CHIMENTOS
El tenso intercambio al aire entre Santiago del Moro y Brian Sarmiento: “Empezaste a nombrar a tus hijas”

El reciente paso de Brian Sarmiento por la casa de Gran Hermano Generación Dorada volvió a poner en primer plano su situación personal, especialmente en lo relacionado en el vínculo con sus hijas. El futbolista, eliminado tras su regreso al reality, fue confrontado en vivo por Santiago del Moro en un intercambio que evidenció tensiones no resueltas fuera del programa.
Del Moro, conductor del ciclo, no esquivó el tema. “Yo soy papá y para mí lo más importante en mi vida son mis hijas y después, el resto”, sostuvo el presentador, marcando distancia con la conducta de Sarmiento. Sin rodeos, lo interpeló: “¿En ningún momento te agarró decir ‘me tomo un avión, las voy a ver, quiero ver cómo están?’”.
El exjugador, visiblemente incómodo, explicó que la imposibilidad de viajar a España para reencontrarse con sus hijas se debía a cuestiones legales y económicas. “Mi abogado me dijo que si llegaba a España y estaba toda esa deuda, podía quedar detenido. Por eso no podía viajar”, aseguró. Además, agregó que no contaba con los recursos necesarios para los pasajes y la estadía.
El cruce en el estudio de La Cumbre mostró una grieta que iba más allá del espectáculo. Del Moro insistió en que la situación debía tratarse en el sitio correspondiente: “Eso lo tenés que resolver más allá de la competencia”, señaló, insistiendo en la responsabilidad parental como algo que trasciende la exposición mediática.
Desde su regreso al reality, el discurso sobre sus hijas se transformó en un eje frecuente de sus intervenciones. Esta actitud, según el conductor, generó sospechas en la audiencia: “En esta segunda entrada tuya empezaste a nombrar mucho a tus hijas y desde afuera se sentía forzado. Porque en tu primera estadía no habías hablado y ahora te vulnerabas y te ponías sensible por cosas que antes te era desconocido”.
La polémica en torno a la relación de Sarmiento con sus hijas escaló cuando sus exparejas, tras la salida del futbolista en la primera ronda, declararon públicamente que no había existido ningún intento de contacto ni avances para solucionar el distanciamiento. “Empezaste a nombrar a tus hijas, que las querés ver y qué sé yo. Pero al día siguiente tus exparejas salieron a decir que no tuviste contacto, ni ningún acercamiento, y no avanzaste en esa situación”, subrayó Del Moro.

Para el público del reality, la tensión en el estudio fue evidente. Sarmiento, por su parte, intentó explicar su postura: “Primero acomodé todo el tema legal. Cuando la madre de mis nenas de España me pidió (sacarles) el apellido (a las nenas), yo le dije que no voy a perder los derechos como padre”, argumentó.
En medio de la controversia, Sarmiento relató que sí existió algún tipo de comunicación con sus hijas mayores: “Tuve una videollamada con las nenas más grandes, explicándole esto. La del medio me dijo ‘me gustaría hablar con vos’. La más grande no, y después yo hablo con la más chiquita y le pregunté ‘¿te puedo nombrar en el programa?’ Y me dijo, ‘sí, obvio’”.

El caso de Sarmiento expone el debate sobre la exposición mediática y la parentalidad. Mientras el exfutbolista asegura haber intentado mantener el vínculo, las declaraciones públicas de sus exparejas pusieron en duda la autenticidad de sus gestos televisivos. El enfrentamiento en vivo con Del Moro simbolizó la tensión entre la narrativa personal y las expectativas sociales.
La situación de Sarmiento se vuelve aún más compleja al considerar el trasfondo legal y económico que él mismo mencionó. La amenaza de posibles consecuencias judiciales en España y la falta de recursos económicos condicionaron sus decisiones, según su versión.
La controversia refleja un cruce de relatos y responsabilidades. Sarmiento atribuyó su distancia a obstáculos legales y financieros. Del Moro, en cambio, sostuvo una postura inflexible sobre las prioridades de un padre.
Lo ocurrido con Brian Sarmiento en Gran Hermano Generación Dorada dejó más preguntas que respuestas. El episodio reavivó la discusión sobre la paternidad, la imagen pública y los límites de la exposición en los medios. En la televisión, como en la vida privada, los vínculos familiares quedan expuestos a la mirada y al juicio de todos.
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CHIMENTOS
Si una mariposa aparece en tu casa, te contamos qué significa y por qué se considera una buena señal

