INTERNACIONAL
J. M. Coetzee y Mariana Dimópulos y el lujo de lo extranjero
Hay una pequeña asimetría en el corazón de Don de lenguas que el libro nunca llega a nombrar. J. M. Coetzee, que escribe en inglés, es también el hombre que, cuando quiso escribir una novela sobre un pianista polaco en Barcelona, dispuso que se preparara una traducción al español simultáneamente para que el libro pudiera existir primero en español, pudiera ser español primero, al menos durante un tiempo. La traductora que eligió fue Mariana Dimópulos, una novelista y filósofa argentina, ella misma escritora en una lengua que ha pasado gran parte de su carrera defendiendo frente a la presión de precisamente la lengua en la que escribe Coetzee. El libro que han creado juntos es un diálogo sobre el lenguaje, el estilo, la traducción, la gramática es el registro de una colaboración que es también, necesariamente, una negociación en terreno desigual. Escrito originalmente en inglés, Don de lenguas cuenta con una brillante traducción al español de Esther Cross.
Cada capítulo abarca un terreno familiar para cualquiera que haya dedicado tiempo a la obra de obra de Coetzee: su sensación de distanciamiento del inglés a pesar de ser su practicante, su larga disputa con los compromisos sociales que la cultura anglófona arrastra consigo, su interés por la sintaxis plana, la prosa despojada, en lo que él llama despojar a una lengua de sus “nutrientes”. Dimópulos aborda el mismo material desde un ángulo diferente. Ella escribe en español, lo que significa que habita una lengua con género gramatical, con modos de tratamiento formales e informales, aunque con una relación que podría llamarse similar con respecto a la idea de política del imperio. Su contribución al diálogo nunca es meramente ilustrativa. Se trata de preguntas acerca de qué es el lenguaje, qué es el estilo, qué se pierde y qué se puede ganar en la traducción, que temas no se resuelven. Plantearlas como una conversación entre dos escritores con lenguas maternas diferentes y posiciones distintas dentro del mundo literario significa que la resistencia a la resolución es la fortaleza del libro, ya que es difícil ponerse de acuerdo con demasiada facilidad cuando tu interlocutor escribe desde un universo gramatical diferente.
El libro comienza con una reflexión sobre la nostalgia lingüística. Coetzee recuerda el momento, unos años después de la emigración de su familia de Sudáfrica a Australia, en que sintió que ya no podía escribir en inglés sin sentir que el inglés era extranjero, extranjero para él, extranjero para el continente en el que había crecido. Había pasado décadas haciendo que su distanciamiento fuera productivo, lo había convertido en un estilo. Ahora, en su adultez, en un nuevo país, se encontraba al margen del margen. Esto es típicamente coetzeano: la posición siempre está un paso alejado de cualquier centro.
Dimópulos responde a esto con su propia versión de la historia. Para ella, la extrañeza no es una condición adquirida, sino el medio en sí mismo. Escribe en un español argentino ya matizado por la conciencia de que el español de España llegó en su día como instrumento colonial, de que el español de Buenos Aires está impregnado de la inmigración italiana, de sustratos indígenas, de una relación con la cultura europea que es a la vez íntima y antagónica. Cuando escribe, ya lo hace en una lengua que le pertenece, pero no del todo, que ha heredado a través de una historia de llegada y desplazamiento. No lo describe exactamente como una herida, pero tampoco lo idealiza.

Lo que interesa a ambos escritores no es la fenomenología del lenguaje desde dentro, sino la política del lenguaje desde fuera. ¿A quién pertenece un idioma? ¿Quién decide para qué sirve? ¿Qué significa escribir en el idioma de la administración colonial cuando no se forma parte de esa administración? Son preguntas con una larga historia, y Coetzee y Dimópulos lo saben. Lo que aportan es algo más específico: el testimonio de escritores que han tenido que tomar decisiones prácticas dentro de este panorama, aunque hay una diferencia clara y poco política que subyace todo el texto sin pararse con fuerza sobre él: a diferencia de Coetzee, Dimópulos debe adoptar un segundo idioma para la academia, uno que le permita subsistir en ese medio que admite poca -casi nula- variedad lingüística. No es una elección, es una imposición que aceptamos todos los que de una u otra manera intentamos mantenernos en una carrera internacional, en un sistema de congresos y becas. Los papers se publican en inglés. En esto, paradójicamente, Dimópulos también tiene una ventaja, es bilingüe. Y por eso este dialogo es mas aceitado.
