DEPORTE
“Insaciable”: los detalles desconocidos de la metamorfosis de Messi hasta convertirse en el líder de la selección argentina

“Cuando una meta ya alcancé / Cuando la clave revelé / Cuando llegué a conocer lo desconocido / Si algo imposible quedó atrás / Y lo que era extraño es habitual / Mi interés de pronto quedó desvanecido”.
Lionel Messi llegó al Mundial de Alemania 2026 con 18 años. 20 años después (y 47 títulos, 916 goles, 415 asistencias, ocho Balones de Oro, un trofeo ecuménico, dos Copas América y una Finalissima) con casi 39 en el pasaporte, dio un recital en sus dos primeros partidos de su sexta Copa del Mundo. Tres goles ante Argelia, dos contra Austria. En su lugar, cualquier mortal (si es que con su talento se lo puede agrupar entre los mortales), después del último ítem tildado en Qatar, se hubiese recostado en el lecho de laureles con total derecho. Messi, no.
Ya sin las presiones que lo persiguieron toda su carrera (sobre todo cada vez que se vistió de albiceleste), aunque sin resignar un ápice de apetito, encaró su proyecto en el Inter Miami, con la Selección siempre de fondo. Se puso metas más cortas: primero la Copa América 2024, las Eliminatorias; también el Mundial, si el tiempo no se devoraba la explosión, si las piernas seguían respondiendo a la mente, a la intuición. Gracias al fútbol, lo hicieron.
“Si pude ya encontrar lo que buscaba / Cuando un deseo intenso se cumplió / Si resolví el truco que me desvelaba / La magia que quedaba se acabó”.
No hubo una comunicación oficial. Hasta el propio Lionel Scaloni confesó que lo llamó para saber si estaba disponible, con el afán de citarlo, de tener presta la cinta de capitán. “Estaba esperando que saliera la lista”, respondió, como si fuera uno más en la nómina, un número, y no precisamente el 10.
Una sobrecarga muscular inoportuna alteró el guion justo en el último partido con su club antes de sumarse al plantel para la gran cita. Tal vez fue solo el giro para darle una pátina de épica más, como si le faltara a su historia. Porque volvió a la acción justo en el último amistoso antes del Mundial, y lo hizo con un gol frente a Islandia. Y con la motivación palpitante jugó ante Argelia con los bríos de aquel adolescente del mohín a José Pekerman porque no entró en el duelo de cuartos de final ante Alemania en 2006, que decretó la eliminación albiceleste.
Uno, dos tres goles. Todos golazos, cada uno con diferente impronta. Cayó otro récord, cayeron las dudas en Argentina por la epidemia de molestias físicas, los rivales fueron debidamente notificados de que el campeón está en la casa, con Messi, el eterno Lionel Messi, al comando. Y, contra Austria, martilló el aviso.
“Y siempre quiero más / ¡Un insaciable! / Y siempre quiero más / Un depredador / Y siempre quiero más / ¡Un insaciable! / Y siempre quiero más / Un depredador».
Siempre quiere más. Insaciable, como dice la canción de la banda uruguaya El Cuarteto de Nos. Messi siempre fue Messi. El de la gambeta en patines, el que levita con la pelota. Con más años, es el mismo que se divertía esquivando baches en Grandoli o en Newell’s, o en las canchas realeadas del potrero. Con la lava del fuego sagrado siempre a punto de erupcionar, aunque entonces con un perfil más reservado.
Sí, el “animal deportivo”, tal como lo definió el preparador físico Gerardo Salorio, histórico de las juveniles de Argentina, es parte de él. No así el perfil del líder que construyó. Ese carácter introvertido, por caso, lo definió desde que cruzó por primera vez el portón del predio de Ezeiza que hoy lleva su nombre.
“Llegó acompañado por el padre, Jorge, y el representante. Salió el preparador físico, que era Salorio y le dijo: ‘Si no te cortás el pelo, no podés jugar’. Decí que no le hizo caso, ja. Tenía unas ganas de jugar para Argentina…“, supo contarle a Infobae el recordado Omar Souto.
En ese momento, declamaba su personalidad desde su desparpajo, vencía la timidez con habilidad. Un jugador sin temperamento no se aplicaba solo las inyecciones para resolver el déficit de la hormona de crecimiento, no respondía a las patadas pidiendo de nuevo la pelota, o no era capaz de rechazar una y otra vez las ofertas de España -hasta el cocinero lo tentó- para cumplir el sueño de jugar para Argentina, cuando se había marchado del país a los 12 años para sumarse a la Masía de Barcelona.
