SOCIEDAD
Un hombre murió luego de descomponerse durante un partido de fútbol en Chubut

Un hombre de 49 años murió tras descompensarse mientras jugaba un partido de un torneo de fútbol de veteranos en Rawson, Chubut.
El trágico hecho ocurrió en un complejo de canchas ubicado en la zona norte de la capital provincial. La víctima fue identificada como Juan Marcelo Tripailaf.
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De acuerdo con los primeros reportes, el hombre manifestó un fuerte dolor en el pecho mientras estaba dentro del campo de juego, lo que encendió la alarma entre sus compañeros y las personas presentes.
Ante la emergencia, fue asistido de inmediato por quienes se encontraban en el lugar, que actuaron rápidamente para brindarle ayuda mientras se organizaba su traslado.
Minutos después, el jugador fue llevado de urgencia al Hospital Subzonal Santa Teresita, donde ingresó en estado crítico y recibió atención médica inmediata.
Pese a los esfuerzos del personal de salud, no se logró revertir el cuadro y el hombre falleció poco después de su ingreso al centro asistencial.
Las autoridades sanitarias confirmaron que la causa de muerte fue un paro cardíaco y detallaron que se realizaron maniobras de reanimación sin éxito.
Tras lo ocurrido, los organizadores decidieron suspender la jornada del torneo como medida preventiva y en señal de respeto por la víctima.
La emotiva despedida al hombre que murió jugando al fútbol en Chubut
De acuerdo a lo que informaron medios locales, Tripailaf era trabajador de la recolección de residuos domiciliarios y padre de dos hijos.
Luego de la triste noticia, familiares y amigos despidieron al hombre con emotivos mensajes a través de las redes sociales.
“El destino nos jugó mal, con inmenso dolor que no terminará de curarse. Te despedimos, hermanito querido. Que Dios te cuide como te lo mereces, por ser tan buen hermano, padre y esposo», expresó su hermano Daniel.
Y agregó: “El dolor que siento al saber que no nos vamos a ver más. La vida me dio un golpe muy duro a mi y a toda la familia. Te vamos a amar por siempre”.
Un amigo posteó: “Hoy te fuiste haciendo tu deporte favorito. El domingo iba a ver a tu Germinal, cueste lo que cueste me decías, yo voy a estar en el tablón y hacer el aguante. Hasta siempre, hermano querido”.
“Pensar que hace menos de un mes compartíamos un asadito y nos reíamos de la vida. Hoy me toca despedirte me quedan los mejores recuerdos. Hasta siempre”, manifestó otro amigo, Claudio.
También los integrantes de la comparsa “Variedades”, espacio del que formaba parte activa: “Con profundo dolor hoy lloramos la pérdida del que no solo fue un integrante en nuestra comparsa sino también un amigo, un hermano, un tío, papá y esposo… Una persona que el que lo conoció sabe bien lo que amó Variedades, festejando sus logros y sufriendo nuestras derrotas. Hoy nos toca llorar a muchos de nosotros, Marcelo Tripailaf, no hay palabras para tanto dolor. Dios le dé consuelo a tu familia entera. QEPD”.
Según se informó, el velatorio fue esta mañana y luego sus restos fueron inhumados en el cementerio de Rawson.
Chubut, Fútbol, Muerte
SOCIEDAD
Llevo 19 años probando juegos de estrategia y este es el más realista y difícil al que me he enfrentado nunca

