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ECONOMIA

Las empresas de colectivos dicen que pierden $370 millones diarios por la suba del gasoil

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La reducción de frecuencias, calificada por las empresas como una «racionalización técnica forzada», afectó a millones de usuarios en el AMBA (NA)

La crisis del transporte público en el Área Metropolitana de Buenos Aires (AMBA) alcanzó un nuevo pico de tensión. Las cámaras empresarias del sector, nucleadas en la Asociación Argentina de Empresarios del Transporte Automotor (Aaeta), advirtieron que el sistema pierde $370 millones diarios por la suba del gasoil. Este desfasaje financiero, provocado por la brecha entre el precio real del gasoil y el valor reconocido por el Estado en la estructura de costos, derivó en una reducción de frecuencias que afectó a millones de usuarios durante la última semana.

El foco del conflicto reside en la disparada del precio del combustible, un insumo que representa uno de cada cinco pesos del costo total de operación del transporte. Según los datos técnicos difundidos por AAETA, el precio del gasoil reconocido por la Secretaría de Transporte de la Nación para el mes de abril de 2026 es de $1.744,27 por litro. Sin embargo, el valor actual de mercado en las estaciones de servicio de YPF asciende a $2.065, lo que genera una diferencia de $320,73 por cada litro consumido.

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Esta brecha se traduce en un impacto directo sobre las finanzas de las prestadoras. “El sistema enfrenta un déficit crítico de costos de gasoil debido a la brecha entre el precio real de mercado y el valor reconocido en la estructura de costo definida con precios de enero de 2026”, señaló la entidad empresaria a través de un comunicado oficial. En la práctica, las empresas aseguran que deben adquirir el combustible a valores que incluso oscilan entre los $2.100 y los $2.444 por litro en canales mayoristas, mientras el Estado mantiene una estructura de costos basada en cifras desactualizadas.

El impacto del contexto internacional

La aceleración en los precios de los combustibles no es un fenómeno aislado de la economía local. El sector señala que el valor del gasoil se disparó de manera significativa a nivel global desde el inicio del conflicto bélico en Medio Oriente, lo que introdujo una presión adicional sobre los costos operativos en Argentina. Dado que las empresas de colectivos del AMBA consumen más de un millón de litros de gasoil por día —totalizando unos 411 millones de litros al año entre las jurisdicciones de CABA, Provincial, Municipal y Nacional—, cualquier variación en el surtidor tiene un efecto multiplicador inmediato.

En términos anuales, el gasto total en combustible para sostener la red de transporte del AMBA asciende a aproximadamente $870 mil millones. Ante la falta de actualización de las compensaciones tarifarias, las cámaras sostienen que el déficit diario de $370 millones vuelve insostenible la prestación regular del servicio.

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Reducción de servicios y “racionalización técnica”

La gravedad de la situación financiera obligó a las empresas a implementar lo que denominaron una “readecuación operativa de emergencia” o “racionalización técnica”. Esta medida se manifestó en una merma considerable de las frecuencias en las líneas de jurisdicción nacional y provincial. Desde AAETA se enfatizó que la reducción no respondió a una medida de fuerza de carácter gremial, sino a una limitación física y financiera: “La reducción de servicios no fue por una medida de fuerza gremial, sino una racionalización técnica forzada por la falta de recursos para cubrir las necesidades del gasoil”.

Aunque algunas líneas como la 64, 65 y 151 mantuvieron su funcionamiento habitual, una extensa lista de servicios nacionales y provinciales —incluyendo las líneas 136, 163, 166, 176, 182, 194, entre otras decenas— sufrieron interrupciones o demoras prolongadas.

La normalización del servicio comenzó a ser gradual tras el ingreso de algunos pagos por subsidios, aunque las empresas advierten que la solución de fondo no ha sido alcanzada. “La solución definitiva no reside en la reducción de servicios, sino en el reconocimiento de los costos reales de los insumos básicos para brindar un servicio seguro y de calidad para los pasajeros”, reiteró la cámara empresaria.

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El déficit estructural

Para dimensionar la profundidad de la crisis, el sector difundió también el “Índice Bondi” correspondiente a febrero de 2026 (se elaboró antes de la disparada del precio del gasoil). Los números allí reflejados exponen un sistema con desequilibrios estructurales.

