INTERNACIONAL
J. M. Coetzee y Mariana Dimópulos y el lujo de lo extranjero

Hay una pequeña asimetría en el corazón de Don de lenguas que el libro nunca llega a nombrar. J. M. Coetzee, que escribe en inglés, es también el hombre que, cuando quiso escribir una novela sobre un pianista polaco en Barcelona, dispuso que se preparara una traducción al español simultáneamente para que el libro pudiera existir primero en español, pudiera ser español primero, al menos durante un tiempo. La traductora que eligió fue Mariana Dimópulos, una novelista y filósofa argentina, ella misma escritora en una lengua que ha pasado gran parte de su carrera defendiendo frente a la presión de precisamente la lengua en la que escribe Coetzee. El libro que han creado juntos es un diálogo sobre el lenguaje, el estilo, la traducción, la gramática es el registro de una colaboración que es también, necesariamente, una negociación en terreno desigual. Escrito originalmente en inglés, Don de lenguas cuenta con una brillante traducción al español de Esther Cross.
Cada capítulo abarca un terreno familiar para cualquiera que haya dedicado tiempo a la obra de obra de Coetzee: su sensación de distanciamiento del inglés a pesar de ser su practicante, su larga disputa con los compromisos sociales que la cultura anglófona arrastra consigo, su interés por la sintaxis plana, la prosa despojada, en lo que él llama despojar a una lengua de sus “nutrientes”. Dimópulos aborda el mismo material desde un ángulo diferente. Ella escribe en español, lo que significa que habita una lengua con género gramatical, con modos de tratamiento formales e informales, aunque con una relación que podría llamarse similar con respecto a la idea de política del imperio. Su contribución al diálogo nunca es meramente ilustrativa. Se trata de preguntas acerca de qué es el lenguaje, qué es el estilo, qué se pierde y qué se puede ganar en la traducción, que temas no se resuelven. Plantearlas como una conversación entre dos escritores con lenguas maternas diferentes y posiciones distintas dentro del mundo literario significa que la resistencia a la resolución es la fortaleza del libro, ya que es difícil ponerse de acuerdo con demasiada facilidad cuando tu interlocutor escribe desde un universo gramatical diferente.
El libro comienza con una reflexión sobre la nostalgia lingüística. Coetzee recuerda el momento, unos años después de la emigración de su familia de Sudáfrica a Australia, en que sintió que ya no podía escribir en inglés sin sentir que el inglés era extranjero, extranjero para él, extranjero para el continente en el que había crecido. Había pasado décadas haciendo que su distanciamiento fuera productivo, lo había convertido en un estilo. Ahora, en su adultez, en un nuevo país, se encontraba al margen del margen. Esto es típicamente coetzeano: la posición siempre está un paso alejado de cualquier centro.
Dimópulos responde a esto con su propia versión de la historia. Para ella, la extrañeza no es una condición adquirida, sino el medio en sí mismo. Escribe en un español argentino ya matizado por la conciencia de que el español de España llegó en su día como instrumento colonial, de que el español de Buenos Aires está impregnado de la inmigración italiana, de sustratos indígenas, de una relación con la cultura europea que es a la vez íntima y antagónica. Cuando escribe, ya lo hace en una lengua que le pertenece, pero no del todo, que ha heredado a través de una historia de llegada y desplazamiento. No lo describe exactamente como una herida, pero tampoco lo idealiza.

Lo que interesa a ambos escritores no es la fenomenología del lenguaje desde dentro, sino la política del lenguaje desde fuera. ¿A quién pertenece un idioma? ¿Quién decide para qué sirve? ¿Qué significa escribir en el idioma de la administración colonial cuando no se forma parte de esa administración? Son preguntas con una larga historia, y Coetzee y Dimópulos lo saben. Lo que aportan es algo más específico: el testimonio de escritores que han tenido que tomar decisiones prácticas dentro de este panorama, aunque hay una diferencia clara y poco política que subyace todo el texto sin pararse con fuerza sobre él: a diferencia de Coetzee, Dimópulos debe adoptar un segundo idioma para la academia, uno que le permita subsistir en ese medio que admite poca -casi nula- variedad lingüística. No es una elección, es una imposición que aceptamos todos los que de una u otra manera intentamos mantenernos en una carrera internacional, en un sistema de congresos y becas. Los papers se publican en inglés. En esto, paradójicamente, Dimópulos también tiene una ventaja, es bilingüe. Y por eso este dialogo es mas aceitado.
Uno de los pasajes más instructivos del libro se refiere a la negativa de la industria editorial a considerar la traducción al español de Dimópulos de El polaco como el original. Coetzee quería que el español se considerara un original, no un texto derivado. Había escrito el inglés sabiendo que se convertiría en español, había intentado escribir un inglés que diera paso al español con elegancia, incluso con entusiasmo. La editorial no estaba de acuerdo. Hay razones legales y comerciales para ello, como siempre las hay, y la editorial no se equivocaba en sus propios términos. Pero el episodio es instructivo por lo que revela más que por lo que resuelve. La categoría de original resulta no ser meramente estética, sino institucional, protegida por contratos y la ley de derechos de autor, por la maquinaria a través de la cual se venden los libros y se conceden las licencias de derechos. El original es lo que la industria diga que es, que suele ser el idioma que domina el mayor mercado que en este caso coincide con el idioma en el que el libro fue escrito en primer lugar. En la práctica, esto significa el inglés. Y, en el caso de El polaco esto aplica además porque por más intencionalidad que haya tenido el autor de plantar una bandera política, un estandarte de protesta frente a la omnipresencia del inglés, escribió el libro en inglés originalmente. Coetzee llama a esto una derrota, y se nota la frustración. Es la frustración de alguien que entendió las reglas e intentó jugar con ellas, y descubrió que las reglas se aplicaban con más rigor de lo que esperaba. Lo que no llega a decir el libro es que su experimento con la simultaneidad fue posible, en primer lugar, porque es un premio Nobel que escribe en inglés. Una novelista peruana no podría conseguir que su español se considerara el original de una traducción al inglés. La asimetría es más profunda de lo que cualquier acto individual de buena fe puede alcanzar.
Y en un momento dado se refieren al estilo y, en mi opinión, esta parte del libro es de lo más interesante. Coetzee ya ha escrito antes sobre el estilo como algo ajeno: el escritor que se convierte en un extraño en su propio idioma, que rechaza la comodidad idiomática que ofrece la lengua materna, que escribe como si tradujera a palabras algún pensamiento previo, prelingüístico. Traza una línea a través de Kafka, de Beckett, del Flaubert, escritores que encontraron su voz al rechazar la música fácil de la fluidez de su lengua nativa. Hay algo seductor en esta genealogía. También hay algo que debería ponernos nerviosos. Y Dimópulos introduce ese nerviosismo. Señala que se trata de una idea muy particular del estilo, con antecedentes europeos y un carácter de clase específico. La escritora que puede permitirse despojar su prosa de la calidez idiomática, que puede producir lo que Coetzee llama un inglés sin cuerpo, debe haber interiorizado primero los modismos que rechaza. Hay que pertenecer al club antes de poder rechazar su apretón de manos. La extrañeza que se convierte en estilo solo está al alcance de quienes primero han sido de los nuestros, o que al menos han pasado por ser de los nuestros el tiempo suficiente para aprender las reglas que ahora están rompiendo.

