POLITICA
Selección de jueces: la propuesta de la Corte Suprema, un paso en la dirección correcta

La reforma constitucional de 1994 fue, entre otras cosas, un proyecto de desconcentración del poder. Quienes la diseñaron entendían que el hiperpresidencialismo argentino era una patología estructural, no un accidente de personas. El problema no era quién ocupaba la presidencia, sino cuánto poder concentraba quien la ocupara. Y propusieron una arquitectura institucional que lo corrigiera: frenos y contrapesos entre poderes, nuevos órganos de control independientes, tratados internacionales de derechos humanos con jerarquía constitucional, mecanismos de democracia semidirecta, mayor acceso a la justicia para ciudadanos y organizaciones. La idea central era que la justicia controlara a la política, que el mérito fuera un límite real a la discrecionalidad del poder, que los ciudadanos tuvieran herramientas concretas para exigir rendición de cuentas.
Dentro de ese diseño, el Consejo de la Magistratura ocupaba un lugar estratégico. Su función no era meramente administrativa: era la pieza que debía resolver uno de los problemas más difíciles del constitucionalismo contemporáneo, que es cómo seleccionar jueces que sean a la vez técnicamente excelentes y democráticamente legítimos. Jueces que fallen bien porque saben derecho, y que fallen con autoridad porque fueron seleccionados de manera que la sociedad puede reconocer como justa.
El diseño era optimista. Tomaba en serio las dos grandes tradiciones de selección judicial que el mundo desarrolló a lo largo del siglo XX. La tradición estadounidense confía en el proceso político: el presidente nomina, el Senado delibera públicamente y confirma, y la legitimidad del juez viene de haber sobrevivido ese escrutinio representativo. La tradición europea continental confía en el proceso técnico: concursos públicos, exámenes anónimos, evaluación de antecedentes por corporaciones de pares, carrera judicial con ascensos meritocráticos. La política da legitimidad democrática; las corporaciones profesionales garantizan la excelencia técnica.
El Consejo de la Magistratura argentino fue diseñado como una síntesis de ambas tradiciones. El proceso técnico -exámenes, evaluación de antecedentes, jurados de especialistas- filtraría a los candidatos más capaces y produciría una terna de los mejores. El proceso político -el Poder Ejecutivo eligiendo de esa terna, el Senado confirmando- les daría legitimidad democrática. La apuesta central era que el mérito disciplinara a la política: que le pusiera un límite objetivo y verificable a la discrecionalidad de las designaciones.
Pero esa apuesta descansaba sobre un supuesto que no llegó a verificarse del todo: que las corporaciones profesionales (los jueces como cuerpo, los abogados organizados en colegios, los académicos reunidos en universidades y asociaciones) producirían y sostendrían estándares colectivos de excelencia técnica suficientemente robustos y autónomos como para resistir la presión de la política partidaria. Que habría, en otras palabras, un mundo jurídico capaz de decirle a la política: hasta aquí, este candidato no pasa porque no sabe derecho o porque no tiene integridad, y eso no es negociable.
Lo que ocurrió fue lo inverso. Sin una práctica jurídica colectiva que sostuviera ese estándar desde adentro, la política no encontró un límite en el proceso técnico. Encontró un nuevo terreno para colonizar. Los partidos aprendieron que ya no alcanzaba con controlar al Poder Ejecutivo o al Senado: había que controlar también quiénes integran los jurados de los concursos, quiénes representan a la academia en el Consejo, quiénes conducen los colegios de abogados, cómo se alinean las asociaciones de magistrados. Las instituciones universitarias, los colegios profesionales, las asociaciones de jueces (todos los espacios que debían producir independencia técnica) se fueron convirtiendo, gradualmente, en extensiones de la disputa partidaria. El proceso técnico no disciplinó a la política. La política convirtió ese proceso en una arena más de sus propias disputas.
