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POLITICA

Selección de jueces: la propuesta de la Corte Suprema, un paso en la dirección correcta

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La reforma constitucional de 1994 fue, entre otras cosas, un proyecto de desconcentración del poder. Quienes la diseñaron entendían que el hiperpresidencialismo argentino era una patología estructural, no un accidente de personas. El problema no era quién ocupaba la presidencia, sino cuánto poder concentraba quien la ocupara. Y propusieron una arquitectura institucional que lo corrigiera: frenos y contrapesos entre poderes, nuevos órganos de control independientes, tratados internacionales de derechos humanos con jerarquía constitucional, mecanismos de democracia semidirecta, mayor acceso a la justicia para ciudadanos y organizaciones. La idea central era que la justicia controlara a la política, que el mérito fuera un límite real a la discrecionalidad del poder, que los ciudadanos tuvieran herramientas concretas para exigir rendición de cuentas.

Dentro de ese diseño, el Consejo de la Magistratura ocupaba un lugar estratégico. Su función no era meramente administrativa: era la pieza que debía resolver uno de los problemas más difíciles del constitucionalismo contemporáneo, que es cómo seleccionar jueces que sean a la vez técnicamente excelentes y democráticamente legítimos. Jueces que fallen bien porque saben derecho, y que fallen con autoridad porque fueron seleccionados de manera que la sociedad puede reconocer como justa.

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El diseño era optimista. Tomaba en serio las dos grandes tradiciones de selección judicial que el mundo desarrolló a lo largo del siglo XX. La tradición estadounidense confía en el proceso político: el presidente nomina, el Senado delibera públicamente y confirma, y la legitimidad del juez viene de haber sobrevivido ese escrutinio representativo. La tradición europea continental confía en el proceso técnico: concursos públicos, exámenes anónimos, evaluación de antecedentes por corporaciones de pares, carrera judicial con ascensos meritocráticos. La política da legitimidad democrática; las corporaciones profesionales garantizan la excelencia técnica.

El Consejo de la Magistratura argentino fue diseñado como una síntesis de ambas tradiciones. El proceso técnico -exámenes, evaluación de antecedentes, jurados de especialistas- filtraría a los candidatos más capaces y produciría una terna de los mejores. El proceso político -el Poder Ejecutivo eligiendo de esa terna, el Senado confirmando- les daría legitimidad democrática. La apuesta central era que el mérito disciplinara a la política: que le pusiera un límite objetivo y verificable a la discrecionalidad de las designaciones.

Pero esa apuesta descansaba sobre un supuesto que no llegó a verificarse del todo: que las corporaciones profesionales (los jueces como cuerpo, los abogados organizados en colegios, los académicos reunidos en universidades y asociaciones) producirían y sostendrían estándares colectivos de excelencia técnica suficientemente robustos y autónomos como para resistir la presión de la política partidaria. Que habría, en otras palabras, un mundo jurídico capaz de decirle a la política: hasta aquí, este candidato no pasa porque no sabe derecho o porque no tiene integridad, y eso no es negociable.

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Lo que ocurrió fue lo inverso. Sin una práctica jurídica colectiva que sostuviera ese estándar desde adentro, la política no encontró un límite en el proceso técnico. Encontró un nuevo terreno para colonizar. Los partidos aprendieron que ya no alcanzaba con controlar al Poder Ejecutivo o al Senado: había que controlar también quiénes integran los jurados de los concursos, quiénes representan a la academia en el Consejo, quiénes conducen los colegios de abogados, cómo se alinean las asociaciones de magistrados. Las instituciones universitarias, los colegios profesionales, las asociaciones de jueces (todos los espacios que debían producir independencia técnica) se fueron convirtiendo, gradualmente, en extensiones de la disputa partidaria. El proceso técnico no disciplinó a la política. La política convirtió ese proceso en una arena más de sus propias disputas.

La Acordada 4/2026, aprobada por la Corte Suprema el 25 de marzo y remitida al Consejo de la Magistratura para su consideración, debe leerse en este contexto. No es simplemente una mejora de procedimientos técnicos, es un intento de la Corte de recuperar la lógica original de la Constitución del 94: que el proceso técnico vuelva a disciplinar a la política, que el mérito sea nuevamente un límite real a la discrecionalidad partidaria.

Y en esa lectura, los avances concretos que propone adquieren un sentido más preciso. El anonimato en los exámenes escritos, garantizado por medios informáticos con separación estricta entre quienes elaboran las consignas y quienes las corrigen, y con códigos alfanuméricos que impiden identificar al autor hasta que toda la corrección está terminada, apunta directamente a cerrar los espacios donde la captura puede operar. La limitación de la entrevista personal a veinte puntos sobre un total de doscientos es quizás el cambio más significativo: durante años esa instancia fue el lugar donde las influencias que el concursante no podía prever ni rebatir encontraban su expresión más efectiva, donde un orden de mérito construido con esfuerzo técnico podía ser invertido con relativa facilidad. Tasarla, limitarla y distribuirla en criterios explícitos y fundados reduce drásticamente ese margen. La tabulación rigurosa de los antecedentes (con escalas precisas por tipo de cargo, antigüedad y especialidad) busca reemplazar la discrecionalidad del evaluador por criterios objetivos y verificables. Todo el diseño apunta en la misma dirección: achicar los espacios donde la captura política necesita operar para funcionar.

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Es, en ese sentido, un gesto institucional que merece una bienvenida genuina. La Corte está intentando tomarse en serio, treinta años después, el mandato que la Constitución del 94 le encomendó al sistema de selección judicial. Y lo hace con una propuesta técnicamente elaborada que reconoce los problemas reales que el sistema acumuló.

Un gesto importante y necesario, pero no suficiente por sí solo, porque el problema de fondo (la ausencia de una práctica jurídica colectiva que sostenga el estándar técnico desde adentro) no se resuelve con un reglamento, por bien diseñado que esté.