Hay que reconocer que Coetzee no descarta esto. Reconoce la paradoja: hacer que el inglés resulte extraño requiere conocerlo muy bien. Su extrañeza es cultivada, elegida, alimentada por una educación en la lengua de la que se está distanciando. Esto difiere de la extrañeza de alguien para quien la lengua dominante siempre fue extranjera, para quien no existía una posición de insider que abandonar. Pero hay un pasaje en este capítulo al que volví varias veces, sin estar del todo segura de qué pensar al respecto. Coetzee propone que el ideal del estilo como extrañeza, o sea entre otras cosas la eliminación del color local, de los marcadores sociales, del tipo de prosa que planta su bandera, podría apuntar hacia lo que él llama un lenguaje de “literatura mundial” una especie lengua materna de nadie y, por lo tanto, propiedad cultural de nadie. Cita, con cautela pero con sinceridad, el ejemplo del esperanto, no como una propuesta seria, sino como una indicación de a qué podría aspirar un proyecto así.
Quiero detenerme aquí, porque creo que hay un juego de manos que el libro es demasiado educado para nombrar. El sueño de una lengua neutra, una lengua sin hogar, casi siempre se sueña desde una posición de comodidad en la lengua dominante. Las personas que ya escriben en inglés y a quienes ya se entiende en todas partes, se reseña y se traduce y se incluye en los planes de estudios son las que encuentran más atractivo proponer que el inglés pueda trascenderse a sí mismo, convertirse en propiedad de nadie, convertirse en aire. Sin embargo para quienes escribimos en español, árabe o swahili, la perspectiva de una “lengua mundial” no parece una liberación. Parece lo que ya ha ocurrido. De hecho, los hispanohablantes de Latinoamérica tenemos además un plus que viene dado de que leemos libros extranjeros publicados por las grandes corporaciones editoriales que traducen en Barcelona o Madrid para toda la biodiversidad de hablantes de los españoles que practicamos en las Américas. Por otro lado, no puedo dejar de preguntarme todo el tiempo mientras leo este por demás complejo e interesante libro, ¿el color de una lengua no es también el color de su cultura? ¿Una lengua no expresa la diversidad del pueblo que la habla? ¿Unificar la comunicación en una lengua no sería borrar la diferencia?
Cuando abordan el tema de la traducción, Dimópulos se expresa con mayor plenitud en su propia voz. Ha dedicado años a la traducción, primero como lectora y luego como profesional, y su comprensión de lo que exige este trabajo tiene una textura diferente a la de Coetzee. Mientras que a él le interesa la traducción como problema filosófico: el problema de la equivalencia, de lo que se puede y no se puede trasladar, a ella le interesa la traducción como trabajo, como atención sostenida con su propia ética y su propia fenomenología. Uno de los ejemplos más reveladores del libro tiene que ver con la traductora vietnamita que trabaja en una novela de Coetzee y debe decidir si el hermano de un personaje es mayor o menor. En vietnamita la distinción es gramaticalmente obligatoria: el idioma no permite dejarla sin especificar. El inglés de Coetzee la deja sin especificar, deliberadamente; quería que el personaje permaneciera ligeramente indeterminado. La traductora se encuentra ahora en una situación en la que debe añadir información que el original omite. Debe escribir algo que su autor nunca escribió y que no puede respaldar, no porque quiera, sino porque su lengua lo exige. Coetzee interpreta esto como una restricción impuesta por la gramática vietnamita, una especie de intromisión. Dimópulos lo interpreta de otra manera, y tiene razón. Lo que revela el caso vietnamita es que el inglés tampoco es neutral. Su negativa a especificar la edad relativa es en sí misma una característica gramatical, una limitación o una libertad, dependiendo de cómo se mire. La simplicidad que Coetzee valora en su estilo es en parte una función de lo que el inglés no te obliga a decir. Otros idiomas exigen otras cosas. Nada de esto es sencillo. Y ninguno debiera ir en detrimento del otro a niveles de exacta reciprocidad. Pienso mientras leo esto en otro tipo de traducciones que se hacen cuando a una autora latinoamericana que escribe en español y se publica en España se le pide que borre los marcadores vernáculos, escriba en un español mas “neutro” o peor, de manera casi insultante porque es la misma lengua (¿), que diseñe un glosario de localismos. Y no hablo precisamente de textos marcados con jerga local exacerbada; hablo de cambiar “soga de colgar la ropa” por “tendedero”.

Uno de los puntos neurálgicos del libro es la cuestión de género. El español es una lengua con género; el inglés, en gran medida, no lo es. A Coetzee le atrae lo que él ve como la simplicidad de la ausencia de género del inglés, su rechazo a animar el mundo entre masculino y femenino. Dimópulos aborda esto con más ambivalencia. Las disputas sobre el lenguaje inclusivo en español -el uso de la terminación en “e”, la arroba, la multiplicación de formas más o menos aceptadas- son disputas sobre quién llega a ser visible, sobre cuya existencia queda marcada en la forma predeterminada de un sustantivo o adjetivo. Despojarse del género en el lenguaje no es un acto neutral. Puede ser tanto un silenciamiento como una liberación, y Dimópulos, que ha visto cómo se desarrollaban estas discusiones en la cultura literaria de Buenos Aires con una intensidad que los críticos anglófonos rara vez registran, lo sabe de primera mano.
El capítulo final, “Palabras”, es el más personal y, en mi opinión, el menos cerrado en el mejor de los sentidos. Ambos autores hablan de la experiencia de buscar una palabra concreta, la mot juste que está casi en la punta de la lengua pero que no se encuentra, y de lo que esta experiencia sugiere sobre la relación entre el pensamiento y el lenguaje. ¿Es la palabra que falta evidencia de una laguna en el vocabulario, un lugar donde el lenguaje aún no ha madurado? ¿O es la búsqueda en sí misma la que revela algo: ¿que el pensamiento precede al lenguaje, que el lenguaje siempre llega demasiado tarde para captar lo que la mente está buscando?
Esta es una pregunta muy antigua, y el libro no la resuelve. Lo que hace es ofrecerte dos sensibilidades diferentes que la abordan en tiempo real, sin saber de antemano dónde acabarán, y eso resulta ser más interesante que cualquier resolución.
