CHIMENTOS
Dyango y su amor por nuestra tierra: “El único país al que vuelvo todos los años es Argentina”

Dyango lleva sus 86 años como si la edad no importara. El legendario intérprete de la música romántica y el tango comparte anécdotas, sonrisas y recuerdos en una charla distendida con Teleshow en Buenos Aires. Mientras disfruta de un tostado y una gaseosa en la tarde palermitana con la compañía de Mariona, su pareja en los últimos 51 años, el cantante catalán saca a relucir su impronta futbolera y recuerda su vínculo con el club Barcelona (“soy socio y fanático”), reciente campeón, lamenta que no haya llegado a los 100 puntos en el torneo y anota en el grabador una inolvidable historia con la familia de Lionel Messi: “El papá de Messi una vez me dijo por radio: ‘Tú tienes una parte importante en Messi’. Cuándo le pregunté por qué, contó que con su esposa escuchaban mis canciones en los momentos más álgidos del amor”, relata el artista entre risas.
Su actual presencia en Argentina es el preludio para una extensa gira por América Latina, que tendrá un importante segmento en nuestro país: 14 conciertos que incluirán dos (por ahora) en el teatro Gran Rex de Buenos Aires, el 4 y el 7 de octubre. Así, una vez más, reafirmo su vínculo único con el público local, que comenzó con su primera visita en 1968, hace 58 años. El intérprete repasa sus próximos pasos: “Primero la gira por América: Santo Domingo, varios puntos de Colombia, Perú y Chile. Luego, el regreso a Buenos Aires, donde seguro agregaremos más conciertos, porque siempre pasa”.
En diálogo con Teleshow, el artista repasa su historia, sus pasiones y su mirada sobre la música actual.
—Estás nominado nuevamente a los premios Gardel (Mejor Álbum de Música Romántica Contemporánea por “Su amigo Dyango Vol I). ¿Qué significa esta nominación?
—Ya lo estuve hace unos años, con un disco de tango que grabé con Carlos Franzetti, que es el arreglador más importante, o uno de los más importantes, de Argentina. Fue una maravilla, con la Orquesta Filarmónica de Praga, pero no ganó. Esta vez estoy nominado otra vez; si Dios quiere, a lo mejor gano, pero hay mucha competencia, muy buena también.
—La relación tuya con el tango viene de niño, ¿no?
—Conozco de tango más que los propios tangueros. Ya desde los cuatro años, mi mamá me enseñaba tango de Gardel, de Irusta, Fogazzaro y D’Amore, gente muy popular en Barcelona. Ella conocía todas las canciones, y yo las cantaba en concursos de niños, siempre ganaba. Yo cantaba tango, los otros cantaban temas de su edad, pero yo me inclinaba al tango.
—¿Y tu mamá, por qué tanto amor por el tango?
—Mi madre, porque estaba de moda. Ella conocía todas las canciones. Había canciones que yo las he cantado aquí, y no las conocía nadie.
—Tuviste una relación muy cercana con Goyeneche. Son dos “gargantas con arena”. ¿Qué recuerdos tenes de él?
—Fuimos amigos de corazón. Lo trataron muy mal aquí, no podía ser que un cantante tan grande trabajara en tres o cuatro cabarets por la noche, casi sin público. Y cantaba dos, tres canciones y se iba a otro cabaret, y así toda la noche. Yo lo acompañaba y me dolía que no se le reconociera. Acá el Polaco ha sido famoso y muy querido una vez desaparecido. Para mí fue el mejor cantante de la historia. Otros dirán: “No, y Gardel, ¿dónde lo pones?” Como una vez en una emisora me dijeron: “No digas eso porque Gardel aquí es muy querido y el Polaco no”. Óigame, es lo que yo siento, ¿qué quiere que le diga? ¿Mentiras ahora?

