CHIMENTOS
Pampita mostró la señal que recibió de Blanca el día en que su hija hubiera cumplido 20 años: “Besos al cielo”

Como todos los años, Pampita y Benjamín Vicuña recuerdan las fechas importantes que tienen que ver con su hija Blanca, que murió a los 6 años en 2012, a causa de una neumonía hemorrágica tras unas vacaciones en México. Y este 15 de mayo fue muy especial, porque fue el día en el que Blanca hubiera cumplido 20 años.
En homenaje a su primogénita, Pampita organizó junto a sus más íntimos una suelta de globos blancos. Y lo que sucedió luego la dejó atónita y súper emocionada. “Besos al cielo, Blanca”, expresó en sus redes, al subir un video del momento en el que los globos se elevan al cielo.
Y más tarde, la modelo publicó el hermoso regalo que recibió en medio de la tristeza que jamás tendrá fin. Los globos blancos dibujaron un clarísimo corazón, llenándole el alma. “¡Hay señales que no se buscan! ¡Llegan!”, escribió Pampa, exultante, al mostrarle a sus seguidores el impactante y conmovedor suceso.
Horas antes, Carolina Ardohain había dejado en su feed de Instagram una desgarradora carta para Blanca en la que abrió su corazón como nunca. Recordando a su pequeña, su primera hija con Benjamín Vicuña, quien también escribió un sentido texto en sus redes.
DE QUÉ MURIÓ BLANCA, LA HIJA DE PAMPITA Y BENJAMÍN VICUÑA
La muerte de Blanca marcó para siempre la vida de Pampita y Benjamín Vicuña. La nena falleció en septiembre de 2012, cuando tenía apenas 6 años, luego de atravesar un cuadro de neumonía hemorrágica que se agravó rápidamente tras contraer una bacteria durante unas vacaciones familiares en México.
Después de varios días de internación en la Clínica Las Condes, en Chile, la pequeña no logró recuperarse y su partida generó una conmoción enorme tanto en su familia como en el mundo del espectáculo. Desde entonces, cada fecha importante vinculada a Blanca se transforma en un momento profundamente sensible para Pampita y Benjamín, que suelen recordarla públicamente con mensajes cargados de amor, dolor y una conexión que aseguran sigue intacta.
Pampita, Blanca
CHIMENTOS
De la cárcel a llevarle masitas a Mirtha Legrand: Yiya Murano, la asesina que envenenó a sus amigas y se convirtió en ícono pop

Luz tenue. La cámara recorre el living, el plano se cierra sobre la mesa. Suena la inconfundible cortina musical del programa, y la locutora presenta: “Almuerzan hoy con la señora Mirtha Legrand, la señora…¡Yiya Murano! Estuvo presa, acusada de envenenar a sus amigas”. En el estudio hay aplausos de rigor, nervios y risas por la barbaridad que acaban de escuchar de parte de Nelly Trenti. De inmediato aparece Yiya, que sonríe con una mueca. Lleva enormes anteojos negros, el pelo batido, sacón y pañoleta. Sabe los pasos de la comedia, se nota. Arranca el show.
Lo repitió una y mil veces, desde que en 1995 dejó la cárcel de Ezeiza, al conseguir una reducción de pena por el entonces presidente Carlos Menem, tras pasar 16 años encerrada. Había sido condenada a perpetua por matar con cianuro a sus amigas Nilda Gamba y Lelia Formisano de Ayala y a su prima Carmen Zulema del Giorgio Venturini, entre febrero y marzo de 1979. ¿El móvil de Yiya? Quedarse con el dinero que les sacaba con promesas de ganancias irrisorias en tiempos de “plata dulce”. Lo que hacía era una estafa piramidal a lo Ponzi. Yiya primero pagaba, tentaba a las mujeres con las supuestas fortunas que obtendrían al reinvertir… y después las liquidaba.
“Decía que tenía contactos en el gobierno. Ella mataba para mantener su nivel. No creo que haya sido una estrella de la televisión, lo que pasa es que todos recuerdan su aparición en lo de Mirtha Legrand. Llegó a convertirse en un personaje patético. La llevaban a hacer show y le gustaba. Era perversa, jugaba con eso”, recuerda Ricardo Canaletti, referente del periodismo policial.