La pregunta que le hace a Dimópulos es si esa experiencia es prueba de una laguna real en el lenguaje o si es prueba de algo anterior: un pensamiento o una sensación que precede al lenguaje y que ninguna palabra podría albergar del todo. Dimópulos responde con una anécdota. Un ex estudiante de filosofía vive en las calles de Berlín. Lo han visto en la estación de Jannowitzbrücke, sentado con las piernas cruzadas en ropa sucia sobre el andén frío, inclinado sobre un ejemplar del Duden, el diccionario oficial del alemán, leyendo página por página en busca de las palabras correctas. Estudió filosofía en la universidad, explica cuando le preguntan, y no puede continuar con su pensamiento hasta que haya encontrado el lenguaje adecuado. Lleva años en eso. Dimópulos lee esta figura como algo a la vez cómico, trágico, y no del todo equivocado. Le recuerda una nota adhesiva que pegó en la pared de su apartamento en la juventud: Traigan categorías nuevas, por favor. Nunca supo quién se suponía que debía traerlas. Con los años, la frase cambió en su memoria: Hay que salir a buscar palabras. Nadie más las traerá.
La conversación entre el tesauro de Coetzee y el lector del Duden de Dimópulos es el pasaje más hondo del libro. Ambas imágenes giran alrededor del mismo problema desde direcciones opuestas: que la palabra adecuada puede existir, pero no puede institucionalizarse, que lo que ofrece el diccionario es un mapa del universo tal como ha sido recortado hasta ahora y no tal como es. El mapa siempre va detrás del territorio.

El libro termina con una reflexión sobre la Torre de Babel y sobre las matemáticas como el único lenguaje plenamente traducible. Las matemáticas no pertenecen a ningún país ni cultura; una demostración en chino es la misma demostración en portugués. El sueño de un lenguaje universal encuentra su única encarnación real en los números, en las estructuras abstractas que carecen de idioma, de acento, de hogar. Esto no es consolador. Sugiere que lo que hay de universal en el pensamiento humano es precisamente lo que hay de menos humano en él: lo formal, lo impersonal, lo despojado de todo. Un lenguaje que signifique lo mismo en todas partes resulta no significar nada que le importe a la literatura.
Una cosa más, y quizá sea lo más extraño de Don de lenguas. El libro fue escrito en 2024. En la introducción, ambos autores reconocen el auge de los grandes modelos lingüísticos y la traducción automática como un avance de máxima importancia para todo lo que están a punto de discutir y luego lo dejan totalmente de lado. La decisión es comprensible; la IA es un tema que puede devorar cualquier conversación en la que se introduzca, y estos escritores tenían otras cosas de las que querían hablar. Pero no se puede evitar darse cuenta de lo que eso significa. El libro es un diálogo sobre lo que hace humano al lenguaje: lo ajeno, el esfuerzo, la brecha entre el pensamiento y la palabra, la forma en que cada acto de escribir es un acto de negociación con la historia. En segundo plano, mientras estos dos escritores abordan todo eso, las máquinas están aprendiendo a hacerlo más rápido, a gran escala y por menos dinero. El libro no aborda esto. Quizá no pudiera. Quizá saber qué decir al respecto lleve más tiempo del que cualquiera de nosotros ha tenido.
Don de lenguas no resuelve los problemas que plantea. No pretende hacerlo. Lo que ofrece, en cambio, es un modelo de cómo mantenerlos: dos escritores desde posiciones diferentes en el orden lingüístico, con relaciones distintas con el imperio, la traducción y la gramática, reflexionando juntos sobre lo que cuesta el lenguaje y para qué sirve. El hecho de que el libro esté escrito en inglés -precisamente el idioma que ambos escritores contemplan con una ambivalencia tan complicada- es la ironía que alberga en su interior, y que sabe que alberga, y que no ha resuelto. Eso es, al fin y al cabo, lo más honesto del libro: la negativa a fingir que la ironía se disipa, ni siquiera aquí, ni siquiera entre dos personas que la han analizado con más detenimiento, claridad intelectual y pasión que la mayoría.
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Israel deportó a los dos activistas de la flotilla Global Sumud que quedaban detenidos

Israel deportó este domingo a dos activistas extranjeros, un español y un brasileño, detenidos cuando intentaban llegar a la Franja de Gaza con la flotilla humanitaria Global Sumud.
El brasileño Thiago Ávila y Saif Abu Keshek, de origen palestino y nacionalidad española, se encontraban entre los decenas de activistas a bordo de una flotilla interceptada por el ejército israelí el 30 de abril en aguas internacionales, frente a las costas de Grecia.
Ambos fueron detenidos por las fuerzas israelíes y trasladados a Israel para ser interrogados, mientras que el resto fueron llevados a la isla griega de Creta y puestos en libertad.
La esposa de Ávila confirmó a la agencia AFP que el activista está en El Cairo y declaró en un breve mensaje que «están muy aliviados» y «ansiosos» de verlo nuevamente, y que cree que volverá a Brasil el lunes.
El ministro de Asuntos Exteriores español, José Manuel Albares indicó en X que Abu Keshek vuela hacia su país y «se reunirá con su familia y seres queridos en las próximas horas». Se espera su llegada a Barcelona durante el día.
El activista español publicó declaraciones en Atenas en la que pidió seguir la movilización y no olvidar a los prisioneros palestinos.
«Dejo atrás mío miles de prisioneros palestinos, niños, mujeres y hombres, estoy seguro que el tratamiento al que fui sometido no es nada en comparación con el sufrimiento que padecen», afirmó en redes sociales.
Más temprano, el Ministerio de Exteriores de Israel declaró en X que una vez concluida la investigación, los dos activistas fueron deportados de Israel.
La Cancillería no mencionó las acusaciones de «pertenencia a una organización terrorista», que llevaron a los dos hombres a pasar más de una semana en prisión.
La flotilla, que inicialmente estaba formada por unas cincuenta embarcaciones, había zarpado de Francia, España e Italia con el objetivo de romper el bloqueo israelí de Gaza y entregar ayuda humanitaria al territorio palestino devastado por la guerra.
Su detención a cientos de kilómetros de las costas israelíes fue declarada «ilegal» y «fuera de toda jurisdicción» por el gobierno español. La ONU exigió su «liberación inmediata».
Israel no «permitirá ninguna violación» del bloqueo marítimo de Gaza, reiteró el ministerio en su mensaje.
España, Brasil y Naciones Unidas habían solicitado la rápida liberación de los detenidos y el miércoles, un tribunal israelí rechazó un recurso contra su detención.
«Desde su secuestro en aguas internacionales hasta su detención ilegal en completo aislamiento y los malos tratos a los que fueron sometidos, las acciones de las autoridades israelíes fueron un ataque punitivo contra una misión puramente civil«, declaró tras su liberación Adalah, la oenegé israelí que les representó legalmente.
«El uso de la detención y el interrogatorio contra activistas y defensores de los derechos humanos es un intento inaceptable de suprimir la solidaridad global con los palestinos en Gaza«, añadió.
Durante su encarcelación en la ciudad costera de Ascalón, en el sur de Israel, Adalah denunció «malos tratos» y «abusos psicológicos» así como interrogatorios de ocho horas, una iluminación potente en la celda 24 horas del día, aislamiento total y desplazamientos sistemáticos con los ojos vendados, incluso durante las visitas médicas.
Las autoridades israelíes rechazaron estas acusaciones.
