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CHIMENTOS

Enrique Bunbury, el regreso a la Argentina y una nueva mutación: “El arte es un refugio infinito ante la desgracia”

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El ex cantante de Héroes del Silencio regresa al país con nuevas canciones y un espectáculo que resume su trayectoria

Desde que puso un pie por primera vez en América Latina, Enrique Bunbury sintió la fascinación por los sonidos de la tierra. Fue un amor a primera escucha, de la Antártida hasta el río Bravo y del Atlántico al Pacífico. Pero eran los tiempos salvajes y rockeros de Héroes del Silencio, de guitarras enigmáticas y ese sonido postpunk que no le dejaba demasiado espacio. Todo se decantó en menos tiempo de lo que esperaba. El grupo se disolvió a partir de una interna insalvable y casi al mismo tiempo empezaba su recorrido solista. Y allá estaban los sonidos de América Latina toda, esperándolo para que experimentara con ellos.

Una vez que se sacudió la coraza de la ortodoxia rockera, Bunbury se dejó llevar con esos impulsos que aparecieron con fuerza definitiva en el revelador trabajo El viaje a ninguna parte (2004). Ese espíritu de jinete sin patria ni bandera que asumió para su camino solista supo abrevar de rancheras, cumbias y boleros, entre otros estilos. Fue un avance firme pero sigiloso, respetuoso de las formas, como quien transita un campo minado dispuesto a tomar los riesgos. Así surgió un disco de versiones, Licenciado Cantinas (2011), alter ego de un pasado sinuoso y un homenaje a los grandes autores de Latinoamérica. Pero tuvieron que pasar casi 15 años para que se sentara de puño, guitarra y letra para cantar su propia historia de la región.

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“No sé por qué sucedió ahora”, le dice con brutal honestidad Enrique Bunbury a Teleshow desde Los Ángeles, su residencia en gran parte del año. La referencia es para Cuentas pendientes (2025) y De un siglo anterior (2026), dos trabajos que el zaragozano ha definido como “primos hermanos” a partir de sus similitudes. Son canciones propias -con una ilustre excepción- compuestas por Bunbury y ejecutada por músicos latinos en un estudio en México.

Un ejercicio casi inédito para alguien que supo formar grandes bandas de acompañamiento, tanto con Los Santos Inocentes como con El Huracán Ambulante. Un mix de estas formaciones lo acompaña en la gira Nuevas Mutaciones con parada obligada en Buenos Aires el 4 de noviembre en el Movistar Arena. “Me faltaba hacer un disco como este, que al final terminaron siendo dos, que miran a la canción popular y a la música de raíz, antes de moverme en otras direcciones”, confiesa un artista siempre en movimiento que ya empieza a vislumbrar ese nuevo horizonte que anticipa como un giro de 180 grados: “Vuelvo a enchufar la guitarra eléctrica y me voy a ir hacia otros sonidos”.

—Supongo que las cuentas pendientes no se terminarán nunca. ¿Son muchas en tu caso? ¿Cómo es tu relación con ellas?

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—Ojalá tengas razón y queden muchas, o por lo menos algunas, porque uno va encontrándose con un pasado que cada vez es más amplio, en el que hay más discos, y claramente me quedan menos discos por delante que por detrás. Entonces, tener proyectos, tener ilusiones, mantener la capacidad de sorpresa me parece imprescindible para seguir creativamente activo. Yo lucho por no ser lo que llaman ahora un legacy act: un artista que se sube al escenario a interpretar los éxitos de otra época y que ya no saca discos. Siempre me interesa más el futuro que el pasado.

—Sin embargo, desde el título y ciertas frases, en De un siglo anterior asoma cierta nostalgia por ese tiempo pasado, que muchas veces estamos tentados a considerarlo como un tiempo mejor. ¿Sos un hombre nostálgico?

—Yo no soy nostálgico de los tiempos que he vivido. No soy nostálgico de los 90, ni de los 80. Pero sí soy nostálgico de épocas que no he vivido: me hubiera gustado vivir en los años 20 del siglo pasado o hacer una visita rápida a la Edad Media. No sé si se puede decir que eso sea nostalgia, porque ser nostálgico de la Edad Media quizás sea un poco raro (risas). Me interesa más lo desconocido que lo que ya he conocido. Y también tengo mucho interés por hacia dónde vamos. Yo no soy nada apocalíptico. Cuando veo a toda esta gente que dice que el mundo va a reventar un día de estos, siempre pienso que si eso va a suceder, al menos quiero un buen asiento para verlo y disfrutar el apocalipsis.

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En uno de los cortes de difusión de su último disco, el español ofrece una mirada optimista de los tiempos que corren

—En este sentido parece haber un equilibrio en las letras del disco, entre el optimismo de “Un brindis al sol”, con esa premisa de ver el vaso medio lleno, y cierta alarma por este presente disparatado, de vulgaridad y economía de la atención ¿Te sale naturalmente el optimismo o tenés que ir a buscarlo?

—Hay que forzar el optimismo, y creo que hay muchos motivos para ser optimistas. En realidad, la mayor parte de las situaciones trágicas con las que nos enfrentamos provienen de leer los medios de comunicación y de atender demasiado a lo que nuestros gobernantes nos preparan. Yo siempre pienso que el enemigo nunca está a mi izquierda ni a mi derecha: el enemigo siempre está arriba. Son los gobernantes, los partidos políticos que se dedican a partirnos, a dividirnos, y las instituciones supranacionales. Pero por lo demás, creo que tenemos múltiples motivos de alegría si miramos a la gente a nuestro alrededor, a nuestras familias, a nuestros seres queridos, a las cosas que nos emocionan, que en mi caso es el arte, la música, la literatura, el cine. Ahí encuentro un refugio infinito ante cualquier tipo de desgracia.

