INTERNACIONAL
J. M. Coetzee y Mariana Dimópulos y el lujo de lo extranjero

Hay una pequeña asimetría en el corazón de Don de lenguas que el libro nunca llega a nombrar. J. M. Coetzee, que escribe en inglés, es también el hombre que, cuando quiso escribir una novela sobre un pianista polaco en Barcelona, dispuso que se preparara una traducción al español simultáneamente para que el libro pudiera existir primero en español, pudiera ser español primero, al menos durante un tiempo. La traductora que eligió fue Mariana Dimópulos, una novelista y filósofa argentina, ella misma escritora en una lengua que ha pasado gran parte de su carrera defendiendo frente a la presión de precisamente la lengua en la que escribe Coetzee. El libro que han creado juntos es un diálogo sobre el lenguaje, el estilo, la traducción, la gramática es el registro de una colaboración que es también, necesariamente, una negociación en terreno desigual. Escrito originalmente en inglés, Don de lenguas cuenta con una brillante traducción al español de Esther Cross.
Cada capítulo abarca un terreno familiar para cualquiera que haya dedicado tiempo a la obra de obra de Coetzee: su sensación de distanciamiento del inglés a pesar de ser su practicante, su larga disputa con los compromisos sociales que la cultura anglófona arrastra consigo, su interés por la sintaxis plana, la prosa despojada, en lo que él llama despojar a una lengua de sus “nutrientes”. Dimópulos aborda el mismo material desde un ángulo diferente. Ella escribe en español, lo que significa que habita una lengua con género gramatical, con modos de tratamiento formales e informales, aunque con una relación que podría llamarse similar con respecto a la idea de política del imperio. Su contribución al diálogo nunca es meramente ilustrativa. Se trata de preguntas acerca de qué es el lenguaje, qué es el estilo, qué se pierde y qué se puede ganar en la traducción, que temas no se resuelven. Plantearlas como una conversación entre dos escritores con lenguas maternas diferentes y posiciones distintas dentro del mundo literario significa que la resistencia a la resolución es la fortaleza del libro, ya que es difícil ponerse de acuerdo con demasiada facilidad cuando tu interlocutor escribe desde un universo gramatical diferente.
El libro comienza con una reflexión sobre la nostalgia lingüística. Coetzee recuerda el momento, unos años después de la emigración de su familia de Sudáfrica a Australia, en que sintió que ya no podía escribir en inglés sin sentir que el inglés era extranjero, extranjero para él, extranjero para el continente en el que había crecido. Había pasado décadas haciendo que su distanciamiento fuera productivo, lo había convertido en un estilo. Ahora, en su adultez, en un nuevo país, se encontraba al margen del margen. Esto es típicamente coetzeano: la posición siempre está un paso alejado de cualquier centro.
Dimópulos responde a esto con su propia versión de la historia. Para ella, la extrañeza no es una condición adquirida, sino el medio en sí mismo. Escribe en un español argentino ya matizado por la conciencia de que el español de España llegó en su día como instrumento colonial, de que el español de Buenos Aires está impregnado de la inmigración italiana, de sustratos indígenas, de una relación con la cultura europea que es a la vez íntima y antagónica. Cuando escribe, ya lo hace en una lengua que le pertenece, pero no del todo, que ha heredado a través de una historia de llegada y desplazamiento. No lo describe exactamente como una herida, pero tampoco lo idealiza.

