INTERNACIONAL
Continúa la incertidumbre en Medio Oriente por la respuesta de Irán a la propuesta de paz de EEUU

Estados Unidos espera una respuesta oficial de Irán a sus propuestas para poner fin a más de dos meses de enfrentamientos en Medio Oriente. El sábado, la actividad militar en la región disminuyó de manera considerable, dando paso a una jornada marcada por la expectativa y la cautela.
El secretario de Estado estadounidense, Marco Rubio, había anticipado que la contestación iraní llegaría en cuestión de horas, pero hasta el momento no se registraron novedades por parte de Irán ni Pakistán, país mediador que fue sede en las primeras negociaciones presenciales e indirectas entre Washington y Teherán.
Las conversaciones diplomáticas se intensificaron con una reunión entre Rubio y el primer ministro qatarí, Mohammed bin Abdulrahman al-Thani, celebrada en Miami.
En ese encuentro, ambos líderes enfatizaron la necesidad de mantener la cooperación regional para disuadir amenazas y promover la estabilidad en Medio Oriente. El comunicado oficial de la delegación estadounidense evitó mencionar a Irán explícitamente en el resumen de la reunión.
En las últimas jornadas, la región experimentó los combates más intensos desde la declaración del alto el fuego hace un mes. El viernes, los Emiratos Árabes Unidos reportaron que sus defensas aéreas interceptaron dos misiles balísticos y tres drones provenientes de Irán, ataque que provocó heridas moderadas a tres personas.

El Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica (CGRI) de Irán advirtió el sábado que responderá con represalias directas contra instalaciones estadounidenses en la región y buques identificados como enemigos si alguno de sus petroleros resulta atacado en el estrecho de Ormuz.
Desde el inicio de los ataques aéreos estadounidenses e israelíes a Irán, el 28 de febrero, Teherán restringió el paso de embarcaciones extranjeras por la zona marítima, una vía que antes de la guerra concentraba una quinta parte del flujo mundial de petróleo.
“Cualquier ataque contra petroleros y buques comerciales iraníes provocará una fuerte represalia contra uno de los centros estadounidenses en la región, así como contra los buques enemigos”, declaró el comandante de la marina del CGRI.
El comandante general Majid Mousavi señaló que “misiles y drones apuntan contra el enemigo y esperamos la orden de abrir fuego”, según declaraciones recogidas por la televisión pública Irib y la agencia Isna.
Además, el viernes se registraron choques esporádicos entre fuerzas iraníes y navíos estadounidenses en Ormuz, según señaló la agencia iraní Fars. Más tarde, la agencia Tasnim, vinculada al CGRI, citó a una fuente militar iraní que describió una situación de calma relativa.

El Comando Central de Estados Unidos informó que atacó a dos buques vinculados a Irán que intentaban ingresar a un puerto en territorio iraní. Un avión de combate estadounidense impactó las chimeneas de ambas embarcaciones, lo que forzó su retirada.
“Ya lo oyeron: tomamos nuestros tres destructores y los embestimos contra algunas cosas bastante grandes hoy y los dejamos en muy mal estado. Los destructores no sufrieron ningún daño. No sufrimos daños, pero nos disparaban y nosotros les disparábamos de vuelta, y nuestra potencia de fuego era muchísimo mayor que la suya y los dejaron en muy mal estado”, sostuvo el presidente estadounidense, Donald Trump, ante periodistas el viernes.
La presión internacional sobre Irán para frenar el conflicto creció a pocos días de la visita de Trump a China. Los mercados energéticos reaccionaron con incertidumbre ante la posibilidad de una escalada, que representa una amenaza para la economía global.
Durante más de dos meses de hostilidades, la zona del estrecho de Ormuz se convirtió en un punto estratégico, ya que cualquier alteración en la libre circulación de buques impacta directamente en el suministro energético internacional. El eventual acuerdo de paz propuesto por Estados Unidos busca cerrar formalmente la guerra y abrir la puerta a negociaciones sobre temas más complejos, incluido el programa nuclear iraní.
