POLITICA
Selección de jueces: la propuesta de la Corte Suprema, un paso en la dirección correcta

La reforma constitucional de 1994 fue, entre otras cosas, un proyecto de desconcentración del poder. Quienes la diseñaron entendían que el hiperpresidencialismo argentino era una patología estructural, no un accidente de personas. El problema no era quién ocupaba la presidencia, sino cuánto poder concentraba quien la ocupara. Y propusieron una arquitectura institucional que lo corrigiera: frenos y contrapesos entre poderes, nuevos órganos de control independientes, tratados internacionales de derechos humanos con jerarquía constitucional, mecanismos de democracia semidirecta, mayor acceso a la justicia para ciudadanos y organizaciones. La idea central era que la justicia controlara a la política, que el mérito fuera un límite real a la discrecionalidad del poder, que los ciudadanos tuvieran herramientas concretas para exigir rendición de cuentas.
Dentro de ese diseño, el Consejo de la Magistratura ocupaba un lugar estratégico. Su función no era meramente administrativa: era la pieza que debía resolver uno de los problemas más difíciles del constitucionalismo contemporáneo, que es cómo seleccionar jueces que sean a la vez técnicamente excelentes y democráticamente legítimos. Jueces que fallen bien porque saben derecho, y que fallen con autoridad porque fueron seleccionados de manera que la sociedad puede reconocer como justa.
El diseño era optimista. Tomaba en serio las dos grandes tradiciones de selección judicial que el mundo desarrolló a lo largo del siglo XX. La tradición estadounidense confía en el proceso político: el presidente nomina, el Senado delibera públicamente y confirma, y la legitimidad del juez viene de haber sobrevivido ese escrutinio representativo. La tradición europea continental confía en el proceso técnico: concursos públicos, exámenes anónimos, evaluación de antecedentes por corporaciones de pares, carrera judicial con ascensos meritocráticos. La política da legitimidad democrática; las corporaciones profesionales garantizan la excelencia técnica.
El Consejo de la Magistratura argentino fue diseñado como una síntesis de ambas tradiciones. El proceso técnico -exámenes, evaluación de antecedentes, jurados de especialistas- filtraría a los candidatos más capaces y produciría una terna de los mejores. El proceso político -el Poder Ejecutivo eligiendo de esa terna, el Senado confirmando- les daría legitimidad democrática. La apuesta central era que el mérito disciplinara a la política: que le pusiera un límite objetivo y verificable a la discrecionalidad de las designaciones.
Pero esa apuesta descansaba sobre un supuesto que no llegó a verificarse del todo: que las corporaciones profesionales (los jueces como cuerpo, los abogados organizados en colegios, los académicos reunidos en universidades y asociaciones) producirían y sostendrían estándares colectivos de excelencia técnica suficientemente robustos y autónomos como para resistir la presión de la política partidaria. Que habría, en otras palabras, un mundo jurídico capaz de decirle a la política: hasta aquí, este candidato no pasa porque no sabe derecho o porque no tiene integridad, y eso no es negociable.
Lo que ocurrió fue lo inverso. Sin una práctica jurídica colectiva que sostuviera ese estándar desde adentro, la política no encontró un límite en el proceso técnico. Encontró un nuevo terreno para colonizar. Los partidos aprendieron que ya no alcanzaba con controlar al Poder Ejecutivo o al Senado: había que controlar también quiénes integran los jurados de los concursos, quiénes representan a la academia en el Consejo, quiénes conducen los colegios de abogados, cómo se alinean las asociaciones de magistrados. Las instituciones universitarias, los colegios profesionales, las asociaciones de jueces (todos los espacios que debían producir independencia técnica) se fueron convirtiendo, gradualmente, en extensiones de la disputa partidaria. El proceso técnico no disciplinó a la política. La política convirtió ese proceso en una arena más de sus propias disputas.