Un sistema de concursos funciona bien cuando puede medir a los candidatos contra un estándar que las propias profesiones jurídicas producen y sostienen colectivamente. Ese estándar emerge de la práctica acumulada de jueces que razonan y deciden bien, de abogados que litigan con rigor técnico e integridad ética ante sus clientes, de académicos que investigan con profundidad empírica y valorativa, de profesores que forman juristas con herramientas reales de pensamiento. Cuando esa práctica colectiva es robusta, el concurso puede medirla. Cuando es fragmentaria, el concurso mide indicadores sustitutos (antigüedad, certificados de cursos, artículos publicados, causas documentadas) y los candidatos aprenden a optimizar esos indicadores en lugar de mejorar la práctica.

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En los sistemas jurídicos que funcionan bien, ese estándar colectivo tiene dos anclas institucionales principales: la jurisprudencia y la doctrina. La jurisprudencia es el conjunto de criterios que los jueces construyen acumulativamente, leyéndose entre sí y respetando sus decisiones previas como puntos de partida obligados para razonar. No como camisa de fuerza, sino como piso compartido que hace predecible el derecho y obliga a justificar los apartamientos. La doctrina es la producción académica que sistematiza esa jurisprudencia, la critica cuando se equivoca, propone soluciones a los casos que todavía no fueron resueltos, y proyecta el derecho hacia el futuro. Las dos anclas se retroalimentan y producen, con el tiempo, una práctica colectiva reconocible que cualquier profesional competente puede identificar y que el concurso puede medir.

En la Argentina, ambas anclas son débiles. Los jueces no se leen entre sí con la convicción de que los precedentes tienen peso obligatorio: con demasiada frecuencia cada tribunal tiende a empezar desde cero, como si la jurisprudencia acumulada fuera una referencia optativa y no un piso compartido que legitima y estabiliza el sistema. Y la academia jurídica no produce el contrapeso necesario: fragmentada en tradiciones que no dialogan entre sí, sin una comunidad que delibere colectivamente y construya certezas compartidas sobre los grandes problemas del derecho, y sostenida en gran medida por docentes que ejercen la profesión o la judicatura como actividad principal y la enseñanza como actividad secundaria, no está en condiciones de generar el pensamiento jurídico homogéneo que oriente la práctica ni de formar sistemáticamente las destrezas analíticas y argumentativas que un sistema judicial exigente requiere. El resultado es un ecosistema jurídico donde demasiados actores improvisan sus propios criterios, donde el derecho es menos predecible de lo que debería ser, y donde el concurso no tiene, en demasiados casos, contra qué medir con precisión.

Este diagnóstico tiene una consecuencia directa sobre cómo pensar el problema de los evaluadores, que el reglamento propuesto no termina de resolver. El sistema actual recluta a los miembros de los comités de examen y los jurados evaluadores principalmente entre docentes de facultades de derecho, que en su gran mayoría son abogados o jueces en ejercicio que enseñan como actividad secundaria. Dicho de otro modo: quienes evalúan a los candidatos tienen exactamente el mismo problema estructural que los candidatos, no tienen dedicación exclusiva a la tarea de evaluar, no acumulan institucionalmente los criterios que van desarrollando, no mejoran sistemáticamente sus instrumentos de medición, y no están organizados para producir una práctica homogénea y progresivamente más sofisticada sobre qué significa ser un buen juez en la democracia constitucional argentina. La evaluación reproduce el déficit que pretende medir.

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Una agenda de profundización debería incluir la creación de un cuerpo profesional de evaluadores dedicado exclusivamente a desarrollar y perfeccionar los instrumentos de selección: los exámenes, los estándares de corrección, entrevista, los parámetros de evaluación de antecedentes. Un cuerpo que acumule experiencia y aprenda de cada concurso, que construya con el tiempo una práctica cada vez más precisa sobre qué conocimientos, qué destrezas y qué disposiciones éticas definen al mejor juez posible para una democracia constitucional como la que el 94 imaginó. Que responda a las demandas que le plantean los consejeros del Consejo de la Magistratura pero también a otras fuentes de evaluación externa de la performance del sistema judicial. Así como la Constitución del 94 creó el Consejo para profesionalizar la selección de jueces, la siguiente etapa lógica es profesionalizar a quienes dentro del Consejo hacen esa selección.

Hay, además, un riesgo específico en el sistema de calificación de antecedentes que el reglamento propone, que vale la pena nombrar para que el Consejo lo considere. Al asignar puntaje por cursos de capacitación, publicaciones en revistas jurídicas homologadas y causas documentadas en la especialidad, el sistema puede generar incentivos que desvíen a cada tipo de profesional de su función propia y socialmente valiosa.

El funcionario judicial (el secretario de juzgado, el fiscal adjunto, el defensor oficial) que quiere maximizar su posición en un futuro concurso aprende que su tiempo libre tiene un rendimiento diferencial: trabajar mejor un expediente difícil no le suma ningún punto; escribir un artículo para una revista homologada, sí. Ser un funcionario ejemplar en el despacho cotidiano no genera puntaje directo; acumular certificados del programa de formación judicial, sí. El sistema no premia al mejor judicial: premia al judicial que mejor construye su perfil concursal. Y esas dos cosas no son lo mismo.

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El abogado en ejercicio enfrenta una distorsión análoga. El que optimiza para el concurso no es necesariamente el que litiga mejor o el que actúa con mayor integridad ética frente a sus clientes. Y el académico no escapa a la misma lógica. El que quiere posicionarse bien en un concurso descubre que publicar varios artículos cortos en revistas de la lista le conviene más que escribir el libro riguroso y empíricamente fundado que lleva años. El profesor que invierte tiempo en pensar cómo enseñar mejor razonamiento jurídico no obtiene por eso ningún punto adicional.

