CHIMENTOS
La emoción de Flavia Palmiero al cumplirse 40 años de La Ola Verde: “La gente fue la que me eligió”

Hay recuerdos que no envejecen y permanecen suspendidos en algún rincón de la memoria colectiva, intactos, esperando ser despertados por una canción, una fotografía o una simple frase. Para toda una generación de argentinos, ese recuerdo tiene el color de las tardes frente al televisor, el sonido de los dibujos animados y una voz que parecía atravesar la pantalla para hablarle a cada chico en particular. En diciembre de 1985 nacía La Ola Verde, el ciclo que se convertiría en un fenómeno de la televisión infantil. Y pocos meses después, el 10 de junio de 1986, hace 40 años, una joven de apenas 19 años llegaría para transformarlo en algo mucho más grande: un universo propio. Su nombre era Flavia Palmiero.
Cuando el programa debutó el 2 de diciembre de 1985 por Canal 11, estaba conducido por Ani Sosa Cordero y acompañado por el inolvidable Señor Televisor, aquel personaje con cabeza de pantalla cuya voz pertenecía al histórico locutor Héctor Ascione. La propuesta, producida por Susana Fontana, reunía algunos de los dibujos animados más populares del momento, desde La Pantera Rosa y Tom y Jerry hasta El Inspector y Súper Ratón. Era una apuesta fuerte para las tardes infantiles, pero nadie imaginaba todavía que estaba gestándose uno de los fenómenos culturales más importantes de la década.
El destino del programa cambiaría en mayo de 1986. Tras la salida de Sosa Cordero, las autoridades del canal comenzaron a buscar una reemplazante. Entonces alguien recordó a una joven actriz que meses antes había irrumpido en una oficina con un proyecto infantil bajo el brazo y una convicción difícil de ignorar. Aquella muchacha era Flavia Palmiero.
Lo curioso es que la historia había comenzado mucho antes. Muchísimo antes. En una casa donde una niña jugaba sola mientras imaginaba el futuro que algún día quería construir. Décadas después, la propia Palmiero recordaría aquellas escenas con una mezcla de emoción y asombro: “Cuando yo era chiquita, jugaba a que conducía programas para chicos. Agarré el trípode del secador de pelo de mi mamá, le ponía una caja de cartón y como lente un rollo de papel higiénico. Presentaba dibujitos, cantaba, bailaba. Qué increíble, ¿no? De chica jugaba a lo que después se convertiría en mi vocación, en mi profesión y en mi trabajo”.
Aquella infancia no había sido sencilla. Hija única de padres separados en una época donde las familias ensambladas eran una rareza, Palmiero atravesó experiencias que la obligaron a crecer demasiado rápido. “Sentí el abandono de mi papá, la ausencia. Y eso fue un gran motivador. Una fortaleza. Yo tenía todo en contra, pero quería escribir una historia distinta para mi vida”, contaría años después. Quizás allí, en esa necesidad de construir un camino propio, comenzó a forjarse la perseverancia que terminaría llevándola a la televisión.
Su llegada al medio fue tan inesperada como vertiginosa. A los 17 años protagonizó la primera película sobre Eva Perón filmada en el mundo, en plena dictadura militar. De pronto, aquella adolescente apareció en revistas, diarios y programas de televisión. Sin embargo, mientras las ofertas cinematográficas se multiplicaban, ella seguía sintiendo que su lugar estaba en otro lado. “Yo sabía las cosas que quería hacer y las que no. Me ofrecían películas importantes, pero la mayoría incluían desnudos y sentía que ese no era mi camino. Entonces escribí mi primer programa infantil. Tenía apenas diecinueve años”, recordaría.

Lo que vino después parece una escena escrita por el destino. Mientras participaba de la telenovela Rossé, con una mezcla de ingenuidad y determinación, pidió una reunión con el director artístico de Canal 11 para presentar su proyecto. Era una audacia impensada para una joven sin experiencia como conductora. Sin embargo, fue recibida. Escucharon su propuesta. Y aunque finalmente no fue aprobada, aquella entrevista dejó una impresión imborrable.
“Después fue Flavia está de fiesta ese programa, aunque no lo puedas creer. El director artístico del canal me dijo: “Bueno, si eres tan caradura como para presentar este proyecto, que es bastante ambicioso, vas a ser una gran conductora”. Y me dice: “Bueno, pero ahora tenemos La ola Verde”. Había una chica, hacía muy poquitos meses que estaban, así que me fui», recordó Palmiero. Salió de aquella oficina con el proyecto bajo el brazo y la sensación de haber perdido una oportunidad. Lo que no sabía era que el destino ya estaba trabajando para ella.
Poco tiempo después sonó el teléfono. La conductora de La Ola Verde había renunciado y alguien se acordó de aquella chica que se había animado a tocar la puerta. “Y yo acepté a ciegas. La verdad, no era el programa que yo soñaba hacer, pero era una forma de arrancar”.