—Cómo fue la experiencia de grabar con músicos que no conocías?

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—Mis demos por lo general son bastante avanzados: hay una instrumentación completa de guitarras, bajos, percusión, teclados, batería. Eso es lo que llevo al estudio, pero a la vez les pido a los músicos que se abstraigan muchas veces de lo que yo he hecho para encontrarle a la canción nuevos lugares interesantes. Que se olviden del bajo que yo grabé para que el contrabajista sea absolutamente libre. A veces toman algo que yo hice, a veces no. Dejarles esa libertad nos lleva a encontrar nuevos lugares y a conseguir un mejor vestido para la canción.

Enrique Bunbury explora la música latinoamericana en sus discos ‘Cuentas pendientes’ y ‘De un siglo anterior’, grabados con músicos en México (Gentileza Prensa – José Girl)

—Hay dos guiños muy especiales hacia Argentina en el disco. Nos diste el honor de que el único cover sea un estándar de nuestro folclore, “Zamba para olvidar”. ¿Por qué elegiste ese tema?

—“Zamba para olvidar” es una canción muy conocida en Argentina, y posiblemente también en Uruguay y Paraguay, pero no tan conocida fuera de por allí, por lo que he podido contrastar con otros periodistas en otras regiones. Mientras estaba componiendo las canciones de este disco, esa canción se me cruzó por el camino y grabé mi propia versión en el estudio, yo solo. Cuando fuimos a seleccionar el material para el disco, pensé que grabarla tenía sentido, primero porque la zamba era un género en el que yo no había escrito nada, y luego, porque la música campesina argentina es algo que me apasiona. Creía que completaba de alguna manera todo este viaje que he realizado en estos dos discos.

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—Y el otro guiño es el tango, un género que habías visitado como intérprete pero no lo recuerdo como compositor. ¿Cómo fue el camino hasta “En el arcén”?

—Había escrito pseudotangos: canciones que tenían un sabor, un pequeño guiño, pero que no eran realmente tangos. Esta canción sí la hice con el interés de ubicarme dentro del género. Y la verdad es que es una de las canciones que más me ha costado a muchos niveles: desde lo musical, la letra y el cantar. Es la canción que más veces tuve que grabar para encontrarle el flow y sentirme cómodo ofreciendo algo que sé que es sagrado, por lo menos para mí. Y me da la impresión de que para muchos argentinos también lo es, y no quería fallarles.

—¿Por qué fue tan complejo?

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—El tango tiene una dificultad brutal. Es difícil cantar tangos, difícil componerlos, difícil tocarlos, porque ha habido grandes maestros en los que fijarse. Desde las composiciones de Piazzolla hasta, para mí, Roberto Goyeneche, que es un tótem como cantor de tangos. Me parece el Sinatra, el Dylan de la canción tango argentina, con esa rítmica, en cómo fluye su fraseo, es lo que me parece fascinante. Se fue convirtiendo en un estilo conforme fueron pasando los años y la voz le iba fallando: cada vez cantaba menos y hablaba más. Pero incluso hablando, le pasa como a Chavela Vargas: conforme iba avanzando en edad, cada vez cantaba menos, pero su interpretación era igual de potente y conseguía el mismo efecto en el público.

Fotografía monocromática de un músico con sombrero vaquero arrodillado en un escenario iluminado, con otros músicos y el público en el fondo
Enrique Bunbury destaca la importancia de mantener la creatividad activa y rechaza convertirse en un artista de legado que repite éxitos del pasado (Gentileza Prensa – José Girl)

Sinatra, Goyeneche, Chavela, Dylan. Sin querer, en su relato aparecen cuatro figuras capitales de un siglo anterior, entre tantos nombres que forjaron su esencia de artista. Y Bunbury se mantiene fiel a esa educación sentimental que hizo oficio y profesión entre los 80 y los 90. Época de discos físicos -vinilos, casetes, compactos, aquí el formato no importa-, con una idea concebida desde la portada hasta el último acorde. Y que se publicaban con una periodicidad que no podía ir mucho más allá de un año, como mucho, dos. En la era de los singles, de las plataformas, de los feats y de las producciones volátiles, Bunbury sigue en aquel camino del que no tiene en mente apartarse. “Me abstraigo un poco de todo eso, de los cambios de la industria, de las necesidades de las propias compañías discográficas o de los mánagers”, justifica sobre esta postura.

—¿Te sentís a gusto con estas nuevas maneras de consumir la música?

—Creo que tenemos que hacer nuestras carreras a nuestra imagen y semejanza, olvidándonos de qué es lo que ocurre fuera, porque en realidad todo es posible. Lo que ha traído el streaming y las nuevas tecnologías es que todas las versiones de mostrar tu música son posibles. No hay una que sea la correcta ni la única. Podés dedicarte a grabar sencillos exclusivamente, pero también los artistas de pop graban álbumes y creen que es necesario expresar su era y su momento creativo encerrado en forma de un larga duración. Podés publicar varios discos en un año, hay artistas que así lo hacen, y también podés tardar todo lo que quieras. Es cuestión de hacerlo según tus necesidades y con honestidad.

