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Simon Mozgovyi, cineasta ucraniano: “Rusia quiere capturar mentes antes de capturar territorios”

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Simon Mozgovyi nació en Kharkiv en 1992 y codirige Militantropos junto a Yelizaveta Smith y Alina Gorlova. Integra el colectivo ucraniano Tabor. (Jaime Olivos/Infobae)

La casa sigue en pie, en la zona sur de Kharkiv, a cuarenta kilómetros de la frontera rusa. Pero está vacía. La familia se fue a Estados Unidos como refugiada, y Simon Mozgovyi, que tiene más de treinta años, viaja de tanto en tanto solo para apagar la calefacción, cortar el agua y ver cómo el polvo se acumula un poco más. “Es como si me hubiera saltado décadas”, dice a Infobae el cineasta ucraniano, sentado en el bar de un hotel porteño. Nació en esa ciudad en 1992, estudió dirección de cine en la Academia Estatal de Cultura local y entre 2013 y 2018 actuó en el Teatro DAKH de Kiev. Su ópera prima documental, The Winter Garden’s Tale (2018), ganó el premio a Mejor Película Ucraniana en Docudays UA. Hoy integra el colectivo Tabor y es becario del Sundance Documentary Program.

Cuando Rusia lanzó la invasión a gran escala, en febrero de 2022, Mozgovyi estaba en Kramatorsk trabajando como productor de campo para un medio árabe. Volvió a Kiev, se sumó al ejército ucraniano durante un mes de manera no oficial y, apenas pudo, volvió a levantar la cámara. Parte de ese material terminó en Militantropos (2025), codirigida con Yelizaveta Smith y Alina Gorlova, primera entrega de la trilogía The Days I Would Like to Forget (Los días que quisiera olvidar). El título del filme es un neologismo grecolatino que nombra a la persona en la que se transforma el ser humano en tiempos de guerra. La película elude los recursos del cine bélico clásico: no hay primeros planos del dolor, ni cámara lenta, ni imágenes explícitas. Son lentes largos, distancia, composición cuidada. Una manera de filmar que, dice el director, surgió de manera orgánica entre los cineastas que trabajaron en el proyecto.

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El tráiler de la película «Militantropos» del colectivo TABOR, compuesto por Yelizaveta Smith, Alina Gorlova y Simon Mozgovyi.

Más de cuatro años después del inicio de la invasión, Mozgovyi llegó a Buenos Aires para presentar el documental en el BAFICI. En la conversación habla del colectivo Tabor, de cómo la guerra reescribe el tiempo —“es como si te hubieran cortado del futuro”— y de esa transformación interior que, dice, ya no tiene vuelta atrás. También, de algo más íntimo. Anoche cenó cerca del hotel y se cruzó con un bingo musical en un café. La gente bailaba, cantaba, se reía. “Fue muy inspirador ver esa alegría pura”, dice. “Eso es lo que más extraño”.

—Kharkiv, su ciudad natal, queda a cuarenta kilómetros de la frontera rusa y fue una de las más castigadas por los bombardeos. ¿Qué siente cuando vuelve?

—La ciudad cambió muchísimo. Antes de la invasión tenía alrededor de dos millones setecientos mil habitantes. En 2022 quedaron unos cuatrocientos mil. Ahora, con la llegada de refugiados del este, la población ronda el millón trescientos mil. Es, en cierto modo, el escudo más grande del país. La invasión produce una sensación muy particular: es como si te hubieran cortado del futuro. Tus planes —formar una familia, comprar una casa— dejan de ser una opción. Y también nos quitaron el pasado: los recuerdos de tu ciudad ya no son los mismos. Estás atrapado en un presente permanente que dura años. Mi casa sigue en pie, pero mi familia está refugiada en Estados Unidos. Es una casa vacía. Tengo más de treinta años y no tengo la posibilidad de volver a ver a mi mamá, de descansar como uno lo haría a esta edad. Es como si me hubiera saltado décadas. Vuelvo y veo cómo se va cubriendo de polvo, congelada en el tiempo. Es solo un recuerdo.

