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Simon Mozgovyi, cineasta ucraniano: “Rusia quiere capturar mentes antes de capturar territorios”

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Simon Mozgovyi nació en Kharkiv en 1992 y codirige Militantropos junto a Yelizaveta Smith y Alina Gorlova. Integra el colectivo ucraniano Tabor. (Jaime Olivos/Infobae)

La casa sigue en pie, en la zona sur de Kharkiv, a cuarenta kilómetros de la frontera rusa. Pero está vacía. La familia se fue a Estados Unidos como refugiada, y Simon Mozgovyi, que tiene más de treinta años, viaja de tanto en tanto solo para apagar la calefacción, cortar el agua y ver cómo el polvo se acumula un poco más. “Es como si me hubiera saltado décadas”, dice a Infobae el cineasta ucraniano, sentado en el bar de un hotel porteño. Nació en esa ciudad en 1992, estudió dirección de cine en la Academia Estatal de Cultura local y entre 2013 y 2018 actuó en el Teatro DAKH de Kiev. Su ópera prima documental, The Winter Garden’s Tale (2018), ganó el premio a Mejor Película Ucraniana en Docudays UA. Hoy integra el colectivo Tabor y es becario del Sundance Documentary Program.

Cuando Rusia lanzó la invasión a gran escala, en febrero de 2022, Mozgovyi estaba en Kramatorsk trabajando como productor de campo para un medio árabe. Volvió a Kiev, se sumó al ejército ucraniano durante un mes de manera no oficial y, apenas pudo, volvió a levantar la cámara. Parte de ese material terminó en Militantropos (2025), codirigida con Yelizaveta Smith y Alina Gorlova, primera entrega de la trilogía The Days I Would Like to Forget (Los días que quisiera olvidar). El título del filme es un neologismo grecolatino que nombra a la persona en la que se transforma el ser humano en tiempos de guerra. La película elude los recursos del cine bélico clásico: no hay primeros planos del dolor, ni cámara lenta, ni imágenes explícitas. Son lentes largos, distancia, composición cuidada. Una manera de filmar que, dice el director, surgió de manera orgánica entre los cineastas que trabajaron en el proyecto.

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El tráiler de la película «Militantropos» del colectivo TABOR, compuesto por Yelizaveta Smith, Alina Gorlova y Simon Mozgovyi.

Más de cuatro años después del inicio de la invasión, Mozgovyi llegó a Buenos Aires para presentar el documental en el BAFICI. En la conversación habla del colectivo Tabor, de cómo la guerra reescribe el tiempo —“es como si te hubieran cortado del futuro”— y de esa transformación interior que, dice, ya no tiene vuelta atrás. También, de algo más íntimo. Anoche cenó cerca del hotel y se cruzó con un bingo musical en un café. La gente bailaba, cantaba, se reía. “Fue muy inspirador ver esa alegría pura”, dice. “Eso es lo que más extraño”.

—Kharkiv, su ciudad natal, queda a cuarenta kilómetros de la frontera rusa y fue una de las más castigadas por los bombardeos. ¿Qué siente cuando vuelve?

—La ciudad cambió muchísimo. Antes de la invasión tenía alrededor de dos millones setecientos mil habitantes. En 2022 quedaron unos cuatrocientos mil. Ahora, con la llegada de refugiados del este, la población ronda el millón trescientos mil. Es, en cierto modo, el escudo más grande del país. La invasión produce una sensación muy particular: es como si te hubieran cortado del futuro. Tus planes —formar una familia, comprar una casa— dejan de ser una opción. Y también nos quitaron el pasado: los recuerdos de tu ciudad ya no son los mismos. Estás atrapado en un presente permanente que dura años. Mi casa sigue en pie, pero mi familia está refugiada en Estados Unidos. Es una casa vacía. Tengo más de treinta años y no tengo la posibilidad de volver a ver a mi mamá, de descansar como uno lo haría a esta edad. Es como si me hubiera saltado décadas. Vuelvo y veo cómo se va cubriendo de polvo, congelada en el tiempo. Es solo un recuerdo.