Lo bueno de la estrategia es que puede fusionarse con muchos subgéneros e ideas sin perder el norte y siendo capaz de sorprender al más preparado. Pero esto no es nuevo: The Guild lo lleva haciendo desde que yo estaba aprendiendo a multiplicar con decimales, y ahora Ashborne Games nos quiere llevar de la mano con The Guild – Europa 1410 a 2003 en un proyecto de simulación empresarial mezclado con RPG, estrategia isométrica y sandbox histórico
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Hablamos de un batiburrillo de ideas y géneros que puede sonar abrumador desde el primer minuto, y no os engaño, lo es. The Guild – Europa 1410 parte de una premisa muy sencilla de entender: apabullar al jugador con uno de los despliegues técnicos y de gestión más profundos y realistas posibles. Admito, de hecho, que durante la primera media hora del juego no sabía bien qué hacer —también puede ser porque hablamos de una demo como parte del Find Your Next Game, aún en fase de desarrollo temprano, cuyo tutorial está en pañales—, pero esa es la esencia de la vida adulta en un entorno capitalista, donde sentarte a verlas venir no está ni en la lista de opciones.
El Capitalismo aprieta, pero es la base de tu futuro en la Bohemia medieval
Como un miembro de clase baja de la Edad Media en la zona de la antigua Bohemia, nuestro objetivo es ir ascendiendo social y políticamente hasta lo más alto del escalafón, o morir en el intento. Para ello, podremos escoger una serie de profesiones como carpintero, albañil o alquimista, y lanzarnos a lo que, entre nosotros, es la selva. Y es que el proyecto del estudio checo erige su concepto jugable sobre toda la plétora de creencias, miedos y estereotipos sociales del medievo real europeo, por lo que, aunque es cierto que se pasa de frenada en algunas ocasiones, hablamos de un juego muy difícil porque históricamente así lo fue.

Así, una vez elijamos una ciudad en la que establecernos, pudiendo incluso dejarnos caer por la Kutná Hora que vimos en Kingdom Come: Deliverance 2, es hora de quedarnos embobados sin saber qué hacer hasta dar con la solución: toca subirnos a la rueda de la producción empresarial. Como miembros de la población activa, tendremos una casa a nuestro nombre y un local donde realizar las actividades pertinentes, con un trabajador asociado como aprendiz. El problema es que The Guild – Europa 1410 es bastante poco afable con el jugador ajeno a este tipo de juegos, con un menú de actividades, tareas, opciones de personalización y demás complejísimo de entender y de colocar en pantalla.

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The Guild – Europa 1410 recuerda inherentemente a un juego de Paradox, con Crusader Kings quizá como máximo representante en esto de los «juegos de menús». Sin embargo, Ashborne Games trabaja mejor la iteración. Aunque siempre vas a estar aprendiendo algo y es cierto que estás obligado a aprender porque el tiempo corre en tu contra, a la hora de juego entenderás bien cómo funciona todo. Es sencillo: necesitas materias primas para fabricar una serie de elementos —en mi caso, como herrero, anillos, herraduras o espadas en un comienzo— y venderlas, ya sea en tu tienda o en el mercado de la ciudad. Esa es la base misma del juego, sin más, pero el truco está en que el mercado respira: si decides acaparar todo el hierro de la zona para que tus competidores no puedan trabajar, verás cómo el precio se dispara en tiempo real, asfixiando a las otras herrerías o enriqueciéndote si sabes cuándo soltar el stock. No es una economía de cartón piedra; es un ecosistema de oferta y demanda que te obliga a ser tanto artesano como tiburón financiero.

Por ejemplo, todos los que viven en la ciudad tendrán una opinión de nosotros, sea buena o mala. Desde el párroco hasta el alcalde, pasando por nuestra vecina o los hijos de esta. Hablamos de un simulador a varios niveles, tanto comercial como de relaciones, y lo mejor es que todos están deseando vernos caer. Al final, somos alguien que busca alcanzar un grado de estabilidad que pocos consiguen, lo que supone quitarles el hueco a otros. Por ello, podremos proclamar rumores, acusaciones, sean falsas o verificables, amenazar, secuestrar, ayudar económicamente o casarnos. Y ojo, porque estas acusaciones tienen consecuencias tangibles.
El sistema legal de Europa 1410 permite llevar a tus rivales a juicio, donde un juez —que bien podrías ser tú mismo si has ascendido lo suficiente o alguien a quien hayas sobornado previamente— dictará sentencia. Ver cómo la guardia embarga el local de tu competencia porque lograste «convencer» al magistrado de su culpabilidad es, sencillamente, una delicia. The Guild – Europa 1410 es complejo y ninguno de sus mil sistemas, por muy difíciles de entender que parezcan, es menos relevante que otro.
La máxima de The Guild es sobrevivir, pero no tú, tu apellido
Como el tiempo pasa y nuestro personaje va haciéndose mayor, si no tenemos descendencia, cuando muramos se acabará la partida. No es un juego donde nuestro nombre deba hacer historia, sino donde debemos crear un árbol genealógico y sobrevivir a lo que ocurra. Lo mejor es que The Guild – Europa 1410 es tan complejo que solo dejándonos en total libertad es como mejor lo disfrutaremos. Podremos casarnos, aunque para ello tendremos que estar cierto tiempo cortejando a dicha dama para llegar al altar; pero unirnos a otra persona no siempre tiene que ser por el simple hecho de asegurar una descendencia. Si jugamos bien nuestras cartas y esa persona es de clase alta, ganaremos ciertos beneficios, amén de una peor valoración por parte del resto de aldeanos trabajadores, e incluso podremos acceder a su fortuna.

