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ECONOMIA

Morosidad al rojo vivo: qué chances de éxito tiene el plan del BCRA para forzar baja de tasas

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La buena noticia: los bancos recibieron con alivio el recorte de encajes y el establecimiento del «corredor de tasas» que anunció el Banco Central. Creen que bajará la volatilidad del mercado y ayudará al crédito. La mala noticia: para que bajen las tasas de interés todavía falta mucho tiempo. Varios meses, por lo menos, hasta que los índices de morosidad de acerquen más a una situación normal.

El «corredor de tasas» supone que el BCRA se compromete a tomar -a un 20%- la caja que les sobre a los bancos al final de cada jornada, mientras que les prestará -a un 25%- a los que estén cortos para cubrir sus necesidades de liquidez. De esta manera, se pone límites a las fluctuaciones bruscas en el interés de corto plazo.

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Como siempre, el mercado se dividió en dos facciones: todos creen que las medidas son positivas, pero mientras los defensores del gobierno creen que son la adecuación a un cambio de escenario político, los críticos afirman que el gobierno está reconociendo tácitamente errores cometidos en los últimos meses.

Las críticas más acérrimas son las vinculadas al desarme del esquema de las Letras Fiscales de Liquidez (LEFIs), que dejaron sin un instrumento de referencia al mercado y dispararon una volatilidad extrema en las tasas interbancarias y las de financiamiento de cortísimo plazo para las empresas.

El gobierno, hasta el día de hoy, atribuye esa volatilidad a un motivo político: el abrupto desplome en la demanda de pesos por parte del público, que llevó a que la mitad de la base monetaria corriera a refugiarse en el dólar, en el marco de un «ataque desestabilizador» perpetrado por la oposición al votar leyes sin respaldo fiscal.

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¿Se exageró el «riesgo kuka»?

Sin embargo, en la vereda de enfrente sostienen que el «riesgo kuka» fue un factor apenas marginal, y que lo que provocó la turbulencia financiera fue una serie de medidas desafortunadas, como por ejemplo la suba de encajes al 53% y, para peor, con la obligación de mantener un mínimo diario de encajes para los bancos -antes se contabilizaba en forma mensual-. Esto disparó las tasas, con la consecuente repercusión en el costo del crédito para el sector productivo, que tuvo una virtual paralización en el tercer trimestre del año pasado.

Para ponerlo en números, un informe de la gestora de fondos Mega QM compara el primer trimestre del año pasado -cuando la dispersión de la tasa de interés fue del 2,5%- con el período pre-electoral, cuando esa dispersión pasó al 25,5%.

«Pasado el proceso electoral y con menos presión sobre el tipo de cambio, la volatilidad de la tasa de interés no solo se mantuvo, inclusive se aceleró. Casi 3 de cada 10 días tuvieron movimientos mayores a 25% del nivel de la tasa de interés», observa el reporte.

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La consecuencia de esta situación es el inevitable ensanchamiento en el spread -en la jerga financiera, la forma en que se denomina a la distancia entre las tasas activas y pasivas-, porque los bancos necesitan un mayor nivel de cobertura contra el riesgo de la volatilidad.

La «culpa» de la mora

Pero, más allá de la polémica política, lo que toca ahora es proyectar qué ocurrirá con las tasas de interés, ahora que el BCRA asumió un rol más activo, al reabrir de hecho una ventanilla de asistencia de liquidez para los bancos.

En el sistema financiero le atribuyen a esa medida más importancia que a cualquier otra que pueda anunciar el Central, porque sostienen que nada daña más al mercado que la volatilidad.

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Ese era, de hecho, un reclamo de larga data. «La incertidumbre resultante no solo obstaculiza la toma de decisiones estratégicas, sino que altera la operatividad financiera al forzar un acortamiento precautorio en los plazos de cualquier de cualquier decisión financiera», afirma un reporte de Fundación Mediterránea, que advierte sobre efectos «disfuncionales» en el sistema.

La consecuencia, ahora, es que habrá una mayor previsibilidad. ¿Significa eso que las tasas activas -las que cobran los bancos por dar préstamos- bajarán desde sus actuales niveles exorbitantes? La respuesta es un contundente no.