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Simon Mozgovyi
Mozgovyi durante la entrevista con Infobae. Cuando empezó la invasión rusa en febrero de 2022, se sumó al ejército ucraniano durante un mes de manera no oficial. (Jaime Olivos/Infobae)

—¿Cuál fue la primera imagen que filmó tras el inicio de la invasión?

—Fue dentro del ejército. Era un entrenamiento sobre cómo usar armas antitanque NLAW británicas y misiles Stinger. Unas semanas más tarde, los del colectivo hablamos y nos dimos cuenta de que cada uno estaba filmando por su cuenta, porque era lo único que sabíamos hacer. La cámara era también una forma de lidiar con la realidad. Durante casi medio año no pude pensar como cineasta ni como director. Filmaba solo como camarógrafo, poniendo imágenes en el cuadro, sin poder reflexionar sobre ellas. Eso volvió después. La cámara también era una manera de sostener tu identidad en medio de todo eso.

—El título de la película, Militantropos, es un neologismo que une el miles latino —soldado— con el anthropos griego —ser humano. Nombra al humano que la guerra convierte en combatiente. ¿Siente que usted se convirtió en uno? ¿Se puede volver atrás?

—Es algo que te cambia tan profundamente por dentro que se queda con vos. No hay nada bueno ni malo: es un proceso que no podés controlar. Nuestra vida anterior, el mundo anterior, ya no existe. En Ucrania, al menos, tenemos la posibilidad —a un precio altísimo— de estar preparados para lo que viene. Es esa cercanía con la muerte la que te transforma en Militantropos. No vas a poder olvidarlo, ni detrás de eso vas a poder retomar una vida ordinaria.

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Una escena de evacuación en Militantropos: las despedidas entre quienes se van y quienes se quedan. Mozgovyi y su equipo filmaron estas escenas en Vovchansk, tras la segunda ocupación rusa. (Captura de pantalla)
Una escena de evacuación en Militantropos: las despedidas entre quienes se van y quienes se quedan. Mozgovyi y su equipo filmaron estas escenas en Vovchansk, tras la segunda ocupación rusa. (Captura de pantalla)

—La película rehúye los recursos habituales del cine bélico: no hay primeros planos del dolor, ni sangre, ni cámara lenta. Y sin embargo vivimos bombardeados por imágenes explícitas de guerra en las redes sociales, que terminan anestesiándonos. ¿Cómo llegaron a esa decisión estética?

—No fue una decisión, surgió de manera orgánica. Los seis —los tres directores y los tres cinematógrafos— llevamos más de una década abordando temas bélicos desde distintas perspectivas. Ninguno quería hacer más películas sobre la guerra; queríamos avanzar, hacer otras cosas, pero nos vimos obligados. Con esa trayectoria, decidimos ir más profundo, al origen de la guerra. Esta película no pretende ser la primera sobre el tema, ni la mejor en términos de dirección. No se trata del ego del cineasta. Es una experiencia inmersiva que permite al público explorarlo desde otras perspectivas. Y sí, creo que también hay algo de esto: la gente está anestesiada con tantas imágenes. Es un mundo extraño cuando uno puede ver, mientras desayuna, imágenes de niños muertos. El cine no es prensa ni periodismo. El cine puede ir más adentro.

— Codirige con Smith y Gorlova. ¿Cómo funciona esa dirección a seis manos?

—No discrepamos tanto. Tenemos una visión muy compartida de cómo debe hacerse el cine documental creativo. En una película de esta escala, sobre un evento tan enorme y con tantos temas, tener múltiples perspectivas de cineastas en lugar de una sola le da mucha más fuerza al resultado. Y más allá del trabajo, estar juntos en medio de eventos tan horribles durante tanto tiempo fue fundamental. Cuando te sentís devastado, tenés un colega que puede quedarse en la sala de edición y seguir trabajando cuando vos ya no podés.