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Enrique Bunbury, en blanco y negro, canta con los ojos cerrados, brazos extendidos. Viste camiseta, corbata, y sombrero con llamas. Sostiene un micrófono y gesticula
Bunbury resalta la importancia de la honestidad artística y la libertad de expresión ante los cambios tecnológicos y las tendencias del streaming (Gentileza Prensa – José Girl)

—Este artista en estado de producción permanente también se manifestó en una serie de poemarios. ¿Cómo se diferencia al Bunbury poeta del Bunbury escritor de canciones?

—Yo principalmente escribo canciones; a eso me dedico. Excepto cuando creo que tengo algo que tiene que formar parte de una escritura más extensa y que precisa de una libertad mayor, alejada del corsé de la música y de las estrofas y los estribillos. Entonces es cuando dejo de escribir música y durante un tiempo concreto —un mes, dos meses, tres meses— me concentro en el libro y no escribo canciones. Para mí es muy sencillo porque cierro una puerta y abro otra.

La puerta que ofrece De un siglo anterior lo devolverá a Buenos Aires en noviembre como parte de la gira Nuevas Mutaciones. Un concepto que surgió un poco a la fuerza, cuando un malestar físico lo llevó a pensar que no iba a poder cantar más. El culpable resultó ser una sustancia tóxica en el humo del escenario. La consecuencia, una nueva forma de organizar los tours. “Me quedó una manera de trabajar más centrada en lo creativo que en lo interpretativo. Mis giras son mucho más cortas. Eso me permite volver a mi estudio, a grabar, a escribir y dedicarme a mis labores creativas”.

—¿Pasas mucho tiempo en el estudio?

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—Sí, desde luego. Prefiero dedicarle más tiempo a la creación. Quizás también tenga que ver con el paso del tiempo y ver que por delante tengo menos tiempo que el que tengo por detrás, y querer de alguna forma exprimirme el cerebro para dejar obras mejores que las que he hecho hasta ahora.

Silueta oscura de una persona con cabello rizado de espaldas, mirando a la izquierda, contra un gran círculo de luz naranja y uno pequeño blanco en su espalda
La gráfica de ‘Nuevas Mutaciones’, la gira con la que Bunbury llegará a Buenos Aires el 4 de noviembre para actuar en el Movistar Arena (Gentileza Prensa – José Girl)

—¿Te interesa lo que pasa musicalmente en los géneros que más se escuchan hoy?

Como géneros, no tanto. Me interesa de repente algún artista que se desarrolla de forma más libre y que evoluciona por sus propios derroteros. Pienso, por ejemplo, en Rosalía, que me parece que dicta un poco sus propias normas. Me parece interesante Catriel y Paco Amoroso, porque también han tomado el timón llevando su música en direcciones que no parecía que fueran las que se les habían otorgado. Milo J también me gusta mucho. Al final, dentro de los géneros urbanos me interesan los que se salen un poco del género porque se les queda corto y quieren abarcar un poco más.

—¿Qué vamos a ver el 4 de noviembre en Buenos Aires?

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—Voy con una banda de diez músicos en los que hay parte de El Huracán Ambulante y parte de Los Santos Inocentes. Hacemos una revisión de canciones de todas las épocas, por eso la gira se llama Nuevas Mutaciones. Ahí entran algunas que nunca habíamos tocado en vivo, otras que habíamos tocado pocas veces, mucha revisión de canciones que consideramos que tienen unos arreglos ahora más interesantes. Todo en un formato electroacústico muy orgánico, dividido en tres partes: una parte latina, otra más soul y otra más de rock and roll.

—Eso es algo que mantuviste en toda tu carrera solista, más allá de visitar cada tanto tus grandes éxitos. Siempre estuvo claro que la novedad iba a ocupar un lugar central en tus shows.

—Montar un setlist siempre es complicado, porque tenés que hacer un balance entre lo que pensás que le interesa al público. Pero el público al final no es singular, aunque lo citemos en singular: es plural, son individuos, cada uno con sus gustos y necesidades. Siempre me encuentro a alguien que dice: “Ah, no tocaste esta, no tocaste esta otra”. Siempre faltan canciones, por mucho que intentes tocar las más representativas. De hecho, en esta gira tengo mucho interés en sorprender al público con canciones que no se esperaban, mostrar parte de mi cancionero un poco menos habitual y repasar muchas cosas que han ocurrido en los últimos años en mi carrera, que creo que son interesantes.

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El 6 de octubre se cumplirán 30 años del último concierto de Héroes del Silencio en su etapa clásica. Y si bien Bunbury se encargó con su obra de no anclarse a ese pasado, la pregunta se hace inevitable. Y él lo sabe y lo acepta. Y si lo fastidia, no se le nota. “Mi mirada hacia Héroes siempre es de agradecimiento a un momento que vivimos con unas edades muy juveniles y que disfrutamos a unos niveles bastante estratosféricos. Y de hecho, es un poco la base sobre la que se sostiene la posibilidad que tuve de desarrollarme como solista. Si no hubiera tenido una carrera previa con Héroes, seguramente no me habrían consentido como me han consentido”, analiza.

Héroes: Silencio y rock & roll, el documental de Héroes del Silencio que no convenció a Enrique Bunbury
Héroes: Silencio y rock & roll, el documental de Héroes del Silencio que no convenció a Enrique Bunbury

—Dijiste que el documental que se publicó en 2021 no reflejaba al menos tu versión. ¿En este tiempo te dieron ganas de contar tu parte del asunto?

¿Tú dices un libro?

—Un libro sería interesante. O tu propio documental.