Uno de los pasajes más instructivos del libro se refiere a la negativa de la industria editorial a considerar la traducción al español de Dimópulos de El polaco como el original. Coetzee quería que el español se considerara un original, no un texto derivado. Había escrito el inglés sabiendo que se convertiría en español, había intentado escribir un inglés que diera paso al español con elegancia, incluso con entusiasmo. La editorial no estaba de acuerdo. Hay razones legales y comerciales para ello, como siempre las hay, y la editorial no se equivocaba en sus propios términos. Pero el episodio es instructivo por lo que revela más que por lo que resuelve. La categoría de original resulta no ser meramente estética, sino institucional, protegida por contratos y la ley de derechos de autor, por la maquinaria a través de la cual se venden los libros y se conceden las licencias de derechos. El original es lo que la industria diga que es, que suele ser el idioma que domina el mayor mercado que en este caso coincide con el idioma en el que el libro fue escrito en primer lugar. En la práctica, esto significa el inglés. Y, en el caso de El polaco esto aplica además porque por más intencionalidad que haya tenido el autor de plantar una bandera política, un estandarte de protesta frente a la omnipresencia del inglés, escribió el libro en inglés originalmente. Coetzee llama a esto una derrota, y se nota la frustración. Es la frustración de alguien que entendió las reglas e intentó jugar con ellas, y descubrió que las reglas se aplicaban con más rigor de lo que esperaba. Lo que no llega a decir el libro es que su experimento con la simultaneidad fue posible, en primer lugar, porque es un premio Nobel que escribe en inglés. Una novelista peruana no podría conseguir que su español se considerara el original de una traducción al inglés. La asimetría es más profunda de lo que cualquier acto individual de buena fe puede alcanzar.
Y en un momento dado se refieren al estilo y, en mi opinión, esta parte del libro es de lo más interesante. Coetzee ya ha escrito antes sobre el estilo como algo ajeno: el escritor que se convierte en un extraño en su propio idioma, que rechaza la comodidad idiomática que ofrece la lengua materna, que escribe como si tradujera a palabras algún pensamiento previo, prelingüístico. Traza una línea a través de Kafka, de Beckett, del Flaubert, escritores que encontraron su voz al rechazar la música fácil de la fluidez de su lengua nativa. Hay algo seductor en esta genealogía. También hay algo que debería ponernos nerviosos. Y Dimópulos introduce ese nerviosismo. Señala que se trata de una idea muy particular del estilo, con antecedentes europeos y un carácter de clase específico. La escritora que puede permitirse despojar su prosa de la calidez idiomática, que puede producir lo que Coetzee llama un inglés sin cuerpo, debe haber interiorizado primero los modismos que rechaza. Hay que pertenecer al club antes de poder rechazar su apretón de manos. La extrañeza que se convierte en estilo solo está al alcance de quienes primero han sido de los nuestros, o que al menos han pasado por ser de los nuestros el tiempo suficiente para aprender las reglas que ahora están rompiendo.

Hay que reconocer que Coetzee no descarta esto. Reconoce la paradoja: hacer que el inglés resulte extraño requiere conocerlo muy bien. Su extrañeza es cultivada, elegida, alimentada por una educación en la lengua de la que se está distanciando. Esto difiere de la extrañeza de alguien para quien la lengua dominante siempre fue extranjera, para quien no existía una posición de insider que abandonar. Pero hay un pasaje en este capítulo al que volví varias veces, sin estar del todo segura de qué pensar al respecto. Coetzee propone que el ideal del estilo como extrañeza, o sea entre otras cosas la eliminación del color local, de los marcadores sociales, del tipo de prosa que planta su bandera, podría apuntar hacia lo que él llama un lenguaje de “literatura mundial” una especie lengua materna de nadie y, por lo tanto, propiedad cultural de nadie. Cita, con cautela pero con sinceridad, el ejemplo del esperanto, no como una propuesta seria, sino como una indicación de a qué podría aspirar un proyecto así.
