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Selección de jueces: la propuesta de la Corte Suprema, un paso en la dirección correcta

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La reforma constitucional de 1994 fue, entre otras cosas, un proyecto de desconcentración del poder. Quienes la diseñaron entendían que el hiperpresidencialismo argentino era una patología estructural, no un accidente de personas. El problema no era quién ocupaba la presidencia, sino cuánto poder concentraba quien la ocupara. Y propusieron una arquitectura institucional que lo corrigiera: frenos y contrapesos entre poderes, nuevos órganos de control independientes, tratados internacionales de derechos humanos con jerarquía constitucional, mecanismos de democracia semidirecta, mayor acceso a la justicia para ciudadanos y organizaciones. La idea central era que la justicia controlara a la política, que el mérito fuera un límite real a la discrecionalidad del poder, que los ciudadanos tuvieran herramientas concretas para exigir rendición de cuentas.

Dentro de ese diseño, el Consejo de la Magistratura ocupaba un lugar estratégico. Su función no era meramente administrativa: era la pieza que debía resolver uno de los problemas más difíciles del constitucionalismo contemporáneo, que es cómo seleccionar jueces que sean a la vez técnicamente excelentes y democráticamente legítimos. Jueces que fallen bien porque saben derecho, y que fallen con autoridad porque fueron seleccionados de manera que la sociedad puede reconocer como justa.

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El diseño era optimista. Tomaba en serio las dos grandes tradiciones de selección judicial que el mundo desarrolló a lo largo del siglo XX. La tradición estadounidense confía en el proceso político: el presidente nomina, el Senado delibera públicamente y confirma, y la legitimidad del juez viene de haber sobrevivido ese escrutinio representativo. La tradición europea continental confía en el proceso técnico: concursos públicos, exámenes anónimos, evaluación de antecedentes por corporaciones de pares, carrera judicial con ascensos meritocráticos. La política da legitimidad democrática; las corporaciones profesionales garantizan la excelencia técnica.

El Consejo de la Magistratura argentino fue diseñado como una síntesis de ambas tradiciones. El proceso técnico -exámenes, evaluación de antecedentes, jurados de especialistas- filtraría a los candidatos más capaces y produciría una terna de los mejores. El proceso político -el Poder Ejecutivo eligiendo de esa terna, el Senado confirmando- les daría legitimidad democrática. La apuesta central era que el mérito disciplinara a la política: que le pusiera un límite objetivo y verificable a la discrecionalidad de las designaciones.

Pero esa apuesta descansaba sobre un supuesto que no llegó a verificarse del todo: que las corporaciones profesionales (los jueces como cuerpo, los abogados organizados en colegios, los académicos reunidos en universidades y asociaciones) producirían y sostendrían estándares colectivos de excelencia técnica suficientemente robustos y autónomos como para resistir la presión de la política partidaria. Que habría, en otras palabras, un mundo jurídico capaz de decirle a la política: hasta aquí, este candidato no pasa porque no sabe derecho o porque no tiene integridad, y eso no es negociable.

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Lo que ocurrió fue lo inverso. Sin una práctica jurídica colectiva que sostuviera ese estándar desde adentro, la política no encontró un límite en el proceso técnico. Encontró un nuevo terreno para colonizar. Los partidos aprendieron que ya no alcanzaba con controlar al Poder Ejecutivo o al Senado: había que controlar también quiénes integran los jurados de los concursos, quiénes representan a la academia en el Consejo, quiénes conducen los colegios de abogados, cómo se alinean las asociaciones de magistrados. Las instituciones universitarias, los colegios profesionales, las asociaciones de jueces (todos los espacios que debían producir independencia técnica) se fueron convirtiendo, gradualmente, en extensiones de la disputa partidaria. El proceso técnico no disciplinó a la política. La política convirtió ese proceso en una arena más de sus propias disputas.