La Acordada 4/2026, aprobada por la Corte Suprema el 25 de marzo y remitida al Consejo de la Magistratura para su consideración, debe leerse en este contexto. No es simplemente una mejora de procedimientos técnicos, es un intento de la Corte de recuperar la lógica original de la Constitución del 94: que el proceso técnico vuelva a disciplinar a la política, que el mérito sea nuevamente un límite real a la discrecionalidad partidaria.
Y en esa lectura, los avances concretos que propone adquieren un sentido más preciso. El anonimato en los exámenes escritos, garantizado por medios informáticos con separación estricta entre quienes elaboran las consignas y quienes las corrigen, y con códigos alfanuméricos que impiden identificar al autor hasta que toda la corrección está terminada, apunta directamente a cerrar los espacios donde la captura puede operar. La limitación de la entrevista personal a veinte puntos sobre un total de doscientos es quizás el cambio más significativo: durante años esa instancia fue el lugar donde las influencias que el concursante no podía prever ni rebatir encontraban su expresión más efectiva, donde un orden de mérito construido con esfuerzo técnico podía ser invertido con relativa facilidad. Tasarla, limitarla y distribuirla en criterios explícitos y fundados reduce drásticamente ese margen. La tabulación rigurosa de los antecedentes (con escalas precisas por tipo de cargo, antigüedad y especialidad) busca reemplazar la discrecionalidad del evaluador por criterios objetivos y verificables. Todo el diseño apunta en la misma dirección: achicar los espacios donde la captura política necesita operar para funcionar.
Es, en ese sentido, un gesto institucional que merece una bienvenida genuina. La Corte está intentando tomarse en serio, treinta años después, el mandato que la Constitución del 94 le encomendó al sistema de selección judicial. Y lo hace con una propuesta técnicamente elaborada que reconoce los problemas reales que el sistema acumuló.
Un gesto importante y necesario, pero no suficiente por sí solo, porque el problema de fondo (la ausencia de una práctica jurídica colectiva que sostenga el estándar técnico desde adentro) no se resuelve con un reglamento, por bien diseñado que esté.
Un sistema de concursos funciona bien cuando puede medir a los candidatos contra un estándar que las propias profesiones jurídicas producen y sostienen colectivamente. Ese estándar emerge de la práctica acumulada de jueces que razonan y deciden bien, de abogados que litigan con rigor técnico e integridad ética ante sus clientes, de académicos que investigan con profundidad empírica y valorativa, de profesores que forman juristas con herramientas reales de pensamiento. Cuando esa práctica colectiva es robusta, el concurso puede medirla. Cuando es fragmentaria, el concurso mide indicadores sustitutos (antigüedad, certificados de cursos, artículos publicados, causas documentadas) y los candidatos aprenden a optimizar esos indicadores en lugar de mejorar la práctica.
En los sistemas jurídicos que funcionan bien, ese estándar colectivo tiene dos anclas institucionales principales: la jurisprudencia y la doctrina. La jurisprudencia es el conjunto de criterios que los jueces construyen acumulativamente, leyéndose entre sí y respetando sus decisiones previas como puntos de partida obligados para razonar. No como camisa de fuerza, sino como piso compartido que hace predecible el derecho y obliga a justificar los apartamientos. La doctrina es la producción académica que sistematiza esa jurisprudencia, la critica cuando se equivoca, propone soluciones a los casos que todavía no fueron resueltos, y proyecta el derecho hacia el futuro. Las dos anclas se retroalimentan y producen, con el tiempo, una práctica colectiva reconocible que cualquier profesional competente puede identificar y que el concurso puede medir.