Quiero detenerme aquí, porque creo que hay un juego de manos que el libro es demasiado educado para nombrar. El sueño de una lengua neutra, una lengua sin hogar, casi siempre se sueña desde una posición de comodidad en la lengua dominante. Las personas que ya escriben en inglés y a quienes ya se entiende en todas partes, se reseña y se traduce y se incluye en los planes de estudios son las que encuentran más atractivo proponer que el inglés pueda trascenderse a sí mismo, convertirse en propiedad de nadie, convertirse en aire. Sin embargo para quienes escribimos en español, árabe o swahili, la perspectiva de una “lengua mundial” no parece una liberación. Parece lo que ya ha ocurrido. De hecho, los hispanohablantes de Latinoamérica tenemos además un plus que viene dado de que leemos libros extranjeros publicados por las grandes corporaciones editoriales que traducen en Barcelona o Madrid para toda la biodiversidad de hablantes de los españoles que practicamos en las Américas. Por otro lado, no puedo dejar de preguntarme todo el tiempo mientras leo este por demás complejo e interesante libro, ¿el color de una lengua no es también el color de su cultura? ¿Una lengua no expresa la diversidad del pueblo que la habla? ¿Unificar la comunicación en una lengua no sería borrar la diferencia?
Cuando abordan el tema de la traducción, Dimópulos se expresa con mayor plenitud en su propia voz. Ha dedicado años a la traducción, primero como lectora y luego como profesional, y su comprensión de lo que exige este trabajo tiene una textura diferente a la de Coetzee. Mientras que a él le interesa la traducción como problema filosófico: el problema de la equivalencia, de lo que se puede y no se puede trasladar, a ella le interesa la traducción como trabajo, como atención sostenida con su propia ética y su propia fenomenología. Uno de los ejemplos más reveladores del libro tiene que ver con la traductora vietnamita que trabaja en una novela de Coetzee y debe decidir si el hermano de un personaje es mayor o menor. En vietnamita la distinción es gramaticalmente obligatoria: el idioma no permite dejarla sin especificar. El inglés de Coetzee la deja sin especificar, deliberadamente; quería que el personaje permaneciera ligeramente indeterminado. La traductora se encuentra ahora en una situación en la que debe añadir información que el original omite. Debe escribir algo que su autor nunca escribió y que no puede respaldar, no porque quiera, sino porque su lengua lo exige. Coetzee interpreta esto como una restricción impuesta por la gramática vietnamita, una especie de intromisión. Dimópulos lo interpreta de otra manera, y tiene razón. Lo que revela el caso vietnamita es que el inglés tampoco es neutral. Su negativa a especificar la edad relativa es en sí misma una característica gramatical, una limitación o una libertad, dependiendo de cómo se mire. La simplicidad que Coetzee valora en su estilo es en parte una función de lo que el inglés no te obliga a decir. Otros idiomas exigen otras cosas. Nada de esto es sencillo. Y ninguno debiera ir en detrimento del otro a niveles de exacta reciprocidad. Pienso mientras leo esto en otro tipo de traducciones que se hacen cuando a una autora latinoamericana que escribe en español y se publica en España se le pide que borre los marcadores vernáculos, escriba en un español mas “neutro” o peor, de manera casi insultante porque es la misma lengua (¿), que diseñe un glosario de localismos. Y no hablo precisamente de textos marcados con jerga local exacerbada; hablo de cambiar “soga de colgar la ropa” por “tendedero”.

Uno de los puntos neurálgicos del libro es la cuestión de género. El español es una lengua con género; el inglés, en gran medida, no lo es. A Coetzee le atrae lo que él ve como la simplicidad de la ausencia de género del inglés, su rechazo a animar el mundo entre masculino y femenino. Dimópulos aborda esto con más ambivalencia. Las disputas sobre el lenguaje inclusivo en español -el uso de la terminación en “e”, la arroba, la multiplicación de formas más o menos aceptadas- son disputas sobre quién llega a ser visible, sobre cuya existencia queda marcada en la forma predeterminada de un sustantivo o adjetivo. Despojarse del género en el lenguaje no es un acto neutral. Puede ser tanto un silenciamiento como una liberación, y Dimópulos, que ha visto cómo se desarrollaban estas discusiones en la cultura literaria de Buenos Aires con una intensidad que los críticos anglófonos rara vez registran, lo sabe de primera mano.