Según la diplomacia española, Israel no les proporcionó «ninguna prueba» del presunto vínculo de Saif Abu Keshek con Hamás, el movimiento islamista palestino que gobierna en Gaza.
El primer viaje de la llamada Flotilla Global Sumud el año pasado también fue interceptado por las fuerzas israelíes frente a las costas de Egipto y Gaza.
Israel controla todos los puntos de entrada a Gaza, que permanece bajo bloqueo israelí desde 2007.
Durante la guerra de Gaza, que comenzó en octubre de 2023, se agravó la escasez de suministros en el territorio, e Israel llegó en algunos momentos a cortar por completo la ayuda humanitaria.
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448 días en el infierno: el gendarme Nahuel Gallo contó lo que vivió en la cárcel venezolana El Rodeo

Sufrió golpizas, interrogatorios con tratos crueles y amenazas. Supo también allí lo que significa la tortura psicológica de permanecer totalmente incomunicado durante más de un año -448 días, para ser exactos-. Y por si fuera poco, debió también aprender a sobrellevar la impotencia que genera ver el sadismo y la crueldad perpetradas sobre otros, sus compañeros de una reclusión injusta. “El régimen sigue estando ahí, siguen torturando, siguen haciendo lo que hacen”, dice, con la convicción del que sabe que debe alzar su voz por otros.
Esto es apenas una parte de la historia de Nahuel Gallo, el gendarme argentino que fue detenido ilegalmente por el régimen de Nicolás Maduro en Venezuela, cuando viajaba, según su relato, a visitar a su mujer e hijo. “Te vas a Disney”, le dijeron en los primeros días, cuando lo iban a trasladar al Rodeo I, la cárcel en la que iba a convivir durante su extensa detención junto a otros presos extranjeros.
Nada ni nadie podrá devolverle a Nahuel el tiempo perdido. Esa quizás sea la herida más profunda. Víctor, el pequeño, tiene ahora tres años, por lo que pasó dos de sus tres cumpleaños sin su papá. Ahora, de vuelta en la Argentina, se emociona al ver una foto tomada por el periodista Gabriel Bastidas, en la que el niño exhibe un cartel con su nombre y su rostro, pidiendo por su libertad. Víctor creció de golpe y Nahuel lo sabe. Pero, a pesar de las heridas, decide seguir y pedir, con firmeza, por la liberación de sus compañeros del Rodeo y de todos los presos políticos. “No se olviden de Venezuela”, pide, y hace de su historia una bandera de lucha.
En esta charla exclusiva con TN Internacional, la primera conversación en la que habla en profundidad sobre lo que vivió en Venezuela, Nahuel Gallo cuenta en detalle lo que pasó cuando fue detenido en la frontera colombo-venezolana y lo que sucedió después cuando, luego de días de incertidumbre, fue enviado a la cárcel del Rodeo I. “Te vas a Disney”, fue la frase que signó su destino con un trauma imborrable. Ese fue el principio de un infierno que cuenta en detalle en esta entrevista.
Nahuel Gallo contó por primera vez detalles sobre sus 448 días de cautiverio. (Segunda y última parte de la entrevista / Foto: Nicolás González TN)
Nahuel, arranquemos por el principio: el 8 de diciembre de 2024, quedás detenido en la frontera colombo-venezolana. ¿Por qué habías viajado a Venezuela?
Mi viaje empezó el 6 de diciembre cuando salí de mi casa, de Argentina, a Chile para tomar el avión hacia Bogotá, y de Bogotá a Cúcuta, para ingresar por vía terrestre de Cúcuta a Venezuela.
El único pedacito que viajaba por tierra era de Cúcuta a Venezuela, porque en esa fecha había mucha demanda y no teníamos directo. El 8 de diciembre a las siete de la mañana tenía que estar en la frontera, pero como hay una hora de diferencia de Colombia a Venezuela, tuvimos que esperar una hora y media hasta que venga la gente de Migraciones de Venezuela. Cuando me voy a Migraciones, que es casi a las ocho de la mañana, Migraciones me dice: “no, primero te tienen que tomar una entrevista y ver los papeles que tenés para que yo te pueda sellar el pasaporte”, así que tuve que esperar, estaba hablando con la gente, eran policías aduaneros, que, es más, creo que hay una foto circulando que yo estaba hablando con ellos, esperando que venga la gente a entrevistarme.
Cuando vino la gente a entrevistarme, yo no sabía quiénes eran, la verdad, no sabía si era DGCIM, la policía, en ese momento no sabía nadie.
No entendías la diferencia entre una fuerza y la otra.
Exactamente, porque ellos cuando vinieron estaban de civil, no tenían armas, no tenían una placa identificadora. Pensé que era normal, rutina, de que te pidan los papeles o que te hagan preguntas relacionadas con para qué ingresas al país.
En el momento que ingresé a la oficina en la que me hicieron las preguntas, yo solamente llevaba mi billetera, mi reloj y el sobrecito de todos los papeles que María, con antelación, había mandado a Colombia y el chofer me lo había dado, que era el taxista que habíamos contratado para que me lleve hasta la frontera. Cuando saqué los papeles, yo le presento la carta de invitación, el certificado domicilio donde iba a estar, los boletos de ida y vuelta, que yo me quedaba hasta el 28 de diciembre. Y bueno, obvio el pasaporte, le mostré que tenía efectivo en dólares, pero eso fue algo a lo que no le dio mucha importancia. Lo que le importaba era ver mi celular.
Policía Nacional Bolivariana. Ellos son los primeros efectivos que te reciben antes de que llegue el personal, que ahora sabemos que era de la Dirección de Contrainteligencia Militar. Cuando llega DGCIM, te piden tu teléfono y ¿qué pasa ahí?
“¿Qué querés ver?”, le digo yo. “Quiero ver si tenés fotos con armas”. Lo bueno es que yo no tenía fotos uniformado, yo no soy de sacarme muchas fotos uniformado o con las armas, nada. Entonces, me quedé tranquilo, la única foto que tenía era del bebé, de las carreras, paisajes.
Le di mi celular, lo dejé ahí, se puso a ver las fotos y automáticamente salió y se puso a entrar al WhatsApp. Yo le pregunté: ¿Qué hacés?
“No, no, quiero ver si hablas mal de mi presidente”, puso “Chávez” primero, me acuerdo que puso Chávez en el buscador, no salió nada. Puso Maduro, y bueno, ahí yo tenía una conversación vieja con mi mujer de que lo estaban buscando por 50 millones de dólares a Maduro, pero una conversación tranqui. Pero bueno, eso fue el detonante para ellos, que no le gustó, se puso malo.
“Vos hablás mal de mi presidente, que quién sos, que quién sos.
¿Por qué hablas esto?” Yo le dije: “pero es una conversación vieja, fíjate que nada que ver”.
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Una conversación privada con tu mujer, que es venezolana, como tantos venezolanos conversan sobre la realidad de Venezuela.
