CHIMENTOS
Sabrina Rojas contó cómo fue la primera cita con Pepe Chatruc: «Es ahora o nunca»

Sabrina Rojas compartió detalles de su primera cita con José «Pepe» Chatruc
Sabrina Rojas decidió compartir en Bondi Live las emociones que atraviesa por su vínculo naciente con José “Pepe” Chatruc. Con sinceridad, la actriz habló en #ÁngelResponde acerca de la ilusión y las dudas que siente ante el avance de la relación, y describió con detalle cómo se dio el primer acercamiento entre ambos.
En la entrevista con Ángel de Brito, Sabrina Rojas explicó que le genera temor hablar en público sobre su historia con Chatruc por miedo a decepcionarse. “Me asusta un poco. O sea, tengo ganas de decir un montón de cosas relindas de Pepe, pero después digo: ‘Ay, yo creo que esto no funciona y quedo como una boluda’”, expresó en el encuentro. También reconoció que no vivía algo similar desde hacía mucho tiempo: “Hacía mucho que nadie me cautivaba así”.
El comienzo de la relación estuvo marcado por mensajes, bromas y una dinámica de complicidad. Rojas contó que, dentro de su grupo de amigos, “había como una cosa” y que llegó a decir a sus amigas: “Creo que me gusta Pepe Chatruc”. Según ella, Chatruc le propuso entre risas: “Bueno, entonces a los 55, si llegamos solteros, nos ponemos de novios”.
Los primeros encuentros incluyeron interacciones en redes sociales. “Yo tal vez subía una foto linda y él me ponía: ‘Podemos bajar dos añitos’”, relató Rojas en Bondi Live. Sobre la primera cita, recordó: “Fue en su casa. Pero costó eh… La primera vez que me invitó a su casa, pero con mucha gente. En un momento le dije: ‘Pepe, conectá, estoy acá, en tu casa, es ahora o nunca’. Se ve que se ponía como nervioso”.
El vínculo entre Sabrina Rojas y Pepe Chatruc se hizo visible mucho antes de la confirmación oficial. Las primeras sospechas surgieron cuando ambos fueron vistos cenando juntos en un restaurante de Buenos Aires y, luego, compartieron actividades en un grupo unido por el pádel. La periodista Paula Varela relató en Intrusos: “Ellos comparten un grupo, todos juntos… Chatruc se puso un lugar de pádel. Entonces, van, se juntan, juegan al pádel, hacen muchas cosas”.
A este entorno de encuentros frecuentes se sumaron salidas a festivales y el intercambio de comentarios en redes sociales. Una foto en la playa de Punta del Este y el video de un beso se difundieron rápidamente, aumentando la curiosidad.
Mientras se multiplicaban los rumores, la actriz respondió a través de Instagram con declaraciones ambiguas sobre su estado sentimental. Primero escribió “Soltera”, y más adelante, frente a la pregunta sobre si estaba sola, contestó: “A veces sí, a veces no”, acompañando la frase con un guiño.

La confirmación llegó en el estreno de una obra teatral, donde la pareja hizo su primera aparición pública. Un beso y sonrisas sellaron el momento ante la prensa. Consultada al respecto, Rojas respondió: “No somos novios todavía. ¿Vos me dijiste de ser tu novia? No”.
En ese diálogo con los medios, la actriz detalló: “Somos amigovios, amigos que se besan. Vinimos porque tengo amigas, Carla Conte, una obra que casi hago, porque cuando se iba a estrenar yo estaba haciendo Pasó en América”. Chatruc, con humor, agregó: “Acá, sí, ahora, justo”, ante la broma sobre formalizar la relación.
Rojas remarcó su actitud cautelosa: “Paso a paso. Todavía no nació el amor, nos estamos conociendo”. Más adelante, aclaró: “Quiero resguardar algo que no sé qué va a pasar, es muy reciente. Sin expectativas mejor, día a día, paso a paso”.
El exfutbolista eligió responder con humor ante los comentarios y bromas sobre la pareja en redes sociales. “Nada me importa menos que la opinión de la gente que no me conoce. Relax”, escribió, defendiendo el espacio propio de la relación.