El capítulo final, “Palabras”, es el más personal y, en mi opinión, el menos cerrado en el mejor de los sentidos. Ambos autores hablan de la experiencia de buscar una palabra concreta, la mot juste que está casi en la punta de la lengua pero que no se encuentra, y de lo que esta experiencia sugiere sobre la relación entre el pensamiento y el lenguaje. ¿Es la palabra que falta evidencia de una laguna en el vocabulario, un lugar donde el lenguaje aún no ha madurado? ¿O es la búsqueda en sí misma la que revela algo: ¿que el pensamiento precede al lenguaje, que el lenguaje siempre llega demasiado tarde para captar lo que la mente está buscando?
Esta es una pregunta muy antigua, y el libro no la resuelve. Lo que hace es ofrecerte dos sensibilidades diferentes que la abordan en tiempo real, sin saber de antemano dónde acabarán, y eso resulta ser más interesante que cualquier resolución.
La pregunta que le hace a Dimópulos es si esa experiencia es prueba de una laguna real en el lenguaje o si es prueba de algo anterior: un pensamiento o una sensación que precede al lenguaje y que ninguna palabra podría albergar del todo. Dimópulos responde con una anécdota. Un ex estudiante de filosofía vive en las calles de Berlín. Lo han visto en la estación de Jannowitzbrücke, sentado con las piernas cruzadas en ropa sucia sobre el andén frío, inclinado sobre un ejemplar del Duden, el diccionario oficial del alemán, leyendo página por página en busca de las palabras correctas. Estudió filosofía en la universidad, explica cuando le preguntan, y no puede continuar con su pensamiento hasta que haya encontrado el lenguaje adecuado. Lleva años en eso. Dimópulos lee esta figura como algo a la vez cómico, trágico, y no del todo equivocado. Le recuerda una nota adhesiva que pegó en la pared de su apartamento en la juventud: Traigan categorías nuevas, por favor. Nunca supo quién se suponía que debía traerlas. Con los años, la frase cambió en su memoria: Hay que salir a buscar palabras. Nadie más las traerá.
La conversación entre el tesauro de Coetzee y el lector del Duden de Dimópulos es el pasaje más hondo del libro. Ambas imágenes giran alrededor del mismo problema desde direcciones opuestas: que la palabra adecuada puede existir, pero no puede institucionalizarse, que lo que ofrece el diccionario es un mapa del universo tal como ha sido recortado hasta ahora y no tal como es. El mapa siempre va detrás del territorio.

El libro termina con una reflexión sobre la Torre de Babel y sobre las matemáticas como el único lenguaje plenamente traducible. Las matemáticas no pertenecen a ningún país ni cultura; una demostración en chino es la misma demostración en portugués. El sueño de un lenguaje universal encuentra su única encarnación real en los números, en las estructuras abstractas que carecen de idioma, de acento, de hogar. Esto no es consolador. Sugiere que lo que hay de universal en el pensamiento humano es precisamente lo que hay de menos humano en él: lo formal, lo impersonal, lo despojado de todo. Un lenguaje que signifique lo mismo en todas partes resulta no significar nada que le importe a la literatura.
Una cosa más, y quizá sea lo más extraño de Don de lenguas. El libro fue escrito en 2024. En la introducción, ambos autores reconocen el auge de los grandes modelos lingüísticos y la traducción automática como un avance de máxima importancia para todo lo que están a punto de discutir y luego lo dejan totalmente de lado. La decisión es comprensible; la IA es un tema que puede devorar cualquier conversación en la que se introduzca, y estos escritores tenían otras cosas de las que querían hablar. Pero no se puede evitar darse cuenta de lo que eso significa. El libro es un diálogo sobre lo que hace humano al lenguaje: lo ajeno, el esfuerzo, la brecha entre el pensamiento y la palabra, la forma en que cada acto de escribir es un acto de negociación con la historia. En segundo plano, mientras estos dos escritores abordan todo eso, las máquinas están aprendiendo a hacerlo más rápido, a gran escala y por menos dinero. El libro no aborda esto. Quizá no pudiera. Quizá saber qué decir al respecto lleve más tiempo del que cualquiera de nosotros ha tenido.