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—El documental no es mi género; yo no soy director de cine. Pero creo que al final la historia de Héroes, en libros, en documentales, en múltiples entrevistas y discográficamente ya ha sido contada. Se puede afinar algún matiz aquí o allá, siempre está el tema de la disolución, los motivos, pero poco más se puede apuntar. Al final, ¿por qué se disuelve un grupo? Porque es lo normal, porque las relaciones se deterioran, porque cada uno va en una dirección.

—¿No han hablado ustedes de este tema a raíz del documental?

—No. La relación en el grupo nunca fue demasiado buena; bueno, al principio fue muy buena, pero llegó un momento en que hubo un deterioro. Nuestras vidas están muy separadas.

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—¿Cuándo fue la última vez que alguien se le ocurrió que era posible una vuelta de Héroes del Silencio?

—La última vez… mira, esta pregunta, me la hagas cuando me la hagas, te puedo decir: el año pasado o hace pocos meses.

—¿Y la respuesta es siempre la misma? ¿Escuchás propuestas o directamente cortás el teléfono?

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—Es que no soy yo el que… Un grupo son varias personas. Esa propuesta está encima de la mesa de todos y se toma una decisión. Pero creo que la última vez ya se tomó la decisión de que esto no va a ocurrir.



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CHIMENTOS

La influencer Geraldine Mayer rompió el silencio tras las gravísimas acusaciones de su hijo Tomás: qué dijo desde Miami

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Hace apenas unas horas, Tomás Cataldi expuso con lujo de detalles el infierno que vivió en manos de su madre, Geraldine Mayer, una mujer que se hizo famosa como influencer de moda, mostrando una vida de lujos y supuesta felicidad familiar en la siempre soleada Miami. Según el joven de 20 años, la verdad es otra, muy distinta, y se parece mucho más a una película de terror.

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Tomás mostró audios, fotos y videos como prueba para denunciar a Mayer quien, dijo, lo hizo sufrir “toda la vida”. El chico habló de humillaciones, maltratos, abuso psicológico, gritos, golpes y más. Y mientras las reacciones se multiplicaban en redes, en LAM se hicieron eco del tema, donde Pilar Smith contó que pudo hablar por teléfono con Geraldine.

Todo empezó cuando Ángel de Brito se refirió a un extraño tweet de Wanda Nara quien, en viaje a Milán, publicó “Mamá Tomi Cataldi” en relación a una nota sobre el viaje de la China Suárez y Mauro Icardi a Miami. Sin entender a cuenta de qué venía, en el panel mencionaron el truculento caso. “Hoy hablé con la madre, porque yo era amiga de ella cuando éramos chicas. La llamé”, reveló la angelita.

Según Smith, Mayer, que vive en Miami, “está destrozada”. “Está mal, dice que son mentiras, me negó todo, ´más adelante te voy a contar, pero no es así como él lo dice´”, contó que le dijo sobre las declaraciones de Tomás, que incluso mostró videos de los golpes que le propinaban en la casa. “Dice que lo que él dice son mentiras, estaba muy angustiada”, agregó.

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LA TERRIBLE DENUNCIA CONTRA GERALDINE MAYER 

A pesar de las contundentes pruebas que mostró Tomi en su video de 12 minutos lleno de estremecedores ejemplos de los maltratos a los que dice que fue sometido, la influencer señalada insiste en que el joven no dice la verdad. “Ningún padre violento lo acepta”, señaló entonces Denise Dumas, espantada con el relato.

“Este chico vive con ella en Miami y ahora se vino a Argentina, raro, a estudiar, a vivir con la abuela. Triste, muy triste; vamos a ver cómo sigue esta historia”, cerró Pilar Smith a horas del tremendo video lleno de gritos, imágenes y escenas terroríficas. ¿Y el padre? ¿Qué rol tenía en todo esto? “Mi papá siempre estuvo en la casa pero nunca me defendió en nada. Yo siempre rogándole que por favor haga algo”, dijo él. 

 

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Geraldine Mayer, Tomás Cataldi

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CHIMENTOS

A 20 años de la muerte de Oscar Moro, el hombre que le puso ritmo al rock argentino

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El video de Serú Girán con el audio original de ‘Autos, jets, aviones, barcos’, del primer disco de la banda en 1978, con una descollante performance de Oscar Moro en batería

El 19 de junio de 2026, cuando Juanito Moro ocupó el lugar de su padre en la batería de Serú Girán para tocar con David Lebón y Pedro Aznar en el regreso de la mítica banda, la emoción en la sala fue física, palpable. Aznar lo presentó como “parte de la familia” y recordó que de chico andaba en una valijita mientras los músicos ensayaban, antes de que le compraran un moisés. Juanito tocó donde Oscar Moro tocó durante años. Con ese mismo apellido que, como escribió el periodista Claudio Kleiman, es tan pertinente que terminó convirtiéndose en su nombre.

Oscar Moro murió el 11 de julio de 2006 en su casa del barrio de Palermo, a los 58 años, víctima de una úlcera sangrante derivada de los excesos que lo consumieron en los últimos años de su vida. Había sido el baterista de Los Gatos, Color Humano, La Máquina de Hacer Pájaros, Serú Girán y Riff, las bandas que construyeron el rock argentino de las décadas del 60, 70 y 80. Alguna vez, al recibir una mala nota de un crítico de rock como guitarrista, Keith Richards pidió: “Denme un jurado de mis pares”. Los pares de Moro, los músicos, nunca dudaron de su enorme estatura como instrumentista. Por eso, cada 11 de julio, en su honor, se conmemora en Argentina el Día del Baterista.

