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Simon Mozgovyi, cineasta ucraniano: “Rusia quiere capturar mentes antes de capturar territorios”

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Simon Mozgovyi nació en Kharkiv en 1992 y codirige Militantropos junto a Yelizaveta Smith y Alina Gorlova. Integra el colectivo ucraniano Tabor. (Jaime Olivos/Infobae)

La casa sigue en pie, en la zona sur de Kharkiv, a cuarenta kilómetros de la frontera rusa. Pero está vacía. La familia se fue a Estados Unidos como refugiada, y Simon Mozgovyi, que tiene más de treinta años, viaja de tanto en tanto solo para apagar la calefacción, cortar el agua y ver cómo el polvo se acumula un poco más. “Es como si me hubiera saltado décadas”, dice a Infobae el cineasta ucraniano, sentado en el bar de un hotel porteño. Nació en esa ciudad en 1992, estudió dirección de cine en la Academia Estatal de Cultura local y entre 2013 y 2018 actuó en el Teatro DAKH de Kiev. Su ópera prima documental, The Winter Garden’s Tale (2018), ganó el premio a Mejor Película Ucraniana en Docudays UA. Hoy integra el colectivo Tabor y es becario del Sundance Documentary Program.

Cuando Rusia lanzó la invasión a gran escala, en febrero de 2022, Mozgovyi estaba en Kramatorsk trabajando como productor de campo para un medio árabe. Volvió a Kiev, se sumó al ejército ucraniano durante un mes de manera no oficial y, apenas pudo, volvió a levantar la cámara. Parte de ese material terminó en Militantropos (2025), codirigida con Yelizaveta Smith y Alina Gorlova, primera entrega de la trilogía The Days I Would Like to Forget (Los días que quisiera olvidar). El título del filme es un neologismo grecolatino que nombra a la persona en la que se transforma el ser humano en tiempos de guerra. La película elude los recursos del cine bélico clásico: no hay primeros planos del dolor, ni cámara lenta, ni imágenes explícitas. Son lentes largos, distancia, composición cuidada. Una manera de filmar que, dice el director, surgió de manera orgánica entre los cineastas que trabajaron en el proyecto.

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El tráiler de la película «Militantropos» del colectivo TABOR, compuesto por Yelizaveta Smith, Alina Gorlova y Simon Mozgovyi.

Más de cuatro años después del inicio de la invasión, Mozgovyi llegó a Buenos Aires para presentar el documental en el BAFICI. En la conversación habla del colectivo Tabor, de cómo la guerra reescribe el tiempo —“es como si te hubieran cortado del futuro”— y de esa transformación interior que, dice, ya no tiene vuelta atrás. También, de algo más íntimo. Anoche cenó cerca del hotel y se cruzó con un bingo musical en un café. La gente bailaba, cantaba, se reía. “Fue muy inspirador ver esa alegría pura”, dice. “Eso es lo que más extraño”.

—Kharkiv, su ciudad natal, queda a cuarenta kilómetros de la frontera rusa y fue una de las más castigadas por los bombardeos. ¿Qué siente cuando vuelve?

—La ciudad cambió muchísimo. Antes de la invasión tenía alrededor de dos millones setecientos mil habitantes. En 2022 quedaron unos cuatrocientos mil. Ahora, con la llegada de refugiados del este, la población ronda el millón trescientos mil. Es, en cierto modo, el escudo más grande del país. La invasión produce una sensación muy particular: es como si te hubieran cortado del futuro. Tus planes —formar una familia, comprar una casa— dejan de ser una opción. Y también nos quitaron el pasado: los recuerdos de tu ciudad ya no son los mismos. Estás atrapado en un presente permanente que dura años. Mi casa sigue en pie, pero mi familia está refugiada en Estados Unidos. Es una casa vacía. Tengo más de treinta años y no tengo la posibilidad de volver a ver a mi mamá, de descansar como uno lo haría a esta edad. Es como si me hubiera saltado décadas. Vuelvo y veo cómo se va cubriendo de polvo, congelada en el tiempo. Es solo un recuerdo.

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Simon Mozgovyi
Mozgovyi durante la entrevista con Infobae. Cuando empezó la invasión rusa en febrero de 2022, se sumó al ejército ucraniano durante un mes de manera no oficial. (Jaime Olivos/Infobae)

—¿Cuál fue la primera imagen que filmó tras el inicio de la invasión?

—Fue dentro del ejército. Era un entrenamiento sobre cómo usar armas antitanque NLAW británicas y misiles Stinger. Unas semanas más tarde, los del colectivo hablamos y nos dimos cuenta de que cada uno estaba filmando por su cuenta, porque era lo único que sabíamos hacer. La cámara era también una forma de lidiar con la realidad. Durante casi medio año no pude pensar como cineasta ni como director. Filmaba solo como camarógrafo, poniendo imágenes en el cuadro, sin poder reflexionar sobre ellas. Eso volvió después. La cámara también era una manera de sostener tu identidad en medio de todo eso.