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Simon Mozgovyi
El cineasta ucraniano en la avenida Callao. Llegó a Buenos Aires para presentar en el BAFICI «Militantropos», primera entrega de la trilogía «Los días que quisiera olvidar». (Jaime Olivos/Infobae)

—Usted se formó en el teatro experimental. Al filmar escenas como un aula en el subte o una boda en un búnker, ¿las ve como pequeñas puestas en escena que la gente monta para sostener una identidad frente al absurdo de la guerra? ¿Funciona el ritual como un escudo?

—Lo que el enemigo quiere que el mundo piense sobre la guerra es que solo hay cadáveres de niños en casas destruidas. Pero la guerra no es solo eso. Te despertás después de algo horrible y vas a buscar tu café, a la peluquería, al trabajo. Ucrania no es un país pequeño masivamente atacado. Es un país enorme, con cultura, con ópera, con música contemporánea, con teatro. Uno sigue viviendo a pesar de todo. Esas escenas no estaban armadas. Hay algo muy emocionante en ver cómo textos antiquísimos, canciones de trescientos años, son relevantes hoy. Solemos decir que nuestra guerra con Rusia tiene once años, pero en realidad son al menos trescientos. Siglos de intentar borrar nuestra identidad. Por eso esas cosas arcaicas se vuelven tan relevantes ahora.

—¿Qué le sorprendió de los ucranianos en estos años?

—La guerra te muestra cómo es una persona. Si sos mala, potencia lo peor; si sos buena, potencia lo mejor. Lo que más me inspiró fue la cantidad de gente extraordinaria que conocí. La solidaridad fue fundamental: el cuidado entre la gente y también hacia los animales. Durante las evacuaciones, había personas que decían que no podían irse hasta encontrar la manera de evacuar a su vaca, o que no iban a abandonar a sus perros. La parte oscura es que la gente no estaba preparada. Nunca creemos que lo peor nos puede pasar a nosotros hasta que ocurre. La mente te juega esa trampa de “todo va a estar bien”. Y no está bien. Pagamos un precio enorme por eso.

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Soldados ucranianos en una escena de Militantropos. El documental rehúye los recursos clásicos del cine bélico: no hay primeros planos del dolor, ni sangre, ni cámara lenta. (Captura de pantalla)
Soldados ucranianos en una escena de Militantropos. El documental rehúye los recursos clásicos del cine bélico: no hay primeros planos del dolor, ni sangre, ni cámara lenta. (Captura de pantalla)

—Alina Gorlova dijo que ustedes están cansados de la palabra “cansancio”. ¿Hay una fatiga real del mundo frente a Ucrania?

—Estamos cansados dentro de la guerra. Y estamos cansados de la gente que está cansada de nuestra situación. Estamos cansados de ser percibidos como víctimas, cuando la gente dice “qué pena” y vuelve a su vida normal. Esa empatía falsa irrita. Queremos que llame al mal por su nombre y al bien por el suyo. Estamos pagando un precio enorme para que Europa esté preparada. Si Ucrania cae, serán los próximos. Dentro del país estamos agotados, casi vacíos por dentro. La gente está llegando al límite. Y el final de esta maratón todavía no se ve. Pueden ser cinco años, diez, un mes. Nadie lo sabe.

Dos niñas sentadas en hierba alta. La mayor, con pelo rojizo, sostiene una fresa mirando a la menor, quien usa camiseta a rayas. Un oso de peluche rosa entre ellas. Fondo con árboles y casas
Dos niñas juegan en un prado en una escena de Militantropos. «Ucrania no es un país pequeño masivamente atacado. Es un país enorme, con cultura», dice Mozgovyi. (Captura de pantalla)

—En América Latina la guerra se ve con distancia. ¿Le incomoda esa mirada?