Lo que interesa a ambos escritores no es la fenomenología del lenguaje desde dentro, sino la política del lenguaje desde fuera. ¿A quién pertenece un idioma? ¿Quién decide para qué sirve? ¿Qué significa escribir en el idioma de la administración colonial cuando no se forma parte de esa administración? Son preguntas con una larga historia, y Coetzee y Dimópulos lo saben. Lo que aportan es algo más específico: el testimonio de escritores que han tenido que tomar decisiones prácticas dentro de este panorama, aunque hay una diferencia clara y poco política que subyace todo el texto sin pararse con fuerza sobre él: a diferencia de Coetzee, Dimópulos debe adoptar un segundo idioma para la academia, uno que le permita subsistir en ese medio que admite poca -casi nula- variedad lingüística. No es una elección, es una imposición que aceptamos todos los que de una u otra manera intentamos mantenernos en una carrera internacional, en un sistema de congresos y becas. Los papers se publican en inglés. En esto, paradójicamente, Dimópulos también tiene una ventaja, es bilingüe. Y por eso este dialogo es mas aceitado.
Uno de los pasajes más instructivos del libro se refiere a la negativa de la industria editorial a considerar la traducción al español de Dimópulos de El polaco como el original. Coetzee quería que el español se considerara un original, no un texto derivado. Había escrito el inglés sabiendo que se convertiría en español, había intentado escribir un inglés que diera paso al español con elegancia, incluso con entusiasmo. La editorial no estaba de acuerdo. Hay razones legales y comerciales para ello, como siempre las hay, y la editorial no se equivocaba en sus propios términos. Pero el episodio es instructivo por lo que revela más que por lo que resuelve. La categoría de original resulta no ser meramente estética, sino institucional, protegida por contratos y la ley de derechos de autor, por la maquinaria a través de la cual se venden los libros y se conceden las licencias de derechos. El original es lo que la industria diga que es, que suele ser el idioma que domina el mayor mercado que en este caso coincide con el idioma en el que el libro fue escrito en primer lugar. En la práctica, esto significa el inglés. Y, en el caso de El polaco esto aplica además porque por más intencionalidad que haya tenido el autor de plantar una bandera política, un estandarte de protesta frente a la omnipresencia del inglés, escribió el libro en inglés originalmente. Coetzee llama a esto una derrota, y se nota la frustración. Es la frustración de alguien que entendió las reglas e intentó jugar con ellas, y descubrió que las reglas se aplicaban con más rigor de lo que esperaba. Lo que no llega a decir el libro es que su experimento con la simultaneidad fue posible, en primer lugar, porque es un premio Nobel que escribe en inglés. Una novelista peruana no podría conseguir que su español se considerara el original de una traducción al inglés. La asimetría es más profunda de lo que cualquier acto individual de buena fe puede alcanzar.
Y en un momento dado se refieren al estilo y, en mi opinión, esta parte del libro es de lo más interesante. Coetzee ya ha escrito antes sobre el estilo como algo ajeno: el escritor que se convierte en un extraño en su propio idioma, que rechaza la comodidad idiomática que ofrece la lengua materna, que escribe como si tradujera a palabras algún pensamiento previo, prelingüístico. Traza una línea a través de Kafka, de Beckett, del Flaubert, escritores que encontraron su voz al rechazar la música fácil de la fluidez de su lengua nativa. Hay algo seductor en esta genealogía. También hay algo que debería ponernos nerviosos. Y Dimópulos introduce ese nerviosismo. Señala que se trata de una idea muy particular del estilo, con antecedentes europeos y un carácter de clase específico. La escritora que puede permitirse despojar su prosa de la calidez idiomática, que puede producir lo que Coetzee llama un inglés sin cuerpo, debe haber interiorizado primero los modismos que rechaza. Hay que pertenecer al club antes de poder rechazar su apretón de manos. La extrañeza que se convierte en estilo solo está al alcance de quienes primero han sido de los nuestros, o que al menos han pasado por ser de los nuestros el tiempo suficiente para aprender las reglas que ahora están rompiendo.