—¿Qué tango te marcó más?
—Uno que me cantaba mi mamá: “La noche de Reyes”. Imagínate, un niño de cuatro años cantando un tango donde se mata a un personaje, donde el personaje engaña al otro. No sabía lo que hacía ni lo que decía. . También grabé “Sur” con Goyeneche; ese es uno de mis favoritos.
— También colaboraste con muchos artistas argentinos últimamente.
—Hice un dúo con Ángela Leiva, estamos grabando el segundo disco. Tapari también canta muy bien, y con Pimpinela, claro. Me cuesta recordar nombres, pero hay muchos.
—¿Hay algo de la música nueva, la música urbana, que te atraiga?
—No hay nada que me guste de lo que pasa en lo musical con la juventud ahora. Soy músico de profesión, estudié en el conservatorio, soy trompetista, violinista también. Ahora vienen con el reguetón, es algo que no soporto. Pero, por suerte, mis canciones siguen gustando mucho en América y, sobre todo, en este país.
—¿Crees que la música va a dar toda la vuelta y volverán las melodías?
—Tiene que ser así, porque lo que se está haciendo no es música. Puede que dé la vuelta y que vuelva la música romántica o la música de amor, o, por ejemplo, el tango, el jazz, la música clásica, el bolero, sobre todo el tango.
—¿Y el rock?
—Me gusta, pero es otra historia. Son historias cantadas con más agresividad, pero son cosas buenísimas dentro de la música, claro.
—La música te marcó desde los ocho años, ¿no?
—Empecé en el conservatorio a los ocho años. Mi padre era músico. Ahora mis hijos también están todos en la música: hay dos cantantes, un técnico de sonido y, bueno, uno es chef. Hasta mi nieto canta maravillosamente bien.
—Claro, el que estuvo en la serie de Luis Miguel. ¿Te gusta que tus hijos y nietos sigan tus pasos?
—No hay mucho que hacer, la música tira mucho. Si me hubiesen dicho que no iba a ser músico, yo me muero. Hasta hoy me emociono con el jazz, la música clásica, el tango. Todo ha sido importante, como (Armando) Manzanero, que era íntimo amigo y cuya música canté mucho.

—Llevas cincuenta y un años junto a Mariona. ¿Cómo la conociste?
—Yo ya estaba casado y tenía cuatro hijos, pero apareció Mariona, mucho más joven. Adiós. Eso fue hace cincuenta y un años, y con ella no tuve hijos. Me decía que su hijo soy yo (risas). Tenía una figura brutal, la vi bailando en un sitio donde la gente daba una vuelta muy lentamente y de tanto en tanto pasaba ella y yo decía ‘madre mía, qué culo’. Me quedé paralizado y fui directamente a por ella. Y eso que estaba casado, pero quizá estaba mal casado, no sé… Pero encontré la mujer de, de mis sueños, de mi vida.
—¿Cuál es el secreto de ese amor?
—Es ella, con su bondad. Me cuida como si fuera un niño recién nacido. Es una mujer espectacular, y sigue siendo muy guapa.
—Pensaste en retirarte alguna vez, pero seguís.. acá diríamos que tenés más despedidas que los Chalchaleros…
—(Ríe) Es que tuve un momento difícil, tenía no se qué cojones, algo en la espalda. Me operaron así, pim, pum, venga (chasquea los dedos) Y a la calle. Dije: ¿y qué coño hago ahora? Pues dije, ‘perdón, les dije una mentira, voy a seguir cantando’. Recuerdo a Los Chalchaleros, esos fueron únicos, porque dijeron veinte veces que se iban (risas).
—¿Cómo te preparas para los shows con…
—(interrumpe y ríe) Dilo: ¡con 86 años! Pues no me preparo de ninguna manera. Canto y canto. No importa si me cuesta moverme en el escenario, si tengo que cantar sobre un taburete, lo esencial es cantar. Que la voz siga intacta es una suerte enorme, ¿no? Lo hago bien gracias a Dios y la gente lo agradece.
—¿Cómo cuidas tu voz?
—No la cuido para nada. Lo único es una nebulización antes de actuar y me resulta fantástico.

—Desde 1968 que venís todos los años a Argentina, excepto en pandemia. ¿Por qué ese lazo tan fuerte con nuestro país?
—La gente aquí es muy sensible, sobre todo por el tango, que es una obra de arte. Argentina es el único país al que vuelvo todos los años. He cantado en lugares donde la gente no tenía dinero. Fui a San Justo, Morón, a los pueblos. También hice una canción especial para Gilda, que me llegó al alma.
—¿Te queda algún sueño o proyecto pendiente?
—Seguir grabando. Música nueva, cosas mezcladas con jazz y melodías. Me doy cuenta de que lo sigo haciendo bien, y hay que reconocerlo. El día que me pase que no pueda cantar, ese día será mi final.
— ¿Y te vas a dar cuenta solo o te lo van a tener que decir?
— De momento, estoy aquí, cantando.
Fotos: Gustavo Gavotti
CHIMENTOS
De la cárcel a llevarle masitas a Mirtha Legrand: Yiya Murano, la asesina que envenenó a sus amigas y se convirtió en ícono pop