Para toda esta inmensísima lista de opciones que realizar, tendremos que tener dinero, claro está, pero también energía, puntos de acción y, por encima de todo, un buen nivel de aceptación. Los puntos de acción se recargan cada año que pasa y nos permiten, por ejemplo, mejorar nuestra labor profesional con nuevas opciones de fabricación o un mejor pulido de nuestro producto, lo que nos dará más dinero y nos granjeará una mejor fama. La energía también determina qué actividades podremos hacer, como la mejora en nuestra rama laboral, pero también aspectos como la crianza o incluso trabajos adicionales que hagamos —The Guild – Europa 1410 nos permite compaginar nuestro trabajo principal con tareas en la iglesia o como guardia de la ciudad—. Pero siempre tienes que tener en cuenta una cosa: no hagas nada por quedar bien, todo tiene que tener un beneficio. No debemos acabar el año con las manos vacías, pues, al final, nuestra supervivencia depende de ello.
Pero si ya es difícil tratar con la gente —de hecho, llegué a maldecir al hijo de una vecina solo porque esta confabuló en mi contra, todo para acabar multado—, el mundo en sí no es mucho más favorable. Aunque es un juego de estrategia, su enfoque sandbox implica que el entorno tiene mucho que decir en lo que pasa. La lluvia puede afectar a nuestra vivienda y lugar de trabajo, obligándonos a gastar dinero para arreglar humedades o el techo, y enviar nuestro carro al mercado para conseguir recursos puede conllevar que sea asaltado por ladrones, obligándonos a pelear por el botín o dejarlo estar. Y es que, aunque es cierto que el sistema de pelea del juego aún está verde, puedes luchar contra otros. Eso sí, nada de peleas en tiempo real o por turnos, sino en base a estadísticas y equipo. ¿Tienes una espada y un peto pero poca experiencia? Quizá saldrás herido. Puedes incluso contratar un escolta o pedirles a tus trabajadores que escolten el carro armados, pero esto afectará a su confianza en ti, pudiendo exigirte que pagues el tratamiento médico o incluso que confabulen para dañarte.

Y es que debes tener en cuenta una cosa importantísima: The Guild – Europa 1410 es más inteligente que tú. El ciclo jugable, lo que sucede bajo el capó, está tan bien engrasado que jamás sabes por dónde te saldrá la sorpresa. Si mejoras las condiciones de tus trabajadores al mismo tiempo que fabricas y comercia mucho, los vecinos pueden quejarse a las autoridades por «competencia desleal«. Puede que esos asaltantes sean incluso el alcalde y su hijo (me ha ocurrido) y que, cuando los denuncies, el pueblo se ponga en tu contra si no tienen buena relación contigo. Sin olvidarnos de las enfermedades, que pueden diezmar la población y cuyos remedios se encuentran en el mercado a precios desorbitados porque «¡es el mercado, amigo!«.

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Hay una pizca de humor ácido, sin entrar en concienciar ni en discursos planos, y mucho realismo en un proyecto que, desde ya, se ha ganado mi atención. Aún hay aspectos que requieren trabajo, como la edificación, pues podremos tanto cambiar los interiores de nuestros edificios como comprar inmuebles enteros de la ciudad para que el dinero fluya como el agua. Pero sí tengo una cosa clara: The Guild – Europa 1410 es tan complejo como divertido y puñetero, algo que no hace sino darme aún más ganas de jugarlo.
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La noticia
Llevo 19 años probando juegos de estrategia y este es el más realista y difícil al que me he enfrentado nunca
fue publicada originalmente en
3DJuegos
por
Alberto Lloria
.
SOCIEDAD
La historia de Alberto: tiene 84 años, le robaron lo que más quería y su vida dio un vuelco inesperado