La Acordada 4/2026, aprobada por la Corte Suprema el 25 de marzo y remitida al Consejo de la Magistratura para su consideración, debe leerse en este contexto. No es simplemente una mejora de procedimientos técnicos, es un intento de la Corte de recuperar la lógica original de la Constitución del 94: que el proceso técnico vuelva a disciplinar a la política, que el mérito sea nuevamente un límite real a la discrecionalidad partidaria.

Y en esa lectura, los avances concretos que propone adquieren un sentido más preciso. El anonimato en los exámenes escritos, garantizado por medios informáticos con separación estricta entre quienes elaboran las consignas y quienes las corrigen, y con códigos alfanuméricos que impiden identificar al autor hasta que toda la corrección está terminada, apunta directamente a cerrar los espacios donde la captura puede operar. La limitación de la entrevista personal a veinte puntos sobre un total de doscientos es quizás el cambio más significativo: durante años esa instancia fue el lugar donde las influencias que el concursante no podía prever ni rebatir encontraban su expresión más efectiva, donde un orden de mérito construido con esfuerzo técnico podía ser invertido con relativa facilidad. Tasarla, limitarla y distribuirla en criterios explícitos y fundados reduce drásticamente ese margen. La tabulación rigurosa de los antecedentes (con escalas precisas por tipo de cargo, antigüedad y especialidad) busca reemplazar la discrecionalidad del evaluador por criterios objetivos y verificables. Todo el diseño apunta en la misma dirección: achicar los espacios donde la captura política necesita operar para funcionar.

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Es, en ese sentido, un gesto institucional que merece una bienvenida genuina. La Corte está intentando tomarse en serio, treinta años después, el mandato que la Constitución del 94 le encomendó al sistema de selección judicial. Y lo hace con una propuesta técnicamente elaborada que reconoce los problemas reales que el sistema acumuló.

Un gesto importante y necesario, pero no suficiente por sí solo, porque el problema de fondo (la ausencia de una práctica jurídica colectiva que sostenga el estándar técnico desde adentro) no se resuelve con un reglamento, por bien diseñado que esté.

Un sistema de concursos funciona bien cuando puede medir a los candidatos contra un estándar que las propias profesiones jurídicas producen y sostienen colectivamente. Ese estándar emerge de la práctica acumulada de jueces que razonan y deciden bien, de abogados que litigan con rigor técnico e integridad ética ante sus clientes, de académicos que investigan con profundidad empírica y valorativa, de profesores que forman juristas con herramientas reales de pensamiento. Cuando esa práctica colectiva es robusta, el concurso puede medirla. Cuando es fragmentaria, el concurso mide indicadores sustitutos (antigüedad, certificados de cursos, artículos publicados, causas documentadas) y los candidatos aprenden a optimizar esos indicadores en lugar de mejorar la práctica.

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En los sistemas jurídicos que funcionan bien, ese estándar colectivo tiene dos anclas institucionales principales: la jurisprudencia y la doctrina. La jurisprudencia es el conjunto de criterios que los jueces construyen acumulativamente, leyéndose entre sí y respetando sus decisiones previas como puntos de partida obligados para razonar. No como camisa de fuerza, sino como piso compartido que hace predecible el derecho y obliga a justificar los apartamientos. La doctrina es la producción académica que sistematiza esa jurisprudencia, la critica cuando se equivoca, propone soluciones a los casos que todavía no fueron resueltos, y proyecta el derecho hacia el futuro. Las dos anclas se retroalimentan y producen, con el tiempo, una práctica colectiva reconocible que cualquier profesional competente puede identificar y que el concurso puede medir.

