INTERNACIONAL
Ética en el liderazgo internacional para la defensa de los Derechos Humanos

No se puede permitir que las violaciones de derechos humanos ocurran y es inadmisible que, a la hora de la verdad, de cuando son necesarias las soluciones, determinados liderazgos estén del lado de los violadores de Derechos Humanos. No puede ser que a la hora de la verdad se sea funcional a regímenes tiránicos que cometen crímenes de lesa humanidad. Eso significa estar del lado equivocado de la ética, significa ser complaciente con esos crímenes y significa ser afín a los criminales, no importa cuán modesta sea la contribución, si es simplemente ayudarlos a ganar tiempo en una negociación o si es directamente contribuir en la impunidad.
Un análisis del pensamiento y la acción ética en la política exterior debe ofrecer una respuesta convincente a los juicios de valor inherentes a la labor de la política pública, específicamente en lo que respecta a su eficacia para salvaguardar los derechos humanos de las personas. En el escenario internacional, una nación no hace más que reflejar su propia naturaleza, sus logros y sus desafíos. La acción internacional es un concepto esencial; sin ella, resulta imposible garantizar la observancia global de los derechos humanos.
Sin embargo, esta visión es objeto de controversias; con frecuencia se argumenta equivocadamente que la acción internacional adolece de una deficiencia significativa y que, en última instancia, vulnera los derechos de los pueblos (autodeterminación). En resumen, se la confunde erróneamente con una injerencia en los asuntos internos de un Estado soberano. Aceptar esta perspectiva implicaría la necesidad de una contemplación perpetua, la negociación concebida como el único medio para determinar la legitimidad de las acciones en el ámbito de las relaciones internacionales, incluso cuando las agendas internacionales resultan abrumadoras o perjudiciales para los derechos humanos y los derechos legítimos de los pueblos. Incluso cuando la autodeterminación soberana de un pueblo ha sido arrasada por un régimen dictatorial.
Uno de los impedimentos estructurales más comunes que enfrentamos es, precisamente, la ausencia de posicionamientos políticos que se traduzcan en acciones concretas para la protección de los derechos; por el contrario, la acción internacional se ha convertido, en la práctica, casi en una sustancia prohibida. La debilidad de la acción internacional solo beneficia a quienes perpetran violaciones de los derechos humanos. La brecha resultante pone de manifiesto, de manera cruda, la tensión internacional que genera la solidaridad humana y las acciones pragmáticas capaces de generar resultados concretos. La tensión se produce respecto a las prácticas políticas que permanecen, en gran medida, ancladas en los paradigmas del siglo XX y de la Guerra Fría, con un enfoque particular de dinámicas neutralizadoras que subyacen en la inacción en la gestión de agendas, a la falta de rendición de cuentas respecto a que bajo ese paraguas ocurran asesinatos y torturas así como a obviar la falta de legitimidad de los dictadores. De este modo, los derechos humanos son percibidos como meras contingencias aleatorias, incluso a veces como algo molesto en la actuación internacional. La «dicha de no hacer nada» se erige, así, como el paradigma imperante. Al mismo tiempo, el imperativo de la responsabilidad asumida se debe enfrentar a estas restricciones, una lógica que socava la «buena gobernanza». Esta visión es funcional al torturador y no al torturado, y desafía la noción misma de que el imperativo moral de defender los derechos humanos sea, en sí mismo, suficiente para conferir legitimidad a las acciones internacionales, la protección del bien fundamental que debería priorizarse en la agenda internacional. Por otra parte, esto demuestra también que incluso los Estados son vulnerables a fuerzas ajenas a su control al asumir responsabilidades de defensa internacional de los Derechos Humanos con acciones concretas.
Se llega al colmo de trasladar la culpa a quien defiende bienes protegidos por el Derecho Internacional, cuando la responsabilidad debería ser a la inversa, debería recaer en aquel que permite la violación de esos bienes protegidos por el Derecho Internacional.
El núcleo del poder colectivo para proteger los derechos humanos reside en la relación entre la acción y la solidaridad; esta cuestión central da origen a una dinámica que ha inquietado durante mucho tiempo a los actores internacionales que prefieren la inacción. La capacidad de los Estados para hacer frente a la adversidad de intereses generada frente a las acciones dirigidas a proteger los derechos humanos puede, en última instancia, destruir o paralizar iniciativas políticas bienintencionadas.