Su debut ocurrió en junio de 1986. El Señor Televisor anunció la llegada de una nueva amiguita. Entonces apareció ella. Sonriente, espontánea, descontracturada. Muy distinta a todo lo que se había visto hasta ese momento en la televisión infantil argentina.
“Recuerdo perfectamente ese día. El Señor Televisor dijo: ‘Chicos, tengo una nueva amiguita para presentarles. Se llama Flavia’. Entonces entré y dije: ‘Hola, chicooos’. Y ahí quedó para siempre. Para siempre en mi corazón”.
La frase se convertiría en una marca registrada. Pero el verdadero cambio iba mucho más allá de un saludo. Palmiero entendió algo que revolucionó el vínculo entre la televisión y la infancia. Los chicos ya no querían una figura solemne que les hablara desde arriba. Necesitaban alguien cercano. Alguien auténtico.

“Yo tenía diecinueve años. No podía ser ni la maestra ni la mamá de los chicos. Podía ser la hermana mayor. Entonces les hablé como pares. Rompí el vidrio de la televisión. Quería que ellos entraran a la pantalla y jugaran conmigo”, explicaría.
La apuesta no fue sencilla. De hecho, según contó la propia conductora, muchos productores desconfiaban de aquel estilo espontáneo y desestructurado. “No les gustaba. Querían seguir con la forma tradicional de hacer televisión infantil. Pero tuve la bendición de que los chicos me entendieron enseguida. Ellos entendieron exactamente lo que yo quería hacer”. Y así fue. El éxito resultó inmediato.
Las cartas comenzaron a llegar por miles. Los índices de audiencia crecían semana tras semana. Los personajes que acompañaban a Palmiero se transformaron en figuras queridas por el público. Al Señor Televisor se sumaron Grock, el recolector de estrellas; Pelín; Lubi; Pinta; Monoco y el Elefantito. Cada uno construyó una identidad propia dentro de un universo donde la fantasía convivía con la cercanía y la participación de los chicos.

Y mientras el país celebraba uno de los momentos más felices de su historia deportiva, La Ola Verde también comenzaba a convertirse en un símbolo de época: “Me da mucha emoción que este aniversario coincida con el Mundial. Porque el 25 de junio ganamos la final de México 86 y nosotros estábamos haciendo La Ola. Estamos muy ligados a ese momento del país. Ese ‘Hola, chicos’ no me lo olvidaré nunca más en mi vida. Me cambió la vida una vez más”.
La expansión fue tan rápida que apenas semanas después de asumir la conducción llegó la primera temporada teatral, durante las vacaciones de invierno de 1986 en el Circo Rodas. Las funciones se llenaban. Los chicos hacían largas filas para verla. Los padres observaban sorprendidos cómo aquella joven de sonrisa permanente se había convertido en un fenómeno popular.
Mientras tanto, las tardes de Canal 11 seguían creciendo. Llegaron los clásicos de Warner Bros., El Pájaro Loco, Los Autos Locos, La Hormiga Atómica, Manotas y tantos otros personajes que acompañaron a una generación entera. Pero La Ola Verde ya era mucho más que una pantalla donde se emitían dibujos animados. Era un espacio de encuentro.

Las cartas se leían al aire. Los juegos involucraban a los televidentes. Los personajes cantaban canciones que rápidamente se volvían parte de la vida cotidiana de miles de familias.
Temas como Hay que guardar los juguetes, interpretado por Grock, Todo me sale mal o la inolvidable canción principal del programa se transformaron en verdaderos himnos infantiles. Mucho antes de YouTube, Spotify o TikTok, aquellas melodías viajaban de patio en patio, de cumpleaños en cumpleaños y de memoria en memoria.
El fenómeno alcanzó niveles extraordinarios. Durante sus años de mayor popularidad, La Ola Verde llegó a obtener picos cercanos a los 30 puntos de rating, cifras que hoy resultan difíciles de imaginar para cualquier programa, no sólo los destinados al público infantil. Pero más allá de los números, hubo algo mucho más importante: el vínculo emocional.