La Acordada 4/2026, aprobada por la Corte Suprema el 25 de marzo y remitida al Consejo de la Magistratura para su consideración, debe leerse en este contexto. No es simplemente una mejora de procedimientos técnicos, es un intento de la Corte de recuperar la lógica original de la Constitución del 94: que el proceso técnico vuelva a disciplinar a la política, que el mérito sea nuevamente un límite real a la discrecionalidad partidaria.
Y en esa lectura, los avances concretos que propone adquieren un sentido más preciso. El anonimato en los exámenes escritos, garantizado por medios informáticos con separación estricta entre quienes elaboran las consignas y quienes las corrigen, y con códigos alfanuméricos que impiden identificar al autor hasta que toda la corrección está terminada, apunta directamente a cerrar los espacios donde la captura puede operar. La limitación de la entrevista personal a veinte puntos sobre un total de doscientos es quizás el cambio más significativo: durante años esa instancia fue el lugar donde las influencias que el concursante no podía prever ni rebatir encontraban su expresión más efectiva, donde un orden de mérito construido con esfuerzo técnico podía ser invertido con relativa facilidad. Tasarla, limitarla y distribuirla en criterios explícitos y fundados reduce drásticamente ese margen. La tabulación rigurosa de los antecedentes (con escalas precisas por tipo de cargo, antigüedad y especialidad) busca reemplazar la discrecionalidad del evaluador por criterios objetivos y verificables. Todo el diseño apunta en la misma dirección: achicar los espacios donde la captura política necesita operar para funcionar.
Es, en ese sentido, un gesto institucional que merece una bienvenida genuina. La Corte está intentando tomarse en serio, treinta años después, el mandato que la Constitución del 94 le encomendó al sistema de selección judicial. Y lo hace con una propuesta técnicamente elaborada que reconoce los problemas reales que el sistema acumuló.
Un gesto importante y necesario, pero no suficiente por sí solo, porque el problema de fondo (la ausencia de una práctica jurídica colectiva que sostenga el estándar técnico desde adentro) no se resuelve con un reglamento, por bien diseñado que esté.
Un sistema de concursos funciona bien cuando puede medir a los candidatos contra un estándar que las propias profesiones jurídicas producen y sostienen colectivamente. Ese estándar emerge de la práctica acumulada de jueces que razonan y deciden bien, de abogados que litigan con rigor técnico e integridad ética ante sus clientes, de académicos que investigan con profundidad empírica y valorativa, de profesores que forman juristas con herramientas reales de pensamiento. Cuando esa práctica colectiva es robusta, el concurso puede medirla. Cuando es fragmentaria, el concurso mide indicadores sustitutos (antigüedad, certificados de cursos, artículos publicados, causas documentadas) y los candidatos aprenden a optimizar esos indicadores en lugar de mejorar la práctica.
En los sistemas jurídicos que funcionan bien, ese estándar colectivo tiene dos anclas institucionales principales: la jurisprudencia y la doctrina. La jurisprudencia es el conjunto de criterios que los jueces construyen acumulativamente, leyéndose entre sí y respetando sus decisiones previas como puntos de partida obligados para razonar. No como camisa de fuerza, sino como piso compartido que hace predecible el derecho y obliga a justificar los apartamientos. La doctrina es la producción académica que sistematiza esa jurisprudencia, la critica cuando se equivoca, propone soluciones a los casos que todavía no fueron resueltos, y proyecta el derecho hacia el futuro. Las dos anclas se retroalimentan y producen, con el tiempo, una práctica colectiva reconocible que cualquier profesional competente puede identificar y que el concurso puede medir.
En la Argentina, ambas anclas son débiles. Los jueces no se leen entre sí con la convicción de que los precedentes tienen peso obligatorio: con demasiada frecuencia cada tribunal tiende a empezar desde cero, como si la jurisprudencia acumulada fuera una referencia optativa y no un piso compartido que legitima y estabiliza el sistema. Y la academia jurídica no produce el contrapeso necesario: fragmentada en tradiciones que no dialogan entre sí, sin una comunidad que delibere colectivamente y construya certezas compartidas sobre los grandes problemas del derecho, y sostenida en gran medida por docentes que ejercen la profesión o la judicatura como actividad principal y la enseñanza como actividad secundaria, no está en condiciones de generar el pensamiento jurídico homogéneo que oriente la práctica ni de formar sistemáticamente las destrezas analíticas y argumentativas que un sistema judicial exigente requiere. El resultado es un ecosistema jurídico donde demasiados actores improvisan sus propios criterios, donde el derecho es menos predecible de lo que debería ser, y donde el concurso no tiene, en demasiados casos, contra qué medir con precisión.