Las organizaciones internacionales del siglo XX no se preocuparon especialmente por este asunto; la burocracia internacional optó sistemáticamente por el camino de menor resistencia, un camino que permitió a los violadores de derechos humanos y a los perpetradores de crímenes de lesa humanidad actuar con impunidad, incluso ocupando a veces una mayoría de asientos en el Consejo de Derechos Humanos. A pesar de contar con normas morales en sus mandatos, estas rara vez se respetaron, lo que provocó un inmenso sufrimiento a causa de acontecimientos que podrían haberse evitado. Como hemos señalado en otras ocasiones, el genocidio de Ruanda constituye un ejemplo paradigmático de este fracaso, aunque es solo un caso entre muchos. Por el contrario, si los responsables políticos concibieran a las naciones como capaces de una verdadera benevolencia —percibiendo que no solo pueden resistir las adversidades inherentes a tales conflictos, sino que, de hecho, deberían asumir esos mismos desafíos por su propio interés—, podrían fomentar dinámicas positivas para la protección de los derechos humanos.
La lógica de derechos humanos puede de hecho argumentar que la justificación principista de la inacción subestima la fragilidad de la naturaleza humana y el sufrimiento real que implican las violaciones de derechos humanos. A diferencia del optimismo estricto que defienden ciertas tradiciones no intervencionistas o apaciguadoras, la conciencia de la debilidad inherente a la protección de los derechos humanos fomenta una perspectiva más realista y humana: reconoce la complejidad e incertidumbre de la política internacional, así como el papel fundamental que desempeña la comprensión de las diversas realidades sociales de las distintas naciones, específicamente, cómo se estructuran las relaciones humanas y la naturaleza contingente de la experiencia de la responsabilidad en la protección de los derechos de las personas. Limitaciones del conocimiento, el trabajo y la gobernanza: Sobre esta base, se reconocen las limitaciones inherentes del conocimiento, la investigación y la justicia, particularmente en lo que respecta a las situaciones nacionales de derechos humanos, así como el papel significativo que desempeñan estas limitaciones en este contexto.
La racionalidad revela cómo ciertas prácticas costumbristas o ciertas afinidades ideológicas pueden neutralizar la solidaridad esencial para la acción política frente a lo que debería ser el objetivo común de proteger los derechos humanos. En estas narrativas, vemos personas que sufren violaciones recurrentes de derechos humanos, no por falta de responsabilidad de las naciones capaces de hacer cumplir dichas protecciones, sino por fuerzas que generan dinámicas negativas. Por ejemplo, un individuo puede enfrentarse a un dilema moral que contrapone la ley nacional a la responsabilidad social o religiosa; otros problemas pueden surgir no por fallas morales, sino por una lealtad inquebrantable a un líder autoritario, por ejemplo. Teóricamente, se puede argumentar que este escenario simboliza el frecuente conflicto entre dimensiones morales opuestas en la política humana —ninguna de las cuales puede abandonarse por completo—, pero debemos decir que, en general, solemos tener claro qué está bien y qué está mal. Además, la justicia en materia de derechos humanos ha abordado y resuelto en muchos casos de este tipo.
El uso de la fuerza para resolver problemas relacionados con violaciones de derechos humanos parece empoderar, en particular, a quienes previamente han sido permisivos —o incluso cómplices— de tales violaciones o crímenes de lesa humanidad, permitiéndoles pasar a la ofensiva. Este desafío pone en tela de juicio el estricto marco teórico sobre la responsabilidad internacional en la protección de los derechos humanos. Parecen sostener como el hecho esencial de que los derechos humanos no son dioses de la política internacional y que la política, aun la más sólida, puede ser frágil, a menudo susceptible a objetivos y factores incontrolables.
El liderazgo populista regional enfatiza la supremacía del poder “soberano” sobre las relaciones internacionales que pueden encaminar la protección de los derechos humanos o que pueden encaminar la acción sobre la retórica; al hacerlo, a menudo genera un discurso que proyecta falta de solidaridad y rendición de cuentas.
En la región, se ha fallado respecto a crear sociedades autodisciplinadas con inteligencia colectiva que puedan prosperar al tiempo que fomenten dinámicas autosostenibles para la protección y promoción de los derechos humanos, dinámicas que permanecen inalteradas por las cambiantes circunstancias políticas. La capacidad de los derechos humanos para estructurar las dinámicas sociales depende de la creación de un entorno crítico que reconozca tanto la interconexión social como la naturaleza única de los problemas humanos.