Porque para millones de chicos Flavia no era simplemente una conductora. Era la compañera de las tardes. La voz que estaba ahí cuando terminaban las clases. La persona que leía las cartas que escribían con dedicación. La figura que los hacía sentir protagonistas de una aventura compartida.
Con el paso de los años, el programa se transformó en un fenómeno cultural. Aunque curiosamente, mientras lo estaba viviendo, Palmiero no llegó a dimensionarlo: “En ese momento yo no me imaginaba que iba a llegar tan lejos, realmente. En la tele eras como el último orejón del tarro. Un programa de niños no era importante para un canal, no era algo así como lo que fue. Pero bueno, yo la peleaba. Yo con cada director artístico que entraba al canal me sentaba, le decía: ‘Yo quiero canciones, quiero juegos, quiero esto, quiero lo otro’. Varios me dijeron que no, hasta que llegó uno que se llamaba Gustavo Yanklevich, que fue director artístico en la era estatal y me dijo: “Sí, perfecto”. Después, obviamente, él me llevaría a Canal Nueve, convirtiendo La ola verde en La Ola está de fiesta y haciendo un suceso enorme, impresionante».
A fines de 1989, Palmiero decidió iniciar una nueva etapa profesional y se trasladó a Canal 9 con La Ola está de fiesta. El fenómeno que había construido ya formaba parte de la historia grande de la televisión argentina y coninuaría así su camino.
“Yo muero de amor cuando me dicen que no se pueden olvidar de esa época. Nadie se puede olvidar de esa época. Hoy día veo que es un fenómeno cultural. La verdad, en ese momento no lo dimensionaba”, detalló.
Quizás por eso, hace apenas unos días, decidió abrir una caja de recuerdos que conserva en su casa. Una especie de cápsula del tiempo donde permanecen guardados fragmentos de aquella aventura. Discos de oro, de platino, fotografías, VHS, álbumes de figuritas, vestuario original. Objetos que sobrevivieron al paso de las décadas: “A mí me emociona muchísimo. Esa caja existe de verdad. La tengo guardada en mi escritorio. Tengo discos de platino, de oro, vestuario, un montón de recuerdos. Y los mensajes que recibí cuando mostré todo eso fueron increíbles”. Las redes sociales, reconoce, le permitieron reencontrarse con aquellos chicos que alguna vez le escribían cartas.
Hay una pregunta que inevitablemente aparece cuando se cumplen cuatro décadas de una historia tan trascendente. ¿Qué le diría hoy a la adolescente de 19 años que ingresó por primera vez al estudio de Canal 11 sin saber que estaba a punto de convertirse en un ícono de la televisión argentina?
Flavia Palmiero realiza un recorrido por objetos de su trayectoria artística. En el video se la observa sosteniendo un peluche, un disco de vinilo del programa «Flavia está de fiesta», y patines. También presenta un programa impreso de teatro infantil. La grabación, un segmento de rememoración, celebra los 40 años del debut de Palmiero en «La Ola Verde», exhibiendo artículos de su carrera en la televisión.
Flavia se toma unos segundos antes de responder. Suspira. Y la emoción se vuelve evidente: “¿Qué le diría? Lo lograste. Lo lograste. Porque esa Flavia soñaba en grande y no lo decía. Ni siquiera se lo decía a ella misma. Pero la peleó mucho. Tuvo perseverancia, disciplina, voluntad y contenido”. Luego vuelve a suspirar. Y completa la idea que parece resumir toda su historia: “La realidad es que la gente fue la que me eligió. Los chicos. Las familias. Ellos me dieron el lugar más importante que tuve en la televisión. Así que le diría: qué inteligente que fuiste. Porque era algo que faltaba y vos lo lograste. Chapeau”.
Cuatro décadas después, el recuerdo sigue intacto.
Sobrevive en las canciones que todavía algunos pueden cantar de memoria. En los VHS guardados en cajas familiares. En las fotos gastadas por el tiempo. En los álbumes de figuritas que nunca se completaron. En los discos que todavía cada tanto suenan. Pero, sobre todo, sobrevive en la memoria emocional de quienes fueron chicos en aquellos años.
Porque hay programas exitosos y hay programas que se convierten en parte de la vida de las personas. La Ola Verde pertenece a esa categoría. Todo comenzó una tarde de junio de 1986. El Señor Televisor anunció la llegada de una nueva amiguita. Ella sonrió, miró a cámara y dijo: “Hola, chicooos”. El resto fue historia.
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CHIMENTOS
Ligia Piro rinde homenaje al rock argentino a través de Luis Alberto Spinetta y Gustavo Cerati

