CHIMENTOS
Enrique Bunbury, el regreso a la Argentina y una nueva mutación: “El arte es un refugio infinito ante la desgracia”

Desde que puso un pie por primera vez en América Latina, Enrique Bunbury sintió la fascinación por los sonidos de la tierra. Fue un amor a primera escucha, de la Antártida hasta el río Bravo y del Atlántico al Pacífico. Pero eran los tiempos salvajes y rockeros de Héroes del Silencio, de guitarras enigmáticas y ese sonido postpunk que no le dejaba demasiado espacio. Todo se decantó en menos tiempo de lo que esperaba. El grupo se disolvió a partir de una interna insalvable y casi al mismo tiempo empezaba su recorrido solista. Y allá estaban los sonidos de América Latina toda, esperándolo para que experimentara con ellos.
Una vez que se sacudió la coraza de la ortodoxia rockera, Bunbury se dejó llevar con esos impulsos que aparecieron con fuerza definitiva en el revelador trabajo El viaje a ninguna parte (2004). Ese espíritu de jinete sin patria ni bandera que asumió para su camino solista supo abrevar de rancheras, cumbias y boleros, entre otros estilos. Fue un avance firme pero sigiloso, respetuoso de las formas, como quien transita un campo minado dispuesto a tomar los riesgos. Así surgió un disco de versiones, Licenciado Cantinas (2011), alter ego de un pasado sinuoso y un homenaje a los grandes autores de Latinoamérica. Pero tuvieron que pasar casi 15 años para que se sentara de puño, guitarra y letra para cantar su propia historia de la región.
“No sé por qué sucedió ahora”, le dice con brutal honestidad Enrique Bunbury a Teleshow desde Los Ángeles, su residencia en gran parte del año. La referencia es para Cuentas pendientes (2025) y De un siglo anterior (2026), dos trabajos que el zaragozano ha definido como “primos hermanos” a partir de sus similitudes. Son canciones propias -con una ilustre excepción- compuestas por Bunbury y ejecutada por músicos latinos en un estudio en México.
Un ejercicio casi inédito para alguien que supo formar grandes bandas de acompañamiento, tanto con Los Santos Inocentes como con El Huracán Ambulante. Un mix de estas formaciones lo acompaña en la gira Nuevas Mutaciones con parada obligada en Buenos Aires el 4 de noviembre en el Movistar Arena. “Me faltaba hacer un disco como este, que al final terminaron siendo dos, que miran a la canción popular y a la música de raíz, antes de moverme en otras direcciones”, confiesa un artista siempre en movimiento que ya empieza a vislumbrar ese nuevo horizonte que anticipa como un giro de 180 grados: “Vuelvo a enchufar la guitarra eléctrica y me voy a ir hacia otros sonidos”.
—Supongo que las cuentas pendientes no se terminarán nunca. ¿Son muchas en tu caso? ¿Cómo es tu relación con ellas?
—Ojalá tengas razón y queden muchas, o por lo menos algunas, porque uno va encontrándose con un pasado que cada vez es más amplio, en el que hay más discos, y claramente me quedan menos discos por delante que por detrás. Entonces, tener proyectos, tener ilusiones, mantener la capacidad de sorpresa me parece imprescindible para seguir creativamente activo. Yo lucho por no ser lo que llaman ahora un legacy act: un artista que se sube al escenario a interpretar los éxitos de otra época y que ya no saca discos. Siempre me interesa más el futuro que el pasado.
—Sin embargo, desde el título y ciertas frases, en De un siglo anterior asoma cierta nostalgia por ese tiempo pasado, que muchas veces estamos tentados a considerarlo como un tiempo mejor. ¿Sos un hombre nostálgico?
—Yo no soy nostálgico de los tiempos que he vivido. No soy nostálgico de los 90, ni de los 80. Pero sí soy nostálgico de épocas que no he vivido: me hubiera gustado vivir en los años 20 del siglo pasado o hacer una visita rápida a la Edad Media. No sé si se puede decir que eso sea nostalgia, porque ser nostálgico de la Edad Media quizás sea un poco raro (risas). Me interesa más lo desconocido que lo que ya he conocido. Y también tengo mucho interés por hacia dónde vamos. Yo no soy nada apocalíptico. Cuando veo a toda esta gente que dice que el mundo va a reventar un día de estos, siempre pienso que si eso va a suceder, al menos quiero un buen asiento para verlo y disfrutar el apocalipsis.
—En este sentido parece haber un equilibrio en las letras del disco, entre el optimismo de “Un brindis al sol”, con esa premisa de ver el vaso medio lleno, y cierta alarma por este presente disparatado, de vulgaridad y economía de la atención ¿Te sale naturalmente el optimismo o tenés que ir a buscarlo?
—Hay que forzar el optimismo, y creo que hay muchos motivos para ser optimistas. En realidad, la mayor parte de las situaciones trágicas con las que nos enfrentamos provienen de leer los medios de comunicación y de atender demasiado a lo que nuestros gobernantes nos preparan. Yo siempre pienso que el enemigo nunca está a mi izquierda ni a mi derecha: el enemigo siempre está arriba. Son los gobernantes, los partidos políticos que se dedican a partirnos, a dividirnos, y las instituciones supranacionales. Pero por lo demás, creo que tenemos múltiples motivos de alegría si miramos a la gente a nuestro alrededor, a nuestras familias, a nuestros seres queridos, a las cosas que nos emocionan, que en mi caso es el arte, la música, la literatura, el cine. Ahí encuentro un refugio infinito ante cualquier tipo de desgracia.
—Cómo fue la experiencia de grabar con músicos que no conocías?
—Mis demos por lo general son bastante avanzados: hay una instrumentación completa de guitarras, bajos, percusión, teclados, batería. Eso es lo que llevo al estudio, pero a la vez les pido a los músicos que se abstraigan muchas veces de lo que yo he hecho para encontrarle a la canción nuevos lugares interesantes. Que se olviden del bajo que yo grabé para que el contrabajista sea absolutamente libre. A veces toman algo que yo hice, a veces no. Dejarles esa libertad nos lleva a encontrar nuevos lugares y a conseguir un mejor vestido para la canción.
—Hay dos guiños muy especiales hacia Argentina en el disco. Nos diste el honor de que el único cover sea un estándar de nuestro folclore, “Zamba para olvidar”. ¿Por qué elegiste ese tema?
—“Zamba para olvidar” es una canción muy conocida en Argentina, y posiblemente también en Uruguay y Paraguay, pero no tan conocida fuera de por allí, por lo que he podido contrastar con otros periodistas en otras regiones. Mientras estaba componiendo las canciones de este disco, esa canción se me cruzó por el camino y grabé mi propia versión en el estudio, yo solo. Cuando fuimos a seleccionar el material para el disco, pensé que grabarla tenía sentido, primero porque la zamba era un género en el que yo no había escrito nada, y luego, porque la música campesina argentina es algo que me apasiona. Creía que completaba de alguna manera todo este viaje que he realizado en estos dos discos.
—Y el otro guiño es el tango, un género que habías visitado como intérprete pero no lo recuerdo como compositor. ¿Cómo fue el camino hasta “En el arcén”?
—Había escrito pseudotangos: canciones que tenían un sabor, un pequeño guiño, pero que no eran realmente tangos. Esta canción sí la hice con el interés de ubicarme dentro del género. Y la verdad es que es una de las canciones que más me ha costado a muchos niveles: desde lo musical, la letra y el cantar. Es la canción que más veces tuve que grabar para encontrarle el flow y sentirme cómodo ofreciendo algo que sé que es sagrado, por lo menos para mí. Y me da la impresión de que para muchos argentinos también lo es, y no quería fallarles.
—¿Por qué fue tan complejo?
—El tango tiene una dificultad brutal. Es difícil cantar tangos, difícil componerlos, difícil tocarlos, porque ha habido grandes maestros en los que fijarse. Desde las composiciones de Piazzolla hasta, para mí, Roberto Goyeneche, que es un tótem como cantor de tangos. Me parece el Sinatra, el Dylan de la canción tango argentina, con esa rítmica, en cómo fluye su fraseo, es lo que me parece fascinante. Se fue convirtiendo en un estilo conforme fueron pasando los años y la voz le iba fallando: cada vez cantaba menos y hablaba más. Pero incluso hablando, le pasa como a Chavela Vargas: conforme iba avanzando en edad, cada vez cantaba menos, pero su interpretación era igual de potente y conseguía el mismo efecto en el público.