«Va a ir de a poquito, no es que de golpe van a bajar las tasas a la mitad. Es algo paulatino. Entre otras cosas, porque estos niveles de morosidad son algo que los bancos estamos pariendo. Es una pérdida con un impacto muy importante», señala un ejecutivo de uno de los tres mayores bancos privados.

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En el segmento de préstamos a familias, ese nivel de irregularidad en el pago llegó al 11%, según la información del BCRA. Pero ese es el dato del sector bancario, donde hay requisitos más estrictos sobre ingresos del deudor. En cambio, en el sector extra bancario -incluyendo las billeteras electrónicas- la morosidad saltó hasta un 28%.

De hecho, lo que los analistas estaban contemplando con preocupación era cómo, al aumentar el nivel de mora, la reacción de los bancos era subir las tasas activas, con lo cual compensaban con un «castigo» a los buenos pagadores para atenuar la pérdida que producía la falta de pago.

La advertencia que hacían los economistas era que esa política de tasas provocaría un «efecto expulsión» en el que los mejores pagadores salen del sistema y los bancos se quedan con los peores en sus carteras. En otras palabras, un riesgo de aceleración en el fenómeno de la mora.

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Pronóstico de crédito: frío

Con las nuevas medidas, los bancos creen que están dadas las condiciones para una normalización. Pero advierten que el proceso no debe apurarse. En los últimos días hubo versiones en el sentido de que el BCRA podría bajar el «piso» del corredor de tasas, perforando el actual nivel de 20%.

Los ejecutivos consultados dijeron que si eso ocurriera en este momento, podría lograrse el objetivo de una baja más rápida de la tasa activa, pero que habría efectos colaterales, como el de una baja más rápida de la tasa pasiva -la que se paga a los depositantes-. En definitiva, que en vez de achicarse, el spread se agrandaría, y habría un aliciente extra para que los ahorristas miraran con deseo al dólar.

¿Qué tan mala es la situación del crédito? Las estadísticas del BCRA dejan ver un panorama de enfriamiento. A excepción de los hipotecarios UVA y las tarjetas de crédito, el resto de las líneas han visto caer su volumen en términos reales.

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«El peor desempeño fue para los adelantos en cuenta corriente, cuyo stock real con ajuste estacional mostró una baja de 4% mensual, aun a pesar de que fue una de las líneas que más baja de tasa mostró en marzo. El mal desempeño es una constante en este arranque de 2026 y ya acumula una caída de casi 8% respecto de diciembre de 2025″, apunta la consultora Outlier.

Ese bajo dinamismo del crédito a las empresas es lo que lleva a varios analistas a afirmar que, más que el nivel de tasa, lo que está incidiendo es el estancamiento de algunos sectores de la economía y la caída en los ingresos de la población asalariada.

Es elocuente sobre ese punto un informe del economista Lorenzo Sigaut Gravina compara la situación actual con la gestión de Mauricio Macri, cuando también se había generado un boom crediticio. Y los números son elocuentes: el pago de intereses representa un inédito 26,3% del presupuesto familiar -se triplicó en un año y medio-. Mientras que en 2018 ese ratio no llegó al 20%. En cuanto a la morosidad, el nivel actual es el doble del que se registraba en el período macrista.

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El BCRA abre, Caputo cierra

Hablando en plata, la situación de las tasas es que los ahorristas que llevan dinero a los bancos para colocarlos en plazo fijo reciben, en el mejor de los casos, una tasa efectiva anual de 25%. Pero si quieren solicitar un crédito a tasa fija, se encontrarán con un interés nominal de 120% que, con la capitalización de intereses más cargos administrativos llegan a un costo financiero total de 300% anual.

«Obviamente, al haber más liquidez por las medidas del Central, eso va a hacer que las tasas bajen. Pero hasta que lleguen al nivel que se requiere para que el crédito vuelva a crecer fuerte, va a tardar un rato, diría meses. Porque el recorte tiene que ser significativo para que se note el efecto», pronostica el ejecutivo bancario consultado.