Por ejemplo, es sumamente difícil para los seguidores de los líderes populistas formular políticas efectivas de derechos humanos; es como si se les prohibiera establecer vínculos estrechos con las instituciones estatales —vínculos necesarios para brindar las soluciones basadas en derechos que se requieren— y se enfrentan a la constante tentación de tomar atajos que, en última instancia, socavan la eficiencia esencial para salvaguardar esos derechos. El liderazgo puede permitir que las instituciones funcionen con eficacia —optimizando así sus resultados—, o bien provocar que fallen, o incluso prescindir de ellas por completo. Resulta evidente que un liderazgo populista, caracterizado por el desdén hacia las instituciones, no logrará obtener resultados positivos en el ámbito de los derechos humanos.
Es clara la argumentación que —más allá del ámbito puramente jurídico— los vínculos con el Estado y con soluciones concretas y orientadas a la acción resultan indispensables para una actividad política eficaz; de hecho, son necesarios, aun cuando tales vínculos conlleven costos políticos. Cuando la defensa de los derechos humanos se limita a la mera emisión de declaraciones, puede compararse con una píldora diaria para mejorar el estado de ánimo, una que tal vez levante el espíritu; pero al mismo tiempo, el organismo continúa padeciendo una infección bacteriana generalizada. El cuerpo solo experimentará un cambio genuino si se administra un antibiótico que ataque directamente a las bacterias; uno que erradique realmente la infección. En lo que respecta a la rendición de cuentas por los resultados de nuestras acciones en el ámbito de los derechos humanos, este constituye siempre un elemento indispensable para la reconstrucción de la solidaridad. Las palabras pueden sostener el espíritu, pero no resuelven los problemas; los problemas se resuelven mediante la acción.
Y la acción reconoce que una política sólida es susceptible a la influencia del liderazgo; y es precisamente el liderazgo —específicamente en lo que atañe a la rendición de cuentas— el que posee la capacidad de concebir la política y sostenerla como una forma de acción moral. Sin embargo, esto depende también de factores tales como la empatía, el poder, la riqueza, entre otros. Una nación en guerra, o una que atraviesa una grave crisis económica o financiera, podría verse imposibilitada para gestionar eficazmente los derechos humanos, aun cuando cuente con una estructura social regida por estándares éticos; es precisamente por ello que un liderazgo político eficaz, sumado a instituciones sólidas y comprometidas, aporta previsibilidad a la gestión de los derechos humanos. Este aspecto resulta fundamental para el avance de los derechos humanos, los cuales se erigen sobre los cimientos proporcionados por las estructuras políticas, sociales y económicas dentro de las cuales deben operar.
Esta dinámica de los derechos humanos se integra en el estudio del poder, las relaciones internacionales y los enfoques éticos específicos que sustentan su funcionamiento. La conceptualización política de la defensa de los derechos humanos presupone un juicio ideológico y situacional y, asimismo, exige responsabilidad emocional; todo ello enmarcado en una adhesión comprometida a las normas universales. En este contexto, destaca la tensión inherente al acto de asumir responsabilidades, una tarea emprendida en defensa de estos derechos. Este empeño busca establecer normas claras, al tiempo que reconoce la necesidad de un liderazgo impulsado por una emotividad positiva, capaz de llevar adelante las políticas de derechos humanos con un compromiso inquebrantable.
Estas condiciones reflejan la dualidad central que puede existir en el ámbito de los derechos humanos: la relación entre los estándares normativos y la realidad de la interdependencia humana de carácter emocional. Dicha realidad conlleva el reconocimiento de atributos específicos, tales como la responsabilidad individual y la naturaleza fundamental de la condición humana. Uno de los cimientos más perdurables de los derechos humanos reside en la introducción de los conceptos de límites y responsabilidad; de hecho, los límites —como aquellos establecidos por la adhesión al Estado de derecho— garantizan el ejercicio más pleno posible de la libertad individual.
Los derechos humanos demuestran que las consecuencias de las acciones políticas a menudo están moldeadas por factores que trascienden las circunstancias inmediatas, tales como nuestra sociedad de origen (incluyendo su estratificación y las oportunidades de movilidad social), el contexto histórico (ya sea democrático o autoritario), el nivel educativo alcanzado o la capacidad de generación de riqueza. El marco de los derechos humanos no puede avanzar ignorando estas condiciones; por el contrario, debe transformarlas en el fundamento mismo para desarrollar una acción política capaz de integrar el principio de la solidaridad humana. La razón resulta fundamental para establecer un marco de realismo moral: uno que afirme la naturaleza intrínsecamente evolutiva de las relaciones humanas, sustentada en la expansión de los derechos a un número cada vez mayor de personas, al tiempo que reconoce que el sufrimiento, las crisis económicas y los errores políticos son componentes inherentes de la experiencia humana, en perpetua evolución. Esto respalda el argumento de que la razón es el factor más relevante en el discurso moral contemporáneo. Dicho discurso debe esforzarse por maximizar tanto la libertad social como la individual, acompañada de las correspondientes responsabilidades individuales y sociales, sin pasar por alto las limitaciones sistémicas o situacionales. La razón y la narrativa política no siempre coinciden; en consecuencia, otro aspecto crucial de los derechos humanos reside en afirmar la primacía de la razón sobre la mera construcción narrativa. El error fundamental de los regímenes que fabrican incesantemente narrativas de una «perfección inmaculada» es que, en un momento crítico determinado, la crisis resultante se vuelve inevitablemente —como ocurre actualmente en Venezuela— absolutamente insostenible.
