ECONOMIA
Señal de alarma: volvió el déficit primario en marzo según las cuentas del Congreso

Finalmente se encendió la luz roja que más temía el gobierno: los números fiscales, base del programa económico de Javier Milei, tuvieron un punto de inflexión en marzo, cuando se produjo un regreso a los números en rojo, tanto a nivel primario -es decir, comparando ingresos y gastos corrientes- como en el plano financiero -o sea, descontando además el pago de intereses de la deuda-.
Este es, al menos, el alerta que surge del último informe de la Oficina de Presupuesto del Congreso, que mensualmente informa el resultado de las cuentas fiscales con una semana de antelación respecto de los datos que publica el ministerio de Economía.
Estos números de la OPC suelen ser considerados un predictor de las cifras oficiales, aunque no necesariamente haya coincidencia en las cifras. El reporte cubre la administración central -no todo el sector público- y se trata de cifras «base devengado» y no «base caja» -es decir, sobre los gastos hechos pero no necesariamente ya pagados-, lo que implica que en la versión final podría haber cambios.
Pero más que los números, lo relevante es «la historia» que cuentan las cuentas fiscales: que, luego de ocho meses consecutivos en los que se produjo una caída interanual real del ingreso por impuestos, y ante las dificultades para seguir aplicando la «motosierra» a un gasto público donde ya los recortes gruesos fueron realizados, el resultado fiscal va adelgazando peligrosamente.
Puesto en números, en marzo la OPC registró un ingreso corriente total por $11 billones, mientras los gastos ascendieron a $12 billones. Es decir, un resultado económico en rojo por $1 billón, que se reduce a $700.000 millones cuando se consideran ingresos por inversiones y transferencias de capital.
El resultado financiero, después del pago de intereses de la deuda pública, registra un déficit de $1,3 billones.
La vuelta del gasto público
Estos números marcan el ingreso a una zona peligrosa, en la que el gobierno pone en riesgo su meta fiscal para el año, consistente en un superávit primario de 2,2% del PBI, ampliando el logro del año pasado, cuando el saldo positivo fue del 1,4%.
Y las cifras son el resultado de una combinación letal: ingresos en caída junto con un gasto duro de recortar. De hecho, el renglón del gasto público ya está mostrando una suba en términos reales.
Uno de los rubros en los que el gobierno está «recomponiendo precios relativos», como el de las tarifas a los servicios públicos, fue, paradójicamente, uno de los que registró mayores costos por subsidios. En marzo, el aumento interanual por el subsidio estatal a la energía fue de 89% -hablando en plata, unos $400.000 millones-.
La OPC detalla que este gasto estuvo compuesto por transferencias a Cammesa -la empresa de propiedad mixta que provee en forma mayorista la energía al sistema nacional- para atender la brecha entre los costos y las tarifas de la generación eléctrica. Además, se registraron transferencias al Fondo Fiduciario para Subsidios a Consumos Residenciales de Gas.
También volvieron a registrarse incrementos de gasto en el crucial rubro de jubilaciones y pensiones, que representa, por lejos, el principal rubro del presupuesto, con un 42% del total. En marzo, la erogación fue de $5,1 billones, lo que supone una suba real de 1,1% respecto del año pasado.
Y la perspectiva es que ese gasto continúe al alza, dada la disparada inflacionaria de los últimos meses. Las jubilaciones de marzo tomaron como referencia al IPC de enero, que fue del 2,9%. La misma cifra se aplicará en el pago de abril y, de acuerdo con las previsiones de las consultoras privadas, el número podría ser mayor aun para el pago de pasividades en mayo -que se ajustará según el IPC de marzo-.
Si a las jubilaciones se les suma el gasto por programas de asistencia social y pensiones no contributivas, entonces el gasto por prestaciones sociales saltó a $8,3 billones en marzo, lo que representa un incremento real de 1,6% interanual.
Como casi siempre, el mayor rubro que cumplió el rol de variable de ajuste, fue el de los salarios del personal estatal, también uno de los más voluminosos del presupuesto, con un 11% del gasto público total. En el mes, la masa salarial de los trabajadores públicos cayó un 0,7% real, lo que implica que en el primer trimestre del año acumula una caída de 5,8%.
No es de extrañar que uno de los sectores con mayor conflictividad sindical sea, precisamente, el de los gremios de los trabajadores del Estado, cuyo salario ha evolucionado por debajo de la inflación desde mediados del año pasado, según la estadística del Indec.