Este diagnóstico tiene una consecuencia directa sobre cómo pensar el problema de los evaluadores, que el reglamento propuesto no termina de resolver. El sistema actual recluta a los miembros de los comités de examen y los jurados evaluadores principalmente entre docentes de facultades de derecho, que en su gran mayoría son abogados o jueces en ejercicio que enseñan como actividad secundaria. Dicho de otro modo: quienes evalúan a los candidatos tienen exactamente el mismo problema estructural que los candidatos, no tienen dedicación exclusiva a la tarea de evaluar, no acumulan institucionalmente los criterios que van desarrollando, no mejoran sistemáticamente sus instrumentos de medición, y no están organizados para producir una práctica homogénea y progresivamente más sofisticada sobre qué significa ser un buen juez en la democracia constitucional argentina. La evaluación reproduce el déficit que pretende medir.
Una agenda de profundización debería incluir la creación de un cuerpo profesional de evaluadores dedicado exclusivamente a desarrollar y perfeccionar los instrumentos de selección: los exámenes, los estándares de corrección, entrevista, los parámetros de evaluación de antecedentes. Un cuerpo que acumule experiencia y aprenda de cada concurso, que construya con el tiempo una práctica cada vez más precisa sobre qué conocimientos, qué destrezas y qué disposiciones éticas definen al mejor juez posible para una democracia constitucional como la que el 94 imaginó. Que responda a las demandas que le plantean los consejeros del Consejo de la Magistratura pero también a otras fuentes de evaluación externa de la performance del sistema judicial. Así como la Constitución del 94 creó el Consejo para profesionalizar la selección de jueces, la siguiente etapa lógica es profesionalizar a quienes dentro del Consejo hacen esa selección.
Hay, además, un riesgo específico en el sistema de calificación de antecedentes que el reglamento propone, que vale la pena nombrar para que el Consejo lo considere. Al asignar puntaje por cursos de capacitación, publicaciones en revistas jurídicas homologadas y causas documentadas en la especialidad, el sistema puede generar incentivos que desvíen a cada tipo de profesional de su función propia y socialmente valiosa.
El funcionario judicial (el secretario de juzgado, el fiscal adjunto, el defensor oficial) que quiere maximizar su posición en un futuro concurso aprende que su tiempo libre tiene un rendimiento diferencial: trabajar mejor un expediente difícil no le suma ningún punto; escribir un artículo para una revista homologada, sí. Ser un funcionario ejemplar en el despacho cotidiano no genera puntaje directo; acumular certificados del programa de formación judicial, sí. El sistema no premia al mejor judicial: premia al judicial que mejor construye su perfil concursal. Y esas dos cosas no son lo mismo.
El abogado en ejercicio enfrenta una distorsión análoga. El que optimiza para el concurso no es necesariamente el que litiga mejor o el que actúa con mayor integridad ética frente a sus clientes. Y el académico no escapa a la misma lógica. El que quiere posicionarse bien en un concurso descubre que publicar varios artículos cortos en revistas de la lista le conviene más que escribir el libro riguroso y empíricamente fundado que lleva años. El profesor que invierte tiempo en pensar cómo enseñar mejor razonamiento jurídico no obtiene por eso ningún punto adicional.
Lo que subyace a estos tres casos es un problema más profundo que el diseño de cualquier escala de puntaje: el sistema mide indicadores observables del mérito en lugar del mérito real, y los candidatos racionales aprenden a producir los indicadores. El resultado paradójico es que un sistema diseñado para seleccionar a los mejores termina distrayendo a todos de hacer aquello que los haría mejores y que haría mejor al Poder Judicial y a la sociedad que depende de él.