Don de lenguas no resuelve los problemas que plantea. No pretende hacerlo. Lo que ofrece, en cambio, es un modelo de cómo mantenerlos: dos escritores desde posiciones diferentes en el orden lingüístico, con relaciones distintas con el imperio, la traducción y la gramática, reflexionando juntos sobre lo que cuesta el lenguaje y para qué sirve. El hecho de que el libro esté escrito en inglés -precisamente el idioma que ambos escritores contemplan con una ambivalencia tan complicada- es la ironía que alberga en su interior, y que sabe que alberga, y que no ha resuelto. Eso es, al fin y al cabo, lo más honesto del libro: la negativa a fingir que la ironía se disipa, ni siquiera aquí, ni siquiera entre dos personas que la han analizado con más detenimiento, claridad intelectual y pasión que la mayoría.
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Los Viejos de Agosto: Tradición y cultura en las fiestas agostinas de San Salvador
Las fiestas agostinas de San Salvador reúnen cada año a miles de personas en torno a una de sus expresiones culturales más emblemáticas: los Viejos de Agosto. Esta tradición, con más de 200 años de historia, destaca por la presencia de personajes bufos y figuras mitológicas que recorren las calles durante los desfiles patronales, manteniendo viva una parte fundamental del patrimonio salvadoreño.
Según explicó Yelter Herrera, integrante de la Compañía Artística Teopantli, los Viejos de Agosto surgieron como parte esencial de las celebraciones patronales en diferentes municipios y cantones del país. Herrera relató a Infobae que la compañía fue fundada el 14 de septiembre de 1989 por su padre, Edgar Barrera, quien es el director y creador del grupo.
Desde entonces, la agrupación ha trabajado en la representación de mitos, leyendas y personajes icónicos de la cultura local. “Esta es una tradición salvadoreña que lleva más de doscientos años de realizarse en el país. Siempre se sacan personajes bufos, que en algunos lugares se les conoce también como comparsas, para acompañar a los desfiles de las fiestas patronales en los diferentes pueblos”, afirmó Herrera.
Entre los personajes más reconocidos se encuentran la Siguanaba, el Cipitío, el Cadejo Blanco, el Cadejo Negro y el Padre sin Cabeza. Cada uno cuenta con su propia historia y mitología, y forman parte de lo que en El Salvador se conoce como “espantos” o figuras sobrenaturales transmitidas entre generaciones.

La participación en los Viejos de Agosto suele estar marcada por la herencia familiar y el valor de la creatividad. Herrera, quien comenzó a integrarse a la compañía a los diez años, explicó a Infobae: “La principal razón es que mi papá, Edgar Barrera, es el director y creador de la compañía. Él siempre ha estado ligado a temas de danza folclórica y costumbres del país, y así mismo incorporó a estos personajes”.
Con el tiempo, la compañía ha visto pasar a decenas de jóvenes y adultos, llegando a contar con ochenta integrantes antes de la pandemia y manteniendo actualmente un promedio de cincuenta miembros.
Los disfraces, que en algunos casos han permanecido casi inalterables por décadas, se adaptan a los materiales disponibles y las exigencias de cada presentación.
El vestuario del Cipitío, por ejemplo, conserva el tradicional traje de manta blanca y sombrero artesanal de palma, mientras que las máscaras han evolucionado desde modelos de aserrín y pegamento hasta versiones en papel maché y réplicas para cubrir distintas actividades.
Durante las fiestas agostinas, los Viejos de Agosto aportan alegría, color y un sentido lúdico que conecta con el público local y los turistas. “En mi caso, yo represento al personaje del Cipitío, que es un personaje gordito, utiliza un sombrero y regularmente se le aparece a las señoritas en los ríos y quebradas. Es la imagen de un niño que nunca creció”, detalló Herrera.
El contacto con la audiencia, especialmente con los niños, es un aspecto clave: “Lo que hago personalmente muchas veces es darle la mano a los niños antes de interactuar con ellos, para que entiendan que no deben de tenerme miedo, sino que es parte de la diversión”, agregó.