Según Aaeta, el costo real de mantenimiento del sistema para ese mes se estimó en $387.270,60 millones, mientras que la Secretaría de Transporte reconoció $298.433,63 millones. “Esto arroja una pérdida para la calidad del servicio, frecuencias y renovación de unidades de $88.836,97 millones mensuales”, señalaron desde la entidad.

El combustible representa uno de cada cinco pesos del costo de transporte (NA)
El combustible representa uno de cada cinco pesos del costo de transporte (NA)

El reporte también destaca la brecha entre lo que paga el usuario y lo que cuesta el viaje. Con un boleto mínimo actual en Jurisdicción Nacional de $700 (según el último aumento de marzo 2026), el costo real del boleto sin subsidio debería ser de $1.922 (promedio con IVA incluido). Esto significa que, incluso sumando las compensaciones del Estado y los boletos vendidos, las empresas aseguran perder $182,63 por cada pasajero transportado.

Negociaciones y amenazas de sanción

El Gobierno nacional ha mantenido una postura firme frente a la reducción de servicios. Desde la Secretaría de Transporte aseguraron que el Estado cumplió con el pago de los subsidios y que no hay justificativo para la merma en las frecuencias. Ante esta situación, a través de la Comisión Nacional de Regulación del Transporte (CNRT), se iniciaron fiscalizaciones y se labraron actas de infracción.

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Las sanciones previstas por violar el régimen diario de frecuencias pueden oscilar entre los 500 y los 15.000 boletos mínimos. Además, las autoridades recordaron que la interrupción del servicio por cinco días consecutivos o diez alternados en un año puede ser causal de caducidad del permiso de explotación por abandono del servicio. “La Secretaría de Transporte reafirma su compromiso de proteger a los usuarios, aplicando todas las medidas necesarias ante cualquier incumplimiento”, indicaron fuentes oficiales.

Las empresas consumen más de un millón de litros diarios
Las empresas consumen más de un millón de litros diarios

En el ámbito provincial, el ministro de Transporte bonaerense, Martín Marinucci, advirtió sobre el riesgo de quiebra de las compañías. En una entrevista con Infobae en Vivo, el funcionario explicó que la falta de rentabilidad pone en peligro la conectividad de miles de ciudadanos. Como medida paliativa, la provincia de Buenos Aires decidió adelantar pagos de subsidios de abril y aumentar el porcentaje de anticipo al 60% para evitar la parálisis total del sistema.

Tras una reunión entre funcionarios nacionales y representantes empresarios, se acordó la creación de mesas de trabajo técnicas. El objetivo de estas comisiones es buscar una reestructuración integral del sistema que permita absorber la disparada del gasoil sin trasladar el costo de manera directa y masiva a la tarifa que pagan los usuarios.

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ECONOMIA

Mayo arranca con aumentos que pegan fuerte en los bolsillos: transporte, peajes, gas y alquileres

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El transporte público en el Área Metropolitana de Buenos Aires (AMBA) arrancó mayo con nuevas tarifas. El boleto mínimo de colectivo en la Ciudad de Buenos Aires quedó en $753,86 para recorridos de hasta 3 kilómetros.

Los tramos más largos también treparon. Para distancias de 3 a 6 kilómetros, el valor es de $837,66. En viajes de 6 a 12 kilómetros, el costo alcanza los $902,19. Y cuando el recorrido se extiende entre 12 y 27 kilómetros, la tarifa llega a $966,77.

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Estos valores rigen solo para colectivos que circulan exclusivamente en territorio de CABA. Se trata de un universo de 31 líneas, entre ellas las 4, 6, 7, 12, 23, 25, 26, 34, 39, 42, 44, 47, 50, 61, 62, 64, 65, 68, 76, 84, 90, 99, 102, 106, 107, 108, 109, 115, 118, 132 y 151.

El aumento es del 5,4%. El gobierno porteño aplica una actualización mensual que combina inflación más dos puntos porcentuales. En este caso, tomó la inflación de marzo (3,4%), la última conocida del Indec hasta el momento.

Cuánto sale el colectivo en provincia de Buenos Aires

El impacto también pegó en la Provincia. El boleto mínimo provincial quedó en $918,35. Los tramos más largos superan los $1.000.

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El incremento alcanza a todas las líneas provinciales. Son aquellas numeradas a partir del 200. La diferencia con CABA no es menor: en algunos casos, el pasajero bonaerense paga más de $160 adicionales por el mismo tipo de recorrido.