Lo cierto es que, apenas sale en libertad condicional, lo primero que hace Yiya es ir a Canal 9 a venderle una entrevista a Chiche Gelblung para contar su historia. Le sobraban razones: no tenía un peso y en 1994 su hijo, Martín Murano, de profesión doble de riesgo, había publicado el libro Yiya Murano, mi madre. En sus páginas, ventiló todo: la triste infancia junto a la asesina, cómo lo usaba de niño para ver a sus amantes, lo mal que lo trataba, la confesión de los crímenes. Todo.
Yiya necesitaba instalar la narrativa de su inocencia y a eso se dedicó, con terquedad pétrea, durante años de pasearse por los estudios de los canales y hablar como si nada, fresca, con frialdad pura, sobre las muertas. “Muchas madres lloran a un buen hijo muerto; yo lloro a un mal hijo vivo”, escupía sobre Martín, quien hasta el día de hoy sospecha que a él también lo quiso matar, a sus 10 años, con una torta envenenada.
DE LA HISTORIA CRIMINAL AL ZOOLÓGICO DE LA TELE DE LOS NOVENTA
Nacida en Corrientes el 20 de mayo de 1930, Yiya saltó en los 90 de la historia criminal al zoológico de la tele. Ahí se acomodó, hasta que, tres años antes de morir, su memoria se derritió, al igual que su máscara, y terminó internada en un geriátrico de Belgrano, olvidándose de quién era ella: La envenenadora de Monserrat. O en alguna otra vida, María Bernardina de las Mercedes Bolla Aponte de Murano.
Ese era su nombre, enorme como su ego y su codicia. Deseaba tapados de piel, vestidos, oro, perfumes y una vida de “señora bien”. Que no era su realidad cuando cometió los crímenes que se le comprobaron. Yiya era una mujer que vivía con su marido, su hijo y una empleada en un departamento de dos ambientes en un barrio de clase media del centro porteño. También tenía amantes que le hacían regalitos, la invitaban a comer y, aseguraba, se «desvivían» por ella. Era elegante, manipuladora, voluptuosa como una vedette. Así la recuerdan en el documental Yiya Murano: Muerte a la hora del té, disponible en Netflix.
Pero volvamos a los 90. Casi sin escalas, Yiya se convirtió en un personaje fascinante y funcional al talk show y a la tele bizarra. En ese terreno donde la confesión se desnudaba y llenaba horas a la tarde, de la mano del Sin vueltas de Lía Salgado, pero también en el prime time, con Chiche Gelblung, Mauro Viale, Moria Casán y Bernardo Neustadt. Entre sillones brillosos, cuerinas y helechos, invitados random, Murano se convirtió en número fijo y en una caricatura de sí misma.
“Sentame sobre un carbón hirviendo y te lo puedo asegurar: nunca yo he matado”, repetía, teatral, antes de gritarle a Mauro: “¡Por la vida de mi hijo te juro!”. A veces sacudía un sobre donde aseguraba tener la prueba concluyente de que no había matado (“Estaba vacío”, contó el periodista de policiales Rodolfo Palacios en su libro Adorables Criaturas: Crónicas grotescas de ladrones y asesinos).
EL SHOW DE YIYA MURANO
Yiya embaucaba a los famosos de la tele. Algunos se olvidaban, por momentos, que estaban frente a una persona que había matado a sus amigas a sangre fría. Moria incluida. “¿Qué pasa con tu vida, Yiya? ¿Has matado mucha gente? ¿Envenenaste? ¡¿Qué hiciste, Yiya?!”, vociferaba la One. Ella repetía, impávida: “Te juro por Dios y por la Biblia que no maté a nadie”. Una vez más. Y otra. “Se hacía hasta simpática y atractiva, era un personaje difícil. No daba miedo, aunque era una asesina”, recuerda Chiche Gelblung, que la tuvo en su programa Memoria.
Según señala la periodista Virginia Messi en el documental de Alejandro Hartmann, Yiya se creyó su propio personaje. “Daba entrevistas para decir que era inocente pero la actitud permanente que tenía era la de culpable. Porque le gustaba jugar con eso. Yo creo que tenía que ver con su propia perversión”, dice. En ese juego al aire, Yiya siempre se adjudicaba dos muertes: “Mi madre y mi marido. Murieron de tristeza por lo que a mí me pasó”.