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Oscar Moro, en el homenaje que le hicieron David Lebón y Pedro Aznar en el regreso de Serú Girán, con su hijo Juanito Moro en dos temas en la batería (Crédito: Rodrigo Alonso)

Moro nació en Rosario el 24 de enero de 1948. Su padre era representante de Vermouth Cinzano; su madre, ama de casa. Una familia de clase media alta que con el tiempo fue a menos. “Mi viejo era un atorrante y le empezó a ir mal. Tuvo que vender todo lo que teníamos. Quedamos en la lona”, contó en una entrevista al periodista Víctor Pintos. Moro tenía ocho años cuando su padre lo mandaba a insultar en la puerta de la casa del hombre que lo había arruinado. “Era muy feo para mí”, recordó. Sus padres tampoco sostuvieron su vocación por la música. “No querían que me dedicara a eso y no creían en mí”, dijo. Cuando encontró el camino, los ayudó económicamente.

La música fue su salida desde antes de tener palabras para explicarla. A los cuatro años golpeaba las cacerolas de su madre con palitos de plumero, imitando el redoble de los tambores de los granaderos en los desfiles frente al Monumento a la Bandera. Hizo la escuela primaria en la escuela Domingo Faustino Sarmiento. A los 13 años conoció a Cayetano “Kay” Galiffi, guitarrista con quien formaría Los Vampiros y luego Los Halcones. Moro practicaba en ollas de cocina porque no tenía batería. Galiffi, desde su exilio brasileño, lo recordó así: “Vivía batucando en ollas de cocina ya que no tenía batería. Mientras yo tocaba la guitarra criolla, él tocaba las ollas”.

Fotografía en blanco y negro de once alumnos de tercer grado, dispuestos en tres filas, con un círculo blanco alrededor de un niño. Un cartel indica el nombre de la escuela.
Oscar Moro posa con sus compañeros en una foto grupal de 3° Grado de la Escuela N° 55 Domingo F. Sarmiento. (Facebook «Recordando a Oscar Moro»)

A los 17 años decidió dejar el trabajo en la florería de su tío y probar suerte en Buenos Aires con una banda llamada Los Malditos. La despedida en la estación de trenes de Rosario fue, según sus propias palabras, “terrible”: él, su padre y su madre, los tres llorando. Moro se subió a la formación con su bolsito y una batería uruguaya de parches de cuero, con un platillo y un hit-hat.

A comienzos de 1967, Nebbia vio ensayar a Moro y a Galiffi. Los Gatos Salvajes —la banda que Nebbia y Ciro Fogliatta habían tenido en Buenos Aires— se había disuelto, pero Nebbia los invitó a los dos a sumarse a algo nuevo. Moro no dudó.

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Los Gatos Kay Galifi
Oscar Moro, en el centro de una foto de Los Gatos, rodeado por Alfredo Toth, Kay Galiffi, Ciro Fogliatta y Litto Nebbia

El epicentro de todo era La Cueva, el famoso sótano de la avenida Pueyrredón. En marzo de 1967 quedó formada la alineación de Los Gatos: Galiffi en guitarra, Nebbia en voces y armónica, Fogliatta en teclados, Alfredo Toth en bajo y Moro en batería. Los primeros meses fueron de una precariedad extrema. Seis personas en una habitación del hotel Impala, en Libertad y Arenales. Cuando salían de La Cueva a la madrugada, iban a amanecer en plazas o en la pizzería La Perla del Once, donde Nebbia y Tanguito compusieron “La Balsa” en el otoño de 1967. Galiffi recordó que la policía solía confundirlos con vagabundos por el pelo largo. “Nuestro dinero o alcanzaba para pagar el hotel o la comida. Lo que nos salvaba era que la pizza era barata”.

La grabación de “La Balsa” estuvo rodeada de caos desde el primer minuto. Moro llegó con toda la batería al lugar equivocado —confundió la dirección de los estudios de TNT, sobre avenida Santa Fe— y el primer día de sesión se perdió. Al día siguiente entraron al estudio “mal vestidos, todo mal, porque no teníamos ni un peso”. La toma que quedó registrada era una prueba, pero la compañía la editó tal cual. El sencillo, lanzado el 3 de julio de 1967, se convirtió en el primer gran hit del rock en castellano: 250.000 copias vendidas, el tema del verano 1967/1968. Mientras sonaba en la radio, ellos seguían sin poder moverse del hotel. “Escuchábamos en la radio los temas nuestros y nosotros estábamos muertos de hambre todavía en la cama”, recordó Moro.

Los Gatos Kay Galifi
Oscar Moro en la batería de Los Gatos

Para ver su primera aparición en televisión tuvieron que pararse en la vereda bajo la lluvia y pedirle al dueño de un negocio de electrodomésticos que pusiera el televisor del escaparate en el canal correcto. Lo vieron desde la calle, con paraguas. En esa época, Moro tenía un único traje, marrón, tan rígido por el uso que sus compañeros lo apodaron “el hombre del traje de madera”. Lo usaba para todo: para tocar, para los ensayos, para la vida diaria. Cuando Moris le prestó uno para una presentación ante la prensa, el pantalón le quedaba corto y las mangas del saco no le llegaban a las muñecas. Se le rajó durante el show.

Los éxitos se acumularon: “Viento dile a la lluvia”, “El rey lloró”, “Seremos amigos”. El grupo llegó a hacer entre cinco y seis presentaciones por noche en los carnavales. Grabaron en Brasil para el Festival Internacional de la Canción Popular Brasileña —donde fueron eliminados en el tercer día porque su propuesta no encajaba en el formato del concurso— y completaron el disco Seremos amigos entre Río de Janeiro, San Pablo y Buenos Aires.

