INTERNACIONAL
Corrupción y falta de transparencia: diez años después del terremoto en Ecuador, las zonas afectadas siguen esperando la reconstrucción

Diez años después del terremoto del 16 de abril de 2016, en la costa ecuatoriana conviven dos paisajes que no terminan de encajar entre sí. En uno, hay mercados reconstruidos, carreteras nuevas, sistemas de agua que sí funcionan. En el otro, hay casas que nunca se levantaron, escuelas que siguen siendo provisionales y comunidades que todavía dependen de tanqueros para acceder a agua potable. Entre ambos escenarios, se instala una pregunta que no ha terminado de responderse del todo: qué pasó con la reconstrucción y por qué, a una década, sigue incompleta.
El terremoto de magnitud 7,8 sacudió especialmente a Manabí y Esmeraldas. En cuestión de días, el Estado desplegó un aparato institucional y financiero sin precedentes recientes: se creó el Comité de Reconstrucción, se aprobó la Ley de Solidaridad y se estimó un costo de más de USD 3.300 millones para la recuperación. La narrativa inicial impulsada por el gobierno de Rafael Correa, que entonces estaba en el cargo, fue la de una respuesta rápida, centralizada y con capacidad de movilizar recursos.
En los primeros años, esa promesa pareció materializarse parcialmente. Portoviejo recuperó su mercado central; en Pedernales se avanzó en sistemas de agua potable; se rehabilitaron tramos viales estratégicos y se levantaron centros de salud. La reconstrucción, en ese momento, se podía mostrar: había obras visibles, inauguraciones, cifras de ejecución. Pero ese impulso no se tradujo en un cierre integral del proceso.

Con el paso del tiempo, las brechas empezaron a hacerse más evidentes. La vivienda, que debía ser uno de los pilares de la recuperación, se convirtió en uno de los principales pendientes. En Pedernales, más de mil familias seguían esperando soluciones definitivas. En Muisne, el reasentamiento quedó a medio camino, con comunidades desplazadas que nunca lograron reconstruir completamente su vida en nuevos territorios. Incluso proyectos emblemáticos, como la donación internacional para miles de viviendas, no llegaron a ejecutarse.
El saneamiento básico es otro de los puntos críticos. A diez años del desastre, Pedernales sigue sin un sistema de alcantarillado completo. En Bahía de Caráquez y en zonas de Esmeraldas, el acceso a agua segura continúa siendo irregular. En educación, hay escuelas que no han sido reemplazadas definitivamente y que operan aún en condiciones provisionales. En salud, aunque se inauguró un hospital básico en Pedernales, no se alcanzó el nivel de atención originalmente prometido, y otros proyectos hospitalarios siguen sin concretarse.
Este conjunto de rezagos no es solo técnico. También refleja problemas e irregularidades en la forma en que se gestionó la reconstrucción. La ejecución de recursos fue desigual, los cambios institucionales fueron constantes y nunca existió un sistema público consolidado que permitiera seguir, con claridad, el avance de cada obra. A nivel fiscal, el proceso tampoco se cerró: incluso en 2025 y 2026 se seguían registrando recursos vinculados a la reconstrucción, lo que evidencia que el ciclo nunca terminó de completarse.

En paralelo a estas deudas materiales, se fue construyendo otra historia: la de las denuncias de corrupción. No apareció de inmediato, sino que se fue configurando con el tiempo, a medida que se revisaban contratos, se auditaban procesos y avanzaban investigaciones judiciales.
En ese contexto, el nombre de Jorge Glas se volvió inevitable. Como vicepresidente y presidente del Comité de Reconstrucción en ese momento, fue la figura política más visible del proceso. Su posterior condena en el Caso Odebrecht no estuvo directamente vinculada al terremoto, pero sí impactó la percepción pública sobre la integridad del manejo de recursos durante ese periodo.
Más adelante, las investigaciones se concentraron específicamente en la reconstrucción. El Caso Reconstrucción derivó en una sentencia por peculado que concluyó que existió direccionamiento de contratos en obras financiadas con fondos del 16A y estableció una reparación económica de USD 225 millones para el Estado. Ese fallo no solo confirmó irregularidades, sino que reforzó una percepción extendida en las zonas afectadas: que parte del dinero no llegó a donde debía.
Hablar de corrupción en este caso no implica reducir todo el proceso a un esquema ilícito, pero sí obliga a reconocer que existieron fallas graves en la gobernanza. La ausencia de un sistema de seguimiento transparente, la priorización de ciertas obras sobre otras y la fragmentación institucional crearon condiciones en las que el control fue débil.