Esa cautela parece justificada, además, por la actitud que Toto Caputo ha demostrado en las últimas licitaciones del Tesoro. Lejos de confirmarse con «rollear» los vencimientos de deuda, colocó bonos en exceso para «aspirar» pesos del mercado.

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Es algo que deja en claro que, aunque el ministro diga que la demanda de dinero está en recuperación, no quiere correr riesgos de que una liquidez excedente le juegue en contra justo cuando se está en plena aceleración de la inflación.

En definitiva, mientras el BCRA abre la canilla de pesos, Caputo prende la aspiradora y neutraliza el efecto expansivo. Y esto implica que los más ansiosos por ver una caída en las tasas de los créditos pueden acomodarse para esperar.

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ECONOMIA

El dólar sigue subiendo, supera a la inflación del mes y se frena el proceso de apreciación cambiaria

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De mantenerse la tendencia alcista, el dólar podría superar a la inflación en junio. (REUTERS/Willy Kurniawan)

La nueva suba del dólar, que ayer cerró a $1.470 para la venta en el mercado oficial, representa un cambio de tendencia respecto a lo que venía ocurriendo en los primeros meses del año. El tipo de cambio acumula con este ajuste un incremento de 2,7% en el mes y supera la inflación proyectada para junio, que podría perforar el 2 por ciento.

La cotización oficial había cerrado mayo a $1.430, en un mes que había mostrado récord de compra de dólares por parte del Banco Central de la República Argentina (BCRA). Sin embargo, el billete verde casi no se había movido.

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En junio, la dinámica cambiaria es bastante diferente. El Central sigue comprando pero a un ritmo mucho menor al del quinto mes del año. A modo ilustrativo, en la última jornada la autoridad monetaria adquirió USD 70 millones y casi todos los días viene por debajo de ese nivel. A pesar de que hubo una menor demanda oficial, igual el tipo de cambio viene operando en alza.

Las opciones son dos: bajó la oferta de divisas o bien aumentó la demanda. Es posible que se estén dando ambas situaciones a la vez. Además, con el pago del medio aguinaldo también se estarán inyectando más pesos en las cuentas de los empleados y es probable que parte de ese dinero termine canalizándose hacia el dólar.

En los meses anteriores, la compra de dólares por parte de las personas se mantuvo relativamente alta, en el orden de los USD 2.300 millones mensuales. Esto significa que aún con un tipo de cambio muy planchado el público igual prefiere comprar. De hecho, alrededor de 1,5 millones de argentinos adquieren divisas por mes.

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En los cinco primeros meses del año, el dólar oficial se apreció alrededor del 10%. En otras palabras, la economía argentina se encareció en dólares de manera bastante rápida. Ahora, al menos en lo que va de junio, se frenó este proceso y proyecta lo que podría ocurrir en el segundo semestre de 2026.

De acuerdo a los datos que surgen del Relevamiento de Expectativas de Mercado (REM) divulgado por el Banco Central, los analistas esperan que en lo que resta del año el dólar se mueva muy parejo con la evolución de la inflación. Esto implica que el tipo de cambio finalizaría el año levemente por debajo de los 1.700 pesos.

Sin embargo, algunas consultoras, como el caso de Invecq que dirige Esteban Domecq, piensan que el dólar podría acelerarse en relación a la evolución de la dinámica inflacionaria. Esto implica que habría una reversión parcial en el proceso de apreciación cambiaria, respondiendo a quienes advierten que el encarecimiento en dólares de la economía resulta peligroso.

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La suba del tipo de cambio también se produjo en el contado con liquidación, que ayer trepó hasta 1.511 pesos. La brecha con el oficial se mantiene en niveles inferiores al 3 por ciento.

Pese a la apreciación cambiaria de los últimos meses, Argentina registró en mayo de 2026 un superávit comercial récord de USD 3.504 millones, sumando así 30 meses consecutivos con saldo positivo en la balanza. Este resultado sin antecedentes se logró gracias a la combinación de exportaciones récord y una caída en las importaciones

Las exportaciones alcanzaron la cifra histórica de USD 9.537 millones (un crecimiento interanual del 34,4%) impulsadas principalmente por combustibles, energía y productos del agro.