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Simon Mozgovyi
Mozgovyi durante la entrevista con Infobae. Cuando empezó la invasión rusa en febrero de 2022, se sumó al ejército ucraniano durante un mes de manera no oficial. (Jaime Olivos/Infobae)

—¿Cuál fue la primera imagen que filmó tras el inicio de la invasión?

—Fue dentro del ejército. Era un entrenamiento sobre cómo usar armas antitanque NLAW británicas y misiles Stinger. Unas semanas más tarde, los del colectivo hablamos y nos dimos cuenta de que cada uno estaba filmando por su cuenta, porque era lo único que sabíamos hacer. La cámara era también una forma de lidiar con la realidad. Durante casi medio año no pude pensar como cineasta ni como director. Filmaba solo como camarógrafo, poniendo imágenes en el cuadro, sin poder reflexionar sobre ellas. Eso volvió después. La cámara también era una manera de sostener tu identidad en medio de todo eso.

—El título de la película, Militantropos, es un neologismo que une el miles latino —soldado— con el anthropos griego —ser humano. Nombra al humano que la guerra convierte en combatiente. ¿Siente que usted se convirtió en uno? ¿Se puede volver atrás?

—Es algo que te cambia tan profundamente por dentro que se queda con vos. No hay nada bueno ni malo: es un proceso que no podés controlar. Nuestra vida anterior, el mundo anterior, ya no existe. En Ucrania, al menos, tenemos la posibilidad —a un precio altísimo— de estar preparados para lo que viene. Es esa cercanía con la muerte la que te transforma en Militantropos. No vas a poder olvidarlo, ni detrás de eso vas a poder retomar una vida ordinaria.

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Una escena de evacuación en Militantropos: las despedidas entre quienes se van y quienes se quedan. Mozgovyi y su equipo filmaron estas escenas en Vovchansk, tras la segunda ocupación rusa. (Captura de pantalla)
Una escena de evacuación en Militantropos: las despedidas entre quienes se van y quienes se quedan. Mozgovyi y su equipo filmaron estas escenas en Vovchansk, tras la segunda ocupación rusa. (Captura de pantalla)

—La película rehúye los recursos habituales del cine bélico: no hay primeros planos del dolor, ni sangre, ni cámara lenta. Y sin embargo vivimos bombardeados por imágenes explícitas de guerra en las redes sociales, que terminan anestesiándonos. ¿Cómo llegaron a esa decisión estética?

—No fue una decisión, surgió de manera orgánica. Los seis —los tres directores y los tres cinematógrafos— llevamos más de una década abordando temas bélicos desde distintas perspectivas. Ninguno quería hacer más películas sobre la guerra; queríamos avanzar, hacer otras cosas, pero nos vimos obligados. Con esa trayectoria, decidimos ir más profundo, al origen de la guerra. Esta película no pretende ser la primera sobre el tema, ni la mejor en términos de dirección. No se trata del ego del cineasta. Es una experiencia inmersiva que permite al público explorarlo desde otras perspectivas. Y sí, creo que también hay algo de esto: la gente está anestesiada con tantas imágenes. Es un mundo extraño cuando uno puede ver, mientras desayuna, imágenes de niños muertos. El cine no es prensa ni periodismo. El cine puede ir más adentro.

— Codirige con Smith y Gorlova. ¿Cómo funciona esa dirección a seis manos?

—No discrepamos tanto. Tenemos una visión muy compartida de cómo debe hacerse el cine documental creativo. En una película de esta escala, sobre un evento tan enorme y con tantos temas, tener múltiples perspectivas de cineastas en lugar de una sola le da mucha más fuerza al resultado. Y más allá del trabajo, estar juntos en medio de eventos tan horribles durante tanto tiempo fue fundamental. Cuando te sentís devastado, tenés un colega que puede quedarse en la sala de edición y seguir trabajando cuando vos ya no podés.

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Simon Mozgovyi
El cineasta ucraniano en la avenida Callao. Llegó a Buenos Aires para presentar en el BAFICI «Militantropos», primera entrega de la trilogía «Los días que quisiera olvidar». (Jaime Olivos/Infobae)

—Usted se formó en el teatro experimental. Al filmar escenas como un aula en el subte o una boda en un búnker, ¿las ve como pequeñas puestas en escena que la gente monta para sostener una identidad frente al absurdo de la guerra? ¿Funciona el ritual como un escudo?