La historia tuvo un giro especial gracias al entorno de amigos, especialmente por la participación de Panam (Laura Franco), presentadora infantil. Ella relató cómo las reuniones amigables y cenas en su casa propiciaron la cercanía entre Rojas y Chatruc. “Se ven muy lindos, no me digan que no. Es una pareja inesperada. Yo la adoro a Sabrina… y Pepe es muy amigo de mi marido. Y bueno, cena va, cena viene…”, resumió.
Con humor, Panam comentó la anécdota que lleva el nombre de “pollo amor”: “Ellos no hacen el poliamor, hacen el pollo amor porque se conocieron comiendo pollo, ¿podés creer?”. Destacó que todo se dio de forma genuina: “Todo se fue dando naturalmente, la verdad”.
La presentadora negó haber desempeñado un rol de celestina, aunque percibió la química desde un primer momento. En sus palabras: “En esas cenas, antes que se den cuenta, vi chispitas”. Para Panam, fue Chatruc quien tomó la iniciativa: “Obvio que fue Pepe el que tiró el primer mensaje”. Remarcó la espontaneidad y el buen ambiente en la relación, apreciando el deseo de bienestar propio de las relaciones adultas.
El respaldo de amigos y la complicidad del entorno acentuaron lo particular y espontáneo de este vínculo. Se espera que la pareja disfrute del presente, sin apresurarse respecto al futuro, mientras quienes los rodean celebran esta nueva etapa.
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CHIMENTOS
El horóscopo de hoy: sábado 9 de mayo

ARIES (del 21 de marzo al 20 de abril)
Podrías sentir tensión entre tus deseos personales y lo que esperan de vos tus amistades o grupos. No todo encaja como querés. Es momento de elegir con autenticidad.
TAURO (del 21 de abril al 20 de mayo)
La cuadratura toca tu eje personal y profesional. Podrías sentirte exigido o emocionalmente inestable frente a responsabilidades. Buscá equilibrio entre lo que querés y lo que debés hacer.
GÉMINIS (del 21 de mayo al 21 de junio)
Se despiertan inquietudes internas. Necesitás expandirte, pero algo te pide pausa y reflexión. Escuchar tu mundo interior será clave para no dispersarte.
CÁNCER (del 22 de junio al 22 de julio)
Emociones intensas ligadas a vínculos o temas económicos compartidos. Puede haber incomodidad o necesidad de soltar control. Permitite confiar en los procesos.
LEO (del 23 de julio al 22 de agosto)
Las relaciones reflejan tensiones internas. Puede haber choques o diferencias con otros. Este aspecto pide diálogo sincero sin perder tu centro.
VIRGO (del 23 de agosto al 21 de septiembre)
Las rutinas y el cuerpo pueden resentir el estrés. Querrás sostener orden, pero surgirán imprevistos. Adaptarte será la clave para mantener bienestar.
LIBRA (del 22 de septiembre al 22 de octubre)
Deseo de disfrutar y expresarte frente a responsabilidades o emociones contradictorias. Puede haber tironeo entre placer y compromiso. Buscá equilibrio sin culpas.
ESCORPIO (del 23 de octubre al 21 de noviembre)
Se activan tensiones en el hogar o con la familia. Necesitás seguridad, pero también independencia. Revisar dinámicas emocionales será necesario.
SAGITARIO (del 22 de noviembre al 22 de diciembre)
La comunicación puede volverse tensa. Diferencias de opinión o malentendidos podrían aparecer. Elegí bien tus palabras y evitá reacciones impulsivas.
CAPRICORNIO (del 23 de diciembre al 21 de enero)
Incomodidad en temas económicos o de valor personal. Puede haber gastos inesperados o cuestionamientos internos. Ajustar prioridades te dará claridad.
ACUARIO (del 22 de enero al 21 de febrero)
La Luna en tu signo intensifica emociones. Podrías sentirte dividido entre lo que necesitás y lo que esperan de vos. Honrar tu autenticidad será esencial.
PISCIS (del 22 de febrero al 20 de marzo)
Sensibilidad elevada y necesidad de introspección. El entorno puede sentirse demandante. Tomarte espacios de silencio te ayudará a procesar lo que sentís.
horóscopo
CHIMENTOS
Nélida Lobato, la mujer que conquistó París y murió en silencio: a 44 años de una despedida que todavía duele