En la Argentina, ambas anclas son débiles. Los jueces no se leen entre sí con la convicción de que los precedentes tienen peso obligatorio: con demasiada frecuencia cada tribunal tiende a empezar desde cero, como si la jurisprudencia acumulada fuera una referencia optativa y no un piso compartido que legitima y estabiliza el sistema. Y la academia jurídica no produce el contrapeso necesario: fragmentada en tradiciones que no dialogan entre sí, sin una comunidad que delibere colectivamente y construya certezas compartidas sobre los grandes problemas del derecho, y sostenida en gran medida por docentes que ejercen la profesión o la judicatura como actividad principal y la enseñanza como actividad secundaria, no está en condiciones de generar el pensamiento jurídico homogéneo que oriente la práctica ni de formar sistemáticamente las destrezas analíticas y argumentativas que un sistema judicial exigente requiere. El resultado es un ecosistema jurídico donde demasiados actores improvisan sus propios criterios, donde el derecho es menos predecible de lo que debería ser, y donde el concurso no tiene, en demasiados casos, contra qué medir con precisión.
Este diagnóstico tiene una consecuencia directa sobre cómo pensar el problema de los evaluadores, que el reglamento propuesto no termina de resolver. El sistema actual recluta a los miembros de los comités de examen y los jurados evaluadores principalmente entre docentes de facultades de derecho, que en su gran mayoría son abogados o jueces en ejercicio que enseñan como actividad secundaria. Dicho de otro modo: quienes evalúan a los candidatos tienen exactamente el mismo problema estructural que los candidatos, no tienen dedicación exclusiva a la tarea de evaluar, no acumulan institucionalmente los criterios que van desarrollando, no mejoran sistemáticamente sus instrumentos de medición, y no están organizados para producir una práctica homogénea y progresivamente más sofisticada sobre qué significa ser un buen juez en la democracia constitucional argentina. La evaluación reproduce el déficit que pretende medir.
Una agenda de profundización debería incluir la creación de un cuerpo profesional de evaluadores dedicado exclusivamente a desarrollar y perfeccionar los instrumentos de selección: los exámenes, los estándares de corrección, entrevista, los parámetros de evaluación de antecedentes. Un cuerpo que acumule experiencia y aprenda de cada concurso, que construya con el tiempo una práctica cada vez más precisa sobre qué conocimientos, qué destrezas y qué disposiciones éticas definen al mejor juez posible para una democracia constitucional como la que el 94 imaginó. Que responda a las demandas que le plantean los consejeros del Consejo de la Magistratura pero también a otras fuentes de evaluación externa de la performance del sistema judicial. Así como la Constitución del 94 creó el Consejo para profesionalizar la selección de jueces, la siguiente etapa lógica es profesionalizar a quienes dentro del Consejo hacen esa selección.
Hay, además, un riesgo específico en el sistema de calificación de antecedentes que el reglamento propone, que vale la pena nombrar para que el Consejo lo considere. Al asignar puntaje por cursos de capacitación, publicaciones en revistas jurídicas homologadas y causas documentadas en la especialidad, el sistema puede generar incentivos que desvíen a cada tipo de profesional de su función propia y socialmente valiosa.
El funcionario judicial (el secretario de juzgado, el fiscal adjunto, el defensor oficial) que quiere maximizar su posición en un futuro concurso aprende que su tiempo libre tiene un rendimiento diferencial: trabajar mejor un expediente difícil no le suma ningún punto; escribir un artículo para una revista homologada, sí. Ser un funcionario ejemplar en el despacho cotidiano no genera puntaje directo; acumular certificados del programa de formación judicial, sí. El sistema no premia al mejor judicial: premia al judicial que mejor construye su perfil concursal. Y esas dos cosas no son lo mismo.
El abogado en ejercicio enfrenta una distorsión análoga. El que optimiza para el concurso no es necesariamente el que litiga mejor o el que actúa con mayor integridad ética frente a sus clientes. Y el académico no escapa a la misma lógica. El que quiere posicionarse bien en un concurso descubre que publicar varios artículos cortos en revistas de la lista le conviene más que escribir el libro riguroso y empíricamente fundado que lleva años. El profesor que invierte tiempo en pensar cómo enseñar mejor razonamiento jurídico no obtiene por eso ningún punto adicional.