Resolver esto requiere algo más que un nuevo reglamento. Requiere que las corporaciones jurídicas, las facultades de derecho, los colegios profesionales, las asociaciones de magistrados, las escuelas judiciales construyan y sostengan estándares colectivos de excelencia que el sistema pueda reconocer y medir. Es una tarea de largo aliento que no se decreta ni se reglamenta: se construye, lentamente, a través de los acuerdos que las profesiones jurídicas van alcanzando sobre qué significa hacer bien el trabajo de juez, de abogado, de académico, de profesor. Ninguna acordada puede hacerlo por sí sola. Pero nombrar el problema con claridad es ya parte del camino.
La Acordada 4/2026 abre una oportunidad que el Consejo de la Magistratura debería aprovechar plenamente: no solo adoptar el reglamento propuesto sino usarlo como punto de partida para una conversación más amplia y más profunda sobre qué significa seleccionar bien a los jueces en la Argentina de hoy. Esa conversación está pendiente desde 1994. El mérito que la Constitución quiso convertir en límite de la política sigue esperando las condiciones institucionales y profesionales que lo hagan verdaderamente posible.
La Corte acaba de dar un paso serio en esa dirección, vale la pena acompañarla.
El autor es profesor titular de Filosofía del Derecho de la Facultad de Derecho de la Umiversidad de Buenos Aires y profesor visitante de Universidad Torcuato Di Tella.
Martín Böhmer,Conforme a
POLITICA
Javier Milei vs. Alberto Fernández: según una encuestadora, ambas gestiones provocan el mismo nivel de rechazo

El último informe de Atlas Intel/Bloomberg, uno de los estudios de opinión pública más seguidos por el mercado, sorprendió este miércoles al revelar que la gestión de Javier Milei tendría el mismo nivel de desaprobación que la administración de Alberto Fernández.
Según la encuestadora, el 45,9% de los consultados consideraron que el gobierno libertario es “peor” que el de Alberto Fernández. En tanto, el 45% dijo que la gestión del actual mandatario es “mejor” que la del expresidente y el 9% los evaluó “igual”.
Las áreas en que los encuestados consideraron mejor la administración de Fernández (2019-2023) fueron obras públicas y empleo, políticas sociales y reducción de la pobreza, entre otras. En contraste, prefirieron a Milei, por ejemplo, en materia de gestión económica y responsabilidad fiscal; relaciones exteriores y agricultura.
El reporte también registra un leve repunte en la aprobación presidencial, en la evaluación del Gobierno y en la imagen de Milei. Sin embargo, creció fuertemente la visión negativa sobre la situación económica, mientras, en el ranking de dirigentes con mejor imagen, la expresidenta Cristina Kirchner y la diputada de izquierda Myriam Bregman se ubican en los primeros puestos, por encima del Presidente.
Los datos surgen del último Latam Pulse, el relevamiento mensual que la consultora brasileña Atlas Intel elabora para la agencia norteamericana Bloomberg. Entre el 2 y el 7 de octubre, más de 2000 argentinos fueron consultados (el margen de error es de ±2 p.p.).
Respecto de la comparación Milei-Fernández, el informe muestra que, en los temas en los que los encuestados se inclinan por el Presidente, su ventaja sobre el exmandatario es acotada. En cambio, cuando se impone el peronista, lo hace por márgenes amplios en varios casos.
Milei se destaca en Gestión económica y responsabilidad fiscal, un área a la que se aboca especialmente y la bandera que defiende con mayor intensidad –el equilibrio fiscal–. Allí cosecha un 46% de percepciones positivas frente a Fernández. Sin embargo, un 42% eligió al expresidente.
En Relaciones Exteriores, asunto en el que el líder libertario se alinea fuertemente con los Estados Unidos de Donald Trump y el Israel de Benjamín Netanyahu, también supera al peronista, por 45% a 43%.
Hay una tercera y última materia en la que el jefe de Estado logra un saldo positivo: Agricultura, donde reúne 44% contra 37%.