—El título de la película, Militantropos, es un neologismo que une el miles latino —soldado— con el anthropos griego —ser humano. Nombra al humano que la guerra convierte en combatiente. ¿Siente que usted se convirtió en uno? ¿Se puede volver atrás?

—Es algo que te cambia tan profundamente por dentro que se queda con vos. No hay nada bueno ni malo: es un proceso que no podés controlar. Nuestra vida anterior, el mundo anterior, ya no existe. En Ucrania, al menos, tenemos la posibilidad —a un precio altísimo— de estar preparados para lo que viene. Es esa cercanía con la muerte la que te transforma en Militantropos. No vas a poder olvidarlo, ni detrás de eso vas a poder retomar una vida ordinaria.

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Una escena de evacuación en Militantropos: las despedidas entre quienes se van y quienes se quedan. Mozgovyi y su equipo filmaron estas escenas en Vovchansk, tras la segunda ocupación rusa. (Captura de pantalla)
Una escena de evacuación en Militantropos: las despedidas entre quienes se van y quienes se quedan. Mozgovyi y su equipo filmaron estas escenas en Vovchansk, tras la segunda ocupación rusa. (Captura de pantalla)

—La película rehúye los recursos habituales del cine bélico: no hay primeros planos del dolor, ni sangre, ni cámara lenta. Y sin embargo vivimos bombardeados por imágenes explícitas de guerra en las redes sociales, que terminan anestesiándonos. ¿Cómo llegaron a esa decisión estética?

—No fue una decisión, surgió de manera orgánica. Los seis —los tres directores y los tres cinematógrafos— llevamos más de una década abordando temas bélicos desde distintas perspectivas. Ninguno quería hacer más películas sobre la guerra; queríamos avanzar, hacer otras cosas, pero nos vimos obligados. Con esa trayectoria, decidimos ir más profundo, al origen de la guerra. Esta película no pretende ser la primera sobre el tema, ni la mejor en términos de dirección. No se trata del ego del cineasta. Es una experiencia inmersiva que permite al público explorarlo desde otras perspectivas. Y sí, creo que también hay algo de esto: la gente está anestesiada con tantas imágenes. Es un mundo extraño cuando uno puede ver, mientras desayuna, imágenes de niños muertos. El cine no es prensa ni periodismo. El cine puede ir más adentro.

— Codirige con Smith y Gorlova. ¿Cómo funciona esa dirección a seis manos?

—No discrepamos tanto. Tenemos una visión muy compartida de cómo debe hacerse el cine documental creativo. En una película de esta escala, sobre un evento tan enorme y con tantos temas, tener múltiples perspectivas de cineastas en lugar de una sola le da mucha más fuerza al resultado. Y más allá del trabajo, estar juntos en medio de eventos tan horribles durante tanto tiempo fue fundamental. Cuando te sentís devastado, tenés un colega que puede quedarse en la sala de edición y seguir trabajando cuando vos ya no podés.

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Simon Mozgovyi
El cineasta ucraniano en la avenida Callao. Llegó a Buenos Aires para presentar en el BAFICI «Militantropos», primera entrega de la trilogía «Los días que quisiera olvidar». (Jaime Olivos/Infobae)

—Usted se formó en el teatro experimental. Al filmar escenas como un aula en el subte o una boda en un búnker, ¿las ve como pequeñas puestas en escena que la gente monta para sostener una identidad frente al absurdo de la guerra? ¿Funciona el ritual como un escudo?

—Lo que el enemigo quiere que el mundo piense sobre la guerra es que solo hay cadáveres de niños en casas destruidas. Pero la guerra no es solo eso. Te despertás después de algo horrible y vas a buscar tu café, a la peluquería, al trabajo. Ucrania no es un país pequeño masivamente atacado. Es un país enorme, con cultura, con ópera, con música contemporánea, con teatro. Uno sigue viviendo a pesar de todo. Esas escenas no estaban armadas. Hay algo muy emocionante en ver cómo textos antiquísimos, canciones de trescientos años, son relevantes hoy. Solemos decir que nuestra guerra con Rusia tiene once años, pero en realidad son al menos trescientos. Siglos de intentar borrar nuestra identidad. Por eso esas cosas arcaicas se vuelven tan relevantes ahora.

—¿Qué le sorprendió de los ucranianos en estos años?

