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El desafío de abrir un teatro en la Argentina: Almagna, la apuesta de Gastón Cocchiarale en tiempos adversos

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Gastón Cocchiarale (centro), flanqueado por Juan José Campanella (izquierda) y Eduardo Blanco (derecha), celebra la apertura de su nuevo espacio cultural, el Teatro Almagna

Hay proyectos que nacen como una necesidad artística. Y hay otros que parecen responder a algo más profundo: una forma de resistir, de dejar una huella, de construir un refugio para quienes todavía creen que el teatro puede cambiar una vida. En medio de un tiempo áspero para la cultura argentina, el actor, director y maestro de actores Gastón Cocchiarale decidió dar un paso que combina riesgo, pasión y convicción: abrir las puertas de Almagna, una nueva sala teatral en el corazón de Almagro, uno de los barrios donde el teatro independiente todavía late como un corazón obstinado.

Ubicada sobre Guardia Vieja 3783, entre Bulnes y Mario Bravo, aparece como una declaración de principios en una Buenos Aires donde cada persiana que se levanta para hacer arte parece desafiar la lógica de la época. La sala, con capacidad para cien espectadores, no es únicamente un teatro: es también un espacio cultural con salas de ensayo, un punto de encuentro para artistas y la nueva casa de “Creer es Crear”, la escuela de formación actoral fundada por Cocchiarale, que hoy reúne a más de 250 alumnos.

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La inauguración tuvo un gesto cargado de simbolismo y emoción: Guillermo Francella participó del evento y le dio nombre a la sala principal. No fue un homenaje casual. Para Cocchiarale, Francella representa mucho más que un colega admirado. “Fue quien me generó el deseo de ser actor”, confesó en una charla íntima con Teleshow, con una mezcla de gratitud y emoción que atraviesa toda su historia.

“Emprender ya es difícil. Emprender en este país es todavía más difícil. Y emprender en el arte en este país es triplemente costoso”, resumió al recordar los trece meses de obra ininterrumpida que demandó levantar Almagna junto a su socio, Jorge García. Pero detrás del cansancio aparece algo que en su relato se repite como una pulsión constante: la pasión. “Cuando uno tiene vocación y está enamorado de lo que hace, ningún obstáculo termina de derrotarlo”, sostuvo.

Dos hombres, Guillermo Francella con abrigo gris y bufanda negra junto a Gastón Cocchiarale con traje negro, sonríen frente a una puerta oscura
Gastón Cocchiarale posa junto a Guillermo Francella en la inauguración de Almagna, el nuevo espacio teatral de Argentina que desafía la situación cultural.

Las palabras no suenan vacías. Durante más de un año, el actor convivió con albañiles, planos, ensayos, clases, producción y funciones mientras seguía sosteniendo su carrera actoral. “Tuvimos una línea muy clara de lo que queríamos y cómo lo queríamos”, explicó sobre el proceso que comenzó hacia fines de 2024 y terminó convirtiéndose en un nuevo polo teatral dentro del circuito independiente porteño.

“Tuvimos la fortuna de que entre los dos hicimos un gran equipo y en base a eso pudimos tener trece meses de obra en construcción desde fines del 2024, que empezamos el proyecto, hasta marzo de este año, que inauguramos de alguna manera, primero con clases de mi escuela y de a poquito se fueron incorporando las obras, las funciones que ahora, si Dios quiere, durante todo el mes de mayo y junio terminaremos de tener toda la programación ya instalada y en cartel para que la gente pueda venir a disfrutarla”, destacó

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Pero detrás del entusiasmo también aparece la preocupación por el presente cultural argentino. Cocchiarale no esquivó el tema. “Es un momento muy frágil de la cultura en la Argentina”, dijo. Y fue más allá: “Tenemos un Gobierno que ataca de manera agresiva a la cultura, al teatro, al cine y a todo lo que tiene que ver con nuestro ecosistema cultural”. Lejos de quedarse únicamente en la crítica, imaginó otro escenario posible: “Creo que el Estado, el sector privado y los sindicatos podrían trabajar en equipo para reconstruir una industria audiovisual grande como la que tuvimos durante tantos años”.