—Lo que el enemigo quiere que el mundo piense sobre la guerra es que solo hay cadáveres de niños en casas destruidas. Pero la guerra no es solo eso. Te despertás después de algo horrible y vas a buscar tu café, a la peluquería, al trabajo. Ucrania no es un país pequeño masivamente atacado. Es un país enorme, con cultura, con ópera, con música contemporánea, con teatro. Uno sigue viviendo a pesar de todo. Esas escenas no estaban armadas. Hay algo muy emocionante en ver cómo textos antiquísimos, canciones de trescientos años, son relevantes hoy. Solemos decir que nuestra guerra con Rusia tiene once años, pero en realidad son al menos trescientos. Siglos de intentar borrar nuestra identidad. Por eso esas cosas arcaicas se vuelven tan relevantes ahora.

—¿Qué le sorprendió de los ucranianos en estos años?

—La guerra te muestra cómo es una persona. Si sos mala, potencia lo peor; si sos buena, potencia lo mejor. Lo que más me inspiró fue la cantidad de gente extraordinaria que conocí. La solidaridad fue fundamental: el cuidado entre la gente y también hacia los animales. Durante las evacuaciones, había personas que decían que no podían irse hasta encontrar la manera de evacuar a su vaca, o que no iban a abandonar a sus perros. La parte oscura es que la gente no estaba preparada. Nunca creemos que lo peor nos puede pasar a nosotros hasta que ocurre. La mente te juega esa trampa de “todo va a estar bien”. Y no está bien. Pagamos un precio enorme por eso.

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Soldados ucranianos en una escena de Militantropos. El documental rehúye los recursos clásicos del cine bélico: no hay primeros planos del dolor, ni sangre, ni cámara lenta. (Captura de pantalla)
Soldados ucranianos en una escena de Militantropos. El documental rehúye los recursos clásicos del cine bélico: no hay primeros planos del dolor, ni sangre, ni cámara lenta. (Captura de pantalla)

—Alina Gorlova dijo que ustedes están cansados de la palabra “cansancio”. ¿Hay una fatiga real del mundo frente a Ucrania?

—Estamos cansados dentro de la guerra. Y estamos cansados de la gente que está cansada de nuestra situación. Estamos cansados de ser percibidos como víctimas, cuando la gente dice “qué pena” y vuelve a su vida normal. Esa empatía falsa irrita. Queremos que llame al mal por su nombre y al bien por el suyo. Estamos pagando un precio enorme para que Europa esté preparada. Si Ucrania cae, serán los próximos. Dentro del país estamos agotados, casi vacíos por dentro. La gente está llegando al límite. Y el final de esta maratón todavía no se ve. Pueden ser cinco años, diez, un mes. Nadie lo sabe.

Dos niñas sentadas en hierba alta. La mayor, con pelo rojizo, sostiene una fresa mirando a la menor, quien usa camiseta a rayas. Un oso de peluche rosa entre ellas. Fondo con árboles y casas
Dos niñas juegan en un prado en una escena de Militantropos. «Ucrania no es un país pequeño masivamente atacado. Es un país enorme, con cultura», dice Mozgovyi. (Captura de pantalla)

—En América Latina la guerra se ve con distancia. ¿Le incomoda esa mirada?

—Me preocupa cómo funciona la propaganda rusa y autoritaria en general en los países del sur global, incluida la influencia china. Se construye una narrativa de que Ucrania es un apéndice de Estados Unidos y que, por lo tanto, hay que estar del lado de Rusia. Pero los regímenes autoritarios afectan a todo el planeta. El Imperio Ruso es el último que queda, y hace lo que hacen los imperios hasta que caen. Hay cosas que nos unen. Hay más de dos mil cien casos oficialmente investigados de niños ucranianos deportados a Rusia, algunos incluso a Corea del Norte, donde son obligados a abandonar su identidad. Sé que en Argentina, durante la dictadura, hubo situaciones similares. Eso puede ser un punto de conexión. Nosotros no invadimos Rusia. Nos invadieron porque queremos vivir en un país de dignidad y libertad. Una película puede dar una experiencia que las estadísticas no dan.