En el resto de las áreas, Milei obtiene un diferencial negativo; es decir, los consultados lo consideraron “peor” que Fernández.
El expresidente logró el saldo positivo más alto y el mayor porcentaje de respuestas a su favor en Obras públicas (59% a 29%), un área que Milei recortó fuertemente.
Alberto Fernández también superó al Presidente en Empleo, políticas sociales y reducción de la pobreza (57% a 32%); Educación y Cultura (55% a 32%); Medio ambiente (52% a 29%); Salud (55% a 33%); y Turismo (49% a 31%).
Aunque con márgenes más estrechos, también se impuso en Transparencia y lucha contra la corrupción (47% a 38%) y en Seguridad Pública (43% a 38%).
Gestión
La aprobación del Presidente tuvo un leve repunte en septiembre: subió del 38,1% al 38,5% y el rechazo bajó casi 1 punto, hasta ubicarse en 57,2%.
Cuando se pregunta por la evaluación del Gobierno, quienes la consideran entre buena y excelente ascendieron al 33,3% (1,8 puntos más que en agosto), y quienes responden mala o muy mala alcanzaron el 54,2% (eran el 52,7% el mes anterior).
Mientras, el 71% de los encuestados valoró como negativa la situación económica de la Argentina (8 puntos más que el mes anterior), mientras que el 55% cree que empeorará en los próximos seis meses. El 31% piensa que mejorará y el 14%, que seguirá igual.
En septiembre, la corrupción despegó como la principal preocupación de la ciudadanía (50,3%, 5,9 puntos más que el mes anterior). Por debajo se ubicaron el desempleo (44%, se mantuvo estable) y la impunidad y el sistema judicial (34,6%, con un aumento de 6,7 puntos en un mes). Cada entrevistado podía marcar hasta tres opciones.
El informe también mostró la evaluación de políticas puntuales del Gobierno. Las medidas más valoradas como “aciertos” fueron la eliminación de intermediarios en la entrega de planes sociales, el fin del cepo para comprar dólares, la implementación del protocolo antipiquetes, el cierre y la fusión de ministerios y la apertura de importaciones. Todas tuvieron un saldo favorable.
En cambio, las de mayor diferencial negativo, es decir, las valoradas principalmente como “errores”, fueron la reducción de la cobertura de medicamentos del PAMI, la baja del presupuesto en Discapacidad, la paralización de la obra pública, el veto al aumento de las jubilaciones aprobado por el Congreso, la liberación del precio de la medicina prepaga, el recorte de financiamiento del sistema universitario y científico, y los despidos y la caída de salarios en el sector público.
A mitad de tabla –aunque también con saldo negativo– se ubicaron los beneficios fiscales para grandes inversiones, la devaluación del peso al asumir el Gobierno, la derogación de la Ley de Alquileres, el alineamiento internacional con Estados Unidos e Israel, la reforma laboral y la reducción de los subsidios a las tarifas de luz y gas.
Imagen positiva
Aunque todos tienen un diferencial negativo, es decir, más rechazos que apoyos, la lista de dirigentes mejor posicionados en la encuesta la encabezan Cristina Kirchner (39% de imagen positiva y 56% negativa), Myriam Bregman (38%-50%) y Javier Milei (38%-59%). El gobernador bonaerense, Axel Kicillof, ocupa el cuarto lugar (37%-54%) y la senadora oficialista Patricia Bullrich, el quinto (37%-58%).
Cristina Kirchner, en prisión domiciliaria por la condena en el caso Vialidad, había logrado frenar la caída el mes pasado, pero en este registro la imagen negativa volvió a crecer 1 punto, mientras que la positiva se mantuvo estable.
Bregman, que este año sorprendió en las encuestas, tuvo una baja: su imagen positiva cayó de 43% a 38%, aunque la negativa también retrocedió 1 punto. El mes pasado se había ubicado primera en el ranking.
Por su parte, Milei mejoró bastante sus números: la imagen positiva creció 3 puntos y la negativa cayó otros 3. Además, este mes accedió al podio, después de haber quedado quinto el mes anterior.