—La guerra te muestra cómo es una persona. Si sos mala, potencia lo peor; si sos buena, potencia lo mejor. Lo que más me inspiró fue la cantidad de gente extraordinaria que conocí. La solidaridad fue fundamental: el cuidado entre la gente y también hacia los animales. Durante las evacuaciones, había personas que decían que no podían irse hasta encontrar la manera de evacuar a su vaca, o que no iban a abandonar a sus perros. La parte oscura es que la gente no estaba preparada. Nunca creemos que lo peor nos puede pasar a nosotros hasta que ocurre. La mente te juega esa trampa de “todo va a estar bien”. Y no está bien. Pagamos un precio enorme por eso.

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Soldados ucranianos en una escena de Militantropos. El documental rehúye los recursos clásicos del cine bélico: no hay primeros planos del dolor, ni sangre, ni cámara lenta. (Captura de pantalla)
Soldados ucranianos en una escena de Militantropos. El documental rehúye los recursos clásicos del cine bélico: no hay primeros planos del dolor, ni sangre, ni cámara lenta. (Captura de pantalla)

—Alina Gorlova dijo que ustedes están cansados de la palabra “cansancio”. ¿Hay una fatiga real del mundo frente a Ucrania?

—Estamos cansados dentro de la guerra. Y estamos cansados de la gente que está cansada de nuestra situación. Estamos cansados de ser percibidos como víctimas, cuando la gente dice “qué pena” y vuelve a su vida normal. Esa empatía falsa irrita. Queremos que llame al mal por su nombre y al bien por el suyo. Estamos pagando un precio enorme para que Europa esté preparada. Si Ucrania cae, serán los próximos. Dentro del país estamos agotados, casi vacíos por dentro. La gente está llegando al límite. Y el final de esta maratón todavía no se ve. Pueden ser cinco años, diez, un mes. Nadie lo sabe.

Dos niñas sentadas en hierba alta. La mayor, con pelo rojizo, sostiene una fresa mirando a la menor, quien usa camiseta a rayas. Un oso de peluche rosa entre ellas. Fondo con árboles y casas
Dos niñas juegan en un prado en una escena de Militantropos. «Ucrania no es un país pequeño masivamente atacado. Es un país enorme, con cultura», dice Mozgovyi. (Captura de pantalla)

—En América Latina la guerra se ve con distancia. ¿Le incomoda esa mirada?

—Me preocupa cómo funciona la propaganda rusa y autoritaria en general en los países del sur global, incluida la influencia china. Se construye una narrativa de que Ucrania es un apéndice de Estados Unidos y que, por lo tanto, hay que estar del lado de Rusia. Pero los regímenes autoritarios afectan a todo el planeta. El Imperio Ruso es el último que queda, y hace lo que hacen los imperios hasta que caen. Hay cosas que nos unen. Hay más de dos mil cien casos oficialmente investigados de niños ucranianos deportados a Rusia, algunos incluso a Corea del Norte, donde son obligados a abandonar su identidad. Sé que en Argentina, durante la dictadura, hubo situaciones similares. Eso puede ser un punto de conexión. Nosotros no invadimos Rusia. Nos invadieron porque queremos vivir en un país de dignidad y libertad. Una película puede dar una experiencia que las estadísticas no dan.

—¿Qué puede hacer el documental ucraniano frente al aparato masivo de propaganda rusa? ¿Contrarrelato, testimonio, archivo?

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—Hacemos lo que podemos. Al principio de la invasión, cuando planteamos cancelar la cultura rusa —porque es parte de su poder blando, su manera de capturar mentes antes de capturar territorios—, no era una idea popular en Occidente. Pero cuando el noventa y ocho por ciento de los rusos apoya la invasión, según sus propias estadísticas opositoras, hay que hablar de responsabilidad colectiva. Nuestra única opción es seguir filmando e intentar que el mundo lo escuche y lo vea. Si no, serán los rusos quienes lleguen y difundan sus narrativas, sus posverdades. Y quizás no solo para ahora: creemos que Militantropos es algo que va a perdurar, que dentro de décadas le permitirá a la gente entender antropológicamente lo que pasó y construir un futuro mejor.

Simon Mozgovyi
Mozgovyi en Buenos Aires. «Es la primera vez que estoy en América Latina. Leí libros sobre esta ciudad y ahora estoy acá», dice el cineasta ucraniano. (Jaime Olivos/Infobae)

—Después de cuatro años de guerra, ¿qué extraña más?