Se sabe, el destino de Ligia Piro estuvo vinculado a lamúsica desde la cuna: no podía ser de otra manera para la hija de la Tana Susana Rinaldi -una voz emblemática entre las cantantes de tango- y el gran bandoneonista Osvaldo Piro. Pero más allá del ADN tanguero, en esa casa “se respiraba música, más alláde los géneros”, le aclara Ligia a Teleshow.
Por eso contará con naturalidad cómo un día recibió una nota elogiosa de Luis Alberto Spinetta. Y otra día, llegó a su casa el primer disco de Soda stereo de parte de Gustavo Cerati para su madre…
Y si empezamos por el rock nacional y no por el jazz, las aguas que más ha buceado la cantante, es porque con una selección de canciones del Flaco y Cerati, Ligia Piro presentará Supernova, su nuevo proyecto discográfico, el próximo 10 de octubre en La Trastienda.
“Yo me tomo bastante tiempo porque soy artista independiente y me produzco todo”, explica. El proyecto comenzó como una experiencia de estudio durante el año pasado, sin la certeza de que se transformaría en un álbum o en un espectáculo.
Las primeras grabaciones fueron “Tu nombre sobre mi nombre” y “Durazno sangrando”, dos canciones del repertorio de Spinetta que Piro ya interpretaba. “Barro tal vez”, otro de los títulos que eligió para este recorrido, la acompaña desde hace años en vivo, pero para esta ocasión buscó una nueva lectura.
La cantante convocó al pianista y arreglador Diego Schissi para trabajar sobre esa composición. “Le pedí un arreglo a Diego, que es un gran músico y un director. Dije: ‘Hagamos una experiencia, a ver cómo viene, cómo sale’”, cuenta.
A partir de esa primera prueba, el álbum empezó a tomar forma. Piro llamó a músicos de su entorno y grabó con formaciones de distinto tamaño. “Hay cosas con trío con piano, con trío con guitarra, hay cosas con banda grande”, dice. Durante los últimos meses, las giras por distintas ciudades del interior le permitieron sostener el trabajo de estudio sin apurar el lanzamiento.

La presentación de Supernova incluirá, además de las canciones nuevas, otros momentos de su repertorio. En este abordaje sobre el rock nacional, Piro interpretará “Tu nombre sobre mi nombre”, “Durazno sangrando”, “Crimen”, “Zona de promesas”, “Té para tres”, “Cielo de ti”, “Cactus” y “Adiós”.
Piro no conoció de manera personal ni a Spinetta ni a Cerati. Sin embargo, su relación con sus canciones se fue construyendo desde experiencias y vínculos concretos. En el caso de Spinetta, el punto de partida fue Rodolfo García, baterista de Almendra y amigo del Flaco.
La cantante recuerda que “García organizaba un festival de la ciudad dedicado al jazz y a otras expresiones musicales. La propuesta buscaba convocar a artistas ajenos al circuito estrictamente jazzístico y en ese contexto surgió ‘Barro tal vez’”.
García le dijo que quería hacérsela escuchar al Flaco. “¡Me muero!”, le dije, y tiempo después recibió una nota escrita por Spinetta luego de escuchar la grabación. “‘Qué buena versión, gracias, flaca. La acabo de escuchar’. Una cosa así, me dijo, y yo quedé enamorada para siempre”. Para la intérprete, aquel mensaje abrió una relación sostenida con una parte central de la canción argentina.
El año pasado, la artista ya había realizado un espectáculo conceptual dedicado al rock nacional. Ese trabajo le permitió, además, consolidar el vínculo con la banda que la acompañará ahora en la presentación de La Trastienda.

El acercamiento de Ligia a la obra de Cerati tuvo otro recorrido. La cantante contó que el primer disco de Soda Stereo llegó a su casa a través de su madre, la tana Susana Rinaldi, que conocía al músico. Tenía 14 años cuando comenzó a escuchar ese álbum, el que incluye “Jet Set”.
Por entonces, Piro estaba concentrada en otras referencias. “Yo venía escuchando Billie Holiday y Ella Fitzgerald a puro volumen. Tenía esa cosa de bicho raro”, dice. Sin embargo, el disco de Soda Stereo le produjo una curiosidad inmediata y encontró en “Danza rota” una de sus primeras canciones preferidas de la banda.
Su ingreso al rock argentino, de todos modos, se había producido antes. Una amiga de la familia le prestó un disco de Sui Generis, que luego identificó como Confesiones de invierno. “Recuerdo especialmente ‘Bienvenidos al tren’ y ‘Lunes otra vez’”.
“Todo lo que nombro y todo lo que hago, lo canto”, sostiene Piro al asociar esas escuchas con el repertorio que fue desarrollando. “Vas armándote a vos mismo con la música, porque la música para mí es vida. Me despierta sensaciones y son cosas muy personales que después de hacerlas personales, la misión es transmitirlas y conmover”.
Aunque su nuevo proyecto se detiene en autores fundamentales del rock argentino, el nombre de Lidia Piro quedó ligado desde sus primeros pasos al jazz vocal. La cantante explicó que esa asociación se remonta a su formación familiar y a una decisión espontánea tomada cuando consiguió su primera fecha.
“Mi primera fecha me la ofreció Paco Poblet, de clásica y Moderna. Me dijo: ‘¿Qué querés cantar?’ Y yo: ‘Quiero cantar jazz’”, recuerda. Esa actuación fue el inicio de un camino que luego la llevó a grabar su primer disco, íntegramente dedicado al género, cuando tenía poco más de 20 años.
En su casa se escuchaban jazz y música clásica, junto con folclore y música latinoamericana. Su madre tenía una fuerte inclinación por el jazz, mientras que su padre estaba más ligado al tango, al folclore y a la música clásica. “Sonaba mucho Atahualpa Yupanqui, Eduardo Falú, Cuchi Leguizamón, Manuel J. Castilla, Mozart, Bach y Chopin”.
Dedicada al jazz, ¿cómo vocalizar y desarrollar un fraseo en inglés cuando no es tu lencua nativa? “No tuve mayores dificultades para cantar en inglés; el fraseo depende de las acentuaciones, de las apoyaturas musicales y del sentido que adquiere cada palabra dentro de una versión”, explica.