Lo que subyace a estos tres casos es un problema más profundo que el diseño de cualquier escala de puntaje: el sistema mide indicadores observables del mérito en lugar del mérito real, y los candidatos racionales aprenden a producir los indicadores. El resultado paradójico es que un sistema diseñado para seleccionar a los mejores termina distrayendo a todos de hacer aquello que los haría mejores y que haría mejor al Poder Judicial y a la sociedad que depende de él.
Resolver esto requiere algo más que un nuevo reglamento. Requiere que las corporaciones jurídicas, las facultades de derecho, los colegios profesionales, las asociaciones de magistrados, las escuelas judiciales construyan y sostengan estándares colectivos de excelencia que el sistema pueda reconocer y medir. Es una tarea de largo aliento que no se decreta ni se reglamenta: se construye, lentamente, a través de los acuerdos que las profesiones jurídicas van alcanzando sobre qué significa hacer bien el trabajo de juez, de abogado, de académico, de profesor. Ninguna acordada puede hacerlo por sí sola. Pero nombrar el problema con claridad es ya parte del camino.
La Acordada 4/2026 abre una oportunidad que el Consejo de la Magistratura debería aprovechar plenamente: no solo adoptar el reglamento propuesto sino usarlo como punto de partida para una conversación más amplia y más profunda sobre qué significa seleccionar bien a los jueces en la Argentina de hoy. Esa conversación está pendiente desde 1994. El mérito que la Constitución quiso convertir en límite de la política sigue esperando las condiciones institucionales y profesionales que lo hagan verdaderamente posible.
La Corte acaba de dar un paso serio en esa dirección, vale la pena acompañarla.
El autor es profesor titular de Filosofía del Derecho de la Facultad de Derecho de la Umiversidad de Buenos Aires y profesor visitante de Universidad Torcuato Di Tella.
Martín Böhmer,Conforme a
POLITICA
Con una incógnita del PRO, la Casa Rosada toma lista a los gobernadores para la Argentina Week en París

El Gobierno ultima los detalles de la lista de gobernadores que se sumarán a la comitiva para la Argentina Week edición París que organizan desde hace meses, por el que viajarán a la “Ciudad Luz” la semana que viene Javier y Karina Milei junto a Diego Santilli, en medio de las negociaciones por la ambicionada eliminación de las PASO. El evento vuelve a pintar el mapa de alianzas que el Gobierno intenta sostener de cara a esa discusión.
“Esperamos que sean más”, susurraron ayer en la Casa Rosada. Ya les confirmaron que irán a Francia con el Presidente Rolando Figueroa (Neuquén), Alberto Weretilneck (Río Negro), Gustavo Sáenz (Salta), Raúl Jalil (Catamarca), Carlos Sadir (Jujuy), Martín Llaryora (Córdoba), Leandro Zdero (Chaco), Juan Pablo Valdés (Corrientes), Rogelio Frigerio (Entre Ríos), Marcelo Orrego (San Juan), Alfredo Cornejo (Mendoza), Ignacio Torres (Chubut) y Claudio Vidal (Santa Cruz).
Once ya estuvieron en Nueva York en marzo con el Presidente, y se suman Zdero y Frigerio, que en aquella oportunidad habían declinado el convite -dijeron- por superposición de agenda.

La principal incógnita pasa por el único referente del PRO puro del mapa político nacional. Jorge Macri, con quien Milei procuró mejorar las relaciones desde hace meses, fue invitado a sumarse a París, pero no confirmó si será de la partida.
En Uspallata aseguraron que las dudas responden a problemas de agenda: la Argentina Week, prioridad para los Milei, se le cruza con un compromiso en Madrid, la Asamblea de la Unión de Ciudades Capitales Iberoamericanas (UCCI) que el primo de Mauricio co-preside. Si bien no terminó de rechazar la invitación, en la sede del gobierno de CABA prácticamente descartan que acompañe a Milei. Aún no definieron a quién mandarían en su lugar, si es que en Nación le permiten enviar un delegado de menor rango.