Para quienes viven en Pedernales, Chamanga o Canoa, la corrupción no es un concepto abstracto ni un caso judicial lejano. Se traduce en preguntas concretas: por qué no se construyeron las casas prometidas, por qué el alcantarillado sigue pendiente, por qué hay obras que se quedaron a medio camino. En esas preguntas, el paso del tiempo pesa tanto como las cifras.
También hay una dimensión económica que ayuda a entender el malestar. Tras un impulso inicial impulsado por la reconstrucción, la reactivación productiva no logró consolidarse. La economía local, especialmente en Manabí, perdió dinamismo pocos años después del sismo, lo que reforzó la sensación de que la reconstrucción fue más visible en infraestructura que en desarrollo sostenido.

A diez años del 16A, el balance no es de ausencia de obra, sino de incompletitud. Hay activos construidos, pero también procesos inconclusos. Hay inversión ejecutada, pero con resultados desiguales. Y hay responsabilidades políticas y judiciales que siguen marcando la interpretación de lo ocurrido.
Las poblaciones afectadas, en ese contexto, no están esperando una nueva reconstrucción, sino el cierre de la que comenzó en 2016. Eso implica terminar lo pendiente, pero también aclarar lo ocurrido con los recursos y garantizar que los errores no se repitan. Porque en la memoria colectiva del 16A no solo quedó el momento del terremoto, sino también la década posterior: una en la que la promesa de reconstrucción avanzó, pero nunca terminó de cumplirse del todo.
INTERNACIONAL
Los legados de Yves Saint Laurent y Louis Vuitton brillan en nuevas biografías gráficas

Aunque habitaron épocas distintas y vivieron en mundos opuestos, Louis Vuitton e Yves Saint Laurent son dos “nombres marca” instalados desde hace decenios en el exclusivo coto del ‘chic francés’, dos creadores visionarios que ahora se citan en las librerías con sendas biografías ilustradas sobre su figura y legado.
La guionista Loo Hui Phang, nacida en Laos y criada en Normandía (Francia), y el dibujante francés Benjamin Bachelier son los autores de Smoking: La révolution Yves Saint Laurent, una novela gráfica en la que acompañan al diseñador a lo largo de una jornada en el Nueva York de 1967, cuando estaba en lo más alto de su carrera.
Ha sido publicada en español como La revolución Yves Saint Laurent. La historia del esmoquin (Lunwerg).

Saint Laurent acababa de sacar Le Smoking, el primero diseñado para mujeres, una osadía revolucionaria que removió los cimientos de la moda porque liberaba al cuerpo femenino del rigor de ciertas obligaciones y esclavitudes más sociales que estéticas.
La obra no es una biografía al uso, aunque define perfectamente el carácter a contracorriente con el que el creador guió su carrera hasta fallecer, en 2008, convertido en icono de la moda, tanto por sus piezas de alta costura como por su línea más “democrática” de prêt-à-porter (Rive Gauche).
Nació en Orán en 1936 y se formó en Maison Dior antes de abrir casa propia en 1961.
En un Nueva York irreal, de acuarela, Saint Laurent y su amiga y musa, la modelo Betty Catroux, se topan con que no los dejan entrar en ningún restaurante de lujo porque ella lleva pantalones, una transgresión para los aún férreos códigos de vestimenta de la época.
Ella llega a la cita despeinada, con gafas de sol tras una noche de fiesta y vestida con el esmoquin negro.
Ese “veto” sirve de excusa para que Saint Laurent y Catroux inicien una irónica y didáctica charla sobre los orígenes del pantalón, nacido como prenda humilde de trabajo o para montar a caballo. Poco a poco se fue convirtiendo en un elemento de estatus y, sobre todo, de género, prohibido a las mujeres y contrario a todo lo que “el estilo” consideraba femenino.
“Negarles el pantalón a las mujeres es privarlas del mismo estatus y las mismas funciones que los hombres”, le dice en un momento a su amiga el diseñador. Él también apostó por incluir bolsillos en sus creaciones también para ellas.