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En tanto, las importaciones cayeron un 7% interanual, hasta USD 6.033 millones. Con estos números, el acumulado de los primeros cinco meses del año alcanzó un superávit cercano a los USD 11.800 millones, superando ya el total positivo de todo el año 2025.



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ECONOMIA

El FMI pone la mira en el Monotributo y propone un cambio que afectará a millones de contribuyentes

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Cuando el monotributo nació, en 1998, el techo máximo para quedarse en el régimen era de $144.000 anuales. En plena convertibilidad, eso equivalía a u$s144.000. Hoy, ajustados por la inflación acumulada en Estados Unidos durante esos 27 años, esos mismos dólares representarían aproximadamente u$s270.000. Sin embargo, la categoría más alta del monotributo vigente en junio de 2026 permite facturar hasta $108 millones anuales, poco más de u$s74.000 al tipo de cambio oficial. Es decir: el techo real del régimen se redujo a menos de la mitad de lo que era cuando fue creado.

Esa brecha no es un accidente. Es el resultado de décadas de actualizaciones insuficientes que fueron comprimiendo el régimen hacia abajo, empujando en teoría a los contribuyentes de mayores ingresos hacia el régimen general. Lo que ocurrió en la práctica fue otra cosa: millones de trabajadores independientes permanecen inscriptos en el monotributo según los últimos datos del Sistema Integrado Previsional Argentino (SIPA) a febrero de 2026, una cifra que los propios técnicos reconocen podría estar subestimada dado que ARCA, el organismo recaudador, no publica estadísticas desagregadas por categoría. Nadie sabe con certeza cuántos monotributistas están acumulados en las categorías superiores, facturando cerca del techo y evaluando cada año si les conviene pasarse al régimen general o seguir en el gris.

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Ahora el Fondo Monetario Internacional (FMI) pone el tema sobre la mesa y propone reformarlo en el documento técnico que acompaña a la segunda revisión del acuerdo de Facilidades Extendidas firmado con Argentina.

El diagnóstico de partida es contundente. El sistema tributario argentino es, según el texto del FMI, «complejo, altamente distorsivo e inestable, y pesa sobre el crecimiento y la competitividad». Con una presión fiscal equivalente al 27% del PBI en 2025, Argentina no tiene un problema de recaudación insuficiente sino de recaudación mal construida: más de 155 impuestos, tasas nominales elevadas y una base imponible estrecha por la proliferación de regímenes especiales.

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Dentro de ese mapa, el Monotributo ocupa un lugar destacado. El FMI estima que el régimen genera un gasto tributario de aproximadamente 1 punto porcentual del PBI, lo que lo convierte en la segunda fuente de erosión de la base imponible después del IVA. El organismo reconoce sus virtudes: «simplifica el cumplimiento, promueve la formalización y amplía la cobertura de salud y jubilación». Pero al mismo tiempo señala sus problemas estructurales.

El primero es la brecha de carga fiscal. El Monotributo «impone una carga efectiva mucho menor que el régimen general, lo que genera fragmentación de empresas y limita el crecimiento de los negocios». El segundo es el efecto escalón: «la estructura de pagos fijos crea saltos bruscos en la obligación tributaria entre categorías que desincentivan el pasaje a tramos superiores de facturación». En criollo: el sistema premia quedarse quieto.

La recomendación del FMI es directa. Cualquier reforma del monotributo debería:

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  • Reducir los efectos de umbral
  • Alinear las tasas efectivas y las contribuciones a la seguridad social con el régimen general
  • Aprovechar las herramientas digitales para simplificar el cumplimiento

Y pone número a la apuesta: alinear el Monotributo con el sistema general del Impuesto a las Ganancias podría generar una ganancia fiscal de 1 punto porcentual del PBI.

El mapa de los contribuyentes

El monotributo tiene once categorías. Las primeras siete funcionan como debería funcionar un régimen simplificado: una carga fiscal modesta, entre el 3 y el 5% de la facturación, para trabajadores independientes de ingresos bajos y medios. El problema empieza cuando se llega a las categorías superiores, donde el régimen revela su verdadera tensión con el sistema general.