Que una mariposa entre a tu casa puede parecer una escena simple de la naturaleza, pero para muchas personas tiene un significado especial. Desde hace siglos, las mariposas aparecen en distintas culturas como símbolo de transformación, cambio y renovación, principalmente por su propio ciclo de vida: pasan de oruga a crisálida y luego se convierten en un insecto completamente distinto.
Según las creencias populares, cuando una mariposa aparece dentro del hogar puede interpretarse como una señal de movimiento energético o de una etapa que está por cambiar. No se trata de una explicación científica, sino de una lectura simbólica que muchas personas relacionan con momentos de transición, decisiones importantes o cierres emocionales.
También existe la idea de que las mariposas traen mensajes de calma y esperanza. Por eso, si una entra a una casa en un momento de preocupación, algunas creencias la vinculan con una señal de alivio, protección o acompañamiento. En otros casos, se la interpreta como anuncio de buenas noticias, especialmente cuando aparece de manera inesperada y permanece cerca de una persona.
El color de la mariposa también suele sumar distintas interpretaciones populares. Las mariposas blancas suelen asociarse con paz, pureza y protección; las amarillas, con alegría, prosperidad o noticias positivas; las negras, aunque muchas veces generan temor, se vinculan en algunas tradiciones con cambios profundos o cierres de etapa; y las de colores intensos, con creatividad, vitalidad y renovación.
Qué puede significar que una mariposa entre a tu casa
- Puede representar una etapa de cambio o transformación personal.
- Se asocia con renovación, crecimiento y nuevos comienzos.
- Para algunas creencias, anuncia buenas noticias o movimientos positivos.
- Puede interpretarse como una señal de calma en momentos de preocupación.
- Si es blanca, suele relacionarse con paz, protección o armonía.
- Si es amarilla, se la vincula con alegría, prosperidad o energía positiva.
- Si es negra, puede representar cierres, cambios profundos o una transición.
Más allá de las interpretaciones espirituales, también hay una explicación natural: las mariposas pueden entrar atraídas por la luz, las plantas, las flores, el calor o una ventana abierta. Por eso, su presencia no siempre tiene que leerse como una señal, aunque muchas personas eligen darle un valor simbólico.
En definitiva, que una mariposa entre a tu casa puede tener un sentido especial según las creencias populares, sobre todo si aparece en un momento emocional importante. Para algunos, es una señal de cambio; para otros, una visita cargada de calma y esperanza. En cualquier caso, su presencia suele despertar una sensación simple pero poderosa: la idea de que algo nuevo puede estar por comenzar.
Mariposa
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El hábito que millones hacen todos los días y puede provocar dolor de cuello sin darse cuenta