Por el momento, la expectativa se centra en la respuesta de Irán y la posibilidad de que los canales diplomáticos logren estabilizar la región, lo que permitiría la reapertura segura de una de las rutas marítimas más transitadas del mundo.
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INTERNACIONAL
América Latina se tiñe de azul

Prácticamente solo queda Lula. O, para ser más precisos, Lula y Sheinbaum, con la tímida compañía de Arévalo en Guatemala y de Orsi en Uruguay. Después estaría lo de Ortega en Nicaragua, el engendro Frankenstein de Delcy en Venezuela y el ínclito Díaz–Candel de Cuba, que no pueden considerarse gobiernos de la “marea rosa”, sino experimentos totalitarios en horas bajas.
Pero sea como sea, prácticamente solo queda Lula (aunque con dificultades) manteniendo la bandera de una vieja izquierda que llegó a América Latina para salvar al pueblo, y acabó hundiéndolo en la miseria. Con la victoria de Abelardo de la Espriella culmina un círculo virtuoso que empezó con Bolsonaro en 2018, continuó con Lacalle Pou, Bukele, y Noboa, y llegó al cénit con la victoria de Javier Milei en 2023. Después ganarían Mulino y Kast, y finalmente las dos recientes y grandes victorias de la marea azul: Fujimori y de la Espriella. Y así, en poco menos de ocho años, (y con la excepción de Brasil y Uruguay que retornaron momentáneamente al redil de la izquierda), El Salvador, Ecuador, Argentina, Panamá, Chile, Perú y Colombia viraron hacia las posiciones de derecha y certificaron el giro ideológico que está viviendo América Latina. Con la suma de Paraguay que, con Peña en 2023, consolidó su opción conservadora.
Un giro especialmente notable en países como Argentina, Chile o Colombia, que venían de gobiernos con los líderes más fuertes de la izquierda latinoamericana. De ahí lo relevante: Milei, Kast y De la Espriella no solo ganaron las elecciones para las opciones conservadoras, sino que barrieron electoralmente a Cristina Kirchner, y, vía persona interpuesta, a Boric y a Petro, auténticos gurús de las opciones progresistas. Es decir, los sudamericanos han enviado un doble mensaje: sí a la derecha, pero, sobre todo, no a la izquierda. Es el fracaso de una época y, con él, de una oleada ideológica que prometió cambios profundos en sus países, abanderados por el sueño de la justicia social, y acabaron dejándolos como un solar yermo. No es el éxito de los nuevos líderes, sinó fundamentalmente el fracaso de los viejos, arrollados por el poderoso voto a la contra. Es decir, el voto motivado por el hartazgo, la decepción o la rabia, más que por la fascinación, la sintonía o la convicción. Lo cual ha implicado un inevitable efecto péndulo de extremo a extremo, prácticamente desaparecido el espacio centrista o liberal.
¿Por qué? ¿Cuáles son las causas profundas que han motivado este cambio en las tendencias y en el voto de América Latina? La primera es de manual: la izquierda que había prometido luchar contra un sistema corrupto, desigual y opresor, acabó convirtiéndose ella misma en un sistema corrupto, desigual y opresor, con Venezuela a la cabeza, pero con Argentina y Colombia a la zaga. Sin duda, el apoyo de la izquierda latinoamericana al régimen opresor de Maduro erosionó profundamente el crédito que tenía como alternativa liberadora, pero no solo fue su alianza táctica con Venezuela lo que erosionó su credibilidad, sinó sobre todo sus malas políticas, sus escándalos de corrupción, su incapacidad para frenar el crimen organizado y su ineficacia para luchar contra los problemas endémicos de sus países. En Argentina se acumularon los escándalos vinculados al latrocinio del erario público, mientras se instalaba un régimen corrupto basado en el populismo, la persecución de la disidencia y el desprecio por las instituciones democráticas. En Chile se agravaba la inseguridad, en Ecuador y Perú arreciaba el poder criminal y en Colombia se disparaba la violencia, mientras se llegaba al récord de producción de cocaína de su historia. Decepcionados, estafados y abandonados a su suerte, la querencia de los ciudadanos mutó hacia la supervivencia económica, la integridad física y la fortaleza institucional. Es decir, querían llegar a fin de mes, no tener ladrones en el gobierno y sobrevivir a la delincuencia. Y nada de ello podía garantizarlo la izquierda que había fracasado en lo económico, había permitido el fortalecimiento del crimen organizado y había protagonizado sonoros escándalos de corrupción. De Maduro a Cristina y de Petro a Castillo, la utopía progresista se convertía en una mueca siniestra que, además de indecente, resultaba inútil. Con ese escenario desolador, los ciudadanos se han sentido atraídos por las bondades del libre mercado (superado el fracaso socialista), y por las políticas de mano dura que se muestran más capaces de controlar la violencia criminal. De ahí que Milei y Bukele sean las dos caras de esta nueva prioridad. ¿Miedo a una derecha autoritaria, como gritan desafinadas las izquierdas? Más bien pavor a sufrir a la izquierda autoritaria que los ciudadanos conocían sobradamente.