Esperando el rebote impositivo
Pese al mal resultado de marzo, cuando se considera el saldo fiscal del primer trimestre, los números siguen siendo positivos, de $6,8 billones a nivel primario y de $2,3 billones en el plano financiero.
La preocupación de los economistas es que, con una economía que todavía no da señales de recuperación plena, no hay optimismo sobre una mejora drástica en el ingreso.
Con apenas un aumento nominal de 26,2%, la recaudación tributaria tuvo una caída interanual de 4,5% -asumiendo que el IPC de marzo rondará el 3% y la inflación anual acumulada será de un 32,2%-. Esto hace que marzo haya tenido una de las peores performances en cuanto a ingreso fiscal, y ponga mayor presión al gobierno para acentuar la «motosierra» sobre el gasto público, de manera de no poner en riesgo el superávit primario.
El ítem más llamativo de la recaudación de marzo es el ligado al comercio exterior. Con apenas $503.000 millones -apenas un 3% en la «torta» de la recaudación-, las retenciones hicieron un aporte muy exiguo. En la comparación interanual es un desplome de 35%, algo que se explica por el boom exportador que se registró un año atrás luego de la rebaja temporaria del impuesto al agro.
Es así que, pese al optimismo por los buenos volúmenes logrados en la cosecha -y el pronóstico de Toto Caputo sobre un ingreso exportador de u$s42.000 millones por aporte del campo-, todavía no se refleja un cambio positivo en la caja de ARCA.
Lo que parece seguro es que, pese a las críticas por los incrementos en los costos de los insumos -derivados del petróleo-, el campo no tendrá este año otra ayuda de un «tax holiday». Los números fiscales están demasiado ajustados como para que Caputo pueda darse el lujo de prescindir de las retenciones.
Sobre todo, cuando acaba de verse obligado a posponer la actualización del impuesto a los combustibles, con el objetivo de no acentuar el malhumor social tras la suba de precios en las estaciones de servicio.
Con una suba real de 35%, el impuesto a los combustibles se ha transformado en uno de los puntales de la recaudación, al punto que ya resulta más importante que los derechos de exportación y los aranceles de importación.
Motosierra cerca del límite
Pero las preocupaciones no se limitan a los ingresos, sino también al rendimiento decreciente de la «motosierra». Los economistas que analizan las cuentas fiscales afirman que el primer año todo se facilitó por la «licuación inflacionaria» de las jubilaciones y por el freno en la obra pública. Pero que, a partir de allí, se ingresa en una etapa en la que la mayor parte del gasto es rígido.
Aun así, empiezan a surgir visiones escépticas sobre que se pueda sostener el superávit únicamente con las subas de tarifas, y será necesario un avance en las reformas de tipo estructural, con mayor recorte en la nómina de empleados estatales. Lo que ven los economistas es que cada vez se necesita un esfuerzo mayor en el recorte, para obtener una mejora marginal en las cuentas.
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ECONOMIA
Caputo reconoció poco margen para más recortes: apuesta al crecimiento y al empleo formal para sostener el superávit fiscal

El equilibrio de las finanzas públicas es la piedra basal del programa económico impulsado por el gobierno de Javier Milei. Desde el inicio de su gestión, la administración aplicó un recorte significativo del gasto público con el objetivo de alcanzar el superávit fiscal. Sin embargo, el propio equipo económico reconoce que el margen para continuar con el ajuste se achicó en los últimos meses. Por este motivo, el Ministerio de Economía enfoca ahora sus esfuerzos en dos variables clave para sostener el balance presupuestario: el crecimiento económico y la formalización del empleo.
El ministro de Economía, Luis Caputo, sostuvo recientemente que la gestión busca avanzar con la reducción de impuestos para mejorar la competitividad de la economía. No obstante, advirtió que el ajuste del gasto público parece haber alcanzado su límite. “Para eso tenés que recaudar más porque seguir generando superávit vía ajuste ya es muy difícil. Estamos en un nivel de gasto de 15 puntos del Producto Bruto Interno (PBI). Para dar una idea, es el nivel de gasto que había en los 90 y es 10 puntos menos de lo que fue el pico hace ocho años”, explicó Caputo en el programa Economía de quincho.
Tenés que recaudar más porque seguir generando superávit vía ajuste ya es muy difícil. Estamos en un nivel de gasto de 15 puntos del PBI (Caputo)
Una proporción significativa del gasto del Estado nacional está indexada por ley, lo que impide su reducción discrecional. En estos casos, partidas como jubilaciones, pensiones y asignaciones familiares se actualizan de manera automática en función de la inflación de dos meses antes, sin necesidad de una decisión puntual del Gobierno para cada ajuste.