Es más, yo cuando salí afuera, estaban los policías esos, que están ahí, y me dicen: “¿Qué pasó? – No, nada, había una conversación que tenía con mi mujer de que estábamos hablando mal de Maduro – “Ah, todo el mundo habla mal de Maduro”, me lo dijo él, pero bueno. “No sé”, le dije yo. “Quedate tranquilo, ya te vas”, me decía el de la policía migratorio. Y a su vez estaba el chofer, al chofer le comenté, “decile a María, mandale mensaje, decile que me están entrevistando y me van a llevar a otra entrevista, que no sé qué va a pasar”.
Bueno, al taxista en ese momento le dije que se comunique con María. Cuando él me pasa el celular, le dije, “bueno María, quedate tranquila, que vieron…” – le explico – “vieron los mensajes y bueno, se puso furioso y bueno”. Yo le volví a preguntar al de DGCIM, hasta cuándo, a qué hora íbamos a terminar, porque tengo un vuelo acá en San Antonio y me tengo que ir para Caracas.
“Quedate tranquilo, quedate tranquilo, que ya viene mi jefe y él te va a entrevistar”.
Cuando viene el jefe, ya ahí empezaron a revisar mis cosas, me empezaron a preguntar, me preguntaban dónde trabajaba. Yo nunca dije que era gendarme, de entrada yo dije que era aduanero, que trabajaba en la aduana dando seguridad, pero nunca dije que era gendarme.
Me revisan la valija a ver si traía algo, tenía una camiseta de Argentina. Cuando la sacan, la empiezan a pisar. Yo sé que ellos querían ver cómo actuaba en ese momento. Claro que le dije, o sea, “¿para qué hacen eso?” O sea, empezamos a discutir, empezamos a levantar el tono, yo levanté el tono también.
Bueno, volvieron a tocar mi celular, a preguntarme: “¿Por qué hablás mal de mi presidente?, que Maduro es bueno. Mirá, nosotros estamos re bien” – se tocaban la panza los dos. Me iban a esposar, no encontraban esposas, entonces me dijeron que me arrodille. Yo dije, “no me voy a arrodillar, ¿por qué si no tengo nada?” Entonces yo no me arrodillé y fue peor: me empujaron, me volvieron a empujar. En ese momento, que pasó todo lo que pasó, que estuvieron bastantes horas, me trasladan.

Imagen de la conferencia de prensa que brindó el pasado 4 de marzo en Argentina tras su liberación. (Foto: Pedro Lázaro Fernández/Reuters)
¿Te habían golpeado?
Sí, me habían golpeado ahí, estaban malos porque yo había hablado mal de Maduro. Yo me rehusaba al contacto físico con ellos. Entonces, como vieron eso, me sacaron de ahí y me llevaron a una sección, donde vi más gente dell DGCIM. Y ahí, bueno, como que llamaban, decían “quién es, quién es, quién es, de dónde viene, para qué viene”. Y bueno, ahí sí me esposaron y me hicieron arrodillar. Ahí es donde me taparon la cabeza por primera vez, que yo decía, “¿por qué me tapan la cabeza?”. Y me decían que era por no decir la verdad, “pero ¿qué verdad? Si es una conversación vieja, fíjate, si estoy hablando con una mujer, no estoy hablando con otra persona, no sé a qué querés llegar”.
Me revisó todo el celular, y ahí es donde vio una foto donde se ve que yo era gendarme. En el momento en que vio que era gendarme, empezó a buscar por internet qué es ser un gendarme en Argentina.
Entonces, ¿para qué?. Ya me trataban de diferente, ya me esposaban los pies, me esposaron las manos. Porque, claro, creían que era, no sé, como yo les decía, que pensaban que yo era un ranger de Estados Unidos. Entonces, al ver esos mensajes, más viendo que soy una persona de la Fuerza, y ahí también se enojaron porque ellos decían que yo les había mentido, que no soy un aduanero, que soy una personal de la Fuerza.
Bueno, ahí, como estaba encapuchado, eran golpes a la cara, yo no sabía quién me golpeaba, o empujones, o como estaba esposado en las piernas, me tiraban al piso y yo me volvía a levantar y se enojaban, porque me volvía a levantar.
“¿Por qué te levantás de nuevo? ¿por qué te levantás? Te dije que te quedes en el piso”. Entonces, yo no me doblegaba y eso les molestaba a ellos, porque yo le contestaba, ¿cómo le puedo decir?. Contestaba directo, fuerte, levantaba mi voz. Hay una parte que me decían, “no hables fuerte, porque no hace falta, estamos acá y te escuchamos bárbaro”.
Entonces, yo le decía, “¿con qué saña hacen esto? O sea, ¿cuál es la necesidad de hacer esto? ¿A qué punto llega un mensaje de texto que no entiendo? No entiendo” – Y me decía: “No, es porque hablaste mal de mi presidente. Acá en Venezuela nadie habla mal de mi presidente, porque si no la pasa mal”. Nahuel Gallo contó que fue torturado. (Foto: Nicolás González TN)
En algún momento, vos supiste que no ibas a salir pronto, que ibas a quedar detenido y que te ibas a Caracas
Yo, en San Antonio, estuve domingo, lunes y martes. El martes a las cinco de la mañana me trasladaron hasta Caracas. Y me llevaron a Caracas. Ese domingo estaba tan nervioso, yo no comí, yo no me bañé, yo preguntaba: “¿Mi llamada?, me corresponde una llamada, necesito llamar a mi mujer que está en Caracas esperándome. Necesito saber, más allá de que yo sé que no tengo embajador, pero necesito saber si puedo llamar a alguien diplomáticamente” – Me dijeron, “esto no es una detención, esto es una investigación”.
Quiero saltar un poco algunas partes para irme ya directo a cuando te trasladan al Rodeo I, que es donde estuviste detenido. En un momento te dicen una frase, ¿te vas a…?
Te vas a Disney. Yo estaba en DGCIM, en ese momento era el único extranjero. Los venezolanos que estaban ahí también ya demorados, detenidos, porque ellos decían que estaban demorados nomás, yo les preguntaba si había otro extranjero y todos me decían, “no, tranquilo, el extranjero acá dura 10 días, 5 días, 15 días máximo y se va”. Ya había pasado una semana, me había agarrado ataque de ansiedad, tenía que estar sentado sin parar, me tenían una luz led todo el tiempo, dormía en el piso, no me bañaba, no comía por la ansiedad. Cuando me trasladan yo veo que empiezan a ponerse todos chalecos, toda la cara tapada, arma, escopeta.
¿Te cubrieron la cabeza?
Eso fue cuando bajé del ascensor. En ese momento, también fue que me esposaron. Venía otro y decía, “no, no, al argentino no lo esposen”. Me volvieron a esposar y yo decía, “no me voy, no me voy”. Yo estaba ahí en la duda, si me iba o no me iba, qué hacían conmigo. Me decían: “Tú no estás detenido, nosotros te despojamos por tu prevención y por nuestra prevención”.
—Pero, ¿y todos los golpes que recibí?
—No, no, eso es, eso es una parte de la entrevista —me dijeron.
Nahuel, ¿los golpes eran en la cabeza, en el abdomen?