Subte: tarifa diferenciada según registro de la SUBE

El boleto de subte pasó de $1.414 a $1.490 para usuarios con tarjeta SUBE registrada. Pero quien no tenga nominalizada su tarjeta, pagará $2.369,10 por viaje.

La brecha entre ambos valores es enorme. Supera los $870 por viaje. Esta diferenciación busca incentivar a los pasajeros a registrar su SUBE para acceder a la tarifa social y descuentos vigentes.

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El sistema tarifario contempla beneficios para grupos sociales vulnerables a través de la tarifa social, que ofrece valores reducidos respecto a la tarifa plena. La nominalización de la tarjeta es el requisito clave para acceder a esos descuentos.

Peajes: los valores según autopista y horario

El ajuste en los peajes siguió el mismo criterio inflacionario. En las autopistas 25 de Mayo y Perito Moreno, las motos pagan $1.799,66, que se elevan a $2.879,82 en horarios pico.

Los vehículos livianos abonan $4.319,63 en horario normal. En hora pico, ese valor salta a $6.121,62.

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En la autopista Illia los montos son más bajos. Las motos pagan $1.079,98, y $1.295,68 en hora pico. Los autos, por su parte, abonan $1.799,66 o $2.544,99 según la franja horaria en que circulen.

La tarjeta SUBE registrada sigue siendo obligatoria para acceder a las tarifas publicadas. Los usuarios deben chequear el alcance de cada aumento según el recorrido y el tipo de transporte utilizado.

Gas residencial: qué paga cada categoría en CABA y provincia

El Ente Nacional Regulador del Gas informó las nuevas tarifas que aplica Metrogas desde este viernes. Los montos varían según categoría y nivel de consumo.

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Para la categoría de menor consumo (R1), el cargo fijo es de $3.976,22 en CABA y $4.591,88 en la provincia. En el extremo opuesto, la categoría R4 paga $94.995 en CABA y $51.624,44 en PBA.

Entre R1 y R4, los valores crecen progresivamente. Cada escalón refleja mayor consumo y mayor costo fijo mensual. Las diferencias entre Ciudad y Provincia responden a estructuras tarifarias distintas según jurisdicción.

Alquileres: tres tipos de contratos, tres ajustes diferentes

Mayo también trajo ajustes en alquileres. Pero no todos los inquilinos suben el mismo porcentaje. Depende del momento y modalidad en que se firmó el contrato.

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Los contratos bajo la ley de alquileres sancionada durante el gobierno de Alberto Fernández (vigente hasta octubre de 2023) se ajustan anualmente por el Índice de Contratos de Locación (ICL). Para quienes actualizan en mayo, el aumento es del 9,32%, reflejo de la desaceleración de valores contractuales por mayor oferta tras la pérdida de vigencia de aquella norma.

Otro grupo son los contratos firmados entre octubre y diciembre de 2023 con cláusula de ajuste semestral por el índice Casa Propia. A ellos se aplica el último ajuste semestral, del 15,13%.

Por último, están los alquileres más nuevos. Se pactaron a partir de la desregulación aprobada a fines de diciembre de 2023, ya durante el gobierno de Javier Milei. La mayoría incluye cláusulas de ajuste trimestral, cuatrimestral o semestral.

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En estos casos, el ajuste dependerá de la variación del índice elegido y del período acordado entre las partes. No hay un porcentaje único: cada contrato tiene su propia fórmula de actualización.

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ECONOMIA

¿Qué escaseará en la era de la Inteligencia Artificial?: el ensayo de un economista que desafía el relato dominante

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Según el autor, el sector relacional, donde la presencia humana agrega valor, ganaría protagonismo frente al avance de la automatización y la IA. (Imagen Ilustrativa Infobae)

El economista conductual Alex Imas publicó recientemente un ensayo en el que desafía el relato dominante sobre la inteligencia artificial y el futuro del trabajo: la IA no destruirá el empleo, sino que trasladará la escasez económica hacia un nuevo tipo de bienes, aquellos cuyo valor es inseparable de quien los produce. El texto, titulado What will be scarce? (“¿Qué será escaso?”) y publicado en su Substack, combina teoría económica, filosofía y datos de mercado para proponer que la automatización no vaciará el mercado laboral, sino que lo reorganizará en torno a lo que el autor llama el sector relacional: la parte de la economía donde el componente humano es parte del valor mismo del bien o servicio.