Hay que reconocer que Coetzee no descarta esto. Reconoce la paradoja: hacer que el inglés resulte extraño requiere conocerlo muy bien. Su extrañeza es cultivada, elegida, alimentada por una educación en la lengua de la que se está distanciando. Esto difiere de la extrañeza de alguien para quien la lengua dominante siempre fue extranjera, para quien no existía una posición de insider que abandonar. Pero hay un pasaje en este capítulo al que volví varias veces, sin estar del todo segura de qué pensar al respecto. Coetzee propone que el ideal del estilo como extrañeza, o sea entre otras cosas la eliminación del color local, de los marcadores sociales, del tipo de prosa que planta su bandera, podría apuntar hacia lo que él llama un lenguaje de “literatura mundial” una especie lengua materna de nadie y, por lo tanto, propiedad cultural de nadie. Cita, con cautela pero con sinceridad, el ejemplo del esperanto, no como una propuesta seria, sino como una indicación de a qué podría aspirar un proyecto así.
Quiero detenerme aquí, porque creo que hay un juego de manos que el libro es demasiado educado para nombrar. El sueño de una lengua neutra, una lengua sin hogar, casi siempre se sueña desde una posición de comodidad en la lengua dominante. Las personas que ya escriben en inglés y a quienes ya se entiende en todas partes, se reseña y se traduce y se incluye en los planes de estudios son las que encuentran más atractivo proponer que el inglés pueda trascenderse a sí mismo, convertirse en propiedad de nadie, convertirse en aire. Sin embargo para quienes escribimos en español, árabe o swahili, la perspectiva de una “lengua mundial” no parece una liberación. Parece lo que ya ha ocurrido. De hecho, los hispanohablantes de Latinoamérica tenemos además un plus que viene dado de que leemos libros extranjeros publicados por las grandes corporaciones editoriales que traducen en Barcelona o Madrid para toda la biodiversidad de hablantes de los españoles que practicamos en las Américas. Por otro lado, no puedo dejar de preguntarme todo el tiempo mientras leo este por demás complejo e interesante libro, ¿el color de una lengua no es también el color de su cultura? ¿Una lengua no expresa la diversidad del pueblo que la habla? ¿Unificar la comunicación en una lengua no sería borrar la diferencia?
Cuando abordan el tema de la traducción, Dimópulos se expresa con mayor plenitud en su propia voz. Ha dedicado años a la traducción, primero como lectora y luego como profesional, y su comprensión de lo que exige este trabajo tiene una textura diferente a la de Coetzee. Mientras que a él le interesa la traducción como problema filosófico: el problema de la equivalencia, de lo que se puede y no se puede trasladar, a ella le interesa la traducción como trabajo, como atención sostenida con su propia ética y su propia fenomenología. Uno de los ejemplos más reveladores del libro tiene que ver con la traductora vietnamita que trabaja en una novela de Coetzee y debe decidir si el hermano de un personaje es mayor o menor. En vietnamita la distinción es gramaticalmente obligatoria: el idioma no permite dejarla sin especificar. El inglés de Coetzee la deja sin especificar, deliberadamente; quería que el personaje permaneciera ligeramente indeterminado. La traductora se encuentra ahora en una situación en la que debe añadir información que el original omite. Debe escribir algo que su autor nunca escribió y que no puede respaldar, no porque quiera, sino porque su lengua lo exige. Coetzee interpreta esto como una restricción impuesta por la gramática vietnamita, una especie de intromisión. Dimópulos lo interpreta de otra manera, y tiene razón. Lo que revela el caso vietnamita es que el inglés tampoco es neutral. Su negativa a especificar la edad relativa es en sí misma una característica gramatical, una limitación o una libertad, dependiendo de cómo se mire. La simplicidad que Coetzee valora en su estilo es en parte una función de lo que el inglés no te obliga a decir. Otros idiomas exigen otras cosas. Nada de esto es sencillo. Y ninguno debiera ir en detrimento del otro a niveles de exacta reciprocidad. Pienso mientras leo esto en otro tipo de traducciones que se hacen cuando a una autora latinoamericana que escribe en español y se publica en España se le pide que borre los marcadores vernáculos, escriba en un español mas “neutro” o peor, de manera casi insultante porque es la misma lengua (¿), que diseñe un glosario de localismos. Y no hablo precisamente de textos marcados con jerga local exacerbada; hablo de cambiar “soga de colgar la ropa” por “tendedero”.