Luz tenue. La cámara recorre el living, el plano se cierra sobre la mesa. Suena la inconfundible cortina musical del programa, y la locutora presenta: “Almuerzan hoy con la señora Mirtha Legrand, la señora…¡Yiya Murano! Estuvo presa, acusada de envenenar a sus amigas”. En el estudio hay aplausos de rigor, nervios y risas por la barbaridad que acaban de escuchar de parte de Nelly Trenti. De inmediato aparece Yiya, que sonríe con una mueca. Lleva enormes anteojos negros, el pelo batido, sacón y pañoleta. Sabe los pasos de la comedia, se nota. Arranca el show.
Lo repitió una y mil veces, desde que en 1995 dejó la cárcel de Ezeiza, al conseguir una reducción de pena por el entonces presidente Carlos Menem, tras pasar 16 años encerrada. Había sido condenada a perpetua por matar con cianuro a sus amigas Nilda Gamba y Lelia Formisano de Ayala y a su prima Carmen Zulema del Giorgio Venturini, entre febrero y marzo de 1979. ¿El móvil de Yiya? Quedarse con el dinero que les sacaba con promesas de ganancias irrisorias en tiempos de “plata dulce”. Lo que hacía era una estafa piramidal a lo Ponzi. Yiya primero pagaba, tentaba a las mujeres con las supuestas fortunas que obtendrían al reinvertir… y después las liquidaba.
“Decía que tenía contactos en el gobierno. Ella mataba para mantener su nivel. No creo que haya sido una estrella de la televisión, lo que pasa es que todos recuerdan su aparición en lo de Mirtha Legrand. Llegó a convertirse en un personaje patético. La llevaban a hacer show y le gustaba. Era perversa, jugaba con eso”, recuerda Ricardo Canaletti, referente del periodismo policial.
Lo cierto es que, apenas sale en libertad condicional, lo primero que hace Yiya es ir a Canal 9 a venderle una entrevista a Chiche Gelblung para contar su historia. Le sobraban razones: no tenía un peso y en 1994 su hijo, Martín Murano, de profesión doble de riesgo, había publicado el libro Yiya Murano, mi madre. En sus páginas, ventiló todo: la triste infancia junto a la asesina, cómo lo usaba de niño para ver a sus amantes, lo mal que lo trataba, la confesión de los crímenes. Todo.
Yiya necesitaba instalar la narrativa de su inocencia y a eso se dedicó, con terquedad pétrea, durante años de pasearse por los estudios de los canales y hablar como si nada, fresca, con frialdad pura, sobre las muertas. “Muchas madres lloran a un buen hijo muerto; yo lloro a un mal hijo vivo”, escupía sobre Martín, quien hasta el día de hoy sospecha que a él también lo quiso matar, a sus 10 años, con una torta envenenada.
DE LA HISTORIA CRIMINAL AL ZOOLÓGICO DE LA TELE DE LOS NOVENTA
Nacida en Corrientes el 20 de mayo de 1930, Yiya saltó en los 90 de la historia criminal al zoológico de la tele. Ahí se acomodó, hasta que, tres años antes de morir, su memoria se derritió, al igual que su máscara, y terminó internada en un geriátrico de Belgrano, olvidándose de quién era ella: La envenenadora de Monserrat. O en alguna otra vida, María Bernardina de las Mercedes Bolla Aponte de Murano.
Ese era su nombre, enorme como su ego y su codicia. Deseaba tapados de piel, vestidos, oro, perfumes y una vida de “señora bien”. Que no era su realidad cuando cometió los crímenes que se le comprobaron. Yiya era una mujer que vivía con su marido, su hijo y una empleada en un departamento de dos ambientes en un barrio de clase media del centro porteño. También tenía amantes que le hacían regalitos, la invitaban a comer y, aseguraba, se «desvivían» por ella. Era elegante, manipuladora, voluptuosa como una vedette. Así la recuerdan en el documental Yiya Murano: Muerte a la hora del té, disponible en Netflix.
Pero volvamos a los 90. Casi sin escalas, Yiya se convirtió en un personaje fascinante y funcional al talk show y a la tele bizarra. En ese terreno donde la confesión se desnudaba y llenaba horas a la tarde, de la mano del Sin vueltas de Lía Salgado, pero también en el prime time, con Chiche Gelblung, Mauro Viale, Moria Casán y Bernardo Neustadt. Entre sillones brillosos, cuerinas y helechos, invitados random, Murano se convirtió en número fijo y en una caricatura de sí misma.
“Sentame sobre un carbón hirviendo y te lo puedo asegurar: nunca yo he matado”, repetía, teatral, antes de gritarle a Mauro: “¡Por la vida de mi hijo te juro!”. A veces sacudía un sobre donde aseguraba tener la prueba concluyente de que no había matado (“Estaba vacío”, contó el periodista de policiales Rodolfo Palacios en su libro Adorables Criaturas: Crónicas grotescas de ladrones y asesinos).
