CHIMENTOS
Osqui Guzmán, entre la resistencia y la emoción: la infancia que lo marcó y el premio que hizo llorar a sus padres

Hay obras que sobreviven al paso del tiempo y hay otras que consiguen algo todavía más difícil: convertirse en parte de la memoria emocional de varias generaciones. Vivitos y Coleando pertenece a esa categoría. Y para Osqui Guzmán, uno de los actores más queridos y respetados del teatro argentino, formar parte de este regreso significa mucho más que integrar un elenco del que es parte junto con Flavia Pereda, Julián Pucheta, Federico Dryzun, Lucia Lopez Curcio, Irupe Cruz y Hernan Cáceres. Es ingresar a una historia que lleva décadas acompañando a familias enteras, una creación de Hugo Midón y Carlos Gianni que, según él mismo define, forma parte del ADN cultural del país.
Sentado, tras un alto en los ensayos en el Auditorio Belgrano donde el 20 de junio subirá a ls tablas con Vivitos y colenado 2, disruta de un café con leche mientras habla de la obra con la misma pasión que un chico contando su juguete favorito,
Guzmán encuentra las palabras justas para explicar por qué este material sigue emocionando. “La obra de Carlos Gianni y Hugo Midón ha atravesado las infancias de cuatro generaciones. Mi hija de siete años, cuando entró al jardín, le dieron uno de los temas que hago acá en la obra. Es interminable la cadena de ADN cultural que creó el material de Midón y Gianni”, cuenta. Y no habla solamente desde la admiración profesional. Habla desde la emoción de quien sabe que está parado sobre un legado artístico irrepetible.
Para él, el gran desafío de actuar frente a chicos sigue siendo el mismo de siempre: mantenerse vivo. “Los niños no están enfermos de sociabilidad ni de protocolos como los adultos. Van al teatro y toman lo que les das de una manera que estalla en su imaginación. Son muy expresivos. El mayor desafío es mantenerse vivo, despierto, presente”. En esa definición aparece condensada buena parte de su filosofía artística. Porque Guzmán nunca entendió la actuación como una técnica vacía sino como una forma de presencia absoluta.
La fascinación que siente por el universo creado por Midón y Gianni atraviesa toda la conversación. “Carlos Gianni es un genio. Es un genio a la altura de Charly García, es un genio a la altura del Indio Solari. Te digo por qué: porque sus canciones son todas hits”. Y cuando habla de Hugo Midón, su voz adquiere un tono casi reverencial. “No subestimó a las infancias haciendo del teatro un entretenimiento para chicos. Le dio calidad. Vestuario, actuación, música, dramaturgia. Siempre hizo teatro para la familia”.
Quizás por eso este presente lo encuentra especialmente feliz. “Más allá del cansancio y de todo lo que cuesta, estoy dentro de una alfombra mágica”, resume.
La frase parece sencilla, pero detrás de ella hay más de cincuenta años de vida y décadas de trabajo. Porque antes de convertirse en Osqui, el actor reconocido por el público y respetado por sus colegas, existió un chico, Oscar Germán Walter Guzmán, nacido en Buenos Aires en 1971, hijo de inmigrantes bolivianos llegados desde Potosí y Oruro, que creció en una casa donde el trabajo era una forma de supervivencia.
La Boca de aquellos años no tenía nada que ver con las marquesinas teatrales. En una vivienda humilde de clase media baja funcionaba el taller de costura familiar. Allí pasó buena parte de su infancia acompañando a su madre mientras cosía durante jornadas interminables para sostener la economía de la casa. El ruido constante de las máquinas de coser forma parte de los primeros recuerdos que conserva.