—[suspira] La alegría. La alegría pura. El estrés postraumático funciona de una manera particular: no solo te adormece las emociones malas, también las buenas. Tu mente intenta estabilizarse. Y extrañás, simplemente, poder ser feliz. Anoche fui a cenar en Buenos Aires y había un bingo musical en un café. Estaba abarrotado, la gente bailaba y cantaba. Fue muy inspirador ver esa alegría pura. Es la primera vez que estoy en América Latina, la primera vez en Buenos Aires. Leí libros sobre esta ciudad y ahora estoy acá. Pero es como llevarse un caracol al oído: escuchás algo, sí, pero no es el mar, no es la ciudad. Es solo un caracol. Eso es lo más difícil. La alegría pura: eso es lo que más extraño.



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Elecciones en Colombia: Abelardo De la Espriella, el candidato «macho» que admira a Javier Milei y genera repudios con su campaña provocadora

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«Con esa foto me gané unos votos muy bacanos (buenos) del electorado femenino», aseguró Abelardo de la Espriella, el candidato de ultraderecha a la presidencia de Colombia, en una entrevista reciente en la que pidió a una periodista que le dieran zoom a una imagen suya en un móvil con la intención de que le exaltara el tamaño de sus genitales.

Esa, efectivamente, fue una lógica recurrente durante su campaña presidencial, en la que sostiene que él sí tiene «los cojones» para gobernar al país.

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«¿Qué ves aquí? Amor, acércala ¿Qué más ves?», insistió De la Espriella, a la periodista Laura Rodríguez, del programa de radio Piso 8, con la pretensión de que ella se refiriera al tamaño de su miembro viril, en una entrevista con cierto tono jocoso en la que los temas de la política quedaron en segundo plano.


«Fue un irrespeto total hacia mí y hacia mi trabajo. Me sentí vulnerada, acosada y asqueada», aseguró Rodríguez sobre ese momento, que se volvió viral en redes sociales.

El escándalo sacudió esta semana la aburrida y plana campaña para las elecciones presidenciales de Colombia, el próximo 31 de mayo.

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Disculpas


Las cosas no le salieron bien a De la Espriella y su fotografía, de manera que se tuvo que guardar las referencias a sus partes íntimas y emitir, en cambio, un mensaje en redes sociales ante la presión social, en el que le ofreció disculpas a la periodista.


En su declaración, sostuvo que «aunque no haya existido intención de mi parte de ofender y mucho menos de irrespetar, si una mujer se siente incómoda, un caballero tiene la obligación moral de ofrecer disculpas».

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Lo del tamaño del pene ocurrió la misma semana en que de la Espriella le respondió a una de las periodista más respetadas de la televisión local, María Lucía Fernández, que la «ignorancia es atrevida», cuando ella le preguntó sobre su trabajo como abogado de personajes como el colombo-venezolano Alex Saab, detenido por Estados Unidos y liberado luego por el gobierno de Joe Biden, y también señalado de actos de corrupción en el mandato de Nicolás Maduro.

En los tiempos del «Me too» y el feminismo, De la Espriella obedece a otra lógica, la del macho que habla con doble sentido, hace referencias al físico de las mujeres o les dice qué «lugar» deben ocupar sin ruborizarse, alegando que es su forma de ser como hombre del «Caribe».

Los presidentes de Argentina, Javier Milei, y de El Salvador, Nayib Bukele, admirados por Abelardo  De La Espriella. Foto: AP

La agresiva campaña del «macho alfa»

De la Espriella es el candidato «outsider» en la contienda electoral, que se vende como el «macho alfa» de la manada y el único con el carácter y «los cojones» para resolver los «problemas» del país, siempre acudiendo al lenguaje machista y equiparándose con «El tigre» como alter ego, que une a un saludo militar teatral y la frase «­Firmes con la patria!».

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El candidato, el segundo en las encuestas, a unos 10 puntos en promedio del favorito, el izquierdista Iván Cepeda, dijo admirar al presidente de El Salvador, Nayib Bukele, en particular por el tema de las cárceles de máxima seguridad, y también al argentino Javier Milei, por su afamada «motosierra» económica.


De la Espriella prometió durante la campaña «destripar» a la izquierda, a la que considera «una plaga» si gana la presidencia.

En ese sentido, calificó al jefe de Estado, Gustavo Petro, de ser «jefe de la mafia», prometió darle «plomo (bala, NDR)» a los delincuentes y aseguró que les mostrará a los indígenas que protesten en su eventual mandato de qué tamaño es la mordida de «El tigre».

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Magnate

De la Espriella es un hombre millonario, con avión privado, propiedades en Estados Unidos e Italia, que forjó su fortuna como abogado y dueño de un exitoso estudio que cobra grandes sumas de dinero por su labor.

En un artículo de enero de este año, el portal periodístico La Silla Vacía, reveló que su «universo empresarial», compuesto por unas 35 empresas, no es rentable salvo su estudio de abogados y un par más de compañías que no dieron pérdidas. Desde la campaña del candidato desestimaron esa versión y acusaron al portal web de ser financiado por George Soros y un conglomerado empresarial local que supuestamente apoyaba a otro aspirante.