Un futbolista sin su ambición sin fin no jugaba un Mundial Sub 20 con 17 años y, pese a iniciar como suplente, se convertía en top scorer y figura. O no crecía en el espejo de Ronaldinho hasta fagocitarlo. O no le torcía el brazo a Guardiola para jugar los Juegos Olímpicos de Beijing (y colgarse la medalla dorada) o para hacer añicos los pizarrones, salir de la banda derecha y llenar canastas como falso 9. Pero no llevaba riendas de vestuario. Guiaba desde el juego, desde su talento. Podía opinar en el vestuario, pero la voz la llevaban otros.
“No pierdo el tiempo en festejar / Ni paro para meditar / Voy como Sísifo cargando con su piedra / Y cuando al límite llegué / Y la frontera traspasé / El reto se esfumó pero sigue mi carrera”.
La cinta de capitán la recibió interinamente en la era Maradona y ya con continuidad con Alejandro Sabella, quien dio el golpe sobre la mesa como Carlos Bilardo con Diego en el 83. En el medio, con los vaivenes de la Albiceleste, quedó en el foco de las críticas porque su rendimiento en un Barcelona de época era descollante y no se repetía en una Argentina convulsionada. Incluso, los reproches llegaron a apuntar sobre su argentinidad, porque parte de su desarrollo se dio en Catalunya. O con el cartel del “club de amigos”.
“Todos decían ‘no canta el himno, no canta el himno’. Y en realidad nadie escuchaba que en los torneos ponían la parte que no era la cantada. Cuando cambió, ¿vieron? Leo lo canta”, lo defendió Omar Souto, quien fue una especie de segundo papá en Ezeiza para la Pulga. De hecho, fue quien llamó por teléfono a su casa para su primera convocatoria, aunque se equivocó de nombre y lo llamó “Leonardo”.
“Cuando alcancé el trofeo que deseaba / Si el día esperado ya pasó / Cuando atrapé la presa que anhelaba / El juego al que jugaba terminó”.
La gloria merodeó varias veces en aquella colección de finales ingratas. Pudo ser en la Copa América de 2007, cuando todavía era un niño. Luego, en el Mundial de Brasil 2014, cuando le pasó por al lado al trofeo y lo miró con frustración, como si fuera inalcanzable. Los dos torneos intercontinentales de 2015 y 2016, con los penales infames ante Chile, casi le hacen bajar los brazos. O lo hicieron, pero por apenas unos días. “Es increíble, pero no se me da”, dijo, antes de presentar una renuncia que el Patón Bauza revirtió con un viaje a España y un puñado de palabras.
“Hablaba más con los compañeros para expresar lo que sentía, no era de levantar la voz. Por ahí, esa función la cumplía Mascherano. Hoy está más maduro, más abierto a hablar con todos y decir lo que piensa”, semblanteó alguien que conoce a la perfección los pasillos de Ezeiza. Pero esa búsqueda inclaudicable, ese insistir, seguía hablando de su tesón. Mientras, por más que cargara con la cinta, Masche era su escudo.
“Yo decía que iba a ser un jugador muy importante, por eso lo llevamos en el primer Mundial siendo muy jovencito, pero creímos que le iba a hacer muy bien estar en alemania. El liderazgo apareció con el transcurso de los años. Fue pasando el tiempo, se fue acostumbrando a sus compañeros y terminó con un liderazgo muy importante”, supo narrar Hugo Tocalli, histórico ladero de José Pekerman y legendario formador, al hablar de esa transición, que llevó su tiempo.
“Y siempre quiero más / ¡Un insaciable! / Y siempre quiero más / Un depredador / Y siempre quiero más / ¡Un insaciable! / Y siempre quiero más / Un depredador».
Las turbulencias en el Mundial 2018 fueron un empujón para que aflorara la versión que hoy disfruta Argentina. “Hay líderes de cancha y líderes de vestuario”, supo acuñar Salorio. El rosarino siempre lo fue con el balón en los pies. La metamorfosis se dio donde las cámaras no llegan. O sí, pero solo cuando los celulares de los jugadores lo permiten.