Uno de los problemas principales en las relaciones internacionales es la propensión para alimentar ciertas narrativas, ya sea como una dinámica de apoyo, por interés propio o debido a una afinidad ideológica. En consecuencia, estos actores internacionales se convierten en una parte sustancial del problema: contribuyendo a las violaciones de los derechos humanos, a crímenes de lesa humanidad en casos extremos, o simplemente a la vulneración de derechos básicos como el acceso a la salud, la alimentación o la educación.
Al articular el fundamento racional de los derechos humanos, estos no se conciben como una fuerza ilimitada dentro de la dinámica de la interacción humana en un mundo incierto. En última instancia, la acumulación de poder político —y la capacidad de influir en los Estados— constituye la capacidad de acción humana requerida para resolver crisis y problemas. Esta perspectiva rechaza la conceptualización distante que a veces caracteriza la visión de los políticos respecto a las necesidades en materia de derechos humanos; un liderazgo político racional debe asumir plenamente los riesgos inherentes a la política humana. Esto implica construir vínculos políticos, económicos y sociales profundos con la ciudadanía, y tomar decisiones difíciles; y permaneciendo abiertos tanto a la alegría como al sufrimiento que acompañan a la defensa, la protección y la promoción de los derechos humanos.
Las políticas de derechos humanos han contribuido a revitalizar el énfasis en la responsabilidad moral y la verdad, y han sentado las bases para una rendición de cuentas racional. La participación político-filosófica de las organizaciones de derechos humanos también ha influido en el desarrollo de la acción narrativa y de la rendición de cuentas racional. El énfasis en la solidaridad como elemento esencial continúa moldeando la noción de necesidad, responsabilidad y desarrollo humano. En conclusión, las deficiencias del liderazgo político —particularmente en sus deberes dentro del ámbito de los derechos humanos— constituyen el problema principal que debe resolverse para alcanzar una solución; esto ofrece una profunda reflexión sobre los límites de la gobernanza humana y la importancia moral de la solidaridad.
La rendición de cuentas en materia de políticas de derechos humanos —situada dentro de la complejidad política de la existencia humana— se erige como uno de los cimientos más sólidos para hacer frente a las diversas crisis sistémicas que surgen en cualquier sociedad. Los derechos humanos nos invitan no a ignorar las vulnerabilidades sociales, sino más bien a cultivar una ética que reconozca nuestra interdependencia, respete la razón como fundamento de las dinámicas sociales y abrace una política sensata como valor esencial —incluso frente a la adversidad—, aunque, cabe señalar, nunca garantizada. Por supuesto, esto debe emprenderse con plena conciencia de las limitaciones inherentes a cualquier sistema moral.
Luego de la construcción de sistemas nacionales sustentables de derechos humanos, el objetivo principal entonces es hacer un llamamiento a la solidaridad internacional —ideológica e integral— para garantizar el apoyo continuo a la defensa, protección y promoción de los Derechos Humanos. Entender la dignidad humana requiere comprender el significado de las desigualdades evidentes entre diferentes países y el valor de reflexionar sobre cómo estas desigualdades crean desigualdad entre los pueblos y entre la gente.
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Marco Rubio confirma más sanciones a Cuba: ¿Habrá ataque militar?

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Dems blast Trump over Virginia FBI raid but probe started under his predecessor

FBI raids VA State Senator L Louise Lucas’ office in corruption probe
Virginia State Senator L. Louise Lucas’s office is raided by the FBI as part of a federal corruption and illegal cannabis business probe. Former Assistant FBI Director Chris Swecker explains the intricacies of such investigations, especially concerning conflicting state and federal laws on marijuana. Swecker states, «This is hugely significant.»
NEWYou can now listen to Fox News articles!
Democrats accused the Trump administration of political prosecution after powerful Virginia Senate President Pro-Tem L. Louise Lucas’ Portsmouth office and cannabis dispensary was raided by the FBI.