—Me preocupa cómo funciona la propaganda rusa y autoritaria en general en los países del sur global, incluida la influencia china. Se construye una narrativa de que Ucrania es un apéndice de Estados Unidos y que, por lo tanto, hay que estar del lado de Rusia. Pero los regímenes autoritarios afectan a todo el planeta. El Imperio Ruso es el último que queda, y hace lo que hacen los imperios hasta que caen. Hay cosas que nos unen. Hay más de dos mil cien casos oficialmente investigados de niños ucranianos deportados a Rusia, algunos incluso a Corea del Norte, donde son obligados a abandonar su identidad. Sé que en Argentina, durante la dictadura, hubo situaciones similares. Eso puede ser un punto de conexión. Nosotros no invadimos Rusia. Nos invadieron porque queremos vivir en un país de dignidad y libertad. Una película puede dar una experiencia que las estadísticas no dan.

—¿Qué puede hacer el documental ucraniano frente al aparato masivo de propaganda rusa? ¿Contrarrelato, testimonio, archivo?

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—Hacemos lo que podemos. Al principio de la invasión, cuando planteamos cancelar la cultura rusa —porque es parte de su poder blando, su manera de capturar mentes antes de capturar territorios—, no era una idea popular en Occidente. Pero cuando el noventa y ocho por ciento de los rusos apoya la invasión, según sus propias estadísticas opositoras, hay que hablar de responsabilidad colectiva. Nuestra única opción es seguir filmando e intentar que el mundo lo escuche y lo vea. Si no, serán los rusos quienes lleguen y difundan sus narrativas, sus posverdades. Y quizás no solo para ahora: creemos que Militantropos es algo que va a perdurar, que dentro de décadas le permitirá a la gente entender antropológicamente lo que pasó y construir un futuro mejor.

Simon Mozgovyi
Mozgovyi en Buenos Aires. «Es la primera vez que estoy en América Latina. Leí libros sobre esta ciudad y ahora estoy acá», dice el cineasta ucraniano. (Jaime Olivos/Infobae)

—Después de cuatro años de guerra, ¿qué extraña más?

—[suspira] La alegría. La alegría pura. El estrés postraumático funciona de una manera particular: no solo te adormece las emociones malas, también las buenas. Tu mente intenta estabilizarse. Y extrañás, simplemente, poder ser feliz. Anoche fui a cenar en Buenos Aires y había un bingo musical en un café. Estaba abarrotado, la gente bailaba y cantaba. Fue muy inspirador ver esa alegría pura. Es la primera vez que estoy en América Latina, la primera vez en Buenos Aires. Leí libros sobre esta ciudad y ahora estoy acá. Pero es como llevarse un caracol al oído: escuchás algo, sí, pero no es el mar, no es la ciudad. Es solo un caracol. Eso es lo más difícil. La alegría pura: eso es lo que más extraño.



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WATCH: AOC accuses Trump of ‘betrayal’ after Supreme Court immigration rulings

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NEWYou can now listen to Fox News articles!

Rep. Alexandria Ocasio-Cortez accused President Donald Trump of a «betrayal» after the Supreme Court handed his administration a pair of immigration wins involving Temporary Protected Status and asylum claims.

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The Supreme Court on Thursday allowed the Trump administration to end Temporary Protected Status, or TPS, for Haitian and Syrian migrants, clearing the way for the administration to remove legal protections that have allowed many Haitians to remain and work in the U.S. since Haiti’s 2010 earthquake and many Syrians since the country’s civil war prompted a TPS designation in 2012.

Ocasio-Cortez, D-N.Y., told Fox News Digital the TPS decision targets the very people Trump supporters were told would not be the focus of his aggressive immigration deportation agenda.

SUPREME COURT HANDS TRUMP TWO MAJOR IMMIGRATION VICTORIES

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«I think it’s really sad because these decisions are targeting exactly the kind of people that Republican voters said that they did not want targeted in the Trump administration’s immigration policy,» Ocasio-Cortez said.