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La Fundación para la Libertad de Prensa (Flip) sostiene que De la Espriella acudió al sistema judicial para intentar contrarrestar el papel del periodismo, con 109 denuncias por injuria y calumnia contra periodistas entre 2008 y 2019, que no suelen llegar a resolución, pero que desgastan a los señalados.


De llegar a la Presidencia, el candidato ultraderechista, que nunca ocupó un cargo de elección popular, propone «reconstruir» el país a fuerza de una política de seguridad que promete arrasar con más de 300 mil hectáreas de cultivos ilícitos.


También pretende lograr crecimiento económico a fuerza de reducir el Estado a una cuarta parte de su tamaño e incentivar la inversión con menos impuestos, entre otras propuestas.

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Exiled Muslim scholar warns far-left–Islamist alliance behind anti-Israel protests echoes Iran’s rise

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NEWYou can now listen to Fox News articles!

A Muslim scholar who was forced to flee Egypt after criticizing Hamas’ Oct. 7 attacks is warning America’s far left that its alliance with Islamist extremism could end the same way Iran’s did in 1979 — with an Islamic regime seizing power after partnering with leftist factions.

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Dalia Ziada, a Middle East scholar and Washington, D.C.-based coordinator at the Institute for the Study of Global Antisemitism and Policy, later relocated to the United States and said she is now seeing similar and troubling dynamics take shape here.

Her warning comes as a global network of anti-Israel activist groups is mobilizing coordinated «Nakba 78» protests across the United States and around the world this weekend, with organizers using the anniversary of Israel’s founding to stage demonstrations that critics say challenge the Jewish state’s legitimacy, and, in some cases, call for its dismantling

«For five or seven years now, we have been seeing some kind of a ‘sinful marriage’ between the radical left and the radical Islamism, the groups that hate Western liberal democracies and desire to destroy them,» she told Fox News Digital.

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SCATHING REPORT CALLS ON US TO LABEL ISLAMIST GROUP INFILTRATING ALL ASPECTS OF AMERICAN LIFE AS TERRORIST ORG

Left: Protesters gather in Tehran in February 1979 during the Iranian Revolution, carrying banners calling for an Islamic Republic. Right: Dalia Ziada, a Middle East scholar and Washington, D.C.-based coordinator at the Institute for the Study of Global Antisemitism and Policy, speaks during an interview. (Gabriel Duval/AFP via Getty Images; Provided by Dalia Ziada)

Ziada said Islamist movements, including groups tied to the Muslim Brotherhood, have for years sought to use the Palestinian cause as a way to mobilize support and build alliances with other activist movements in the West, a phenomenon some analysts have described as a «red–green alliance.

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She also argued that Islamist movements have increasingly targeted Jewish communities in the West, which she described as a «pillar» supporting liberal democratic systems.

«They agree on one thing, that they need to destroy the West as we know it today and replace it with something else. For the radicalists, they want to replace it with the Marxist system. For the Islamists, they want to replace it with an Islamist system, which they think is the ideal system,» she said.

Global protest network

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A Fox News Digital investigation found that approximately 425 organizations — including communist groups, Muslim advocacy organizations and anti-Israel activist coalitions — are operating within a coordinated transnational protest network with a combined funding footprint of roughly $1 billion in annual revenues.

The groups have organized an estimated 736 events across 39 countries this weekend.

Ziada said the alliance reflects what she described as a shared hostility toward Western liberal democracies and has intensified in the wake of the Oct. 7 Hamas attacks.

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She argued the war in Gaza has provided what she described as a «moral umbrella» for the movement.

«They used that to give themselves some moral legitimacy to go on and accelerate the process of destroying the West,» she said.

Pro-Palestinian demonstrators protesting outside Columbia University in New York City

Pro-Palestinian demonstrators protest outside Columbia University in New York City on Feb. 2, 2024. (Eduardo Munoz Alvarez/VIEWpress)

Lessons from Iran

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Ziada pointed to the 1979 Iranian Revolution as a cautionary example.

«We saw this exactly happening in Iran in the 1970s. The Islamists used the left because the legitimacy of the left is stronger, because they don’t come from a religious background,» she said. «They allied the communists there, made them believe that we all are going to change Iran and make it a better place. And how it ended in 1979, the Islamic Revolution happened. The Islamists took over the country and the first group they sacrificed … was the communists, the leftists in Iran.»

Ziada warned that similar dynamics could emerge in the United States if ideological alliances continue to deepen, arguing that movements built around shared opposition can fracture once power shifts.