En este contexto, el plan del Gobierno combina nuevos recortes en áreas donde aún es posible -como la reciente reducción de $2,5 billones en partidas de Economía, Salud, Capital Humano e Interior- con la apuesta a una mejora en la recaudación. Para lograrlo, deben darse dos condiciones fundamentales: aumento de la actividad económica e integración de trabajadores al empleo formal.
En relación con el primer objetivo, el Estimador Mensual de la Actividad Económica (EMAE) registró en marzo un incremento de 3,5% respecto del mes anterior y de 5,5% en la comparación interanual. Sin embargo, esa mejora no se tradujo en una mayor recaudación. De hecho, los números oficiales de la Agencia de Recaudación y Control Aduanero (ARCA) acumulan nueve meses consecutivos de caídas en términos reales, descontando el efecto de la inflación.
En abril, la captación de recursos se vio afectada por la desaceleración de las importaciones, resultado de una alta base de comparación tras el fuerte crecimiento registrado en los primeros meses del año pasado. Además, la reducción de las alícuotas de Derechos de Exportación para productos como soja, trigo y maíz incidió en los ingresos por ese concepto.
En el IVA impositivo, influyeron negativamente el mayor acogimiento de deuda corriente a planes de pago y el aumento de devoluciones vinculadas al régimen de comercialización de granos
En el IVA impositivo, influyeron negativamente el mayor acogimiento de deuda corriente a planes de pago y el aumento de devoluciones vinculadas al régimen de comercialización de granos y otros conceptos. En el IVA aduanero, el menor ritmo de importaciones tampoco se compensó con el incremento del tipo de cambio ni con la presencia de un día hábil adicional respecto del año anterior.
En cuanto al proceso de regularización laboral, que busca revertir un nivel de informalidad superior al 40% a nivel nacional, el Gobierno apuesta a la Ley de Modernización Laboral. Parte de la normativa aún está pendiente de reglamentación, en especial artículos centrales como la creación del Fondo de Asistencia Laboral (FAL) y las rebajas en las cargas para nuevas contrataciones.
Una excepción es el Régimen de Incentivo a la Formalización Laboral (RIFL), reglamentado a comienzos de mes, que prevé una reducción de las contribuciones patronales para las empresas que incorporen trabajadores al empleo registrado en el sector privado. Sobre este punto, la idea oficial es recaudar más a mida que crezca la base de empleados formales.
Un informe de la consultora Equilibra destacó que en abril “los ingresos totales cayeron en términos reales 2,1% interanual (i.a.), producto de la contracción de los recursos tributarios (-4,1% real i.a.) y una expansión del 20% i.a. del resto de los ingresos”.
La firma alertó que el gasto primario real aumentó, impulsado por mayores subsidios económicos, erogaciones de capital y otros gastos corrientes, mientras que las transferencias a universidades y provincias mostraron fuertes retracciones. Además, la reducción de la deuda flotante, que había registrado un fuerte salto en marzo, durante el mes estuvo vinculada a la cancelación de obligaciones pendientes.
El director del Instituto Argentino de Análisis Fiscal (Iaraf), Nadin Argañaraz, evaluó que “sin los ingresos por privatizaciones, el superávit primario hubiese caído 26,7% real y el financiero hubiese bajado 62% real”.

Las privatizaciones tienen un impacto puntual en las cuentas públicas, ya que representan una extraordinaria de carácter no recurrente. Este tipo de operaciones aporta recursos solo en el momento en que se concretan, por lo que su efecto sobre la recaudación y el resultado fiscal se limita a ese período, dado que no genera un flujo permanente para las arcas estatales.
El reporte de Argañaraz remarcó que los ingresos tributarios presentaron un descenso real de 7,1% en el primer cuatrimestre, compensado en parte por un crecimiento del 33% en los ingresos no tributarios, influido por la concesión de la gestión de las cuatro represas del Comahue.
La clave de abril estuvo en las privatizaciones y ventas de activos estatales, que aportaron un ingreso extra superior a los $80.000 millones y compensaron el retroceso del 4,1% en la recaudación tributaria (Morales)
El analista financiero de Wise Capital, Ignacio Morales, “la clave del mes estuvo en las privatizaciones y ventas de activos estatales, que aportaron un ingreso extra superior a los $80.000 millones y compensaron el retroceso del 4,1% en la recaudación tributaria”. Morales agregó que, a pesar de estos ingresos extraordinarios, el superávit financiero acumulado tuvo una caída real del 64,6% frente a abril del año anterior.