La situación económica era compleja. Hubo privaciones, deudas de alquiler y momentos difíciles. Durante la adolescencia llegó a coser para ayudar en el emprendimiento familiar. Sin embargo, cuando recuerda aquellos años, no habla desde el resentimiento sino desde la gratitud.
“Mi mamá se encargaba de que yo no sufriera las necesidades. Vivíamos en un cuartito de cuatro por cuatro, pero ella siempre encontraba la manera. Nos hacía un puchero y decía: ‘Mirá que no todo el mundo come puchero’”, detalló, a la vez que recordó: “Hubo cumpleaños donde el regalo era salir a tomar un café con leche… cuando había regalo”.
La figura materna atraviesa toda su historia. Mientras ella cosía, él se sentaba a su lado y escuchaba historias sobre Bolivia. Aquellas conversaciones se transformaron en una escuela de vida. “Mi mamá me decía: ‘Agachá el lomo y trabajá’. Entonces yo aprendí eso. Cierro la boca y trabajo”.
“No invitaba amiguitos a mi casa, porque en mi casa no se podía invitar. Mi mampa no podía ponerse a limpiar. Se levantaba para cocinar y hacer la comida solamente. Y a veces la hacía mi papá también. Después deudas de alquiler y esas cosas y dolores al respecto de mis viejos de no poder darnos algo más, ¿viste? Y tratar de entender eso, que era doloroso, pero mi mamá siempre se encargaba de decirme: ”Todo bien, pero esto que hago no lo tiene cualquiera».

Durante años creyó que su destino estaba lejos de los escenarios. Era fanático de las artes marciales y soñaba con convertirse en profesor de kung-fu. Más tarde estuvo a punto de estudiar traumatología. La medicina aparecía como una salida concreta y respetada. De hecho, su padre esperaba verlo convertido en médico.
La actuación llegó casi por accidente. Y cuando decidió abrazarla definitivamente, el conflicto familiar fue inevitable. Su padre no aceptó aquella elección. La decepción fue tan profunda que dejaron de hablarse durante tres años.
Tres años de silencio entre un hombre que soñaba con un hijo médico y otro que acababa de descubrir que su verdadera vocación estaba arriba de un escenario.
Lejos de abandonar, Guzmán siguió adelante. Debutó en el Teatro Callejero de la Ribera, en La Boca, haciendo sainetes. Después llegaron las experiencias en el circuito independiente, los años de búsqueda, las funciones para veinte espectadores y la construcción lenta de una carrera que jamás se apoyó en la popularidad televisiva. “Mi vida fue preguntarme cosas”, resume. Esa búsqueda encontró uno de sus momentos más conmovedores en 1999.

Aquel año recibió el Premio ACE Revelación por Los indios estaban cabreros, obra que protagonizaba en el Teatro Cervantes. Sus padres estaban sentados en la sala.
Lo que ocurrió esa noche permanece intacto en su memoria: “Antes de entrar me fui a Las Cuartetas y escribí un poema en un cuaderno”, recuerda.
Cuando anunciaron su nombre, algo inesperado sucedió: “Todos empezaron a cantar ‘¡Ole, ole, ole, Osqui!’ y yo pensaba: ‘¿Por qué pasa esto?’”.
Subió al escenario conmovido. Entonces abrió el cuaderno y leyó aquellas líneas escritas minutos antes: “Lo único que recuerdo del poema era un verso para mi mamá. Decía: ‘Esto es para mi mamá, que levantó la casa hasta el alba solo para que yo estudie teatro’”.
La sala entera quedó atravesada por la emoción. También sus padres. Aquella costurera que trabajaba hasta la madrugada y aquel hombre que alguna vez dejó de hablarle por abandonar la medicina estaban allí viendo cómo el hijo por el que habían sacrificado tanto recibía uno de los reconocimientos más importantes de su carrera.

Todavía hoy, cuando recuerda aquella escena, la emoción sigue intacta: “A mi papá lo veo sonriendo muchas veces desde la platea. Siento su sonrisa. Y a mi mamá siempre le digo que todo lo que hago es su trabajo”.
Con los años llegaron el reconocimiento, las giras internacionales, espectáculos emblemáticos como El Bululú, que continúa girando por el país y el exterior, además de El centésimo mono, de que es parte en Timbre 4, además de Waminix, en la misma sala, del que es director, todo actualmente en cartel.
Todo eso sumado a una larga lista de trabajos que lo transformaron en referencia indiscutida del teatro argentino. Sin embargo, su mirada sigue puesta en el mismo lugar: el trabajo cotidiano.
Por eso observa con preocupación el presente cultural del país: “En un momento tuvimos una mirada más clara hacia las infancias. Surgió Paka Paka, surgieron contenidos que no subestimaban a los chicos y tenían calidad. Hoy por hoy estamos retrocediendo”.