Latam está abrazando la marea azul y el giro viene para quedarse, pero solo si esta nueva derecha es capaz de forjar alianzas sólidas en la región, contraponerse al poder de los BRICS, frenar el avance de China y estabilizar la economía. Por supuesto, Trump tiene en ese nuevo panorama un papel sustancial, con Milei ungido como líder regional: una simbiosis que puede dar estabilidad y seguridad al continente. Pero los retos son importantes, primero porque las redes criminales han extendido su poder, segundo porque los problemas económicos son endémicos, y tercero porque se trata de una amalgama de líderes que se mueven en el mismo espectro ideológico, pero no se parecen en nada. Del disruptivo Milei, al ultracatólico Kast o al autoritario Bukele, las diferencias son ciertamente enormes. Pero el giro ideológico se ha producido y hoy se da una oportunidad para el continente, insólita hace pocos años. Saturada de promesas vacías por parte de una izquierda que ha sido catastrófica, la ciudadanía tiene hambre de proyectos nuevos. Ya no sueña con libertadores del pueblo. Solo aspira a vivir con trabajo, sin que le alcance una bala.
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INTERNACIONAL
‘He named names’: Trump’s Senate meeting explodes into shouting match over Iran

President Trump and Congress feud over Save America Act
Peter Doocy reports live from the White House, detailing President Trump’s ‘fiery’ meeting with Senate GOP leaders. Trump expressed anger over Congress’s failure to pass the SAVE AMERICA Act. The discussion also included updates on Iran peace talks, where Trump indicated progress.
NEWYou can now listen to Fox News articles!
President Donald Trump’s meeting with Senate Republicans might have been meant to find a way to pass voter ID and citizenship verification legislation, but it devolved into a tense shouting match over the war in Iran.
Tensions among Senate Republicans were already simmering with Trump over his last-minute decision to nuke the 21st Century Road to Housing Act, a bipartisan housing package filled with his priorities that the GOP viewed as an easy win to sell to voters in the upcoming midterm elections.
Trump described the closed-door affair in a positive light afterward.
«I think we had a really great meeting, and we’re very proud of the party,» he said. «We like our leader. We like everybody, really, in the room. I don’t like a few people, but that’s okay. I think you know who they are.»
TRUMP HEADS TO CAPITOL HILL FOR PIVOTAL MEETING AS SENATE GOP DIVISIONS DEEPEN
Sen. Bill Cassidy is quietly breaking with President Donald Trump after losing to a Trump-backed candidate in his primary race earlier this month. (Kevin Dietsch/Getty Images; Leon Neal/Getty Images)
What started as a push to pass Safeguarding American Voter Eligibility (SAVE) America Act transformed into Trump railing against Republicans for allowing a war powers resolution handcuffing his authorities in Iran to pass on Tuesday.
And that spurred a confrontation with Sen. Bill Cassidy, R-La., who Trump campaigned against and defeated earlier this year.
«He asked, ‘why would anybody vote for the War Powers Act?’,» Cassidy said afterward. «As he continued, I said, ‘is that a rhetorical question, or would you like to really know?’ He said, ‘I’d like to know.’»