Sin embargo, incluso en ese contexto, eligió apostar. Y esa decisión tiene raíces profundas en su propia identidad artística. Desde muy joven, mientras trabajaba en producciones masivas y populares, nunca abandonó el circuito independiente. “Nunca me gustó depender del mercado ni de la industria”, aseguró. “Desde los veinte años acompañé mi recorrido comercial con mis propias obras, escribiendo, dirigiendo y produciendo”.

Interior de un teatro pequeño con butacas vacías de color vino tinto, escaleras centrales y un escenario oscuro con telones negros y luces superiores
Vista interior del teatro Almagna, la nueva propuesta cultural de Gastón Cocchiarale, listo para recibir a su público

Almagna aparece entonces como una especie de culminación natural de ese recorrido. Un lugar donde puede desarrollar proyectos sin pedir permiso. “Tener una sala propia no me limita a la hora de pensar qué quiero hacer”, explicó. Y en esa frase parece condensarse gran parte de su filosofía artística.

Cuando habla del futuro de la sala, evita pensar en términos elitistas. Su deseo es construir un espacio donde convivan prestigio y popularidad. “A mí me interesa muchísimo combinar lo prestigioso con lo popular”, afirmó. Y mencionó como referencias a salas emblemáticas del circuito como Timbre 4, El Camarín de las Musas y Dumont 4040.

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En su mirada, el teatro independiente todavía arrastra una deuda pendiente: salir de la lógica endogámica. “Muchas veces los teatristas hacemos teatro para los teatristas”, reflexionó. Y enseguida marcó su deseo de romper con eso: “Me gustaría construir un teatro independiente más masivo, que logre llegar al gran público”.

La idea de Almagna parece apoyarse justamente sobre esa búsqueda. Que pueda convivir una figura reconocida con alumnos de la escuela. Que un espectador habituado al teatro experimental comparta butaca con alguien que simplemente busca salir una noche a ver una buena obra en el barrio. “Quiero que la gente sepa que puede gustarle más o menos lo que vea, pero que siempre se va a encontrar con estándares de excelencia”, explicó.

Tres hombres sonríen y posan juntos en un escenario oscuro con focos de luz; uno de ellos sostiene un cartel que dice "SALA Guillermo Francella"
Gastón Cocchiarale celebra la apertura de Almagna, su nuevo teatro, posando con Guillermo Francella y Jorge García, su socio.

Detrás de esa estructura hay un entramado humano enorme. Cocchiarale habla de sus equipos con la misma pasión con la que habla del escenario. Nombra a Juli de Moura como su “mano derecha” en la escuela, a Thea Contreras como pieza fundamental en la producción de ALMAGNA, a Natalia Proto y Jorge García en la administración cotidiana, a Maru Blanco —su pareja— al frente de los proyectos audiovisuales y a otros colaboradores que sostienen el funcionamiento diario de cada área.

“Soy un actor que se puso un teatro”, sintetizó en una definición que parece explicarlo todo. Porque aunque hoy dirija, produzca, enseñe y gestione, sigue pensando su vida desde el lugar más íntimo: el del intérprete. “La raíz de todo esto es mi parte actoral. Y eso no pienso perderlo bajo ninguna circunstancia”.

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Mientras inaugura la sala, además, continúa girando por el país con “Empieza con D… siete letras”, la obra de Juan José Campanella que comparte junto a Eduardo Blanco, Vicky Almeida y Maru Zapata. Rosario, Mar del Plata, Mendoza, La Plata, Quilmes y Ramos Mejía son algunas de las ciudades que recorrerá en las próximas semanas.

Pero si hay un nombre que atraviesa emocionalmente toda la historia de Cocchiarale es el de Guillermo Francella. La admiración comenzó cuando era apenas un chico que veía una y otra vez películas como Extermineitors o Los bañeros más locos del mundo. Más tarde llegó la posibilidad de compartir set en El Clan, donde interpretó a uno de los hijos del clan Puccio.

Guillermo Francella sonriente y saludando con la mano levantada, sostiene un cartel que dice 'SALA Guillermo Francella' junto a Gastón Cocchiarale en un escenario oscuro
Guillermo Francella saluda al público junto a Gastón Cocchiarale en la inauguración de la Sala que lleva su nombre en el teatro Almagna, un nuevo espacio cultural en Argentina.