Sinatra, Goyeneche, Chavela, Dylan. Sin querer, en su relato aparecen cuatro figuras capitales de un siglo anterior, entre tantos nombres que forjaron su esencia de artista. Y Bunbury se mantiene fiel a esa educación sentimental que hizo oficio y profesión entre los 80 y los 90. Época de discos físicos -vinilos, casetes, compactos, aquí el formato no importa-, con una idea concebida desde la portada hasta el último acorde. Y que se publicaban con una periodicidad que no podía ir mucho más allá de un año, como mucho, dos. En la era de los singles, de las plataformas, de los feats y de las producciones volátiles, Bunbury sigue en aquel camino del que no tiene en mente apartarse. “Me abstraigo un poco de todo eso, de los cambios de la industria, de las necesidades de las propias compañías discográficas o de los mánagers”, justifica sobre esta postura.
—¿Te sentís a gusto con estas nuevas maneras de consumir la música?
—Creo que tenemos que hacer nuestras carreras a nuestra imagen y semejanza, olvidándonos de qué es lo que ocurre fuera, porque en realidad todo es posible. Lo que ha traído el streaming y las nuevas tecnologías es que todas las versiones de mostrar tu música son posibles. No hay una que sea la correcta ni la única. Podés dedicarte a grabar sencillos exclusivamente, pero también los artistas de pop graban álbumes y creen que es necesario expresar su era y su momento creativo encerrado en forma de un larga duración. Podés publicar varios discos en un año, hay artistas que así lo hacen, y también podés tardar todo lo que quieras. Es cuestión de hacerlo según tus necesidades y con honestidad.