Para ilustrar su tesis, Imas abre con un ejemplo que parece contradecir la lógica de la automatización. Starbucks, con una capitalización de mercado de 112.000 millones de dólares, vende uno de los productos más estandarizados de la economía moderna y dispone desde hace años de tecnología suficiente para reemplazar a sus empleados. Durante un tiempo, siguió ese camino: automatizó la preparación del café e instauró rutinas mecánicas para la atención al cliente. El resultado fue el contrario al esperado. El CEO Brian Niccol concluyó que “las notas escritas a mano en los vasos”, las tazas de cerámica y “la vuelta de los buenos asientos” lograban que más clientes “se quedaran en las cafeterías”, y que “los pequeños detalles y la hospitalidad generan satisfacción”. La empresa revirtió el rumbo: más baristas por local, menos automatización.

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El argumento de Imas parte de una premisa básica de la ciencia económica: la escasez no desaparece, muta. Si la inteligencia artificial genera abundancia material —si las máquinas pueden producir casi todo lo que produce un ser humano a un costo marginal ínfimo—, lo que se vuelve escaso no es el producto, sino el componente humano detrás de él. “Después de responder esa pregunta”, escribe Imas, “el resto del análisis es bastante directo”. La clave, entonces, está en identificar qué tipo de escasez reemplazará a la actual.

Para explicar el origen de la economía tal como la conocemos, el autor recurre a Karl Marx y su concepto de “forma mercancía”. Antes de la industrialización, era difícil separar un producto de quien lo fabricaba. El tejedor que hacía una camisa, el panadero que horneaba el pan: su reputación estaba atada al objeto y la transacción económica tenía un componente social inherente. La producción industrial rompió ese vínculo al dividir el oficio en pasos estandarizados y repetibles. Lo que antes era un oficio se convirtió en fuerza de trabajo abstracta, un factor de producción comprable y vendible como cualquier materia prima. La pantalla desde la que alguien lee el ensayo de Imas fue diseñada en un país, fabricada en otro y ensamblada con componentes de una docena más. Nada de eso importa para la experiencia de compra.

Ilustración dividida. Izquierda: fábrica azul con robots y productos en cinta. Derecha: mercado naranja con personas produciendo y vendiendo artesanías. Signo de interrogación.
El caso Starbucks ilustra cómo la experiencia personalizada y los pequeños detalles humanos pueden revertir estrategias de automatización laboral. (Imagen Ilustrativa Infobae)

Marx describió ese proceso con lenguaje deliberadamente cargado: la forma mercancía, argumentó, se construyó sobre la explotación y la alienación, la separación del trabajador respecto del producto de su labor, del proceso de fabricación y, en última instancia, de los demás. Lo que el filósofo alemán veía como la patología más profunda del capitalismo fue, al mismo tiempo, el motor de una prosperidad extraordinaria. Al desligar la producción de personas específicas, fue posible desagregarla, reorganizarla, enviarla a través de océanos y escalarla de maneras que convirtieron pocos recursos en grandes riquezas. Ambas cosas eran ciertas a la vez, señala Imas: la forma mercancía creó riqueza masiva, pero volvió invisible al ser humano detrás de cada producto y, con el tiempo, prescindible.

Ese es el modelo mental que la mayoría aplica a la inteligencia artificial: si una máquina puede hacer cualquier cosa que hace un humano —redactar un informe, generar una imagen, componer una canción, interpretar una tomografía—, el humano será reemplazado en todos los frentes y los empleos simplemente desaparecerán. En su ensayo, Imas resalta que los economistas David Autor y Neil Thompson cuestionan esa visión en un artículo reciente. Su argumento es que la IA no eliminará los empleos sin más, sino que reconfigurará el valor económico de la experiencia humana.

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Su marco conceptual distingue entre tareas expertas e inexpertas dentro de cada ocupación. Cuando la automatización elimina las tareas más simples —como hizo el software contable con los empleados de teneduría de libros—, el trabajo restante se vuelve más especializado, los salarios suben y menos trabajadores califican. Cuando elimina las tareas más complejas —como hicieron los sistemas de gestión de inventario con los empleados de almacén—, el trabajo se vuelve más accesible, el empleo se expande y los salarios caen. La misma tecnología puede producir resultados opuestos en el mercado laboral, dependiendo de qué parte del trabajo se automatice.