“Yo tenía 21 años y estaba trabajando con alguien que había sido mi gran inspiración”, recordó. De aquel rodaje nació una relación cercana que con el tiempo se transformó en mentoría. “Cuando no quedaba en un casting, él siempre tenía palabras de aliento. Y cuando me iba bien también”, contó emocionado.

Años después, el propio Francella lo recomendó para integrar el elenco de El Encargado. “Que Guillermo haya pedido por mí fue un voto de confianza enorme para mi carrera”, reconoció. Por eso, cuando llegó el momento de bautizar la sala principal de Almagna, no hubo dudas. “Fue alguien absolutamente transversal a mi carrera y a mi vida”.

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Quizás el momento más íntimo de toda la conversación apareció al final, cuando pensó en aquel chico de Ramos Mejía que soñaba con actuar. “Imaginaba poder vivir de actor. Pero jamás todo esto”, confesó. A los 34 años, Cocchiarale no solo logró consolidarse en televisión, cine y teatro: también construyó una escuela, dirigió decenas de proyectos y abrió su propia sala teatral.

Eduardo Blanco, hombre de cabello y barba gris, ríe mientras abraza por el cuello a Gastón Cocchiarale, de espalda con barba oscura
Eduardo Blanco abraza a Gastón Cocchiarale con una carcajada, celebrando la inauguración del Teatro Almagna

«Creo que ese niño que deseaba ser actor no se imaginaba ni por casualidad a esta edad haber cumplido tantos sueños y tantos deseos. Y me tiene muy feliz eso, obviamente, porque sé que es una carrera muy difícil, que es para pocos, que poder vivir de lo que uno ama es un privilegio enorme. Entonces disfruto permanentemente todo lo que me va pasando, el paso a paso de mi recorrido, de mi carrera, y estar hoy donde estoy la verdad que me llena de una enorme felicidad», explicó al mirar hacia su propio pasado.

Entonces hizo una pausa y dejó una frase que parece resumir toda su historia: “Creo que ese niño que alguna vez fui debe estar orgulloso de todo lo que fue logrando el Gastón adulto de que nunca abandoné su sueño, que contra viento y marea siempre traté de respetármelo».



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Tras el duro invierno del 2025, el Servicio Meteorológico Nacional anticipó cómo será este año: ¿habrá más o menos frío y lluvias?

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El invierno que se aproxima podría sentirse distinto en gran parte de la Argentina. Según el último Pronóstico Climático Trimestral que elaboró el Servicio Meteorológico Nacional (SMN), para el período mayo, junio y julio se espera una tendencia de temperaturas normales o superiores a lo habitual en amplias zonas del país. Es decir, en promedio, el trimestre no aparece marcado por un frío más intenso que el normal.

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El dato no significa que el invierno vaya a ser cálido todos los días ni que desaparezcan las heladas. El propio criterio de estos informes trabaja sobre promedios estacionales y probabilidades, no sobre el detalle exacto de cada jornada. Por eso, aunque la tendencia general sea menos rigurosa, todavía pueden darse irrupciones de aire polar, mañanas con temperaturas muy bajas y períodos breves de frío intenso.

La señal de temperaturas por encima de lo normal aparece con más fuerza en el norte argentino, Cuyo y parte del centro del país. En cambio, para la Ciudad de Buenos Aires, el AMBA, la provincia de Buenos Aires y sectores del sur, el escenario se ubica entre valores normales o superiores a los habituales para esta época.

En comparación con el invierno pasado, la expectativa es que este año el frío sea menos persistente en el promedio general. El antecedente de 2025 dejó episodios de ola de frío y récords de temperaturas mínimas en distintas zonas del país, según reportes climáticos del propio SMN.

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En cuanto a las lluvias, el panorama no es igual para todo el territorio. Algunas regiones del norte, como sectores de Formosa, Chaco, Salta y Santiago del Estero, tienen mayor probabilidad de precipitaciones normales o inferiores a lo habitual. En otras zonas, como Buenos Aires, La Pampa, el sur de Cuyo y parte de la Patagonia, el escenario podría ubicarse entre lluvias normales o superiores.