—Este artista en estado de producción permanente también se manifestó en una serie de poemarios. ¿Cómo se diferencia al Bunbury poeta del Bunbury escritor de canciones?
—Yo principalmente escribo canciones; a eso me dedico. Excepto cuando creo que tengo algo que tiene que formar parte de una escritura más extensa y que precisa de una libertad mayor, alejada del corsé de la música y de las estrofas y los estribillos. Entonces es cuando dejo de escribir música y durante un tiempo concreto —un mes, dos meses, tres meses— me concentro en el libro y no escribo canciones. Para mí es muy sencillo porque cierro una puerta y abro otra.
La puerta que ofrece De un siglo anterior lo devolverá a Buenos Aires en noviembre como parte de la gira Nuevas Mutaciones. Un concepto que surgió un poco a la fuerza, cuando un malestar físico lo llevó a pensar que no iba a poder cantar más. El culpable resultó ser una sustancia tóxica en el humo del escenario. La consecuencia, una nueva forma de organizar los tours. “Me quedó una manera de trabajar más centrada en lo creativo que en lo interpretativo. Mis giras son mucho más cortas. Eso me permite volver a mi estudio, a grabar, a escribir y dedicarme a mis labores creativas”.
—¿Pasas mucho tiempo en el estudio?
—Sí, desde luego. Prefiero dedicarle más tiempo a la creación. Quizás también tenga que ver con el paso del tiempo y ver que por delante tengo menos tiempo que el que tengo por detrás, y querer de alguna forma exprimirme el cerebro para dejar obras mejores que las que he hecho hasta ahora.

—¿Te interesa lo que pasa musicalmente en los géneros que más se escuchan hoy?
—Como géneros, no tanto. Me interesa de repente algún artista que se desarrolla de forma más libre y que evoluciona por sus propios derroteros. Pienso, por ejemplo, en Rosalía, que me parece que dicta un poco sus propias normas. Me parece interesante Catriel y Paco Amoroso, porque también han tomado el timón llevando su música en direcciones que no parecía que fueran las que se les habían otorgado. Milo J también me gusta mucho. Al final, dentro de los géneros urbanos me interesan los que se salen un poco del género porque se les queda corto y quieren abarcar un poco más.
—¿Qué vamos a ver el 4 de noviembre en Buenos Aires?
—Voy con una banda de diez músicos en los que hay parte de El Huracán Ambulante y parte de Los Santos Inocentes. Hacemos una revisión de canciones de todas las épocas, por eso la gira se llama Nuevas Mutaciones. Ahí entran algunas que nunca habíamos tocado en vivo, otras que habíamos tocado pocas veces, mucha revisión de canciones que consideramos que tienen unos arreglos ahora más interesantes. Todo en un formato electroacústico muy orgánico, dividido en tres partes: una parte latina, otra más soul y otra más de rock and roll.
—Eso es algo que mantuviste en toda tu carrera solista, más allá de visitar cada tanto tus grandes éxitos. Siempre estuvo claro que la novedad iba a ocupar un lugar central en tus shows.
—Montar un setlist siempre es complicado, porque tenés que hacer un balance entre lo que pensás que le interesa al público. Pero el público al final no es singular, aunque lo citemos en singular: es plural, son individuos, cada uno con sus gustos y necesidades. Siempre me encuentro a alguien que dice: “Ah, no tocaste esta, no tocaste esta otra”. Siempre faltan canciones, por mucho que intentes tocar las más representativas. De hecho, en esta gira tengo mucho interés en sorprender al público con canciones que no se esperaban, mostrar parte de mi cancionero un poco menos habitual y repasar muchas cosas que han ocurrido en los últimos años en mi carrera, que creo que son interesantes.
El 6 de octubre se cumplirán 30 años del último concierto de Héroes del Silencio en su etapa clásica. Y si bien Bunbury se encargó con su obra de no anclarse a ese pasado, la pregunta se hace inevitable. Y él lo sabe y lo acepta. Y si lo fastidia, no se le nota. “Mi mirada hacia Héroes siempre es de agradecimiento a un momento que vivimos con unas edades muy juveniles y que disfrutamos a unos niveles bastante estratosféricos. Y de hecho, es un poco la base sobre la que se sostiene la posibilidad que tuve de desarrollarme como solista. Si no hubiera tenido una carrera previa con Héroes, seguramente no me habrían consentido como me han consentido”, analiza.