However, reports surfaced after the raid that the investigation into the 81-year-old, three-decade senator was started under former President Joe Biden’s administration.
Scandal-plagued Attorney General Jay Jones — whose comments about envisioning the murder of the commonwealth’s former GOP House Speaker roiled his ultimately successful campaign – cast aspersions on President Donald Trump and «failed prosecutions» of his political «enemies.»
«We simply do not have sufficient information about the reported FBI activity in Portsmouth. However, several previous actions of the U.S. Attorney’s Office for the Eastern District of Virginia have undermined public confidence in that office,» he said of the Alexandria-centered prosecutor’s office that handles cases in Lucas’ region.
POWERFUL DEM’S JABS AT TRUMP COME BACK TO HAUNT HER AFTER OFFICE RAIDED BY FBI: ‘AGED WELL’
President Joe Biden winks while hosting U.S. governors and their spouses for a black-tie dinner after the National Governors Association meetings in the State Dining Room of the White House in Washington, D.C., on Feb. 24, 2024. (Saul Loeb/AFP)
«These include the failed prosecutions against President Trump’s stated political enemies, former FBI Director James Comey and New York Attorney General Letitia James that were both dismissed by a judge well before trial. I urge everyone to exercise restraint in judgment until the relevant facts are known in this matter,» Jones said, referring in part to allegations of wrongdoing in connection to a home linked to James in nearby Norfolk.
Rep. Bobby Scott, a Newport News Democrat who has represented Lucas’ area for 33 years, slammed Trump after the raid.
«While we await the full facts of the investigation, it must be acknowledged that this FBI raid occurs in the broader context of President Trump’s repeated abuse of the Department of Justice to target his perceived political opponents,» Scott said, before adding the raid’s timing following Virginia voters approving Lucas’ redistricting bid is notable.
«Senator Lucas helped lead the successful effort by Virginia voters to reject President Trump’s attempt to rig the midterm elections,» he said, going on to echo Jones’ concerns about recent Trump-era prosecutions like those of James, Federal Reserve Chair Jay Powell and ex-G-Man James Comey.
«Like all Americans, Senator Lucas has a right to due process and a presumption of innocence,» Scott said.
One of Lucas’ top allies in Richmond and a fellow Portsmouth lawmaker also expressed outrage and pointed the finger at the White House.
«Let’s start with this: Senator L. Louise Lucas has not been charged with anything! I am deeply concerned by today’s FBI raid,» fumed Virginia House Speaker Don Scott Jr.
«Given the politicization of this administration — an FBI led by Kash Patel and a Justice Department run by President Donald Trump’s former personal attorney — I think people should take this with a grain of salt and allow the facts to come out before jumping to conclusions,» he said.
Speaker Scott said «theatrics and speculation» are overpowering verifiable information about the case before also criticizing Fox News’ reporting of the matter.
THE 6 BIGGEST FBI SCANDALS UNDER THE BIDEN ADMINISTRATION

Sen. L. Louise Lucas speaks on the Senate floor at the Virginia State Capitol in Richmond, Va., on March 8, 2024. (Minh Connors/The Washington Post via Getty Images)
The Associated Press, New York Times and other outlets reported several sources within the federal government telling them the probe that sparked the raids began under the octogenarian Delawarean.
«One of the people said the investigation into Democratic Sen. L. Louise Lucas was opened during Democratic former President Joe Biden’s administration. Both spoke on condition of anonymity to discuss an ongoing criminal investigation,» the AP reported.
Another official told News of the United States (NOTUS) that the probe into Lucas was «financial» in nature and also that it began under Biden, while the New York Times characterized the origination similarly and suggested «corruption and bribery» concerns.
Lucas’ deputy in Richmond also fired off a missive lambasting Trump, claiming he has proven his intent to «target the Commonwealth of Virginia» because it voted for Kamala Harris in 2024.
«Senator L. Louise Lucas is an outspoken and historic figure in Virginia politics and has not been charged with a single crime,» said Senate Majority Leader Scott Surovell, D-Mount Vernon.
Surovell, an attorney in Fairfax County, said Trump «obliterated» the Justice Department’s independence and said the president wrongly removed ex-U.S. Attorney for Western Virginia Todd Gilbert – the same official Jones envisioned the murder of – and «purged» prosecutors’ offices of career staff members.
«Every Virginian should be very worried about the rule of law and how it will be applied in this Country and our Commonwealth,» Surovell said in a statement.
Meanwhile, Lucas fired back in a statement obtained by Richmond conservative radio host John Reid, the 2024 GOP lieutenant gubernatorial nominee.