Qué anticipa el SMN para el invierno 2026

  • El trimestre analizado es mayo, junio y julio de 2026.
  • La tendencia general marca temperaturas normales o superiores a lo habitual.
  • No aparecen señales fuertes de un invierno más frío que lo normal a nivel nacional.
  • Eso no descarta heladas, olas de frío o ingresos temporarios de aire polar.
  • El norte argentino y Cuyo muestran mayor probabilidad de temperaturas superiores a lo normal.
  • En CABA, AMBA y Buenos Aires, el escenario sería normal o superior a lo habitual.
  • Las lluvias serían desiguales: algunas zonas del norte podrían tener menos precipitaciones.
  • En Buenos Aires y otras regiones del centro-sur, las lluvias podrían estar entre normales y superiores.

Al fin, el invierno 2026 no apunta, por ahora, a ser más duro que el anterior en el promedio general. La clave está en entender el pronóstico como una tendencia: puede haber días de mucho frío, pero el trimestre completo se perfila con temperaturas menos extremas y con lluvias muy variables según la región.

 

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Invierno; Pronóstico del tiempo; Servicio Meteorológico Nacional

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Dyango y su amor por nuestra tierra: “El único país al que vuelvo todos los años es Argentina”

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Dyango habló con Teleshow en una soleada tarde de otoño en Palermo (Crédito: Gustavo Gavotti)

Dyango lleva sus 86 años como si la edad no importara. El legendario intérprete de la música romántica y el tango comparte anécdotas, sonrisas y recuerdos en una charla distendida con Teleshow en Buenos Aires. Mientras disfruta de un tostado y una gaseosa en la tarde palermitana con la compañía de Mariona, su pareja en los últimos 51 años, el cantante catalán saca a relucir su impronta futbolera y recuerda su vínculo con el club Barcelona (“soy socio y fanático”), reciente campeón, lamenta que no haya llegado a los 100 puntos en el torneo y anota en el grabador una inolvidable historia con la familia de Lionel Messi: “El papá de Messi una vez me dijo por radio: ‘Tú tienes una parte importante en Messi’. Cuándo le pregunté por qué, contó que con su esposa escuchaban mis canciones en los momentos más álgidos del amor”, relata el artista entre risas.

Su actual presencia en Argentina es el preludio para una extensa gira por América Latina, que tendrá un importante segmento en nuestro país: 14 conciertos que incluirán dos (por ahora) en el teatro Gran Rex de Buenos Aires, el 4 y el 7 de octubre. Así, una vez más, reafirmo su vínculo único con el público local, que comenzó con su primera visita en 1968, hace 58 años. El intérprete repasa sus próximos pasos: “Primero la gira por América: Santo Domingo, varios puntos de Colombia, Perú y Chile. Luego, el regreso a Buenos Aires, donde seguro agregaremos más conciertos, porque siempre pasa”.

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En diálogo con Teleshow, el artista repasa su historia, sus pasiones y su mirada sobre la música actual.

Dyango y Ángela Leiva interpretando la canción «Por volverte a ver»

Estás nominado nuevamente a los premios Gardel (Mejor Álbum de Música Romántica Contemporánea por “Su amigo Dyango Vol I). ¿Qué significa esta nominación?

—Ya lo estuve hace unos años, con un disco de tango que grabé con Carlos Franzetti, que es el arreglador más importante, o uno de los más importantes, de Argentina. Fue una maravilla, con la Orquesta Filarmónica de Praga, pero no ganó. Esta vez estoy nominado otra vez; si Dios quiere, a lo mejor gano, pero hay mucha competencia, muy buena también.

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La relación tuya con el tango viene de niño, ¿no?

—Conozco de tango más que los propios tangueros. Ya desde los cuatro años, mi mamá me enseñaba tango de Gardel, de Irusta, Fogazzaro y D’Amore, gente muy popular en Barcelona. Ella conocía todas las canciones, y yo las cantaba en concursos de niños, siempre ganaba. Yo cantaba tango, los otros cantaban temas de su edad, pero yo me inclinaba al tango.

¿Y tu mamá, por qué tanto amor por el tango?

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—Mi madre, porque estaba de moda. Ella conocía todas las canciones. Había canciones que yo las he cantado aquí, y no las conocía nadie.

Tuviste una relación muy cercana con Goyeneche. Son dos “gargantas con arena”. ¿Qué recuerdos tenes de él?