Por debajo se ubicó Kicillof, uno de los dirigentes que más antagoniza con Milei, que también mejoró su imagen, aunque sutilmente: la positiva creció un punto y la negativa cayó otro.
Bullrich, que continuó marcando diferencias con Milei, atraviesa una curva desfavorable: su imagen positiva cayó 1 punto (viene en baja desde junio, cuando marcó 45%, frente al 37% actual) y la negativa creció 3 (desde julio, su piso en el último año, subió 7 puntos hasta el 58% de hoy).
En rigor, está volviendo a los niveles que mantuvo hasta abril pasado. Desde aquella fecha, creció al marcar distancia con el exjefe de Gabinete Manuel Adorni cuando todavía seguía en funciones en medio de la investigación de su patrimonio. En aquella época, también se desmarcó del gobierno de Milei en materia judicial.
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POLITICA
La causa contra Mauricio Macri, Luis Caputo y Federico Sturzenegger por el crédito de US$57.100 millones del FMI se encamina a su cierre definitivo

La causa contra el expresidente Mauricio Macri y los actuales ministros Luis Caputo y Federico Sturzenegger por tomar un crédito de 57.100 millones de dólares del FMI se encamina a su cierre definitivo por inexistencia del delito.
El fiscal ante la Cámara de Casación Raúl Pleé, en un dictamen al que accedió , desistió de la apelación que habían planteado sus colegas de las instancias inferiores contra el cierre del caso, por lo que ahora, sin impulso fiscal, el tribunal decidiría el fin del expediente.
Hay un pretenso querellante en el caso, Antonio De Martino, un ciudadano que adhirió al recurso de queja, por lo que se analizará su escrito de 70 páginas a todo color, en tonos amarillo y azul, con fotos y dibujos de personajes públicos, políticos, empresarios, el presidente Javier Milei y periodistas especializados en corrupción.
En esta causa están imputados Macri, Caputo, que en aquel entonces ocupaba la Secretaría de Finanzas, y Sturzenegger, quien encabezaba el Banco Central.
Se trata de la investigación relacionada con el acuerdo stand by celebrado con el FMI en 2018, por el cual la Argentina obtuvo inicialmente un financiamiento de 50.000 millones de dólares, luego ampliado a 57.100 millones de dólares.
La investigación procuró determinar si el crédito era innecesario y en verdad se tomó para fugar los dólares con acuerdo de empresarios y financistas allegados al poder.
También el caso trata de determinar si durante la negociación, la suscripción y la ejecución del acuerdo se produjeron incumplimientos de las normas que regulaban este tipo de operaciones.
En primera instancia, la jueza María Eugenia Capuchetti archivó el caso, fallo que fue confirmado por los camaristas Pablo Bertuzzi y Mariano Llorens.
La decisión fue recurrida primero por el fiscal Franco Picardi. Luego, el fiscal de Cámara José Agüero Iturbe interpuso un recurso de Casación, que fue desestimado, y finalmente un recurso de queja, que ahora fue desistido por el fiscal Raúl Pleé.
Por lo tanto, los jueces Mariano Borinsky, Javier Carbajo y Gustavo Hornos de la Cámara Federal de Casación deberán resolver definir si archivan el caso, como todo parece indicar, ya que sin impulso fiscal no hay delito que investigar.
Pleé argumentó que por un lado no hay requisitos previos para admitir el recurso y por otro dijo que las hipótesis presentadas por el fiscal Picardi “no corresponden con inferencias lógicas” de las constancias de la causa y tampoco “fueron sustentadas sobre la base de alguna propuesta de medidas concretas”.
Repasó que los jueces que intervinieron consideraron agotada la investigación, tras cinco años de medidas de prueba, contra la opinión de los fiscales, que identificaron cuáles son las medidas pendientes de realización.
La fiscalía también descartó que hubiera incumplimientos en el trámite del préstamo, como señalaron los fiscales, y sostuvo que la jueza Capuchetti los analizó y los valoró.
Dijo Pleé que, para que el caso prospere, el hecho a investigar debe ser delictivo o bien debe proponer diligencias probatorias que permitan corroborarlo.
