INTERNACIONAL
Eugenia Kuznetsova y Artem Chapeye, escritores ucranianos: “Rusia apoya todo lo que sea extremo, extrema izquierda y extrema derecha, para sembrar caos”
Caminaron juntos casi ochenta mil pasos por Buenos Aires y, en algún momento del trayecto entre Recoleta y Caminito, levantaron la vista. En el cielo no había más que aviones civiles. Mirá qué suerte tiene esta gente que camina por estas calles y no lo dimensiona, se dijeron. Lo cuenta Eugenia Kuznetsova al día siguiente, en una videollamada en la que también participa Artem Chapeye desde los Países Bajos, donde tiene un festival literario antes de volver a Ucrania. Los dos vinieron a la Feria del Libro invitados por las embajadas de Austria y Ucrania, compartieron mesa con Héctor Abad Faciolince y participaron en encuentros con lectores. Hablan con la lucidez de quienes vienen escribiendo, desde lugares distintos, sobre la misma guerra.
Chapeye nació en 1981 en Kolomyia, en el oeste de Ucrania. Estudió Filosofía en la Academia Kyiv-Mohyla, tradujo al ucraniano a Mahatma Gandhi, Noam Chomsky y Edward Said, y antes de la invasión a gran escala era reportero, novelista y activista pacifista. En marzo de 2022, The New Yorker publicó su cuento The Ukraine, el primer texto ucraniano que aparecía en aquella revista. Para entonces, ya había evacuado de Kiev a su esposa y a sus dos hijos y se había alistado como soldado raso. Su libro más reciente, La gente común no carga ametralladoras (2025), reflexiona sobre esa decisión.
Kuznetsova nació en 1987 en Krivói Rog y creció en la aldea de Khomutyntsi, en el centro del país, aunque su familia viene del este. Se doctoró en Estudios Internacionales e Interculturales en España, donde vive parte del año. Es autora de tres novelas —Pregunta a Miechka, La escalera y Las ovejas están a salvo, todos bestsellers en Ucrania— y del ensayo La lengua como espada, sobre el bilingüismo ucraniano como producto de la violencia imperial soviética. En paralelo, investiga desinformación y sistemas de medios en territorios ocupados como research fellow en la Kyiv School of Economics.
—Pasaron unos días en Buenos Aires, estuvieron en la Feria del Libro. ¿Qué impresiones se llevan?
Artem Chapeye: Tengo dos impresiones especiales. Una literaria: quedé muy impresionado por Héctor Abad Faciolince. Un escritor tan exitoso y con tanta ternura, tanta modestia. Hablás con él como si fuera tu papá o tu hermano mayor. La otra no tuvo nada que ver con la literatura: la última noche nos llevaron a una pizzería que se llama Güerrín. Nunca en mi vida vi algo parecido. Es como un estadio, pero es una pizzería.
Eugenia Kuznetsova: Caminamos casi ochenta mil pasos, de Recoleta a Caminito. Y en un momento nos dijimos: “Mirá qué suerte tiene esta gente que camina por estas calles y no lo dimensiona, porque en el cielo solo hay aviones civiles. No hay ningún vecino que pueda invadir en algún momento”. Es muy importante valorar la suerte que es vivir en un país sin guerra y sin perspectiva de guerra.

—En los dos libros que trajeron a Buenos Aires aparece una figura que los obsesiona a ambos: el hombre ucraniano que, por una razón u otra, no está en el frente. Eugenia lo retrata desde la ficción en La escalera, en el personaje de Tolik. Artem lo aborda desde la no ficción. ¿Qué los llevó a meterse, cada uno a su modo, con ese personaje?
Kuznetsova: Son personajes muy distintos. Tolik es un personaje no heroico, culpable. El libro trata sobre esa sensación de culpa que lo agota, una familia enojada con él. Al final no queda muy claro qué pasa, y esa era mi intención: Tolik va hacia Ucrania, pero no sabemos qué ocurre después. No tomó una decisión clara de ir a luchar.
Chapeye: Yo escribo sobre cómo en Ucrania, hagas lo que hagas, siempre te parece que no es suficiente. Si no estás en las Fuerzas Armadas y sos varón, sentís que no es suficiente. Y si estás, también: porque alguien está en infantería y vos estabas en la policía militar. Hasta los que van a las trincheras se sienten insuficientes, porque alguien murió y ellos no. Una psiquiatra dice que el trauma se expresa de forma muy similar en los soldados y en las mujeres víctimas de violación: ellas también sienten que tuvieron la culpa.