Entre los que ya avisaron que no van se encuentra el tucumano Osvaldo Jaldo. En su entorno confirmaron a este medio que no viaja por motivos similares a los de Jorge Macri: “Tiene agenda en Tucumán”, dijeron, sin más detalle. Aunque estuvo en Balcarce 50 la semana pasada, las relaciones con Jaldo se pusieron ásperas desde que el cacique provincial decidió cortarse y desdoblar la fecha de elecciones locales. Esto a pesar de los ofrecimientos de un pacto que dicen haberle ofrecido en el equipo de Karina Milei, titular de LLA nacional. De todas formas, las relaciones se mantienen cordiales, y el gobernador está a la expectativa de que le llegue la invitación para la bienvenida del papa León XIV en el Palacio Libertad en noviembre.

El santafecino Maximiliano Pullaro tampoco será de la partida: en su equipo explican que no le gusta viajar porque no quiere dejar “el fuerte” solo, y que hasta ahora solo hizo la excepción para ir a Estados Unidos en su rol de gobernador.
La comparación entre París y la Argentina Week en Nueva York es inevitable. Aquella primera edición se hizo del 9 al 12 de marzo, en el edificio de Bank of America, y contó con una comitiva oficial encabezada por el entonces jefe de Gabinete, Manuel Adorni, junto a trece gobernadores. Fue el viaje que marcó el inicio de la caída de Adorni, cuando el diario Clarín publicó que que su esposa, Bettina Angeletti, había viajado en el avión presidencial como parte de la comitiva sin cumplir ningún rol oficial, lo que motivó pedidos de informes de la oposición. Ese episodio fue el primer indicio de una salida que, ya sin la protección de Karina Milei, se terminaría de consumar meses después.
Axel Kicillof no fue invitado a ninguno de los dos viajes, y en la Casa Rosada ironizaron al decir que no lo convocaron porque se encuentra de viaje en Nueva York. Justamente, la visita del gobernador bonaerense a la Gran Manzana fue diseñada en clave electoral, con reuniones presentándose como el futuro candidato de la oposición para competir con Milei el año que viene. En su entorno de La Plata, confirmaron que no les llegó invitación alguna, nuevamente. Mientras, el Presidente, aunque sin nombrarlo, se refería ayer al ex ministro de Cristina Kirchner como responsable de la reciente suba del riesgo país, ante empresarios durante un evento en la sede del CITI, en Nueva York.

La reforma política, según a quién se consulte en el propio oficialismo, pende de un hilo. Patricia Bullrich admite que los votos en el Senado para eliminar las PASO no están, mientras que Diego Santilli sostiene ante quien lo quiera escuchar que sí se pueden conseguir y avanza con una ronda de reuniones bilaterales con gobernadores. La semana pasada recibió a siete gobernadores y esta semana hizo lo propio con Leandro Zdero, Rogelio Frigerio e Ignacio Torres. Estos tres últimos ya están confirmados para París, lo que refuerza la lectura de que el criterio de invitación tiene más que ver con la cercanía política que con una convocatoria abierta a todo el arco de gobernadores.
De hecho, en una de las provincias “díscolas” deslizaron que el criterio para las invitaciones está relacionado, más que con la agenda productiva, con la estrictamente política. “Llevan a los que tienen senadores propios…”, deslizaron cerca de un mandatario.
Sobre la lista de confirmados, en Casa Rosada creen, por lo bajo, que el número final terminará siendo mayor al de los trece ya confirmados.
Dentro de la lista de gobernadores que aún restan definir su participación o no fueron invitados, se encuentran Juan Pablo Valdés (Corrientes); Gildo Insfrán (Formosa); Sergio Ziliotto (La Pampa); Ricardo Quintela (La Rioja); Hugo Passalacqua (Misiones); Claudio Poggi (San Luis); Gerardo Zamora (Santiago del Estero); Gustavo Melella (Tierra del Fuego).
Mientras, todavía no hay fecha para el debate en el recinto sobre la eliminación de las PASO, y la agenda parlamentaria de la reforma política sigue sin resolver el nudo de los votos en el Senado, donde el oficialismo necesita 37 afirmativos y hoy no los tiene. Bullrich, además, mantiene una relación tensa con la Casa Rosada, entre otros, por este tema, clave para los Milei.