Uno de los puntos neurálgicos del libro es la cuestión de género. El español es una lengua con género; el inglés, en gran medida, no lo es. A Coetzee le atrae lo que él ve como la simplicidad de la ausencia de género del inglés, su rechazo a animar el mundo entre masculino y femenino. Dimópulos aborda esto con más ambivalencia. Las disputas sobre el lenguaje inclusivo en español -el uso de la terminación en “e”, la arroba, la multiplicación de formas más o menos aceptadas- son disputas sobre quién llega a ser visible, sobre cuya existencia queda marcada en la forma predeterminada de un sustantivo o adjetivo. Despojarse del género en el lenguaje no es un acto neutral. Puede ser tanto un silenciamiento como una liberación, y Dimópulos, que ha visto cómo se desarrollaban estas discusiones en la cultura literaria de Buenos Aires con una intensidad que los críticos anglófonos rara vez registran, lo sabe de primera mano.
El capítulo final, “Palabras”, es el más personal y, en mi opinión, el menos cerrado en el mejor de los sentidos. Ambos autores hablan de la experiencia de buscar una palabra concreta, la mot juste que está casi en la punta de la lengua pero que no se encuentra, y de lo que esta experiencia sugiere sobre la relación entre el pensamiento y el lenguaje. ¿Es la palabra que falta evidencia de una laguna en el vocabulario, un lugar donde el lenguaje aún no ha madurado? ¿O es la búsqueda en sí misma la que revela algo: ¿que el pensamiento precede al lenguaje, que el lenguaje siempre llega demasiado tarde para captar lo que la mente está buscando?
Esta es una pregunta muy antigua, y el libro no la resuelve. Lo que hace es ofrecerte dos sensibilidades diferentes que la abordan en tiempo real, sin saber de antemano dónde acabarán, y eso resulta ser más interesante que cualquier resolución.
La pregunta que le hace a Dimópulos es si esa experiencia es prueba de una laguna real en el lenguaje o si es prueba de algo anterior: un pensamiento o una sensación que precede al lenguaje y que ninguna palabra podría albergar del todo. Dimópulos responde con una anécdota. Un ex estudiante de filosofía vive en las calles de Berlín. Lo han visto en la estación de Jannowitzbrücke, sentado con las piernas cruzadas en ropa sucia sobre el andén frío, inclinado sobre un ejemplar del Duden, el diccionario oficial del alemán, leyendo página por página en busca de las palabras correctas. Estudió filosofía en la universidad, explica cuando le preguntan, y no puede continuar con su pensamiento hasta que haya encontrado el lenguaje adecuado. Lleva años en eso. Dimópulos lee esta figura como algo a la vez cómico, trágico, y no del todo equivocado. Le recuerda una nota adhesiva que pegó en la pared de su apartamento en la juventud: Traigan categorías nuevas, por favor. Nunca supo quién se suponía que debía traerlas. Con los años, la frase cambió en su memoria: Hay que salir a buscar palabras. Nadie más las traerá.
La conversación entre el tesauro de Coetzee y el lector del Duden de Dimópulos es el pasaje más hondo del libro. Ambas imágenes giran alrededor del mismo problema desde direcciones opuestas: que la palabra adecuada puede existir, pero no puede institucionalizarse, que lo que ofrece el diccionario es un mapa del universo tal como ha sido recortado hasta ahora y no tal como es. El mapa siempre va detrás del territorio.