El periodista Ariel Senosiain publicó el diálogo en Rusia entre Sampaoli y los referentes (con Messi, ahora sí, entre los protagonistas principales) en el libro El Mundial es Historias. Fue luego del oprobioso 0-3 ante Croacia que dejó a Argentina en el borde del abismo de la eliminación en primera ronda.
-No nos llega lo que decís. Ya no confiamos en vos. Queremos tener opinión.
-¿Opinión en qué?
-En todo.
-¿Y ustedes van a armar el equipo, dirigir los entrenamientos, todo?
“Me preguntaste diez veces a qué jugadores querías que pusiera y a cuáles no, y nunca te di un nombre. Decime adelante de todos si alguna vez te nombré a alguien”, lo cruzó Leo, dándole a entender que, hasta esa situación límite, jamás había interpuesto su criterio o relación con sus compañeros para objetar determinaciones o realizar sugerencias.
Según reza la crónica, “en la sala, además de los veintitrés jugadores y los tres integrantes del cuerpo técnico, estaba presente Claudio Tapia. El presidente de la AFA sabía de antemano lo que le dirían al entrenador, a quien sólo le dijo: ‘Tenés que ceder’”. Fue ahí que nació el “doble comando”, cristalizado en aquella foto de Sampaoli, Mascherano y un pizarrón en Rusia. Alcanzó para el triunfo épico ante Nigeria, pero no para vencer a la súper poderosa Francia, que de todas formas tuvo sus momentos de flaqueza.
Sin embargo, sentó un precedente, aunque muchos creyeron que el tropiezo ante Les Bleus podía ser el último compromiso de Messi en un Mundial. Lógico, a Qatar iba a llegar con 35. Una cifra límite para cualquier mortal, pero no para Messi.
“Nunca tengo suficiente, no lo puedo evitar / La adrenalina me domina si pienso en lo que vendrá / Soy como un vaso que gotea apenas un pozo que no se llena / Y mientras almuerzo ya estoy pensando en la cena / Si tengo uno, quiero dos, si no me siento mal / No es codicia ni malicia, es ambición emocional / Por obseso no hay receso, lo que obtengo lo desecho / El progreso se nos debe a los insatisfechos / Seré un inconformista, un paria masoquista / Y en verdad la palabra saciedad no está en mi lista / Y con el afán de superarme, arriesgarme no me importa / ¡Quiero tener el pan pero también quiero la torta!“.
Lionel Scaloni lo pensó frutilla de esa torta. Armó la transición en el interinato y lo llamó junto a Pablo Aimar desde Valencia para explicarle su plan. Los detalles aparecen en la brillante biografía del entrenador escrita por el periodista Diego Borinsky. “Le dijimos que íbamos a asumir y su primera reacción fue reírse, estaba contento. ‘Me parece bárbaro, espero que les vaya bien’, nos dijo. Y luego agregamos: ‘Te esperamos con los brazos abiertos’. No había apuro, teníamos hacer una especie de casting y, cuando él regresara, que viera que había potencial”, remarcó.
El mensaje fue más profundo: “Vas a disfrutar, vas a pensar solo en lo futbolístico. Te vamos a poner un equipo con el que te sientas cómodo y en el que los compañeros se van a sentir cómodos con vos”. Luego de una decepción tan fuerte como la de Rusia, Messi pudo haber pensado que eran palabras vacías. Tal vez quiso ver para creer. Y vio. El delantero se sumó a un grupo en vías de consolidación. Rodrigo de Paul se convirtió en el nuevo Mascherano, pero en otro rol, más bien escudero. Messi ya era otro Messi.
Tal vez esta versión más contestataria, más hacia afuera, surgió en la Copa América de 2019, a partir de las injusticias por el arbitraje en la semifinal ante Brasil, que lo hicieron estallar sin protocolo ante los micrófonos. El tercer puesto también habló. La semilla ya mostraba brotes.
Ese crack retraído, que desbloqueaba a Mister Hyde solo con la pelota, le dejó la reja abierta. ¿Louis Van Gaal lo subestimó en los cuartos de final de Qatar 2022 antes del choque ante Países Bajos? Combustible para Messi, con Topo Gigio en las barbas del bravucón. Tuvo su tobillo hecho una bola de bowling, como Maradona en Italia 90, pero en la final de la Copa América 2024, de la que solo lo pudieron sacar entre lágrimas. Si hasta con su papá atravesando un problema de salud y a pocos días de cumplir 39 años, da la cara en un nuevo Mundial, en el que ya se convirtió en el máximo anotador de la historia del certamen y se bate a duelo con jóvenes como Kylian Mbappé o Erling Haaland.