Autor y Thompson contemplan también un escenario más sombrío: que la IA avance hasta el punto en que la experiencia humana pierda por completo su valor económico. En ese caso, produciría lo que el economista Herbert Simon llamó “abundancia intolerable”. Ya no se trataría de gestionar una transición laboral —para la cual existen precedentes históricos—, sino de construir herramientas para mantener la organización social, la distribución del ingreso y la estabilidad democrática sin el mercado de trabajo que históricamente las ha sostenido.

Frente a ese escenario, Imas propone una hipótesis distinta, y aclara desde el inicio que parte de un supuesto ambicioso: que la automatización pueda replicar la producción humana y las mercancías que genera. Aun así, sostiene que el trabajo humano no desaparecería. El motivo está en la economía del cambio estructural combinada con rasgos profundos de las preferencias humanas. A medida que las personas se enriquecen, no solo quieren más mercancías: quieren cosas que no son mercancías en el sentido convencional. Los aspectos sociales de los productos —las relaciones, el estatus, la exclusividad, la autenticidad— adquieren mucha más relevancia una vez que las necesidades básicas están satisfechas.

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Cientos de tazas blancas idénticas en cinta transportadora; una taza destacada tiene huella dactilar, marca, y etiqueta de $200 bajo luz cálida.
Según Imas, la escasez económica cambiará de foco: la abundancia material facilitará que el valor se traslade hacia lo auténticamente humano.. (Imagen Ilustrativa Infobae)

Para fundamentar ese punto, el autor recurre al filósofo francés René Girard y su teoría del deseo mimético: queremos lo que otros quieren, y ese impulso se intensifica cuando la abundancia material ya no es el problema central. La demanda de esas propiedades —proveniencia, contacto humano, exclusividad— devolverá el elemento humano al proceso productivo y, con él, los empleos. Imas lo formula con precisión: los sectores automatizados se contraerán como proporción del PIB; los sectores relacionales crecerán.

Si esa hipótesis es correcta, la IA no solo automatizará la economía de las mercancías. Desencadenará el surgimiento de una economía post-mercancía, donde una proporción creciente del gasto se orientará hacia bienes y servicios cuyo valor es inseparable del ser humano que los provee. Las mismas fuerzas económicas que desplazaron al 40% de la fuerza laboral estadounidense desde las granjas hacia las fábricas y las oficinas moverán ahora a los trabajadores fuera de la producción automatizable y hacia el sector relacional: la parte de la economía intensiva en trabajo humano, a veces artesanal, donde la presencia humana no es un costo a eliminar, sino una fuente de valor a preservar.

Imas es explícito sobre los alcances de su argumento. No sostiene que la participación del trabajo en el ingreso total deba aumentar ni que se mantenga en sus niveles actuales. Puede caer a medida que la automatización avance. Lo que afirma es algo más acotado: que en las economías ricas habrá una reasignación sectorial, y que las propiedades intrínsecas de la demanda en el sector relacional garantizan que el trabajo humano no se reduzca a cero. El modelo, además, funciona mejor para el mundo desarrollado, donde el aumento del ingreso puede financiar esa transición. Para el mundo en desarrollo —cuyas economías se construyeron sobre la producción de mercancías para países ricos— el panorama es, en palabras del propio Imas, “más complicado y potencialmente más preocupante”.

El autor reconoce también que no es el primero en hacer este argumento. Variantes del mismo fueron desarrolladas por Seb Krier, Adam Ozimek y Philip Trammell. Su aporte es intentar formalizarla con un modelo económico que genere predicciones precisas y una microfundamentación conductual, basada en las preferencias miméticas, que explique por qué los bienes artesanales —donde el elemento humano está directamente ligado al valor— tienen una elasticidad ingreso especialmente alta.

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El caso de Starbucks con el que abre el ensayo condensa toda esa lógica. Cuando una empresa intenta convertir la experiencia humana en una mercancía eficiente, descubre que los clientes no solo compran café. Compran la nota escrita a mano, la taza de cerámica, la silla cómoda. Compran, en definitiva, la presencia de otra persona, y eso es algo que ninguna máquina, por ahora, puede vender.

*Alex Imas es economista especializado en Inteligencia Artificial y su impacto en el mercado laboral, la productividad y la creatividad.



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ECONOMIA

Sexto mes consecutivo de suba en los niveles de morosidad de los créditos hipotecarios UVA

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El mercado inmobiliario acaba de registrar el sexto mes consecutivo de alza en la morosidad de los créditos hipotecarios UVA, un dato que varios economistas ven con gran preocupación.