Sus críticas no apuntan únicamente a la producción de contenidos. También se detiene en el debilitamiento de organismos históricos vinculados a la actividad teatral: “Lo del Instituto Nacional del Teatro nos duele mucho. Para los artistas independientes esos lugares son vitales. No es la plata. Es todo lo que cuesta construir esos espacios de organización”.
Sin embargo, lejos de instalarse en la queja, reivindica el papel del teatro como refugio y resistencia: “La lucha está en el cuerpo de los artistas. Resistimos con nuestra respiración, con nuestro cansancio, con nuestra danza, con nuestro canto”.
Para Guzmán, el teatro argentino sigue siendo uno de los más potentes del mundo gracias al movimiento independiente: “En Argentina el teatro es importantísimo gracias al teatro independiente. El que viaja por el mundo es el teatro independiente. Los maestros que enseñan afuera vienen de ahí”.
“Esto que llaman batalla cultural es una ridiculez. La cultura se devora cualquier cosa. No podés batallar contra la cultura. No te pertenece la cultura. Es como si dijéramos que los actores somos la cultura. No la somos, somos trabajadores de la cultura, en todo caso, pero siempre la cultura es lo que sucede y lo que pasa, lo que pasa entre los que estamos en el escenario y los que estaban en el público. Algo ahí en el medio que nos pertenece a todos”.

Esa convicción aparece una y otra vez durante la charla. Lo mismo ocurre con la idea del trabajo como motor de toda existencia. Una enseñanza heredada directamente de aquella costurera boliviana que marcó su vida. “Mi mamá decía: ‘Todo es el trabajo, hijo. Todo es el trabajo’. Y tenía razón”.
Tal vez por eso, a pesar de los premios, las giras internacionales, el reconocimiento del público y el cariño que recibe cada noche al bajar del escenario, Osqui Guzmán sigue pareciéndose mucho a aquel chico que observaba coser a su madre en una casa humilde de La Boca. Sigue creyendo que el arte nace de las preguntas, que el teatro es un acto de fe y que el trabajo es la única herramienta capaz de sostener los sueños.
Y cada vez que se apagan las luces de la sala y escucha los aplausos, vuelve a sentir que detrás de cada función, de cada personaje y de cada emoción compartida con el público, siguen estando ellos: su padre sonriendo desde alguna platea invisible y su madre levantando la casa hasta el alba para que él pudiera estudiar teatro.
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CHIMENTOS
Yanina Latorre harta de las caras que pone Maru Botana al probar en la comida en MasterChef: «Asco, es una…»

Una de las condiciones fundamentales para evaluar un plato en una competencia gastronómica parece haber quedado bajo discusión en MasterChef Celebrity. Al menos así lo entiende Yanina Latorre, quien puso la lupa sobre el desempeño de Maru Botana y lanzó una crítica que no pasó inadvertida: cuestionó que la cocinera no muerda las preparaciones de los participantes al momento de degustarlas.
La conductora eligió el espacio de El Observador 107.9 para desarrollar su mirada y dejó en claro que no se trataba de una observación menor. Su planteo apuntó directamente a la función que cumple Maru dentro del certamen y a la responsabilidad que implica juzgar el trabajo de los concursantes.
“Para probar la masa y el relleno tenés que morder. No soy la única que lo vio”, sostuvo Yanina, aludiendo también a las numerosas reacciones que despertaron esas imágenes en las redes sociales. Para ella, la degustación no puede quedar reducida a un gesto superficial: requiere probar aquello que después se va a evaluar.
Pero la crítica no terminó ahí. Con su habitual estilo frontal, Latorre fue todavía más lejos y cuestionó sin rodeos la actitud de la cocinera. “Es una maleducada. O te da asco o tenés un problema con la comida. No podés ser jurado”, disparó, en una declaración que volvió a ponerlas en veredas opuestas.
YANINA LATORRE FULMINÓ A MARU BOTANA
El comentario adquirió otra dimensión por tratarse de dos figuras que arrastran diferencias desde hace tiempo. Esta vez, sin embargo, el foco no estuvo puesto en una vieja disputa personal, sino en una situación puntual del reality de Telefe que Yanina convirtió en motivo de cuestionamiento público.
La conductora también quiso dejar en claro que sus observaciones no respondieron a una animosidad selectiva contra Maru. “Yo fui fuerte con todos. Dije quién me gustaba y quién no me gustaba”, explicó, en referencia a sus opiniones sobre los distintos participantes de la competencia.
Así, una cuestión tan elemental como probar la comida terminó convirtiéndose en un nuevo frente de discusión alrededor de MasterChef Celebrity. Y Yanina, fiel a su estilo, no necesitó demasiadas vueltas para expresar lo que pensaba: para ella, quien tiene la responsabilidad de juzgar un plato debe estar dispuesto a degustarlo como corresponde.
Yanina Latorre
CHIMENTOS
Silvia Pérez: «Siempre voy a ser una chica Olmedo, hasta el último día de mi vida»