IRATE REPUBLICANS ACCUSE TRUMP OF HANDING DEMOCRATS A WIN AFTER BLOWING UP HOUSING PACKAGE
«I stood and said, ‘you have not told the American people what’s going on. It was supposed to last four weeks, it’s lasted four months,’» he continued. «‘Our original objectives have not been achieved, and I want to know what’s going on.’»
Then began the shouting match, which Cassidy blamed on the «Irish in me,» until ultimately he was asked to sit down by his colleagues.
«I guess my point is, though, that the American people need to know more than we are being told,» Cassidy said. «The Senate needs to know, and it does not appear, although I don’t know for sure, that the course of this is going the way that we were told.»
Lawmakers have still not been fully briefed on the memorandum of understanding Trump and Iranian leaders signed last week, and have raised several issues with its contents and whether it will actually meet the end goals the administration set out to achieve at the start of the war months ago.
TRUMP’S IRAN DEAL SPARKS GOP DEMANDS FOR VOTE AS CONGRESS REMAINS IN THE DARK

Senate Majority Leader John Thune, R-S.D., spoke with reporters as he headed to the Senate chamber at the U.S. Capitol on March 12, 2026, in Washington, D.C. (Chip Somodevilla/Getty Images)
A source familiar with the meeting said that Trump was «very animated» over the war powers vote because it hurt the administration’s negotiating position with Iran, and that he «named names» of the Republicans who voted with Democrats, including Sen. Dave McCormick, R-Pa., who was absent from the vote because he was with the president at an event in Pennsylvania.
The source described the shouting match as a «7 out of 10.»
«You know, [like] two boys on recess that are yelling at each other over a foul on a basketball court,» they said.
Meanwhile, the meeting came just hours after Trump blew up a ceremony to sign the 21st Century Road to Housing Act into law on his quest to force Republicans to pass the SAVE America Act.
Lawmakers leaving the meeting said the housing package didn’t come up, and neither did a solution to finding a path forward on passing the SAVE America Act. Senate Majority Leader John Thune, R-S.D., has told Trump several times that Republicans don’t have the votes to pass it.
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Thune said after the meeting that Trump’s discussion on the SAVE America Act was focused on «the priority he places on it, and how the pathway he thinks there is to get an outcome or result.»
«So, it really wasn’t on that particular issue, much of a back and forth,» Thune said.
And lawmakers didn’t push back on Trump’s desire to pass the legislation, either, despite the political reality that Democrats are blocking the bill and there is no unified front from Republicans to nuke the filibuster to ram it through.
«It was more the president saying, ‘If we don’t do this, we’re gonna get ourselves in real trouble going down the road,’» Sen. Jim Justice, R-W.Va., said. «And basically, that was more of the tone than it was, you know, ‘what do y’all think about this? Is this gonna pass? It’s not gonna pass.’»
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INTERNACIONAL
Ni una explosión ni un choque: el inesperado fallo que mató a tres astronautas cuando ya regresaban a casa

La carrera espacial es sólo para la gloria. La gran hazaña humana del siglo XX, conquistar el espacio, poner un hombre en la Luna y traerlo de regreso a la Tierra, que era lo más difícil, sólo tiene grandes héroes, sobrevivientes, condecorados, honrados de por vida, recordados en la posteridad.
Los desastres no tienen cabida en esa historia. Quienes murieron en las grandes tragedias de la era espacial, también son héroes, pero recónditos, velados, casi furtivos, con sus medallas y sus honores, pero de eso no se habla: la gloria tiene el precio de la discreción y en cierto modo del olvido. Como afirma el escritor español Eduardo Mendoza, lo último que se pierde en la vida no es la esperanza, es la vanidad.
El 29 de junio de 1971, hace ya cincuenta y cinco años, una misión espacial soviética, su nave principal, la Soyuz 11, y sus astronautas, regresaron a Tierra después de batir varios récords. La misión, difícil y riesgosa, estaba cumplida aunque había sido una calamidad desde principio hasta el final: todo lo que podía haber salido mal, había salido mal. La hazaña, la épica, el heroísmo iban a tapar yerros, riesgos, desatinos, fatalidades, desplantes y arrogancias.