Oscar Moro
Para sus pares, no hubo baterista más grande en la Argentina que Oscar Moro. Por eso todos los 11 de julio, fecha de su muerte, se conmemora el Día del Baterista

En 1969, con Los Gatos disueltos y 21 años encima, Moro embarcó hacia Nueva York junto a Toth y Fogliatta en barco. El viaje duró un mes. Nebbia se quedó en Argentina para afilar su carrera solista.

Vivieron en el Greenwich Village, canjearon trabajo en una librería del barrio por alojamiento en un altillo y salieron cada noche a ver música. Moro vio, entre otros, a Jimi Hendrix, Frank Zappa, Muddy Waters, Albert King y Procol Harum. En agosto de 1969 se realizó el Festival de Woodstock. Fogliatta, el mayor del grupo y el más prudente, se negó a ir. “No, a ver si nos pasa algo”, dijo. Moro no se lo perdonó. “Nos quedamos en Nueva York esos días y en el Greenwich Village no había nadie. A los dos meses se estrenó la película y la fuimos a ver. Cuando salí le dije a Ciro: ¡sos un pelotudo!”, contó años después entre risas.

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Invasión, una composición instrumental de Oscar Moro para el álbum de Los Gatos «Rock de la mujer perdida», ya con Pappo en la guitarra

De Nueva York volvió con algo más que recuerdos: trajo la primera batería Ludwig de doble bombo que se escuchó sobre un escenario argentino. El instrumento transformó su manera de tocar y, según Kleiman, marcó “de manera muy natural la transición entre el beat y el rock progresivo”. En Ezeiza los esperaban Nebbia, Norberto “Pappo” Napolitano y el músico y mánager Billy Bond, con ganas de rearmar Los Gatos. Galiffi se había quedado en Brasil, enamorado, y no volvería. Pappo entró como guitarrista.

La nueva formación ensayó quince días y se presentó el 28 de noviembre de 1969. Los dos discos que siguieron —Beat N°1 (1969) y Rock de la mujer perdida (1970)— son de los más valorados del rock argentino. En “Invasión”, un instrumental psicodélico de más de siete minutos que Moro compuso, quedó plasmada su madurez como baterista. Cuando Los Gatos se disolvieron definitivamente en 1970, Moro quedó sin trabajo. Para sobrevivir consiguió empleo como chofer de colectivos de transporte escolar para niños con discapacidad.

Color Humano
Moro, junto a Rinaldo Raffanelli y Edelmiro Molinari en Color Humano

En 1972, Nebbia lo convocó para el grupo Huinca. Poco después llegó la invitación de Edelmiro Molinari, ex guitarrista de Almendra, para reemplazar a David Lebón en Color Humano. Molinari recordó que admiraba tanto a Moro que al principio no se animaba a llamarlo. “En esa época era como un sí o un no en un casamiento”, escribió. Cuando finalmente lo hizo, Moro aceptó. Color Humano era un trío experimental, con arreglos complejos que encontraron en Moro una química inmediata. “Me gustaba ensayar porque yo era enemigo de tocar boludeces, y eso era exigente. Con Edelmiro aprendí muchísimo”, recordó el baterista.

El bajista Rinaldo Raffanelli describió el efecto que Moro produjo en la banda: “Con su llegada se consolidó el trío y empezamos a sonar como una orquesta del futuro de Saturno. Era tremendamente poderoso en sus golpes de bombo y tambor. Sentía que antes del show entraba en una especie de trance donde sus brazos y su música fluían libremente con la fuerza de un toro”. El doble álbum Color Humano II y III (1973, concebido como tal, pero editado por separado por los costos de producción), con el largo tema sinfónico “La sangre del sol”, es uno de los registros más valorados de esa era del rock argentino. Color Humano se disolvió en 1974, cuando Molinari emigró a California.

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La maquina de hacer pájaros
Moro en un afiche de La Máquina de hacer pájaros, la banda que formó Charly García y precedió a Serú Girán

Moro pasó por La banda de caballos cansados, de León Gieco y sesionó para el proyecto colectivo Porsuigieco antes de recibir la llamada de Charly García. Tras la disolución de Sui Generis, García armó La Máquina de Hacer Pájaros, un experimento de rock progresivo con Gustavo Bazterrica en guitarra, Carlos Cutaia en órgano Hammond y José Luis Fernández en bajo. Moro completó la formación y firmó dos discos con el grupo: La Máquina de Hacer Pájaros (1976) y Películas (1977).

García describió años después, cuando contaba cómo funcionaba la base de Serú Girán, el mecanismo rítmico de la banda: “Moro tenía una manera muy particular de lograr el backbeat. Entre él y Pedro Aznar tocaban una maraña de notas que se definía por la confección de la canción y el pulso rítmico de la guitarra y el piano”. El periodista Alfredo Roso, fundador de Expreso Imaginario, recordó los shows en vivo de La Máquina como “una música sofisticada y rica”, con García y Cutaia “dibujando arabescos en los teclados” y Moro sosteniendo todo desde atrás de parches y platillos.

Serú Girán primer disco
Oscar Moro junto a Charly García en la grabación del primer disco de Serú Girán (Foto: José Luiz Pederneiras)

Cuando La Máquina se disolvió, García convocó a Moro para su siguiente proyecto. Serú Girán —integrado por García, Lebón, Pedro Aznar y Moro— debutó en 1978 y se convirtió en la primera superbanda de la historia del rock argentino. Kleiman lo sintetizó con precisión: “Moro había sido tan eficaz en su paso por La Máquina que fue el único sobreviviente de esa banda en la siguiente aventura de García”.