EL SHOW DE YIYA MURANO
Yiya embaucaba a los famosos de la tele. Algunos se olvidaban, por momentos, que estaban frente a una persona que había matado a sus amigas a sangre fría. Moria incluida. “¿Qué pasa con tu vida, Yiya? ¿Has matado mucha gente? ¿Envenenaste? ¡¿Qué hiciste, Yiya?!”, vociferaba la One. Ella repetía, impávida: “Te juro por Dios y por la Biblia que no maté a nadie”. Una vez más. Y otra. “Se hacía hasta simpática y atractiva, era un personaje difícil. No daba miedo, aunque era una asesina”, recuerda Chiche Gelblung, que la tuvo en su programa Memoria.
Según señala la periodista Virginia Messi en el documental de Alejandro Hartmann, Yiya se creyó su propio personaje. “Daba entrevistas para decir que era inocente pero la actitud permanente que tenía era la de culpable. Porque le gustaba jugar con eso. Yo creo que tenía que ver con su propia perversión”, dice. En ese juego al aire, Yiya siempre se adjudicaba dos muertes: “Mi madre y mi marido. Murieron de tristeza por lo que a mí me pasó”.
A finales de la década, el personaje ya estaba completamente instalado. En La Hoguera, un magazine de América que conducían Verónica Lozano y Dolores Cahen D’Anvers, Murano tenía una columna propia: “Consultale a Yiya”. La envenenadora de Monserrat daba consejos sentimentales y respondía consultas varias del público como una abuela sabia. “Hola, amigos. Estoy para tratar de solucionar las inquietudes que tanto me mandan por carta o teléfono”, decía muy seria, como si no cargara con tres muertes. La televisión ya no la entrevistaba: la había adoptado y abrazado como una más.
LA MESAZA ESTÁ SERVIDA
Para algunos, como Osvaldo Bazán (que llevó a Yiya a la Calle Corrientes con un musical), algo cambia cuando Murano va a lo de Mirtha con una bandejitaa de masas. “Se convierte en otra cosa”, dice. Ella ya era habitué del programa. Se había sentado al menos en cuatro oportunidades en la mesaza, desde 1995 hasta 2008, cuando volvió a aparecer en cámara con el símbolo macabro de sus asesinatos. Un mito porque, en realidad, Yiya envenenaba con un brebaje de yuyos y cianuro que diluía en el té que les servía a sus víctimas después de llenarlas de grasas, azúcares y harinas de confitería fina. Las mataba de a poco, gota a gota.
—¿Masas, me trajo?—, pregunta Chiqui, entre el acting y la desconfianza.
—Sí, con una condición; que me des el gusto de comer una—, lanza imperativa la Yiya.
—¿Usted las tocó? Yo voy a comer una masita. Ahora, si mañana no vengo… (risas). Esta me voy a comer. ¡Ustedes son testigos, eh!—, dice Mirtha y muerde, dudosa, la masita—. Mañana, titulares de Crónica (más risas). Bueno, menos mal que lo tomamos con humor.
—¿Viste? ¡Y te gustó!—, cierra Murano con una carcajada seca. Sus ojos no ríen.
Con esa comedia, Yiya terminó de espolvorear con azúcar su pasado criminal. Y ya nada importó de ahí en más: se convirtió en un chiste. Quienes la conocieron la recuerdan como magnética, hechicera, embaucadora. Se creyó su inocencia hasta el final y siempre coqueteaba con la duda, dando a entender que algo había hecho, pero sin terminar de decir nada, divertida con ese límite.
Como si no hubiera del otro lado tres mujeres muertas en el lapso de poco más de un mes. En cada caso, Yiya fue la última persona en verlas, con sus tecitos y sus masitas. Y nadie se avivó hasta que la hija de Del Giorgio Venturini, a quien llamaban Mema, se dio cuenta de que en su casa faltaba el pagaré por la deuda de Yiya. Y que la mujer les debía una gran suma de dinero a las tres. 
YIYA MURANO, LA ASESINA INMORTAL
“Fui juzgada de forma arbitraria, debe haber una mano negra. A mi prima (Mema) yo llego, ella tirada en la escalera, un médico le hace respiración boca a boca 20 minutos y no le pasó nada”, se defendió ante Neustadt. Ese era su argumento de que no hubo cianuro.
Mientras la televisión la convertía en personaje pop, Martín Murano intentaba sobrevivirla. Para él sólo había una madre que era la encarnación de la maldad pura y que no pudo dejar atrás ni pegando patadas ni como doble de Carlín Calvo. Fue en la tele, el lugar que él consideraba su casa, donde ella lo fue a buscar para tapar y torcer la verdad que había denunciado en infinidad de programas. Desde el de Susana Giménez hasta Peor es nada, de Jorge Guinzburg.