—¿Qué puede hacer el documental ucraniano frente al aparato masivo de propaganda rusa? ¿Contrarrelato, testimonio, archivo?

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—Hacemos lo que podemos. Al principio de la invasión, cuando planteamos cancelar la cultura rusa —porque es parte de su poder blando, su manera de capturar mentes antes de capturar territorios—, no era una idea popular en Occidente. Pero cuando el noventa y ocho por ciento de los rusos apoya la invasión, según sus propias estadísticas opositoras, hay que hablar de responsabilidad colectiva. Nuestra única opción es seguir filmando e intentar que el mundo lo escuche y lo vea. Si no, serán los rusos quienes lleguen y difundan sus narrativas, sus posverdades. Y quizás no solo para ahora: creemos que Militantropos es algo que va a perdurar, que dentro de décadas le permitirá a la gente entender antropológicamente lo que pasó y construir un futuro mejor.

Simon Mozgovyi
Mozgovyi en Buenos Aires. «Es la primera vez que estoy en América Latina. Leí libros sobre esta ciudad y ahora estoy acá», dice el cineasta ucraniano. (Jaime Olivos/Infobae)

—Después de cuatro años de guerra, ¿qué extraña más?

—[suspira] La alegría. La alegría pura. El estrés postraumático funciona de una manera particular: no solo te adormece las emociones malas, también las buenas. Tu mente intenta estabilizarse. Y extrañás, simplemente, poder ser feliz. Anoche fui a cenar en Buenos Aires y había un bingo musical en un café. Estaba abarrotado, la gente bailaba y cantaba. Fue muy inspirador ver esa alegría pura. Es la primera vez que estoy en América Latina, la primera vez en Buenos Aires. Leí libros sobre esta ciudad y ahora estoy acá. Pero es como llevarse un caracol al oído: escuchás algo, sí, pero no es el mar, no es la ciudad. Es solo un caracol. Eso es lo más difícil. La alegría pura: eso es lo que más extraño.



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Panorama Internacional: algo más que las urnas polarizadas de las Américas

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Las elecciones en Colombia, con la victoria del empresario Abelardo De la Espriella, amplifican el giro a la derecha en la región luego de Argentina, Chile, Bolivia, Honduras o Costa Rica. Se trata del movimiento inverso hacia la centroizquierda o alternativas similares que marcó los primeros quince años del siglo. Aquella fue una etapa de cierta bonanza por los precios de los commodities alimenticios y energéticos; esta, en cambio, una de escaseces que pegan en un amplio espacio de las poblaciones, cancelando o comprometiendo el crecimiento personal. La CEPAL suele describir ese defecto como “una doble trampa de bajo crecimiento y alta desigualdad, y la erosión de la movilidad social que se vivió en la década previa”.

Es lo que ha ocurrido también en el balotaje peruano, con el agravante de que allí la división entre derechas y centroizquierdas ha dado paso a denuncias de fraude y al riesgo de violencia por parte del candidato perdedor, Roberto Sánchez, quien rechaza reconocer la victoria de Keiko Fujimori. Es una mitad del país que duda de la otra.

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La observación es importante para medir el fenómeno y, de paso, desmontar algunos mitos sobre este proceso que exhibe dos características principales. Como ocurrió antes con el rumbo opuesto, los electores giran hacia un experimento de gobernanza en la otra vereda del abanico ideológico, erigiendo en algunos casos a desconocidos, pero lo hacen limitándole el poder a la novedad. Es el producto de comunidades en extremo polarizadas y descreídas, frustración que ha crecido de modo exponencial. Politólogos como Steven Levitsky advierten además que esa reacción tiene rasgos efímeros: al tiempo que se colapsa el sistema de partidos tradicionales “no crea identidades ideológicas fuertes, sino un voto de castigo reactivo y altamente volátil”.

Resulta claro que las sociedades intentan hallar un rumbo, por momentos a manotazos, en un espacio donde se vive peor que en el pasado, cuando se creía que el sistema funcionaba. En ese sentido, el voto opera más allá de qué bandera ideológica abrigue quien lidera. De ahí también que no se elija con la seguridad de que esas demandas serán resueltas por los ganadores, lo que ayuda a comprender tanto la polarización como los caudales de voto en blanco o anulado, o la ausencia directa de interés por sufragar.