—Dijiste que el documental que se publicó en 2021 no reflejaba al menos tu versión. ¿En este tiempo te dieron ganas de contar tu parte del asunto?
—¿Tú dices un libro?
—Un libro sería interesante. O tu propio documental.
—El documental no es mi género; yo no soy director de cine. Pero creo que al final la historia de Héroes, en libros, en documentales, en múltiples entrevistas y discográficamente ya ha sido contada. Se puede afinar algún matiz aquí o allá, siempre está el tema de la disolución, los motivos, pero poco más se puede apuntar. Al final, ¿por qué se disuelve un grupo? Porque es lo normal, porque las relaciones se deterioran, porque cada uno va en una dirección.
—¿No han hablado ustedes de este tema a raíz del documental?
—No. La relación en el grupo nunca fue demasiado buena; bueno, al principio fue muy buena, pero llegó un momento en que hubo un deterioro. Nuestras vidas están muy separadas.
—¿Cuándo fue la última vez que alguien se le ocurrió que era posible una vuelta de Héroes del Silencio?
—La última vez… mira, esta pregunta, me la hagas cuando me la hagas, te puedo decir: el año pasado o hace pocos meses.
—¿Y la respuesta es siempre la misma? ¿Escuchás propuestas o directamente cortás el teléfono?
—Es que no soy yo el que… Un grupo son varias personas. Esa propuesta está encima de la mesa de todos y se toma una decisión. Pero creo que la última vez ya se tomó la decisión de que esto no va a ocurrir.
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CHIMENTOS
Anita Martínez interpreta a Ana Laura Merello: “Tita con su fuerza pudo hacerse de una vida”

Anita Martínez resalta que Tita Merello unía comedia y tragedia, un rasgo que también atraviesa a las otras mujeres del tango
El telón se alza para un homenaje cargado de memoria y pasión: Anita Martínez se sumerge en el universo del tango para encarnar a una de sus figuras más icónicas. “Es un show tanguero con una historia que cuenta sobre la vida de estas cuatro mujeres del tango. María Nieves, que bueno, se murió hace muy poquito. Libertad Lamarque, Nelly Omar y Tita Merello. Yo soy Tita, con la orquesta adelante, bailarines, coreografías, a todo”, describe la actriz, visiblemente emocionada por el desafío.
Anita Martínez en una charla con Teleshow cuenta que ella está acostumbrada a los escenarios del humor y la palabra, confiesa que la cautivó la intensidad de la puesta del espectáculo, Ellas son tango: “Este show no te da tregua, te permite reconectar con tu historia, con lo que te venía de tu vieja o de tus abuelos”, dice, dejando entrever que, más allá del aplauso, el tango también convoca a las raíces y los recuerdos. El espectáculo transita la historia de Tita Merello, interpretada por Anita Martínez, Libertad Lamarque, por Marisol Otero; María Nieves por Andrea Ghidone y Nelly Omar por Vanesa Butera.
—¿Cómo es el regreso a este espectáculo y qué lo diferencia de otros trabajos tuyos?
—Es un espectáculo bien distinto, al menos de lo que yo venía haciendo. Yo trabajo haciendo monólogos, stand up, obras de teatro. Este es un show tanguero con una historia que cuenta sobre la vida de estas cuatro mujeres del tango. Hay diferentes escenas, muchos tangos que te remiten a la historia de cada uno. Por ahí vos decís, hace cuánto hace que no escuchaba un tango que te vino de tu vieja, te vino de tus abuelos. Te permite reconectar también con ese lugar que por ahí vos no tenías muy presente, pero que está en tu historia.
—¿Cómo se desarrolla la historia en escena?
—Vamos contando la historia de cada una de ellas, es muy poético también. Este es un sueño imaginario que tiene un muchacho que maneja un bar. Las imagina a las cuatro juntas. En ese encuentro de esas cuatro monstruos de la escena nacional, empiezan a interactuar cada una con su rasgo, Tita Merello con su fuerza, Libertad Lamarque, una dama, una lady, María Nieves con ese pisar escénico, esa fuerza tanguera, Nelly Omar con todo lo que ella tenía, esa mezcla de fuerza, poesía, drama.