Hace casi cuarenta años, Silvia Pérez supo que esa etiqueta no se borra. Fue chica Olmedo, y lo será —dice ella misma, entre risas— “hasta el último día de mi vida”. Pero en ese tiempo que va desde los sketches que hoy se viralizan en TikTok hasta el presente, construyó otra carrera: estudió con los mejores maestros, produjo su propio teatro, trabajó con Francis Ford Coppola, protagonizó la película que considera “la de su vida” y se convirtió en profesora de yoga y meditación. Ahora, Silvia Pérez vuelve a la Calle Corrientes con 8 Mujeres, la comedia de misterio de Robert Thomas que dirigirá José María Muscari, y lo hace con una certeza que, según cuenta, le costó años alcanzar: ya no le importa probarle nada a nadie.
La convocatoria de Muscari llegó en el momento exacto. Pérez acababa de desear, “desde adentro”, volver al teatro comercial después de años en el circuito alternativo. El director la contactó casi al mismo tiempo y le propuso repetir el rol que ya había hecho quince años atrás en la misma obra: Regina, la cuñada que nadie esperaba y que llega a revolver una casa repleta de secretos. “Le dije: re, quiero, estoy. Ni lo pensé”, recuerda. Muscari les había escrito ese mismo día a las seis actrices que ya habían hecho la obra —las otras dos integrantes originales, Norma Pons e Hilda Bernard, fallecieron—, y en menos de dos horas todas habían respondido que sí. Para él, cuenta Pérez, fue una señal.
El elenco lo completan Marita Ballesteros, Cecilia Dopazo, Emilia Mazer, María Leal, Linda Peretz, Juana Repetto y Mónica Villa. 8 Mujeres se estrena el 8 de octubre en el Teatro Multiteatro (Corrientes 1283), con funciones de jueves a domingos.

— ¿Por qué quisiste volver al teatro comercial ahora?
— Hacía muy pocos días que había pensado o deseado, desde adentro mío, volver a hacer teatro comercial, porque hace años que estoy haciendo teatro alternativo. Y dije: “Ay, qué ganas que tengo de hacer una obra comercial”. Eso pasó, y justo me llama Muscari y me dice: “¿Quisieras hacer de nuevo? Estoy viendo de hacer 8 Mujeres”. Le dije: “Re, quiero, estoy”. Ni lo pensé. Y me dio mucha alegría, primero porque es una obra que fue muy bien, que disfruté mucho. Era muy lindo estar con un elenco tan maravilloso, de tantas actrices tan talentosas. Nos llevábamos muy bien. Fue todo un momento muy lindo.
— ¿Cómo fue la reacción de todo el elenco cuando Muscari las convocó?
— Ese mismo día nos llamó a las seis de las ocho que ya lo hicimos, porque Norma Pons y Hilda Bernard no están más en este plano. Y en menos de dos horas, las seis le contestamos que sí, que queríamos hacerlo y que podíamos. Para él fue como una señal también eso, porque no sucede muy a menudo.
— Todas van a hacer los mismos personajes de hace quince años. ¿Cómo se resuelve eso con el paso del tiempo?
— Es una apuesta tan atípica y tan singular, tal como es Muscari. La obra es atemporal, la apuesta que está haciendo es atemporal. Mi personaje especialmente podría tener este cambio de edad sin que le afectara. Por ahí Cecilia lo dice porque ella era la hija mayor de la familia, una chica que está estudiando en un colegio, entonces por edad no cerraría. Pero lo que está planteando Muscari es maravilloso, ¿entendés? Porque todas estamos haciendo los mismos personajes que hemos hecho.