U.S. Rep. Alexandria Ocasio-Cortez (D-NY) speaks to members of the media as she arrives for the last votes of the week at the U.S. Capitol Building on May 21, 2026 in Washington, DC. (Andrew Harnik/Getty Images)

She argued the ruling marked «a reversal of President Trump’s promise to only go after, quote unquote, criminals and rapists.»

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«This decision to overturn TPS targets nurses, it targets health care workers, it targets domestic workers, cleaners, people who work in restaurants,» she said, calling it «a real betrayal of President Trump’s promise.»

Ocasio-Cortez also argued the ruling would hurt U.S. citizens by raising prices, making it harder to find workers, while also breaking up longstanding communities.

House Democratic Caucus Chair Pete Aguilar, D-Calif., criticized Trump and Republicans over the asylum ruling, saying the president has «time and time again» attacked a process that has been part of U.S. law for decades.

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Rep. Pete Aguilar

House Democratic Caucus Chair Pete Aguilar, D-Calif. (Michael M. Santiago/Getty Images)

«People are fleeing terrible conditions and they have a lawful right to declare asylum,» Aguilar said.

AOC TELLS VOTERS WORRIED ABOUT GROCERY PRICES TO JUST ‘WAIT UNTIL THE FARMS ARE EMPTY’ FROM DEPORTATIONS

«Temporary Protected Status was always meant to be temporary,» White House Deputy Press Secretary Abigail Jackson said on Thursday. «It was never meant to be a pathway to permanent status or citizenship…our asylum system, for years, has been abused and exploited by bad actors…this ruling is a step in the right direction towards clearing up our asylum system and making sure that people can’t enter our country who shouldn’t be here — and that people who are here, who shouldn’t be here, should be deported.»

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Asked what Democrats’ next step would be on TPS, Aguilar pointed to legislation he said Democrats forced through the House by discharge petition.

«Democrats led legislation in order to bring certainty to that. It’s sitting over in the Senate,» Aguilar said. «We forced a discharge petition, and were successful because we believe in governing.»

Aguilar appeared to be referring to House-passed legislation aimed at extending TPS protections for Haitians.

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Rep. Shomari Figures, D-Ala., said he had not yet read the full decisions but was «beyond the point of being surprised by almost any decision that comes out of court.»

Democratic Party Rep. Shomari Figures

Congressman Shomari Figures, D-Ala., speaks at a press conference on healthcare with other members of the House Democratic caucus in front of the U.S. Capitol in Washington, D.C., on Nov. 12, 2025. (Nathan Posner/Anadolu via Getty Images)

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Figures defended TPS for Haiti, citing natural disasters, political instability and violence.

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«There’s not a country that I think TPS is designed at its core that’s more deserving of that than the situations we currently see in Haiti,» Figures said.

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Después del terremoto, Venezuela busca a los desaparecidos entre los escombros y la incertidumbre

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Una de las duras imágenes que dejó el terremoto

La familia de Crescencio Marotta ha recorrido hospitales, refugios y edificios colapsados sin encontrar una respuesta. Su nombre figura en los reportes de personas desaparecidas o incomunicadas registrados tras el terremoto que sacudió Venezuela.

Las primeras 24 horas después del doble terremoto que sacudió Venezuela han estado marcadas por la incertidumbre y una búsqueda contrarreloj de sobrevivientes. Los sismos, de magnitud 7,2 y 7,5, ocurrieron con apenas 39 segundos de diferencia, poco después de las 18.00 (hora local), y se convirtieron en la peor catástrofe sísmica de la historia moderna del país. Las zonas más afectadas fueron La Guaira, Caracas y otras localidades del centro-norte venezolano.

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Según el balance oficial ofrecido por el ministro de Salud, Carlos Alvarado, la tragedia deja hasta el momento 235 fallecidos, 4.300 heridos y 157 personas desaparecidas. Y en el boletín pasado se informaron más de 200 personas atrapadas bajo los escombros, 250 edificios destruidos y 2.927 familias sin hogar.