La charla por las calles de la Gran Manzana entre Saint Laurent y Catroux, donde se cruzan con las primeras movilizaciones feministas, sirve de licencia a los autores para incluir en la trama a nombres famosos, algunos contemporáneos, como Andy Warhol; y otros que llegan del pasado: Marcel Duchamp, Christian Dior o Coco Chanel, una mujer moderna en su día pero, curiosamente, contraria a los pantalones femeninos.
Mucho más canónica resulta Louis Vuitton: The Art of Fashionable Travel (Louis Vuitton. El arte de viajar con estilo, Lunwerg), la biografía ilustrada de la australiana Megan Hess dedicada al empresario.
A mediados del siglo XIX, en plena revolución industrial y de la expansión de los viajes de placer entre las clases acomodadas, fundó en París una firma artesanal de exquisitas maletas y baúles con su nombre.
Un equipaje funcional y elegante, recubierto con una lona donde tuvo la brillante idea de grabar sus iniciales (LV), a las que su hijo George añadiría en 1896 el famoso estampado Monogram, sinónimo visual desde entonces del lujo e identidad de la casa (una roseta gótica de cuatro pétalos y en motivos japoneses). Con ello pensaba, inocente, que evitaría las falsificaciones.

Hess, colaboradora de Prada y Christian Dior Couture, relata cómo Vuitton, nacido en una familia humilde, se formó en el taller Maréchal, donde ya despuntó gracias a los encargos para la emperatriz francesa Eugenia de Montijo, mujer de Napoleón III.
La ilustradora opta de forma inteligente por una gama de marrones, beiges y dorados (de los cierres y herrajes), enseñas cromáticas de la marca, para recorrer el devenir familiar de la marca con los míticos bolsos del siglo XX, como el Speedy, “adoptado” por la actriz Audrey Hepburn.
Y también con su fusión, en 1987, con Moët Hennessy —de la que nació el grupo LVMH— o su paso a la alta costura, con el cambio de siglo, de la mano de Marc Jacobs y posteriormente, con Nicholas Ghesquière.
Fuente: EFE
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INTERNACIONAL
La increíble historia de la joya de Georges Méliès hallada en el baúl de un granero de EE.UU.

El baúl de madera golpeado había estado en la familia durante un siglo, trasladado del desván al granero y luego al garaje mientras pasaba de generación en generación. Nadie sabía que en su interior se ocultaba un tesoro cinematográfico.
Eso cambió cuando la curiosidad de Bill McFarland, un profesor de secundaria jubilado, pudo más que él.
Durante los últimos 20 años, McFarland, de 76 años, custodió el baúl, que originalmente perteneció a su bisabuelo, quien proyectaba películas mudas para audiencias en zonas rurales de Pensilvania a comienzos del siglo XX.
“Era solo un baúl lleno de películas que parecía demasiado valioso para tirar. Pero no tenía idea de qué eran ni cómo verlas”, contó McFarland.
Intentó donarlas a museos e incluso venderlas en una tienda de antigüedades, pero el dueño le pidió que se las llevara cuando supo que los rollos de película de nitrato antiguos eran altamente combustibles y podían explotar.
El verano pasado, McFarland condujo desde su casa en el norte de Michigan hasta el Centro Nacional de Conservación Audiovisual de la Biblioteca del Congreso en Culpeper, Virginia.
Allí recibió una grata sorpresa.
Empalmado en medio de uno de los 10 rollos, apareció un cortometraje perdido de Georges Méliès, pionero del cine francés, el primero en experimentar con narrativas ficticias y efectos especiales en los albores del cine.
La película de 45 segundos, Gugusse y el Autómata, se rodó en 1897, apenas dos años después de que los hermanos Lumière organizaran la primera proyección pública de una película en París.