—¿Qué impacto tiene el espectáculo en el público?
—La verdad que el show es hermoso. Los tangos, que son los tangos clásicos, pero vos decís… la pucha, es inevitable que no te conmueva. Y más allá de que estén iluminados y todo, sentir el bandoneón tan cerquita, instrumentos tan hermosos, los violines, todo!!
—¿Es la primera vez que interpretás a Tita Merello?
—Exacto, esta es la primera vez, o sea, lo hicimos a partir del año pasado, es un laburo hermoso. Tengo un sentimiento tan lindo, es un dulce personaje, tan fuerte, argentina, mujer, y tan mina. A pesar de haber tenido una infancia durísima, era analfabeta hasta los veinticinco, aprendió a leer con un diccionario. Una mina que vivió en el campo, que tuvo que hacerse abajo, que tuvo que pedir permiso. Y ella pudo hacerse de una vida que nos dejó a todos conmovidos.

—¿Qué aspectos de Tita te conmueven más como actriz?
—Ella tenía como mucha comedia, a pesar de ser tan trágica. Porque tenía como la tragedia y la comedia juntas. Estos personajes me parece que todos pasaron un poco por ese dualismo. Un poco de ser trágicas y también tener una vida donde hay cosas que eran tremendas, pero que a la vez eran maravillosas.
—¿Creés que el desamor es un rasgo común en estas mujeres?
—Las atraviesa sin decirlo, pero las cruza totalmente. Es una línea que corre por… un velito muy delicadito que va por delante de ellas, que sí tiene que ver con el desamor. Esa idea de que a pesar de haber sido los monstruos que eran, el amor fue su tema.

—¿Qué descubriste sobre Tita Merello al investigar para el papel?
—A mí lo que me gustó mucho fue que Antonio Carrizo le hace una nota a ella, una entrevista muy larga y muy linda, donde ella se revela mucho a sí misma. Se ve que se sentía muy confortable con él y era una mina muy sencilla. Sentada a hablar, sin pelos en la lengua. Vos sentís que es esa tía que vos querés recibir en tu casa para que te diga la verdad. La posta. Entonces, me parece que esa fuerza que ella tenía fue lo que más me cautivó de ella.
—¿Qué otra faceta te sorprendió de Tita?
—Trabajar también esa sensibilidad, porque era una mina muy conmovida por los animales, en algún punto desprotegida, y que la fuerza era de ella misma. Ella que agarró un diccionario y dijo… bueno, yo no sé leer, lo voy a aprender yo.
—¿Cómo creés que la adversidad marcó su vida y su arte?
—Ella cuenta la historia de cómo muere su papá que le decía la negrita. Ella cuenta de lo poco que pudo disfrutar ese hombre que la amó mucho, que fue su papá. Que murió cuando ella era muy chiquita y tantas cosas que le fueron pasando, que cuando vos ves una artista que se transforma en eso, sentís, sin que te lo cuente, sentís cómo las cosas la atravesaron, cómo le fue pasando la vida. Lo que muestra el espectáculo es que estas minas, a pesar de todo, ahí cuando estaban y te cantaban sus verdades, cantaban Se dice de mí, Milonga y yo, El choclo, Uno, Balada para un loco, todos los que vos escuchás que son todos hits, están en algún punto enmascarando un montón de cosas. Cada una de nosotras le fue poniendo su impronta, fue conectando con lo que le pasaba con el personaje. Sin hacernos las sabiondas, con una humildad que me parece que eso también se agradece.
CHIMENTOS
El horóscopo de hoy: sábado 20 de junio