“Tiene que ver con los modismos y dónde están las apoyaturas para decir qué palabra, cómo estás acentuando”, explicó. “De hecho, es como cuando cantás una zamba, donde la voz también se adapta a una melodía y a una emoción específicas”.
Y a la hora de repasar las clásicas voces femeninas del jazz, menciona a la gran Ella Fitzgerald contraponiéndola con otro faro inevitable, Billie Holiday. “De solo escucharla pensaba que esa mujer había tenido una vida trágica. En cambio Ella me parecía un poco más alegre, más llevadero. Me encantaba su color de voz y disfrutaba muchísimo escucharla”, afirma. Y sobre los standars del Gran Cancionero Americano remarca que una versión encuentra su sentido en la mirada de quien la canta. “Dejan de ser la versión original para transformarse en otra. Esa es la particularidad del intérprete”.
De alguna manera, fiel al signo de los tiempos, la IA se filtra en la conversación. Su reparo aparece cuando se intenta reemplazar “lo natural y lo humano por procedimientos mecánicos. Si yo estoy tratando de conmover al otro con algo que estoy creando arriba del escenario, un hecho artístico, eso la IA no me lo puede reemplazar. Y no quiero que me lo reemplace”, afirma.
Y antes de despedirse, repasa esos autores y discos a los que vuelve una y otra vez: “Tom Jobim y Elis Regina, Mina y Ella Fitzgerald junto a Louis Armstrong y Etta James”, enumera.
La presentación de “Supernova” en La Trastienda será el espacio donde esas influencias, junto con las versiones de Spinetta y Cerati, volverán a encontrarse en un repertorio construido desde distintas etapas de su recorrido. El show será el próximo 10 de octubre, a las 21, y las entradas están disponibles en Passline.
CHIMENTOS
Mauro Icardi confirmó su infidelidad con la China Suárez a Wanda Nara, mientras estaban casados y recordó detalles muy íntimos: «Qué hijo de p…»

Mauro Icardi lo volvió a hacer, en otra madrugada que quedará enmarcada en las famosas “noches tuiteras”. Revivió el Wandagate; el original, el 100% neto; aquel encuentro que ocurrió entre el futbolista y la China Suárez, un 26 de septiembre de 2021, en una habitación de un hotel de París, desenfundaron su pasión por primera vez marcando una infidelidad a Wanda Nara.
Ni en las historias de amor más románticas, con el agregado que esta cuenta con un alto grado de toxicidad. Todo lo que vino luego de esa noche, fue arrollador. Resulta que Icardi durante la noche de este sábado publicó una historia celebrando “su aniversario” con la China, confirmando ese engaño.
A través de una historia de Instagram, con una foto de fondo del hotel, Mauro, recordó cómo fue esa primera situación íntima y tan privada que tuvieron con la China. Idas, vueltas, vueltas e ida vino después, porque Icardi volvió a Wanda hasta que eclipsó todo y fue corriendo tras la China.
“El tiempo pasa, pero aquella noche sigue intacta en mi memoria. Sin saberlo, el destino estaba escribiendo nuestra historia”, escribió, etiquetando a su novia. La repercusión comenzó a ser muy grande y mucho se está hablando, en especial en redes, de este mensaje.
MAURO ICARDI CONFIRMÓ TODO LO QUE PASÓ CON LA CHINA SUÁREZ EN PARÍS
Uno de los que opinó filoso fue Pepe Ochoa, quien mediante su cuenta de X, con emojis de risas: “Nananananananana que hdp de Icardi”. Los comentarios en tuit comenzaron a salirse de control, entre los fanáticos de Icardi y la China que los defendían, y lo que no, apoyando a Wanda.
“El tipo solo existe para joderle la vida a la ex”, “Después salió a decir que se arrepentía de eso”, “Un fantasma igual que la China”, “No sé por qué les molesta, Wanda dijo que estaban separados” y “Lo amamos”, se leyó entre masivas respuestas que aún siguen creciendo.
Icardi volvió a poner en primer plano uno de los capítulos más escandalosos de su historia personal, reavivando un Wandagate que, lejos de apagarse, parece encontrar siempre un nuevo motivo para volver a encenderse.
Mauro Icardi, China Suárez, Wanda Nara
CHIMENTOS
José Cicala vuelve con un thriller de terror psicológico: «Toda mi niñez estuvo plagada de historias oscuras»