—Fuimos amigos de corazón. Lo trataron muy mal aquí, no podía ser que un cantante tan grande trabajara en tres o cuatro cabarets por la noche, casi sin público. Y cantaba dos, tres canciones y se iba a otro cabaret, y así toda la noche. Yo lo acompañaba y me dolía que no se le reconociera. Acá el Polaco ha sido famoso y muy querido una vez desaparecido. Para mí fue el mejor cantante de la historia. Otros dirán: “No, y Gardel, ¿dónde lo pones?” Como una vez en una emisora me dijeron: “No digas eso porque Gardel aquí es muy querido y el Polaco no”. Óigame, es lo que yo siento, ¿qué quiere que le diga? ¿Mentiras ahora?

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Entrevista de Hugo Martin a Dyango
A losw 86 años, Dyango está nominado por segunda vez a los Premios Gardel (Crédito: Gustavo Gavotti)

¿Qué tango te marcó más?

—Uno que me cantaba mi mamá: “La noche de Reyes”. Imagínate, un niño de cuatro años cantando un tango donde se mata a un personaje, donde el personaje engaña al otro. No sabía lo que hacía ni lo que decía. . También grabé “Sur” con Goyeneche; ese es uno de mis favoritos.

— También colaboraste con muchos artistas argentinos últimamente.

—Hice un dúo con Ángela Leiva, estamos grabando el segundo disco. Tapari también canta muy bien, y con Pimpinela, claro. Me cuesta recordar nombres, pero hay muchos.

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¿Hay algo de la música nueva, la música urbana, que te atraiga?

—No hay nada que me guste de lo que pasa en lo musical con la juventud ahora. Soy músico de profesión, estudié en el conservatorio, soy trompetista, violinista también. Ahora vienen con el reguetón, es algo que no soporto. Pero, por suerte, mis canciones siguen gustando mucho en América y, sobre todo, en este país.

¿Crees que la música va a dar toda la vuelta y volverán las melodías?

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—Tiene que ser así, porque lo que se está haciendo no es música. Puede que dé la vuelta y que vuelva la música romántica o la música de amor, o, por ejemplo, el tango, el jazz, la música clásica, el bolero, sobre todo el tango.

¿Y el rock?

—Me gusta, pero es otra historia. Son historias cantadas con más agresividad, pero son cosas buenísimas dentro de la música, claro.

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La música te marcó desde los ocho años, ¿no?

—Empecé en el conservatorio a los ocho años. Mi padre era músico. Ahora mis hijos también están todos en la música: hay dos cantantes, un técnico de sonido y, bueno, uno es chef. Hasta mi nieto canta maravillosamente bien.

—Claro, el que estuvo en la serie de Luis Miguel. ¿Te gusta que tus hijos y nietos sigan tus pasos?

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—No hay mucho que hacer, la música tira mucho. Si me hubiesen dicho que no iba a ser músico, yo me muero. Hasta hoy me emociono con el jazz, la música clásica, el tango. Todo ha sido importante, como (Armando) Manzanero, que era íntimo amigo y cuya música canté mucho.

Entrevista de Hugo Martin a Dyango
Dyango y Mariona, su mujer desde hace 51 años. Cuando la conoció estaba casado y ya tenía cuatro hijos (Crédito: Gustavo Gavotti)

Llevas cincuenta y un años junto a Mariona. ¿Cómo la conociste?

—Yo ya estaba casado y tenía cuatro hijos, pero apareció Mariona, mucho más joven. Adiós. Eso fue hace cincuenta y un años, y con ella no tuve hijos. Me decía que su hijo soy yo (risas). Tenía una figura brutal, la vi bailando en un sitio donde la gente daba una vuelta muy lentamente y de tanto en tanto pasaba ella y yo decía ‘madre mía, qué culo’. Me quedé paralizado y fui directamente a por ella. Y eso que estaba casado, pero quizá estaba mal casado, no sé… Pero encontré la mujer de, de mis sueños, de mi vida.

¿Cuál es el secreto de ese amor?

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—Es ella, con su bondad. Me cuida como si fuera un niño recién nacido. Es una mujer espectacular, y sigue siendo muy guapa.