En la Argentina, ambas anclas son débiles. Los jueces no se leen entre sí con la convicción de que los precedentes tienen peso obligatorio: con demasiada frecuencia cada tribunal tiende a empezar desde cero, como si la jurisprudencia acumulada fuera una referencia optativa y no un piso compartido que legitima y estabiliza el sistema. Y la academia jurídica no produce el contrapeso necesario: fragmentada en tradiciones que no dialogan entre sí, sin una comunidad que delibere colectivamente y construya certezas compartidas sobre los grandes problemas del derecho, y sostenida en gran medida por docentes que ejercen la profesión o la judicatura como actividad principal y la enseñanza como actividad secundaria, no está en condiciones de generar el pensamiento jurídico homogéneo que oriente la práctica ni de formar sistemáticamente las destrezas analíticas y argumentativas que un sistema judicial exigente requiere. El resultado es un ecosistema jurídico donde demasiados actores improvisan sus propios criterios, donde el derecho es menos predecible de lo que debería ser, y donde el concurso no tiene, en demasiados casos, contra qué medir con precisión.

Este diagnóstico tiene una consecuencia directa sobre cómo pensar el problema de los evaluadores, que el reglamento propuesto no termina de resolver. El sistema actual recluta a los miembros de los comités de examen y los jurados evaluadores principalmente entre docentes de facultades de derecho, que en su gran mayoría son abogados o jueces en ejercicio que enseñan como actividad secundaria. Dicho de otro modo: quienes evalúan a los candidatos tienen exactamente el mismo problema estructural que los candidatos, no tienen dedicación exclusiva a la tarea de evaluar, no acumulan institucionalmente los criterios que van desarrollando, no mejoran sistemáticamente sus instrumentos de medición, y no están organizados para producir una práctica homogénea y progresivamente más sofisticada sobre qué significa ser un buen juez en la democracia constitucional argentina. La evaluación reproduce el déficit que pretende medir.

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Una agenda de profundización debería incluir la creación de un cuerpo profesional de evaluadores dedicado exclusivamente a desarrollar y perfeccionar los instrumentos de selección: los exámenes, los estándares de corrección, entrevista, los parámetros de evaluación de antecedentes. Un cuerpo que acumule experiencia y aprenda de cada concurso, que construya con el tiempo una práctica cada vez más precisa sobre qué conocimientos, qué destrezas y qué disposiciones éticas definen al mejor juez posible para una democracia constitucional como la que el 94 imaginó. Que responda a las demandas que le plantean los consejeros del Consejo de la Magistratura pero también a otras fuentes de evaluación externa de la performance del sistema judicial. Así como la Constitución del 94 creó el Consejo para profesionalizar la selección de jueces, la siguiente etapa lógica es profesionalizar a quienes dentro del Consejo hacen esa selección.

Hay, además, un riesgo específico en el sistema de calificación de antecedentes que el reglamento propone, que vale la pena nombrar para que el Consejo lo considere. Al asignar puntaje por cursos de capacitación, publicaciones en revistas jurídicas homologadas y causas documentadas en la especialidad, el sistema puede generar incentivos que desvíen a cada tipo de profesional de su función propia y socialmente valiosa.

El funcionario judicial (el secretario de juzgado, el fiscal adjunto, el defensor oficial) que quiere maximizar su posición en un futuro concurso aprende que su tiempo libre tiene un rendimiento diferencial: trabajar mejor un expediente difícil no le suma ningún punto; escribir un artículo para una revista homologada, sí. Ser un funcionario ejemplar en el despacho cotidiano no genera puntaje directo; acumular certificados del programa de formación judicial, sí. El sistema no premia al mejor judicial: premia al judicial que mejor construye su perfil concursal. Y esas dos cosas no son lo mismo.

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El abogado en ejercicio enfrenta una distorsión análoga. El que optimiza para el concurso no es necesariamente el que litiga mejor o el que actúa con mayor integridad ética frente a sus clientes. Y el académico no escapa a la misma lógica. El que quiere posicionarse bien en un concurso descubre que publicar varios artículos cortos en revistas de la lista le conviene más que escribir el libro riguroso y empíricamente fundado que lleva años. El profesor que invierte tiempo en pensar cómo enseñar mejor razonamiento jurídico no obtiene por eso ningún punto adicional.