—¿Cómo se vive esa culpa en lo cotidiano, más allá de la decisión de alistarse o no?
—Kuznetsova: Ya sabemos los precios de casi todas las armas. Cada vez que gastamos dinero en algo, siempre tengo en la cabeza “bueno, eso sería una bala de francotirador”. Eso siempre está con vos.
—Vos, Artem, venías del pacifismo más rotundo: tradujiste a Gandhi al ucraniano. ¿Qué se rompió en ese pacifismo el 24 de febrero de 2022?
Chapeye: Hay situaciones en la vida en que el pacifismo no es suficiente. Yo era traductor de Gandhi, específicamente de su libro sobre la satyagraha, “el camino de la verdad” en sánscrito. Sigo respetando esos métodos. Pero cuando ya viene el ejército enemigo, cuando ya vienen las bombas que van a matar a tus hijos, las peticiones o las huelgas de hambre ya no alcanzan. Como dijo Eugenia, hay que valorar la suerte de no tener que enfrentar ese dilema en la práctica.

—A más de cuatro años de la invasión, una parte de la izquierda internacional sigue pidiéndole a Ucrania que negocie. ¿Se sienten traicionados, especialmente por la izquierda latinoamericana?
Chapeye: Cuando vine a América Latina por primera vez, entré en contacto con estalinistas mexicanos. Me dijeron que el genocidio contra los ucranianos era algo necesario para concentrar la revolución. Eso es una tontería. Si alguien es de izquierda, tiene que leer Homenaje a Cataluña, de Orwell: ya en los años treinta él describió las mismas cosas, unos izquierdistas que llaman fascistas a los otros. Hoy todos los izquierdistas que conozco en Ucrania están en el ejército combatiendo contra los rusos. El problema, visto desde lejos, es que Rusia todavía se confunde con la Unión Soviética. Rusia hoy es un país bastante de derecha, con mucha desigualdad. Estar en contra del imperialismo estadounidense no debe significar apoyar otro imperialismo. Paradójicamente, los izquierdistas estalinistas terminan pensando lo mismo que Donald Trump. Eso es lo más ridículo.
Kuznetsova: Héctor Abad Faciolince escribió una frase muy buena: la Unión Soviética fue un sueño religioso de los años veinte que se convirtió en pesadilla. En América Latina hay muchos estereotipos sobre la Unión Soviética, porque en distintos períodos apoyó a algunos países en su batalla ideológica con Estados Unidos. Por eso ven a Rusia como heredera legal. Rusia también quiere verse así, y en cierto modo lo es, pero quiere heredar solo lo bueno: la cultura, la ópera, el ballet, a Kazimir Malevich, que era un pintor ucraniano. No quiere heredar los crímenes ni responsabilizarse por ellos.
Chapeye: No reconocen el genocidio de los ucranianos, ni de los tártaros de Crimea, ni de los chechenos.
Kuznetsova: Una investigadora lituana lo escribió bien en Lo que nos hicieron, un libro sobre la ocupación soviética: solo se puede recuperar del trauma si hay justicia. Con la Unión Soviética no la hubo. Todos los pueblos ocupados, todos los crímenes cometidos: nadie respondió por nada. En mi opinión, esa es una de las razones por las que la guerra rusa es posible hoy.
—Artem, en tu rol en la policía militar trabajaste con prisioneros de guerra rusos. ¿Qué te llevaste de esas conversaciones? ¿Confirmaron lo peor que pensabas de la sociedad rusa o complicaron tu mirada?
Chapeye: Cuando pensás en la invasión rusa en su totalidad, la ves como una oscuridad casi ontológica que vino sobre nuestras fronteras y trató de devorarnos. Pero cuando ves de cerca a los soldados rusos por separado, ves seres humanos y hasta sentís lástima. La mayoría decía cosas como “tenía muchas deudas” o “tenía que pagar la educación de mi familia”. Eran de clases muy pobres, por debajo de la clase obrera. En Rusia, como en Estados Unidos, hay un porcentaje altísimo de población encarcelada. A muchos les dieron la opción de quedarse diez años más en prisión o ir a la guerra y quedar libres si sobrevivían un año. Y muchos no eran ideológicos: ya no repetían la propaganda de Putin. Lo peor emocionalmente fue encontrarme con ucranianos de los territorios ocupados desde 2014 que ya habían sido movilizados en el ejército ruso para invadir Ucrania. Me acuerdo de uno, un arquitecto de unos treinta y cinco años, de mi misma clase social. Vivía en Donetsk y pensaba que a él no le iba a pasar nada porque estaba “fuera de la política”. Es como esa broma soviética: un padre y un hijo van camino a un gulag y el hijo pregunta “Papá, ¿a qué gulag vamos?”. Y el padre responde “No sé, porque a mí la política no me interesa”. Cuando Rusia empezó la movilización lo llamaron y terminó invadiendo Ucrania. Eso también responde a los que preguntan por qué los ucranianos no quieren negociar. Negociaríamos, pero ya pasó: Rusia invadió una parte del país, nadie hizo nada, y volvió a atacar. Si negociamos ahora, puede que en dos años intente atacar de nuevo.