Pensaste en retirarte alguna vez, pero seguís.. acá diríamos que tenés más despedidas que los Chalchaleros…

—(Ríe) Es que tuve un momento difícil, tenía no se qué cojones, algo en la espalda. Me operaron así, pim, pum, venga (chasquea los dedos) Y a la calle. Dije: ¿y qué coño hago ahora? Pues dije, ‘perdón, les dije una mentira, voy a seguir cantando’. Recuerdo a Los Chalchaleros, esos fueron únicos, porque dijeron veinte veces que se iban (risas).

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¿Cómo te preparas para los shows con…

(interrumpe y ríe) Dilo: ¡con 86 años! Pues no me preparo de ninguna manera. Canto y canto. No importa si me cuesta moverme en el escenario, si tengo que cantar sobre un taburete, lo esencial es cantar. Que la voz siga intacta es una suerte enorme, ¿no? Lo hago bien gracias a Dios y la gente lo agradece.

¿Cómo cuidas tu voz?

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—No la cuido para nada. Lo único es una nebulización antes de actuar y me resulta fantástico.

Entrevista de Hugo Martin a Dyango
Dyango durante la charla con Teleshow: pidió un tostado y una gaseosa (Crédito: Gustavo Gavotti)

Desde 1968 que venís todos los años a Argentina, excepto en pandemia. ¿Por qué ese lazo tan fuerte con nuestro país?

—La gente aquí es muy sensible, sobre todo por el tango, que es una obra de arte. Argentina es el único país al que vuelvo todos los años. He cantado en lugares donde la gente no tenía dinero. Fui a San Justo, Morón, a los pueblos. También hice una canción especial para Gilda, que me llegó al alma.

¿Te queda algún sueño o proyecto pendiente?

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—Seguir grabando. Música nueva, cosas mezcladas con jazz y melodías. Me doy cuenta de que lo sigo haciendo bien, y hay que reconocerlo. El día que me pase que no pueda cantar, ese día será mi final.

— ¿Y te vas a dar cuenta solo o te lo van a tener que decir?

— De momento, estoy aquí, cantando.

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Fotos: Gustavo Gavotti

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De la cárcel a llevarle masitas a Mirtha Legrand: Yiya Murano, la asesina que envenenó a sus amigas y se convirtió en ícono pop 

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Luz tenue. La cámara recorre el living, el plano se cierra sobre la mesa. Suena la inconfundible cortina musical del programa, y la locutora presenta: “Almuerzan hoy con la señora Mirtha Legrand, la señora…¡Yiya Murano! Estuvo presa, acusada de envenenar a sus amigas”. En el estudio hay aplausos de rigor, nervios y risas por la barbaridad que acaban de escuchar de parte de Nelly Trenti. De inmediato aparece Yiya, que sonríe con una mueca. Lleva enormes anteojos negros, el pelo batido, sacón y pañoleta. Sabe los pasos de la comedia, se nota. Arranca el show.

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Lo repitió una y mil veces, desde que en 1995 dejó la cárcel de Ezeiza, al conseguir una reducción de pena por el entonces presidente Carlos Menem, tras pasar 16 años encerrada. Había sido condenada a perpetua por matar con cianuro a sus amigas Nilda Gamba y Lelia Formisano de Ayala y a su prima Carmen Zulema del Giorgio Venturini, entre febrero y marzo de 1979. ¿El móvil de Yiya? Quedarse con el dinero que les sacaba con promesas de ganancias irrisorias en tiempos de “plata dulce”. Lo que hacía era una estafa piramidal a lo Ponzi. Yiya primero pagaba, tentaba a las mujeres con las supuestas fortunas que obtendrían al reinvertir… y después las liquidaba. 

Decía que tenía contactos en el gobierno. Ella mataba para mantener su nivel. No creo que haya sido una estrella de la televisión, lo que pasa es que todos recuerdan su aparición en lo de Mirtha Legrand. Llegó a convertirse en un personaje patético. La llevaban a hacer show y le gustaba. Era perversa, jugaba con eso”, recuerda Ricardo Canaletti, referente del periodismo policial.

Lo cierto es que, apenas sale en libertad condicional, lo primero que hace Yiya es ir a Canal 9 a venderle una entrevista a Chiche Gelblung para contar su historia. Le sobraban razones: no tenía un peso y en 1994 su hijo, Martín Murano, de profesión doble de riesgo, había publicado el libro Yiya Murano, mi madre. En sus páginas, ventiló todo: la triste infancia junto a la asesina, cómo lo usaba de niño para ver a sus amantes, lo mal que lo trataba, la confesión de los crímenes. Todo.