“Y siempre quiero más / ¡Un insaciable! / Y siempre quiero más / Un depredador / Y siempre quiero más / ¡Un insaciable! / Y siempre quiero más / Un depredador».
Messi siempre quiere más. Un insaciable. Tiene los banquetes sobre la mesa, pero juega con la panza vacía. Tal vez persigue la única marca que le falta, una utópica, casi imposible: la de ganarle al tiempo.
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DEPORTE
Por qué levantamos los brazos al ganar: la ciencia detrás del lenguaje corporal de la victoria

Cuando un atleta cruza la línea de llegada o un futbolista celebra el gol que define un campeonato, el cuerpo se expande casi de manera automática: brazos en alto, pecho abierto, columna erguida.
Esa postura de expansión corporal, omnipresente en el deporte de alto rendimiento, no puede explicarse únicamente como un reflejo primitivo heredado de otros primates, según advierte Stéphanie Caillies, profesora de psicología cognitiva en la Universidad de Reims-Champagne Ardenne, consultada por el diario deportivo francés L’Équipe.
La postura de expansión corporal se asocia en la investigación psicológica a emociones positivas de alta intensidad: alegría, orgullo y triunfo. Sin embargo, Caillies advierte que la misma postura puede comunicar una amenaza si se combina con expresiones faciales agresivas. “Una misma postura expansiva con un visaje agresivo puede significar: me preparo para golpear”, señaló la investigadora en declaraciones recogidas por L’Équipe.
La lectura de cualquier gesto corporal depende, según la especialista, de sus características cinemáticas, velocidad, trayectoria y del entorno en que ocurre. En el deporte de competición, ese contexto viene cargado de normas sociales que generan un repertorio gestual propio, distinguible del lenguaje corporal cotidiano.
El debate entre origen innato y aprendizaje social

Un trabajo publicado en 2008 por Jessica Tracy y David Matsumoto argumentó que, si personas no videntes de nacimiento adoptan posturas de victoria sin haberlas visto nunca, eso prueba su carácter innato. Caillies rechaza esa lectura: “Esas personas han evolucionado en una cultura que ha moldeado su forma de pensar. Han internalizado reglas que influyen en sus movimientos aunque no las hayan ‘visto’ literalmente”.
La especialista fundamenta su posición en la teoría de la cognición corporizada, según la cual el pensamiento no depende solo del cerebro, sino de un sistema que incluye también el cuerpo y el entorno.
Bajo ese marco teórico, una persona no vidente puede incorporar normas de expresión emocional a través del tacto, el oído y la descripción verbal, y luego reproducir esos gestos sin que ello indique que son biológicamente predeterminados.
La comparación con los chimpancés y sus límites
Los trabajos con chimpancés muestran que estos primates también despliegan expansiones corporales parecidas, lo que podría sugerir un origen evolutivo compartido. Caillies matiza esa analogía: en los grandes simios, la postura suele indicar dominancia o un cambio de jerarquía dentro del grupo, con una dimensión amenazante ausente, o mucho menos marcada, en el atleta humano que celebra una victoria.
“Podría decirse que el deportista que gana también cambia de estatus, pero es más complejo porque existe además una comunicación emocional: comparto la alegría del éxito con los miembros de mi grupo, lo que puede generar adhesión, admiración y reforzar la cohesión social”, puntualizó la investigadora. Esa dimensión grupal y afectiva del gesto distingue, a su juicio, la celebración humana del comportamiento de dominancia observado en otros primates.
La conclusión de Caillies es que la postura de victoria resulta de “la interacción entre predisposiciones biológicas y aprendizajes sociales”, sin que ninguna de las dos variables pueda reclamar la explicación completa.
El cuerpo humano impone restricciones físicas a los movimientos posibles, pero dentro de ese margen la cultura, transmitida mediante descripciones, relatos y convenciones compartidas, moldea qué gestos se producen y qué significados se les atribuyen.
Predisposición biológica y cultura, sin jerarquía entre ambas
La investigadora menciona además que existen ciertas variables individuales, como pueden ser los rasgos específicos de la personalidad de cada individuo y el género, que también ejercen una influencia en este tipo de expresiones.