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ECONOMIA
Broker revela su estrategia para invertir $1 millón en 9 CEDEARs con mucho potencial

La estabilidad en el dólar genera, de cierta manera, que los CEDEARs vuelvan a ocupar un lugar central dentro de las carteras de inversión. Estos instrumentos permiten posicionarse en activos que siguen la evolución de empresas y ETFs de Estados Unidos, pero operando desde el mercado local y en pesos, lo que los convierte en una alternativa atractiva para quienes buscan exposición internacional sin salir del sistema financiero argentino.
Y es que bajo esa premisa, aparece la Cartera Dinámica de PPI, una estrategia diseñada para perfiles agresivos y con horizonte de largo plazo, que combina CEDEARs de ETFs con acciones puntuales de compañías internacionales. La propuesta se apoya en la idea de que, para capturar oportunidades en Wall Street desde el mercado local, el inversor argentino puede utilizar instrumentos que cotizan en pesos, pero que siguen la evolución de activos internacionales y, además, incorporan la dinámica del tipo de cambio contado con liquidación.
En una cartera de $1 millón, el armado sugerido concentra el 90% en CEDEARs de ETFs y deja el 10% restante en CEDEARs de acciones individuales. Traducido a montos concretos, implica colocar $900.000 en fondos cotizantes y $100.000 en dos empresas tecnológicas de alto crecimiento, con Microsoft y Nvidia como protagonistas.
La estructura muestra una estrategia claramente orientada a activos internacionales, pero con una diversificación interna relevante. No todo queda concentrado en tecnología, aun cuando ese sector aparece como uno de los motores de retorno, ya que también hay presencia de bancos, servicios públicos, salud, oro, petróleo y el índice amplio de Estados Unidos, lo que permite repartir el riesgo entre distintos factores de mercado.
Cómo queda distribuida la estrategia del millón
El mayor peso de la cartera está en XLU, el ETF que sigue al sector de servicios públicos de Estados Unidos. La posición representa el 25% del total, por lo que en una estrategia de $1 millón equivale a $250.000. A primera vista puede llamar la atención que una cartera agresiva tenga como principal exposición a un sector que tradicionalmente se considera defensivo, pero el contexto cambió.
Las utilities dejaron de ser miradas solamente como empresas estables, reguladas y de baja volatilidad: en los últimos años, una parte del mercado empezó a asociarlas con la expansión de la demanda eléctrica vinculada a la inteligencia artificial, centros de datos, electrificación de procesos productivos y un mayor consumo energético. Esa combinación puede darle al sector un atractivo adicional en un portafolio de largo plazo.
La segunda posición relevante es XLF, el ETF financiero, con una ponderación del 20%, equivalente a $200.000. Este fondo ofrece exposición a bancos, aseguradoras, compañías de servicios financieros y firmas vinculadas al crédito. El sector suele tener buen desempeño cuando mejora la expectativa sobre la economía estadounidense, se estabiliza la curva de tasas o el mercado descuenta una mayor actividad. Sin embargo, también es sensible a episodios de estrés bancario, deterioro del crédito o cambios bruscos en la política monetaria.
Con el mismo peso aparece SPY, el ETF que replica al S&P 500. También representa el 20% de la cartera, por lo que implica una inversión de $200.000. Esta posición funciona como el núcleo más diversificado del armado, ya que permite capturar el desempeño de las principales compañías estadounidenses sin tener que elegir una acción específica. En una estrategia agresiva, SPY aporta exposición al mercado accionario más importante del mundo y reduce parcialmente el riesgo de depender de pocos nombres.
Luego figura QQQ, el ETF asociado al Nasdaq 100, con una asignación del 10%, equivalente a $100.000. Este tramo es más agresivo que SPY porque concentra mayor peso en tecnología, comunicaciones y compañías de crecimiento. QQQ puede potenciar el retorno cuando el apetito por el riesgo internacional mejora y las grandes tecnológicas lideran las subas, aunque también suele sufrir más en escenarios de tasas altas, compresión de múltiplos o toma de ganancias en acciones de crecimiento.
La cartera se completa, dentro del bloque de ETFs, con tres posiciones del 5% cada una. XLV, vinculado al sector salud, representa $50.000; GLD, que sigue al oro, suma otros $50.000; y USO, relacionado con el petróleo, también ocupa $50.000. Estas tres posiciones cumplen funciones distintas dentro del portafolio. Salud aporta exposición a un sector con demanda relativamente estable; el oro funciona como cobertura parcial ante episodios de tensión financiera o pérdida de confianza en monedas, y el petróleo introduce una apuesta sobre energía y commodities.