Lo que subyace a estos tres casos es un problema más profundo que el diseño de cualquier escala de puntaje: el sistema mide indicadores observables del mérito en lugar del mérito real, y los candidatos racionales aprenden a producir los indicadores. El resultado paradójico es que un sistema diseñado para seleccionar a los mejores termina distrayendo a todos de hacer aquello que los haría mejores y que haría mejor al Poder Judicial y a la sociedad que depende de él.

Resolver esto requiere algo más que un nuevo reglamento. Requiere que las corporaciones jurídicas, las facultades de derecho, los colegios profesionales, las asociaciones de magistrados, las escuelas judiciales construyan y sostengan estándares colectivos de excelencia que el sistema pueda reconocer y medir. Es una tarea de largo aliento que no se decreta ni se reglamenta: se construye, lentamente, a través de los acuerdos que las profesiones jurídicas van alcanzando sobre qué significa hacer bien el trabajo de juez, de abogado, de académico, de profesor. Ninguna acordada puede hacerlo por sí sola. Pero nombrar el problema con claridad es ya parte del camino.

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La Acordada 4/2026 abre una oportunidad que el Consejo de la Magistratura debería aprovechar plenamente: no solo adoptar el reglamento propuesto sino usarlo como punto de partida para una conversación más amplia y más profunda sobre qué significa seleccionar bien a los jueces en la Argentina de hoy. Esa conversación está pendiente desde 1994. El mérito que la Constitución quiso convertir en límite de la política sigue esperando las condiciones institucionales y profesionales que lo hagan verdaderamente posible.

La Corte acaba de dar un paso serio en esa dirección, vale la pena acompañarla.

El autor es profesor titular de Filosofía del Derecho de la Facultad de Derecho de la Umiversidad de Buenos Aires y profesor visitante de Universidad Torcuato Di Tella.

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Martín Böhmer,Conforme a

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El presidente del Episcopado habló sobre la eventual visita del papa León XIV: la duración de su estadía y la posible escala en Córdoba

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El presidente de la Conferencia Episcopal Argentina (CEA), monseñor Marcelo Colombo, afirmó que existen “signos” que alimentan la expectativa de una visita del papa León XIV a la Argentina, aunque remarcó que la decisión final depende exclusivamente de la Santa Sede y que, por el momento, no hay una confirmación formal.

“Dependemos de la confirmación de la Santa Sede para saber si viene León XIV”, sostuvo el arzobispo en una entrevista con radio La Red. En ese sentido, explicó que los preparativos que se llevan adelante responden a la necesidad de contar con un diagnóstico previo para organizar una posible visita papal.

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Aun así, Colombo se mostró optimista respecto de la posibilidad de que el viaje se concrete. “Creemos que, dados algunos signos o gestos, se va a ir confirmando esto, pero formalmente no hay ninguna determinación”, señaló.

El presidente del Episcopado agregó que la Argentina integra la agenda que el Vaticano analiza para una gira regional. “Sería Perú, Uruguay y Argentina. Esos tres países están en la agenda y en el deseo del Papa”, afirmó.

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En esa línea, insistió en que existe una voluntad del Pontífice de viajar al país. “La visita a la Argentina está en el deseo del Papa. Existe una voluntad de que venga al país”, expresó. Incluso fue más allá al describir el clima que percibe dentro de la Iglesia: “Es un deseo a voces que venga León XIV”.

Pese a las expectativas y los rumores que hablan de una visita los primeros días de noviembre, Colombo evitó aventurar fechas y reiteró que todo depende de la confirmación oficial del Vaticano.

Consultado sobre cómo podría ser la recorrida del Papa si finalmente llega al país, el titular de la CEA explicó que el alcance del viaje estará condicionado por el tiempo disponible.