«Today’s actions by Federal agents are about far more than one state senator; they are about power and who is allowed to act on behalf of the people. What we saw fits a clear pattern from this administration: when challenged, they try to intimidate and silence the voices who stand up to them,» Lucas said.
«I was proud to help lead [the redistricting] effort and I have never been afraid to stand up to Donald Trump or anyone else that has tried to undermine our democracy,» she said, before going on to say she is not backing down and will continue fighting for and representing Portsmouth.
«LOL, sure Louise,» Reid said in response on social media.
«Everyone knows you’re as honest and pure-hearted as the day is long.»
Reid said that casting blame on Trump is the «best play» in this situation because «lots of TDS (Trump Derangement Syndrome) zombies will believe you immediately.»
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Senate Majority Leader Scott Surovell and House Speaker Don Scott Jr. are pictured together in a photo. (Minh Connors for The Washington Post/Shannon Finney/Getty Images for SEIU)
No further information has been released by the FBI about any charges against Lucas, who was not detained in the operation.
The raid began a 48-hour period for Virginia Democrats, who on Friday saw Lucas’ redistricting effort implode in court, giving Republicans nationally a major boost in their efforts to hold the House majority.
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Saltó en paracaídas sobre Escocia y dijo tener una propuesta secreta de Hitler para Churchill

Un vuelo secreto. Un plan delirante. Decenas de leyendas y teorías conspirativas. Una traición. El enojo y descontrol de Hitler. Las sospechas británicas. Un noble escocés desorientado. Churchill viendo una película de los Hermanos Marx. Un hombre que se recluyó en su propio silencio y en su propia locura durante casi medio siglo.
Es la mañana del 10 de mayo de 1941. Adolf Hitler está en su despacho reunido con otros jerarcas nazis. Un hombre ingresa con la cabeza gacha y el paso apurado y alarga, con timidez, una nota al Führer. El hombre, secretario privado de Rudolf Hess, sale más apurado aún que antes sin esperar que le den autorización. De pronto, un grito de Hitler. Un grito agudo, desaforado, cargado de frustración, casi animal. Hizo un bollo con el papel y, tratando destempladamente a los que lo rodeaban, mantuvo actividad frenética, maniática, durante toda la mañana. Cada tanto insultaba al aire, gritaba “¡Traidor!«.
Lo que había leído era una carta que su hombre de confianza le había escrito unas horas antes. Allí Rudolf Hess le contaba de su viaje súbito a Gran Bretaña y de sus planes de paz y de acuerdo con Churchill. Rudolf Hess fue ministro del Reich desde 1933. (Foto: Archivo Federal Alemán)
El vuelo solitario de Rudolf Hess a tierras escocesas, del que se cumplen 85 años, es uno de los grandes misterios de la Segunda Guerra. Es, también, uno de los varios eventos del nazismo que sigue generando mitos, versiones y teorías conspirativas ¿Por qué el tercero en la línea sucesoria del Tercer Reich fue a proponer personalmente un pacto de paz? ¿Fue una iniciativa personal? ¿Sabía Adolf Hitler del viaje? ¿Él lo envió? ¿Simuló Rudolf Hess su amnesia y su locura durante más de cuatro décadas?
Hess preparó su avión durante meses. Un Messerschmitt BF-110. Lo aprovisionó con medicinas, alimentos, abrigo y diversos elementos para la navegación y para su probable estadía en Gran Bretaña.
Despegó de Augsburgo el 9 de mayo de 1941, cuando empezaba a anochecer. Durante esa jornada ninguno de sus colaboradores lo vio alterado; hasta se hizo tiempo para merendar con su familia.
Ya de noche atravesó el Mar del Norte y enfiló hacia Escocia. Allí lo captaron los radares. Aviones ingleses salieron tras la presa pero Hess logró evadirlos. Voló a muy baja altura gran parte del trayecto. El combustible de la nave se consumía. Entre la necesidad de cambiar constantemente la ruta para esquivar al enemigo y la falta de apoyo en tierra, la travesía parecía complicada. Sin embargo, Hess nunca se desorientó. Su plan era aterrizar en una pequeña pista que tenía Lord Hamilton, un noble escocés, en su propiedad, pero no la encontró en la oscuridad. Ya sin combustible volvió a tomar altura para lanzarse en paracaídas. Cuando logró abrir la cabina, desatar el cinturón de seguridad, su pie se enredó y se lastimó el tobillo. De todas maneras logró saltar. Su paracaídas se abrió sin problemas. Cuando hizo contacto en tierra, mientras el avión sin control se estrellaba a unas decenas de metros entre unos pastizales, por el mal estado de su tobillo, golpeó la cabeza y perdió por unos momentos el conocimiento.