ARIES (del 21 de marzo al 20 de abril)
La Luna en Leo en trígono a Marte en Tauro te devuelve confianza y determinación. Sentirás ganas de disfrutar de la vida, expresar tus talentos y avanzar con seguridad hacia aquello que deseas. Tu entusiasmo será contagioso y atraerá nuevas oportunidades.
TAURO (del 21 de abril al 20 de mayo)
Te sentirás más fuerte emocionalmente y con una gran capacidad para resolver asuntos familiares o personales. Marte en tu signo te aporta energía y decisión, mientras la Luna en Leo te ayuda a actuar desde el corazón sin perder estabilidad.
GÉMINIS (del 21 de mayo al 21 de junio)
Las ideas fluyen con facilidad y encontrarás las palabras adecuadas para expresar lo que sientes. Este aspecto favorece conversaciones positivas, encuentros agradables y la posibilidad de concretar proyectos que venían tomando forma desde hace tiempo.
CÁNCER (del 22 de junio al 22 de julio)
Experimentarás una mayor sensación de seguridad y confianza en tus recursos. Será un momento favorable para valorar tus capacidades, tomar decisiones prácticas y avanzar hacia objetivos que te permitan construir mayor estabilidad.
LEO (del 23 de julio al 22 de agosto)
La Luna en tu signo ilumina tu carisma y potencia tu magnetismo personal. Sentirás una renovada vitalidad, deseos de mostrarte tal como eres y una fuerte conexión con tus emociones. Todo parece fluir con mayor naturalidad.
VIRGO (del 23 de agosto al 21 de septiembre)
La serenidad interior reemplaza parte de las preocupaciones habituales. Podrás actuar con mayor confianza en tus intuiciones y descubrir que muchas respuestas llegan cuando dejas de intentar controlarlo todo.
LIBRA (del 22 de septiembre al 22 de octubre)
Los vínculos sociales y las amistades cobran protagonismo. Sentirás entusiasmo por compartir proyectos, participar en actividades grupales y conectar con personas que inspiran tu crecimiento y creatividad.
ESCORPIO (del 23 de octubre al 21 de noviembre)
Este trígono entre luna y marte favorece los logros y la confianza en tus capacidades profesionales. Sentirás impulso para avanzar en objetivos importantes y mayor claridad para tomar decisiones que fortalezcan tu posición y prestigio.
SAGITARIO (del 22 de noviembre al 22 de diciembre)
La energía del cielo despierta optimismo, ganas de explorar nuevos horizontes y confianza en el futuro. Sentirás que las oportunidades aparecen cuando te atreves a seguir aquello que realmente te inspira.
CAPRICORNIO (del 23 de diciembre al 21 de enero)
Las emociones profundas encuentran una vía constructiva de expresión. Será más fácil resolver temas pendientes, fortalecer la confianza en una relación o realizar cambios internos que te permitan avanzar con mayor libertad.
ACUARIO (del 22 de enero al 21 de febrero)
Las relaciones fluyen con más armonía y sinceridad. Podrás encontrar apoyo en personas importantes y sentir que los vínculos se fortalecen gracias al respeto mutuo y la disposición para construir juntos.
PISCIS (del 22 de febrero al 20 de marzo)
Te sentirás motivado para organizar tu vida cotidiana, cuidar tu bienestar y poner energía en aquello que mejora tu calidad de vida. Pequeñas acciones realizadas con constancia tendrán resultados muy positivos.
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CHIMENTOS
David Lebón y Pedro Aznar desbordaron de emoción la primera noche del regreso de Serú Girán

El viernes 19 de junio, David Lebón y Pedro Aznar pisaron juntos por primera vez el escenario del Movistar Arena de Buenos Aires para el regreso de Serú Girán. Fue la inauguración de un capítulo nuevo, el primero de cinco shows agotados que la banda más amada del rock argentino se dispuso a dar en ese escenario. Lo que ocurrió durante casi dos horas no fue un simple concierto: fue la prueba de que la música hecha por músicos, con el pulso de la emoción y no de las máquinas, todavía puede detener el tiempo y llenar de algo verdadero cada rincón de una sala. Y con la presencia intangible de Charly García y el fallecido Oscar Moro sobrevolando cada canción
Antes del show, un cocktail en el estadio reunió a figuras que no quisieron perderse la noche. Entre los presentes estuvieron Lali junto a Pedro Rosemblat, Nito Mestre, Sandra Mihanovich, Lalo Mir, Cecilia Roth, Gastón Pauls y muchos más. El ambiente ya cargaba con la electricidad de lo que se venía.