La simplificación entre izquierda o derecha, como ya hemos señalado aquí, sigue siendo un vector confuso para caracterizar adecuadamente este panorama. La región, en su casi totalidad, está dentro del marco capitalista, con mayor o menor presencia estatal dependiendo de las condiciones coyunturales, pero la diferencia radica en cómo se distribuye la renta. Por supuesto, pesa también el furor por la desconexión o los gestos de subestimación de la dirigencia.

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Un caso interesante en relación con estas observaciones y sobre las razones profundas del voto lo ofrece EE.UU. en estas horas. El alcalde socialdemócrata de Nueva York, Zoran Mamdani, mostró un importante músculo político al imponer a tres de sus candidatos en las internas del Partido Demócrata, desplazando a la cúpula tradicional de la agrupación. Lo hizo apenas meses después de haber sorprendido al derrotar a Andrew Cuomo en las primarias partidarias para la alcaldía. Puede estar indicando una derivación inesperada para la oposición respecto a cómo erigirse como alternativa del extremismo trumpista.

El líder republicano frustró las expectativas de un amplio regimiento de votantes que suponían que resolvería los problemas de ingresos pendientes desde la pandemia. A eso agregó una persecución enfermiza de los inmigrantes —particularmente latinos, blanco de una cacería racista— y, adicionalmente, una alianza con el gobierno israelí de Benjamín Netanyahu. Esta última ha creado una fuerte resistencia en EE.UU. por la guerra de arrasamiento en Gaza y la confusión de suponer que una bandera palestina (entidad política reconocida por 157 de los 193 Estados miembros de la ONU) es un símbolo antisemita.

Si en América Latina la frustración por las gestiones fallidas de los experimentos socialdemócratas o supuestamente progresistas llevó a experimentar con formas de derecha, en EE.UU. sucedería, en cierta medida, lo contrario. No se trata de extremos, y no solo ocurre allí. El derribo del populista prorruso Viktor Orbán en Hungría, un dirigente que dio paso a una enorme estructura de corrupción, fue a manos de un politico de derecha aliado de Europa; un ejercicio que, de paso, dejó la pista de que el liberalismo conserva aún vigor.

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Crisis y distribución del ingreso

El apagón de la distribución del ingreso y la caída de las expectativas republicanas marcan particularmente a una región como la nuestra, que es actualmente la más desigual del planeta. Si bien entre 2000 y 2014 aproximadamente millones de personas salieron de la pobreza en este espacio por aquel boom de las materias primas e incluso surgieron nuevas clases media, ese camino se derrumbó por los efectos tardíos de la gran crisis económica global de 2008/2009, agravada luego por la que trajo la pandemia de Coronavirus.

Un reciente informe del Banco Mundial reconoce que «los avances sociales de una década en América Latina se estancaron de golpe; la vulnerabilidad económica actual hace que la clase media emergente corra un riesgo constante de caer nuevamente en la pobreza”. Al mismo tiempo la pérdida del desarrollo individual genera un enojo difuso en la población, que políticos populistas por izquierda o derecha canalizan con la promesa de romper el sistema.

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En el caso de Colombia se advierte ese trasfondo, pero también la cautela del electorado. El gobierno saliente de Gustavo Petro deja un país con 31,8% de pobreza, la cual fue reducida desde el 34,6%, pero sigue alta- y otro tanto del orden de 30% que vive al borde de sus necesidades mínimas. Poco más de la mitad de la mano de obra permanece en la informalidad. Petro mejoró el ingreso de los sectores más vulnerables, pero no resolvió las expectativas de desarrollo de la sociedad.

Sobre esa frustración se montó De la Espriella, un abogado con una pintoresca admiración por Trump, que hizo campaña prometiendo el despido de 700 mil empleados públicos para reducir el déficit estatal, además de otras ideas un poco aventuradas sobre cómo combatir con bombardeos a las bandas guerrilleras o retirar a su país de organizaciones como la ONU. Los colombianos le dieron el gobierno, pero le limitaron el poder, particularmente en el Congreso fragmentado entre bloques semejantes de derecha centro e izquierda que obligará a una cuidadosa y sutil negociación.