En febrero de 2026, la mora en créditos hipotecarios alcanzó el 1,4%, con una suba interanual cercana a 0,5 puntos respecto de febrero de 2025, cuando se había ubicado en 0,9%.

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Parece una variación pequeña, pero la cifra es para tener en cuenta: históricamente, los UVA son los préstamos con menor mora, ubicándose en niveles inferiores al 1%, ya que las familias priorizan el pago de la vivienda incluso en contextos adversos.

El economista Andrés Salinas explicó que el aumento de la morosidad de este tipo de créditos «va en línea con el incremento de todos los préstamos del sistema bancario» y sumó una particularidad: al inicio de los UVA, las entidades bancarias no realizaron un análisis tan exhaustivo y detallado del historial o el scoring de las personas.

Pero, sobre todo, lo que está afectando la posibilidad de pago es la economía real de las familias, que se vio afectada por la suba de la inflación.

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Salinas también recordó que «el cierre de año y las vacaciones suelen ser meses en los que la gente gasta más». A esto se suman los aumentos por encima del IPC general en algunos rubros importantes, como las carnes o los combustibles, que impactan directamente en el ingreso de las personas.

En este punto, la inflación es clave, ya que la deuda contraída es en UVA, por lo cual «todos los meses vas a deber menos UVA, pero más pesos», argumentó el economista.

Cómo la inflación y la pérdida de ingresos quebraron el equilibrio

Si bien el nivel de morosidad en los créditos hipotecarios UVA sigue siendo bajo en comparación con otras líneas, el dato enciende señales de alerta. No solo se ubica en el valor más alto para este segmento, sino que además triplicó su piso histórico, que rondaba el 0,3%.

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«Este punto es clave porque se trata de un segmento tradicionalmente ‘pagable’, compuesto en gran parte por hogares de clase media que, antes de acceder al crédito, ya destinaban ingresos al alquiler y podían afrontar una cuota similar. Sin embargo, el deterioro del poder adquisitivo y la aceleración de la inflación cambiaron esa ecuación«, explicó a este medio el analista económico Damián Di Pace.

Lo cierto es que el aumento generalizado de prepagas, cuotas escolares, expensas y servicios tensiona los ingresos y empieza a impactar incluso en este tipo de financiamiento, «que históricamente mostraba los niveles más bajos de mora«, señaló.

En ese sentido, que la morosidad se haya triplicado dentro de este segmento no solo refleja un deterioro puntual, sino también una señal de que la clase media comienza a mostrar dificultades crecientes para sostener sus compromisos financieros.

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Otras señales de alerta en el sistema financiero

Junto con el dato de la mora en el pago de los créditos hipotecarios UVA, se conocieron otros dos datos que prenden las alertas: la morosidad en tarjetas de crédito es del 10,6% y en créditos personales asciende a 13,7%. «Sin embargo, son deudas de naturaleza distinta», destacó Salinas.

«La tarjeta de crédito ofrece la opción de pago mínimo que, si bien es una de las peores decisiones financieras, muchas personas utilizan sin dimensionar el costo real que implica», señaló.

En contraste, indicó que «el préstamo personal no tiene esa flexibilidad: si no se paga la cuota completa, la mora es inmediata». Además, advirtió que este tipo de financiamiento suele funcionar como último recurso y, en muchos casos, se utiliza para cancelar otras deudas, una práctica poco saludable desde el punto de vista financiero.

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En ese sentido, consideró poco probable que esta dinámica se traslade a los créditos hipotecarios, ya que responden a perfiles de clientes y comportamientos financieros distintos.

Si bien la morosidad de los créditos hipotecarios UVA aún se mantiene en niveles bajos en comparación con otras líneas, su crecimiento sostenido comienza a encender señales de alerta dentro del sistema financiero. El hecho de que haya alcanzado su nivel más alto y triplicado su piso histórico refleja un cambio en un segmento que hasta ahora se caracterizaba por su solidez.

Y, si bien es poco probable que la dinámica de mora de tarjetas o préstamos personales se traslade de forma directa a los hipotecarios, la tendencia actual funciona como una señal temprana y plantea interrogantes sobre la sostenibilidad del crédito a largo plazo en un escenario todavía marcado por la incertidumbre.

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