Personas que buscan a seres queridos miran una lista de víctimas en un hospital de Caracas (Photo by Juan BARRETO / AFP)
Personas que buscan a seres queridos miran una lista de víctimas en un hospital de Caracas (Photo by Juan BARRETO / AFP)

Sin embargo, organizaciones ciudadanas advierten que el número de personas cuyo paradero se desconoce podría ser mayor. El Buscador de personas desaparecidas, localizadas y atendidas tras el terremoto, impulsado por la Red de Periodistas Venezolanas, ha recibido cerca de 500 reportes de personas desaparecidas o incomunicadas desde el inicio de la emergencia.

“Surge como una respuesta urgente frente a la emergencia. Cuando pasan estas cosas vemos cómo el sistema de salud colapsa, los bomberos trabajan en las peores condiciones y Protección Civil no se da abasto. En un país donde el acceso a la información es cada vez más difícil, contar con información confirmada y oportuna puede ayudar muchísimo a las familias”, explicó Valeria Pedicini, periodista e impulsora de la iniciativa de la Red de Periodistas Venezolanas.

Otro sitio, desaparecidosterremotovenezuela.com, registra cifras más alarmantes: 49.822 personas que aún no se contactaron con quienes los buscan.

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Mientras continúan las labores de rescate, miles de venezolanos recorren hospitales, refugios temporales y centros de atención en busca de noticias de sus familiares. Otros revisan listados de pacientes o publicaciones en redes sociales, mientras las fallas en los servicios de telefonía e internet dificultan el intercambio de información.

Una mujer observa cómo se busca a posibles víctimas entre los escombros de los edificios derrumbados, tras los terremotos ocurridos en La Guaira, en Venezuela. 25 de junio de 2026. REUTERS/Gaby Oraa
Una mujer observa cómo se busca a posibles víctimas entre los escombros de los edificios derrumbados, tras los terremotos ocurridos en La Guaira, en Venezuela. 25 de junio de 2026. REUTERS/Gaby Oraa

La situación más crítica se vive en La Guaira, la ciudad costera que concentra buena parte de los daños provocados por los terremotos. Allí, decenas de edificios colapsaron y los equipos de rescate continúan buscando a cientos de personas entre los escombros.

Los registros de la Red de Periodistas Venezolanas indican que más de 400 de los reportes de personas desaparecidas o incomunicadas corresponden a esta zona del país, convertida en el principal foco de las operaciones de búsqueda.

Entre esos casos estuvo el de Camila Márquez, quien permaneció casi 24 horas sin comunicarse con su familia después del terremoto. Sus allegados difundieron su fotografía en redes sociales hasta que, cerca de las 17.00 (hora local), su hermana Sophia confirmó que había sido localizada con vida.

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Imágenes de la búsqueda de desaparecidos en La Guaira.
Imágenes de la búsqueda de desaparecidos en La Guaira.

La incertidumbre continúa para otras familias. Crescencio Marotta y Gladys Ríos permanecen desaparecidos desde el colapso del edificio Solymar, en el sector Los Corales de La Guaira. En ese mismo inmueble también es buscado Sebastián Valencia. Sus familiares, dentro y fuera de Venezuela, mantienen una intensa campaña para difundir sus fotografías y obtener cualquier información sobre su paradero.

“Mis primos y mi hermano están allá tratando de levantar los escombros. En realidad, es la propia comunidad la que está intentando sacar a las personas. Hemos publicado en las redes sociales y también en el portal para desaparecidos”, relató Bárbara Mendoza, sobrina del matrimonio desaparecido.

A medida que pasan las horas, la esperanza de encontrar sobrevivientes convive con la angustia de cientos de familias que siguen sin respuestas. En una emergencia donde las comunicaciones son limitadas y la información circula con dificultad, cada reporte, cada fotografía compartida y cada nombre confirmado representan una posibilidad de reencontrarse.

A más de 24 horas de la tragedia, la búsqueda continúa.