Kuznetsova: De hecho, los vecinos de Ucrania no nos empujan a negociar.
Chapeye: Porque ellos entienden. Los polacos, los países del Báltico: entienden todo porque también fueron parte del interior ruso en algún momento, también fueron colonizados. Y saben que no es solo ocupación: son torturas. Algo que siempre les decimos a los argentinos es que en los territorios ocupados Rusia se apropia de los niños y los reeduca, igual que en Argentina con los hijos de los desaparecidos. Es como 1984, de Orwell. Para mí es una razón más para combatir: si nos ocupan, en una generación nos pueden mandar a guerrear contra los polacos o contra los países bálticos.
Kuznetsova: Eso ya pasó con la Unión Soviética. Los ucranianos, pueblo ocupado, fueron enviados a Checoslovaquia, a Afganistán, a todas las guerras que inició la Unión Soviética. Por eso sabemos muy bien qué es.

—Eugenia, una de las herramientas del poder colonial ruso fue la imposición del idioma. Vos analizaste cómo el bilingüismo fue una herramienta soviética. ¿Cómo ves el desplazamiento del ruso que está ocurriendo ahora en Ucrania?
Kuznetsova: Es el proceso normal de descolonización. Hay gente que dice “no es el momento, primero hay que ganar la guerra y después ocuparse del idioma”. Pero no es verdad: son procesos paralelos que no se pueden detener. Mucha gente se convirtió en hablante de ucraniano recién a partir de 2022, porque una crisis así te obliga a responderte preguntas: ¿Quién soy? ¿Quiénes son mis hijos? ¿Por qué yo hablo ruso, mis padres hablan ruso, pero mis abuelos hablaban ucraniano? ¿Por qué pasó eso? Por eso me gusta tanto ese título que mencioné: Lo que nos hicieron. Porque en algún momento de nuestra historia empezamos a hablar ruso.
—Algunos analistas observan que la propaganda rusa hacia adentro está colapsando, que el Kremlin ya no produce relatos eficaces y que está cortando internet en regiones enteras como último recurso. Eugenia, vos estudiás esto. ¿Lo ves así?
Kuznetsova: Estoy trabajando con ese tema. Los métodos cambiaron a partir de 2022, también en el exterior, porque en la mayoría de los países europeos perdieron el acceso al público general a través de la televisión. RT, por desgracia, todavía está disponible en Argentina y en muchos países de América Latina, pero en Europa, incluso en España, ya no. Por eso Rusia elige otras herramientas más sofisticadas: infiltrarse en partidos políticos. Y no es verdad que apoye solo movimientos de extrema derecha, como suelen decir algunos investigadores. Apoya todo lo que sea extremo: extrema izquierda, extrema derecha. Para sembrar caos. La sociedad rusa es pasiva, está acostumbrada a ser dirigida, porque tiene trescientos años de dictadura. En 2022 esperábamos que los rusos hicieran manifestaciones. Nada.
Chapeye: La sociedad ucraniana, y muchas otras como la francesa o la argentina, están organizadas de abajo hacia arriba. La rusa está organizada de arriba hacia abajo. Hasta en la oposición rusa veo cómo están buscando a otro zar. Cuando murió Navalny, da pena ver cómo intentan convertir a Navalnaya en una nueva reina. En Ucrania no buscamos a un solo líder. Siempre estamos protestando. Después viene un líder de esa protesta y al año ya lo odiamos. Es más sano, es más anarquista. El riesgo en Rusia es que aunque haya un cambio, se convierta en otra dictadura muy rápidamente, como los bolcheviques, que después del zarismo se convirtieron en una nueva dictadura.