Pero no. Cuando Soyuz 11 aterrizó gracias a un extraordinario alarde técnico, cohetes retropropulsores que la hicieron posarse como un pájaro en un territorio que es hoy Kazajistán; cuando aquel viaje malhadado llegó a su fin y el personal soviético de tierra abrió la escotilla de la nave para rescatar a los astronautas, los tres, su capitán, Gueorgui Dobrovolski, su segundo Vladislav Vólkov y el tripulante Viktor Patsáyev estaban muertos.
En medio de la estepa se dio entonces una frenética carrera: reanimación cardíaca, respiración boca a boca, inyecciones directas al corazón para que reaccionaran: un imposible, los tres llevaban muertos demasiado tiempo, casi desde que habían iniciado su fatal viaje de regreso a la Tierra.
Los cosmonautas soviéticos Dobrovolski, Vólkoc y Patsáyev en la ceremonia de despedida antes de la misión Soyuz 11. (Foto: AFP)
En realidad, Soyuz 11 y su tripulación estaban todos condenados al desastre y no a la epopeya que la URSS quiso darle a aquella misión planeada como una hazaña. Dos años antes, Estados Unidos, el gran y único rival de los soviéticos en la carrera espacial, había puesto a dos hombres en la Luna. La URSS, que había sido pionera en esa carrera que nació del espionaje y no del deseo de conquistar las estrellas, corría ahora lejos del puntero; necesitaba un gran éxito, costara lo que costase. Y costó mucho.
Soyuz 11 nació cercada por los problemas mecánicos, por los caprichos de los ingenieros en jefe de la misión, por graves celos internos entre sus tripulantes y por un yerro monumental, mezcla de arrogancia y tontería: los tres astronautas viajarían al espacio sin el voluminoso traje habitual. ¿Por qué? Porque era más importante que por primera vez viajaran al espacio tres astronautas y no dos, como era costumbre. Y tres cosmonautas, enfundados en ese enorme uniforme inflado, cableado, coronado por una gigantesca escafandra, no cabían en Soyuz 11. Los trajes espaciales presurizan el aire, salvaguardan la vida de quien los viste. Pero, ¿qué podía salir mal?
La Soyuz 11 tenía como misión abordar la estación espacial soviética Salyut 1, habitarla, reparar algún instrumental dañado, reorientar algún giróscopo díscolo, pasar allí la más prolongada experiencia de vida humana en el espacio y volver para contarlo. A tropezones, todo salió más o menos bien, excepto que sus protagonistas no pudieron contar nada. La tripulación soviética del Soyuz 11 antes del lanzamiento en 1971. (Foto: Roscosmos)
Antes de la partida, cuando arreciaron las dificultades técnicas en la Soyuz y los dramas humanos entre sus tripulantes, cuando la lógica aconsejaba acortar la misión o postergarla, el jefe del programa espacial soviético, Vasili Mishin gritó en el centro de control: “¡No quiero cobardes en mis naves!” Esa arenga, que pone el coraje por encima de la razón siempre y cuando el coraje sea siempre de otros, es válida para una trinchera; pero en el espacio, donde un tornillo flojo te convierte en mártir, suena a estupidez.
Soyuz venía mal de antes. Soyuz 10 había fracasado ya en abril de ese fatídico 1971 al intentar acoplarse a Salyut 1: la tripulación no pudo entrar a la estación espacial porque una pieza del sistema de acoplamiento se deformaba con una presión superior a ciento treinta kilos, mientras que la maniobra de unión desplazaba una fuerza de entre ciento sesenta y doscientos kilos. La pieza rebelde se modificó para Soyuz 11.
Otro pájaro de mal augurio sobrevoló la misión cuando la tripulación original tuvo que ser cambiada: un examen médico de rutina reveló una mancha en el pulmón de uno de sus astronautas. Los médicos le prohibieron volar y, según las reglas, quedaba descartada toda la tripulación y viajaba una nueva. Así fue como llegaron a su último viaje Dobrovolski, Vólkov y Patsáyev.