Asimismo, el fiscal Pleé descartó la existencia de un esquema defraudatorio. Dijo que no hubo “infracción concreta” en la aplicación de los fondos, sino que hubo un cuestionamiento general a la política pública del macrismo, sobre su destino.
Los fiscales habían basado sus cuestionamientos al préstamo del FMI en el informe de la Auditoría General de la Nación, firmado por tres auditores a favor, del peronismo, y tres en contra, de la oposición. El presidente votó y desempató en favor de la crítica del peronismo.
Por eso es que Pleé dice que no puede ponderarse “con grado de certeza” un informe “cuyas conclusiones y metodología están cuestionadas por la opinión de tres auditores del mismo cuerpo”.
Al contrario, Capuchetti no es que no lo tuvo en cuenta, sino que lo ponderó, pero con estas limitaciones.
Dijo que tras el préstamo hubo misiones del FMI de seguimiento y revisiones del programa, que evaluaron la ejecución y el desembolso de los fondos. Por eso hubo una supervisión continua del acuerdo, lo que no se condice con la afirmación de que se lo incumplió adrede como parte del plan delictivo.
“Sin diligencias probatorias pendientes de producción, independientemente de cualquier construcción teórica, la hipótesis de los fiscales recurrentes se revela equivocada y amerita el desistimiento de la vía intentada en resguardo de la legalidad y de los intereses generales de la sociedad, por los que me toca velar, en relación con la necesidad de tener una racional y objetiva administración de justicia”, subrayó Pleé, en negritas en el original.
Hernán Cappiello,Conforme a
POLITICA
El Gobierno defendió el Presupuesto 2027 en Diputados: “Busca sostener el equilibrio fiscal”

El Gobierno defendió el monotributo como una herramienta para formalizar el empleo y reducir la informalidad laboral durante una nueva reunión de la Comisión de Presupuesto y Hacienda de la Cámara de Diputados. El secretario de Trabajo, Julio Cordero, expuso los lineamientos de su cartera en el debate del Presupuesto 2027 y sostuvo que la generación de empleo y el crecimiento salarial deben acompañar el equilibrio fiscal y la baja de la inflación.
La reunión fue presidida por el diputado oficialista Bertie Benegas Lynch. Durante el plenario, Cordero planteó que el trabajo constituye un elemento central para la inserción social y convocó a avanzar en la formalización de los trabajadores. “Nos preocupa la informalidad laboral”, afirmó.
Cordero defendió el monotributo y el equilibrio fiscal
El secretario de Trabajo sostuvo que el trabajo es una herramienta fundamental para la autonomía de las personas y vinculó esa perspectiva con los objetivos económicos del Gobierno.
“Sostener el equilibrio fiscal, la baja inflacionaria, fomentar la generación de empleo y el crecimiento salarial”, enumeró Cordero al referirse a los ejes de la gestión. Luego agregó: “La inserción en este mundo del trabajo es lo que da libertad a cada una de las personas y por eso transitamos un camino de cambio”.
En su exposición sobre el Presupuesto 2027, el funcionario destacó el trabajo de análisis realizado para definir las partidas y ratificó el rumbo económico de la administración nacional.
“Se ha trabajado muchísimo con una fuerte cantidad de análisis, planteando un rumbo claro y específico de equilibrio fiscal y baja inflacionaria, esto señala una arquitectura perfecta, el andamiaje en el cual nos movemos y la actividad en la Argentina”, afirmó.
También sostuvo que el proyecto busca preservar el equilibrio fiscal y la desaceleración de la inflación, además de fomentar la generación de empleo y el crecimiento salarial.
Cordero cuestionó, además, las políticas de la gestión kirchnerista y defendió una concepción del trabajo orientada a la autonomía individual. “Lo importante no es dar un pescado, sino enseñar a pescar porque este elemento desarrolla una estructura absolutamente sustancial, porque cuando uno da el pescado, lo que hace es tener de rehén a las personas que forman parte del sistema y no darles la libertad de valerse por sus propios medios”, expresó.
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