A las 21.10 se apagaron las luces. Lebón entró desde la derecha del escenario y Aznar desde la izquierda. Se encontraron en el centro, se abrazaron, y David lo resumió todo en tres palabras: “Bueno, llegamos”. El público, que llenaba cada rincón del Movistar Arena con una mezcla de padres con sus hijos y una mayoría entusiasta de hombres y mujeres que pasaban las cinco décadas, respondió con una ovación que no bajó de intensidad en toda la noche.
El show arrancó con “Parado en el medio de la vida”, los dos solos, sin más adornos que sus voces y sus instrumentos. Fue un comienzo que ya anticipaba el tono de la noche: íntimo, despojado, directo al hueso. Después, la intro de “La Grasa de las Capitales” y “Frecuencia Modulada” a todo ritmo, dio paso a la banda completa: Federico Arreysegor en teclados y voces, Fernando Cosenza en guitarras, Matías Sabagh en batería y Fermín Ferraris en teclados. Aznar los presentó uno por uno y luego tomó la palabra Lebón, con la voz llena de una emoción que no lo abandonó en toda la noche, dijo: “Quiero agradecer a Pedro, él fue el que juntó a esta gente atrás mío. Trabajaron como locos desde el primer día. Yo necesito decirles a todos ustedes que han pasado muchas cosas desde que nací, y nunca me imaginé que a los 74 años iba a llenar estadios”. La sala entera lo abrazó desde abajo.

El concierto avanzó por los cinco discos de estudio con un equilibrio que pocos esperaban. Del debut homónimo de 1978 —grabado en Brasil junto a Billy Bond, un disco al que le costó ser aceptado cuando la banda llegó de vuelta al país— sonaron apenas dos temas: “El mendigo en el andén” y “Seminare”, el que con los años se convirtió en el himno más reconocible de los llamados “Beatles argentinos”. De La Grasa de las Capitales (1979) llegaron cinco: la intro del tema que da título al álbum, “Perro Andaluz”, “Noche de Perros”, “San Francisco y el lobo” y “Viernes, 3AM”. Bicicleta (1980) aportó cuatro: “Canción de Alicia en el país”, “Cuánto tiempo más llevará”, “Desarma y sangra” y “Encuentro con el diablo”. De Peperina (1981) fueron cinco: “Parado en el medio de la vida”, “Cinéma Verité”, “Esperando nacer”, “En la vereda del sol” y “Peperina”. Y Serú ’92, el del breve regreso, cerró con seis: “Nos veremos otra vez”, “Si me das tu amor”, “Mundo agradable”, “Déjame entrar”, “Uno en uno” y “A cada hombre, a cada mujer”. El álbum en vivo No llores por mí, Argentina (1982) sumó el tema que le da nombre. Una distribución que honró cada etapa de la banda sin privilegiar ninguna.
Cada canción tuvo su momento particular. La voz de Lebón se quebró de emoción, casi hasta las lágrimas, cuando cantó “Nos veremos otra vez”. En “Canción de Alicia en el país”, en lugar de “el rey de espadas”, Aznar cantó la letra original: “la policía”, sin eufemismos. Y en “Peperina”, la palabra “huevos” sonó entera, sin el pitido con que la censura la tapaba en los años de la dictadura. El público lo festejó con una carga de alivio histórico que fue difícil no sentir.

En “Noche de Perros”, Aznar desplegó su bajo fretless con una precisión y ese sonido único (del que alguna vez, cuando grabó Tango 4 con Charly, abjuró) que erizó la piel de la platea; Lebón, por su parte, hizo rugir su Gibson a lo largo de toda la noche con la autoridad de quien lleva décadas hablando ese idioma sin necesitar traducción. Cuando terminó “Desarma y sangra”, desde la platea brotó un grito espontáneo: “¡Gracias, Charly!”. Charly García, alma fundadora de la banda, no estuvo presente en el escenario ni en el estadio, pero su espíritu sobrevoló cada canción de la noche. En las pantallas del estadio se sumaron imágenes de distintas épocas de García y de Oscar Moro, el baterista histórico de Serú Girán fallecido en 2006, que completaron esa presencia invisible pero permanente. Lebón asintió cuando la gente coreó el nombre de Charly: “Sí señor”. Fue uno de los momentos más cargados de la velada, de esos que no se planifican y que por eso duran.
“San Francisco y el lobo” nació como una canción de guitarra acústica, delicada, casi susurrada. Pero esa noche terminó de otra manera: con toda la banda adentro, con la potencia que alguna vez le dio Lebón en vivo para refrescarla, y el Movistar Arena entero se puso de pie para aplaudir. Antes de “Viernes, 3AM”, Lebón preguntó al público: “¿Están sintiendo?”. La respuesta fue un rugido. Cuando el tema terminó, Aznar anunció: “Los dejo un ratito con David”. Era el momento de cantar por separado, lo que García había bautizado en los recitales de Obras Sanitarias en 1981 como “momento solista”.