Oscar Moro y su hijo Juanito: en el recital de la vuelta de Serú Girán, David Lebón y Pedro Aznar recordaron la anécdota que, mientras ensayaban, el baterista acostaba al niño en una valijita hasta que pudo comprar un moisés (Foto: José Luis Pederneiras)
Oscar Moro y su hijo Juanito: en el recital de la vuelta de Serú Girán, David Lebón y Pedro Aznar recordaron la anécdota que, mientras ensayaban, el baterista acostaba al niño en una valijita hasta que pudo comprar un moisés (Foto: José Luis Pederneiras)

La presentación oficial en el estadio Obras fue un fracaso. La prensa no entendió la propuesta y el público tampoco. El segundo álbum, La grasa de las capitales (1979), fue el punto de inflexión: las canciones más directas y las letras de crítica social catapultaron al grupo. Bicicleta (1980) consolidó el despegue. Ese año Serú se presentó en el Festival de Jazz de Río de Janeiro y el 30 de diciembre reunió a más de 60.000 personas en un recital gratuito en La Rural, el primero en que una banda argentina convocó esa cantidad de público. Peperina (1981) reafirmó la posición del grupo.

Durante esos años, Moro fue elegido sistemáticamente como el mejor baterista del rock argentino en las encuestas anuales de la revista Pelo. Pero nunca perdió la humildad. En una entrevista con esa misma publicación en diciembre de 1980 dijo: “A mí me eligieron porque soy el más popular. Hay muchos mejores que yo”. Y agregó algo que decía en serio: “Ojalá surgieran otras bandas que nos hicieran una competencia leal. Serú Girán está como un poco distante de todos los demás, eso no puede ser”.

Serú Girán se separó en 1982 cuando Aznar decidió unirse al Pat Metheny Group.

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Pedro Aznar, Charly García, David Lebón y Oscar Moro: Serú Girán

Tras la separación de Serú, todos sus integrantes hicieron su disco solista. En una entrevista para la revista Cantarock, Moro recordó entre risas que, cuando se lo propusieron, dijo “¿Qué iba a hacer en un disco solista? ¿Un solo de batería en un lado y ponerme a bailar sobre el otro?”. Entonces, le ofreció al bajista uruguayo Beto Satragni, ex Spinetta Jade, formar un dúo. Así nació Moro-Satragni, un discazo producido con colaboraciones autorales de García, Luis Alberto Spinetta, Lebón y Lito Epumer en el que tocó un jovencísimo Ricardo Mollo. Grabó también con Celeste Carballo, Fabiana Cantilo y la banda de Alejandro Lerner.

En 1985 se sumó a Riff para grabar Riff VII junto a Pappo, Vitico y el entonces desconocido JAF. Los ocho meses con esa formación fueron, según su hijo Juan Santiago Moro, “uno de los momentos más felices de su vida”. “Con Pappo se llevaban muy bien desde la época de Los Gatos”, recordó Juanito. Las presentaciones en el estadio Obras y en Paladium quedaron parcialmente registradas en el disco en vivo Riff ‘n’ Roll (1986).

La tapa de Riff VII, con Oscar Moro, Vitico, Pappo y JAF
La tapa de Riff VII, con Oscar Moro, Vitico, Pappo y JAF

El regreso de Serú Girán en 1992 llenó dos noches el estadio de River Plate con más de 50.000 personas cada una y vendió más de 200.000 copias del disco Serú ’92, pero Moro se sintió perjudicado económicamente: alguna vez reconoció que ganó más dinero con Los Gatos que con Serú. “Nos cagaron los buitres. Cuando nos ofrecieron ir a porcentaje le dije a Charly: pidamos un fijo, no se puede controlar todo. Fuimos a porcentaje, y pasó lo que pasó”, recordó. El libro Entre lujurias y represión (Sudamericana, 2019), de Mariano del Mazo, recoge una escena del final del segundo show en River: García tiró la batería al piso en un arrebato. Moro lo corrió por el escenario a oscuras diciéndole “te voy a matar, hijo de puta”. Cuando encendieron las luces, los cuatro integrantes estaban abrazados saludando al público. Nadie advirtió nada.

Un hombre de pelo rizado y barba, una mujer y un niño se sientan en escalones de hormigón. Detrás se observa vegetación borrosa.
Oscar Moro con Regina, su pareja durante 28 años, y el pequeño Juanito (Facebook «Recordando a Oscar Moro»)

Moro llevaba 28 años con su mujer, Regina, cuando dio la entrevista a Pintos, y la describió con una mezcla de amor y lucidez poco frecuente: “Nos queremos, nos peleamos. Es una relación total. Somos socios y enemigos. Más allá del amor, una gran pareja en la lucha”. Y agregó: “Yo también la banqué cuando ella estuvo mal”. Regina fue su gran soporte en los tiempos difíciles. De esa unión nació Juanito, también baterista, a quien Moro enseñó a tocar antes de mandarlo a estudiar con Daniel Colombres.

Moro se describía a sí mismo como frágil. “Soy muy ‘atravesable’”, le dijo a Pintos. Le hacían daño, mencionó en esa entrevista, los excombatientes de Malvinas abandonados por el Estado, los pibes que se suicidaban. Atribuía esa sensibilidad a una infancia solitaria, a la distancia con sus padres, a haber sido hijo único. La bohemia que había empezado en La Cueva continuó durante décadas, en los bares de Manhattan en 1969, en los de Londres en 1971, en las madrugadas eternas del Roxy de Congreso y el Samovar de Rasputín de La Boca en los años 90. El alcohol fue cerrando el círculo.