Iván Cepeda, el candidato oficialista, que, al revés de las denuncias alocadas de Petro sobre fraudes o manipulaciones, reconoció la victoria de su rival, será desde ahora el principal líder opositor. La importancia de ese lugar la mide un dato básico: De la Espriella ganó con una ventaja de apenas 250 mil votos sobre 25 millones de sufragios. Deberá aprender política en un curso rápido para entenderse con la mitad del país que no lo aceptó.

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Keiko Fujimori, ganadora de la segunda vuelta de las elecciones presidenciales de Perú. Foto EFE

El caso de Perú tiene claves semejantes, pero también importantes diferencias. La división del país es mucho más aguda e imprevisible. Los dirigentes enfrentados, que fueron rechazados por el 80% de la poblaciones en la primera vuelta, son políticos veteranos, en particular Keiko Fujimori, quien ha manejado el país el último lustro o poco más desde el Parlamento, incluyendo el control de la caja del Presupuesto nacional a despecho de que lo prohíbe la Constitución. No es claro si cederá ese privilegio, que es una demanda clara de las cámaras empresarias.

El interior del país que sostuvo la candidatura socialista, ya no confía en la capital desde las masacres de Ayacucho y Puno durante el pasado gobierno de Dina Boluarte, quien fue una empleada directa de la argamasa clientelar del Congreso. Ese sector desengañado de las sierras, de los espacios que no son tenidos en cuenta, no quiere negociar con la capital, quiere ser la capital, y esa demanda comprometerá la gobernabilidad de la nueva presidente.

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Socialism vs capitalism: House Dems clash over what NY election results mean for party

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NEWYou can now listen to Fox News articles!

House Democrats offered sharply different takes Wednesday after a surge in socialism proved victorious in the Democratic Party when three far-left candidates swept the floor in key races in New York’s primary elections.

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The new wave of socialist candidates, who were backed by the Democratic Socialists of America, beat out moderate Democrats in Tuesday night’s race has fueled mixed reactions from lawmakers over whether these new ideals will be at the center of the entire Democratic Party.

«It’s sort of dismissed as a fluke or an outlier, but whenever more moderate Democrats win, people say that that’s a blueprint for Democrats to continue winning,» Rep. Ayanna Pressley, D-Mass., said when asked about what the streak of progressive wins means for the Democratic Party.

She continued, «So people should take heed.»

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RISING SOCIALIST STARS ON TRACK TO CONGRESS: WHO ARE DARIALIZA AVILA CHEVALIER, BRAD LANDER AND CLAIRE VALDEZ?

Rep. Ayanna Pressley listens during a news conference near the U.S. Capitol Building in Washington, D.C., on Sept. 25, 2025. (Anna Moneymaker/Getty Images)

Other Democrats quickly distanced themselves from the far-left movement, or at least the socialist identity.

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«I’m a capitalist, not a socialist,» Rep. Thomas Suozzi, D-N.Y., told Fox News Digital. «And I believe in safety, not lawlessness. And I’m proud of America. I’m not ashamed of America

 Rep. Gregory Meeks, D-N.Y., struck a similar note.

«Now for me, you know, I believe in capitalism, so I’m not a socialist,» Meeks said. «So I don’t know whether that’s an issue or not.»

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The debate comes as New York City’s socialist Mayor Zohran Mamdani dominated in the primaries as he endorsed three candidates — Darializa Avila Chevalier, Brad Lander and Claire Valdez — who won their key races by promoting the same socialist agenda Mamdani has in their campaigns.

FAR-LEFT SURGE: MAMDANI-BACKED CANDIDATES OUST DEM ESTABLISHMENT INCUMBENTS

Mamdani and endorsed candidates in NY primary

Congressional candidate Claire Valdez, Congressional candidate Brad Lander, Mayor Zohran Mamdani, and Congressional candidate Darializa Avila Chevalier raise their hands during a Get Out the Vote (GOTV) rally at King’s Theater on June 18, 2026 in New York City. Sen. Bernie Sanders (I-VT) joined Mayor Zohran Mamdani ahead of next week’s primary, and the start of early voting on Saturday, as the pair campaigned for Brad Lander, Claire Valdez and Darializa Avila Chevalier, who are challenging incumbents in Democratic primary contests. (Michael M. Santiago/Getty Images)

Some Democrats attribute the trend of far-left progressive voting to only being popular in a place like New York.