A finales de la década, el personaje ya estaba completamente instalado. En La Hoguera, un magazine de América que conducían Verónica Lozano y Dolores Cahen D’Anvers, Murano tenía una columna propia: “Consultale a Yiya”. La envenenadora de Monserrat daba consejos sentimentales y respondía consultas varias del público como una abuela sabia. “Hola, amigos. Estoy para tratar de solucionar las inquietudes que tanto me mandan por carta o teléfono”, decía muy seria, como si no cargara con tres muertes. La televisión ya no la entrevistaba: la había adoptado y abrazado como una más.
LA MESAZA ESTÁ SERVIDA
Para algunos, como Osvaldo Bazán (que llevó a Yiya a la Calle Corrientes con un musical), algo cambia cuando Murano va a lo de Mirtha con una bandejitaa de masas. “Se convierte en otra cosa”, dice. Ella ya era habitué del programa. Se había sentado al menos en cuatro oportunidades en la mesaza, desde 1995 hasta 2008, cuando volvió a aparecer en cámara con el símbolo macabro de sus asesinatos. Un mito porque, en realidad, Yiya envenenaba con un brebaje de yuyos y cianuro que diluía en el té que les servía a sus víctimas después de llenarlas de grasas, azúcares y harinas de confitería fina. Las mataba de a poco, gota a gota.
—¿Masas, me trajo?—, pregunta Chiqui, entre el acting y la desconfianza.
—Sí, con una condición; que me des el gusto de comer una—, lanza imperativa la Yiya.
—¿Usted las tocó? Yo voy a comer una masita. Ahora, si mañana no vengo… (risas). Esta me voy a comer. ¡Ustedes son testigos, eh!—, dice Mirtha y muerde, dudosa, la masita—. Mañana, titulares de Crónica (más risas). Bueno, menos mal que lo tomamos con humor.
—¿Viste? ¡Y te gustó!—, cierra Murano con una carcajada seca. Sus ojos no ríen.
Con esa comedia, Yiya terminó de espolvorear con azúcar su pasado criminal. Y ya nada importó de ahí en más: se convirtió en un chiste. Quienes la conocieron la recuerdan como magnética, hechicera, embaucadora. Se creyó su inocencia hasta el final y siempre coqueteaba con la duda, dando a entender que algo había hecho, pero sin terminar de decir nada, divertida con ese límite.
Como si no hubiera del otro lado tres mujeres muertas en el lapso de poco más de un mes. En cada caso, Yiya fue la última persona en verlas, con sus tecitos y sus masitas. Y nadie se avivó hasta que la hija de Del Giorgio Venturini, a quien llamaban Mema, se dio cuenta de que en su casa faltaba el pagaré por la deuda de Yiya. Y que la mujer les debía una gran suma de dinero a las tres. 
YIYA MURANO, LA ASESINA INMORTAL
“Fui juzgada de forma arbitraria, debe haber una mano negra. A mi prima (Mema) yo llego, ella tirada en la escalera, un médico le hace respiración boca a boca 20 minutos y no le pasó nada”, se defendió ante Neustadt. Ese era su argumento de que no hubo cianuro.
Mientras la televisión la convertía en personaje pop, Martín Murano intentaba sobrevivirla. Para él sólo había una madre que era la encarnación de la maldad pura y que no pudo dejar atrás ni pegando patadas ni como doble de Carlín Calvo. Fue en la tele, el lugar que él consideraba su casa, donde ella lo fue a buscar para tapar y torcer la verdad que había denunciado en infinidad de programas. Desde el de Susana Giménez hasta Peor es nada, de Jorge Guinzburg.

Hasta que un día, años después, vencido y deprimido tras perder su trabajo estable en El Nueve, Martín se reencontró con Yiya en lo de Mirtha Legrand. Claudicó, y aceptó en silencio la melosa puesta en escena de una reconciliación y las mentiras de la mujer sobre otro libro que decía que habían escrito juntos. Martín la dejó hacer, resignado.
“Él termina perpetuando lo que quería matar. Saca el libro como catarsis pero a la vez convoca el monstruo”, dirá Rodolfo Palacios. “Yo la inmortalicé. Yo la convertí en leyenda”, dirá Martín, el hijo de la asesina que cometió el crimen perfecto: borrar a las víctimas y convertir el horror en un chiste de sobremesa.
