió en 2008 sin publicar los resultados completos de su investigación. Antes de morir, dejó el archivo del estudio depositado en la Universidad de Yale, donde permanecerá bajo reserva hasta 2065.
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Nuevo León no está lejos
Durante las últimas semanas he recorrido Nuevo León de punta a punta. He estado en ciudades industriales, comunidades rurales, ejidos y cabeceras municipales. He escuchado a trabajadores, madres de familia, empresarios, productores, comerciantes y jóvenes. Y en todos esos kilómetros encontré una misma realidad: en nuestro estado, la distancia no siempre se mide en kilómetros. A veces se mide en abandono.
Hay lugares a los que el gobierno llega con discursos, pero no con médicos. Comunidades a las que les prometieron agua en las redes sociales y todavía dependen de un pozo. Municipios donde los jóvenes tienen que irse porque el empleo, la educación y las oportunidades se concentran lejos de su casa. Familias que ven cómo se anuncian grandes obras mientras los servicios más elementales siguen sin funcionar.
En El Salitre, Zaragoza, encontramos un dispensario sin lo necesario para atender a la gente. En Las Palomas, Mier y Noriega, las familias siguen esperando la red de agua potable que les prometieron. En Presa de Maltos, Doctor Arroyo, escuchamos a una comunidad que rara vez recibe la visita de las autoridades estatales. En Mina, Marín, Cerralvo, Anáhuac y tantos otros municipios se repite la misma pregunta: ¿cuándo nos va a tocar a nosotros?
Esa pregunta debería incomodarnos a todos. Nuevo León no puede presumir crecimiento si ese crecimiento no llega a la vida diaria de las familias. No puede hablar de prosperidad mientras una madre busca medicamentos que no encuentra, un estudiante abandona su comunidad para continuar sus estudios o un trabajador pierde horas enteras atorado en el tráfico o esperando un camión para llegar a su empleo.
Lo que hemos encontrado no es solamente una lista de carencias. Es el resultado de gobernar sin una visión completa del estado. Durante demasiado tiempo se pensó que atender Nuevo León era atender sólo una parte de la Zona Metropolitana. Y aun dentro de ella, el tráfico, la contaminación, la falta de agua y las obras inconclusas demuestran que tampoco basta con inaugurar proyectos o acumular anuncios.
Gobernar es planear, coordinar, terminar y cumplir. Y yo sé lo difícil que es gobernar porque ya lo he hecho en condiciones complejas, con limitaciones reales y problemas que no desaparecen con una publicación en redes sociales. También sé que, con capacidad, honestidad y trabajo constante, sí se pueden obtener resultados concretos en las cosas que importan a las familias.
Cuando enfrentamos la inseguridad, profesionalizamos a la policía. Cuando faltaban oportunidades, facilitamos la inversión sin extorsionar a quien quería producir y generar empleo. Cuando la burocracia frenaba el crecimiento, digitalizamos los trámites, porque las computadoras no piden moche. Cuando el crecimiento acelerado debilitó la convivencia, llevamos educación, cultura, deporte y trabajo comunitario a las colonias para reconstruir el tejido social.
No son recetas que puedan copiarse mecánicamente de un municipio a todo el estado. Sin embargo, sí son pruebas de algo más importante: los problemas difíciles se enfrentan con método, coordinación y capacidad. Y los resultados aparecen cuando el gobierno deja de improvisar y se concentra en cumplir.
Ésa es la esencia de la 4T Norteña: capacidad realista.
Y la Presidenta ha marcado un rumbo al que ese realismo debe aplicarse sin titubeos fortalecer la industria nacional, atraer inversiones, generar empleos y hacer que la prosperidad alcance a quienes durante años fueron dejados atrás.
Eso exige dejar de administrar al estado como si fuera una colección de municipios aislados. Necesitamos coordinación metropolitana, planeación regional y una verdadera alianza entre gobierno, empresas, universidades, trabajadores, campo y sociedad civil. También exige cambiar la manera de recorrer y escuchar. No basta llegar, tomarse una fotografía y seguir adelante. Cada visita debe dejar un problema entendido, una solución viable y un compromiso que pueda medirse.
La cercanía no consiste en estar un día junto a la gente. Consiste en regresar con resultados. Por eso, después de recorrer el estado, mi convicción es más firme: no hay dos Nuevo León, uno moderno y otro condenado al olvido; existe un solo Nuevo León y debe avanzar unido. El progreso de la zona industrial tiene que abrir oportunidades en el campo; la inversión metropolitana debe fortalecer las regiones; y cada peso público debe convertirse en agua, seguridad, movilidad, salud, educación y futuro.
Lo que encontramos en el camino duele, pero también obliga. Frente al abandono, presencia. Frente a la improvisación, capacidad. Frente a la promesa, cumplimiento. Y frente a un crecimiento que deja gente atrás, la Transformación.