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She said that while the groups involved may appear aligned in the short term, their long-term goals are fundamentally incompatible — a pattern she said has played out repeatedly in the Middle East.

She said such alliances are often temporary, warning that once power is secured, more extreme factions tend to dominate.

Split image showing Americans held hostage during 1979 Tehran embassy seizure and modern-day protests in Iran

A split image shows Americans held hostage during the 1979 seizure of the U.S. Embassy in Tehran alongside modern-day protests in Iran. (Bettmann/Getty Images; Atta Kenare/AFP via Getty Images)

ASRA NOMANI: I WATCHED HATE CONSUME DEMOCRATS’ ‘NON-VIOLENT’ #NOKINGS RALLIES

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She said the protests themselves are expected to follow a familiar pattern of anti-Israel demonstrations that she described as «very well organized worldwide.»

«I don’t think this time it would be any different in the general sense of demonizing Israel, trying to blame Israel for everything,» she said.

Ziada said protesters are likely to frame Israel using terms such as «apartheid» and «genocide,» language she argued points to a broader, coordinated alignment of groups operating with similar messaging and goals.

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Ziada said the term «Nakba,» meaning «catastrophe,» has been reframed over time, arguing it was originally used in part to criticize Arab leaders for rejecting a proposed Palestinian state — a context she said is largely absent from modern protests.

«I wouldn’t say it’s kind of a bureau… but they all agree on one thing, which is destroying the United States or weakening the Western world,» she said.

A demonstrator holding a picture of Iran's Supreme Leader Ayatollah Ali Khamenei at a rally in Tehran

A demonstrator holds a picture of Iran’s former Supreme Leader Ayatollah Ali Khamenei during a rally in Tehran on June 14, 2025, showing solidarity with the government against Israel’s attacks and marking Eid al-Ghadir. (Atta Kenare/AFP)

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Ziada said she has already seen the consequences of such alliances firsthand in the Middle East.

«I have seen my native Egypt being destroyed by these groups, by these people, and I’ve seen the entire Middle East actually falling under this. And I don’t want to see the United States, the country that has given me my education, has given my career, has given me a refuge when these radicals tried to kill me — I don’t want to see being destroyed by the same bad guys.»

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La Justicia de EE.UU. busca usar leyes sobre terrorismo para perseguir a funcionarios mexicanos

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Esta semana, el gobierno de Donald Trump intensificó de manera significativa su campaña contra el narcotráfico procedente de México al dar instrucciones a sus fiscales federales para que persigan a los funcionarios mexicanos cómplices en el tráfico de estupefacientes con la intención de acusarlos en virtud de la legislación sobre terrorismo, según un funcionario estadounidense familiarizado con las declaraciones.

Esta nueva directiva fue anunciada el miércoles por Aakash Singh, vicefiscal general adjunto, durante una conferencia telefónica interna con fiscales de las oficinas regionales y representa una nueva táctica agresiva en la estrategia antinarcóticos del gobierno que, casi con toda seguridad, tensará aún más su relación con México.

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La iniciativa es la última expansión de una política de línea dura que ha definido el programa político del presidente Trump desde su regreso a la Casa Blanca el año pasado, cuando firmó una orden ejecutiva que designaba a los cárteles de la droga latinoamericanos como organizaciones terroristas. En cuestión de meses, el ejército estadounidense comenzó a atacar embarcaciones en el mar Caribe y el océano Pacífico, matando a casi 200 personas que, según el gobierno, eran contrabandistas de drogas.

La directiva del Departamento de Justicia, de la que no se había informado anteriormente, se produce dos semanas después de que fiscales federales de Nueva York imputaran al gobernador del estado mexicano de Sinaloa, quien también es miembro del partido gobernante del país. Días antes, la muerte de dos agentes de la Agencia Central de Inteligencia en un accidente automovilístico en México reveló un elemento encubierto de la ofensiva de la Casa Blanca contra los cárteles. Los acontecimientos han intensificado de manera drástica las tensiones transfronterizas.

El papel de Singh incluye establecer prioridades para los 93 fiscales estadounidenses, y las órdenes que les dio el miércoles fueron tajantes y sorprendentemente poco diplomáticas.

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“Deberíamos triplicar el número de acusaciones contra funcionarios corruptos de México que utilizan su poder y sus cargos para permitir que terroristas y monstruos trafiquen con miseria y veneno”, les dijo a sus colegas, según el funcionario estadounidense, que no estaba autorizado a hablar públicamente.

Las anteriores acusaciones de Estados Unidos contra funcionarios latinoamericanos por delitos de narcotráfico han deteriorado las relaciones bilaterales, que incluían la cooperación en muchos frentes. Pero Singh pareció disfrutar de esa perspectiva al instar a los fiscales a acusar a funcionarios mexicanos de proporcionar apoyo material a organizaciones terroristas, además de delitos relacionados con las drogas.