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«I think what happens in New York City is sort of just what happens in New York City,» Rep. Joseph Morelle, D-N.Y. said. «I don’t think it’s necessarily an indication of anything outside New York City. Their politics is somewhat unique.»

Progressive Democrat Rep. Pramila Jayapal, D-Wash., agreed with Pressley that the election results in New York indicate a larger movement within their party.

«Fabulous energy, momentum, giant repudiation of special interests, including the impact of others,» Jayapal said when asked how she feels about the election results. 

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She continued, «And real energy for us to continue to turn out young people and make sure that we’re getting everyone voting and committed to a government that actually works for working people.

The divide shows a broader ongoing debate within the Democratic Party over whether far-left ideology will take over as the blueprint for the party, and whether these progressive campaigns can be a legitimate roadmap to national success for the party.

 NY DEM SAYS HE ‘DISAGREES’ WITH MAMDANI, MAKES COMPARISON TO TRUMP

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split of Pressley and Suozzi

Rep. Ayanna Pressley, D-Mass., and Rep. Thomas Suozzi, D-N.Y., emerged on opposite sides of the debate over whether New York’s progressive primary victories should shape the Democratic Party’s future. (Mel Musto/Bloomberg via Getty Images; Nathan Posner/Anadolu via Getty Images)

Suozzi used economic concerns as an example of needing to find some middle ground between extremes in both parties — calling for people to focus on solutions to better the lives of Americans rather than working to dismantle entire systems.

«They’re saying ‘the whole system sucks, let’s tear it down,’» Suozzi said. «I don’t believe that’s the right answer. I believe that we, those of us that disagree with the DSA and those of us who disagree with MAGA, have to do a better job of saying, ‘Yes, you have reasons to have economic insecurity. We understand that.’» 

«We have to do a better job of understanding, saying that we understand what people are going through and proposing solutions that will make their lives better,» he said.

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Pressley argued Democrats should embrace the momentum she believes the New York results represent, saying voters want leaders willing to aggressively pursue their agenda.

«What the American people want to see right now and going forward is that we know how to be the fighters in the room and that when we have the power, we’re not afraid to use it,» Pressley said.

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Cómo reaccionará el chavismo a la crisis humanitaria por el doble terremoto: entre la apertura política y la presión de Trump

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La tragedia humanitaria que golpea a Venezuela, cuyas secuelas sociales y económicas se extenderán durante largo tiempo, dejan al gobierno de Delcy Rodríguez en la disyuntiva de avanzar hacia una apertura política o postergar el inicio de un proceso electoral bajo una ambigüa presión de Donald Trump.

La economía, el principal trofeo del presidente estadounidense, volverá a resentirse justo cuando distintos indicadores mostraban una recuperación incipiente. Washington, con la lógica del presidente devenido en una especie de “virrey” en Caracas, no se mostraba tan apurado en presionar al chavismo en materia política.

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Lo que importa es la billetera.

La situación es compleja. Hoy los venezolanos están enfocados en las tareas de rescate y búsqueda de sobrevivientes en medio de una catástrofe causada por dos poderosos terremotos de 7,5 y 7,2 grados que sacudieron el país con una cifra aún no precisada de víctimas.

Pero la oposición, además de sus llamados a la solidaridad, quiere diálogo y mucho más en una situación de emergencia nacional como la que atraviesa el país. La pregunta es ¿qué hará ahora el chavismo en esta terrible coyuntura? y, por supuesto, ¿cómo responderá Trump?

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¿Qué hará el chavismo?

El titular de la Asamblea Nacional de Venezuela, Jorge Rodríguez, hermano de la presidenta interina, recibió en los últimos días en su despacho a la opositora Dinorah Figuera, bajo “mediación” (o más bien presión) del Departamento de Estado estadounidense. Fue un tímido primer paso de diálogo político.