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El presidente de la Conferencia Episcopal Argentina, Marcelo Colombo. (Foto: Instagram @episcopado.argentino)

“Nuestro deseo es que pueda visitar muchos lugares del país, pero estos viajes suelen ser de tres días”, indicó. En ese marco, mencionó a Córdoba como una de las ciudades que habitualmente aparece entre las posibilidades. “Siempre se piensa en Córdoba por la tradición que tiene”, señaló.

También sostuvo que una eventual visita no debería limitarse únicamente a una celebración litúrgica. “Debería ser más que una misa”, afirmó, sin brindar precisiones sobre un posible itinerario.

Respecto de la convocatoria que podría generar la presencia del Pontífice, Colombo reconoció que todavía no existen estimaciones. “No tengo estimativo de cuántas personas se pueden juntar”, respondió.

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El arzobispo también hizo una referencia al papa Francisco y a la continuidad entre ambos pontificados. “Francisco no vino porque nunca se fue”, dijo, y destacó que León XIV “estuvo muy vinculado al pensamiento de Francisco”.

Las declaraciones de Colombo se producen pocas horas después de la llegada a Buenos Aires del nuevo nuncio apostólico en la Argentina, monseñor Michael Wallace Banach, quien fue recibido por el secretario de Culto de la Nación, Agustín Caulo, por instrucción del canciller Pablo Quirno.

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Del recibimiento también participaron el propio Colombo y el secretario general de la Conferencia Episcopal Argentina, monseñor Raúl Pizarro.

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En el Gobierno sostienen que el nuevo representante diplomático de la Santa Sede deberá cumplir primero con el proceso habitual de acreditación, que incluye la presentación de las copias de cartas credenciales ante la Cancillería y, posteriormente, de las cartas credenciales ante el presidente Javier Milei.

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Tanto en la Casa Rosada como en la Iglesia remarcan que la llegada de Banach no implica una confirmación del viaje papal. Sin embargo, consideran que su desembarco fortalece el canal institucional entre el Vaticano y la Argentina para avanzar en la organización en caso de que la Santa Sede apruebe la gira.

La posibilidad de una visita de León XIV tomó fuerza en las últimas semanas y, tanto el Gobierno como el Episcopado, trabajan sobre la hipótesis de un viaje durante la segunda semana de noviembre, en el marco de una recorrida regional que también incluiría Uruguay y Perú.

papa León XIV, marcelo colombo, Conferencia Episcopal Argentina, Iglesia católica

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Mientras Milei abraza a Bolsonaro, Kicillof cierra filas con Lula y busca resistir frente al giro a la derecha en la región

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“Ya no se puede hacer chavismo. Eso terminó, te quedas solo”. La frase resuena en un despacho de la gobernación bonaerense cercano al de Axel Kicillof. Refleja con claridad la búsqueda del mandatario y potencial candidato presidencial del peronismo por encontrar su propia forma de relacionamiento con la región, cercana al brasileño Lula y mirando de reojo el posicionamiento de Javier Milei como aliado principal del estadounidense Donald Trump.

Sin embargo, para Kicillof y quienes diseñan su política exterior para el caso de que llegue a la Casa Rosada en 2027, ya no se trata de adaptar el modelo kirchnerista que se forjó en paralelo al ascenso del chavismo en Venezuela y que se irradió a Sudamérica con su punto cúlmine en la segunda presidencia de Cristina Kirchner. La caída de Nicolás Maduro, el 3 de enero pasado, terminó de configurar, para el axelismo, un nuevo esquema de poder en la región.

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En esa reconfiguración, Lula es una referencia central en el pensamiento de Kicillof. Por eso el gobernador mantiene un “contacto directo” con el jefe del Planalto -el palacio de gobierno en Brasilia- y con figuras prominentes del PT, el partido que le da sustento político. En abril pasado, Kicillof y Lula estuvieron reunidos en Barcelona, España, durante la Movilización Global Progresista, un encuentro promovido por el presidente español, Pedro Sánchez.