Lo que subyace a estos tres casos es un problema más profundo que el diseño de cualquier escala de puntaje: el sistema mide indicadores observables del mérito en lugar del mérito real, y los candidatos racionales aprenden a producir los indicadores. El resultado paradójico es que un sistema diseñado para seleccionar a los mejores termina distrayendo a todos de hacer aquello que los haría mejores y que haría mejor al Poder Judicial y a la sociedad que depende de él.

Resolver esto requiere algo más que un nuevo reglamento. Requiere que las corporaciones jurídicas, las facultades de derecho, los colegios profesionales, las asociaciones de magistrados, las escuelas judiciales construyan y sostengan estándares colectivos de excelencia que el sistema pueda reconocer y medir. Es una tarea de largo aliento que no se decreta ni se reglamenta: se construye, lentamente, a través de los acuerdos que las profesiones jurídicas van alcanzando sobre qué significa hacer bien el trabajo de juez, de abogado, de académico, de profesor. Ninguna acordada puede hacerlo por sí sola. Pero nombrar el problema con claridad es ya parte del camino.

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La Acordada 4/2026 abre una oportunidad que el Consejo de la Magistratura debería aprovechar plenamente: no solo adoptar el reglamento propuesto sino usarlo como punto de partida para una conversación más amplia y más profunda sobre qué significa seleccionar bien a los jueces en la Argentina de hoy. Esa conversación está pendiente desde 1994. El mérito que la Constitución quiso convertir en límite de la política sigue esperando las condiciones institucionales y profesionales que lo hagan verdaderamente posible.

La Corte acaba de dar un paso serio en esa dirección, vale la pena acompañarla.

El autor es profesor titular de Filosofía del Derecho de la Facultad de Derecho de la Umiversidad de Buenos Aires y profesor visitante de Universidad Torcuato Di Tella.

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Martín Böhmer,Conforme a

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El día después de la visita papal: los próximos movimientos de Milei, las señales del mercado y la “manta corta” que preocupa al Gabinete

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El papa León XIV transmitirá consignas que, en algunos casos, podrán resultar incómodas para un sector de la Casa Rosada. Los funcionarios lo saben y lo asumen como una suerte de costo a pagar. ¿Cuánto de eso podrá trasladarse en términos negativos a la figura de Javier Milei? Difícil saberlo. En el Gabinete se dividen las opiniones: están quienes creen que la liturgia y la algarabía que producirá su viaje taparán los análisis de los sectores más politizados. Otros observan que podría haber, de alguna manera u otra, una incidencia en términos culturales.

Hay pocas cosas que el Presidente considere tanto o más importantes que la economía. Una de ellas es la batalla cultural. A comienzos de 2024, Milei escribió un texto llamado “Desarmando el Gramsci Kultural” en el que sostuvo que “la raíz del problema argentino no es político y/o económico, es moral”. A los pocos días señaló que “lo políticamente correcto es socialista”. El lugar en donde lo dijo no fue menor: lo hizo en su antigua escuela, el Cardenal Copello, fundada por integrantes de los Hermanos Menesianos, que bautizaron a esa institución para reivindicar al primer cardenal de Hispanoamérica, promotor de la doctrina social de la Iglesia impregnada en las encíclicas Rerum Novarum (1891) y Quadragesimo Anno (1931).

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Serán millones de argentinos los que estarán atentos a ese acontecimiento, probablemente con efectos más concretos que los mensajes articulados en redes sociales que digitan los estrategas libertarios. Aun así, más que los efectos inmediatos de estos discursos en la agenda mediática, al Gobierno le preocupan las conversaciones internas que deberán encarar una vez que finalice la visita del Papa.

“Para resolver lo económico hay que apuntalar lo político”, opinan en uno de los principales despachos de la Casa Rosada, donde están preocupados por la forma en que se adelantó el trade electoral. El Riesgo País subió de 400 puntos a más de 900 puntos en los últimos tres meses, pero el crecimiento se aceleró en estas semanas.

Esto coincide con un panorama internacional que no le brindó los gestos que el Gobierno esperaba en materia de elecciones. Flávio Bolsonaro perdió en Brasil, Benjamin Netanyahu podría perder el poder en Israel por los respaldos que está consiguiendo el opositor Gadi Eisenkot, Santiago Peña (principal aliado de Milei en el Mercosur) fue destituido de la Presidencia en Paraguay y Donald Trump fue castigado con fuerza en las elecciones de medio término de esta semana. Esto último puso en duda la posibilidad de que la Casa Blanca pueda brindar una ayuda financiera a su administración con la misma eficiencia y costo que en 2025.

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El presidente Javier Milei junto a los ministros Luis Caputo (Economía) y Pablo Quirno (Relaciones Exteriores) en Estados Unidos

A esto se suma la persistencia de la conflictividad internacional (que repercute en las tasas de los mercados más importantes y en el precio del petróleo Brent), así como las dudas sobre la sostenibilidad del modelo actual de las tecnológicas vinculado a la Inteligencia Artificial.

En el Ministerio de Economía expresan que lo que está ocurriendo podría haber derribado al Gobierno si no se contara con una macroeconomía “con fundamentos”, pero no dejan de estar preocupados, en particular porque dependen de factores que no manejan. “Nosotros creemos que el Riesgo País es 90% contexto internacional, pero el factor local se ve potenciado por el flujo internacional”, afirma uno de sus integrantes.

Consultoras financieras como GMA Capital analizan que el derrotero de las acciones y bonos argentinos “responde, fundamentalmente, a factores domésticos”. Pero todas miran con atención la estabilidad cambiaria que continúa sosteniéndose. 1816 —la más leída por el mercado— analizó una inyección de 2 billones de pesos en bonos duales y CER, y señaló que debe monitorearse si la persistencia de estas políticas de contención puede impactar en el tipo de cambio.