Yiya Murano, Yiya Murano Netflix, Netflix documental, Yiya Murano Mirtha Legrand masitas, Yiya Murano veneno
CHIMENTOS
Andrea Politti: “Qué lindo es hacer de mala, me fascina”

Faltan un par de horas para el estreno y la actriz Andrea Politti conversa con Teleshow acerca de HDP Hijos de Primera. Está fascinada con su papel en la obra, donde hace a “la mala, malísima”, según sus propias palabras. Representa un giro respecto de sus intervenciones televisivas y teatrales anteriores. Con satisfacción, la actriz confirma: “Siento que funciona como un reloj, disfruto ser parte de este equipo”. Para el circuito, la polifuncionalidad de Politti y su exposición mediática potencian el atractivo comercial de la producción de Juan José Campanella, que se presenta en el Teatro Politeama de Buenos Aires.
La obra tiene una particularidad, es el debut teatral del director Martino Zaidelis, reconocido previamente por títulos cinematográficos como La extorsión y Re loca, lo que introduce en la cartelera una figura proveniente de la industria audiovisual con fuerte presencia en largometrajes nacionales.
El elenco combina talentos de diferentes perfiles y se completa con: Carna, Laura Cymer, Nacho Tosselli y Macarena Suárez, que le ponen el cuerpo al grupo familiar atrapado por una decisión de reparto anticipado de herencia bajo la premisa de la inminente muerte del patriarca, hasta que una recuperación inesperada desorganiza la convivencia y dispara el conflicto central.

—¿Cómo fue el proceso de ensayos antes del estreno de la obra?
—Lo que hace todo el equipo son unos ensayos generales con público, porque tienen el club de amigos del Teatro Politeama. Entonces aprovechan eso para probar las obras antes del estreno.
—¿Y la reacción de la gente en esos ensayos?
—La gente la recibió muy bien, y estamos muy contentos. La virtud es que ensayamos hasta hoy, y estrenamos muy tranquilos. Trabajamos mucho. Ya tenemos la obra bien probada y eso es fabuloso para todo el elenco y el equipo.
—¿De qué trata la obra HDP?
—La obra es una comedia negra, de autor nacional, que trata el tema universal de la herencia, de cómo cuando se pudre todo, la gente saca lo peor de sí misma. En nuestra casa yo era la concubina, la pareja del que se está por morir. Y los tres hijastros son Carna, Laura Zimmer y Ignacio Toselli.

—¿Cómo se presenta el conflicto en la obra?
—La primera escena está buenísima: baja Ignacio de un cuarto de ver al moribundo, y dice: “¿Y? ¿Cómo está?” “Y mal”. “Bueno, era lo esperable, ¿no?” “No, se mejoró”. Ya habían vendido todo, habían dispuesto el tema del dinero y ya habían, no sé, como buitres. (se ríe).
—¿Te tocó vivir alguna situación parecida en la vida real?
—Sí, me ha pasado de familiares de amigos, de enterarme de cosas, incluso que aparecen hijos, que aparecen hermanos. Es muy común, incluso hay casos mediáticos muy conocidos.
—¿Cómo es tu personaje en la obra?
—Mi personaje es la mala, la que es más mala soy yo. Y fue una alegría recibir la posibilidad de hacer este papel. Me encantó porque dije: “Ay, qué lindo hacer una mala, me fascina”.
—¿Qué implica ser la “mala” en teatro?
—En una obra de teatro, ser el personaje de la mala me parece brillante. El libro me lo acercó Martino Saidelis, que es el director, que es su primera obra de teatro, porque viene de una carrera cinematográfica enorme, de la mano de Juan José Campanella.
—¿Pero qué tan mala sos?
—No tengo escrúpulos. Es divertidísimo, por ejemplo, algo que yo jamás haría en la vida, que es lo que vas a ver en el escenario. Es una persona que no tiene límites, que no le importa nada, solo le importa la guita, que quiere pasar a todo el mundo, que es muy manipuladora y los utiliza.
—¿Te inspiraste en personas reales para este papel?
—Yo he conocido. Sí, sí, sí, quién no conoce. Y aparte, viste que uno se sorprende siempre de esas facetas que tienen algunos, que les encanta y que la disfrutan y todo.

—¿Cómo ves el presente y el futuro de la ficción y tus proyectos a futuro?
—Hay algunas cosas, pero como viste que está todo muy… tenemos un año, este particularmente, con la mirada en el mundial, así que estamos viendo. Como que aparecen las cosas, pero a la vez hay como una espera para ver qué onda. Pero estamos. Por suerte siempre trabajé.

—¿Qué significa para vos tu trabajo como actriz y conductora?
—La actoral ha sido mi vocación de toda la vida. Tuve la suerte de encontrar la conducción en la mitad de mi vida y eso también fue como una sorpresa que funcionó en un momento donde la tele estaba también en su mejor momento. Pude hacerlo desde ahí.