Hay nombres que no se apagan. Que, incluso cuando el telón cae y las luces se extinguen, siguen respirando en la memoria colectiva como una música persistente. Nélida Lobato es uno de ellos. Y este 9 de mayo, cuando se cumplen 44 años de su muerte, su historia vuelve a desplegarse con la intensidad de una vida que fue, al mismo tiempo, deslumbramiento y herida.
Había nacido como Haydée Nélida Menta el 19 de junio de 1934, en el barrio de Saavedra, ese territorio de entonces veredas anchas, eucaliptos y tardes interminables en el Parque Saavedra, donde alguna vez jugó sin imaginar que su destino estaría atado a los escenarios más exigentes del mundo. Era, según quienes la conocieron en esos primeros años, una chica tranquila, casi tímida, de modales suaves, con una belleza que todavía no sabía que era su llave.
La vida, sin embargo, no le ofreció un camino fácil. La muerte de su padre cuando tenía apenas nueve años dejó a la familia en la intemperie económica. Hubo que trabajar, crecer de golpe, sostener lo que se pudiera. Terminó sus estudios y más adelante se convertiría en técnica radióloga, una profesión que parecía marcar un rumbo definitivo. Bailar, entonces, no era más que una idea ajena, un territorio desconocido. Hasta que apareció Eber Lobato.
Ese encuentro, casi abrupto, fue el punto de quiebre. Se casaron a los quince días, como si ambos intuyeran que estaban a punto de construir algo que los excedía. Eber vio en ella lo que nadie más veía: un diamante en bruto. Y empezó a pulirlo con una obstinación feroz. Pero los comienzos fueron duros, incluso crueles. Alfredo Allaria, figura indiscutida del espectáculo, la descartó sin titubeos: “Jamás podrá pisar un escenario”. Esa sentencia, que para muchos habría sido definitiva, fue para Nélida apenas el inicio de una resistencia.
Los años que siguieron fueron de pobreza extrema. De noches durmiendo en el suelo. De un hijo, Adrián, que llegó a dormir dentro de una valija improvisada como cuna, en una escena que con el tiempo ella misma recordaría con un escalofrío: una noche, la tapa se cerró y el bebé estuvo a punto de asfixiarse. Eran días sin red, sin certezas, sostenidos apenas por la fe de Eber y una voluntad que todavía no encontraba forma.
El Maipo la recibió, pero en el último escalón: partiquina, una más del coro, casi invisible. La inseguridad crecía. El talento todavía no encontraba su cauce. Hubo algunas apariciones en televisión, pequeños destellos en programas como Música y fantasía o El show de Andy Russell, pero eran luces breves en una oscuridad persistente. Hasta que Chile cambió todo.
En el Bim Bam Bum de Santiago, ese teatro-cabaret mítico, encontraron por primera vez un espacio para desplegarse sin límites. Lo que iba a ser un contrato de un mes se extendió a ocho. Y fue allí donde alguien los vio. Un enviado del Dinah Shore Show los llevó a Los Ángeles. El salto era impensado: de la precariedad absoluta a los escenarios internacionales.
Estados Unidos fue la consagración. Los Lobato Dancers comenzaron a girar, a crecer, a imponerse. Actuaron en ciudades clave, acompañaron a figuras como Sammy Davis Jr., compartieron escenarios con nombres de peso y, por primera vez, el dinero dejó de ser una urgencia. Compraron una casa en Los Ángeles con jardín: un lujo que hasta entonces había sido un sueño.
Y en 1964 llegó la consagración definitiva: el Lido de París. Las trompetas sonaron para ella. Nélida Lobato, la chica de Saavedra, era ahora vedette internacional.
El regreso a la Argentina, a fines de los años 60, fue la gran revancha. Carlos A. Petit la convocó para el teatro El Nacional con un contrato que hablaba de éxito: un porcentaje de la recaudación que la convirtió en una de las artistas mejor pagadas del momento. De la miseria a una vida de reyes. De dormir en el suelo a tener propiedades, reconocimiento y un lugar indiscutido en la escena porteña.
A fines de 1969 fue elegida como una de las personalidades del año por la revista Siete Días, que no dudó en destacar: “A los 35 años, Nélida Lobato (1,65 de estatura; 90-48-90) representa mejor que nadie la leyenda de la supervedette internacional en el momento cumbre de carrera. Triunfadora en el Sand’s de Las Vegas y consagrada definitivamente en el Lido de París en 1964, ahora puede enfervorizar a una platea que siguió su trayectoria por los 39 escalones del escenario de El Nacional -más de 600 representaciones-, donde derrochó encanto, sex-appeal y un talento inusual en el ámbito de la revista porteña y mundial”.
Pero ella fue más allá. Entre 1971 y 1982, Nélida Lobato redefinió el concepto de vedette. No era solo belleza: era técnica, disciplina, una forma de bailar que combinaba precisión y fuego. Donde otras apenas se desplazaban, ella construía coreografías con rigor casi de ballet. Donde otras respondían al molde, ella lo rompía. Se negó a ser un objeto decorativo, exigió calidad en los textos, mostró su vida sin esconderse detrás del misterio que imponía la época. Fue, en ese sentido, una revolucionaria silenciosa.