El libro termina con una reflexión sobre la Torre de Babel y sobre las matemáticas como el único lenguaje plenamente traducible. Las matemáticas no pertenecen a ningún país ni cultura; una demostración en chino es la misma demostración en portugués. El sueño de un lenguaje universal encuentra su única encarnación real en los números, en las estructuras abstractas que carecen de idioma, de acento, de hogar. Esto no es consolador. Sugiere que lo que hay de universal en el pensamiento humano es precisamente lo que hay de menos humano en él: lo formal, lo impersonal, lo despojado de todo. Un lenguaje que signifique lo mismo en todas partes resulta no significar nada que le importe a la literatura.
Una cosa más, y quizá sea lo más extraño de Don de lenguas. El libro fue escrito en 2024. En la introducción, ambos autores reconocen el auge de los grandes modelos lingüísticos y la traducción automática como un avance de máxima importancia para todo lo que están a punto de discutir y luego lo dejan totalmente de lado. La decisión es comprensible; la IA es un tema que puede devorar cualquier conversación en la que se introduzca, y estos escritores tenían otras cosas de las que querían hablar. Pero no se puede evitar darse cuenta de lo que eso significa. El libro es un diálogo sobre lo que hace humano al lenguaje: lo ajeno, el esfuerzo, la brecha entre el pensamiento y la palabra, la forma en que cada acto de escribir es un acto de negociación con la historia. En segundo plano, mientras estos dos escritores abordan todo eso, las máquinas están aprendiendo a hacerlo más rápido, a gran escala y por menos dinero. El libro no aborda esto. Quizá no pudiera. Quizá saber qué decir al respecto lleve más tiempo del que cualquiera de nosotros ha tenido.
Don de lenguas no resuelve los problemas que plantea. No pretende hacerlo. Lo que ofrece, en cambio, es un modelo de cómo mantenerlos: dos escritores desde posiciones diferentes en el orden lingüístico, con relaciones distintas con el imperio, la traducción y la gramática, reflexionando juntos sobre lo que cuesta el lenguaje y para qué sirve. El hecho de que el libro esté escrito en inglés -precisamente el idioma que ambos escritores contemplan con una ambivalencia tan complicada- es la ironía que alberga en su interior, y que sabe que alberga, y que no ha resuelto. Eso es, al fin y al cabo, lo más honesto del libro: la negativa a fingir que la ironía se disipa, ni siquiera aquí, ni siquiera entre dos personas que la han analizado con más detenimiento, claridad intelectual y pasión que la mayoría.
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INTERNACIONAL
Indonesian passenger ship carrying 240 people loses contact in Java Sea, search underway

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A passenger ship carrying 240 people vanished from contact in the Java Sea on Sunday local time, triggering an urgent search as Indonesian crews raced to locate the vessel.
The Virgo Transport 8 was traveling from Surabaya, East Java, to Banjarmasin on the island of Borneo when communications with the ship were lost, the Associated Press reported, citing Indonesia’s Banjarmasin Search and Rescue Office.
Authorities said the vessel was last tracked roughly 92 miles from a pier in Banjarmasin, the capital of South Kalimantan province.
MOM LOSES GRIP ON DAUGHTER AS PASSENGER FERRY CAPSIZES WITH 20 PEOPLE STILL MISSING
Authorities are searching for the Virgo Transport 8 after the passenger ship lost contact while traveling from East Java to South Kalimantan. (EyesWideOpen/Getty Images)
Search-and-rescue teams launched an operation after receiving a report that the ship had suffered a communications failure during the voyage, according to the AP.
Officials had not reported any deaths or injuries as of Sunday, and it was not immediately clear what caused the vessel to lose contact or whether weather conditions were affecting the search.
MULTIPLE RESCUED FROM PONTOON BOAT NEAR ALCATRAZ AS SEARCH CONTINUES FOR MISSING PERSONS

The Virgo Transport 8 lost contact while traveling from Surabaya to Banjarmasin, according to officials. (EyesWideOpen/Getty Images)
The Virgo Transport 8 departed Surabaya, Indonesia’s second-largest city, before losing contact while crossing the Java Sea toward South Kalimantan.
The search remains underway.
The Associated Press contributed to this report.
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INTERNACIONAL
‘Trump-level’ smackdown earns Vance roaring praise as 2028 buzz builds at GOP convention