— ¿Qué podés adelantar de tu personaje, Regina?
— Es la hermana del hombre en cuestión, alrededor del cual gira toda la obra. Llega sin que nadie la espere y genera más intriga, más lío del que ya hay. Es una comedia, fundamentalmente, y eso es muy importante decirlo. Una comedia donde nos reímos de cosas muy profundas, porque te vas a ir pensando. Su sexualidad es parte de lo que la obra plantea: podría decir que es lesbiana, pero también cuenta que sale con hombres, así que podría ser bisexual. Eso es lo que escribió Robert Thomas: temas tan vigentes hoy —la sexualidad, el poder del dinero en los lazos familiares, los vínculos, la psicología de cada personaje— tratados con una mirada de avanzada. Y en cada escena sospechás de una de estas ocho mujeres, creés que vas por ahí, y en la siguiente escena te cambia todo. Está llena de secretos, de mentiras, de intrigas. Vamos descubriéndonos unas a otras.
— ¿Cómo es trabajar con Muscari, a dónde llega en sus búsquedas?
— Es distinto a todo, por lo menos para mi experiencia. Es una persona disruptiva, está constantemente creando. Cuando tuvimos la primera lectura dijo que la obra estaba bien, que no necesitaba adaptarla. Y hoy es casi otra obra: continuamente nos va agregando gags que se le ocurren en el momento y le dicta a su asistente, y vos a veces decís: “¿De dónde lo saca?”. Sabe muy bien lo que quiere y tiene esta singularidad de marcar una coreografía actoral además de la puesta. Yo voy por lo que él me dice, sé que tiene certeza y lo pruebo de una. Y por otro lado es sumamente contenedor y amoroso con cada una de nosotras. Te dice todo lo que tenés que escuchar sin ningún prurito, pero siempre con una palabra alentadora primero. El objetivo que planteó el primer día fue: “El objetivo es ser felices”. No habló de que salga bien la obra. Y estamos yendo por ese objetivo todo el tiempo.
— ¿Y cómo construyen la complicidad siendo ocho actrices, con todo lo que implica compartir camarines y escenas?
— No hay ningún tipo de tensión. De hecho, no la hubo hace quince años tampoco. Hay algo espontáneo que surge entre nosotras que nadie se está proponiendo. Nadie está siendo bueno ni cuidando al otro de manera forzada, es algo que surgió solo. Y que Juana Repetto venga con su bebé de seis meses lo suma más todavía. Todos estamos pendientes. Además, de alguna manera todas nos conocemos: somos actrices de trayectoria, conocidas también por la televisión. Haber juntado a ocho actrices de tantos años de recorrido es algo bastante significativo.