Su figura creció también en el cine y la televisión. Protagonizó ciclos propios, compitió en la franja más dura de la TV y llevó al teatro musical a otro nivel con Chicago, en 1977, uno de los grandes éxitos de la cartelera. Los premios llegaron como confirmación: Konex, distinciones, coronas simbólicas. Pero, sobre todo, el reconocimiento del público.
Pero en paralelo a ese crecimiento, hubo otra historia. Más silenciosa. Más íntima. La de Víctor Laplace.
Se conocieron en una cena, presentados por Beba Bidart. Tenían diez años de diferencia y dos mundos distintos. Él, un joven actor que empezaba a abrirse camino. Ella, una figura consagrada. No fue un flechazo inmediato. Fue algo más lento, más profundo: largas conversaciones, afinidades que se iban revelando, una construcción paciente.
Laplace lo diría años después con una claridad conmovedora: “Lo mejor que hice fue escucharla”.

En ese escuchar se fue gestando el vínculo. Nélida, lejos del brillo permanente, mostraba su costado más humano. Un retrato quedó inmortalizado en el relato del actor, el instante en que sintió que estaba enamorado: estaban en el domicilio de ella, de forma natural se sacó las pestañas postizas, ocupó la cocina y comenzó a preparar un bife de chorizo. Podía pasar de la sofisticación absoluta a la simpleza sin transición. Y en ese instante, mínimos pero decisivos, él sintió el flechazo.
Fueron casi diez años intensos. De amor, de discusiones, de reconciliaciones que, según él mismo definía, eran “viajar al cielo”. No era una relación para la foto. Era real, atravesada por tensiones, por carácteres fuertes, pero también por un respeto profundo. Nélida, de algún modo, lo formó. “Aprendí a ser hombre con ella”, diría, reconociendo en esa mujer no solo a una pareja, sino a una guía.
Tenían rituales. Los lunes se vestían elegantes y se iban a cenar fuera de la ciudad. Después, música, vermut, conversaciones. Una vida que, en su esencia, era simple. Pero que tenía el brillo de lo auténtico.
Hubo un momento que lo marcó para siempre. Un viaje a París. Ella quiso que él viera el lugar que la había formado. Llegaron al Lido. Y en medio de la noche, dos reflectores iluminaron su mesa. “Madame Nélida Lobato”. Ahí, en ese instante, él entendió la dimensión de esa mujer. “Es muy grosa”, pensó. Como si recién entonces pudiera ver la totalidad.

Con el tiempo, la relación cambió de forma. Se separaron como pareja, pero no como afecto. Siguieron unidos desde otro lugar, más sereno, más maduro. Y cuando llegó la enfermedad, Laplace volvió a estar. Sin estridencias. Sin necesidad de explicaciones. Porque lo que vino después fue el tramo más oscuro.
A comienzos de 1981, los primeros síntomas. Dolores difusos, señales que no terminaban de cerrar. Una operación que trajo alivio momentáneo. Y el regreso al escenario, porque Nélida no concebía otra posibilidad. Pero en 1982, el cuerpo empezó a ceder.
El deterioro fue rápido. Brutal. Perdió peso en pocos días. Dormía horas interminables. El dolor se instaló como una presencia constante. Aun así, insistía en salir a escena. Se hacía aplicar inyecciones antes de cada función para soportar lo insoportable. Sus compañeros la miraban con una mezcla de admiración y angustia: seguía, incluso cuando todo en ella pedía detenerse.
Víctor fue testigo de ese proceso. De esa caída progresiva. De ese cuerpo que se iba desdibujando. “Iba desapareciendo”, diría después.