En el abdomen, en la cabeza, cachetadas, puñetazos. En ese momento, me levantaron de nuevo y me trasladaron a la combi en el que íbamos a ir a SESMA . En ese traslado también pasaron bastantes cosas. Es un viaje que creo que fue de 40 minutos, pero se hizo relargo para mí, porque una vez que subí a la combi, estaba abierta la puerta, me habían puesto, en ese momento llaman, habrá sido cinco minutos que salimos del DGCIM, le llaman al que estaba a cargo, le dicen si el gendarme, los contactos telefónicos que tenía, porque tienen contactos de tribunales, de fiscalía, de juzgado y bueno, a mí me dicen “¿dónde está el gendarme?, ¿dónde está el argentino?”.
Me ponen la escopeta en la cabeza y me dicen: “Decí la verdad sobre lo que te voy a preguntar, si no lo vas a pasar mal”, y me dice, “¿por qué tenés número de tribunales?”, le digo: “No, yo trabajo en una frontera. Trabajé muchos años en Buenos Aires, siempre estuve en la parte judicial de procedimientos”.
“No, no, vos trabajas en tribunales, decí la verdad”, le dice la otra persona que estaba en llamado, que se escuchaba que estaba en altavoz y bueno, ahí, como yo estaba tapado, me ponen la picana en la oreja diciéndome, “Decí la verdad porque lo vas a pasar mal”.
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O sea, también hay interrogatorios con descargas eléctricas.
No me la dieron, pero me pusieron la oreja como diciendo: “Si vos no contestás, la vas a pasar mal”.
Y sabes de compañeros tuyos que hayan recibido descargas eléctricas.
Sí, sí.
Es un método…
Es un método para sacar preguntas, respuestas, de lo que quieran saber.
Llevame un poco al Rodeo.
Yo llegué al Rodeo a la noche-madrugada. Aclaro que no sabía que iba a llegar a un penal. Paso por un sector de pruebas, vamos a decirle, porque ahí te hacen saltar, te hacen caminar, te ve un médico, me ponen el uniforme y dices, bueno, a partir de ahora este es tu uniforme, que es el celeste. La única imagen que transmitió el gobierno venezolano sobre Nahuel Gallo desde su detención en diciembre de 2024 (Foto: Reuters)
¿El celeste?
Sí, ese celeste.
El uniforme se convirtió también en un símbolo de tu secuestro en Venezuela, por las imágenes que dieron a conocer, pero después Camilo Castro, otro de los presos políticos que estuvo en El Rodeo I, el francés, dijo, “nosotros no teníamos acceso inicialmente a ese patio grande”.
No, ese patio grande fue el 2 de enero del 2025. No sabía lo que era salir a caminar.
No tenías acceso a nada.
Todo el tiempo estuve encerrado. Nosotros, los de celeste, no teníamos acceso al patio. Entonces decíamos, “bueno, a mí me mandan al patio, ¿por qué? ¿qué pasó?”. Entonces me va a buscar el subdirector, me saca para el costado y me dice, “bueno, caminá de allá para acá”. Me hace caminar solo. Al rato vienen dos más, que son los que estaban enfrente, son dos venezolanos y me pongo a caminar con ellos. Me dijeron: “bueno, caminen juntos ahí y vayan y vengan”. Y uno me dice, “Te están grabando, fíjate”. Miro y veo que me están grabando. Y le pregunté:
—¿Por qué me graban?
—Quedate tranquilo, que esto es algo bueno, quedate tranquilo —me dicen.
Hay muchas denuncias que se han hecho, incluso en instancias internacionales, sobre lo que se vive en los centros de detención de Venezuela. Dentro de lo que puedas contarnos, ¿qué es lo peor que viste y viviste en El Rodeo?
En El Rodeo tenés la “Cámara del Tiempo”, que es un cuarto donde no tenés nada, no tenés litera, no tenés nada, nada, nada. O sea, tenés las rejas y la habitación, que es de tres por dos. Te ponen ahí desnudo, estás esposado y te tiran gas pimienta. Después tenés el cuarto piso, que seguro lo habrán escuchado.
¿Es una celda de castigo?
Una celda de castigo. Te sacan todo, te dejan desnudo, desnudo, desnudo. Para ir al baño tenés un huequito así redondito, nada más. No hay ducha, no hay agua, no hay nada. Se come supuestamente una sola vez al día y nada más. Lo sé porque mi compañero peruano, que estuvo conmigo en mi celda, por solamente preguntar cuándo terminan estos secuestros, lo agarraron, le tiraron gas pimienta y lo llevaron a ese lugar.
¿Qué es lo peor que vos pasaste?
Para mí lo peor es diciembre, por no saber qué va a pasar conmigo, no saber de María, de mi bebé. También los golpes que te pegan por ser gendarme o por ser argentino. Tenía ataques de ansiedad, por no saber qué iba a pasar, por qué me pasa esto. Igual que cuando se enteraron de que era gendarme. Yo, cuando se enteraron que era gendarme dije: “Bueno, si ellos creen que yo soy, como decían, el más arrecho, me tengo que aguantar, tengo que aguantar, tengo que aguantar, tengo que aguantar”.
A veces digo que estar 24/7 en la celda, uno ha pensado muchas cosas, y siempre me preguntan, “¿te quisiste sacar la vida?“. Y lo he pensado. Pero decía, “no, Víctor me está esperando, algún día va a terminar esto. Así que solamente lo pensé”.
En un momento les sacaron la sábana a ustedes.
Eso fue en diciembre. A nosotros nos sacaron la sábana, teníamos sábana cuando llegué, el 14 de diciembre.
Nos sacaron la sábana el 24, 23, no me acuerdo, porque otros presos extranjeros se habían intentado sacar la vida, entonces nos sacaron la sábana de ese día hasta el día que me fui.
Nahuel, vos contás con mucho dolor las secuencias que incluso vivieron compañeros y entiendo algunos amigos tuyos. ¿Es también una tortura tener que presenciar o saber que eso se lo están haciendo a otro mientras vos estás en tu celda tratando de pensar en otra cosa?
Exactamente. O sea, es lo feo que no puedas hacer nada porque estás encerrado y vos sabés que está mal. Entonces, sí, psicológicamente te hace mal, te tortura, porque decís, yo sé que está mal, ¿qué puedo hacer? ¿Patear la puerta?
Mientras vos estabas secuestrado allá, acá en la Argentina pasaban un montón de cosas. Tu familia se movilizaba, María, Víctor se movilizaba. Tu mamá, tus hermanos. Muchísima gente pedía por vos, gente que ni siquiera te conocía, pero que se conmovió con la historia. Y yo rescato una imagen que a mí particularmente me emocionó mucho y creo que a vos también, que es la de Víctor agachadito mostrando un cartel con tu foto y tu nombre.