Mirar el celular es una acción tan habitual que pocas personas se detienen a pensar en cómo lo hacen. Sin embargo, existe un gesto cotidiano que puede tener consecuencias sobre el cuerpo: inclinar la cabeza hacia adelante durante largos períodos mientras se revisan mensajes, redes sociales o videos.
Cuando la cabeza permanece en una posición adelantada, los músculos del cuello y la parte superior de la espalda deben trabajar más para sostener su peso. Aunque la cabeza de un adulto pesa en promedio entre 4 y 6 kilos, la carga que soporta la columna cervical aumenta a medida que se incrementa el ángulo de inclinación. Por eso, pasar mucho tiempo mirando hacia abajo puede generar tensión muscular y molestias.
Este fenómeno es conocido popularmente como cuello de texto o text neck. No se trata de una enfermedad específica, sino de un conjunto de síntomas asociados a las posturas mantenidas frente a dispositivos móviles. Entre las molestias más frecuentes aparecen el dolor cervical, la rigidez en el cuello, la tensión en los hombros e incluso dolores de cabeza relacionados con la sobrecarga muscular.
El problema no suele surgir por mirar el celular unos minutos, sino por repetir la misma postura durante horas todos los días. Además, muchas personas utilizan el teléfono mientras están sentadas en posiciones poco ergonómicas, lo que puede sumar tensión en la espalda y favorecer una alineación corporal menos saludable.
La buena noticia es que pequeños cambios en los hábitos diarios pueden ayudar a reducir el impacto de esta postura. Elevar ligeramente el teléfono, hacer pausas frecuentes y prestar atención a la posición de la cabeza son medidas simples que pueden marcar una diferencia.
Cómo evitar que el uso del celular afecte la postura
- Intentá sostener el teléfono más cerca de la altura de los ojos.
- Evitá mantener la cabeza inclinada hacia adelante durante mucho tiempo.
- Realizá pausas breves cada 20 o 30 minutos.
- Mové el cuello y los hombros para aliviar la tensión acumulada.
- Prestá atención a la postura cuando estés sentado.
- Alterná momentos de uso del celular con actividades que impliquen movimiento.
- Consultá a un profesional si el dolor se vuelve frecuente o persistente.
La tecnología forma parte de la vida cotidiana y no se trata de dejar de usar el celular. El objetivo es incorporar hábitos que permitan aprovecharlo sin exigir de más a las articulaciones y los músculos que sostienen el cuello.
En definitiva, inclinar la cabeza para mirar la pantalla parece un gesto completamente normal, pero cuando se repite durante horas puede tener efectos sobre la postura y el bienestar físico. Tomar conciencia de cómo usamos el celular es un paso sencillo que puede ayudar a prevenir molestias y cuidar la salud cervical a largo plazo.
Salud; Postura
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La emoción de Flavia Palmiero al cumplirse 40 años de La Ola Verde: “La gente fue la que me eligió”