Figuera, a quien un sector de la oposición reconoce como presidenta del Parlamento elegido en 2015, es una figura más moderada y “potable” a los ojos del chavismo que la enemiga pública número uno, María Corina Machado.

La líder opositora venezolana Maria Corina Machado (Foto: REUTERS/Enea Lebrun)

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“Estamos en un juego de suma cero. Machado se sienta a hablar con los (dirigentes) cercanos y el gobierno se sienta con los que le son afines” dentro de Venezuela, dijo a TN el analista venezolano Andrés Cañizalez, investigador de la Universidad Católica Andrés Bello de Caracas.

Trump no presiona a Delcy Rodríguez por una apertura política, pero le marca el territorio. Figuera fue precisamente uno de esos hitos que señalan la frontera entre la política y la billetera. Al presidente republicano le interesan más los negocios que una apertura democrática. El chavismo cumple todos sus “pedidos”, aprueba leyes a la medida de Washington y garantiza su supervivencia. Gana tiempo.

Ahora, más allá de los discursos de unidad ante la emergencia nacional, el chavismo está ante una situación que puede presentarle serios desafíos sociales. La disyuntiva es cerrarse o abrirse.

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“El gobierno va a aprovechar esto como una excusa para no hablar del tema elecciones. Le viene como anillo al dedo porque tiene que hacerle frente a la reconstrucción. La cuestión electoral se pateará para adelante, para dentro de un año o año y medio”, afirmó Cañizalez.

Leé también: Venezuela: salió a caminar por la playa 10 minutos antes de los terremotos y vio cómo se caía el edificio en el que vivía

Para el analista, Trump tiene una agenda muy centrada en la economía.

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“Esa agenda también sufrirá un quiebre con esta tragedia. Estaban proyectando un crecimiento de nivel alto en la economía. Ahora se van a pausar estas etapas previstas por Washington”, dijo.

Pero la situación social puede ser el gran disparador que ponga en serios aprietos al chavismo.

“Aunque no hay tantas protestas, la catástrofe puede exacerbar el malestar social porque probablemente mucha de la ayuda humanitaria no va a llegar a destino, no va a haber una atención adecuada a las víctimas y la gente se va a quedar largo tiempo sin casa. Esa es la historia de Venezuela, no es la historia del chavismo”, indicó.

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Ese malestar es evidente en la calle. Un sondeo reciente de la Universidad Católica Andrés Bello reveló que casi siete de cada diez venezolanos tienen una opinión negativa del gobierno y nueve de cada diez quieren un cambio.

“La crisis social va a aumentar y puede alimentar un caldo muy negativo para quienes gobiernan”, apuntó.

Caracas busca a sobrevivientes de los dos terremotos que golpearon la capital (Foto: REUTERS/Leonardo Fernandez Viloria)

Caracas busca a sobrevivientes de los dos terremotos que golpearon la capital (Foto: REUTERS/Leonardo Fernandez Viloria)

La oposición pide diálogo

Desde la oposición en el terreno, el pedido de apertura sigue vigente.

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Agustín Berríos, presidente del opositor Partido de la Reconciliación Nacional, dijo a TN que ahora es momento de “mostrar espíritu de unidad” nacional.

“Ahora estamos buscando y rescatando a miles de desaparecidos. Y si actuamos con ese espíritu, cuando pase la emergencia y se retome la normalidad, será el momento del diálogo político. La mesa va a estar servida para que el diálogo de frutos”, aseguró.

Leé también: El Gobierno se suma a las tareas de rescate en Venezuela: envía médicos y perros en un avión Hércules

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La excandidata presidencial opositora Corina Yoris dijo a TN que el gobierno debería dejar de lado su posición intransigente y mostrar signos de apertura en medio de la tragedia.

Según afirmó, la mejor muestra de apertura es dejar libres a todos los presos políticos.

“Ellos (los funcionarios del gobierno) son los que tienen que dar el primer paso y abrir el camino para que el pais se encamine a una vida de estado de derecho que es fundamental. Además, es indispensable hablar de la justicia. Eso es imperativo”, concluyó.

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Venezuela, Delcy Rodriguez

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