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Republicans reached a consensus that Vice President JD Vance solidified his position as the presumptive 2028 presidential candidate with his «Trump-level» smackdown of a foreign flag-waving protester who disrupted his speech at the Republican National Convention.
Vance did not hesitate after a protester interrupted his primetime speech in Dallas on Thursday by waving the flags of the Palestinian Authority and Mexico. He recalled to those watching his speech on TV: «What the people at home missed is that we just had a protester interrupting us and waving the Mexican flag.»
«Well, my friend, if you love Mexico so much, get your a– over there. I’ll buy you the plane ticket,» the VP said, to which the crowd erupted into applause.
«JD Vance just MIC DROPPED a leftist heckler who interrupted him waving a Mexican flag…this place is DEAFENING,» conservative commentator Eric Daugherty wrote on X, adding, «TOTAL PANDEMONIUM.»
CROWD ERUPTS AS VANCE SMACKS DOWN PROTESTER WAVING MEXICAN FLAG: ‘GET YOUR A– OVER THERE’
A protestor throws a Mexican flag as Vice President JD Vance speaks during the second day of the Republican National Committee midterm convention at the American Airlines Center in Dallas, Texas on September 10, 2026. (Brendan SMIALOWSKI / AFP via Getty Images)
Popular conservative pundit Benny Johnson called Vance’s quick wit an «epic response.» President Donald Trump supporter and activist Scott Pressler similarly praised Vance for reacting «without missing a beat,» and called it «an iconic moment.»
«This was masterful. A Trump-level move from JD Vance,» wrote Overton, a conservative commentary and news account. «Vice President Vance perfectly handled a protestor waving a Mexican flag at the RNC in Dallas. Then he fired back with a savage one-liner that sent the American Airlines Center into absolute bedlam.»
The moment was capped off with a «USA!» chant from those in the crowd at the GOP Midterm Convention.
Students for Trump co-founder Ryan Fournier wrote, «JD Vance just absolute [sic] WIPED THE FLOOR with a leftist heckler who interrupted his rally waving a Mexican flag.»
«The crowd went completely WILD. Unbelievable energy,» wrote Fournier.
VANCE DECLARES DEMOCRATS ‘PARTY OF HATRED,’ SAYS PARTY HAS MOVED BEYOND BIG GOVERNMENT, CENSORSHIP

Vice President JD Vance introduces U.S. President Donald Trump to speak on stage on the second day of the 2026 Republican National Convention at the American Airlines Center on September 10, 2026, in Dallas, Texas. (Justin Sullivan/Getty Images)
«JD Vance just notched the most iconic moment of the RNC when he told a protester waving a Mexican flag exactly what all red blooded Americans were thinking,» wrote Turning Point USA spokesman Andrew Kolvet.
Commentator Brilyn Hollyhand put it simply, posting on X, «Yea JD for President after this.»
Vance recovered from the interruption quickly, telling the crowd, «Ladies and gentlemen, I had a whole speech written. But I think I’ve got to change it because we just discovered the symbol of the far left — an idiot waving … a Mexican flag at a protest when he should be waving the flag of the United States of America.»
«Now, we all know, of course, that as much as that person might wave around a foreign flag, he’d much rather live in Dallas, or in Cincinnati, or in any one of our great cities than Mexico,» President Donald Trump’s No. 2 continued. «But while we wave the American flag and fight for the American dream, we have to remind ourselves tonight that the good life that is the foundation of this country’s promise is not guaranteed.»
CHARLIE KIRK HONORED AT GOP CONVENTION WITH CALL TO REJECT ‘COMFORTABLE LOSING’

People hold signs on the first day of the 2026 Republican National Convention at the American Airlines Center on September 9, 2026, in Dallas, Texas. (Photo by Tasos Katopodis/Getty Images)
«Every generation of Americans has had to fight for these things when it’s our turn,» he went on.
«And this fall, the Democrats are running candidates who will tell your children what they’re allowed to say, how they’re allowed to live, and importantly, who they ought to hate, because that’s what the Democrat Party is about in 2026,» Vance continued. «It’s not about you, it’s about foreign fraudsters, and it’s about who they hate. And we got to send their a–es back in November.»
Speculation has swirled over who will be the heir to Trump’s MAGA throne in 2028. The consensus so far among Republicans appears to be split between Vance and Secretary of State Marco Rubio — but a lot could change before the next presidential election.
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Top House chairman warns Congress against ‘complacency’ 25 years after 9/11