Lebón se quedó en el escenario con el pianista y tocó “En la vereda del sol” con tumbadoras, como en los viejos tiempos. Antes, contó que esa canción nació en Uruguay, en las primeras vacaciones que junto a Charly pudieron tomarse con los primeros dineros ganados. “Siempre andaba con pianitos chiquititos, siempre hacíamos canciones. Yo era muy chico en ese momento”, dijo, y rió con esa risa suya, ancha y sin cálculo: “Ahora tengo diez nietos”. A sus 74 años, Lebón se mostró exactamente así: pleno, presente, sin nostalgias innecesarias.
Después fue el turno de Aznar con su guitarra. Tocó “Déjame entrar” y antes de “Uno en uno” —canción suya incluida en Serú ’92— se dirigió a Lebón con una confesión que detuvo la respiración de la sala: “Esta canción la soñé, y cuando la soñé estaba cantada por tu voz. Fui a escribirla. Y cuando la escuché se me puso la piel de gallina, porque la cantaste tal como la había soñado”. El silencio que siguió fue de los que pesan, de los que dicen más que cualquier aplauso.

Antes de “Mundo agradable”, Aznar recordó que cuando Lebón les mostró esa canción a él y a García sin darle mucho crédito a su creación, los dos le dijeron sin dudar que era “su Imagine”. Lebón sonrió, dijo “ahora me gusta”, y contó que para grabar el disco de 1992 que derivaron en los shows en River cada uno andaba por su lado —Aznar giraba con Pat Metheny en Estambul— y se pasaban las canciones por teléfono. “Charly llamaba y decía que la cinta del cassette saltaba”, recordó entre risas del público que reconoció en esa imagen una época entera.
El cierre del segmento central llegó con la aparición de Juanito Moro, el único invitado de la noche, presentado por Aznar con ternura y con orgullo: “parte de la familia”. “Era chiquitito, estaba en una valijita mientras ensayábamos, todavía no habían comprado un moisés”, completó Aznar. Juanito es hijo de Oscar Moro, y tocó la batería exactamente donde su padre lo hizo durante años. La emoción en el estadio fue física, palpable. Se lució en “Cuánto tiempo más llevará” con una solidez que hizo saltar al público de sus asientos, y cerró su participación con “No llores por mí, Argentina”. Fue la imagen más poderosa de la noche: la historia de Serú Girán latiendo con sangre nueva, en manos de alguien que la lleva en el apellido.

El setlist de 22 temas recorrió toda la discografía con justicia, aunque algún fanático habrá echado de menos clásicos como “Eiti Leda”, ausente en esta primera fecha, la versión completa de “La grasa de las capitales”. El cierre fue “Peperina”, y después vino lo que el público esperaba con la misma certeza con que se espera el aire: el “oh, oh, oh, oh, oh” que miles de gargantas cantaron en los recitales de la década del 80, y el “una más y no jodemos más”, ese ritual colectivo que el tiempo no borró. Serú Girán volvió al escenario para “Seminare”, con el público de pie y la linterna de los celulares en vez de los encendedores. A las 23.07 Lebón despidió este regreso con cuatro palabras: “Todo el amor para ustedes”.
Afuera, en la noche de Buenos Aires, miles de personas salieron con los ojos húmedos y algo adentro que no sabían muy bien cómo nombrar. Quizás era eso: la certeza de que algunas cosas, cuando son verdaderas, no se van nunca del todo. Que Charly y Moro estaban ahí. Que Juanito tocó donde tocó su padre. Que David y Pedro, a los 74 y 66 años, subieron a ese escenario sin red y entregaron todo. Y que el Movistar Arena entero se fue a casa feliz.

Los cuatro shows siguientes en el mismo estadio —21 de junio, 10 de julio y 9 de agosto, todos agotados, más una quinta fecha el 12 de septiembre— completan la temporada porteña. La gira continúa por Córdoba (26 de junio, Quality Arena, agotado), Rosario (4 de julio, Metropolitano), Mendoza (25 de julio, Arena Maipú) y Mar del Plata (14 de agosto, Polideportivo), con una segunda fecha en Córdoba el 25 de septiembre con entradas disponibles.
Fotos: RS Fotos
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