Las madrugadas se volvieron un ritual doloroso. A las cinco de la mañana iban a ver al padre Mario, buscando una esperanza que la medicina ya no ofrecía. Cuando la enfermedad avanzó, cuando el dolor se volvió insoportable, apareció la morfina. La moto que llegaba con la medicación. El alivio momentáneo. Y otra vez el dolor. “Se daba vueltas en la cama. Sufría mucho”, recordaría él.
Nélida, que había dominado el escenario con una energía arrolladora, ahora luchaba en silencio contra un enemigo invisible. No quería que la vieran así. No quería despedidas. Quería preservar, incluso en ese momento, algo de su dignidad.
El diagnóstico fue definitivo: cáncer hepático irreversible. Y el tiempo, de pronto, se volvió corto. Un año. Apenas un año desde que todo empezó a desmoronarse. Murió el 9 de mayo de 1982. Tenía 47 años.
Laplace estuvo ahí. Acompañando hasta el final. Sosteniendo como podía. Entendiendo, en ese tránsito, algo que después nombraría con una sola palabra: soledad.
“La extraño. Me dolió mucho la manera en que se fue”, diría con los años, cada vez que el recuerdo volvía a abrirse.

Porque lo que más lo marcó no fue solo la pérdida, sino la forma. La injusticia de una enfermedad que no tenía explicación. Ella no fumaba, no bebía, se cuidaba. Y sin embargo, el cáncer avanzó sin tregua. El final fue, en sus palabras, “horrible”.
Y sin embargo, incluso ahí, en ese último tramo, hubo algo de la esencia de Nélida que no se quebró: la fuerza, la resistencia, esa decisión de no abandonar nunca del todo. Después, el silencio.
El trono quedó vacío. Pasaron nombres, épocas, estilos. Pero hay algo en la figura de Nélida Lobato que sigue siendo inalcanzable. Tal vez porque no fue solo una vedette. Fue una historia completa: la de la chica de barrio que atravesó la miseria, conquistó el mundo, amó intensamente y enfrentó el final con una dignidad feroz.
A 44 años de su muerte, su imagen sigue ahí. Suspendida en algún lugar entre la memoria y el mito. Como si todavía, en algún escenario invisible, siguiera bailando. Con esa mezcla de precisión y fuego que la volvió única.
Y, sobre todo, como si todavía hubiera alguien —en una madrugada cualquiera— dispuesto a escucharla. Como hizo Víctor Laplace. Como la quiso. Como no dejó nunca de recordarla.
CHIMENTOS
Qué ver en Netflix: la serie de 7 capítulos perfecta para el fin de semana

Netflix continúa sumando producciones que logran captar rápidamente la atención del público y una de las películas que viene ganando cada vez más recomendaciones es “7 mujeres y un misterio”. Con una historia cargada de secretos, sospechas y un tono que mezcla suspenso con humor, la propuesta se transformó en una opción ideal para quienes disfrutan de los clásicos policiales.
La película está dirigida por Alessandro Genovesi y funciona como una nueva adaptación de la reconocida obra “8 mujeres”, escrita originalmente por Robert Thomas. Con una duración de apenas 83 minutos, la producción apuesta por una trama ágil que mantiene el misterio prácticamente desde el comienzo hasta el final.
La historia se desarrolla durante las fiestas navideñas, cuando una familia se reúne en una enorme mansión aislada. Sin embargo, todo cambia drásticamente después de que el dueño de casa aparece asesinado. A partir de ese momento, siete mujeres quedan atrapadas dentro de la propiedad debido a una tormenta y comienzan a sospechar unas de otras.
Mientras intentan descubrir quién es la responsable del crimen, empiezan a salir a la luz distintos secretos familiares, mentiras ocultas y conflictos del pasado que complejizan todavía más la investigación. Cada personaje parece esconder algo y eso genera un clima constante de tensión e incertidumbre a lo largo de toda la película.
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Otro de los puntos fuertes de la producción es su elenco, integrado por reconocidas actrices italianas como Margherita Buy, Ornella Vanoni, Micaela Ramazzotti, Sabrina Impacciatore, Luisa Ranieri, Diana Del Bufalo y Benedetta Porcaroli. La dinámica entre las protagonistas y sus distintas personalidades aporta gran parte del atractivo de la historia.
Además, la ambientación juega un papel fundamental dentro de la película. Gran parte de la trama ocurre dentro de la mansión, lo que refuerza la sensación de encierro y sospecha permanente. A eso se suma una estética retro elegante y teatral que recuerda a los clásicos relatos detectivescos.
Aunque tiene varios momentos de comedia, “7 mujeres y un misterio” logra sostener el suspenso durante toda la trama. Con revelaciones inesperadas, personajes ambiguos y una historia llena de engaños, la película aparece como una propuesta diferente dentro del catálogo de Netflix y una gran alternativa para disfrutar en una sola noche.
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