Kuznetsova: El embajador austriaco dijo algo interesante en la feria: si le preguntamos a la oposición rusa por qué no hay protestas en Rusia, normalmente responde que es peligroso salir a la calle. Pero salir a la calle en Berlín, en Madrid, en Barcelona, en Buenos Aires no es peligroso. Y tampoco lo hacen.
—Después de cuatro años de guerra, dejando de lado el análisis político, ¿qué es lo que más extrañan de la vida antes de la invasión?
Chapeye: Yo extraño sobre todo poder caminar con libertad. Ahora en Ucrania casi no es posible: soy soldado y además no es seguro. Estoy ahora en los Países Bajos y caminé todo el día junto al Mar del Norte para evitar el jet lag, y me di cuenta de cuánto extrañaba esos días en que, si los chicos estaban con los abuelos, podías caminar dos o tres días como quisieras. No sé cuándo volverá a serlo para mí.
Kuznetsova: A mí los rusos me robaron la ilusión que tenía antes de la guerra: que el mundo es un lugar seguro, que los países se acercan cada vez más entre sí. Nos sentíamos hijos del mundo. Y me la robaron. Porque ahora, para ir a Ucrania, tengo que volar y después tomar un tren de diecisiete o dieciocho horas. Esa logística te regala la sensación de que Ucrania está muy, muy lejos. Mi sueño siempre fue que no hubiera fronteras, que todos estuviéramos juntos. Y los rusos me robaron eso.
Artem Chapeye (seudónimo; su nombre real es Anton Vodyanyi)

El pacifista que tradujo a Gandhi reflexiona sobre su decisión de alistarse tras la invasión de 2022. Publicado en inglés en 2025. Pendiente de traducción al español.
- Nació en 1981 en Kolomyia, oeste de Ucrania.
- Estudió Filosofía en la Academia Kyiv-Mohyla. Miembro de PEN Ucrania.
- Activista: participó en la Revolución Naranja y fue testigo de los asesinatos de manifestantes en el Maidán en 2014.
- Tradujo al ucraniano a Mahatma Gandhi, Noam Chomsky y Edward Said.
- Cinco veces finalista del Premio BBC Ucrania al Libro del Año.
- Cubrió la guerra del Donbás como reportero desde 2014.
- En febrero de 2022 evacuó a su familia y se alistó como soldado raso. Sirve en la policía militar de las Fuerzas Armadas de Ucrania.
- Su cuento The Ukraine (2018) fue, en marzo de 2022, el primer texto ucraniano publicado por The New Yorker.
- Libros más recientes: La gente común no carga ametralladoras (2025)
Eugenia Kuznetsova

Tolik huyó de su familia tóxica a España. Cuando empieza la invasión, toda su familia se evacúa a su casa. Premio BBC Ucrania 2023. Pendiente de traducción al español.
- Nació en 1987 en Krivói Rog y creció en la aldea de Khomutyntsi, en el centro de Ucrania. Su familia es del este.
- Estudió Relaciones Internacionales en la Universidad Nacional Taras Shevchenko de Kiev.
- Se doctoró en Estudios Internacionales e Interculturales en la Universidad de Deusto (España), con una tesis sobre realismo mágico.
- Investigadora asociada de la Kyiv School of Economics. Trabajó como consultora en medios para la OSCE y la ONU en Ucrania.
- Traductora del inglés, alemán y español al ucraniano.
- Habla ucraniano, español, inglés, alemán y francés.
- Tres novelas: Pregunta a Miechka (2021), La escalera (2023) y Las ovejas están a salvo. Traducidas al inglés, polaco, georgiano, lituano, eslovaco y finlandés.
- Ensayo: La lengua como espada, sobre el bilingüismo ucraniano como producto de la violencia imperial soviética.
- Premios: Mención especial del Premio de Literatura de la Unión Europea (2022) y BBC Ucrania al Libro del Año (2023) por La escalera.
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INTERNACIONAL
Tartessos, la civilización de España que selló sus templos antes de desaparecer sin dejar rastro
El valle del Guadiana, en la árida llanura del suroeste de España, guarda bajo su suelo un secreto que nunca se logró borrar. Templos sellados, joyas de oro y cenizas de rituales sin explicación: lo que hoy parece tierra fue, hace más de 2.500 años, el corazón de Tartessos, una civilización que comerció con medio Mediterráneo y dejó su huella en la costa atlántica y en la ciencia.