Tomemos el caso de un profesional independiente, un contador, un arquitecto, un desarrollador de software, que factura cerca del techo de la categoría H: $70 millones anuales, unos u$s48.000 al tipo de cambio oficial de junio de 2026. En el monotributo, ese profesional paga una cuota mensual de $447.346 si presta servicios, lo que representa una carga anual del 7,7% sobre su facturación. Si en cambio ese mismo año su facturación supera el techo y queda obligado a pasarse al régimen general, la carga estimada salta al 42%. De un año al otro, la presión fiscal se multiplica por cinco y medio.

La categoría K, la más alta del régimen, hace la diferencia aún más elocuente. Un contribuyente que factura hasta 108 millones de pesos anuales, equivalentes a 74.000 dólares, paga en el monotributo el 15,3% si presta servicios, o apenas el 6,7% si vende bienes. Frente al 45% del régimen general, la brecha llega a casi 40 puntos porcentuales.

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Esos números explican por sí solos por qué millones de trabajadores independientes permanecen en el monotributo según los datos del SIPA a febrero de 2026, y por qué muchos de ellos hacen lo imposible por no cruzar el umbral. Pero hay un factor adicional que el debate público casi nunca menciona y que termina de cerrar la trampa: quien supera el techo del monotributo y pasa al régimen general no puede volver hasta que transcurran tres años calendario completos, contados desde el primero de enero del año siguiente a la exclusión. Tres años pagando el 42 o el 45% antes de poder solicitar el regreso.

La categoría K del monotributo, la más alta del régimen, hace la diferencia aún más elocuente

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Las propuestas del FMI a la luz de la historia

El régimen nació en 1998 con una lógica de emergencia social. La Argentina de los 90 había expulsado del mercado laboral formal a miles de trabajadores: las privatizaciones, el achicamiento del Estado y la reconversión productiva volcaron al cuentapropismo a una generación que anteriormente era asalariada. Gente que había perdido la corresponsabilidad del patrón y necesitaba urgente una jubilación y una obra social a bajo costo. El monotributo fue, en ese contexto, menos un instrumento fiscal que una política de inclusión social con forma de impuesto.

Esa matriz de origen explica buena parte de sus resistencias actuales a cualquier reforma. Cada vez que el sistema fue modificado, la lógica dominante fue la de ampliar la cobertura, no la de acercarlo al régimen general. La reforma de 2004 incorporó a las cooperativas de trabajo y a las sociedades de hecho. La de 2009 elevó los topes de facturación. La de 2016 le sumó asignaciones familiares y recategorización de oficio. En ninguna de esas instancias se abordó la brecha de carga fiscal entre el monotributo y el régimen general como un problema en sí mismo. Se la administró, se la contuvo, pero nunca se la discutió de frente.

El resultado, visto desde 2026, es un régimen que cumplió sus objetivos originales de formalización e inclusión pero que creció en una dirección que sus creadores no habían previsto del todo: se convirtió en el techo contributivo para millones de trabajadores independientes que, ante la alternativa de pagar el 42 o el 45% en el régimen general, encontraron en el monotributo no un escalón hacia la formalidad plena sino un destino permanente. Lo que el FMI llama «fragmentación de empresas y limitación del crecimiento de los negocios» es, visto desde adentro, la respuesta racional de contribuyentes que aprendieron que crecer fiscalmente en Argentina tiene un costo prohibitivo.

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El costo político y la viabilidad de la reforma

Reformar el monotributo es, en términos políticos argentinos, un ejercicio de equilibrismo sobre un cable sin red. Los millones de contribuyentes inscriptos en el régimen no son solo un dato estadístico: son votantes, son familias, son el tejido productivo de barrios y ciudades del interior que identifican al monotributo no como un privilegio fiscal sino como el único puente que los conecta con la salud y la jubilación. Tocar ese puente tiene un costo electoral que ningún gobierno desde 1998 estuvo dispuesto a pagar de manera frontal.