POLITICA
Discapacidad: el oficialismo logró imponer en Diputados su dictamen para buscar reemplazar la emergencia en el sector

El oficialismo logró en un plenario de comisiones de la Cámara de Diputados el dictamen de mayoría por la situación en discapacidad. La propuesta de La Libertad Avanza, que busca reemplazar la emegencia que vence a fin de año, consiguió 42 firmas junto a aliados y tendrá prioridad en el debate cuando el tema se discuta en el recinto. La oposición, por su lado, sumó 36 firmas en su iniciativa para prorrogar la emergencia.
El proyecto del Gobierno ,denominado “Ley de Fortalecimiento, Sostenibilidad y Eficiencia permanente del sistema de Discapacidad”, busca consolidar de manera permanente un esquema que brinda previsibilidad y seguridad jurídica a las personas con discapacidad.
El plenario de las comisiones fue encabezado por los libertarios Gerardo Hueses y Bertie Benegas Lynch, presidentes de Discapacidad y de Presupuesto y Hacienda, respectivamente.
La norma busca una diagonal a diferencia de la transitoriedad, el contexto excepcional y el propósito coyuntural que define a la emergencia. “Nosotros proponemos incorporar de manera definitiva al plexo normativo el marco jurídico que, garantizando la sostenibilidad del sistema, asegure la continuidad de las prestaciones y beneficios sociales, y en consecuencia proteja de manera efectiva los derechos de las personas con discapacidad de manera permanente”, destacaron desde la conducción libertaria.
Dentro del articulado de la norma aseguran que reafirman los principios de la Convención sobre los derechos de las personas con discapacidad, sosteniendo el beneficio de la pensión no contributiva por discapacidad y su actualización. Los beneficiarios de esta pensión tendrán garantizado el acceso a un programa médico de atención y cobertura de salud. También podrán trabajar y quienes los empleen por tiempo indeterminado, contarán con beneficios impositivos.
Ratifican la universalidad del nomenclador y la homogeneidad de aranceles, con su correspondiente actualización. Y se establece que el sistema sea sostenible, con partidas presupuestarias específicas y suficientes.
POLITICA
Gira por New York: Milei se reunirá con Netanyahu y disertará en el Club Económico antes de regresar a Buenos Aires

(Desde New York, Estados Unidos) Durante su último día en Manhattan, adonde ya se siente el frío otoñal y oscurece más temprano, Javier Milei se reunirá con Benjamín Netanyahu para analizar la crisis en Medio Oriente y almorzará en el Club Económico, adonde ratificará la soberanía nacional en las Islas Malvinas y describirá su mirada sobre la inteligencia artificial.
Milei forjó una alianza estratégica Israel, y su encuentro con Netanyahu en Naciones Unidas servirá para ratificar sus vínculos geopolíticos y personales.
El líder conservador enfrenta una compleja elección a fines de octubre que podría desembocar en el epílogo de su larguísima trayectoria política.
Donald Trump no concedió a Netanyahu una cita en New York, mientras que Milei extendió su gira por Estados Unidos para reunirse con el premier israelí.
El presidente argentino analizará con Netanyahu la crisis en Medio Oriente, y aún no se sabe si incluirá en la agenda del cónclave la particular situación de una compañía israelí que participa de manera ilegal en la exploración petrolera de las Islas Malvinas.
Navitas Petroleum es La empresa petrolera de origen israelí que participa en la exploración y explotación de petróleo en las Islas Malvinas.
Navitas actúa como operadora principal del proyecto Sea Lion (León Marino), ubicado en la cuenca norte de las islas, controlando el 65% de la iniciativa. El 35% restante pertenece a la compañía de capitales británicos Rockhopper Exploration.