Hay películas que nacen de una pregunta incómoda. Encantador, el nuevo filme de José María Cicala, surgió de ver un documental sobre los peores dictadores de la historia —Hitler, Mussolini, Saddam Hussein, Pinochet— y de notar que todos ellos tenían algo en común: eran, en el sentido más perturbador de la palabra, encantadores. Esa doble acepción —el adjetivo afable y el sustantivo que designa a quien hipnotiza, a quien vende ilusiones sin que la víctima lo advierta— es el motor de un thriller de terror psicológico que ya lleva un recorrido internacional envidiable y llegó a las salas argentinas: ganó en festivales de Portugal, Los Ángeles y México, y ya estaba disponible en Amazon y Hulu antes de su estreno local.
La película, protagonizada por Rodrigo Noya en un rol que rompe con todo lo que el público asocia a él, transcurre en un pueblo pequeño donde Tomás, un reparador de muñecas de vida aparentemente inofensiva, esconde algo oscuro. La producción se filmó en Elortondo, provincia de Santa Fe, el pueblo natal de la madre de Cicala y escenario de sus navidades de infancia.
Para entender a Cicala hay que volver a 1974. Él tenía ocho años cuando una noche entraron a su casa y se llevaron a su padre, José, detenido-desaparecido durante meses en la época de la Triple A, antes incluso del golpe del 76. El padre volvió, pero pesaba cuarenta kilos y apenas podía hablar. Y le contó al nene, con lujo de detalles, todo lo que había vivido. Esa marca no se fue nunca. Está en la oscuridad que Cicala busca en sus películas, en la metáfora política que atraviesa Encantador, en su declarada necesidad de hacer cine como quien va a terapia. “El cine me ayuda a evitar vivir en el consultorio de un psicólogo”, dice. “Me explayo por otro lado”.
En una charla con *Teleshow*, el director habló de la génesis del proyecto, del trabajo con un elenco que incluye a Arturo Puig, Mario Alarcón, Alejo García Pinto, Eduardo Calvo y Griselda Sánchez, su compañera de vida y de trabajo, y de la carga autobiográfica que atraviesa toda su filmografía. Cicala tiene 61 años, nació en Lanús y estudió Publicidad sin terminar la carrera. Junto a su socio Gabriel Machado construyó uno de los estudios fotográficos más importantes del país, Machado-Cicala, con el que fotografiaron a Cher en Malibú y terminaron actuando en una escena junto a Al Pacino y Christopher Plummer. Como director, su carrera tiene apenas ocho años y ya acumula cinco películas.
—¿Cómo surgió Encantador?
—Vi un documental de los peores dictadores de la humanidad: Hitler, Mussolini, Saddam Hussein, Pinochet. Y más allá de que todos estaban locos y eran una manga de sádicos hijos de puta, encontré que la palabra encantador me representaba. Me puse a estudiarlos en detalle —la mirada, la intención— y dije: “La palabra encantador tiene un doble discurso”. Uno puede decir “qué chico encantador”, o puede decir “este tipo es un encantador, me va a vender un buzón sin darme cuenta”.
—Lo que se llama un encantador de serpientes.
—Totalmente. Me funcionó de esa forma. La empezamos a escribir en el 2017. Y también uno empieza a ver el entorno… no voy a hablar de presidentes argentinos, pero por ejemplo, Menem entrevistando a los Rolling Stones. Esa imagen no me la olvido. Para ser presidente tenés que terminar encantando a mucha gente. De otra forma no funciona.
—¿Cómo pasaste del documental con los dictadores a la historia de Tomás?
—La historia de Tomás es casi una metáfora de lo que tengo ganas de contar. A mí el cine naturalista me encanta, veo muchísimas películas, pero en el momento de filmar mi estilo va para el lado de la metáfora. Me interesa muchísimo porque siento que el espectador se involucra cuando empieza a encontrar los códigos. Como decía Charly García, ¿no? Hablaba de los dinosaurios y de repente la gente empezó a entender todo ese concepto. El espectador empieza a convivir con la película, empieza a entenderte y empieza a ser parte.