Lula con Cristina Kirchner en San José 1111 en 2025

Pero, según pudo saber , Lula no pone sus fichas solamente a Kicillof en la Argentina. También mantiene una amistad política y personal con Cristina Kirchner, a quien visitó el año pasado en su reclusión domiciliaria de San José 1111, y ahora dio su visto bueno para la designación de un abogado cercano al PT que la representará en tribunales internacionales. Además, los equipos de Lula asesoran a Sergio Massa, deslizaron fuentes del Frente Renovador.

La ligazón de Lula con los referentes peronistas de la Argentina es inversamente proporcional al apoyo que Milei les prodiga a los Bolsonaro -Jair y Flavio, padre preso e hijo candidato- para las elecciones presidenciales del 4 de octubre. La visita del presidente este fin de semana a San Pablo tiene esa lectura política inequívoca. Una victoria de los Bolsonaro sería una gran noticia para el mandatario argentino, al tiempo que un oscuro presagio para el PJ.

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“Milei hace lo que le pide Trump en América Latina. No es que tenga vocación de liderazgo; sigue instrucciones”, analizaron cerca de Kicillof sobre la presencia del jefe de La Libertad Avanza en Brasil. “Nuestros contactos nos dicen que hace dos meses estaban preocupados por las encuestas, pero hace quince días transmiten más tranquilidad”, agregaron las fuentes axelistas consultadas por este medio. Y admitieron la importancia de que Lula se mantenga en pie.

Kicillof con el presidente de Uruguay, el frenteamplista Yamandú OrsiNICOLAS ABOAF

Kicillof tiene decidido participar de foros progresistas donde lo inviten a disertar, como parte de la construcción de su candidatura presidencial. El próximo 21 de agosto, según pudo saber , viajará a Montevideo para hablar en el Tercer Congreso Panamericano, del que tomarán parte el presidente de Uruguay, Yamandú Orsi; la excandidata chilena Jeannette Jara, diputados demócratas de Estados Unidos y legisladores de la región sudamericana.

Son espacios donde se levanta la guardia ante la “avanzada de Trump” sobre la región, un fenómeno que identifican en forma paralela a “la retirada de Estados Unidos del mundo”, como definen cerca de Kicillof. Y juzgan con prevenciones las recientes victorias de Abelardo de la Espriella en Colombia y de Keiko Fujimori en Perú, que también festejó Milei en la Argentina. En contraposición a Trump, no reniegan de China como una “potencia en crecimiento” en la región.

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En ese escenario, Kicillof ensayaría una forma distinta de acercarse a presidentes que no comulgan con sus posturas ideológicas. “No te podes sentar con (Antonio) Kast en Chile y hablarle de la Patria Grande”, advirtieron en La Plata, donde elaboran un plan para implementar en caso de llegar a la Presidencia: “Lo que hay que hacer es hablar de cosas concretas y apuntar al fortalecimiento del intercambio comercial”, razonaron cerca del mandatario provincial.

Una reunión de la Unasur en 2020, donde estuvieron Maduro; Piñera; Morales; Humala; Cristina Kirchner; Dilma; Santos y MujicaPresidencia Perú – EFE

Para Kicillof y sus asesores en materia internacional, entre ellos su ministro de Gobierno. Carlos Bianco, hay un conjunto de organismos que ya no representan la realidad de la región, como la caducada Unasur -que integró y protagonizó el kirchnerismo- y la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (Celac). Tampoco confían en la eficacia del Parlasur, que tiene representación argentina. Aquí hay una “nueva canción” que componen en el axelismo.

“Nosotros vamos con la postura histórica del peronismo, que es la tercera posición”, remarcó una fuente cercana al gobernador. No obstante, la reticencia que manifiesta el axelismo al relacionamiento con Washington y los múltiples contactos que mantiene con dirigentes del PC chino y empresas de capitales mixtos de ese país hacen que el proyecto de Kicillof se vea inevitablemente más cerca de Pekín. Ese camino, si se mira bien, ya lo marcó el brasileño Lula en la región.