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Es lo que Milei busca evitar de cualquier manera, ya que considera que el electorado le dio una tarea principal al momento de ser electo: bajar la inflación. Ese es el capital que quiere mantener para poder compararse con la administración del Frente de Todos, aun cuando acarree costos en materia de actividad y consumo.

En una parte importante del Gobierno están preocupados por lo que podrá pasar con el Presupuesto 2027. Los gobernadores y bloques aliados comenzaron a vender caro sus votos y solicitan garantías para que ciertas erogaciones estén presentes en el proyecto libertario. Discapacidad, financiamiento universitario, subsidios al transporte en el interior y fondos vinculados a la salud son algunos de ellos.

La manta es tan corta que el Presidente y el equipo económico vieron con buenos ojos la idea de insertar un artículo dentro de la Ley de Competitividad Financiera que quitaba exenciones impositivas a los CEDEAR.

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Antes de que en el Gobierno saliera a decir que había sido “un error” de un borrador, puertas adentro, un importante funcionario del equipo económico justificó que se estaba proponiendo porque “los inversores arrastraron un beneficio originalmente diseñado para las inversiones argentinas”.

Luis Caputo saluda al público durante una actividad de la Sociedad Rural (SRA)

Esto tenía un impacto positivo en términos de recaudación y —algo nada menor— en la Coparticipación Federal que se envía a las provincias, dado que se iba a empezar a incluir dentro del cobro del Impuesto a las Ganancias. Era una medida que impactaba en las arcas nacionales y configuraba un gesto hacia los gobernadores.

“Se explica por eso”, confirmó una fuente inobjetable a Infobae, que agregó: “Estamos viendo de dónde rascar”. Un informe de IARAF reveló que el Gobierno pisó pagos por 2,86 billones de pesos, lo que implica una caída de casi el 10%. Más de un integrante de la Casa Rosada reconoció que se llevaron las manos a la cabeza cuando se enteraron de que Grupo México se retiraba de la licitación por la privatización del Belgrano Cargas, porque habían prometido desembolsar más de 2.000 millones de dólares.

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Aunque la economía mostró esta semana algunos indicadores positivos, como la suba mensual en los índices de Construcción e Industria, la inercia de esa recuperación parece ser menor a la necesaria para que incida en una percepción de recuperación de la actividad económica general y en los bolsillos.

Ante las inesperadas derrotas ocurridas en diferentes estados típicamente republicanos en Estados Unidos, en la Casa Rosada sostuvieron: “Si no empezamos a ver que la economía es clave, nos van a hacer mierda en las elecciones del año que viene”.

Ahí surge otro de los puntos clave que sobrevendrán a la visita del Papa: qué hacer en el plano interno. La Mesa Política está fracturada internamente, lo que entorpece la coordinación de gestión entre todos sus integrantes. “Entre esas diferentes visiones internas se lee la falta de cierre de acuerdos políticos. Cada uno tiene una percepción diferente de qué hacer”, afirma uno de sus integrantes.

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Este grupo de funcionarios políticos no se reúne desde hace tres semanas y la agenda legislativa quedó estancada, tanto en el plano del Presupuesto 2027 como en el avance de la Reforma Política, las dos cuestiones que mayor incidencia pueden tener para calmar al mercado, porque ambas implican consenso con gobernadores y espacios aliados. En algunos bloques opositores ya creen que el Gobierno quiere prorrogar el Presupuesto para tener más discrecionalidad el año próximo.

En tono misterioso, uno de los miembros más importantes del oficialismo pidió “paciencia” y dijo a Infobae que antes de fin de noviembre “se van a venir novedades” con una decisión política que permitiría ser un revulsivo para la percepción de la marcha de la gestión.

La Reforma Política parece cada vez más lejana ante gestos como los de Karina Milei y Martín Menem, quienes disertaron en un encuentro privado en el Congreso junto a las senadoras Nadia Márquez (Neuquén) y María Emilia Orozco (Salta), que buscan competir por la gobernación en sus respectivas provincias, ambas con mandatarios que han aportado votos al Gobierno en el pasado. Podría ser que estén actuando en consecuencia de un apoyo que saben que no conseguirán (o que no pretenden tener).

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Karina Milei junto a Martín Menem, Nadia Márquez y Emilia Orozco

¿Y si Patricia Bullrich también prepara un anuncio para antes de fin de año? En la Casa Rosada ya no descartan ningún escenario, pero creen que el panorama político no se configura para que haya una tercera vía competitiva que le permita ganarle a Milei en una elección general e ir rumbo a un balotaje contra el peronismo.

La novedad que surgió esta semana es que también lo creen varios de los 15 diputados que se reunieron a pedido de ella a comienzos de semana. El encuentro quedó plasmado en una foto que fue subida a redes y que no tardó en generar revuelo. La incomodidad de los “conciliadores bullrichistas” fue significativa: lo sintieron como una emboscada para dar un gesto político con el que no están de acuerdo. En esa reunión, uno de ellos le dijo: “Vos siempre fuiste nítida. Ahora los empresarios se nos acercan y nos dicen que no saben a qué jugás. Ahora también hablamos de empatía cuando nosotros siempre fuimos firmeza”.

Pero quienes la alientan a seguir adelante con su pretensión presidencialista creen que es momento de acelerar. En conversaciones off the record ya hablan expresamente de que quiere presentarse el año próximo y de que está dispuesta a hacerlo tanto si hay PASO como si no las hay. Algunos buscan convencerla de que no lo haga. Le dicen que, con las actitudes de las últimas semanas, está perdiendo nitidez. “Los empresarios son los que se nos acercan a nosotros y nos dicen ‘no sé a qué juega’. El bullrichismo siempre fue claridad ante su público objetivo”, le dijo días atrás uno de sus principales colaboradores.