—La película transcurre en un pueblo pequeño. ¿Hay algo de tus recuerdos de infancia en esa construcción?
—Los exteriores los filmé en Elortondo, el pueblo donde nació mi mamá. Todas las navidades las pasaba ahí con mis primos. Y dije: “Qué mejor que volver y filmar una película”. Por otro lado, en la realidad de mi niñez hay muchísimo de ocultamiento. Me acuerdo perfectamente: yo tenía unos libros de Mafalda y me los quitaron. Me dijeron “se los prestamos a una amiga”, pero en realidad los habían tirado porque tenían miedo. Era la dictadura. De hecho, mi papá estuvo desaparecido. Todo eso se entremezcla y se termina detonando. Y el cine me ayuda a evitar vivir en el consultorio de un psicólogo. Me explayo por otro lado.
—¿Por qué elegiste a Rodrigo Noya para el rol de Tomás?
—Con Griselda pensamos: “Tiene que ser alguien encantador”. Y nos acordamos de Agrandadytos, de Rodrigo desde bebé, que era encantador a otro nivel. Le pasamos el guion un día a las nueve de la noche, a las diez y media me llama: “Quiero hacerlo, estoy enloquecido, quiero hacerlo”. A veces mandás guiones y 15 días después te dicen “¿me lo podés volver a mandar?”. En su caso fue todo lo contrario. Se puso la camiseta, porque hacer cine independiente no es fácil, a veces hay que dividirse en veinte roles. Fue genial.
—¿Cuándo se filmó y cómo fue el recorrido hasta el estreno local?
—La filmamos en 2023. Después ganamos toda la postproducción en Ventana Sur, así que en 2024 se hizo la post en España, la hicieron los mismos que trabajaron en La sociedad de la nieve. En 2025 fue todo el recorrido de festivales y estreno en Europa. Ganamos en Portugal mejor película, en el Festival de Los Ángeles. Siempre hablando de festivales de cine de género. Y en el Festival Macabro de México ganamos mejor dirección. Después se fue estrenando en Estados Unidos, en Canadá, está en Amazon y en Hulu. Nos dejamos Argentina para el final, un poco también porque se complicó el tema de la calificación. Teníamos la película lista con el logo viejo del INCAA sin la música, y nos dijeron que había un logo nuevo y que había que cargar la música. Tuvimos que remasterizar todo de vuelta.

—¿Cómo ves la situación del cine nacional?
—Nuestra manera de hacer cine es quizás atípica. Queremos hacer una peli, la preparamos, buscamos inversores, la producimos, la filmamos, y recién cobramos los subsidios del INCAA cuando ya no alcanzan. Con Lennons, la filmamos en 2020 y cobramos el subsidio en 2024, a valores del 2020. Así que no pagamos ni el catering. Pero lo que te quiero decir es que no dependemos del instituto para mandarnos a hacer. Entiendo que mucha gente está muy enojada y que hubo muchas irregularidades antes. Yo me manejo por la pasión y por la posibilidad de realizarlo sin necesidad de esperar a tener un subsidio antes de filmar.
—Hay un elenco muy diverso: Arturo Puig, Alejo García Pinto, Eduardo Calvo, Griselda Sánchez. ¿Cómo fue la dirección de actores?
—El tema de la dirección con respecto al elenco lo derivo a Griselda, que es una apasionada del acting, de construir personajes. Ella trabaja más sobre los personajes y los actores, y yo trabajo más sobre la dirección de fotografía, la dirección de arte y la dirección general. Ella sabe tirar conceptos y códigos que a los actores los ayudan muchísimo, con referencias, con charlas previas. Y siempre naturalmente nos sale la pasión, el amor por esto. Los actores terminan diciendo: “Con qué pasión me encuentro, quiero estar”. Eso es hermoso.
—Encantador se mueve entre el thriller y el terror psicológico. ¿Qué referencias cinematográficas o literarias la atraviesan?
—Kubrick es un referente maravilloso. David Lynch, definitivamente lo amamos. Salió una nota en Variety hablando del film lynchiana y para mí es como un honor, siempre está presente. Hay homenajes a Esperando la carroza, y también un homenaje a La noche de los lápices en una escena con Alejo que fue muy linda. Seguir manteniendo el reconocimiento de esas joyas de nuestro cine.