Las relaciones entre dos de los tres astronautas no eran buenas, para ser piadosos. El comandante, Dobrovolski, de cuarenta y tres años, tenía una enorme responsabilidad a cargo: era un jefe de misión espacial novato, era su primera vez en el espacio. En cambio, Vólkov, de treinta y cinco años, era un ingeniero de vuelo que ya había participado de una misión espacial; sentía que era el hombre indicado para comandar la Soyuz 11 y no pudo evitar sentirse desplazado por un jefe mayor, pero inexperto. Los dos discutieron mucho en los días previos a la partida y lo hicieron durante todo el viaje hacia el espacio. Cosmonautas soviéticos, en el simulador de la consola de la estación espacial Salyut. (Foto: Roscosmos)
Soyuz 11 despegó el 6 de junio y el 7 ya estaba acoplada a Salyut 1: cuando los tres astronautas entraron en la estación espacial, notaron de inmediato, que algo andaba mal. Sintieron un penetrante olor, un humo pesado y algo ácido ni bien encendieron el sistema de regeneración de aire. Desde el control terrestre les aconsejaron pasar aquella primera noche en el espacio en Soyuz y no en Salyut. Al día siguiente, ya con el aire normal en la estación, los astronautas se dedicaron a lo suyo: corrigieron la órbita de Salyut, orientaron sus paneles hacia el sol, repararon un telescopio rebelde, rutina pura. En la Tierra, la prensa del mundo destacaba ya la hazaña soviética: por primera vez, circulaba en el espacio una estación espacial tripulada.
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El 9 de junio, otra pequeña hazaña: los tripulantes de Salyut hicieron contacto televisivo con el centro de control de la misión. Se mostraron fatigados, así que los técnicos les recomendaron los ejercicios diseñados para atemperar en el cuerpo los efectos de la ingravidez. Los astronautas dijeron entonces que no se trataba de eso, sino de los trajes que calzaban, que eran de entrenamiento y no los habituales trajes presurizados que habían sido dejados de lado por una simple cuestión de espacio en el interior de la nave, para que cupiera en ella un tercer astronauta y batir así otro récord. ¿Era riesgoso? Sí, lo era. ¿Era una locura? También lo era.
Contra ese disparate protestaron tres altos mandos soviéticos. Leonid Smirnov, jefe de la Comisión Industrial Militar fue el primero; le siguió Illiá Lavrov, diseñador del sistema de control ambiental, que exigió que los tripulantes de Soyuz 11 llevaran al menos máscaras de oxígeno como las usadas por los pilotos de los jets de combate que, ante una emergencia, una pérdida de presión, por ejemplo, les daría un margen de maniobra de dos o tres minutos. El tercero en protestar fue Nikolai Kamanin, jefe del Cuerpo de Cosmonautas de la URSS. Todo fue en vano. Triunfaron la arenga de Mishin sobre los cobardes y la lógica de alcantarilla de Serguei Koroliov, otro de los jefes del programa, que afirmó que ningún vuelo de misiones anteriores como la Vostok, había sufrido alguna vez una pérdida de presión en vuelo. ¿Por qué iba a ocurrir esta vez con Soyuz 11?

La tripulación soviética de la misión Soyuz 11 dentro de la cápsula. (Foto: AFP)
En el espacio, en medio de las discusiones constantes entre Dobrovolski y Vólkov y el resignado silencio de Patsáyev, la Salyut 1 no daba paz. El 16 de junio volvió a llenarse de humo y todo tornó tan peligroso, que los astronautas pensaron en evacuarla y regresar a Soyuz 11. Antes, intentaron solucionar la crisis en aquella caja de sorpresas: apagaron el generador principal, conectaron el sistema secundario y cambiaron los filtros de oxígeno: después de seis horas de trabajo, la normalidad, o lo que fuese, retornó a la estación espacial.
Al día siguiente, sin ignorar la tensión entre los tripulantes de Soyuz, el control terrestre de la misión elaboró un informe sobre la relación profesional y humana de los tres astronautas. Dejaron por escrito que era Dobrovolski, el comandante, quien se hacía cargo de las decisiones, “si bien es la tripulación entera quien decide, juntos, las cosas”. Mishin, el que no quería cobardes en sus naves, justificó a Dobrovolski: “Finalmente, es el comandante el que tomas las decisiones”. Kamanin, el jefe de todos los cosmonautas de la URSS, que conocía muy bien a sus chicos, dejó asentado que Vólkov actuaba “de manera muy independiente y que no reconoce sus errores”. Aquello era toda una gran ironía: Soyuz significa unión, y si algo le faltaba a aquella misión era algo de unión.