Todavía es necesario investigar para poder determinar si los códigos gestuales asociados con la victoria son exactamente iguales entre deportistas de ambos sexos o si, por el contrario, se observan diferencias sistemáticas en la manera en la que hombres y mujeres manifiestan el triunfo cuando se encuentran en situaciones competitivas.
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DEPORTE
Julián Álvarez quedó afuera de los convocados del Atlético de Madrid: los motivos

Julián Álvarez quedó fuera de la convocatoria del Atlético de Madrid para el partido de este domingo ante la Real Sociedad, correspondiente a la quinta fecha de la Liga de España, tras sufrir una sobrecarga muscular que lo obligó a abandonar el entrenamiento del sábado antes de su conclusión.
“Julián no viaja a San Sebastián por una sobrecarga muscular por la que se retiró en la sesión de entrenamiento de ayer. Realizadas las pruebas pertinentes, los servicios médicos han descartado su presencia en el partido de hoy”, comunicó el club rojiblanco en la mañana del domingo, instantes antes de que la delegación partiera hacia el norte de España.
El delantero argentino de 26 años sintió las molestias en el tramo final de la práctica del sábado. Por precaución, el cuerpo técnico y los servicios médicos del club resolvieron no arriesgar su viaje a San Sebastián, donde por la noche se disputará el encuentro. Álvarez no es la única baja: Pablo Barrios y Alexander Sorloth también quedaron descartados por sendas lesiones musculares.
Simeone viaja con 23 jugadores y tres argentinos en la lista
Sin los tres lesionados, el entrenador Diego Simeone parte hacia Anoeta con 23 futbolistas, todos los disponibles del primer equipo más el defensor Jorge Domínguez y el mediocampista Jorge Castillo, ambos con ficha de las categorías inferiores. Entre los convocados figuran tres argentinos: el arquero Juan Musso, el defensor Cristian Romero y el extremo Giuliano Simeone. El puesto de Álvarez en el once inicial será cubierto previsiblemente por el canadiense Jonathan David, su recambio natural en la delantera, aunque Simeone también podría optar por el tridente conformado por Kang-in Lee, Álex Baena y Ademola Lookman, combinación que utilizó en el arranque de la temporada.
La sobrecarga pone en duda su participación en la ventana de amistosos de la Selección Argentina
Más allá del impacto inmediato en el conjunto colchonero, la situación genera inquietud de cara a la próxima ventana internacional. Entre el 21 de septiembre y el 6 de octubre, la selección argentina disputará sus primeros amistosos tras el Mundial 2026, con entre dos y tres partidos previstos cuyos rivales aún no se han confirmado oficialmente (Bolivia, Burkina Faso y Benín asoman como los posibles contrincantes).
Al tratarse de una sobrecarga y no de una lesión de mayor entidad, la evolución de Álvarez será determinante. El atacante había disputado el miércoles ante el Liverpool su primer partido como titular y completo en la temporada, por lo que el cuerpo médico actuará con cautela. Si no llega en condiciones para el próximo partido del Atlético en casa ante Osasuna, el objetivo sería tenerlo a punto para el clásico frente al Real Madrid, programado el siguiente domingo en el estadio Metropolitano, duelo en el que Barrios y Sorloth también son duda.
Este contratiempo se da luego de un período de transferencias agitado para la Araña, quien recibió múltiples sondeos (del PSG y el Arsenal, por citar dos de los interesados), pero su foco estuvo puesto en el posible salto al Barcelona. No obstante, el Colchonero no quiso negociar con la dirigencia blaugrana, en un duelo mediático que dejó en el medio al jugador, que fue abucheado por el público en su primer duelo de la temporada, cuando ingresó en el empate ante el Villarreal.
Cuando se había confirmado su continuidad y buscaba demostrar su compromiso pese al affaire del mercado de pases, Álvarez sufrió esta lesión, que pone en pausa su participación en el elenco que dirige Diego Simeone.
DEPORTE
El rapto de furia de Sabalenka tras perder la final del US Open: una raqueta destruida y un amenazante mensaje a la cámara

Aryna Sabalenka destrozó su raqueta contra el suelo en el Arthur Ashe Stadium, con los ojos llorosos y la mirada perdida, apenas segundos después de que Elena Rybakina sellara el título del US Open con un 6-4, 5-7 y 6-2 que le costó 2 horas y 21 minutos. La bielorrusa, bicampeona defensora, no encontró la manera de disimular una frustración que ya había mostrado en otros escenarios, y esta vez lo hizo frente a las cámaras y a las miles de personas que colmaban las tribunas del estadio más grande del tenis mundial.