—¿Qué rol cumplen las muñecas en la trama?
—La película está plagada de metáforas. La primera imagen es un globo terráqueo siendo atravesado por un cuchillo justo en la región de Argentina. El personaje de Griselda se llama Argentina. Un poco es referenciar a mucha gente lastimada, gente dañada, y exteriorizarlo de manera más metafórica. Porque cuando voy al noticiero veo cosas tan tremendas, entonces la metáfora te permite contarlas de una manera más digerible, donde a veces podés meter un asomo de sonrisa y no por eso dejar de ser historias muy cruentas. Las muñecas representan a la sociedad, representan a Argentina, representan a los hijos de Argentina. Tomás termina matando a la hija de Argentina. En Estados Unidos creían que hablaba de Trump y no. Tampoco hablo de Milei. Muchas veces los políticos no miden el daño que hacen a la sociedad. Hay generaciones y generaciones perdidas.
—El personaje de Tomás no registra lo que hace. ¿Qué hay ahí?
—Él cree que arregla las muñecas y en realidad está matando mujeres. Lo vive de una manera diferente. Y en la última escena el globo terráqueo está todo cubierto de cartapesta, que no es más que entumecer. Es lo que termina pasando con las generaciones: se terminan entumeciendo en cuanto a la educación, a las ganas de trabajar, se coartan montones de cosas que después es difícil remontar. El poder que tiene un gobernante es tan grande y muchas veces no lo miden, dicen barbaridades y cometen atrocidades. Y lo peor es que muchas veces no se dan cuenta de lo que están haciendo.
—Vos solés hablar de la importancia de conservar una mirada infantil. ¿Cómo convive esa sensibilidad con la necesidad de abordar historias oscuras como esta?
—Toda mi niñez estuvo plagada de historias oscuras. Cuando mi papá volvió luego de estar desaparecido, me contó con lujo de detalles cómo lo torturaron. Yo tenía ocho, nueve años. Imaginate eso para un chico: tu papá que vuelve pesando cuarenta kilos y que apenas puede hablar y te termina contando todo eso. Más allá de eso, lo mismo que disfruto el terror lo puedo disfrutar en una comedia o en una película de suspenso. Me encanta el cine y cuando uno hace lo que le gusta y te apasiona, podés moverte en distintos terrenos y seguir siendo ese niño que sale a jugar con sus amiguitos.

—¿Qué herramientas de la fotografía y la publicidad trasladás a la dirección?
—Absolutamente todas. Treinta años de laburar en publicidad me dieron un training tremendo: trabajar con celebrities, con poco tiempo, organizarse. Y como escribimos nuestros guiones, nos permitimos ajustarnos a nuestra realidad, a nuestros recursos naturales, como aconseja Spielberg. Cuando empezás a filmar, basate en lo que tenés: mirá a tu alrededor, fijate qué hay y escribí sobre eso. Si querés tener un yate transatlántico y no tenés el recurso, no vas a poder filmar. Todo arranca de ahí.
—¿Cómo influye la confianza que construiste con Griselda a lo largo de los años, en la pareja y en los proyectos?
—Nos complementamos. Nos mimetizamos tanto que nos transmitimos con el pensamiento absolutamente todo. Millones de veces nos pasa que nos miramos y pensamos absolutamente lo mismo. Y nos vamos arengando y apoyando, porque a veces uno por ahí tiene un bajón y el otro te levanta. De repente despertarse a las cuatro de la mañana diciendo “tengo una idea” y sentarnos a escribirla. Eso es buenísimo. Si bien a veces podemos tener nuestros roces y estar todo el tiempo juntos puede pedir sus espacios —mi espacio es media hora de cómic—, siempre nos terminamos buscando porque sentimos la necesidad de que el otro participe en todo.

—¿Qué lugar ocupa Encantador dentro de tu filmografía y cuál es tu próximo proyecto?
—Me encanta el cine, así que me puedo mover en cualquier género. El absurdo me apasiona: los Monty Python, After Hours de Scorsese, que es la que más me gusta de él. E intento que el espectador investigue, analice, descubra, que haya un doble discurso. Eso lo hice en todas mis películas: en Zorra, en La sombra del gato, en Lennons, en Encantador. La próxima se llama Rica Pizza. Ya está terminada de filmar. Son cinco historias entrelazadas que transcurren dentro del baño de hombres de una pizzería de Avenida Corrientes. Tiene un elenco bestial. Estamos en toda la postproducción y se va a estrenar a mitad del año que viene en festivales, y en octubre, si Dios quiere, en cines. Y ya estamos trabajando en dos más. Del 2018 hacia acá, cinco películas hechas. Es vivir jugando con tus amiguitos en el barrio.
—¿Hay algún proyecto que no hayas podido concretar?
—Tengo una serie escrita de ocho capítulos, relacionada con nuestro trabajo fotográfico en la década del 90. Historias de chicas adolescentes que querían ser modelos top. Se la presenté a dos plataformas muy importantes y a las dos les interesó muchísimo. Pero los dos me dijeron lo mismo: “Si contamos todo esto, vamos presos todos”. Las biopics y las historias de celebrities terminan siempre edulcoradas porque para poder filmarlas sin juicios tenés que involucrar a los parientes o a la persona misma, y los guiones terminan siendo como ellos quieren. Todos terminan siendo happy. Yo quiero contar el todo. Así que esa historia está escrita, y a lo mejor un día se puede encauzar y llevarla a la pantalla.
José Cicala,Encantador
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