El FMI lo sabe. Y su propuesta, leída con atención, no es una reforma de shock sino una hoja de ruta gradual. El Selected Issues Paper no pide eliminar el monotributo ni fusionarlo abruptamente con el régimen general. Pide tres cosas más acotadas: reducir los saltos bruscos entre categorías, alinear progresivamente las tasas efectivas y las contribuciones a la seguridad social con el régimen general, y aprovechar las herramientas digitales para mantener la simplicidad del cumplimiento durante la transición. La ganancia fiscal estimada de 1 punto del PBI no es el punto de llegada de una reforma inmediata sino el horizonte de una convergencia gradual.

El problema es que en Argentina lo gradual tiene una historia propia. Cada vez que un gobierno intentó actualizar los topes del monotributo por debajo de la inflación real, lo que ocurrió fue exactamente lo contrario de lo que pretendía la política: no hubo migración ordenada al régimen general sino profundización de la zona gris. Contribuyentes que dividieron su facturación entre familiares, que postergaron obras, que dejaron de emitir comprobantes por encima del umbral. La presión descendente sobre los topes, lejos de empujar hacia arriba, empujó hacia los costados.

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La administración Milei enfrenta este desafío en un momento peculiar. Por un lado, tiene el mandato político más sólido en años para avanzar en reformas impositivas de fondo: el propio Staff Report celebra la aprobación de la Ley de Blanqueo Fiscal y la Ley de Modernización Laboral como señales de capacidad legislativa. Por otro lado, cualquier reforma del monotributo que se perciba como un aumento de la carga para trabajadores independientes choca de frente con el discurso libertario de reducción impositiva que es la columna vertebral de la identidad política del gobierno. Subir la presión fiscal sobre millones de monotributistas, aunque sea gradualmente y aunque el objetivo declarado sea acercarlos al régimen general, es difícilmente vendible como una baja de impuestos.

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ECONOMIA

¿La Argentina dejará de ser un mercado aislado?: se conoció un informe clave de MSCI que miran todos los inversores

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MSCI mantuvo sin cambios un informe clave sobre la Argentina. (REUTERS/Thomas White)

La publicación del informe anual de Morgan Stanley Capital International (MSCI) generaba una fuerte expectativa entre analistas e inversores, en un contexto donde se aguarda otro momento clave para la plaza local: la próxima semana se analizará si corresponde iniciar una consulta pública para una eventual reclasificación de Argentina. Sin embargo, el reporte difundido hoy confirmó que no hubo cambios en la evaluación del país respecto a las dos ediciones anteriores.

El informe, titulado Global Market Accessibility Review, detalló que persisten barreras y limitaciones para inversores extranjeros en varios aspectos del mercado local, así como algunas condiciones que continúan restringiendo el acceso de capital internacional.

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El análisis evaluó a los países según criterios como grado de apertura a la inversión extranjera, restricciones a los flujos de capital, funcionamiento operativo, acceso a distintos instrumentos financieros y solidez del entorno institucional.

MSCI advirtió que, si bien en abril de 2025 se flexibilizaron algunos controles de capital y se permitió a los inversores extranjeros repatriar nuevas ganancias provenientes de inversiones en acciones, “esto sigue sujeto a condiciones documentales”. El reporte detalló que las utilidades obtenidas con anterioridad continúan bajo restricciones y “no pueden ser repatriadas libremente”.

En cuanto al mercado cambiario, señaló que “no existe un mercado de divisas en el exterior y existen limitaciones en el mercado cambiario local”, detallando que las operaciones deben estar vinculadas directamente a transacciones de valores. Adicionalmente, el documento precisó que “toda la documentación debe presentarse en español” para el registro de inversores y la apertura de cuentas.

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El informe de MSCI expone cada una de las condiciones vigentes para inversores internacionales en el mercado argentino:

  • Derechos iguales para inversores extranjeros: la información empresarial no siempre está disponible en inglés.
  • Restricción al flujo de capitales: la flexibilización de restricciones en abril de 2025 permitió repatriar nuevas ganancias, pero esto depende de la presentación de documentación y las utilidades previas siguen sujetas a restricciones.
  • Liberalización del mercado cambiario: ausencia de mercado de divisas en el exterior y restricciones locales, como la obligación de vincular operaciones cambiarias a transacciones de valores.
  • Registro de inversores y apertura de cuentas: toda la documentación debe ser presentada en español.
  • Regulaciones de mercado: no todas las normativas están disponibles en inglés.
  • Flujo de información: la información detallada del mercado bursátil no siempre se divulga en inglés.
  • Compensación y liquidación: no existe la figura de custodio nominal y las facilidades de sobregiro permanecen prohibidas.
  • Operaciones: la competencia entre agentes de bolsa es limitada, lo que puede traducirse en costos de negociación más altos.
  • Transferibilidad: se permiten operaciones fuera de mercado, aunque existen restricciones.
  • Disponibilidad de instrumentos de inversión: las limitaciones sobre el uso de datos bursátiles restringen la oferta de instrumentos.
  • Estabilidad institucional: el informe menciona intervenciones gubernamentales que han puesto en duda la estabilidad de la economía de “libre mercado”, incluso en lo que respecta a la actividad de inversores extranjeros.

Este reporte constituye un examen técnico y cualitativo que se realiza cada año para identificar los obstáculos operativos que enfrentan los inversores institucionales extranjeros, y funciona como una auditoría previa antes de la revisión anual de clasificación de mercados.

“El informe del MSCI de hoy no implica que la semana que viene no se anuncie un período de consulta para una posible reclasificación. No ayuda, pero no descartemos nada”, aclaró Sebastián Maril, analista de Latam Advisors.

Morgan Stanley proyectó ingreso de flujos por USD 4.500 millones a la Argentina en caso de una eventual reclasificación. (REUTERS/Lucas Jackson)
Morgan Stanley proyectó ingreso de flujos por USD 4.500 millones a la Argentina en caso de una eventual reclasificación. (REUTERS/Lucas Jackson)

Los próximos días resultan determinantes para el proceso de revisión de la calificación de la Argentina por parte de MSCI, ya que el 23 de junio está prevista la publicación del Market Classification Review.

Actualmente, la economía argentina figura en la categoría más baja del sistema, conocida como “Standalone Market”. En esta clasificación se encuentran también países como Panamá, Jamaica y Trinidad y Tobago en América Latina, y otros como Malta, Bosnia, Palestina, Nigeria, Zimbabue, Líbano y Ucrania en otras regiones, todos señalados por atravesar crisis o por su escasa integración financiera internacional.

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El 23 de junio se evaluará si se inicia la consulta pública de los inversores que podría abrir la puerta a un cambio de estatus para el país con una decisión final recién prevista para 2027.. La concreción de los requisitos técnicos y el respaldo de la comunidad inversora internacional son condiciones necesarias antes de cualquier modificación de categoría, lo que podría favorecer la llegada de capitales y alterar la percepción de riesgo sobre Argentina.

El procedimiento de revisión que aplica MSCI se caracteriza por su exhaustividad y está basado en pautas técnicas y de accesibilidad para los inversores. El objetivo de la administración local es que el país recupere el rango de “mercado emergente”, al que ya pertenecen Brasil, Chile, Colombia, México y Perú dentro de la región.

Para lograrlo, Argentina debe demostrar avances en la apertura a inversores extranjeros, regulaciones más claras, mayor liquidez y capitalización en sus empresas. Aun así, persisten restricciones cambiarias para las compañías y, antes de alcanzar el estatus de emergente, existe una instancia intermedia: la de “mercado de frontera”.

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El avance hacia una eventual reclasificación implicaría que numerosos fondos de inversión comenzarían a modificar la composición de sus carteras para ajustarse a la presencia de Argentina en los índices internacionales. Según estimaciones, una eventual inclusión en la categoría de mercado fronterizo otorgaría al país una participación cercana al 5% en ese segmento.

Un reporte de Morgan Stanley calcula que la entrada de capitales internacionales para la compra de acciones argentinas podría alcanzar los USD 4.500 millones, dado que varios fondos globales deberían sumar títulos locales para reflejar la integración de Argentina en los índices.

No obstante, desde la entidad advierten que el proceso no será inmediato. “Argentina ha realizado las reformas necesarias para aspirar a una mejor clasificación y regresar al grupo de mercados emergentes. Sin embargo, estimamos que esto recién podría concretarse a fines de 2027 o, eventualmente, en 2028”, señalaron desde el organismo financiero.

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