Hay recuerdos que no envejecen y permanecen suspendidos en algún rincón de la memoria colectiva, intactos, esperando ser despertados por una canción, una fotografía o una simple frase. Para toda una generación de argentinos, ese recuerdo tiene el color de las tardes frente al televisor, el sonido de los dibujos animados y una voz que parecía atravesar la pantalla para hablarle a cada chico en particular. En diciembre de 1985 nacía La Ola Verde, el ciclo que se convertiría en un fenómeno de la televisión infantil. Y pocos meses después, el 10 de junio de 1986, hace 40 años, una joven de apenas 19 años llegaría para transformarlo en algo mucho más grande: un universo propio. Su nombre era Flavia Palmiero.
Cuando el programa debutó el 2 de diciembre de 1985 por Canal 11, estaba conducido por Ani Sosa Cordero y acompañado por el inolvidable Señor Televisor, aquel personaje con cabeza de pantalla cuya voz pertenecía al histórico locutor Héctor Ascione. La propuesta, producida por Susana Fontana, reunía algunos de los dibujos animados más populares del momento, desde La Pantera Rosa y Tom y Jerry hasta El Inspector y Súper Ratón. Era una apuesta fuerte para las tardes infantiles, pero nadie imaginaba todavía que estaba gestándose uno de los fenómenos culturales más importantes de la década.
El destino del programa cambiaría en mayo de 1986. Tras la salida de Sosa Cordero, las autoridades del canal comenzaron a buscar una reemplazante. Entonces alguien recordó a una joven actriz que meses antes había irrumpido en una oficina con un proyecto infantil bajo el brazo y una convicción difícil de ignorar. Aquella muchacha era Flavia Palmiero.
Lo curioso es que la historia había comenzado mucho antes. Muchísimo antes. En una casa donde una niña jugaba sola mientras imaginaba el futuro que algún día quería construir. Décadas después, la propia Palmiero recordaría aquellas escenas con una mezcla de emoción y asombro: “Cuando yo era chiquita, jugaba a que conducía programas para chicos. Agarré el trípode del secador de pelo de mi mamá, le ponía una caja de cartón y como lente un rollo de papel higiénico. Presentaba dibujitos, cantaba, bailaba. Qué increíble, ¿no? De chica jugaba a lo que después se convertiría en mi vocación, en mi profesión y en mi trabajo”.
Aquella infancia no había sido sencilla. Hija única de padres separados en una época donde las familias ensambladas eran una rareza, Palmiero atravesó experiencias que la obligaron a crecer demasiado rápido. “Sentí el abandono de mi papá, la ausencia. Y eso fue un gran motivador. Una fortaleza. Yo tenía todo en contra, pero quería escribir una historia distinta para mi vida”, contaría años después. Quizás allí, en esa necesidad de construir un camino propio, comenzó a forjarse la perseverancia que terminaría llevándola a la televisión.
Su llegada al medio fue tan inesperada como vertiginosa. A los 17 años protagonizó la primera película sobre Eva Perón filmada en el mundo, en plena dictadura militar. De pronto, aquella adolescente apareció en revistas, diarios y programas de televisión. Sin embargo, mientras las ofertas cinematográficas se multiplicaban, ella seguía sintiendo que su lugar estaba en otro lado. “Yo sabía las cosas que quería hacer y las que no. Me ofrecían películas importantes, pero la mayoría incluían desnudos y sentía que ese no era mi camino. Entonces escribí mi primer programa infantil. Tenía apenas diecinueve años”, recordaría.

Lo que vino después parece una escena escrita por el destino. Mientras participaba de la telenovela Rossé, con una mezcla de ingenuidad y determinación, pidió una reunión con el director artístico de Canal 11 para presentar su proyecto. Era una audacia impensada para una joven sin experiencia como conductora. Sin embargo, fue recibida. Escucharon su propuesta. Y aunque finalmente no fue aprobada, aquella entrevista dejó una impresión imborrable.
“Después fue Flavia está de fiesta ese programa, aunque no lo puedas creer. El director artístico del canal me dijo: “Bueno, si eres tan caradura como para presentar este proyecto, que es bastante ambicioso, vas a ser una gran conductora”. Y me dice: “Bueno, pero ahora tenemos La ola Verde”. Había una chica, hacía muy poquitos meses que estaban, así que me fui», recordó Palmiero. Salió de aquella oficina con el proyecto bajo el brazo y la sensación de haber perdido una oportunidad. Lo que no sabía era que el destino ya estaba trabajando para ella.
Poco tiempo después sonó el teléfono. La conductora de La Ola Verde había renunciado y alguien se acordó de aquella chica que se había animado a tocar la puerta. “Y yo acepté a ciegas. La verdad, no era el programa que yo soñaba hacer, pero era una forma de arrancar”.

Su debut ocurrió en junio de 1986. El Señor Televisor anunció la llegada de una nueva amiguita. Entonces apareció ella. Sonriente, espontánea, descontracturada. Muy distinta a todo lo que se había visto hasta ese momento en la televisión infantil argentina.
“Recuerdo perfectamente ese día. El Señor Televisor dijo: ‘Chicos, tengo una nueva amiguita para presentarles. Se llama Flavia’. Entonces entré y dije: ‘Hola, chicooos’. Y ahí quedó para siempre. Para siempre en mi corazón”.
La frase se convertiría en una marca registrada. Pero el verdadero cambio iba mucho más allá de un saludo. Palmiero entendió algo que revolucionó el vínculo entre la televisión y la infancia. Los chicos ya no querían una figura solemne que les hablara desde arriba. Necesitaban alguien cercano. Alguien auténtico.