Sí, esa foto la amé. Sí, la amé, fue la primera foto que publiqué en mi Instagram. Esa mirada de mi bebé. Volverlo a ver, después de perder dos cumpleaños, de no saber si ya hablaba, si ya tenía todos los dientes. Era la duda de todos los días: qué estaba haciendo Víctor. Víctor pasó dos cumpleaños sin su papá. (Foto: X/@gg_alexand95764)
Entiendo que en uno de los dos cumpleaños de Víctor tus compañeros cantaron el cumpleaños feliz, ¿no? Ellos mismos recordaron.
Eso fue en enero. Sí, en enero del año pasado. Uno me dijo que Iván fue el que contó que era el cumpleaños de mi hijo, porque yo no lo conté a nadie. Entonces, sí, cantaron el cumpleaños a la noche cuando se hacía la oración, o hacían una breve misa. Entonces, antes de empezar, dijeron, bueno, “vamos a cantar el cumpleaños a Víctor, que es el hijo de Nahuel”.
Bueno, claramente que agradecí, di gracias a todos, porque eran sus dos añitos, Esperaba salir pronto para poder festejar el próximo cumpleaños, pero bueno, también estuve encerrado.
Dos de tres cumpleaños te perdiste.
Exactamente.
Te quitaron, vamos a decirlo correctamente, dos de tres cumpleaños. ¿Tenías miedo de que te olvidara? Porque vos no tenías ni derecho a una llamada.
Exactamente. Yo tenía miedo, cuando bajé del avión, de que Víctor no me reconociera. Tenía miedo de que diga, como todo bebé, que quiere ir con la mamá y vino un extraño a querer abrazarlo.
Y gracias a Dios, el bebé nunca se despegó. Desde que bajé del avión hasta que subí a la camioneta, estuvo en mis brazos. La primera vez que yo llamé, le dije a María “¿y Víctor?, quiero escuchar la voz, quiero escuchar qué habla, si dice algo, papá, mamá, lo que sea”.
Cuando lo vi, obvio, lo abracé, lo besé, no sabía qué hacer con el gordo.
Volviste en un avión de la Asociación del Fútbol Argentino, de la AFA. ¿Entendiste cómo fue la trama? Obviamente, ahora la comprendes, pero en su momento, ¿te explicaron algo?
Los dos pilotos se portaron re bien.
Cuando el director del penal me fue a buscar a la celda, me dijo, “cámbiate que te vas, pero no sé a dónde”. Y dije: “bueno, o es un traslado o es algo que no sabemos”.
Me sacan al mediodía, me dicen: “Tenés que bañarte, acá no hay baño y te vamos a llevar a un lugar”. Me ponen la remera roja y yo le digo: “No quiero esa remera roja”. Yo tenía una verde. Me dicen: “Esa es la que tenés que ponerte. Si no, no vas a salir”. Previo a eso me dijeron “viene tu embajada”. Y yo digo: “Pero si no hay embajada acá”. Entonces, cuando me dijeron eso, yo digo: “Bueno, será otra embajada. Será la embajada de Estados Unidos, porque pensaba: “Estados Unidos con la Argentina se llevan bien”. Nunca me imaginé que era lo que era.
Me cambio y me pongo esa ropa. Porque les decía: “¿por qué roja?”. Y ese rojo es lo que todos ya sabemos. Nahuel Gallo, en la cabina del avión que lo trajo de nuevo a la Argentina. (Foto: X).
El color del chavismo.
Sí, del chavismo claramente.
Veo que dos camionetas grandes y polarizadas se acercan, baja una gente y al rato me van a buscar. Me dicen que trajera mis cosas. Le dije: “¿Qué cosas si no tengo nada? ¡Me robaron todo!” “No, quedate callado, no digas nada”. Yo ya estaba a la defensiva. Todo lo que me decían lo contestaba.
Yo entro a una habitación, había dos personas de traje y el director de la Federación Venezolana de Fútbol. Él me pasa la mano y me hace adelantarme. Y ahí veo que los otros dos tenían las chapitas de la AFA en el traje.
Entonces, entro yo a la habitación, estaban dos hombrees de traje, el presidente de la Asociación de Fútbol de Venezuela, y él es el que me pasa la mano y me hace un gesto como para que me adelante. Cuando yo veo a los dos del lado derecho que eran los de la AFA, yo lo identifico porque tenían la chapita de la AFA y la escarapela Argentina.
Dije, “No, chau, me voy. Acá sí me voy”. Y nada, claro, lo hablo, lo saludo a ellos, me dicen, “Yo soy Lucho”, “Yo soy Fer”.
Y empecé a hablar y, bueno, nada, estaba nervioso. Uno de ellos me dice, “sentate”, porque se dio cuenta de que yo estaba renervioso. Y ahí subí a la camioneta, me fui al aeropuerto, donde que estaba esperando el avión.
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Hay algo en tu historia que quizás muchos no saben, pero la lógica de la administración de los presos políticos, de los secuestrados en Venezuela, tiene que ver con las lógicas de las tribus de poder dentro del régimen. Los presos políticos son de una u otra facción o de uno u otro personaje del régimen.
A vos te decían que vos eras el preso de alguien.
Sí, yo era preso supuestamente de Diosdado Cabello. Yo creía que era por el problema político que había entre la ministra de Seguridad y el presidente hacia el régimen venezolano. Entonces yo era un preso político de Diosdado Cabello.
Es más, lo hizo saber porque a nosotros nos ponían en el programa de Diosdado Cabello y él varias veces me nombró. Y él dijo: ‘Yo sé dónde está él, está en el Rodeo I preso’. Y recalcaba: ‘Él está preso por espionaje’.
Él lo decía en su programa Con El Mazo Dando.
Para terminar, dijiste una frase cuando llegaste que fue: ‘No se olviden de Venezuela, no dejen de hablar de Venezuela’.
Porque, como claramente pasó, nos hemos olvidado de Venezuela.
Ha pasado que veníamos bien con la transición, sacaron el 3 de enero a Maduro, pero se han olvidado de Venezuela. O sea, las relaciones internacionales, las ONG, los medios internacionales, ya no hablan de Venezuela, ya no hablan de los presos políticos porque están abocados a la guerra que hay entre otros países.
Y por eso siempre lo pedí: que no se olviden de Venezuela, no se olviden de los presos políticos, no se olviden de lo que está pasando en Venezuela hoy por hoy, amén de que supuestamente hay una transición. Pero seguimos en la misma, el régimen sigue estando ahí, siguen torturando, siguen haciendo lo que hacen, metiendo presos, haciendo falsos positivos, porque hay muchísimos falsos positivos, como el argentino que todavía está preso en Venezuela.
El caso de Germán Darío Giuliani, ¿estás en contacto con su familia? ¿Te han contactado?
Justo yo hablé con su mujer el domingo, en frente de la Casa Rosada, pidiendo por él y por todos los presos políticos.
Nahuel Gallo, gendarme, argentino, Venezuela, presos políticos en Venezuela
INTERNACIONAL
Woman who spent 7 years in Chinese prison describes torture, surveillance and loss of her husband

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EXCLUSIVE: Wang Chunyan held a photograph toward the camera, her hands trembling slightly as she pointed to each of the 21 smiling faces: a husband and wife, a university lecturer, a young engineer, friends she met in prison.