“Soy Alberto Fierro, tengo 84 años y estoy cursando una carrera universitaria por amor”.
La presentación no es aleatoria; esos ítems que destaca son los que hoy definen la vida de Alberto, este hombre que ostenta con orgullo sus logros, su resiliencia y al motor de su vida: Norma, su compañera a la que conoció en una de las curvas finales del camino y lo marcó a fuego.
Nació en Córdoba, pero su vida se construyó en La Plata, donde trabajó durante décadas como tapicero. De ese oficio no solo vivió, sino que también dejó un legado: diez hijos —siete varones y tres mujeres—, varios de ellos dedicados a lo mismo, y hasta nietos que hoy continúan el camino. “Fui tapicero siempre”, cuenta Alberto, con la simpleza de quien no necesita agregar nada más.
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En paralelo, hubo otra pasión que lo acompañó desde chico: la música. “Es un hobby que arranqué de chiquito con un primo que era músico, estaba siempre pegado a él”, recuerda. Autodidacta aprendió a tocar de oído, siguiendo la intuición, mirando a otros. “Yo seguía la mano izquierda del pianista, así aprendí a tocar el contrabajo”, explica. Durante un tiempo formó parte de orquestas y grupos tropicales, hasta que las circunstancias lo llevaron por otro camino. “Me casé y ahí terminó mi vida como músico”, dice.
Décadas después, sin embargo, la música volvió a aparecer. Esta vez, a través del saxofón. Y no fue un detalle menor: se convirtió en su refugio. “Era mi cable a tierra. Cuando algo no iba bien, me ponía a tocar el saxo y volvía a la normalidad”, asegura Alberto, que se apasionó tanto que comenzó a tomar clases y a perfeccionarse en ese instrumento.
El amor inesperado
Después de su última separación y con sus hijos ya grandes, la soledad empezó a pesarle. “No quería estar solo”, admite. Y decidió hacer algo que nunca había imaginado: anotarse en una aplicación de citas. Ahí apareció Norma.
“Nos conocimos por Badoo, empezamos a chatear y un día decidimos vernos”, cuenta sobre aquella primera cita que duró horas en un bar porteño. El impacto fue inmediato. “Cuando me fui, ya en el micro volviendo a La Plata, me di cuenta: estaba enamorado. Dije ‘esta es la mujer que quiero para mí’”, recuerda Alberto.
Desde entonces, la historia avanzó sin pausas. Lo que empezó como encuentros esporádicos se transformó en una decisión compartida. “No daba para vernos de vez en cuando, queríamos estar juntos todo el tiempo”, asegura. La pandemia terminó de unirlos: él se mudó a la casa de ella, en Lugano, y desde entonces no se separaron más.
“Estamos las 24 horas juntos y no nos cansamos. Siempre tenemos momentos alegres”, dice. Y cuando habla del secreto para una relación duradera y exitosa, no duda: “Hay que respetarse, hablar, no guardarse nada. Porque después uno explota por cualquier cosa y las palabras hieren”, asegura.
El golpe que lo cambió todo
En medio de esa nueva etapa, un episodio los sacudió profundamente. Un día, al volver a su casa, descubrieron que les habían robado: “Se llevaron todo, vaciaron la casa”. Pronto descubrieron que les habían sustraído dinero, objetos personales, electrodomésticos, pero horas después, Alberto notó que le faltaba lo más importante: su saxo.
“En el shock inicial no me había dado cuenta, pero cuando vi que no estaba el instrumento caí mal. El saxo era todo para mí”, dice. Días después intentó recuperarlo y ahí llegó el segundo golpe. “Fuimos con Normita a la casa de música a averiguar precios y cuando vi lo que costaba, más de un millón de pesos, me despedí para siempre. No era un gasto que pudiera hacer”, cuenta.