El 10% final está en acciones puntuales. Microsoft pesa un 5%, lo que implica $50.000, y Nvidia también representa un 5%, otros $50.000. En ambos casos, la apuesta apunta al crecimiento de la inteligencia artificial, la computación en la nube, el software corporativo, los chips avanzados y la infraestructura tecnológica. Son empresas de enorme calidad, pero con valuaciones exigentes y alta sensibilidad a las expectativas de resultados. La distribución completa queda de esta manera:
- XLU, 25%: $250.000
- XLF, 20%: $200.000
- SPY, 20%: $200.000
- QQQ, 10%: $100.000
- XLV, 5%: $50.000
- GLD, 5%: $50.000
- USO, 5%: $50.000
- Microsoft, 5%: $50.000
- Nvidia, 5%: $50.000
Para qué perfil tiene sentido esta cartera
La estrategia agresiva del millón con CEDEARs no está pensada para cualquier inversor y tiene sentido solo para quienes buscan retorno en dólares, aceptan fluctuaciones relevantes y no necesitan disponer del dinero en el corto plazo. El horizonte de largo plazo es central porque una cartera con este nivel de exposición a renta variable puede tener caídas temporales significativas.
El armado tampoco luce adecuado para cubrir gastos corrientes, fondos de emergencia o capital que deba usarse en pocos meses. Una corrección fuerte en Wall Street, una baja del contado con liquidación o una rotación internacional fuera de tecnología pueden afectar el valor de la cartera justo cuando el inversor necesita vender. En ese caso, el riesgo no pasa solamente por la calidad de los activos, sino por el momento de entrada y salida.
Para perfiles más agresivos, en cambio, la combinación puede resultar atractiva porque permite acceder a sectores líderes de Estados Unidos desde Argentina, con una estructura simple y diversificada. En lugar de elegir diez o quince acciones individuales, el inversor se apoya en ETFs que ordenan la exposición y dejan una porción menor para apuestas puntuales de alto crecimiento.
El componente más defensivo relativo aparece en XLU, XLV y GLD, aunque eso no convierte a la cartera en conservadora. Los servicios públicos, la salud y el oro ayudan a moderar parte de la volatilidad, pero el peso de la renta variable sigue siendo dominante. Además, algunos ETFs sectoriales pueden tener movimientos fuertes si cambia el humor del mercado o si se modifican las expectativas sobre tasas, inflación y crecimiento.
En el caso de XLF, el riesgo principal está asociado al ciclo financiero. Una economía más fuerte y una curva de tasas más favorable pueden beneficiar al sector, pero un deterioro de la calidad crediticia o una desaceleración más profunda pueden afectar balances y valuaciones. En USO, la volatilidad puede ser incluso mayor, porque el petróleo reacciona a variables geopolíticas, decisiones de producción, inventarios y expectativas de demanda internacional.
La parte tecnológica, a través de QQQ, Microsoft y Nvidia, aporta el potencial más visible de crecimiento, pero también concentra una parte importante del riesgo de valuación. Después de varios años de fuerte entusiasmo por la inteligencia artificial, el mercado suele exigir que las ganancias acompañen las expectativas.
Por eso, la clave de esta cartera no está solamente en comprar los instrumentos, sino en sostener una disciplina de seguimiento. Una estrategia dinámica requiere revisar ponderaciones, analizar si algún sector quedó demasiado caro, evaluar si conviene rebalancear y evitar que una suba muy fuerte de una posición cambie por completo el perfil de riesgo original.
También conviene mirar los costos operativos, la liquidez de cada CEDEAR en el mercado y el horizonte de la inversión. En carteras chicas o medianas, operar demasiados instrumentos puede encarecer los movimientos si no se planifica bien. En una cartera de $1 millón, la distribución propuesta es alcanzable, pero exige tener en cuenta precios mínimos, múltiplos de negociación y la disponibilidad de cada activo en el mercado local.
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ECONOMIA
Argentinos en colectivo: cuáles son las ciudades más caras y más baratas para el autotransporte urbano de pasajeros

El precio del boleto de colectivo sigue mostrando grandes diferencias entre ciudades, en un contexto marcado por nuevas actualizaciones tarifarias y cambios en los esquemas de subsidios. Mientras algunos distritos aplicaron aumentos en las últimas semanas para recomponer costos operativos, otros mantienen tarifas considerablemente más bajas, lo que profundiza la brecha entre los extremos del mapa urbano argentino.