— Es inevitable hablar con vos de tu época de chica Olmedo. ¿Qué sentís cuando surge el tema?
— Sé que es inevitable. En ese momento, de hecho tengo libros escritos donde cuento esto, era muy la frase: “sin darme cuenta”. Porque yo necesitaba mucho trabajar —mantenía a mi hija yo sola— y lo primordial era que estaba trabajando y me sentía muy agradecida de tener trabajo siempre. El tema de ser sexy, salir en tapas de revistas, la ropa interior y todo eso, para mí era como un accesorio de mi trabajo. Hoy lo pienso y me tengo mucho amor y cariño, porque realmente soy una luchadora, una guerrera, siempre fui para adelante. Siempre defendí mis valores. Nunca hice nada que no quisiera hacer. Me quedé sin trabajo por esa situación en algunos momentos, pero gracias a Dios siempre pude seguir adelante.
— ¿A qué te referís con que te quedaste sin trabajo por defender tus valores?
— Algunas veces tuve problemas con productores, no quería aceptar lo que me proponían y me echaron de programas. Eso sucedía antes un montón. Lo que pasa es que ahora, por ejemplo, se puede decir y lo están contando, se puede considerar un delito, pueden hacer que no trabajes más. Pero esas cosas sucedían en ese momento. Yo pensaba que siempre me iba a ir bien si seguía mis principios, y de hecho me fue bien. La pasé mal en muchos momentos, pero siempre seguí trabajando.

— También trabajaste con Jorge Porcel, y en las últimas semanas se habló mucho de lo que pasaba a su alrededor. ¿Qué recordás de esa experiencia?
— Mirá, en una oportunidad Gerardo Sofovich me hizo reemplazar a Luis Albinoni en “La peluquería” y trabajar con él, y él me la hizo pasar muy mal. No tuve ningún problema porque me haya faltado el respeto físicamente, aunque de alguna manera, si no me miraba cuando yo le hablaba mientras grabábamos, era una manera de faltar el respeto. Y después, cuando ya había muerto el Negro, hicimos una película en homenaje a él, El profesor Punk, que la pasan a cada rato ahora, y no tuve ningún inconveniente con él. Yo siempre me hice respetar. Lo que pasa es que a veces a la gente no le gustaba eso, y pagabas las consecuencias.
— Más allá de la figura popular que conserva el público, ¿qué lugar ocupa Olmedo en tus recuerdos personales?
— Muy importante en lo laboral y en mi profesión. Después de su muerte fui a estudiar teatro con casi todos los maestros que existen acá, terminando con Gandolfo. Pero la realidad es que yo aprendí a ser actriz al lado del Negro. A estar presente en el escenario, en una grabación, a estar pendiente de lo que iba a decir, que no se sabía nunca. Era como una escuela de teatro. De hecho, una vez en el escenario me tiró en el sillón y me dijo: “Si esto no es una escuela de teatro, ¿qué es?”. Ahora, últimamente, cuando salgo al escenario me da fuerza recordar eso. Digo: “Yo puedo”. Y después en el plano personal, más allá de recordarlo por su genialidad, hubo un costado difícil y duro que tiene que ver con el ser humano, con ese vacío que uno puede sentir más allá de tener todo aquello que el mundo considera que necesitamos —la fama, el dinero—, que a veces si tu corazón no está bien y tenés una niñez difícil, es difícil la vida. Me parece importante recordar eso.

— ¿Hubo algo de eso? Porque vos has hablado de que mantuvieron una relación fuera de la exposición pública. Hoy a la distancia, ¿entendés por qué fue?
— Sí, entiendo por qué fue, pero me parece que no es tampoco para decirlo en una nota. Yo era muy chica. Me sentía como que era muy grande, pero tenía 31, 32 años. Y había muchas situaciones donde me sentía como que quería salvar situaciones, sin conocer ni siquiera quién era yo y qué podía hacer con mi vida. Pasaron algunas situaciones que no amerita volver a recordar en este momento.
— ¿Y eras vos la que quería mantener esa relación en reserva?
— No sé si llamarla una relación tampoco. Sí puedo decirte lo que significó, sobre todo profesionalmente. La muerte de él me hizo pensar en mí, en quién soy, en qué quiero, y en algo que a veces se pierde de vista en este mundo, que tiene una velocidad de tren bala.
— ¿Cómo fue la transición después de su muerte, el proceso de reinventarte como actriz?
Durante mucho tiempo no me llamaron para trabajar porque todo el mundo tenía la imagen de Olmedo al lado mío. Eso fue muy duro y me hizo empezar a estudiar teatro y a pensar qué quería. El primer proyecto que hice fue mío: El último pasaje, una obra de Marise Monteiro que produje yo, con mi hija y con Alejandro Odara. Me ayudó mucho Carlos Gandolfo a ver qué quería hacer y qué era lo que la gente podía recibir después de haberme visto en esa etapa. Elegí una comedia dramática. Después, de a poco, sobre todo los autores y guionistas jóvenes que miran sin tanto prejuicio, empezaron a llamarme. Como Anahí Berneri, que me dio la película de mi vida con Encarnación. Después tuve la posibilidad de trabajar con Coppola cuando vino a hacer acá su película. Hice una película italiana también con Alessandro Gassmann. Y así empecé de nuevo, de a poco.