La pérdida fue mucho más que material. “Era mi cable a tierra. Sin eso me vine abajo, me deprimí mal”, admite. Durante un tiempo, la tristeza ocupó todo el espacio.
La salida apareció de una forma inesperada. “Un día agarré una novela de la biblioteca y la empecé a copiar en un cuaderno. Después otra, y otra”, relata. Lo que parecía un simple pasatiempo se transformó en un descubrimiento. “Ahí vi mi letra, vi que podía, pero tenía que mejorar”, dice.
Y entonces tomó una decisión que cambiaría su rumbo. “Yo tenía el primario incompleto. Entonces dije: ‘lo voy a terminar‘”, cuenta Alberto.
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Se anotó en una escuela para adultos en Lugano y empezó de nuevo. Norma estuvo ahí desde el primer momento. “Ella se anotó en computación para acompañarme”, destaca.
No fue fácil, sin embargo pasó todas las instancias y se animó a completar la secundaria. “Ahí se complicó: pasé de tener dos maestras a tener un profesor detrás de otro, muchas materias, inglés. Había días que me quería ir, todo el primer año me costó mucho. Pero en la escuela me decían ‘no te vayas’… y me quedé”, recuerda.
Con esfuerzo, constancia y el apoyo incondicional de docentes y Norma, en seis años completó ambos niveles y se consagró egresado de secundaria. “El último examen lo di en diciembre. Vinieron nuestros hijos, hicimos una comida, todo fue muy lindo”, asegura, con orgullo.
Estudiar por amor
Lejos de detenerse, Alberto volvió a empezar otra vez y se anotó en el CBC de la UBA para cursar Podología en la sede de Ciudad Universitaria. Lo hace por un motivo claro. “Estudio por ella”, dice, mirando a Norma.
“Tiene diabetes y en los pies de un diabético un mal trabajo puede costarle un dedo. Y como algo entiendo del tema, del cuidado de los pies, quiero estar preparado para cuidarla”, asegura.
También estudia computación e inglés. “La computadora me cuesta, pero voy igual. Hay que insistir”, dice. Y en esa insistencia hay algo más profundo: lo becaron para estudiar en un instituto privado, pero las clases son virtuales y no sabe si va a poder afrontar el desafío.
“No hay edad para nada. Ni para enamorarse, ni para estudiar”, afirma Alberto. “Antes yo pensaba ‘esto no es para mí’. Ahora no. Ahora intento”, cuenta.
La vida juntos es simple y plena. Comparten todo: la rutina, las salidas, el día a día. “Nos divertimos mucho, siempre hay algo para hacer”, dice Alberto.
Saben que el tiempo es finito, pero no lo viven desde el miedo, sino desde la elección diaria de estar juntos. Y cuando llega el final de la charla, él lo resume en una frase que lo contiene todo: “Vamos a estar siempre juntos, hasta el último minuto. Ojalá yo me vaya primero porque si fuera al revés, no lo podría soportar”.
La voz de Norma
Ella escucha, acompaña y, cuando habla, completa la historia. “Yo lo conocí por una página. Estaba sola, viuda, un poco depresiva”, cuenta. Una amiga la ayudó a anotarse y así empezó todo: “Empezamos a chatear y después de tres meses nos conocimos. Me gustó porque tocaba el saxo, soy muy romántica”.
El encuentro confirmó lo que intuía. “Nos vimos en Once y empezamos a salir. Después vino la pandemia y él me dijo si podía venir a casa porque no nos íbamos a poder ver más. Le dije ‘venite’, y se quedó”, dice. Desde entonces, no se separaron.