El 20 de junio, el control de la misión evaluó la condición física de los tres astronautas que ya llevaban catorce días en el espacio. Saltaron las alarmas: la capacidad pulmonar de los viajeros había descendido un treinta y tres por ciento; los trajes de entrenamiento tampoco funcionaban bien, tal como alguien había vaticinado. Por fin, se impuso Kamanin, el jefe de los cosmonautas. Pensó, y lo dijo, que los tripulantes de Soyuz 11 no podían seguir más días en el espacio y en estado de ingravidez y exigió que todos regresaran a la Tierra antes del 30 de junio, si eso era posible.

La cápsula de descenso de Soyuz 11 tras aterrizar en Kazajistán. (Foto: Roscosmos)
Posible era, pero había un récord, otro más, a batir: el de permanencia en el espacio que Dobrovolski, Vólkov y Patsáyev cumplirían el 25. Los jefes de la misión dispusieron entonces que regresaran a Tierra entre el 27 y el 30. Los astronautas gastaron sus últimas horas en Salyut 1 mientras la acondicionaban para que subsistiera en el espacio y en soledad hasta la llegada de nuevos tripulantes, y preparaban su propio regreso a casa.
Por fin, los cosmonautas volvieron a Soyuz 11 para toparse con otra sorpresa: la luz de un sensor indicaba que la escotilla de la nave no cerraba bien. Desde tierra, aconsejaron la tontería más obvia: que repitieran la operación. ¿Qué otra cosa podían hacer? Vólkov lo hizo una, dos, diez veces hasta que por fin cerró la compuerta con todas sus fuerzas y el sensor apagó su luz de alerta.
A las 21.15 del martes 29 de junio. Soyuz 11 se separó de Salyut 1 y su comandante lanzo un augurio por radio: “Mañana nos reuniremos. Preparen el coñac”. Y entonces todo se derrumbó. ¿Qué sucedió después? Las primeras teorías dijeron que la escotilla no había cerrado bien. Pero en 1997, veintiséis años después de la tragedia, el accidente se atribuyó a un sistema de equilibrio de presión con el exterior, dos válvulas que se accionaban gracias a un leve artilugio pirotécnico y que debían abrirse cuando Soyuz estuviese a cuatro kilómetros de la Tierra. Pero las válvulas se abrieron antes, con sólo seis centésimas de segundo de diferencia entre una y otra. Por qué, es un misterio.
Sucedió cuando el módulo de descenso de Soyuz se separó de su módulo orbital. En ese momento, la presión en el interior de la cápsula era normal. Y la de los astronautas también: Dobrovolski rondaba 80 pulsaciones por minuto, Vólkov 120 y Patsáyev 100. Hasta hubo espacio, breve, para una broma: desde tierra les dijeron que, por los días de ingravidez que habían pasado, iban a tener que sacarlos poco menos que en brazos de la nave: “Muchachos, van a tener que hacer todo el trabajo ustedes”, dijo Dobrovolski. Tumbas de los cosmonautas soviéticos en la Muralla del Kremlin. (Foto: Roscosmos)
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En el momento del desacople, un sonido agudo invadió la nave y los tres notaron de inmediato que había una fuga de aire. Tal vez se supieron condenados: las pulsaciones de Dobrovolski treparon a 140 y las de Vólkov a 180. Los cosmonautas apagaron el sistema de radio para localizar la fuente del agudo sonido; es probable que la hayan localizado y que hayan intentado cerrar la válvula fallada, ubicada sobre el asiento de Patsáyev en aquella cabina estrecha en la que no cabían siquiera los trajes espaciales. Los manuales decían que una fuga de aire debía ser cortada en veinte segundos, aunque en los entrenamientos, los astronautas demoraban entre treinta y cuarenta segundos. Las máscaras de oxígeno que el diseñador Lavrov había recomendado y que los tripulantes de Soyuz 11 no llevaban, les hubiesen dado una posibilidad de maniobra de entre dos y tres minutos. Tal vez hubieran salvado sus vidas. Pero esta vez la muerte fue más veloz.