El saludo en la red fue breve, casi protocolario. En cuanto Sabalenka llegó a su banco, tomó la raqueta y la reventó contra el suelo sin dudarlo. La imagen se viralizó en cuestión de minutos y despertó la memoria colectiva de los aficionados, que recordaron aquel episodio de 2023 cuando, tras caer ante Coco Gauff también en la final de Nueva York, las cámaras la captaron descargando su bronca en los pasillos del recinto. La historia, en más de un sentido, se repitió.
La reacción que lo dice todo
La secuencia no terminó ahí. Mientras el equipo organizador montaba el escenario para la ceremonia de premiación, un camarógrafo se acercó a registrar el estado emocional de la bielorrusa. Ella, visiblemente afectada y con los ojos húmedos, hizo un ademán con la mano para que dejaran de filmarla y vociferó “fuck off” (“vete a la mierda”). No era enojo hacia el público ni hacia su rival: era el gesto de alguien que necesita un momento de intimidad que el deporte de élite pocas veces concede.
La propia Sabalenka, ya en el acto de premiación, intentó poner palabras a lo que sentía: “De verdad me sentí como en casa aquí y no puedo esperar para volver el próximo año. Ojalá pudiera haber jugado un poco mejor, pero supongo que el próximo año”, dijo. Una frase que mezcla el apego que siente por Flushing Meadows y la resignación de quien sabe que el margen fue mínimo, aunque el marcador no lo refleje del todo.
La derrota tiene una dimensión extra que pesa más allá del trofeo. Sabalenka buscaba convertirse en la primera jugadora desde Serena Williams en ganar tres ediciones consecutivas del US Open. Además, cayó precisamente ante la única rival que podía arrebatarle también el número uno del mundo: Rybakina llegó al partido ya como nueva líder del ranking WTA, un ascenso que completó con el título en la mano. Las 99 semanas de Sabalenka en lo más alto del circuito llegaron a su fin en el peor momento posible.
Rybakina frenó una racha de 19 victorias seguidas en Flushing Meadows
Del otro lado de la red, la kazaja construyó su victoria sin necesitar su mejor versión. Rybakina concretó tres de las 12 oportunidades de quiebre que generó, suficientes para inclinar la balanza a su favor. Su primera bola de servicio no estuvo a la altura habitual —pese a ser la líder en aces del circuito—, pero su juego de devolución fue constante e implacable, capaz de neutralizar la potencia de Sabalenka en los intercambios largos.
Con este título, Rybakina alcanzó su tercer Grand Slam —Wimbledon 2022, Abierto de Australia 2026 y ahora el US Open— y cortó la racha de 19 victorias consecutivas que Sabalenka acumulaba en Flushing Meadows desde aquella final perdida frente a Gauff. También igualó a la propia Sabalenka y a Mirra Andreeva, campeona de Roland Garros, con tres títulos en la temporada, la cifra más alta del circuito femenino. El cheque que se llevó fue de 5,5 millones de dólares, el mayor en la historia de un Grand Slam.
En la ceremonia, Rybakina tuvo palabras para su rival que resumieron el nivel del enfrentamiento: “Es muy difícil jugar contra ti; llevas todo al límite. Me estaba muriendo en la cancha contra ti. Solo intentaba llegar a todas las pelotas posibles. Felicitaciones por tus logros y a tu equipo; ustedes hacen un trabajo increíble. No encuentro las palabras ahora mismo, lo siento”, declaró la nueva número uno.
“Si hubiera guardado mis emociones dentro de mí, no habría podido decir una palabra en la pista o ahora mismo. Es realmente difícil controlar tus emociones cuando pierdes en la final de un Grand Slam y cuando estabas intentando lograr un tricampeonato. Quería liberar toda esa agresión y decepción afuera”, se justificó la bielorrusa.
Solo le falta Roland Garros para completar el Grand Slam de carrera. Sabalenka, mientras tanto, tendrá que esperar hasta el año que viene para intentar recuperar lo que perdió este sábado en Nueva York.
North America,Sport,Tennis
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