— A partir de la muerte de Olmedo también te volcaste al yoga, la meditación, la respiración consciente, los viajes a la India, ¿todo eso lo seguís manteniendo?
— Sí, lo mantengo. Soy profesora de yoga y de meditación, de hecho lo hice dos veces. Fue una manera de acercarme a mí, porque estaba bastante alejada de mí. Como bien te dije, no me daba cuenta de nada: agradecía tener trabajo, pero nunca pensé en mi carrera, en qué quería para mí como actriz. Tenía un trabajo y lo agradecía, lo aceptaba, lo elegía, lo necesitaba. Empecé a pensar qué quería, y me llevó bastante tiempo.
— Tus sketches con Olmedo, el de Borges y Álvarez sobre todo, se viralizan en TikTok, X e Instagram casi cuarenta años después. No le sucede a mucha gente esa permanencia. ¿Qué te pasa con eso?
— ¡Y pensá que van a ser casi cuarenta años! Hoy estoy reconciliada con todo eso y sé que siempre voy a ser una chica Olmedo hasta el último día de mi vida. Y lo agradezco. Cada vez que entro a un ensayo y un técnico me dice “uy, anoche te vi”, o cuando por ejemplo fui al programa de Jey Mammon, que estaba Walter Nelson y dijo “te vemos siempre”… Todos siguen viendo esos sketches. Y eso es hermoso. Estoy muy agradecida.
Silvia Pérez,díptico,retrato
CHIMENTOS
Lourdes Sánchez rompió el silencio y habló de su infidelidad con un rugbier que causó la separación del Chato Prada: “Vivía una agonía”

Se esfumó por el aire y ese sentimiento se disipó como partículas volando por el viento. Ya no vibran en la misma sintonía, aquella frecuencia que los conectaba se estropeó. Lourdes Sánchez y Chato Prada ejecutaron la compleja decisión de romper su pareja.
Tras dieciséis años de caminar por el mismo sendero, que incluyó la configuración de una familia con su pequeño de diez años, los famosos disolvieron su matrimonio. La posibilidad de desentenderse cabe para todo el mundo, aunque en esta historia apareció un factor clave: una infidelidad.
La confirmación de la separación brotó en LAM, de la mano de Ángel de Brito, que se erige en una palabra autorizada por el vínculo estrecho que profesa con ambos protagonistas. «No creo que quieran hablar, es una historia complicada. Ella está en Corrientes, hace un año y medio que es directora de cultura. Va y viene, por eso se la ve poco en los medios. Finalmente están separados después de 16 años de relación. Se acabó el amor«, arrancó.
Lejos de endulzar la trama, el conductor de América TV no dudó en contar la arista más controversial de esta ruptura. «Lourdes está teniendo una relación con otra persona, hace cuatro meses, hay una infidelidad de por medio«, describió el periodista.
LOURDES SÁNCHEZ HABLÓ DE SU SEPARACIÓN
Tras aportar fotos del joven de 27 años que ofició de tercero en discordia, en el programa se produjo el derecho a réplica de Sánchez, quien se comunicó con Ángel y contó una verdad muy sensible. “Lamento que no hablamos antes Ángel. No estoy triste, estoy triste por mi hijo”, admitió.
Sánchez exteriorizó una discursiva singular, que nadie avizoraba, dado que se lanzó a explicar su padecimiento en el matrimonio. “Hace años que estamos tratando de remontarla. Se apagó el amor hace tiempo”, añadió y cerró con la frase más resonante: “Vivía una agonía”.
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