“Si eso es algo desagradable para los funcionarios del gobierno mexicano y se ofenden porque lo hacemos, no se me ocurre nada que me importe menos”, dijo. “Si en el proceso los avergonzamos y los ponemos en evidencia, para nosotros es la cereza del pastel”.

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El Departamento de Justicia no respondió inmediatamente a los mensajes en busca de comentarios.

La presidenta de México, Claudia Sheinbaum, ha dejado claro que no está satisfecha con la decisión estadounidense del mes pasado de imputar a un gobernador mexicano en funciones, Rubén Rocha Moya, de colaborar con los cárteles de la droga. Se ha negado a detener a Rocha, ha criticado a los funcionarios estadounidenses por no aportar pruebas suficientes y ha enmarcado varias veces las acusaciones contra él como una posible afrenta a la soberanía mexicana.

Rocha, que ha renunciado temporalmente a su cargo, ha negado las acusaciones y, en cambio, ha acusado al gobierno de Trump de haberlo señalado políticamente para debilitar al partido político de Sheinbaum.

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El gobernador de Sinaloa, Rubén Rocha, habla con los medios de comunicación durante una rueda de prensa junto a la presidenta de México, Claudia Sheinbaum, en el Palacio Nacional en Ciudad de México el 26 de junio de 2025. (Foto: Luis Barron/REUTERS/Foto de archivo)

Aunque el Departamento de Justicia no ha manifestado de manera pública su intención de acusar a políticos mexicanos de delitos de terrorismo, funcionarios de alto rango del gobierno han dejado claro en los últimos días que la imputación de Rocha no sería un caso aislado.

“Son igualmente responsables de la muerte y la destrucción de cantidades récord de estadounidenses al cooperar, al conspirar, al ayudar a producir este veneno para que cruce la frontera y entre en nuestro país”, dijo el martes Terrance C. Cole, jefe de la Administración para el Control de Drogas, durante una comparecencia ante el Senado. Y añadió: “Esto es solo el principio”.

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Adoptar una línea más dura contra los políticos mexicanos supone un cambio en la estrategia estadounidense, que se ha centrado en gran medida en perseguir a los líderes de los cárteles. Recientemente, México ha enviado a Estados Unidos a más de 90 miembros de cárteles detenidos, entre ellos el famoso jefe de cártel Rafael Caro Quintero, quien fue condenado por ser el autor intelectual del asesinato de un agente de la DEA hace más de 40 años.

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Esos traslados reflejan una cooperación más estrecha en materia de seguridad bajo los gobiernos de Trump y Sheinbaum, sobre todo en comparación con la relación que había con el predecesor de Sheinbaum, Andrés Manuel López Obrador, quien aplicó un enfoque menos letal conocido como “abrazos, no balazos“.

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Pero las investigaciones estadounidenses sobre políticos mexicanos han puesto a Sheinbaum en una posición política difícil. Muchos miembros de su partido dominante, Morena, han desconfiado profundamente del gobierno estadounidense, y varios de los políticos que podrían estar en el punto de mira pertenecen a Morena.

Sin embargo, parece probable que los acusados del cártel que México envió a Estados Unidos puedan ayudar ahora a llevar a cabo esos casos. A principios de este mes, Todd Blanche, fiscal general en funciones, dijo que esos narcotraficantes habían compartido información valiosa.

“Una consecuencia de haber traído aquí a muchos de los líderes de algunos de estos cárteles durante el año pasado, en cooperación con el gobierno mexicano, es que algunos de ellos probablemente querrán cooperar”, dijo Blanche en una entrevista en un evento del sector de la seguridad fronteriza. “Esa cooperación podría dar lugar a cargos adicionales”.

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Al señalar públicamente su intención de perseguir a los políticos que han ayudado a los cárteles a introducir cocaína, fentanilo y otras drogas en Estados Unidos, el gobierno de Trump puede tener varios objetivos, dijeron los analistas.

A primera vista, la amenaza podría tener un efecto amedrentador sobre los funcionarios del gobierno que apoyan activa o tácitamente el comercio, y cuyas campañas políticas pueden estar financiadas por los capos. Pero también podría dar ventaja a los funcionarios estadounidenses mientras negocian el futuro de una alianza comercial que incluye a Canadá, México y Estados Unidos antes de la fecha límite del 1 de julio. Las frecuentes amenazas de Trump de llevar a cabo una acción militar unilateral contra los cárteles en suelo mexicano también rondan sobre esas conversaciones.