“Yo tenía diecinueve años. No podía ser ni la maestra ni la mamá de los chicos. Podía ser la hermana mayor. Entonces les hablé como pares. Rompí el vidrio de la televisión. Quería que ellos entraran a la pantalla y jugaran conmigo”, explicaría.
La apuesta no fue sencilla. De hecho, según contó la propia conductora, muchos productores desconfiaban de aquel estilo espontáneo y desestructurado. “No les gustaba. Querían seguir con la forma tradicional de hacer televisión infantil. Pero tuve la bendición de que los chicos me entendieron enseguida. Ellos entendieron exactamente lo que yo quería hacer”. Y así fue. El éxito resultó inmediato.
Las cartas comenzaron a llegar por miles. Los índices de audiencia crecían semana tras semana. Los personajes que acompañaban a Palmiero se transformaron en figuras queridas por el público. Al Señor Televisor se sumaron Grock, el recolector de estrellas; Pelín; Lubi; Pinta; Monoco y el Elefantito. Cada uno construyó una identidad propia dentro de un universo donde la fantasía convivía con la cercanía y la participación de los chicos.

Y mientras el país celebraba uno de los momentos más felices de su historia deportiva, La Ola Verde también comenzaba a convertirse en un símbolo de época: “Me da mucha emoción que este aniversario coincida con el Mundial. Porque el 25 de junio ganamos la final de México 86 y nosotros estábamos haciendo La Ola. Estamos muy ligados a ese momento del país. Ese ‘Hola, chicos’ no me lo olvidaré nunca más en mi vida. Me cambió la vida una vez más”.
La expansión fue tan rápida que apenas semanas después de asumir la conducción llegó la primera temporada teatral, durante las vacaciones de invierno de 1986 en el Circo Rodas. Las funciones se llenaban. Los chicos hacían largas filas para verla. Los padres observaban sorprendidos cómo aquella joven de sonrisa permanente se había convertido en un fenómeno popular.
Mientras tanto, las tardes de Canal 11 seguían creciendo. Llegaron los clásicos de Warner Bros., El Pájaro Loco, Los Autos Locos, La Hormiga Atómica, Manotas y tantos otros personajes que acompañaron a una generación entera. Pero La Ola Verde ya era mucho más que una pantalla donde se emitían dibujos animados. Era un espacio de encuentro.

Las cartas se leían al aire. Los juegos involucraban a los televidentes. Los personajes cantaban canciones que rápidamente se volvían parte de la vida cotidiana de miles de familias.
Temas como Hay que guardar los juguetes, interpretado por Grock, Todo me sale mal o la inolvidable canción principal del programa se transformaron en verdaderos himnos infantiles. Mucho antes de YouTube, Spotify o TikTok, aquellas melodías viajaban de patio en patio, de cumpleaños en cumpleaños y de memoria en memoria.
El fenómeno alcanzó niveles extraordinarios. Durante sus años de mayor popularidad, La Ola Verde llegó a obtener picos cercanos a los 30 puntos de rating, cifras que hoy resultan difíciles de imaginar para cualquier programa, no sólo los destinados al público infantil. Pero más allá de los números, hubo algo mucho más importante: el vínculo emocional.