Some died in detention, she said. Others after years of abuse. Others disappeared into China’s vast security system and never returned the same. «More than 25 of my friends have died in this persecution. I only have photos of 21 of them,» Chunyan said, her voice breaking.
For more than two decades, the 70-year-old Falun Gong practitioner said, the Chinese Communist Party (CCP) systematically dismantled her life, stripping away the business she had built, the home she once shared with her family and, eventually, seven years of her life in prison.
But the hardest thing for her, is that she believes it took her husband too. «My beloved husband died due to the persecution,» Chunyan claimed during an exclusive interview with Fox News Digital.
REPORT DETAILS RISING PRESSURE ON UNDERGROUND CATHOLICS AS CHINA DENIES CRACKDOWN
Falun Gong practitioner Wang Chunyan holds photographs of friends she says died during the Chinese Communist Party’s crackdown on the spiritual movement during an interview with Fox News Digital. (Fox News)
Her account comes as President Donald Trump prepares to travel to China next week for meetings with Chinese leader Xi Jinping, with trade, security and regional tensions expected to dominate the agenda. Yet behind the geopolitical rivalry lies another conflict: Beijing’s decades-long campaign against religious and spiritual groups the Communist Party views as threats to its authority.
Former U.S. Ambassador-at-Large for International Religious Freedom Sam Brownback believes Wang’s story reflects a much broader struggle unfolding inside China. «Either the world changes China or China will change the world,» Brownback told Fox News Digital.
Brownback recently chronicled Chunyan’s story and the experiences of other survivors in his book China’s War on Faith, arguing that personal testimony can often reveal the reality of persecution more powerfully than statistics alone. «Stories are more powerful than data,» he said.

Photograph shown by Falun Gong practitioner Wang Chunyan during a Zoom interview with Fox News Digital depict friends and fellow practitioners she says were persecuted during the Chinese Communist Party’s crackdown on the spiritual movement. (Fox News Digital)
The book examines what Brownback describes as an increasingly sophisticated system of surveillance and repression targeting Christians, Uyghur Muslims, Tibetan Buddhists and Falun Gong practitioners. He argues the Chinese Communist Party views independent faith communities as a direct threat to its authority.
«They fear religious freedom more than anything else. More than our aircraft carriers, more than our nuclear weapons, more than anything else because they think it is the biggest threat to the regime.»
CRUZ LEADS SENATE PUSH TO HOLD CHINA ACCOUNTABLE FOR BEIJING CHURCH CRACKDOWN

Protesters chant slogans and hold posters of victims during a demonstration against China’s crackdown on Uyghurs in front of the Chinese consulate in Istanbul, Turkey, on Nov. 30, 2022. (Khalil Hamra/AP)
Chunyan story started in the late 1990s, when she suffered from severe insomnia, sometimes sleeping only two or three hours a night. Then her older sister introduced her to Falun Gong, also known as Falun Dafa, a spiritual practice ,she says, is centered on meditation exercises and teachings rooted in «truthfulness, compassion and tolerance.»
The movement spread rapidly across China during the 1990s, attracting tens of millions of followers before Beijing banned it in 1999, portraying it as a threat to Communist Party control.
Chunyan says Falun Gong helped improve her «physical condition.» She said, «My business was booming. My family was happy. My life was perfect.»
Chunyan became convinced the practice had saved her life. She owned a successful company selling chemical production equipment and had become wealthy by Chinese standards, but after the crackdown began she felt compelled to publicly defend Falun Gong against what she believed were government lies.
She bought a printing press and began distributing leaflets. Soon afterward, she said, surveillance followed everywhere.
«The buildings where I worked were under constant surveillance,» Chunyan recalled. «I left to escape and was afraid to come home.»
GRAHAM FAMILY RESPONDS TO GLOBAL CRACKDOWN ON CHRISTIANS WITH $1.3M DEFENSE FUND AND URGENT CALL TO ACTION

A pro-democracy activist holds placards with a picture of Chinese citizen journalist Zhang Zhan outside the Chinese central government’s liaison office in Hong Kong on Dec. 28, 2020. Zhang was released from prison after serving four years for charges related to reporting on the COVID-19 outbreak in Wuhan, according to a video statement she released Tuesday, May 21, 2024. (Kin Cheung/AP)
For years, she lived in hiding, using prepaid calling cards and public telephones to secretly arrange meetings with her husband, Yu Yefu, in restaurants, coffee shops and hotels across the city. The two tried, briefly, to maintain some sense of normalcy.
Yu himself never practiced Falun Gong, but police repeatedly pressured him to reveal where his wife was hiding. He never did. Then, in 2002, Wang stopped hearing from him.
When she finally returned home, she found him unconscious. Doctors could not save him. «He protected me,» she said in tears.
He was 49 years old when he died. Their daughter was still in college.
The devastation spread through the family afterward, Chunyan said. Her mother-in-law stopped eating and later became paralyzed. Her father-in-law died from grief. Her sisters were also imprisoned and tortured.
Then came Chunyan’s own imprisonment.
WATCHDOG HIGHLIGHTS NATIONS WHERE CHRISTIANS FACE PERSECUTION AROUND THE GLOBE

The flag of China is flown behind a pair of surveillance cameras outside the Central Government Offices in Hong Kong, China, on Tuesday, July 7, 2020. Hong Kong leader Carrie Lam defended national security legislation imposed on the city by China last week, hours after her government asserted broad new police powers, including warrant-less searches, online surveillance and property seizures. (Roy Liu/Bloomberg via Getty Images)
She described years of forced labor, sleep deprivation and physical abuse. At one point, she said, the torture became so severe that she fainted three times in a single day.
One memory still haunts her most. Shortly before her release from prison, Wang said authorities conducted unexplained blood tests and medical examinations. At the time, fellow inmates told her the government was simply checking on Falun Gong prisoners before release. Only later, after learning about allegations of forced organ harvesting involving detained Falun Gong practitioners, did she begin to fear why the testing may have happened. «I was horrified,» Chunyan said.
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Falun Gong practitioner Wang Chunyan recounting the death of her husband, whom she says was persecuted by Chinese authorities for refusing to reveal her whereabouts. (Fox News)
Today, Chunyan lives in the United States, having left China in 2013 and eventually making her way through Thailand before arriving in America in 2015.
Yet decades later, the losses remain immediate to her.
«There are millions of families in China like ours,» Chunyan wants the world to know, «Persecuted by the CCP.»
In a statement to Fox News Digital, Chinese Embassy spokesperson Liu Pengyu rejected the allegations and defended Beijing’s actions against Falun Gong. «The aforementioned remarks are nothing but malicious fabrications and sensational lies,» Liu said. «Falun Gong is a cult organization that is anti-humanity, anti-science and anti-society. It is hostile toward religion, endangers the public, and serves as a malignant tumor within society.» Liu argued that «the Chinese government outlawed the Falun Gong cult in accordance with the law, thereby safeguarding the fundamental human rights and freedoms of the vast majority of the Chinese people.»
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