Hasta que un día, años después, vencido y deprimido tras perder su trabajo estable en El Nueve, Martín se reencontró con Yiya en lo de Mirtha Legrand. Claudicó, y aceptó en silencio la melosa puesta en escena de una reconciliación y las mentiras de la mujer sobre otro libro que decía que habían escrito juntos. Martín la dejó hacer, resignado.
“Él termina perpetuando lo que quería matar. Saca el libro como catarsis pero a la vez convoca el monstruo”, dirá Rodolfo Palacios. “Yo la inmortalicé. Yo la convertí en leyenda”, dirá Martín, el hijo de la asesina que cometió el crimen perfecto: borrar a las víctimas y convertir el horror en un chiste de sobremesa.
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CHIMENTOS
Andrea Politti: “Qué lindo es hacer de mala, me fascina”

Faltan un par de horas para el estreno y la actriz Andrea Politti conversa con Teleshow acerca de HDP Hijos de Primera. Está fascinada con su papel en la obra, donde hace a “la mala, malísima”, según sus propias palabras. Representa un giro respecto de sus intervenciones televisivas y teatrales anteriores. Con satisfacción, la actriz confirma: “Siento que funciona como un reloj, disfruto ser parte de este equipo”. Para el circuito, la polifuncionalidad de Politti y su exposición mediática potencian el atractivo comercial de la producción de Juan José Campanella, que se presenta en el Teatro Politeama de Buenos Aires.
La obra tiene una particularidad, es el debut teatral del director Martino Zaidelis, reconocido previamente por títulos cinematográficos como La extorsión y Re loca, lo que introduce en la cartelera una figura proveniente de la industria audiovisual con fuerte presencia en largometrajes nacionales.
El elenco combina talentos de diferentes perfiles y se completa con: Carna, Laura Cymer, Nacho Tosselli y Macarena Suárez, que le ponen el cuerpo al grupo familiar atrapado por una decisión de reparto anticipado de herencia bajo la premisa de la inminente muerte del patriarca, hasta que una recuperación inesperada desorganiza la convivencia y dispara el conflicto central.

—¿Cómo fue el proceso de ensayos antes del estreno de la obra?
—Lo que hace todo el equipo son unos ensayos generales con público, porque tienen el club de amigos del Teatro Politeama. Entonces aprovechan eso para probar las obras antes del estreno.
—¿Y la reacción de la gente en esos ensayos?
—La gente la recibió muy bien, y estamos muy contentos. La virtud es que ensayamos hasta hoy, y estrenamos muy tranquilos. Trabajamos mucho. Ya tenemos la obra bien probada y eso es fabuloso para todo el elenco y el equipo.
—¿De qué trata la obra HDP?
—La obra es una comedia negra, de autor nacional, que trata el tema universal de la herencia, de cómo cuando se pudre todo, la gente saca lo peor de sí misma. En nuestra casa yo era la concubina, la pareja del que se está por morir. Y los tres hijastros son Carna, Laura Zimmer y Ignacio Toselli.