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Patricia Bullrich y Javier Milei

En el entorno de los hermanos Milei plantean que deberá existir un diálogo cara a cara con la senadora libertaria para definir la continuidad de esa sociedad, pero que ese clima de tensión no puede perpetuarse. “Le van a tener que meter un correctivo”, dice en privado una de las personas que integra ese círculo íntimo.

En las últimas dos semanas, el círculo presidencial salió a apuntar contra Bullrich por dejar correr en privado que quiere jugar electoralmente. Lo curioso es que, al ver los primeros desmarques de la senadora meses atrás, una persona del círculo más cercano a Karina Milei había planteado otra mirada en una reunión privada: “Si las PASO se mantienen y ella quiere, yo no tendría problema en que compita, porque va a perder”. Su opinión cambió con el paso de los meses y ahora es más cauta ante posibles cisnes negros.

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Círculo rojo: la gira de León XIV, una pausa en la campaña y la “beautiful morning” que ilusionó al peronismo

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La política local entra en pausa a partir de hoy, y la agenda pública, atravesada por la campaña electoral del 2027, volverá a retomarse una vez que el Papa León XIV abandone la Argentina con destino a Perú, la última parada de su primera gira por América Latina.

Cuando eso suceda, el Gobierno deberá despejar una serie de interrogantes político y económicos en el escenario local que en las últimas semanas aumentó su volatilidad por la derrota de Flavio Bolsonaro en Brasil y el tsunami demócrata en Estados Unidos que golpeó a Donald Trump, principal sostén financiero y geopolítico de Javier Milei. La caída de Santiago Peña en Paraguay, un aliado que el Presidente solía poner como ejemplo en la región y que acaba de ser destituido y detenido por el vaciamiento del Ueno Bank en ese país, fue la última de una batería de pésimas noticias para Milei que tuvieron su correlato en el plano económico: durante la semana, el riesgo país superó con creces la barrera de los 900 puntos básicos, una señal de la desconfianza de los inversores a pesar de los intentos desesperados del Gobierno por exhibir solidez. Un informe que circuló entre economistas del peronismo esta semana con el acumulado de reservas del Banco Central arrojó para el período enero-septiembre de este año un saldo negativo neto de USD21.315 millones.

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En ese contexto de volatilidad externa e interna, la Casa Rosada hará un último intento hacia fin de año, finalizada la agenda papal, para avanzar con la suspensión de las PASO, una iniciativa que fue incorporada como prioritaria en la hoja de ruta del Congreso junto a la aprobación del Presupuesto. El encargado de reunir los votos es Diego Santilli, que hasta ahora no pudo ofrecerle ese trofeo a Javier y Karina Milei, según su entorno, por la diferencia de criterios en la ya de por sí desordenada mesa política, y la falta de garantías. Esa anomalía interna exasperó a Luis Caputo, “Toto”, cuya preocupación por la falta de resultados del programa económico ha aumentado de manera considerable en los últimos tiempos.

Ese combo en el frente interno inspiró una última novedad: según altas fuentes del peronismo, el Gobierno exploró a través de canales informales con sectores del PJ la posibilidad de abrir conversaciones subterráneas para negociar una modificación que quite la obligatoriedad de las primarias. PAS: Primarias Abiertas y Simultáneas, pero no obligatorias. La oferta, según confiaron, salió desde la planta baja de la Casa Rosada.

Patricia Bullrich se mostró junto con sus legisladores cercanos

El peronismo está en plena etapa de discusiones. La reunión de esta semana entre Axel Kicillof y Máximo Kirchner por la organización del PJ bonaerense sirvió para aplacar algunas tensiones, pero ya no existe instancia que apacigüe la desconfianza. No se trata de debates personales: si fuera por eso, Cristina Kirchner no podría haber entablado el vínculo que construyó con Sergio Massa.

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La expresidenta está muy activa en San José 1111. Practica una rutina metódica que incluye ejercicios diarios en la cinta, lecciones del idioma chino y un estudio geopolítico pormenorizado, aunque sigue muy atenta a la agenda local. En más de una conversación con algunos de sus interlocutores habituales ha dicho que el peronismo no tiene más margen para el fracaso, como el experimento último de Alberto Fernández, en un proceso global de profundas transformaciones sociales, culturales y en el empleo. Es lo que planteó en una entrevista reciente en El País el premio Nobel de Economía Daron Acemoglu en un análisis previo a la elección norteamericana y lo que se vislumbraba como una recuperación de los demócratas: “Es una victoria peligrosa para la centroizquierda si la interpreta (la victoria) como ‘bueno, todo puede volver a la normalidad’, no va a volver a la normalidad”.

Cristina Kirchner no ve grandes dotes de liderazgo en Kicillof. Tampoco cree que el gobernador tenga que capitalizar los votos que, según las encuestas, ella pareciera todavía ostentar. Es un problema con una solución complejísima porque, para que eso suceda, el gobernador debería rendirse en los pies de la expresidenta y aceptar su conducción, y Kicillof ya dejó en claro que eso es lo único que no está dispuesto a negociar.

“Beautiful morning”. El peronismo se regodeó con el avance del Partido Demócrata en ambas cámaras del Congreso, tal como lo expresó Cristina Kirchner en el posteo de X del miércoles, una vez conocidos los resultados de Estados Unidos, cuando saludó con ese “hermosa mañana” en inglés, un homenaje a Guillermo Francella.

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“Ganó la heladera, perdió el celular”, resumió un dirigente del peronismo que siguió muy de cerca el tramo final de la campaña norteamericana: “Así como (Joe) Biden perdió por el aumento en los huevos, Trump perdió por el incremento de casi el 40% en la gasolina”. Los republicanos perdieron estados que hace tiempo estaban bajo el dominio de ese partido como Carolina del Sur o Texas, en este último caso incluso con un financiamiento millonario del tecnócrata Elon Musk, que invirtió millones de dólares, sin éxito. Incluso 29 jurisdicciones votaron en contra de la instalación de data centers, fundamentales para el desarrollo de la inteligencia artificial en una industria valuada en billones de dólares.