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Mariano Spezzapria,Conforme a

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Javier Milei viaja a Brasil para respaldar la campaña de Flávio Bolsonaro y Lula da Silva espera que no cruce una “línea roja”

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El presidente Javier Milei partirá este viernes por la noche hacia San Pablo para participar de una agenda de alto voltaje político en Brasil, con la que el mandatario argentino da inicio a una serie de viajes internacionales destinados a apoyar a dirigentes de derecha en la región. La visita, que se extiende hasta este sábado 25 de julio, incluye un encuentro con el senador Flávio Bolsonaro, principal candidato opositor de cara a las elecciones presidenciales de octubre, y la participación en la Convención Nacional del Partido Liberal (PL).

La comitiva argentina está integrada por la secretaria general Karina Milei y el canciller Pablo Quirno. La Casa Rosada encuadró el viaje como una visita orientada a “fortalecer los vínculos” entre Argentina y el estado paulista, aunque el perfil de los encuentros previstos deja en claro el componente político del desplazamiento: apoyar al principal contrincante de las próximas elecciones del mandatario Lula da Silva, a quien no visitará.

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La jornada central del sábado arranca alrededor de las 9 en el Palacio dos Bandeirantes, sede del Gobierno del Estado de San Pablo, donde el gobernador Tarcísio de Freitas recibirá a Milei con honores militares en la Plaza Cívica. Allí tendrá lugar la Ceremonia de Imposición de la Orden de Ipiranga en el grado de Gran Cruz, la máxima distinción que otorga ese estado. Del acto también participará el intendente de la ciudad, Ricardo Nunes, y tanto el gobernador como el presidente argentino dirigirán palabras a los presentes.

Javier Milei se reunió con Flávio Bolsonaro semanas atrás y le trasladó su apoyo para las elecciones generales de octubre en Brasil

Tras la ceremonia, Milei mantendrá una reunión de trabajo en la Residencia Oficial de la Gobernación junto a De Freitas, Nunes y Flávio Bolsonaro, hijo del expresidente Jair Bolsonaro, quien permanece detenido y a quien Milei no podrá visitar en esta ocasión por una decisión de la Justicia de ese país. La jornada culminará con el traslado al Mercado Livre Arena Pacaembú, donde el mandatario argentino participará de la Convención Nacional del Partido Liberal que investirá al senador como principal candidato.

La elección de Milei de postergar el acto de apertura de la Exposición en La Rural —reprogramado para el domingo— para no cancelar sus compromisos en Brasil ilustra la prioridad que el gobierno argentino otorga a esta gira.

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En el entorno de Lula no cayó para nada bien la realización del viaje de Milei. “El Presi va a llegar a Brasil en un momento muy duro para el candidato que apoya”, sintetizan importantes fuentes a Infobae.

En el Palácio do Planalto -la sede del Poder Ejecutivo brasileño- marcan que las actitudes del presidente argentino en los últimos años han llevado a las relaciones bilaterales entre ambos países a pisos históricos. En los años que han coincidido Milei y Lula, nunca mantuvieron encuentros mano a mano más allá de obligaciones formales a través del G20 o el Mercosur.

El apoyo irrestricto y enfático del libertario hacia la campaña del principal contrincante del oficialismo brasileño es visto como una injerencia en materia de la política interna de ese país, aunque toleran esas demostraciones porque confían en que los niveles de adhesión que maneja Lula son considerablemente mejores a los que tiene Bolsonaro. En Brasil marcan que hay solo una línea roja que, en caso de cruzarse, recrudecería el vínculo entre ambos mandatarios: que Milei realice ataques personales hacia Lula. Eso todavía no ocurrió, aunque se mantienen expectantes a lo que haga este fin de semana.

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El escenario al que llega Milei es el de una carrera presidencial brasileña en la que Flávio Bolsonaro enfrenta un terreno cada vez más difícil.