“La verdad que es una gran persona, muy bueno, cariñoso, compañero. No me hace faltar nada. Yo digo que es un enviado de Dios”, asegura Norma. Y agrega, sin vueltas: “Nos encontramos los dos y nos amamos mucho”.
Volver a enamorarse no era algo que diera por seguro. “Yo quería compañía, alguien que me quiera realmente, y me siento como una elegida porque al final me llegó”, cuenta.
Hoy, cuando mira su vida, no duda en lo que siente. “Nunca es tarde para enamorarse. Siempre hay alguien esperando lo mismo”, afirma. Y cuando le piden que le diga algo a Alberto, lo mira y resume todo en un deseo simple, profundo: “Que sigamos siempre así, juntos los dos, que Dios nos acompañe”.
Sumario, estudio, historia de amor, saxo
SOCIEDAD
La historia oculta detrás de los indultos: treinta montoneros en la Basílica de Luján y su “compromiso solemne por la pacificación”

Es una cámara íntima, donde la imagen de la Virgen, una pequeña estatuilla de terracota del siglo XVII, se ve bien cerca. Está detrás del altar mayor de la imponente Basílica de Luján y se accede por sendas escaleras de mármol que algunos fieles, en señal de sacrificio y promesas cumplidas, suelen subirlas de rodillas.
Ese camarín fue el escenario donde el 17 de abril de 1989, hace 37 años, los principales dirigentes montoneros dejaron un documento en el que juraban “solemnemente” propugnar y sostener la autocrítica, la pacificación y la reconciliación. Este hecho determinó un punto culminante de un proceso minuciosamente revelado, con muchos datos inéditos, por el periodista Ceferino Reato en su libro Pax menemista. Historia secreta de los indultos a militares y montoneros en el país del odio (Sudamericana, 2026), y que fundamenta la hipótesis de que el pedido de un indulto provino de esta organización guerrillera y no del sector militar.
En diálogo con Infobae, Reato explicó que “desde 1985 Montoneros formaban parte de una corriente interna dentro del peronismo, el Peronismo Revolucionario y, si bien tenían una fuerte presencia simbólica, no eran bien vistos dentro del justicialismo por haber sido protagonistas de la violencia política de los setenta. En realidad, nadie quería estar cerca de los que entonces estaban asociados a la violencia. Iba en consonancia con encuestas en que la mayoría de los consultados se mostraron proclives a enjuiciar a los guerrilleros, y en las que Mario Firmenich cosechaba aún más rechazos que el general Jorge Videla”.
El autor señala que “cuando se anunciaron las elecciones internas partidarias, en montoneros se planteó la disyuntiva sobre a quién apoyar. Decidieron aliarse con Carlos Menem porque Antonio Cafiero, sintiéndose seguro ganador, no quiso saber nada con ellos”. Reato destacó que los montoneros tenían a su favor capacidad de movilización, contaban con el diario La Voz, manejado por Vicente Leónidas Saadi, mentor de Menem y controlador de la mayoría en el Senado durante el gobierno radical y se sospechaban que manejaban fondos provenientes de los secuestros. En ese esquema Menem, que venía peleando desde muy atrás, estaba ávido de recursos para su campaña de elecciones internas para elegir candidato a presidente para las elecciones de 1989.

Uno de sus líderes, Mario Firmenich, estaba preso y la mayoría de lo que entonces era su plana mayor, como Fernando Vaca Narvaja y José Perdia, estaban prófugos.
El libro describe que la política de alcanzar una reconciliación Menem la comenzó en un acto en que, siendo precandidato a la presidencia de la nación, iba a dar en la localidad de Punta Alta en marzo de 1988, donde un número significativo de su población era militar. Reato cuenta que fue Mario Montoto el que le propuso dirigir su discurso al terreno de la pacificación y reconciliación nacional, algo que terminó haciendo.
En este proceso de dejar atrás los odios del pasado, la Iglesia debía estar presente y los montoneros se valieron de las relaciones que allí tenían. Reato señala que “los primeros contactos fueron en el Vaticano, y a partir de allí, le pasaron la posta a Ubaldo Calabresi, el nuncio apostólico, el embajador de la Santa Sede en nuestro país. En ese proceso, Calabresi le indicó a monseñor José Miguel Medina que recibiera a los negociadores. Medina, de mala gana porque los montoneros le caían pésimo, organizó un encuentro con capellanes militares y, para sorpresa de los montoneros, los recibieron bien”.

El 14 de junio de 1987 se produjo el primer documento, dado a conocer muy poco después de la visita al país de Juan Pablo II. La organización terrorista reconocía su culpa e invitaban a sus enemigos “a arrepentirse”.
El documento que dejaron a los pies de la imagen de la Virgen de Luján está fechado el 17 de abril de 1989, dado a conocer un mes antes de las elecciones presidenciales. En esa oportunidad, estuvieron presentes unos treinta montoneros, recibidos por monseñor Emilio Ogñenovich, obispo de Luján. Estaba la plana mayor del Peronismo Revolucionario, y las esposas de los jefes montoneros.
Es un documento de nueve páginas titulado “Compromiso solemne por la pacificación y reconciliación nacional sustentadas en la justicia social y la autocrítica nacional”, lo elaboraron Montoto y Firmenich y, según Reato, lo tenían cocinado desde 1987. Pedían un amplio acuerdo y que para que tuviese más legitimidad, esperaban que tuviera aprobación parlamentaria.