Los historiadores griegos y romanos la conocían, o creían conocerla. Heródoto, geógrafo, escribió sobre una ciudad portuaria más allá de las Columnas de Hércules, ese límite del mundo conocido que hoy se conoce como estrecho de Gibraltar. El Antiguo Testamento menciona un lugar llamado Tarsis, desde donde las naves del rey Salomón regresaban cargadas de oro, plata y marfil.
Cada fuente describía a Tartessos de forma distinta: un río, un puerto, un reino, una isla, pero nadie coincidía.
Sin embargo, las excavaciones del último siglo fueron sumando piezas a un rompecabezas enorme y generando respuestas a historiadores. Pero recién en las últimas décadas la tecnología permitió empezar a ver la imagen completa de un mundo que fue protagonista del mercado miles de años atrás.

Tartessos floreció entre los siglos IX y V a. C. en el sur de la península ibérica, y surgió de la fusión entre poblaciones indígenas y colonizadores fenicios y griegos. No fue una cultura aislada: su ubicación geográfica, próxima al estrecho de Gibraltar, la convirtió en un punto de conexión e intercambio entre el Atlántico y el Mediterráneo, dos mundos que hasta entonces habían operado con escaso contacto directo.
Su base económica descansaba en los metales. El subsuelo del sur peninsular era extraordinariamente rico en oro, plata, cobre y estaño, y los tartesios lo explotaron con una organización que impresionó a los viajeros de la Antigüedad. Según recoge History National Geographic, Eforo, historiador del siglo IV a. C., los describió como “un mercado muy próspero, regado por un río que lleva gran cantidad de estaño, oro y cobre».

El rey Argantonio se convirtió en la figura por antonomasia de la civilización. De acuerdo con History National Geographic, las fuentes antiguas lo presentan como un gobernante longevo y opulento, símbolo de la abundancia que caracterizó a esta sociedad durante su apogeo. Su figura condensó, con el tiempo, todo el aura de prosperidad que rodeaba al mundo tartesio.
Además del comercio y la metalurgia, registraron el primer sistema de escritura conocido de la península ibérica. La escritura tartésica, que data de alrededor del siglo VIII a. C., deriva del alfabeto fenicio y presenta una particularidad: es palindrómica, puede leerse de derecha a izquierda o de izquierda a derecha. Según informó la BBC, los sonidos exactos que representan sus símbolos aún están bajo estudio.
Una estela con inscripciones de este sistema se conserva en el Museo Arqueológico de Badajoz, dentro de la Alcazaba.

La relación con los fenicios es uno de los debates más activos en la arqueología actual. La postura tradicional sostuvo durante décadas que ambas culturas, pese a la cercanía geográfica, se mantuvieron sustancialmente separadas. Pero investigaciones más recientes plantean que entre ellas se produjo una fusión cultural tan profunda que en muchos yacimientos resulta difícil distinguir qué elementos son de cada uno.
Lo que sí permanece fuera de discusión es la extensión geográfica de la civilización. Los primeros hallazgos apuntaban al valle del Guadalquivir, en Andalucía, como el núcleo tartesio. Pero descubrimientos posteriores en el valle del Guadiana, más al oeste, ampliaron ese mapa considerablemente.
Hasta la fecha, según relevó la BBC, se han identificado más de 20 yacimientos tartesios en toda España, que incluyen sitios en las provincias de Huelva, Sevilla, Córdoba, Badajoz e incluso en Portugal.
La desaparición hacia el siglo V a. C. continúa siendo uno de los enigmas sin resolver de la arqueología ibérica. La civilización no se apagó de forma gradual: los registros materiales indican una ruptura abrupta, sin señales claras de una transición hacia otra cultura o una retirada ordenada.

Una de las teorías con mayor respaldo reciente apunta a un desastre natural. Según informó el investigador científico del Instituto de Arqueología de Mérida, Sebastián Celestino Pérez, “parece que pudo haber habido un terremoto a mediados del siglo VI antes de Cristo, seguido de un tsunami que podría haber afectado a los principales puertos”, reveló en diálogo con la BBC.

Pero los factores económicos y políticos también pesan en el análisis. De acuerdo con History National Geographic, Eduardo Ferrer-Albelda, catedrático de arqueología de la Universidad de Sevilla, señaló que la riqueza metálica era tanto su mayor fortaleza como su punto más vulnerable.