Un hombre de cabello rizado oscuro y barba abraza a un niño de cabello liso y oscuro, ambos sentados en el pasto. Al fondo, bancos de madera.
Oscar Moro junto a su hijo Juanito (Facebook «Recordando a Oscar Moro»)

Su último proyecto musical se llamó Revólver, junto a Sergio Nasif, producidos hacia 2002 por su ex compañero de Los Gatos, Alfredo Toth, y Pablo Guyot. En el invierno de 2006, sus 58 años ya parecían varios más. Hacía un año y medio que no tocaba. Que no estaba en condiciones para hacerlo. Murió el 11 de julio de ese año, en su casa de la esquina de Serrano y Cabrera. Una úlcera sangrante, consecuencia del alcoholismo que lo había ido apagando en silencio, fue la causa de su partida.

Veinte años después, su hijo ocupó su lugar en la batería, casi al final del concierto que marcó el regreso de Serú Girán. Pedro Aznar y David Lebón lo presentaron con ternura y con orgullo. Contaron cuando Moro, mientras ensayaban en los primeros tiempos de la banda, lo acunaba dentro de una valija, porque aún no había plata para un moisés. Juanito tocó “Cuánto tiempo más llevará” y “No llores por mí, Argentina”, y el estadio entero se puso de pie. Una fotografía de Oscar Moro llenó la pantalla del Movistar Arena. Fue la imagen más poderosa de la noche: la historia de Serú Girán latiendo con sangre nueva, en manos de alguien que la lleva en el apellido.

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El horóscopo de hoy: sábado 11 de julio

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ARIES (del 21 de marzo al 20 de abril)

Te sentirás especialmente activo y con ganas de resolver todo al mismo tiempo. Las conversaciones serán intensas y podrías defender tus ideas con mucha convicción. Será un excelente momento para estudiar, negociar o iniciar proyectos, siempre que evites responder impulsivamente.

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TAURO (del 21 de abril al 20 de mayo)

La atención estará puesta en tus recursos y en la búsqueda de una mayor estabilidad económica. Podrían surgir decisiones rápidas relacionadas con compras, inversiones o nuevos ingresos. Antes de actuar, será importante analizar cada paso para evitar gastos impulsivos.

GÉMINIS (del 21 de mayo al 21 de junio)

Con la Luna y Marte transitando tu ascendente, sentirás un gran impulso para avanzar y tomar la iniciativa. Tendrás mucha energía, magnetismo y rapidez mental, aunque también podrías mostrarte más impaciente o reactivo. Será un excelente momento para comenzar nuevos proyectos y expresar con claridad lo que deseas.

CÁNCER (del 22 de junio al 22 de julio)

Necesitarás momentos de calma para ordenar tus emociones. Aunque externamente parezca que todo está tranquilo, internamente vivirás un gran movimiento emocional. Escuchar tu intuición antes de reaccionar te permitirá tomar mejores decisiones.

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LEO (del 23 de julio al 22 de agosto)

Los encuentros sociales y los proyectos compartidos estarán muy movilizados. Podrás liderar grupos, motivar a otras personas o recibir propuestas interesantes. Sin embargo, será importante evitar discusiones por diferencias de opinión.

VIRGO (del 23 de agosto al 21 de septiembre)

La vida profesional demandará respuestas rápidas y capacidad de adaptación. Podrían surgir desafíos que pondrán a prueba tu liderazgo y organización. Si logras mantener la calma, este tránsito puede ayudarte a destacarte por tu eficiencia.

LIBRA (del 22 de septiembre al 22 de octubre)

Sentirás un fuerte deseo de expandirte, aprender y explorar nuevas posibilidades. Será un excelente momento para estudiar, viajar o comenzar proyectos intelectuales. Mantén la mente abierta, pero evita querer imponer tus ideas.

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ESCORPIO (del 23 de octubre al 21 de noviembre)

Las emociones se vivirán con intensidad y podrías sentir la necesidad de resolver asuntos pendientes relacionados con vínculos o recursos compartidos. Será un buen momento para transformar situaciones estancadas, siempre desde el diálogo y no desde la confrontación.

SAGITARIO (del 22 de noviembre al 22 de diciembre)

Las relaciones serán el centro de atención. Habrá mucho intercambio, movimiento y conversaciones importantes con la pareja o con socios. Será un excelente momento para aclarar situaciones, aunque deberás cuidar el tono para evitar conflictos innecesarios.

CAPRICORNIO (del 23 de diciembre al 21 de enero)

Tu rutina se volverá más dinámica y exigente. Habrá múltiples tareas que resolver y sentirás la necesidad de mantener todo bajo control. Organizar tus prioridades será fundamental para no dispersar tu energía ni caer en el estrés.

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ACUARIO (del 22 de enero al 21 de febrero)

La creatividad y el entusiasmo estarán en su punto más alto. Sentirás deseos de expresarte, iniciar actividades recreativas o vivir nuevas experiencias. También será un tránsito favorable para el amor, aunque será importante actuar con paciencia y no dejarte llevar únicamente por el impulso.

PISCIS (del 22 de febrero al 20 de marzo)

El hogar y la familia requerirán mayor atención. Podrían surgir conversaciones importantes o decisiones que movilicen el ámbito familiar. Será un buen momento para resolver diferencias, siempre buscando el entendimiento y evitando responder desde la emoción del momento.

 

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