Alertaban sobre una “guerra civil intermitente”, que ningún sector “estaba libre de culpa” y que la pacificación era necesaria para curar heridas. Se debían terminar con los enfrentamientos del pasado, más aún cuando un sistema económico impedía la paz social, y fomentaba el auge de la delincuencia y el narcotráfico. Bregaban por una pacificación amplia, por una autocrítica y renunciaban al uso de las armas.
“No tuvo mucha repercusión en los medios, y ellos además no querían hacer demasiada alharaca acerca de un tema sensible como eran los indultos. Por eso cayó muy mal la entrevista que brindó en octubre de 1988 Pablo Unamuno, dirigente del Peronismo Revolucionario, quien adelantó que Firmenich sería liberado. Menem fue forzado a negar públicamente esta posibilidad”, aclaró Reato.
El autor afirmó que los indultos “fueron la medida más controvertida de una ráfaga de iniciativas para fundar un período de estabilidad y predominio para el cual debía calmar la interna militar, seducir a los antiperonistas y mantener el respaldo de las bases del peronismo”.

Los militares estaban al tanto de las negociaciones de los montoneros, especialmente en el Ejército y viejos altos jefes, como el almirante Emilio Massera.
La primera tanda de los indultos fue el 7 de octubre de 1989, que involucró a 277 individuos. En realidad son cuatro decretos firmados el 6 y anunciados al día siguiente en El Chamical, La Rioja. El 1002 involucraba a 39 militares, como Bignone y Galtieri; el 1003, a 64 guerrilleros; el 1004, a 164 militares carapintadas y el 1005 la junta militar responsable de la guerra de Malvinas.
Quedaban los nombres más problemáticos. El 29 de diciembre de 1990, en seis decretos, se liberó a una docena, entre ellos Videla (que rechazaba el indulto), Massera, Suárez Mason, Firmenich, Martínez de Hoz, Norma Kennedy, entre otros.

En un libro que abunda en datos revelados por los protagonistas de entonces, Reato reafirma la decisión de Menem presidente de cerrar las heridas del pasado con otros gestos que debían terminar con una reconciliación y a dejar atrás viejas antinomias y profundos resquemores. Así es como cuenta, cómo nació la operación de repatriación de los restos de Juan Manuel de Rosas, que aún seguía generando fanatismos a favor y en contra; las circunstancias que llevaron al líder riojano a abrazarse con el almirante Isaac Rojas, uno de los militares que derrocaron a Juan Domingo Perón en 1955 y figura central por excelencia del antiperonismo, y cómo se materializó el monumento en homenaje a los caídos durante la guerra de Malvinas, en tiempos en que hablar de la guerra significaba defender a los militares y los veteranos que, sin reconocimiento, estaban a la buena de Dios.

El libro se comprime en el primer año y medio de gestión del gobierno menemista, en el que debió atender varios frentes de conflicto: la crisis económica heredada del gobierno de Alfonsín; un Ejército dividido por los levantamientos “carapintadas”; su alianza con los popes del liberalismo nacional, el ajuste económico que aplicó, la catarata de privatizaciones, el inicio de “las relaciones carnales” con los Estados Unidos y el acercamiento con Gran Bretaña para reiniciar contactos entre los gobiernos, cortados con la guerra.
A pesar de las protestas de diversos sectores, al tiempo nadie hablaba de los indultos y, luego con la convertibilidad, el gobierno había logrado eliminar la inflación, panorama que le permitió imponerse cómodo en las elecciones de medio término de 1991. El libro demuestra, con el aporte de material inédito, que el camino de esa reconciliación pensado por Menem no estuvo del todo equivocado y que bien fue un punto de partida para dejar atrás un período por demás doloroso de nuestra historia.
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