“También se documenta una crisis minera, pero la violencia debió desempeñar un papel importante”, afirmó. El investigador también planteó que “la connivencia entre las aristocracias fenicia e indígena podría haber terminado abruptamente, de modo que cabe suponer un movimiento entre las poblaciones de la zona tartésica”.
Lo que sí documentan con precisión los yacimientos es el ritual con el que los tartesios cerraron sus espacios sagrados antes de abandonarlos. Según relevó la BBC, en todos los sitios excavados se repitió el mismo patrón: los habitantes vaciaban los recipientes y ánforas, quemaban el edificio y lo sellaban con arcilla, dejando en su interior herramientas de hierro, joyas de oro y restos de animales sacrificados.
Ana Belén Gallardo Delgado, historiadora y guía del yacimiento de La Mata, resumió esa conducta para la BBC: “Lo que más me sorprende es la peculiar costumbre de destruir sus viviendas; en todos los yacimientos encontrados se ha seguido el mismo comportamiento“.
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INTERNACIONAL
La increíble historia de los trillizos que fueron separados al nacer para un experimento científico y descubrieron la verdad 19 años después
Durante casi dos décadas, Edward Galland, David Kellman y Robert Shafran vivieron sin saber que eran hermanos. Nacieron el mismo día, compartían el ADN y, sin embargo, fueron entregados en adopción a tres familias diferentes que jamás fueron informadas de la existencia de los otros chicos.
El reencuentro ocurrió por una serie de casualidades que convirtió la historia en algo increíble. Rápidamente, los tres hicieron furor en Estados Unidos, protagonizaron programas de televisión, abrieron un restaurante y se convirtieron en celebridades.
Sin embargo, detrás de aquella historia que parecía sacada de una novela de ficción había un secreto oscuro: los habían separado a propósito para formar parte de un experimento científico que nunca fue informado a sus familias.
Décadas después, el caso cobró relevancia gracias al documental Three Identical Strangers, dirigido por Tim Wardle, que reconstruyó una de las historias más impactantes sobre adopciones y ética científica.
Tres idénticos desconocidos
Los tres hermanos nacieron el 12 de julio de 1961 en Nueva York. Su madre biológica era una adolescente soltera que decidió darlos en adopción. Lo que ni ella ni las familias adoptivas sabían era que los bebés serían separados intencionalmente.
Cada uno fue enviado a un hogar distinto a través de la agencia de adopciones Louise Wise Services. La decisión no fue aleatoria, ya que según se supo muchos años después, los responsables del estudio buscaban que crecieran en familias con diferentes niveles socioeconómicos y distintos estilos de crianza para observar cuánto influían la genética y el ambiente en el desarrollo de una persona.
Uno de los hermanos fue criado en una familia trabajadora, otro en un hogar de clase media y el tercero en un entorno con una posición económica más acomodada. Todos crecieron creyendo que eran hijos únicos.
Los trillizos que fueron separados al nacer por un experimento científico. (Foto: Three Identical Strangers)
La historia de los trillizos dio un giro en 1980, cuando Robert Shafran llegó a estudiar en el Sullivan County Community College, ubicado en Nueva York.
Desde el primer momento ocurrió algo que le pareció raro: alumnos que nunca había visto lo saludaban y lo llamaban “Eddy”. Algunos incluso mantenían una breve conversación con él convencidos de que era otra persona.
Por otra parte, un compañero conocía a Edward Galland, un chico que había estudiado allí el año anterior y que era idéntico al recién llegado. Cuando ambos se encontraron cara a cara quedaron completamente sorprendidos: tenían las mismas facciones, la misma voz y la misma fecha de nacimiento.
La posibilidad de que fueran hermanos adoptados apareció enseguida. Poco después confirmaron que eran gemelos idénticos separados al nacer.
La similitud física entre los hermanos era innegable. (Foto: CNN)

Pocos días después de que los medios publicaran la historia del sorprendente reencuentro, David Kellman vio una foto de los dos jóvenes en el diario local y no pudo creer lo que veía: ellos eran iguales a él.
Fue así que David logró contactarlos por teléfono y organizó un encuentro. Cuando los tres estuvieron juntos comprobaron que no eran gemelos, sino trillizos.
De un fenómeno mediático a una verdad inesperada
El reencuentro de los trillizos causó un impacto inmediato en Estados Unidos. En cuestión de semanas, Robert Shafran, David Kellman y Eddy Galland pasaron de ser tres jóvenes desconocidos a ser protagonistas de programas de televisión, entrevistas y portadas de revistas y diarios.