“Mucha gente lo verá como una medida de mano dura contra México, que bajo el mandato de Sheinbaum ha hecho mucho más que cualquiera de sus predecesores en estas cuestiones”, dijo Roberta S. Jacobson, quien fue embajadora en México durante el gobierno de Barack Obama.

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Dado que muchos de los funcionarios a los que podría acusar el Departamento de Justicia son del partido Morena al que pertenece Sheinbaum, “podría ponerla quizá en la peor posición posible”, dijo Jacobson.

Funcionarios con altos cargos del gobierno de Sheinbaum están frustrados por la forma en que el gobierno de Trump ha gestionado el procesamiento de Rocha, gobernador de Sinaloa, según un funcionario mexicano que habló bajo condición de anonimato para hablar de conversaciones privadas. Su gobierno ha entregado prácticamente a todos los acusados de delitos que ha pedido el gobierno de Trump, dijo esta persona, pero ha recibido poca información de sus interrogatorios, lo que dificulta la colaboración en las investigaciones. Al mismo tiempo, Sheinbaum se ha quejado de manera pública de que Estados Unidos ha denegado decenas de solicitudes de extradición de México.

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El presidente de Estados Unidos, Donald Trump. (Foto: REUTERS/Evan Vucci).

El presidente de Estados Unidos, Donald Trump. (Foto: REUTERS/Evan Vucci).

Durante décadas, Estados Unidos ha acusado a altos cargos de América Latina de delitos relacionados con el narcotráfico. A menudo, estos casos han trastornado las estructuras de poder y la dinámica política en toda la región, pero el narcotráfico sigue siendo un gigante que genera miles de millones en ganancias, impulsado por la fuerte demanda de los estadounidenses.

Entre los procesamientos de alto perfil que el Departamento de Justicia ha llevado a cabo en los últimos años se incluyen los casos de Nicolás Maduro, exdirigente de Venezuela detenido en Caracas durante una atrevida operación llevada a cabo por fuerzas de operaciones especiales estadounidenses en enero, y de Genaro García Luna, exfuncionario de alto cargo de las fuerzas de seguridad de México. Maduro está a la espera de juicio junto con su esposa, Cilia Flores, en Nueva York. García Luna fue condenado a 38 años de prisión en 2024, tras ser declarado culpable en un juicio celebrado en Nueva York.

Otro caso destacado, el de Juan Orlando Hernández, expresidente de Honduras, tuvo un giro inusual. Poco más de un año después de que un juez lo condenara a 45 años de prisión por su participación en el tráfico de 400 toneladas de cocaína, Trump lo indultó, atendiendo una petición de Roger J. Stone Jr., un antiguo asesor, y de otras figuras de la derecha.

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Un caso estadounidense contra un funcionario mexicano de alto rango —Salvador Cienfuegos, exsecretario de Defensa, detenido en el aeropuerto de Los Ángeles en 2020 y acusado de tener vínculos con el violento cártel H-2– fracasó estrepitosamente. El Departamento de Justicia retiró sus cargos contra Cienfuegos bajo la presión del gobierno mexicano, que amenazó con expulsar a los agentes estadounidenses y posteriormente aprobó una ley que restringía gravemente la cooperación bilateral en materia de seguridad.

De cara al futuro, Singh, un asesor de alto rango de Blanche conocido por su estilo tosco, dijo que el Departamento de Justicia tenía la intención de adoptar un enfoque de clemencia cero. Además de acusar a los políticos de delitos relacionados con drogas y armas de fuego, que pueden acarrear largas penas de prisión, los fiscales deberían tratar de acusarlos también de apoyo material a grupos terroristas, dijo.

Las condenas pueden conllevar penas de prisión de hasta 15 años, o cadena perpetua, si el delito subyacente causó la muerte de una persona.

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Pero hasta ahora, el Departamento de Justicia ha utilizado con mesura los cargos de terrorismo contra los cárteles. Hace un año, los fiscales imputaron a dos dirigentes del cártel de Sinaloa de apoyo material al terrorismo en relación con sus presuntos esfuerzos por introducir grandes cantidades de droga en Estados Unidos.

Singh dijo que el departamento quería perseguir más casos de ese tipo. “Tenemos que tratar a estas personas como los terroristas que son”, dijo.

*Por Ernesto Londoño, reportero del Times radicado en Minnesota que cubre noticias en el Medio Oeste sobre el uso de drogas y las políticas de lucha contra el narcotráfico; Alan Feuer, que cubre extremismo y violencia política para el Times, centrándose en los casos penales relacionados con el ataque del 6 de enero al Capitolio y contra el expresidente Donald Trump; y Jack Nicas, jefe de la corresponsalía del Times en Ciudad de México que lidera la cobertura sobre México, Centroamérica y el Caribe.

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The New York Times, México, Estados Unidos

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