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Panorama Internacional: algo más que las urnas polarizadas de las Américas

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Las elecciones en Colombia, con la victoria del empresario Abelardo De la Espriella, amplifican el giro a la derecha en la región luego de Argentina, Chile, Bolivia, Honduras o Costa Rica. Se trata del movimiento inverso hacia la centroizquierda o alternativas similares que marcó los primeros quince años del siglo. Aquella fue una etapa de cierta bonanza por los precios de los commodities alimenticios y energéticos; esta, en cambio, una de escaseces que pegan en un amplio espacio de las poblaciones, cancelando o comprometiendo el crecimiento personal. La CEPAL suele describir ese defecto como “una doble trampa de bajo crecimiento y alta desigualdad, y la erosión de la movilidad social que se vivió en la década previa”.

Es lo que ha ocurrido también en el balotaje peruano, con el agravante de que allí la división entre derechas y centroizquierdas ha dado paso a denuncias de fraude y al riesgo de violencia por parte del candidato perdedor, Roberto Sánchez, quien rechaza reconocer la victoria de Keiko Fujimori. Es una mitad del país que duda de la otra.

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La observación es importante para medir el fenómeno y, de paso, desmontar algunos mitos sobre este proceso que exhibe dos características principales. Como ocurrió antes con el rumbo opuesto, los electores giran hacia un experimento de gobernanza en la otra vereda del abanico ideológico, erigiendo en algunos casos a desconocidos, pero lo hacen limitándole el poder a la novedad. Es el producto de comunidades en extremo polarizadas y descreídas, frustración que ha crecido de modo exponencial. Politólogos como Steven Levitsky advierten además que esa reacción tiene rasgos efímeros: al tiempo que se colapsa el sistema de partidos tradicionales “no crea identidades ideológicas fuertes, sino un voto de castigo reactivo y altamente volátil”.

Resulta claro que las sociedades intentan hallar un rumbo, por momentos a manotazos, en un espacio donde se vive peor que en el pasado, cuando se creía que el sistema funcionaba. En ese sentido, el voto opera más allá de qué bandera ideológica abrigue quien lidera. De ahí también que no se elija con la seguridad de que esas demandas serán resueltas por los ganadores, lo que ayuda a comprender tanto la polarización como los caudales de voto en blanco o anulado, o la ausencia directa de interés por sufragar.

La simplificación entre izquierda o derecha, como ya hemos señalado aquí, sigue siendo un vector confuso para caracterizar adecuadamente este panorama. La región, en su casi totalidad, está dentro del marco capitalista, con mayor o menor presencia estatal dependiendo de las condiciones coyunturales, pero la diferencia radica en cómo se distribuye la renta. Por supuesto, pesa también el furor por la desconexión o los gestos de subestimación de la dirigencia.

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Un caso interesante en relación con estas observaciones y sobre las razones profundas del voto lo ofrece EE.UU. en estas horas. El alcalde socialdemócrata de Nueva York, Zoran Mamdani, mostró un importante músculo político al imponer a tres de sus candidatos en las internas del Partido Demócrata, desplazando a la cúpula tradicional de la agrupación. Lo hizo apenas meses después de haber sorprendido al derrotar a Andrew Cuomo en las primarias partidarias para la alcaldía. Puede estar indicando una derivación inesperada para la oposición respecto a cómo erigirse como alternativa del extremismo trumpista.

El líder republicano frustró las expectativas de un amplio regimiento de votantes que suponían que resolvería los problemas de ingresos pendientes desde la pandemia. A eso agregó una persecución enfermiza de los inmigrantes —particularmente latinos, blanco de una cacería racista— y, adicionalmente, una alianza con el gobierno israelí de Benjamín Netanyahu. Esta última ha creado una fuerte resistencia en EE.UU. por la guerra de arrasamiento en Gaza y la confusión de suponer que una bandera palestina (entidad política reconocida por 157 de los 193 Estados miembros de la ONU) es un símbolo antisemita.