Su parecido físico era increíble, pero lo que más llamaba la atención era la cantidad de rasgos que compartían a pesar de haber crecido por separado: fumaban la misma marca de cigarrillos, tenían gustos similares para la comida, practicaban lucha libre e incluso utilizaban expresiones y gestos casi idénticos.
Después de que se diera a conocer el caso, los trillizos se volvieron famosos en Estados Unidos. (Foto: BBC)

Las imágenes de los tres vestidos iguales y respondiendo preguntas al mismo tiempo dieron la vuelta al país. Por eso, aprovechando la enorme repercusión, decidieron mudarse juntos a Nueva York y abrieron un restaurante en el barrio del SoHo llamado Triplets, que rápidamente se convirtió en furor entre turistas y curiosos que querían conocer a los hermanos.
Sin embargo, mientras disfrutaban de esa inesperada fama, todavía desconocían el motivo por el que habían sido separados al nacer. La respuesta llegaría años después y transformaría para siempre la manera en que entendían su propia historia.
Un experimento oculto
En la década de los 90, investigaciones periodísticas dieron a conocer la existencia de un estudio secreto encabezado por el psiquiatra infantil Peter Neubauer, que había desarrollado junto a la agencia de adopciones Louise Wise Services.
El objetivo del proyecto era averiguar cuánto influye la herencia genética y cuánto pesa el entorno social en la formación de la personalidad.

Peter Neubauer, el psiquiatra infantil que estuvo a cargo del experimento científico que involucró a los hermanos trillizos. (Foto: Daily Mail)
Durante la infancia de los chicos, investigadores visitaban con frecuencia las casas donde estaban alojados con la excusa de realizar controles de rutina sobre la adaptación. En esas reuniones hacían preguntas, filmaban a los menores, evaluaban su comportamiento y registraban su desarrollo.
Años después, los propios trillizos aseguraron que jamás fueron informados de la existencia del estudio y que crecieron sin saber que dos hermanos idénticos vivían a pocos kilómetros de distancia.
“Nos trataban como sujetos de estudio, pero nosotros éramos víctimas. Hay una gran diferencia”, dijo Robert Shafran en una entrevista en el documental Three Identical Strangers. En otra oportunidad resumió ese sentimiento con una frase que se volvió emblemática: “Nos trataron como ratas de laboratorio”.
La muerte de Eddy Galland
La verdad sobre haber sido parte de un experimento científico afectó en gran parte a los tres hermanos, que atravesaron distintos problemas de salud mental.
Sin embargo, fue Eddy Galland quien se llevó la peor parte, ya que fue diagnosticado con trastorno bipolar y estuvo internado en instituciones psiquiátricas. Finalmente, se quitó la vida el 31 de marzo de 1995 cuando tenía 33 años.
Uno de los hermanos, Eddy Galland, se quitó la vida a la edad de 33 años. (Foto: Three Identical Strangers)

Este trágico hecho marcó un punto de quiebre para la familia y afectó profundamente a David y Robert. Si bien nunca se pudo establecer una relación directa entre el experimento y el suicidio de Galland, ambos sostuvieron que la separación al nacer y todo lo que descubrieron después tuvo un fuerte impacto emocional en sus vidas.
Peter Neubauer murió en 2008 sin publicar los resultados completos de su investigación. Antes de morir, dejó el archivo del estudio depositado en la Universidad de Yale, donde permanecerá bajo reserva hasta 2065.
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Nuevo León no está lejos
Durante las últimas semanas he recorrido Nuevo León de punta a punta. He estado en ciudades industriales, comunidades rurales, ejidos y cabeceras municipales. He escuchado a trabajadores, madres de familia, empresarios, productores, comerciantes y jóvenes. Y en todos esos kilómetros encontré una misma realidad: en nuestro estado, la distancia no siempre se mide en kilómetros. A veces se mide en abandono.
Hay lugares a los que el gobierno llega con discursos, pero no con médicos. Comunidades a las que les prometieron agua en las redes sociales y todavía dependen de un pozo. Municipios donde los jóvenes tienen que irse porque el empleo, la educación y las oportunidades se concentran lejos de su casa. Familias que ven cómo se anuncian grandes obras mientras los servicios más elementales siguen sin funcionar.