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House Homeland Security Committee Chairman Andrew Garbarino, R-N.Y., remembers exactly where he was when the World Trade Center was attacked on Sept. 11, 2001.
«I was a senior in high school. I was in Mr. Ponzi’s government class. And that’s when the first plane hit. And one of the other teachers came in and was telling Mr. Ponzi about it,» he told Fox News Digital. «We all thought it was a little plane. And then we went to the next class. And then the second plane hit, and everybody realized that stuff was wrong.»
Twenty-five years later, Garbarino leads a congressional committee that oversees a Cabinet department created explicitly after the terror attack. He’s warning that Congress needs to change how it deals with potential threats to avoid another tragedy of that scale.
«Being chairman of the committee, being a New Yorker, it’s one of those things you focus on, and you want to make sure another 9/11 doesn’t happen, and doesn’t ever happen again. And that’s my goal. That’s my priority,» he said.
House Homeland Security Committee Chairman Andrew Garbarino, R-N.Y., is sounding the alarm against congressional «complacency,» 25 years after the Sept. 11, 2001, terrorist attacks. (Newspix via Getty Images)
9/11 IS BECOMING HISTORY. MY GENERATION MUST MAKE SURE AMERICA NEVER FORGETS
«Congress is very good at being reactive… We don’t want another 9/11. So if I could leave my fingerprints on something here, it’s the fact that the focus, Congress’ focus on national security, Congress’ focus on homeland security or safety, is that we address an issue before something happens.»
HOW 9/11 TRANSFORMED SYNAGOGUE SECURITY INTO A NEW REALITY FOR THE JEWISH COMMUNITY
He said Congress needed to get into the habit of passing laws ahead of time, «instead of being like, ‘Oh my God I can’t believe this happened, how did this happen, let’s fix it now.’»
«That’s why 9/11 happened. 9/11 happened because our intelligence agencies, they were siloed, they were not sharing information. I don’t know if it was a complacency or whatever, but there were a lot of problems,» Garbarino said. «I don’t want to fall into that same complacency.»
Garbarino represents New York’s 2nd Congressional District, part of Long Island’s south shore. As a suburb of New York City, its residents are deeply attuned to that tragedy 25 years ago.

House Homeland Security Committee Chairman Rep. Andrew Garbarino presides over a hearing in the Cannon House Office Building in Washington on Dec. 11, 2025. (Anna Moneymaker/Getty Images)
«We have people that lost loved ones that day that are still dealing with it 25 years later,» Garbarino said. «So the scar is still there.»
His district and others are also still dealing with illnesses stemming from that day, including first responders who bravely rushed to the collapsing twin towers.
«There are now more people that have died from 9/11-related illnesses than died on the actual day. So it’s a day that keeps taking people away from us,» Garbarino said.
«You have firemen who, 9/11 was their first call. They were 21, 22 years old. They’re now 47… And a lot of these, some of these cancers, they take a while to take hold, and they’re now just getting sick.»
SCIENTISTS DISCOVER POSSIBLE LINK BETWEEN 9/11 AND ACCELERATED AGING

People rush away from the collapsing World Trade Center on Sept. 11, 2001, after two hijacked airplanes hit the twin towers in New York City in a terrorist attack. (Getty Images)
Earlier this year, President Donald Trump signed legislation led by Garbarino and others to address a projected funding shortfall for the World Trade Center Health Program, which helps survivors pay for their medical treatment.
He said nearly all congressional districts across the country have at least one person participating in the program, a testament to how widespread the tragedy’s effects are.
«People moved out of New York, people who came from all over the country after 9/11 to help, they all went back home, they also got sick. So this does affect the entire country,» Garbarino said.
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