Nuevo León no necesita que le cuenten otra historia. Necesita un gobierno con los pies en la tierra, que conozca sus problemas, que sepa enfrentarlos y que convierta el rumbo de la Presidenta en resultados para cada familia, desde la Zona Metropolitana hasta la comunidad más apartada.
Porque nadie vive demasiado lejos en el ejido más remoto, se esfuerza en la colonia más compleja o emprende en la empresa recién instalada, cuando el gobierno entiende que su primera obligación es llegar con resultados.
*El autor es Alcalde, con licencia, del Municipio de General Escobedo y aspirante a Coordinador de la Defensa de la Transformación y la Soberanía Nacional en Nuevo León, México.
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A días del inicio de las maniobras anuales Han Kuang, Taiwán aseguró que la cooperación militar con EEUU supera lo imaginado
Taiwán aseguró que los intercambios militares con Estados Unidos son “estrechos” y se desarrollan en “todos los niveles”, a pocos días del inicio de la fase con fuego real de las maniobras Han Kuang, los ejercicios anuales de las Fuerzas Armadas taiwanesas destinados a evaluar la preparación de la isla ante un eventual intento de invasión por parte del régimen de China. Las declaraciones pertenecen al ministro de Defensa, Wellington Koo, y fueron publicadas este lunes por la agencia oficial CNA.
Koo sostuvo que la cooperación entre Taipéi y Washington supera la percepción pública. “(La cooperación militar con EEUU) es incluso mayor de lo que ustedes imaginan”, afirmó el ministro durante la entrevista. Además, expresó su reconocimiento al Comando del Pacífico de Estados Unidos por su aporte al fortalecimiento de las capacidades defensivas de las fuerzas taiwanesas.
El funcionario también destacó el papel estratégico que Estados Unidos asigna a Taiwán dentro de la denominada primera cadena de islas del Pacífico, una franja geográfica que se extiende desde Japón hasta Borneo, con paso por Taiwán y Filipinas, y que constituye un elemento central de la estrategia de contención frente al régimen chino.
Según Koo, la estrategia estadounidense para el Indopacífico promueve los principios de “defensa colectiva y responsabilidad compartida”, por lo que consideró necesario que los países de la región incrementen sus presupuestos de defensa y fortalezcan sus capacidades militares para consolidar una capacidad de disuasión conjunta.
En ese contexto, el ministro planteó que un mayor nivel de preparación regional modificaría los cálculos estratégicos de Beijing. “Una vez que se consolide esa postura de disuasión colectiva, cuando el líder del Partido Comunista chino (PCCh), Xi Jinping, quiera adoptar medidas que socaven la paz en el estrecho, los cálculos que deberá sopesar se volverán extremadamente complejos”, sostuvo.
Las declaraciones también incluyeron referencias al proceso de modernización de las Fuerzas Armadas de Taiwán. El jefe del Departamento de Planificación Estratégica del Ministerio de Defensa, Huang Wen-chi, explicó que buena parte de la cooperación bilateral permanece bajo reserva, aunque aseguró que sus resultados pueden apreciarse en la preparación de las tropas.
“Si bien los intercambios entre ambas partes no pueden hacerse públicos, basta con observar cómo adiestraban las tropas taiwanesas hace cinco años y cómo lo hacen ahora para hacerse una idea de todo lo que han aprendido”, señaló Huang.
El funcionario agregó que las modificaciones implementadas en la preparación militar responden a objetivos concretos. “Todos ellos son cambios concretos fruto del entrenamiento orientado al combate real”, afirmó.
Las manifestaciones de ambos funcionarios se conocieron dos días antes del comienzo de la etapa con fuego real de las maniobras Han Kuang, consideradas los principales ejercicios militares anuales de Taiwán. Los simulacros buscan comprobar la capacidad operativa de las fuerzas de la isla frente a distintos escenarios de conflicto, incluido un eventual intento de invasión por parte del régimen chino.
En los últimos años, el Gobierno taiwanés incrementó el presupuesto destinado a Defensa como respuesta a la creciente presión militar de Beijing. La dictadura china considera a Taiwán una “parte inalienable” de su territorio y sostiene que la reunificación constituye un objetivo irrenunciable. Las autoridades chinas tampoco descartan el uso de la fuerza para asumir el control de la isla.

La relación entre Washington y Taipéi constituye uno de los principales factores de tensión entre Estados Unidos y China. Aunque Estados Unidos no mantiene relaciones diplomáticas formales con Taiwán, permanece como el principal proveedor de armamento de la isla y conserva una política que contempla la posibilidad de asistirla en caso de un conflicto con China.
(Con información de EFE)
Asia / Pacific,Defense,KAOHSIUNG
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