En el caso del trumpismo, apenas salvó la ropa en Florida, el distrito preferido de Trump, donde pasa buena parte de su tiempo, entre sus hoteles de lujo y el complejo Mar-a-Lago, y la cuna del secretario Marco Rubio. Esta derrota arroja un manto de duda a la sucesión del presidente, de cara al 2028. Peor aún: en suelo norteamericano confían en que, ahora, podrían empezar a aflorar noticias vinculadas con negocios poco claros de la familia Trump. La corrupción empieza a erigirse como un tema para mirar con atención en toda la región.

Ese traspié sonoro del presidente estadounidense cayó como un baldazo de agua fría para Milei, que el año pasado, después de la derrota bonaerense, tuvo que ser rescatado por el Tesoro a través de un swap de USD20.000 millones. “Si el que te banca se debilita, te debilitás”, analizaron desde el peronismo. La derrota de Trump y la relación simbiótica con la Argentina refrescan la posición de algunos congresistas del Senado, ahora con mayoría demócrata, que desde el año pasado reclaman por los detalles de la ayuda financiera de Scott Bessent a Milei y Caputo. En particular, en la figura de Elizabeth Warren, que ocupa un lugar destacado en el comité de banca del Senado.

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Javier Milei, Axel Kicillof, Máximo Kirchner y Sergio Massa

La ola demócrata del martes revitalizó al partido, que tuvo en el último tiempo un avance considerable de dirigentes socialistas como Abdul El-Sayed, de Michigan, electo como el primer senador musulmán del país. Ya había tenido su ascenso el alcalde de Nueva York, Zohran Mamdani, que exportó a la Argentina a alguno de los publicistas de la agencia Fight que trabaja desde hace meses en nuestro país con un precandidato presidencial. El reverdecer demócrata tiene aspirantes presidenciales para todos los gustos para el 2028. James Talarico, de Texas, que impulsó desde el Congreso una agenda con leyes relacionadas con el precio de los medicamentos o el sueldo de los profesores; Jon Ossoff, de Georgia, que machacó con durísimos discursos contra la corrupción del entorno presidencial, o Adam Hamilton, un pastor metodista de Kansas que plagó la campaña con mensajes contra la política arancelaria de Trump o la escalada en los precios por el aumento de la gasolina, producto del conflicto en medio oriente.

Esa agenda temática es la que ilusiona al peronismo, que ahora deberá negociar puertas adentro una posición común -más allá de los posicionamientos públicos- respecto a la oferta de PAS: de esa resolución depende el desenlace de la interna partidaria en la que Massa parece haberse decidido a tener un papel fundamental. De esa definición pende también el acuerdo que la Casa Rosada logre con los gobernadores aliados, que siguen a la espera de una decisión por parte de la Casa Rosada. A mayor debilidad de Milei, menor compromiso de los aliados. Sobre esa ecuación trabaja parte del peronismo, en especial el ex ministro de Economía que tal vez se haya convertido en los últimos años en el dirigente con mayor nivel de operación política, y un nivel de influencia asombroso en el círculo rojo. Es algo que saben desde Cristina Kirchner hasta Kicillof. También el Gobierno.

“Ahora sí se enojaron”. Más allá de los magros resultados del programa económico y el reciente revés electoral de Trump, cuyo impacto, si lo hay, todavía es incierto -a propósito, el embajador Peter Lamelas parece decidido a trabajar activamente por la reelección del Presidente-, en la cúpula libertaria aparece otro factor de preocupación cada vez más nítido: Patricia Bullrich. En su entorno reconocen que es la primera vez que visualizan un enojo muy marcado -para algunos irreversible- por la publicación de la foto en la que la senadora está rodeada por todos los legisladores que le responden y varios colaboradores, una imagen que en la Casa Rosada fue interpretada como una seria afrenta a los hermanos Milei. Según el bullrichismo, a uno de los diputados que aparece en la escena le habrían enviado el siguiente mensaje: “Ninguno de los que está ahí va a renovar el año que viene”.

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Algo parece haberse roto entre Bullrich y Milei. Es un juego de tensiones en el que en ambos bandos se acusan mutuamente. Los hermanos creen que ella está en plena construcción de su propio proyecto, y la senadora, que desde la Casa Rosada le intervinieron el Senado. En los últimos días, desde el Ejecutivo sacaron a relucir a Nadia Márquez. Todos tienen razón.

Karina Milei junto a Martín Menem, Nadia Márquez y Emilia Orozco

Dicen cerca de Bullrich que la senadora tomó una decisión: “Ya no me interesa ser vicepresidenta”, le confió a un colaborador. Volverá, entonces, al slogan de su campaña del 2023: “Si no es todo, que sea nada”. La negociación con los aliados por la suspensión de las primarias fue otro de los puntos que alteró la convivencia: se la acusa de no operar en favor de ese objetivo. En el bullrichismo respondieron que esa negociación está a cargo de Santilli.

El círculo rojo le presta mucha atención a esa interna oficialista. Hay sectores interesados en el proyecto de Bullrich. También en el resultado de las conversaciones entre La Libertad Avanza y el PRO que según Mauricio Macri “no han avanzado”. El expresidente debe primero resolver el intríngulis en el que se ha metido con su primo, el jefe de Gobierno. Ni la visita del Papa pudo colaborar: el expresidente rechazó la invitación que le cursó Jorge Macri para la misa papal en el Monumento a los Españoles, en la capital. Cuando este medio preguntó a colaboradores del jefe del PRO si la ausencia tenía que ver con el malestar con su primo, contestaron: “No podemos desmentir ni confirmar”.