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Yiya necesitaba instalar la narrativa de su inocencia y a eso se dedicó, con terquedad pétrea, durante años de pasearse por los estudios de los canales y hablar como si nada, fresca, con frialdad pura, sobre las muertas. “Muchas madres lloran a un buen hijo muerto; yo lloro a un mal hijo vivo”, escupía sobre Martín, quien hasta el día de hoy sospecha que a él también lo quiso matar, a sus 10 años, con una torta envenenada.

DE LA HISTORIA CRIMINAL AL ZOOLÓGICO DE LA TELE DE LOS NOVENTA

Nacida en Corrientes el 20 de mayo de 1930, Yiya saltó en los 90 de la historia criminal al zoológico de la tele. Ahí se acomodó, hasta que, tres años antes de morir, su memoria se derritió, al igual que su máscara, y terminó internada en un geriátrico de Belgrano, olvidándose de quién era ella: La envenenadora de Monserrat. O en alguna otra vida, María Bernardina de las Mercedes Bolla Aponte de Murano.

Ese era su nombre, enorme como su ego y su codicia. Deseaba tapados de piel, vestidos, oro, perfumes y una vida de “señora bien”. Que no era su realidad cuando cometió los crímenes que se le comprobaron. Yiya era una mujer que vivía con su marido, su hijo y una empleada en un departamento de dos ambientes en un barrio de clase media del centro porteño. También tenía amantes que le hacían regalitos, la invitaban a comer y, aseguraba, se «desvivían» por ella. Era elegante, manipuladora, voluptuosa como una vedette. Así la recuerdan en el documental Yiya Murano: Muerte a la hora del té, disponible en Netflix.

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Pero volvamos a los 90. Casi sin escalas, Yiya se convirtió en un personaje fascinante y funcional al talk show y a la tele bizarra. En ese terreno donde la confesión se desnudaba y llenaba horas a la tarde, de la mano del Sin vueltas de Lía Salgado, pero también en el prime time, con Chiche Gelblung, Mauro Viale, Moria Casán y Bernardo Neustadt. Entre sillones brillosos, cuerinas y helechos, invitados random, Murano se convirtió en número fijo y en una caricatura de sí misma. 

“Sentame sobre un carbón hirviendo y te lo puedo asegurar: nunca yo he matado”, repetía, teatral, antes de gritarle a Mauro: “¡Por la vida de mi hijo te juro!”. A veces sacudía un sobre donde aseguraba tener la prueba concluyente de que no había matado (“Estaba vacío”, contó el periodista de policiales Rodolfo Palacios en su libro Adorables Criaturas: Crónicas grotescas de ladrones y asesinos).

EL SHOW DE YIYA MURANO

Yiya embaucaba a los famosos de la tele. Algunos se olvidaban, por momentos, que estaban frente a una persona que había matado a sus amigas a sangre fría. Moria incluida. “¿Qué pasa con tu vida, Yiya? ¿Has matado mucha gente? ¿Envenenaste? ¡¿Qué hiciste, Yiya?!”, vociferaba la One. Ella repetía, impávida: “Te juro por Dios y por la Biblia que no maté a nadie”. Una vez más. Y otra. “Se hacía hasta simpática y atractiva, era un personaje difícil. No daba miedo, aunque era una asesina”, recuerda Chiche Gelblung, que la tuvo en su programa Memoria.

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Según señala la periodista Virginia Messi en el documental de Alejandro Hartmann, Yiya se creyó su propio personaje. “Daba entrevistas para decir que era inocente pero la actitud permanente que tenía era la de culpable. Porque le gustaba jugar con eso. Yo creo que tenía que ver con su propia perversión”, dice. En ese juego al aire, Yiya siempre se adjudicaba dos muertes: “Mi madre y mi marido. Murieron de tristeza por lo que a mí me pasó”.

Yiya en la mesa de Mirtha Legrand, invitada en 2008, una de sus tantas presentaciones en el histórico ciclo. Ese día, la diva finalmente se animó a comer una masita que la asesina le llevó.