(Muchos años después, Rudolf Hess le confesó a su hijo que ese viaje en avión y su capacidad para llegar a destino pese a las circunstancias más que complejas era uno de los mayores orgullos de su vida).
El estruendo del avión estrellándose contra el suelo sacudió a los campesinos escoceses. Los habitantes del lugar atraídos por esa súbita y gigante hoguera se acercaron corriendo para descubrir qué era lo que había caído del cielo. Como eran tiempos de la Segunda Guerra Mundial, a nadie le sorprendió que se tratara de un avión.
El primero en llegar fue David MacLean, un agricultor que vivía a unos cien metros. Mientras corre, piensa la suerte que tuvo: su casa se salvó por poco. El fuego iluminaba a un hombre tirado en el césped, enredado en un paracaídas. Se lo veía conmocionado: “Apenas abrí los ojos, no entendía bien lo que pasaba. Tardé en darme cuenta que estaba en Escocia. Un hombre me ayudó. En la mirada de los otros había compasión y algo de lástima pero yo estaba bien”, dijo el jerarca nazi tiempo después.
MacLean ayudó al paracaidista. Caminaba con dificultad. Pero se recompuso, y con cierta solemnidad, se presentó: “Soy el Capitán Alfred Horn. Necesito hablar de manera urgente con Lord Hamilton”.
Esa misma noche, Lord Hamilton fue avisado de la visita. No conocía a ningún Horn. Sin embargo, a primera hora del día siguiente se encontró con él. Hitler junto a miembros del partido Nazi, Hess el segundo a la derecha. (Foto: Archivo Federal Alemán)
Apenas entró a la sala, el alemán se puso de pie, estiró su mano y dijo: “Soy Rudolf Hess. Vengo en misión humanitaria. Traigo una propuesta de paz del Führer”. Lord Hamilton, al ver al prisionero, lo identificó de inmediato: se habían conocido en los Juegos Olímpicos de Berlín del 36.
Hess, además de su verdadera identidad, reveló el motivo de su peculiar visita. Le dijo que Alemania quería alcanzar un acuerdo de paz. El Duque de Hamilton se negó al diálogo, dijo que todo ese asunto excedía sus posibilidades y alcance, y se retiró. No mentía. El Duque, un anciano en ese entonces, no tenía ya demasiada injerencia en la vida pública inglesa. El interrogante, que no tiene una respuesta unívoca, es por qué Hess consideró que él era el interlocutor válido.
Al noble británico le costó contactar a Winston Churchill. Cada paso de la cadena para llegar hasta él mostraba la incredulidad que generaba la historia. Hamilton viajó en dos aviones hasta llegar a la casa de campo en la que Churchill pasaba el fin de semana. “A ver, cuénteme de este extraño asunto suyo”, le dijo. Después de dos horas de charla, Churchill pidió un respiro porque quería ver una película de los Hermanos Marx.
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Lo que Churchill decidió esa noche fue que debían determinar sin que quedaran dudas la identidad del prisionero, y luego rechazar cualquiera de sus ofertas. Estaba convencido de que no podía ser otra cosa que un engaño.
En la propuesta de Hess, Alemania se comprometía a no atacar a los ingleses y respetar sus colonias en el mundo, mientras tanto los nazis recuperaban los territorios perdidos en la Primera Guerra Mundial y tenían vía libre en el resto de Europa, en especial en la parte oriental. Los británicos sabían que de aceptar esto sólo ganarían un tiempo de paz, pero que en unos años los nazis irían de nuevo contra ellos.
Rudolf Hess acompañó a Hitler en su ascenso al poder. Estuvo en la cárcel con él, fue a quien Hitler le dictó Mi lucha. Ya en el gobierno ocupó distintos puestos, dirigió varios ministerios y siempre -hasta este vuelo- fue su hombre de confianza. Fue el número 2 del Partido Nazi; dirigía mitines, impulsaba leyes como las de Nuremberg, base normativa de la política racista. Pertenecía al círculo íntimo de Hitler.
Sin embargo desde el comienzo de la guerra, había sido desplazado. Eran otros los que eran escuchados con atención por el Führer, otros los que lograban filtrar sus ideas. Göering, Martin Bormann, Himmler, Albert Speer, los jefes de las Fuerzas Armadas. Hess sufría este desplazamiento.