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Son los mismos problemas, las mismas internas, las negociaciones irresueltas que arrastra la política argentina desde hace meses. Que ahora se pausan por la visita histórica de León XIV, pero que volverán a tomar temperatura cuando el Papa carretee el miércoles por la tarde en Ezeiza con destino a Perú.

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El abrupto derrumbe del mundo donde Milei era feliz

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Hace apenas un mes, Flavio Bolsonaro vencía a Lula da Silva en la primera vuelta de las elecciones de Brasil. El asunto parecía terminado: Bolsonaro sería el futuro presidente. La proyección internacional de Javier Milei lucía más sólida y potente que nunca. El canciller Pablo Quirno explicaba que en todos lados ganaban los candidatos que apoyaba el Presidente. “Tengo un jefe que de la nada llegó a la Presidencia de la Nación y en dos años y medio cambió la forma de votar de todo un continente. Todo muy normal. ¿Quién no hubiera podido hacer lo mismo, no?”, celebraba Luis Caputo. Milei viajó en esos días a una gala trumpista en Miami, se abrazó con Bolsonaro, y prometió “sacar a patadas en el culo” al dictador comunista, como denominaba a Da Silva. Agustín Laje, el referente máximo de la batalla cultural de Milei, explicaba. “Algunos piensan que lo que está pasando es que todos los oficialismos pierden. Yo creo otra cosa. La batalla cultural ha triunfado y los pueblos se han vuelto de derecha”.

No eran personas alucinadas. La realidad justificaba esa euforia. Nadie podía prever lo que sucedería en las siguientes semanas, uno de los cambios de clima político más vertiginosos de la historia reciente. Vale la pena hacer una síntesis rápida de lo que ocurrió para dimensionar su trascendencia, y también su profundidad.

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-En Brasil, la séptima economía del mundo, Lula logró volcar diez millones de votos a su favor y dio vuelta una elección imposible. América Latina, entonces, ya no luce violeta, ni mileísta. Si se suman los habitantes de Brasil y México -las dos principales potencias de la región, ambas gobernadas por líderes antagónicos a Milei- superan a la de todos los gobiernos conservadores. Una de las armas más utilizadas por Lula en los debates contra Bolsonaro justamente fue la de pegarlo a Milei, consciente de que, para el público independiente, era piantavotos.

Javier Milei y Flavio Bolsonaro

-La segunda baja ocurrió en Israel, donde Benjamin Netanyahu, uno de los principales amigos internacionales del argentino, está a punto de ser desplazado de la jefatura de Estado. La coalición opositora liderada por Gadi Eisenkot, juntó 67 parlamentarios contra apenas 46 del actual primer ministro. Eso seguramente marca el comienzo de una nueva era en la manera en que el Estado judío procesa sus dramáticos conflictos. Otro amigo menos.

-Pero la noticia más impactante ocurrió, obviamente, en Estados Unidos, donde Donald Trump fue literalmente barrido por los demócratas en las elecciones de medio término. Los republicanos fueron humillados en lugares impensados como Kansas, Texas, Carolina del Sur, tal vez Missisipi, el estado del Ku Klux Klan, que probablemente tenga un senador negro. Caída la estrella de Trump, la extrema derecha mundial pierde su encanto. Ganará en algunos lugares, perderá en otros, como ocurre con todos los movimientos políticos. Pero definitivamente queda dañada su ambición hegemónica que parecía fortísima hace nada, apenas veinte días.

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-Como si fuera poco, en América Latina aparecen nuevos problemas. La destitución de Santiago Peña en Paraguay, en medio de un escándalo por la quiebra de un banco beneficiado con fondos oficiales, representa otro cimbronazo para el mundo libertario. Es que Peña era el niño mimado, el “Golden boy” de la nueva derecha latinoamericana. Las redes se llenaron de material de archivo donde Peña elogiaba a Milei y Milei elogiaba a Peña. Pero no solo Milei. También Mauricio Macri, o José Antonio Kast, o Santiago Abascal, el líder de la ultraderecha española, tal vez –junto a Milei— uno de los pocos sobrevivientes a esta debacle.

-La mancha se extiende por todos lados. Pocos meses después de asumir, José Antonio Kast -otro aliado- se desplomó por debajo del 30 por ciento en todas las encuestas que se realizan en Chile, debido a su incomprensible decisión de reducir las penas a docenas de condenados por abuso sexual.

El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, y el mandatario argentino Javier Milei

-En este contexto, un hecho olvidado adquiere otra dimensión. En marzo de este año, fue derrotado en Hungría Viktor Orbán, otro de los hombres por los que Milei y Trump hicieron campaña. Orban fue el inventor de la “democracia iliberal” y uno de los primeros mandatarios que ubicaron en el centro de su programa la restricción de los derechos de la comunidad LGBT. Desde la asunción de Milei, Orban recibía en Budapest a muchos dirigentes libertarios argentinos, especialmente a Agustín Romo y a Agustín Laje. Hungría parecía ser el faro de una nueva cultura política.

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Si hay algo de cierto respecto de la suerte, es que cambia. Y mucho. Y muy rápido.

Este nuevo contexto será especialmente desafiante para el presidente argentino en varias bandas. La primera de ellas, claro, es la financiera. Con Trump mucho más débil, y marcado cuerpo a cuerpo por un Congreso opositor y muy combativo, se reduce mucho el margen para conseguir salvatajes ante una eventual corrida cambiaria preelectoral. Eso se manifestó de manera muy categórica en el foro Abeceb, que se realizó el jueves pasado. Gary Litman, el vicepresidente de la Cámara de Comercio de Estados Unidos, fue muy categórico: “La toma de decisiones será más lenta, la voluntad política no necesariamente estará presente y la disposición a utilizar al Fondo Monetario Internacional u otros instrumentos para acudir al rescate disminuye cuando tenemos un gobierno dividido”, dijo. Y luego agregó: “Cualquier iniciativa adicional que califique como tratado integral o requiera partidas presupuestarias específicas podría estancarse en el Congreso”.