Méliès, un hombre de teatro e ilusionista, asistió a esa proyección y se inspiró para crear sus propios filmes. Es conocido por Viaje a la Luna (1902) y la icónica imagen del cohete impactando en el ojo del hombre en la Luna.
Una década más tarde, su cine cayó en desuso cuando la industria se trasladó de Europa a Estados Unidos.
Méliès terminó vendiendo juguetes en la estación Gare Montparnasse de París, historia dramatizada en la película Hugo de Martin Scorsese (2011). Su legado, no obstante, perduró.
“Fue uno de los primeros cineastas”, dijo George Willeman, responsable de la bóveda de películas de nitrato de la biblioteca, quien considera que el rollo recuperado es probablemente una copia de tercera generación del original de Méliès. “Y uno de los primeros en experimentar la piratería cinematográfica”.

Con el tiempo, la piratería resultó ser una salvación para los historiadores del cine, ya que permitió que la obra de Méliès llegara hasta la actualidad.
Se sabe que destruyó cientos de sus negativos, que se fundieron y parte del material se usó para fabricar botas de soldados durante la Primera Guerra Mundial.
Aunque Gugusse y el Autómata figuraba en la filmografía de Méliès, nadie la había visto hasta que McFarland la entregó a la biblioteca en su sedán Toyota en septiembre pasado.
El cortometraje muestra a un mago, interpretado por Méliès, que acciona un autómata que crece de tamaño y lo golpea en la cabeza con un palo. El mago responde golpeando al autómata con un mazo hasta que desaparece, encadenando cortes de plano sorprendentemente ágiles para la época.
“Estos cortes de un solo cuadro son muy precisos para una película tan antigua, y los gags no pasan de moda”, explicó Jason Evans Groth, curador de la sección de imagen en movimiento de la biblioteca, quien relató la llegada de McFarland con los rollos en el baúl de su auto.
El hallazgo llevó a McFarland a interesarse por la vida de su bisabuelo, William DeLyle Frisbee.
Nacido en 1860 en el noroeste rural de Pensilvania, Frisbee era un hombre robusto, de bigote poblado y múltiples oficios.

Cultivaba papas, criaba abejas, producía jarabe de arce y daba clases tres meses al año. En su tiempo libre recorría Pensilvania y estados vecinos en carro tirado por caballos con lo que llamaba su “exhibición”: un fonógrafo Edison, un proyector de diapositivas de linterna mágica y, más tarde, películas.
Sus diarios de bolsillo narran esos viajes. “Di la exhibición en Garland, ingresos de 5 dólares, público rudo”, escribe en una entrada sobre una comunidad del noroeste de Pensilvania.
“Solo puedo imaginarme la escena un sábado por la noche, tal vez con algo de alcohol”, reflexionó McFarland. “¿Habría clientes decepcionados o simplemente revoltosos? ¿O estaban emocionados por ver esas imágenes?”
Un siglo después, los archivistas de la Biblioteca del Congreso también se emocionaron.

Preocupado, McFarland vio cómo los especialistas trasladaban los valiosos rollos a una bóveda refrigerada, donde ya se almacenan decenas de miles de películas de la edad dorada de Hollywood, diseñada especialmente para evitar incendios provocados por el nitrato.
“Finalmente comprendí que había estado… transportando una bomba de tiempo”, dijo McFarland.
Los especialistas de la biblioteca dedicaron una semana a restaurar la película cuadro por cuadro y digitalizarla. El rollo estaba encogido por el paso del tiempo y desgastado, pero en un estado notable para algo guardado durante años en desvanes expuestos al sol.
Ahora es una pieza de la historia del cine, disponible en el sitio web de la biblioteca.
Fuente: AFP
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INTERNACIONAL
Polémica porque importantes museos británicos ceden ante presiones chinas para ajustar sus publicaciones