Porque para millones de chicos Flavia no era simplemente una conductora. Era la compañera de las tardes. La voz que estaba ahí cuando terminaban las clases. La persona que leía las cartas que escribían con dedicación. La figura que los hacía sentir protagonistas de una aventura compartida.
Con el paso de los años, el programa se transformó en un fenómeno cultural. Aunque curiosamente, mientras lo estaba viviendo, Palmiero no llegó a dimensionarlo: “En ese momento yo no me imaginaba que iba a llegar tan lejos, realmente. En la tele eras como el último orejón del tarro. Un programa de niños no era importante para un canal, no era algo así como lo que fue. Pero bueno, yo la peleaba. Yo con cada director artístico que entraba al canal me sentaba, le decía: ‘Yo quiero canciones, quiero juegos, quiero esto, quiero lo otro’. Varios me dijeron que no, hasta que llegó uno que se llamaba Gustavo Yanklevich, que fue director artístico en la era estatal y me dijo: “Sí, perfecto”. Después, obviamente, él me llevaría a Canal Nueve, convirtiendo La ola verde en La Ola está de fiesta y haciendo un suceso enorme, impresionante».
A fines de 1989, Palmiero decidió iniciar una nueva etapa profesional y se trasladó a Canal 9 con La Ola está de fiesta. El fenómeno que había construido ya formaba parte de la historia grande de la televisión argentina y coninuaría así su camino.
“Yo muero de amor cuando me dicen que no se pueden olvidar de esa época. Nadie se puede olvidar de esa época. Hoy día veo que es un fenómeno cultural. La verdad, en ese momento no lo dimensionaba”, detalló.
Quizás por eso, hace apenas unos días, decidió abrir una caja de recuerdos que conserva en su casa. Una especie de cápsula del tiempo donde permanecen guardados fragmentos de aquella aventura. Discos de oro, de platino, fotografías, VHS, álbumes de figuritas, vestuario original. Objetos que sobrevivieron al paso de las décadas: “A mí me emociona muchísimo. Esa caja existe de verdad. La tengo guardada en mi escritorio. Tengo discos de platino, de oro, vestuario, un montón de recuerdos. Y los mensajes que recibí cuando mostré todo eso fueron increíbles”. Las redes sociales, reconoce, le permitieron reencontrarse con aquellos chicos que alguna vez le escribían cartas.
Hay una pregunta que inevitablemente aparece cuando se cumplen cuatro décadas de una historia tan trascendente. ¿Qué le diría hoy a la adolescente de 19 años que ingresó por primera vez al estudio de Canal 11 sin saber que estaba a punto de convertirse en un ícono de la televisión argentina?
Flavia Palmiero realiza un recorrido por objetos de su trayectoria artística. En el video se la observa sosteniendo un peluche, un disco de vinilo del programa «Flavia está de fiesta», y patines. También presenta un programa impreso de teatro infantil. La grabación, un segmento de rememoración, celebra los 40 años del debut de Palmiero en «La Ola Verde», exhibiendo artículos de su carrera en la televisión.
Flavia se toma unos segundos antes de responder. Suspira. Y la emoción se vuelve evidente: “¿Qué le diría? Lo lograste. Lo lograste. Porque esa Flavia soñaba en grande y no lo decía. Ni siquiera se lo decía a ella misma. Pero la peleó mucho. Tuvo perseverancia, disciplina, voluntad y contenido”. Luego vuelve a suspirar. Y completa la idea que parece resumir toda su historia: “La realidad es que la gente fue la que me eligió. Los chicos. Las familias. Ellos me dieron el lugar más importante que tuve en la televisión. Así que le diría: qué inteligente que fuiste. Porque era algo que faltaba y vos lo lograste. Chapeau”.
Cuatro décadas después, el recuerdo sigue intacto.
Sobrevive en las canciones que todavía algunos pueden cantar de memoria. En los VHS guardados en cajas familiares. En las fotos gastadas por el tiempo. En los álbumes de figuritas que nunca se completaron. En los discos que todavía cada tanto suenan. Pero, sobre todo, sobrevive en la memoria emocional de quienes fueron chicos en aquellos años.
Porque hay programas exitosos y hay programas que se convierten en parte de la vida de las personas. La Ola Verde pertenece a esa categoría. Todo comenzó una tarde de junio de 1986. El Señor Televisor anunció la llegada de una nueva amiguita. Ella sonrió, miró a cámara y dijo: “Hola, chicooos”. El resto fue historia.
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