El segundo desafío está relacionado con el lugar que ocupan las ideas de Milei en la política mundial. Es muy revelador recoger los discursos de James Talarico, la estrella de la elección, que recuperó Texas para los demócratas después de 40 años.

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“La única minoría que está destruyendo a los Estados Unidos son los multimillonarios. Las personas trans representan el 1% de la población. Los musulmanes representan el 1% de la población. Las personas indocumentadas representan el 1% de la población. Nos estamos centrando en el 1% equivocado. Las personas trans no te quitan la atención a la salud. Los musulmanes no desfinancian la educación. Los indocumentados no reducen los impuestos a sí mismos y a sus amigos. Los que hacen esto son los multimillonarios y sus políticos títeres. La batalla cultural es una pantalla de humo. Muchas de las divisiones en nuestro estado y en nuestro país están fabricadas por los multimillonarios para que nos peleemos entre nosotros en lugar de combatirlos a ellos. La mayor división en nuestra política no es la izquierda contra la derecha, es arriba contra abajo”.

Elon Musk, el tecnomagnate que agitó en un acto la motosierra de Milei, invirtió USD 200 millones para evitar que ganara Talarico. Los perdió. Musk inició sus empresas en California. Se mudó de allí a Texas para pagar menos impuestos. Es una figura perfecta para ilustrar las ideas triunfantes de Talarico. Esta misma semana, en cambio, Milei comparó a Musk con Leonardo da Vinci.

El primer ministro de Israel, Benjamín Netanyahu

A lo largo y a lo ancho de Estados Unidos, celebraron su triunfo candidatos que defendían el rol de los sindicatos, reclamaban mayor justicia social, apuntaban contra los tecnomillonarios, denunciaban la corrupción de Donald Trump. En 40 de 41 plebiscitos, pueblos muy diferentes rechazaron la instalación de datacenters para la inteligencia artificial. De repente, el centro de la escena política fue ocupado por políticos orgullosos de definirse como “socialistas”, la primera gobernadora negra de la historia, dirigentes sindicales, practicantes del islam, la primera gobernadora indígena, hijos y nietos de inmigrantes: todo aquello que demoniza la batalla cultural.

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En Alabama, un estado ultraconservador, fue elegida para la legislatura provincial, Allison Montgomery, una ingeniera en software que será la primera legisladora trans de la historia norteamericana. En Kansas ganó un pastor protestante llamado Adam Hamilton. En plena campaña, le preguntaron qué opinaba de los derechos de la comunidad trans: “Yo sigo la máxima de Jesús: ama a tu prójimo como a ti mismo. Se ha tomado a un grupo de seres humanos como chivos expiatorios porque eso da rédito electoral. Eso a mí me parece mal. Nos tenemos que tratar bien entre todos: mujeres, varones, heterosexuales, homosexuales, trans. Eso decía Jesús”. Kansas es otro estado muy conservador. Y, sin embargo, ganó un político con ese discurso.

A primera vista, parece el resurgimiento del wokismo tan odiado, del progresismo tan despreciado, del comunismo que tanto odia Milei. Alcaldes socialistas gobernarán Los Ángeles y Washington, además de Manhattan. La mismísima pesadilla libertaria en el corazón del capitalismo. Algo que parecía moribundo irrumpió con una virulencia inusitada.

Además de los desafíos en el terreno financiero, y en el de la batalla cultural, asoma otro costado problemático: el moral. Una de las reflexiones más ácidas sobre la paliza que recibió Trump fue expresada por Ron DeSantis, el gobernador republicano del estado de Florida, otro líder conservador. DeSantis dijo que no se trató de una ola demócrata, ni de un tsunami sino de un meteorito, cuyos efectos demoledores sobre su partido se sentirán durante muchos años. Y atribuyó la derrota, por ejemplo, a la actitud evasiva de Trump respecto de la difusión de los archivos que revelaban las relaciones políticas del pederasta multimillonario Jeffrey Epstein. Además, DeSantis sostuvo que le resultaba sorprendente la manera en que se enriquecieron congresistas republicanos en estos últimos dos años.

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En otro lugar del planeta, la imagen del presidente chileno José Antonio Kast se derrumbaba luego de que le concediera reducción de penas a abusadores sexuales. En Brasil, el candidato amigo de Milei huía de la Justicia de su país a escondidas, a diferencia de lo que hicieron Lula da Silva o Cristina Kirchner en la Argentina, quienes enfrentaron su destino con más dignidad. En Paraguay, un amigo de Milei renunciaba a la Presidencia, y era detenido por su participación directa en una estafa bancaria que afectó a la mitad más pobre de su país. Por si fuera poco, en Bolivia está detenido por intentar matar a su pareja embarazada, el fundador de La Derecha Diario, el medio preferido por el presidente argentino, y el principal difusor de las ideas y las fake news de la derecha radical en el continente.

Este breve recorrido pone en tensión, una vez más, las arengas sobre la moral como política de estado, o las recurrentes referencias a la Torá y los diez mandamientos como fundamento de las políticas de este sector.

En esta historia hay, como quien dice, moralejas para hacer churros. Gobernar es muy complicado. La derrota siempre espera a la vuelta de la esquina. Los muertos que vos matáis, gozan de buena salud.

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Mientras tanto, con tantos amigos caídos en desgracia, y tantos enemigos victoriosos, con el resurgimiento de ideas tan odiadas, con el riesgo país llegando a los 1.000 puntos, la vida del presidente argentino será, como mínimo, más incómoda. Ese hombre tan curioso que los argentinos elegimos como Presidente parecerá en el mundo cada día más curioso, por describirlo de alguna manera.

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