—Disfrutas de los desafíos…
—Soy inquieta y es muy bueno disfrutar, pero no disfrutar tontamente, porque todos los laburos tienen sus cosas buenas y malas. Sino que como de alguna forma ubicarse en un terreno de realidad, pero desde un lugar superamoroso y positivo, lo más que se pueda. Y que los inconvenientes sirvan para crecer y para plantearse cosas, para crecer como ser humano.
Andrea Politti,entrevista,conductora,televisión,entretenimiento,retrato,artista,Argentina,moda,mujer
CHIMENTOS
Ricky Maravilla: “Le prometí a mi mamá que íbamos a dejar de ser pobres”

Ricky Maravilla, pionero de la movida tropical argentina en la década de 1990, consolidó un recorrido único que desafió fronteras musicales y sociales, alternando entre las luces de la fama y los claroscuros de una vida marcada por la superación personal y los desafíos familiares. Su trayectoria lo convirtió en el primer artista del género en lograr el ansiado crossover, al llevar su música de los estratos populares -su habitat natural- a los sectores más acomodados, abriendo las puertas de discotecas emblemáticas en Buenos Aires y renovando el alcance de la música tropical en el país.
Entre los más de 20 álbumes que componen su vasta discografía se encuentran obras como La Marca, Único y La 8va. Maravilla, testigos de una carrera que, con éxitos como “Que tendrá ese petiso”, “Camarón” y “Cuidado con la bomba”, obtuvo Discos de Oro y Triples Platino. Además, una de las singularidades de Ricky reside en su papel como precursor en el ámbito del merchandising: fue el primer referente tropical en tener un muñeco propio, una revista y hasta un videojuego, anticipándose a la tendencia de consolidar su marca personal más allá de lo estrictamente musical.
La historia personal de Ricardo Aguirre —su nombre real, nacido en Salta el 7 de febrero de 1946— está signada por la adversidad y la perseverancia. La muerte de su padre cuando tenía dos años forjó una infancia de privaciones, durante la cual le prometió a su madre que la sacaría de la pobreza a través del estudio y el trabajo; empezó a concretar esa promesa al recibirse de Técnico Electrónico y Técnico en Comunicaciones en la ENET N° 7.
La música surgió apenas como un pasatiempo juvenil con sus compañeros de colegio, pero su destino cambió radicalmente tras un encuentro fortuito con el productor Óscar Anderle, mentor histórico de Sandro. Impulsado por este vínculo, el cantante incursionó en la grabación de un disco infantil que ganó popularidad inesperada en Córdoba con “El gallo y la pata”. A partir de entonces, las presentaciones se multiplicaron y la bailanta argentina lo adoptó como referente.
Acá, los momentos más destacados de la entrevista:
—De verdad, un lujo que nos damos hoy Nunca me faltes con un grande, bienvenido Ricky Maravilla.
—Muchísimas gracias. Y aprovecho para saludar a toda la audiencia que nos está viendo y darle mi cariño y agradecimiento por tantos años de trayectoria, por los aplausos, por la efusividad, por la admiración. Cada vez que voy por la calle siempre me abrazan. Y tengo el orgullo de haber conquistado cuatro generaciones: la de los abuelos, la de los padres, la de los hijos y, en estos últimos años, la de los hijos de los hijos y los más chiquitos: bebés de siete meses en adelante están mirando las canciones de la granja; eso me pone tremendamente orgulloso y feliz. Me envían videos desde Estados Unidos, España, Italia, Australia, tanto es así que estamos programando una gira internacional.
—De carrera, ¿cuántos años tenés ya?
—Ya estamos por los cuarenta años.
—¿Y qué te acordás de los inicios?
—Muchísimas cosas. Por ejemplo, yo considero que todo en mi vida fue casual. No sé si estaba programado que mis padres querían tener un hijo, porque te digo que todo se me fue dando así. Hablaba mucho con mi madre y ella me contaba que cuando nací dice que la partera me levantó desnudo en sus brazos y pegó un grito: “¡Qué maravilla!“. Y me quedó esa frase de chiquito, tendría cinco o seis años cuando me contó eso. Y bueno, yo quería ser ingeniero electrónico a raíz de un acontecimiento que pasó a los cinco años. Vivíamos en una casa de familia. Mi madre estaba empleada como ama de llaves, porque mi padre había fallecido cuando yo tenía dos años de edad. No lo conocí a papá, pero siempre tuve a mi papá imaginario que me acompaña hasta el día de hoy…
—¿Vivían en la casa donde trabajaba tu mamá?