A finales de la década, el personaje ya estaba completamente instalado. En La Hoguera, un magazine de América que conducían Verónica Lozano y Dolores Cahen D’Anvers, Murano tenía una columna propia: “Consultale a Yiya”. La envenenadora de Monserrat daba consejos sentimentales y respondía consultas varias del público como una abuela sabia. “Hola, amigos. Estoy para tratar de solucionar las inquietudes que tanto me mandan por carta o teléfono”, decía muy seria, como si no cargara con tres muertes. La televisión ya no la entrevistaba: la había adoptado y abrazado como una más.

LA MESAZA ESTÁ SERVIDA

Para algunos, como Osvaldo Bazán (que llevó a Yiya a la Calle Corrientes con un musical), algo cambia cuando Murano va a lo de Mirtha con una bandejitaa de masas. “Se convierte en otra cosa”, dice. Ella ya era habitué del programa. Se había sentado al menos en cuatro oportunidades en la mesaza, desde 1995 hasta 2008, cuando volvió a aparecer en cámara con el símbolo macabro de sus asesinatos. Un mito porque, en realidad, Yiya envenenaba con un brebaje de yuyos y cianuro que diluía en el té que les servía a sus víctimas después de llenarlas de grasas, azúcares y harinas de confitería fina. Las mataba de a poco, gota a gota.

—¿Masas, me trajo?—, pregunta Chiqui, entre el acting y la desconfianza.
—Sí, con una condición; que me des el gusto de comer una—, lanza imperativa la Yiya.
—¿Usted las tocó? Yo voy a comer una masita. Ahora, si mañana no vengo… (risas). Esta me voy a comer. ¡Ustedes son testigos, eh!—, dice Mirtha y muerde, dudosa, la masita—. Mañana, titulares de Crónica (más risas). Bueno, menos mal que lo tomamos con humor.
—¿Viste? ¡Y te gustó!—, cierra Murano con una carcajada seca. Sus ojos no ríen

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Con esa comedia, Yiya terminó de espolvorear con azúcar su pasado criminal. Y ya nada importó de ahí en más: se convirtió en un chiste. Quienes la conocieron la recuerdan como magnética, hechicera, embaucadora. Se creyó su inocencia hasta el final y siempre coqueteaba con la duda, dando a entender que algo había hecho, pero sin terminar de decir nada, divertida con ese límite.  

Como si no hubiera del otro lado tres mujeres muertas en el lapso de poco más de un mes. En cada caso, Yiya fue la última persona en verlas, con sus tecitos y sus masitas. Y nadie se avivó hasta que la hija de Del Giorgio Venturini, a quien llamaban Mema, se dio cuenta de que en su casa faltaba el pagaré por la deuda de Yiya. Y que la mujer les debía una gran suma de dinero a las tres. 

YIYA MURANO, LA ASESINA INMORTAL

“Fui juzgada de forma arbitraria, debe haber una mano negra. A mi prima (Mema) yo llego, ella tirada en la escalera, un médico le hace respiración boca a boca 20 minutos y no le pasó nada”, se defendió ante Neustadt. Ese era su argumento de que no hubo cianuro.

Mientras la televisión la convertía en personaje pop, Martín Murano intentaba sobrevivirla. Para él sólo había una madre que era la encarnación de la maldad pura y que no pudo dejar atrás ni pegando patadas ni como doble de Carlín Calvo. Fue en la tele, el lugar que él consideraba su casa, donde ella lo fue a buscar para tapar y torcer la verdad que había denunciado en infinidad de programas. Desde el de Susana Giménez hasta Peor es nada, de Jorge Guinzburg.

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Martín Murano, el único hijo de «La envenadora de Monserrat»: actor, director, conductor de radio y doble de riesgo.

Hasta que un día, años después, vencido y deprimido tras perder su trabajo estable en El Nueve, Martín se reencontró con Yiya en lo de Mirtha Legrand. Claudicó, y aceptó en silencio la melosa puesta en escena de una reconciliación y las mentiras de la mujer sobre otro libro que decía que habían escrito juntos. Martín la dejó hacer, resignado.

“Él termina perpetuando lo que quería matar. Saca el libro como catarsis pero a la vez convoca el monstruo”, dirá Rodolfo Palacios. “Yo la inmortalicé. Yo la convertí en leyenda”, dirá Martín, el hijo de la asesina que cometió el crimen perfecto: borrar a las víctimas y convertir el horror en un chiste de sobremesa.

 

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