Una nueva encuesta de Genial/Quaest muestra que el 55% de los votantes cree que el presidente Lula será reelegido, y solo el 25% apuesta por la victoria de Flávio Bolsonaro. La victoria del presidente es la opinión mayoritaria en todas las regiones, géneros, edades, niveles educativos y religiones mensuradas. Entre los votantes independientes, el 52% cree en la victoria de Lula, mientras que solo el 14% cree en Flávio Bolsonaro.

Lula da Silva. REUTERS/Adriano Machado

Thomas Traumann, uno de los analistas políticos más influyentes de Brasil, escribió en O Globo días atrás que Bolsonaro desaprovechó el Mundial para resolver sus problemas internos con Michelle Bolsonaro, Tarcísio de Freitas y Nikolas Ferreira, así como para dar una explicación mínimamente convincente sobre los más de 65 millones de reales que recibió del banquero corrupto Daniel Vorcaro, un tema que afectó de manera certera al desarrollo de la campaña de Bolsonaro.

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La última encuesta de Genial/Quaest, publicada el 15 de julio, sitúa al senador 8 puntos por debajo del presidente Luiz Inácio Lula da Silva en un hipotético balotaje: 45% a 37%. En abril, Flávio llegó a superar numéricamente a Lula en ese escenario, con 42% frente al 40% del mandatario. Desde entonces, a raíz de diferentes escándalos públicos, la brecha se invirtió y se amplió mes a mes. Una encuesta de AtlasIntel/Bloomberg del 1 de julio, citada por Reuters, arrojó una diferencia aún mayor: 48,8% para Lula contra 42,3% para Flávio en segunda vuelta.

En tanto, la estrategia del Partido de los Trabajadores (PT) está enfocada en aislar al Partido Liberal de Bolsonaro de posibles aliados circunstanciales. Diferentes operadores políticos de ese sector mantuvieron conversaciones con dirigentes de Republicanos, União Brasil y PP para alejarlos de una alianza formal con el PL. Esas primeras misiones ya tuvieron efecto: el PP ya le comunicó a Flávio que se mantendrá neutral en la contienda. La importancia de esos partidos radica en el tiempo publicitario televisivo: en 2022, la coalición de Jair Bolsonaro incluía a PL, PP y Republicanos, lo que le otorgaba una presencia dominante en los medios.

Las negociaciones del PT arrancaron hace aproximadamente dos meses con la participación del presidente nacional del partido, Edinho Silva, y derivaron luego en conversaciones más avanzadas con el ministro de Relaciones Institucionales, José Guimarães. El acuerdo que se busca es un pacto de no agresión que permita a los partidos centristas quedar bien posicionados de cara a un eventual cuarto mandato de Lula, sin necesidad de formalizar una alianza con el PT.

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El escándalo conocido como el “Dark Horse” y la caída de Flávio en las encuestas aceleraron el distanciamiento de los partidos del centro. Tanto União Brasil como Republicanos se quejaron de errores en la precampaña y del aislamiento del candidato del PL. El partido Republicanos, presidido por el diputado Marcos Pereira, aún no tomó una decisión definitiva sobre su postura electoral, con plazo hasta el 1 de agosto, aunque su ala noreste se opone a una alianza con Flávio por temor a perder votos en estados de tradición lulista.

Milei, que conoce a Flávio Bolsonaro desde hace años, llega a San Pablo con el objetivo de darle respaldo político en un momento en que el senador necesita señales de apoyo internacional para su candidatura. El viaje a Brasil es el primero de una serie: la semana próxima, el presidente argentino viajará a Bogotá para la asunción de Abelardo de la Espriella, el dirigente de derecha que venció en el balotaje al candidato del oficialismo colombiano, y hará escala en Lima para la asunción de Keiko Fujimori, presidenta electa de Perú. También se evalúa una reunión privada con el presidente de Ecuador, Daniel Noboa.

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