Expertos en derechos culturales han advertido sobre la creciente influencia de la censura china en instituciones británicas, después de que un informe revelara que el museo Victoria and Albert (V&A) de Londres eliminó contenidos de sus catálogos de exposiciones a petición de autoridades de Pekín.
El hecho de que museos como el V&A —que inaugurará esta semana la muestra “Music is Black” en su nueva sede V&A East— hayan cedido ante exigencias extranjeras para ajustar materiales históricos ha reavivado el debate sobre los riesgos de la llamada “represión transnacional”, concepto que describe el alcance global de la censura impuesta por gobiernos autoritarios fuera de sus fronteras.
El reporte detalla que la intervención de los censores se materializó en la exclusión de imágenes de mapas históricos y una fotografía de Vladimir Lenin en dos catálogos. Además, señala que instituciones de referencia en el Reino Unido, como Tate y el Museo Británico, recurren frecuentemente a imprentas en China para reducir costos, lo que las obliga a cumplir con las estrictas regulaciones de la Administración General de Prensa y Publicaciones (GAPP) de ese país.
Un ejemplo específico citado fue la recomendación de la imprenta C&C Offset Printing al V&A: “Nuestra sugerencia es eliminar este mapa o usar otra imagen”. Esta censura provocó retrasos en la impresión hasta que el museo sustituyó la imagen rechazada —un mapa de rutas comerciales del imperio británico de la década de 1930— por una fotografía de inmigrantes antillanos llegando a Southampton.

Las regulaciones sobre mapas en China son especialmente estrictas. Solo empresas autorizadas pueden producir mapas que incluyan la geografía de ese país o de los territorios reclamados por Pekín, lo que afecta incluso a materiales que no refieren al espacio chino, como expresó un empleado del V&A en un correo interno: “Es un mapa histórico que muestra el dominio colonial británico, así que no tiene nada que ver con China”.
En el catálogo de la exposición “Fabergé: Romance to Revolution” de 2021 también se eliminaron una segunda imagen de mapa y una fotografía de Lenin. Un correo electrónico de aquella época evidencia el dinamismo y la falta de claridad de las restricciones: “La lista de restricciones cambia constantemente”.
El museo V&A admitió que aceptó realizar estos cambios, justificándolos como modificaciones de escasa importancia. “Estábamos conformes con hacer estos pequeños ajustes, ya que no afectaban el contenido, y evidentemente detendríamos la producción si algún requerimiento nos pareciera problemático”, informó un portavoz del museo a The Guardian. La decisión sobre dónde imprimir los catálogos, según indicó el propio V&A, se toma de manera individual para cada publicación, con la promesa de mantener “estricto control editorial” en todo el proceso.

No obstante, la justificación de que se trató de “ediciones menores” ha desatado críticas entre especialistas independientes. Sam Dunning, director de U.K.-China Transparency, señaló que este tipo de influencia “es inquietante” y que constituye parte de un fenómeno más amplio, describiendo un “patrón”. Dunning advirtió que “comienza con ediciones menores, pero si se accede a comprometer la independencia, por más leve que sea, la línea puede desplazarse”.
La crítica fue compartida por Jessica Ní Mhainín, portavoz de la organización Index on Censorship, quien expresó que los mapas históricos “son documentos fundamentales para entender cómo las sociedades visualizan la geografía, el poder y el pasado”. Ní Mhainín advirtió que la “dependencia económica de China puede impulsar la autocensura”, y afirmó que instituciones como el V&A “tienen la responsabilidad de defender su independencia y salvaguardar la libertad intelectual y de expresión”.
El impacto de la censura china en museos y centros culturales occidentales no se limita al Reino Unido. The Guardian recordó que en 2023, el museo estatal Musée Guimet de París fue demandado por cuatro asociaciones pro-tibetanas, que denunciaron intentos de eliminar la identidad cultural del Tíbet en sus exposiciones, en presunto cumplimiento de demandas de lobby de Pekín. Según los abogados de los demandantes, “resulta difícil no ver esto como una elección deliberada del museo Guimet para atender exigencias chinas, activamente trasladadas en Francia”.
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