—¿Cómo se presenta el conflicto en la obra?
—La primera escena está buenísima: baja Ignacio de un cuarto de ver al moribundo, y dice: “¿Y? ¿Cómo está?” “Y mal”. “Bueno, era lo esperable, ¿no?” “No, se mejoró”. Ya habían vendido todo, habían dispuesto el tema del dinero y ya habían, no sé, como buitres. (se ríe).
—¿Te tocó vivir alguna situación parecida en la vida real?
—Sí, me ha pasado de familiares de amigos, de enterarme de cosas, incluso que aparecen hijos, que aparecen hermanos. Es muy común, incluso hay casos mediáticos muy conocidos.
—¿Cómo es tu personaje en la obra?
—Mi personaje es la mala, la que es más mala soy yo. Y fue una alegría recibir la posibilidad de hacer este papel. Me encantó porque dije: “Ay, qué lindo hacer una mala, me fascina”.
—¿Qué implica ser la “mala” en teatro?
—En una obra de teatro, ser el personaje de la mala me parece brillante. El libro me lo acercó Martino Saidelis, que es el director, que es su primera obra de teatro, porque viene de una carrera cinematográfica enorme, de la mano de Juan José Campanella.
—¿Pero qué tan mala sos?
—No tengo escrúpulos. Es divertidísimo, por ejemplo, algo que yo jamás haría en la vida, que es lo que vas a ver en el escenario. Es una persona que no tiene límites, que no le importa nada, solo le importa la guita, que quiere pasar a todo el mundo, que es muy manipuladora y los utiliza.
—¿Te inspiraste en personas reales para este papel?
—Yo he conocido. Sí, sí, sí, quién no conoce. Y aparte, viste que uno se sorprende siempre de esas facetas que tienen algunos, que les encanta y que la disfrutan y todo.

—¿Cómo ves el presente y el futuro de la ficción y tus proyectos a futuro?
—Hay algunas cosas, pero como viste que está todo muy… tenemos un año, este particularmente, con la mirada en el mundial, así que estamos viendo. Como que aparecen las cosas, pero a la vez hay como una espera para ver qué onda. Pero estamos. Por suerte siempre trabajé.

—¿Qué significa para vos tu trabajo como actriz y conductora?
—La actoral ha sido mi vocación de toda la vida. Tuve la suerte de encontrar la conducción en la mitad de mi vida y eso también fue como una sorpresa que funcionó en un momento donde la tele estaba también en su mejor momento. Pude hacerlo desde ahí.
—Disfrutas de los desafíos…
—Soy inquieta y es muy bueno disfrutar, pero no disfrutar tontamente, porque todos los laburos tienen sus cosas buenas y malas. Sino que como de alguna forma ubicarse en un terreno de realidad, pero desde un lugar superamoroso y positivo, lo más que se pueda. Y que los inconvenientes sirvan para crecer y para plantearse cosas, para crecer como ser humano.
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CHIMENTOS
Pampita mostró la señal que recibió de Blanca el día en que su hija hubiera cumplido 20 años: “Besos al cielo”

Como todos los años, Pampita y Benjamín Vicuña recuerdan las fechas importantes que tienen que ver con su hija Blanca, que murió a los 6 años en 2012, a causa de una neumonía hemorrágica tras unas vacaciones en México. Y este 15 de mayo fue muy especial, porque fue el día en el que Blanca hubiera cumplido 20 años.
En homenaje a su primogénita, Pampita organizó junto a sus más íntimos una suelta de globos blancos. Y lo que sucedió luego la dejó atónita y súper emocionada. “Besos al cielo, Blanca”, expresó en sus redes, al subir un video del momento en el que los globos se elevan al cielo.
Y más tarde, la modelo publicó el hermoso regalo que recibió en medio de la tristeza que jamás tendrá fin. Los globos blancos dibujaron un clarísimo corazón, llenándole el alma. “¡Hay señales que no se buscan! ¡Llegan!”, escribió Pampa, exultante, al mostrarle a sus seguidores el impactante y conmovedor suceso.
Horas antes, Carolina Ardohain había dejado en su feed de Instagram una desgarradora carta para Blanca en la que abrió su corazón como nunca. Recordando a su pequeña, su primera hija con Benjamín Vicuña, quien también escribió un sentido texto en sus redes.
DE QUÉ MURIÓ BLANCA, LA HIJA DE PAMPITA Y BENJAMÍN VICUÑA
La muerte de Blanca marcó para siempre la vida de Pampita y Benjamín Vicuña. La nena falleció en septiembre de 2012, cuando tenía apenas 6 años, luego de atravesar un cuadro de neumonía hemorrágica que se agravó rápidamente tras contraer una bacteria durante unas vacaciones familiares en México.
Después de varios días de internación en la Clínica Las Condes, en Chile, la pequeña no logró recuperarse y su partida generó una conmoción enorme tanto en su familia como en el mundo del espectáculo. Desde entonces, cada fecha importante vinculada a Blanca se transforma en un momento profundamente sensible para Pampita y Benjamín, que suelen recordarla públicamente con mensajes cargados de amor, dolor y una conexión que aseguran sigue intacta.
Pampita, Blanca
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