Si en América Latina la frustración por las gestiones fallidas de los experimentos socialdemócratas o supuestamente progresistas llevó a experimentar con formas de derecha, en EE.UU. sucedería, en cierta medida, lo contrario. No se trata de extremos, y no solo ocurre allí. El derribo del populista prorruso Viktor Orbán en Hungría, un dirigente que dio paso a una enorme estructura de corrupción, fue a manos de un politico de derecha aliado de Europa; un ejercicio que, de paso, dejó la pista de que el liberalismo conserva aún vigor.

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Crisis y distribución del ingreso

El apagón de la distribución del ingreso y la caída de las expectativas republicanas marcan particularmente a una región como la nuestra, que es actualmente la más desigual del planeta. Si bien entre 2000 y 2014 aproximadamente millones de personas salieron de la pobreza en este espacio por aquel boom de las materias primas e incluso surgieron nuevas clases media, ese camino se derrumbó por los efectos tardíos de la gran crisis económica global de 2008/2009, agravada luego por la que trajo la pandemia de Coronavirus.

Un reciente informe del Banco Mundial reconoce que «los avances sociales de una década en América Latina se estancaron de golpe; la vulnerabilidad económica actual hace que la clase media emergente corra un riesgo constante de caer nuevamente en la pobreza”. Al mismo tiempo la pérdida del desarrollo individual genera un enojo difuso en la población, que políticos populistas por izquierda o derecha canalizan con la promesa de romper el sistema.

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En el caso de Colombia se advierte ese trasfondo, pero también la cautela del electorado. El gobierno saliente de Gustavo Petro deja un país con 31,8% de pobreza, la cual fue reducida desde el 34,6%, pero sigue alta- y otro tanto del orden de 30% que vive al borde de sus necesidades mínimas. Poco más de la mitad de la mano de obra permanece en la informalidad. Petro mejoró el ingreso de los sectores más vulnerables, pero no resolvió las expectativas de desarrollo de la sociedad.

Sobre esa frustración se montó De la Espriella, un abogado con una pintoresca admiración por Trump, que hizo campaña prometiendo el despido de 700 mil empleados públicos para reducir el déficit estatal, además de otras ideas un poco aventuradas sobre cómo combatir con bombardeos a las bandas guerrilleras o retirar a su país de organizaciones como la ONU. Los colombianos le dieron el gobierno, pero le limitaron el poder, particularmente en el Congreso fragmentado entre bloques semejantes de derecha centro e izquierda que obligará a una cuidadosa y sutil negociación.

Iván Cepeda, el candidato oficialista, que, al revés de las denuncias alocadas de Petro sobre fraudes o manipulaciones, reconoció la victoria de su rival, será desde ahora el principal líder opositor. La importancia de ese lugar la mide un dato básico: De la Espriella ganó con una ventaja de apenas 250 mil votos sobre 25 millones de sufragios. Deberá aprender política en un curso rápido para entenderse con la mitad del país que no lo aceptó.

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Keiko Fujimori, ganadora de la segunda vuelta de las elecciones presidenciales de Perú. Foto EFE

El caso de Perú tiene claves semejantes, pero también importantes diferencias. La división del país es mucho más aguda e imprevisible. Los dirigentes enfrentados, que fueron rechazados por el 80% de la poblaciones en la primera vuelta, son políticos veteranos, en particular Keiko Fujimori, quien ha manejado el país el último lustro o poco más desde el Parlamento, incluyendo el control de la caja del Presupuesto nacional a despecho de que lo prohíbe la Constitución. No es claro si cederá ese privilegio, que es una demanda clara de las cámaras empresarias.

El interior del país que sostuvo la candidatura socialista, ya no confía en la capital desde las masacres de Ayacucho y Puno durante el pasado gobierno de Dina Boluarte, quien fue una empleada directa de la argamasa clientelar del Congreso. Ese sector desengañado de las sierras, de los espacios que no son tenidos en cuenta, no quiere negociar con la capital, quiere ser la capital, y esa demanda comprometerá la gobernabilidad de la nueva presidente.

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