—Sí, yo era amigo de los chiquitos vecinos y ellos tenían los mejores juguetes: bicicletas, trenes eléctricos, etcétera, porque los padres eran todos profesionales: ingenieros, abogados, arquitectos. Entonces, una noche de Reyes, le digo: “Mamá, ¡yo quiero tener una bicicleta gual que Carlitos!, que vive al lado. ¿Me ayuda a escribirle una carta a Dios y a los Reyes?“. “Bueno”, dice, “vamos a escribir una cartita solicitando la bicicleta”. Y la noche de Reyes, al otro día, voy corriendo a ver mi bicicleta y me encontré con un auto de plástico chiquitito y me puse a llorar muy tristemente, sintiéndome defraudado. Mamá me consolaba diciendo: “Hijito, no te enojes ni con Dios ni con los Reyes, porque en esta oportunidad no te pudieron traer ese regalo, pero algún día te van a hacer un gran regalo que no lo vas a poder creer”.
—¿Y qué pasó después de esa situación? ¿Tenía razón tu mamá?
—Mamá me dice: “Dios y los Reyes también son pobres, igual que nosotros”. Y yo le digo: “Mamá, yo no quiero ser pobre. Yo le prometo estudiar, le prometo ser ingeniero y voy a comprarle la casa y un auto para llevarla a pasear a donde usted nació, allá en los Valles Calchaquíes de mi querida Salta”. Bueno, nos abrazamos (se quiebra), y cada vez que flaqueaba con los estudios me acordaba de esa promesa y agarraba los libros, porque los chicos me decían: “Naaaah, dejá de estudiar, vamos a jugar a la pelota, vamos a jugar a la plaza”. Y yo: “No, no, tengo que hacer los deberes porque le prometí a mi mamá que vamos a dejar de ser pobres”.
Y tan es así que terminé la primaria en Salta. Mamá decidió venir a Buenos Aires y acá ingresé al ENET N°7 General San Martín, en Retiro. Ahí me recibí de electrotécnico y técnico en comunicaciones. En esa época de estudiante, también, fue que se nos ocurrió formar un conjunto musical. Con mis compañeros formamos un conjunto folclórico y después pasamos por lo melódico. En esa época -década del ’60- nacieron los Beatles, los Rolling, Creedence; recibimos toda esa influencia rocanrolera. Así que comenzamos.
—¿Ya pensabas que la música podía ser una carrera?
—¡Jamás! Mi idea era ser ingeniero. Así fue que ingresé a la Universidad Tecnológica; en esa época llegaron al país las primeras máquinas fotocopiadoras y yo, con mi título, me presenté a una empresa y me tomaron como servicio técnico y a los tres meses me nombraron jefe del departamento técnico, con un sueldo bastante importante. Mamá estaba contentísima… y ahí ya estaba ahorrando para comprarle la casa. Pero bueno, pasó un tiempo y nosotros con los muchachos íbamos a tocar en las casas de familia, de un tío, de un primo… y en una de esas había un señor que nos interrumpe: “Muchachos -dice-, la verdad es que ustedes cantan muy lindo. ¿Quieren trabajar en mis confiterías bailables? Yo tengo tres confiterías acá en Capital Federal”. Nosotros nos miramos y dijimos: “Bueno, son unas monedas más para costearnos los estudios”.
El debut discográfico de la mano de Anderle, el mánager de Sandro
En esa época se estilaba que en cada confitería tenían que llevar una orquesta típica; yo compartí el camarín con grandes maestros del tango como Juan D’Arienzo, el maestro Osvaldo Pugliese, José Pepe Baso… Y una noche el maestro Héctor Varela estrenaba la milonga “Azúcar, pimienta y sal”; nosotros, previo a su show, hacíamos la parte nuestra para que la gente salga a bailar; hacíamos un poco de todo: foxtrot, pasodobles, rock and roll y terminábamos con música tropical. Y de repente me hacen llamar de una de las mesas. “Ricky, dos señores quieren hablar con vos”. Se presenta un señor muy bien trajeado que me dice: “Mucho gusto, Ricky. Yo soy Oscar Anderle, autor de los temas de Sandro”, nada más y nada menos. “Mirá, me gusta mucho tu timbre de voz, ¿querés grabar un disco?”. Yo no lo tenía en mente, nunca se me había cruzado grabar un disco.