-¿El presidente Milei dialogará con el premier Netanyahu acerca de la compañía israelí que opera de manera ilegal en las Islas Malvinas?-, preguntó Infobae a Pablo Quirno.
–No lo sé. Se trata una conversación privada entre ambos jefes de Estado-, replicó el canciller.
Hace unos largos meses, Milei trató este asunto con Netanyahu en Jerusalem. “No puedo hacer nada, es una empresa privada”, se atajó el primer ministro ante el planteo del Presidente.
En ese contexto, la administración libertaria meditó la posibilidad de suspender el anuncio del traslado de la embajada argentina desde Tel Aviv a Jerusalem, como una vía de presión indirecta contra Navitas Petroleum.
Pero todo quedó en suspenso para evitar una confrontación diplomática con Netanyahu, que estaba arrinconado por sus controvertidos métodos militares para derrotar al grupo terrorista Hamas que atacó a Israel en octubre de 2023.

Antes de su encuentro con Netanyahu, el presidente disertará ante una influyente audiencia convocada a un almuerzo que se servirá en el Club Económico, una histórico centro de poder que sirvió de escenario a John F. Kennedy, Winston Churchill y Henry Kissinger, en otros speakers.
Milei llegará acompañado por Luis Caputo -ministro de Economía-, Alec Oxenford -embajador argentino en Estados Unidos- y el canciller Quirno.
En sus discursos pronunciados en la ONU y la Fundación Federalismo y Libertad, el jefe de Estado ratificó la soberanía de la Argentina en las Islas Malvinas.
Al respecto, Milei sostuvo lo siguiente:
–“Malvinas es para nosotros una causa nacional, repito, Malvinas es para nosotros una causa nacionaly es también una prueba de la distancia que puede existir entre las palabras de las instituciones internacionales y la realidad sobre la que pretenden actuar”.
-Quiero reiterar también la situación de la población de las Islas, como esta misma Asamblea ha determinado en numerosas resoluciones, el principio de libre determinación no aplica en este caso, ya que se trata de una población implantada por la potencia ocupante sobre un territorio cuya soberanía se encuentra en disputa”.
“Al Reino Unido le reiteramos una vez más nuestro llamado a reanudar las negociaciones para encontrar una solución pacífica a la disputa de soberanía, como lo requiere el derecho internacional, y también nuestra invitación a proceder sin demora a intercambiar opiniones con miras a resolver la cuestión relativa a la controversia referida sobre explotación de nuestros recursos naturales”.
Este discurso geopolítico, sin fisuras diplomáticas y legales, será la base de la disertación que Milei protagonizará en el Club Económico.

Además de explicitar su defensa de la Causa Malvinas, el presidente aprovechará el almuerzo en el Club Económico para fijar posición sobre la inteligencia artificial.
“De allí, donde muchos ven una amenaza, nosotros vemos una frontera. Inteligencia artificial o superinteligencia, como dice el presidente Donald Trump, puede multiplicar nuestra productividad en órdenes de magnitud que todavía no comprendemos. Trayendo a Adam Smith, la inteligencia artificial será la fábrica de alfileres del siglo XXI, y mucho más, puede transformar nuestras economías, nuestra medicina, nuestra educación e incluso nuestra forma de gobernar, afirmó Milei en su discurso ante la Asamblea General de la ONU.
Esta argumentación dialéctica, que parte del supuesto de evitar los controles a priori en el desarrollo de la inteligencia artificial, será la base discursiva de la disertación presidencial en el Club Económico.
Milei regresa está noche a Buenos Aires.
corresponsal:Enviado a New York, Estados Unidos
ECONOMIA3 días agoEl mercado ya detectó cuál es el bono estrella para posicionarse de cara a las elecciones
POLITICA3 días ago¿Cuándo habla Javier Milei frente a la Asamblea de las Naciones Unidas este 2026?
POLITICA2 días agoRadiografía del ajuste: Los flancos más criticados de la gestión de Javier Milei entre recortes sociales, crisis previsional y salarios de miseria
