En El Salitre, Zaragoza, encontramos un dispensario sin lo necesario para atender a la gente. En Las Palomas, Mier y Noriega, las familias siguen esperando la red de agua potable que les prometieron. En Presa de Maltos, Doctor Arroyo, escuchamos a una comunidad que rara vez recibe la visita de las autoridades estatales. En Mina, Marín, Cerralvo, Anáhuac y tantos otros municipios se repite la misma pregunta: ¿cuándo nos va a tocar a nosotros?
Esa pregunta debería incomodarnos a todos. Nuevo León no puede presumir crecimiento si ese crecimiento no llega a la vida diaria de las familias. No puede hablar de prosperidad mientras una madre busca medicamentos que no encuentra, un estudiante abandona su comunidad para continuar sus estudios o un trabajador pierde horas enteras atorado en el tráfico o esperando un camión para llegar a su empleo.
Lo que hemos encontrado no es solamente una lista de carencias. Es el resultado de gobernar sin una visión completa del estado. Durante demasiado tiempo se pensó que atender Nuevo León era atender sólo una parte de la Zona Metropolitana. Y aun dentro de ella, el tráfico, la contaminación, la falta de agua y las obras inconclusas demuestran que tampoco basta con inaugurar proyectos o acumular anuncios.
Gobernar es planear, coordinar, terminar y cumplir. Y yo sé lo difícil que es gobernar porque ya lo he hecho en condiciones complejas, con limitaciones reales y problemas que no desaparecen con una publicación en redes sociales. También sé que, con capacidad, honestidad y trabajo constante, sí se pueden obtener resultados concretos en las cosas que importan a las familias.
Cuando enfrentamos la inseguridad, profesionalizamos a la policía. Cuando faltaban oportunidades, facilitamos la inversión sin extorsionar a quien quería producir y generar empleo. Cuando la burocracia frenaba el crecimiento, digitalizamos los trámites, porque las computadoras no piden moche. Cuando el crecimiento acelerado debilitó la convivencia, llevamos educación, cultura, deporte y trabajo comunitario a las colonias para reconstruir el tejido social.
No son recetas que puedan copiarse mecánicamente de un municipio a todo el estado. Sin embargo, sí son pruebas de algo más importante: los problemas difíciles se enfrentan con método, coordinación y capacidad. Y los resultados aparecen cuando el gobierno deja de improvisar y se concentra en cumplir.
Ésa es la esencia de la 4T Norteña: capacidad realista.
Y la Presidenta ha marcado un rumbo al que ese realismo debe aplicarse sin titubeos fortalecer la industria nacional, atraer inversiones, generar empleos y hacer que la prosperidad alcance a quienes durante años fueron dejados atrás.
Eso exige dejar de administrar al estado como si fuera una colección de municipios aislados. Necesitamos coordinación metropolitana, planeación regional y una verdadera alianza entre gobierno, empresas, universidades, trabajadores, campo y sociedad civil. También exige cambiar la manera de recorrer y escuchar. No basta llegar, tomarse una fotografía y seguir adelante. Cada visita debe dejar un problema entendido, una solución viable y un compromiso que pueda medirse.
La cercanía no consiste en estar un día junto a la gente. Consiste en regresar con resultados. Por eso, después de recorrer el estado, mi convicción es más firme: no hay dos Nuevo León, uno moderno y otro condenado al olvido; existe un solo Nuevo León y debe avanzar unido. El progreso de la zona industrial tiene que abrir oportunidades en el campo; la inversión metropolitana debe fortalecer las regiones; y cada peso público debe convertirse en agua, seguridad, movilidad, salud, educación y futuro.
Lo que encontramos en el camino duele, pero también obliga. Frente al abandono, presencia. Frente a la improvisación, capacidad. Frente a la promesa, cumplimiento. Y frente a un crecimiento que deja gente atrás, la Transformación.
Nuevo León no necesita que le cuenten otra historia. Necesita un gobierno con los pies en la tierra, que conozca sus problemas, que sepa enfrentarlos y que convierta el rumbo de la Presidenta en resultados para cada familia, desde la Zona Metropolitana hasta la comunidad más apartada.
Porque nadie vive demasiado lejos en el ejido más remoto, se esfuerza en la colonia más compleja o emprende en la empresa recién instalada, cuando el gobierno entiende que su primera obligación es llegar con resultados.
*El autor es Alcalde, con licencia, del Municipio de General Escobedo y aspirante a Coordinador de la Defensa de la Transformación y la Soberanía Nacional en Nuevo León, México.
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