—¿Qué edad tenías vos?
—Más o menos diecinueve, veinte años, y por curiosidad acepté. Anderle estaba con otro señor, Hugo Piombi, que fue presidente de Sony. Así que le digo: “¿Tendré que competir con Sandro, con Palito Ortega, con Leo Dan?”, que estaban muy de moda en ese momento y ya se venía el tema de la música beat con Pintura Fresca, Industria Nacional, que eran todos flacos, altos, pelilargos, pintones, pero yo no reunía esas condiciones (risas): yo petiso, te imaginás, ¿no?, pero acepté y grabé el primer disco. Y mirá lo que son las vueltas de la vida, el primer tema que grabé fue “El gallo y la pata”.
—Que ahora vuela en YouTube con los niños. Y “Qué tendrá ese petiso”, ¿cuándo lo grabás?
—Resulta que en esa época de estudiantes se nos ocurrió ir a un baile con los muchachos, era en Villa Maipú, un club social en el partido de San Martín: se presentaba Sandro y Los de Fuego. Y mirá cómo se va hilvanando todo. Fuimos al baile y resulta que mis compañeros eran todos flacos, altos y yo, el único petiso. Entonces, me dice: “Mirá, allá al frente hay dos chicas. Yo voy a sacar a una, vos sacá a la otra”. Mi amigo cabecea a la primera y la chica asiente. Y yo cabeceo a la otra chica y me hace señas de que acepta. Mi amigo va adelante y yo voy por atrás para sacar a la compañera. La chica que pensé que iba a bailar conmigo, se acerca y me esquiva, ¡resulta que le había hecho señas a un flaco alto que venía atrás! (risas). Y ahí se me ocurrió componer junto con Fabio Espinoza “Qué tendrá ese petiso”.
—Fue un poco una revancha personal.
—Sí, una revancha personal. Y bueno, se puso muy de moda “Qué tendrá ese petiso”, “Cuidado con la bomba, Chita”, “El gallo y la pata”. Y después me convocaron para un desfile internacional de modelos en Punta del Este, y yo digo: “¿Qué voy a hacer a Punta del Este?”…
—¿Ahí ya te dedicabas cien por ciento a la música?

—Cien por cien no, estaba entre la ingeniería y los fines de semana hacía música. Actué en Punta del Este y fue un éxito tan total que inmediatamente sonaron los teléfonos del programa de Almorzando con Mirtha Legrand, Susana Giménez, Marcelo Tinelli, que se hicieron eco del éxito con ese otro estrato social que no consumía nuestra música. Y a partir de ese momento me empezaron a contratar para todas las fiestas privadas, cumpleaños, casamientos. Recuerdo que una era de la señorita Esmeralda Mitre, que me convocó para una fiesta de su familia.
—¿Eso ya es en los ’90, tu pico de éxito?
—Sí, sí, en los ’90.
—Me acuerdo de verte bailando con el Diego ahí en el programa de Tinelli.
—Sí, Dieguito no quería que pase su cumpleaños si no estaba Ricky Maravilla.
—¿Vos cantabas en todos los cumpleaños de Diego siempre?
—Siempre, sí, sí. Tan es así que varios cumpleaños lo hizo acá en Buenos Aires, otro lo hizo allá en Punta del Este y me llevaba a mí. Algo muy hermoso. Y ahí fue cuando tuve que decidir entre la ingeniería y la música. Fue tanto el éxito del disco en Córdoba -porque la discográfica estaba en Córdoba- que el señor Anderle me dice: “Tenés que ir a Córdoba a presentar el disco y hacer tres, cuatro bailes”. “Pero yo no puedo viajar porque yo estoy estudiando -le digo-, quiero ser ingeniero”. “No, tenés tremendo éxito en la calle y te voy a dar una idea. Probá seis meses, nada más, con la música. Si dentro de seis meses no te gusta, retomá los estudios y olvidate del disco. Pero probá porque al disco yo le tengo mucha fe”. Y así fue: viajé a Córdoba, ¡primera vez en avión! Nos recibió la prensa, la televisión. ¡Yo no podía creer que me estaba pasando todo eso! Y ahí en la escalinata me dije: “Y tenías razón, mamá. Capaz que este es el gran regalo de los Reyes Magos del que hablabas”.
—¿Y te empezó a ir bien económicamente?