El relevamiento de tarifas correspondiente a mayo de 2026 muestra que viajar en colectivo puede costar más del doble según la ciudad. Las diferencias no sólo responden a decisiones locales sobre subsidios o estructura de costos, sino también al nivel de financiamiento provincial y municipal, la cantidad de pasajeros transportados y la situación económica de cada sistema de transporte.
Entre las tarifas más elevadas del país aparecen varias ciudades del interior que durante los últimos meses aplicaron ajustes para sostener el funcionamiento de los servicios urbanos. En el tope del ranking se ubica Pinamar, con un boleto mínimo de $2.625 (la ciudad cobra tarifas diferentes para residentes y no residentes). Le sigue San Martín de los Andes, con $2.500, y Centenario —localidad neuquina— con $2.478. Completan el grupo de las más caras Pergamino ($2.332), Bariloche ($2.046) y Eldorado ($2.000), según relevamientos realizados por el Instituto Interdisciplinario de Economía Política (IIEP) y la Asociación Argentina de Empresarios del Transporte Automotor (Aaeta).
Se trata, en su mayoría, de ciudades medianas o de perfil turístico, donde el sistema de transporte público suele tener menor escala y, por lo tanto, menos posibilidades de distribuir costos entre una gran cantidad de pasajeros. Eso se traduce, en general, en tarifas más altas.
En la franja intermedia del ranking aparecen algunas de las ciudades más pobladas del interior del país. Santa Fe encabeza ese grupo con $1.900. Más abajo se ubican las capitales de Córdoba, Rosario y Paraná, que comparten el mismo valor: $1.720. En el puesto 22 aparece Mendoza, con un boleto mínimo de $1.400.
En el extremo opuesto del cuadro, las tarifas más bajas del país corresponden a la región más poblada: el Área Metropolitana de Buenos Aires (AMBA). El boleto de las líneas nacionales del AMBA cuesta actualmente $714, el de las líneas porteñas (CABA) asciende a $754, y el de las líneas de la provincia de Buenos Aires llega a $969. Partido de la Costa, con $698, es la única jurisdicción que se ubica por debajo de las líneas nacionales del AMBA.
También están en la franja baja General Pico ($800) y Viedma ($980). Un grupo de ciudades se posiciona exactamente en los $1.000: Villa Mercedes, Villa María, San Luis, Trelew y La Rioja.
Que el AMBA concentre las tarifas más bajas no es casual. Las líneas de jurisdicción nacional reciben subsidios del Estado nacional que permiten mantener los valores deprimidos respecto del resto del país. Sin embargo, esa diferencia tiene un costo: según informó Infobae días atrás, la Secretaría de Transporte de la Nación adeuda a las empresas de colectivos del AMBA $35.000 millones en concepto de “atributo social”, lo que derivó en una reducción de frecuencias que afectó a miles de pasajeros.
En las últimas semanas, varias ciudades ajustaron sus tarifas. Uno de los incrementos más significativos se registró en Villa Mercedes, donde el boleto subió un 17,65%. En la provincia de Buenos Aires, el aumento fue del 16,33%, mientras que en Santa Fe el boleto trepó un 10,47% y en CABA un 10,56%.

En el caso del AMBA nacional, el aumento fue más moderado: el boleto pasó de $700 a $714, lo que representa una suba del 2%. El Gobierno prevé dos incrementos adicionales para los meses siguientes —en junio y julio— de igual magnitud, lo que llevaría el valor a $742 hacia mediados del tercer trimestre del año.
Ese esquema escalonado fue cuestionado por las empresas del sector, que sostienen que los ajustes están por debajo de la inflación y no alcanzan para cubrir el aumento de los costos operativos, en particular el del combustible.
Una brecha que se agranda
La combinación de aumentos en el interior y subas más moderadas en el AMBA profundiza una diferencia tarifaria que ya era marcada. Mientras ciudades como Córdoba, Rosario o Santa Fe superan ampliamente los $1.700, las líneas nacionales del AMBA se mantienen por debajo de los $750.
Esa distancia no solo refleja distintas políticas de subsidios, sino también realidades operativas diferentes: sistemas de mayor escala, distintos niveles de cobertura estatal y estructuras de costos que varían según la región. El resultado es un mapa tarifario fragmentado, donde el precio de un viaje en colectivo depende, en gran medida, de en qué ciudad se vive.
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