En esos días se estaba por lanzar la Operación Barbarossa, la invasión nazi a la Unión Soviética. Tamaña decisión requería que toda la atención estuviera puesta allí. Se sospecha que ese fue el motivo que impulsó a Hess en su misión. Creyó que de esa manera recuperaría el lugar perdido en la corte del Führer. Si Alemania no tenía que preocuparse por el frente con Inglaterra y se abocaba en exclusividad a los soviéticos, sus posibilidades de triunfo eran mucho mayores. Hess, segundo a la derecha, junto a Hitler y otros tres nazis. (Foto: Museo de la Guerra Imperial)
Además de gritar, llamarlo traidor ante cada interlocutor e insultar al aire, Hitler tomó una decisión. Sin importar como terminara la cuestión, aún si se llegaba a un acuerdo con Churchill, a Hess le esperaba la pena de muerte. Lo sentenció en un minuto. Debía ser ejecutado apenas un alemán lo viera, se lo cruzara. Lo expulsó de todos los cargos oficiales que detentaba y lo degradó. Para Hitler se trataba de la peor traición que había sufrido en su vida pública.
¿Por qué Hess se animó a tanto y además eligió a Lord Hamilton como interlocutor? La teoría más sólida al respecto sostiene que todo se trató de un gran engaño de los servicios secretos ingleses que convencieron al alemán de que el noble sería el puente hacia Churchill (los soviéticos estaban convencidos de que así había sido). La ingeniería del fraude incluyó astrología, videntes y argumentos poco racionales pero a los cuales Hess era permeable (Goebbels utilizó estas inclinaciones de Hess para desprestigiarlo ante la opinión pública una vez que se conoció en Alemania su paseo inglés). El pensamiento mágico se impuso a las razones geopolíticas.
Los ingleses detuvieron a Hess y lo recluyeron. Pasó por varias cárceles y terminó confinado en la Torre de Londres hasta que luego de la guerra fue enviado a Nuremberg para su juzgamiento como criminal de guerra. Hess no fue escuchado por los ingleses y fue negado por los alemanes.
De todas maneras, el detenido no tenía muchas ganas de hablar. No sólo en los momentos de su detención sino a lo largo de los 46 años que le quedaban de vida. Impasible, su regla fue el silencio. Se convirtió en el rey de la desmemoria. Vivió casi medio siglo en una nube de amnesia y silencio.
El comandante inglés Sheppard escribió sobre Hess en un informe del 21 de mayo de 1941, una decena de días después de su detención: “A veces he dudado del equilibrio mental de él. Es astuto y egocéntrico. Tiene muy mal genio y hay que ir con pies de plomo si lo queremos engañar. Su carácter refleja crueldad, brutalidad, falsedad, engreimiento y arrogancia; también algo de cobardía. Creo que se ha quedado sin alma”. Hitler y Hess visitando una de las construcciones del Fürerhaus en Múnich. (Foto: Galería Nacional de Escocia)
Los interrogadores, especialistas en la cuestión, campeones olímpicos en aprovechar ocasiones, en esperar su momento, en filtrarse en los resquicios de la debilidad de sus oponentes, no podían con él. Los hacía perder fácilmente la paciencia. En cada charla, cientos de ellas, en cada interrogatorio, cientos de ellos, las preguntas y las estrategias de acercamiento variaban pero las respuestas eran inmutables. “No lo sé”, “No lo recuerdo” “¿No me diga?”. Rudolf Hess siempre respondía lo mismo.
Nadie le creía.
Convencidos de que estaba actuando, lo presionaban y ponían en juego todas las técnicas de interrogación y seducción conocidas pero ninguna dio resultado. En Nuremberg lo carearon con otros jerarcas caídos en desgracia. Pero nadie logró que hablara ni que demostrara atisbo de recuerdo alguno. Hess se convirtió en el hombre sin memoria.
Muchos nunca le creyeron. Sostenían que todo era una gran puesta en escena. De haber sido así -una posibilidad- se trató de la actuación más convincente y, especialmente, más prolongada de la historia. 46 años de mente en blanco, 46 años de sostener el personaje. Nadie supo bien nunca cuál era el estado mental de Hess. Logró despistarlos a todos. ¿Estaba completamente loco? ¿Era un eximio simulador? ¿O alternaba periodos lúcidos con ataques maníacos?
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En Nuremberg fue condenado a cadena perpetua. El haber estado fuera del juego desde 1941 lo salvó de la horca. Estuvo recluido en Spandau el resto de su vida. Fue el último prisionero. La de Spandau se convirtió durante años en una cárcel, a cargo de cuatro países diferentes, de un solo prisionero. Murió el 17 de agosto de 1987. Tenía 93 años.
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