—Ahí fui corriendo y le digo: “Mamá, voy a ser artista”. “Ay, hijito, ¿de qué vas a vivir?”, me dice, porque ella pensaba que los artistas tenemos esos altibajos, ¿viste? Y cuando me vio en televisión con Mirtha Legrand, con Susana Giménez, con Tinelli ya se apaciguó un poco… y ahí le pude comprar la casa… y el auto. Y la llevé a donde ella nació. Dios y los Reyes cumplieron, porque ahí me pude comprar también mi tan ansiada bicicleta a los veintipico de años (llora). Perdón.
—Es muy emotivo… Ricky, quiero ir a ese momento de auge en los ’90. ¿Es verdad que también cantabas en la Quinta Olivos con Menem?
—Sí, eso fue una gran sorpresa; de repente sonó el teléfono y escucho una voz provinciana que dice: “¡Ricky, te necesito!”. “Sí, ¿quién habla?”. “Te habla el Presidente…”, dice. “¡¿Cómo?!” “Sí, te habla Carlos Menem”. “Uy, presidente, ¿de verdad?“. “Es verdad. No te hago hablar con mi secretaria porque quería hablar directamente con vos, y te convoco para una reunión que tengo de empresarios que vienen del exterior y quiero homenajearlos con un ágape y algo musical. Y vos sos el que vas a ponerle el granito de alegría a la reunión”.
—¿Fue la única vez o te llamó más veces?
—No, varias veces. Otra vez fue en Anillaco, que tengo una anécdota también: llevaba una comitiva bastante importante; iban dos charters a La Rosadita, en Anillaco; el que organizaba y pone al gobernador en primer lugar, otras autoridades y a mí me pone en el último lugar. Supuestamente el avión tenía que bajar de una manera, cosa que el Presidente bajaba y se enfrentaba con el gobernador. Pero no, el avión bajó al revés y quedé yo primero. Entonces, cuando abre la escalinata, me mira y me dice: “¡Ricky, vení, vení, subí a la camioneta y saludá como si vos fueses el gobernador de La Rioja”, y yo empecé a saludar así (risas), fue algo muy risueño. Llegamos a La Rosadita, estábamos los dos solos y me dice: “Ricky, te voy a hacer una picadita y yo me voy a cambiar”, y él me cortaba fiambre, queso, pan casero, aceitunas de La Rioja, riquísimo. Se fue a cambiar y me dejó comiendo ahí. Yo digo: “Que el Presidente me esté sirviendo a mí… ¡no puede ser!“. Recuerdos imborrables.
—¿Y es verdad que en esa época había pica con los otros cantantes de la movida -Alcides, el Puma- o era todo armado?
—Obviamente que entre colesgas siempre existe rivalidad: a quién lo aplauden más, cuál es el que más se desempeña en un escenario, cada uno quiere demostrar lo máximo que puede entregar al público, no? Pero después no, compartimos, conversamos con Gladys, con Lía Crucet…
—Por cierto, con Gladys “La Bomba Tucumana”, ¿es cierto que tuviste un romoance con ella?

—No, no, fuimos muy amigos.
—Se decía eso en algún momento…
—(Ríe) Tantas cosas se han dicho… Fuimos muy, pero muy amigos. Ella era muy, muy jovencita, recién se iniciaba discográficamente, pero ya venía cantando con el grupo de Juancito. Era muy fanática mía y tenía una motito. Y cuando yo me presentaba en el primer club de la noche, ella estaba ahí, me escuchaba cantar. Yo me iba a otro club y ella estaba de vuelta (ríe). Iba a otro club y otra vez estaba ahí, ¡me seguía a todos lados! Y bueno, de tanto verla, nos hicimos amigos.
—Espectacular tu historia, Ricky, un placer hablar con vos.
—No, al contrario, a ustedes muchísimas gracias.
Disfrutá la entrevista completa en el video.
Fotos: Maximiliano Luna
SOCIEDAD2 días ago¡TERROR EN SAN MARTÍN! Motochorros asaltaron a una madre con su hijo: la desidia del Intendente y el Gobernador deja a los vecinos a la deriva
POLITICA3 días agoUn testigo declaró que Adorni le pagó US$21000 por 18 meses de alquiler de una casa en Indio Cua
ECONOMIA2 días agoPreocupante encuesta para Milei: contundente porcentaje de argentinos que ve peor la economía



