Los cálculos posteriores a la tragedia dijeron que a veinte segundos de iniciada la fuga, la presión en el interior de la Soyuz había descendido tanto que los tripulantes debían estar ya inconscientes. Cincuenta segundos después de iniciado el desastre, el pulso de Patsáyev había caído a 42. A los ciento diez segundos de iniciada la fuga de aire, los corazones de los tres astronautas se habían detenido.
Soyuz 11, como un animal amaestrado, siguió su regreso a tierra como si nada hubiese pasado. La fuga de aire que mató a su tripulación provocó apenas un lento movimiento de rotación en la cápsula. En el control de la misión no se enteraron de nada porque no tenían comunicación con la nave, que se reanudó cuando Soyuz entró en el radio de acción de las estaciones soviéticas de seguimiento: en la cápsula reinaba un completo silencio; las comunicaciones se cortaron en el momento del reingreso a la atmósfera y, cuando se reanudó el contacto, el control de la misión intentó comunicarse con los astronautas. No hubo respuesta. Entonces pensaron que el sistema de comunicación se había averiado, un nuevo percance en aquella misión mal destinada. En tierra, nunca imaginaron la tragedia.
Soyuz aterrizó como estaba previsto, eso sí salió bien, a las seis y dieciséis minutos de la mañana del 30 de junio. En la URSS recién empezaba el verano, había amanecido una hora antes y reinaba buena luz para el trabajo de los equipos de rescate. Cuando hallaron a los tripulantes muertos, se sucedieron algunas escenas de hondo patetismo que reflejaron los fotógrafos encargados de eternizar una hazaña y no un desastre. Los médicos del centro de control intentaron reanimarlos de cualquier modo, pero los tres cosmonautas llevaban muertos ya más de media hora. Las autopsias revelaron que habían muerto por la súbita despresurización de la cápsula: los cuerpos albergaban un altísimo contenido de nitrógeno en sangre, presentaban hemorragias cerebrales y sangre en los pulmones.

El astronauta estadounidense Thomas P. Stafford, a la izquierda, transportando las cenizas del comandante de la Soyuz 11. (Foto: NASA)
El escenario del drama también reveló otros dramáticos datos. Los tres supieron que iban a morir en cuanto notaron la fuga de aire y el descenso de la presión en la cabina. El cuerpo de Dobrovolski, que se había desprendido de su cinturón de seguridad, fue hallado cerca de la escotilla que no había cerrado bien en el momento de iniciar el regreso a casa: intuyó que la fuga provenía de allí. Se equivocó y perdió un tiempo vital, aunque los investigadores arriesgaron que, aún con haber dado con la válvula defectuosa, los tres astronautas habrían muerto igual. No los mató la fuga de aire, ni la repentina falta de presión en Soyuz: los mató el no haber vestido los trajes espaciales presurizados.
El programa Soyuz se canceló. La estación espacial Salyut 1, en la que Patsáyev había plantado algunas semillas para dar origen al primer jardín espacial de la humanidad, fue devuelta a la atmósfera y se hundió en el Pacífico. La aventura espacial soviética se retrasó dos años. Las reglas se modificaron para obligar a todos los astronautas del futuro a vestir trajes espaciales. Se modificaron las cabinas de las futuras naves para que mantuvieran la presión del interior en el caso de pequeñas fugas. Se redujeron las tripulaciones de los futuros viajes espaciales a dos personas.
En un giro fiel al estalinismo más recalcitrante, Kamanin, aquel que se había opuesto a que sus muchachos viajaran tan desprotegidos, fue destituido como jefe del Cuerpo de Astronautas por no haber adiestrado a sus discípulos para hacer frente a una emergencia como la de Soyuz 11.
Vólkov, Dobrovolski y Patsáyev fueron enterrados en los muros del Kremlin. Por cierto, como héroes.
Unión Soviética, Carrera espacial, desastre, Sumario, exploración espacial
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