La tradición también ha cruzado fronteras. Las máscaras de los Viejos de Agosto han sido exhibidas en Suiza hace aproximadamente veinte años, y la compañía participó en el Desfile de las Rosas en Pasadena, Estados Unidos, en 2020. “Ser el primer grupo de este tipo que se presenta en el desfile más importante de bandas de paz del mundo es una marca que tenemos gracias a Dios”, señaló Herrera.
El grupo ha recorrido los catorce departamentos de El Salvador, y en su historia ha visitado la isla de Meanguera del Golfo, además de presentarse en países vecinos como Guatemala y Nicaragua.
El elenco de los Viejos de Agosto incluye figuras como el Diablo Rojo, el Diablo Negro, la Siguanaba, el Cipitío, el Historiante, el Padre sin Cabeza, el Monje, el Cadejo Blanco, el Cadejo Negro, la Embarazada, el Sacerdote, el Árbitro y el Enfermero, entre otros. La incorporación de algunos personajes responde a contextos actuales, enriqueciendo la propuesta artística del grupo.
El valor de esta manifestación cultural se refleja en el compromiso de transmitirla a las nuevas generaciones. “Siempre es importante que un pueblo, un país, conserve estas cosas, porque son situaciones autóctonas que nos definen y nos diferencian con otros países de la región”, subrayó Herrera.
Las actividades no solo permiten conocer el territorio, sino que también representan una oportunidad para que niños y jóvenes se involucren y valoren su identidad cultural.
Como mensaje final, Herrera invitó a los jóvenes a integrarse: “Siempre las puertas están abiertas para todos estos jóvenes, chicos y señoritas que le guste la cultura salvadoreña. Es una forma sana y cultural de lograr sobrellevar, y que, pues respeten la cultura salvadoreña, que conozcan de ella y la sigan difundiendo por el paso de las generaciones”.
corresponsal:Desde San Salvador, El Salvador
INTERNACIONAL
Trump v. Smithsonian: A timeline of how the White House fight over ‘woke’ history unfolded
NEWYou can now listen to Fox News articles!
President Donald Trump’s effort to root out what his administration calls «woke» ideology at the Smithsonian has grown into one of the most extensive White House reviews of the institution in decades.
The Smithsonian oversees 21 museums, the National Zoo and nearly 157 million objects and specimens while receiving more than $1 billion annually in federal funding outside of private-side dollars.
The administration’s campaign has placed the taxpayer-supported institution at the center of a broader debate over patriotism, historical interpretation and the role of federally funded cultural institutions amid a growing divide over how people view and retell America’s story.
GOP LAWMAKER DEMANDS ANSWERS AFTER SMITHSONIAN CHIEF URGED MOVING BEYOND ‘AMERICA FIRST MENTALITY’
President Donald Trump has made reshaping the Smithsonian a priority of his broader campaign to eliminate what his administration calls «woke» ideology from federally supported institutions. (Bloomberg via Getty Images)
Over the past 16 months, the administration has examined museum exhibits, educational programming, internal records and leadership statements, issued multiple document requests, interviewed curators and conducted on-site museum walkthroughs.
The effort culminated in a 162-page White House report recommending sweeping reforms and announcing new executive actions aimed at implementing those recommendations.
Here’s a timeline of the major developments.
March 27, 2025: Trump launches effort to root out ‘woke’ ideology at the Smithsonian
Trump signed an executive order titled «Restoring Truth and Sanity to American History» two months into his second term. The order argues that federal cultural institutions, including the Smithsonian, have promoted «divisive» ideological narratives.
The executive action directs the Trump administration to restore what it describes as a more patriotic presentation of American history. And it tasks the White House Domestic Policy Council and Vice President JD Vance, in his role as a Smithsonian Regent, with reviewing Smithsonian exhibits and programs.
Spring–Summer 2025: White House launches Smithsonian investigation
Following Trump’s executive order, the White House Domestic Policy Council kicked-off an investigation of the Smithsonian, focusing primarily on the National Museum of American History.
Officials reviewed exhibits, educational materials, strategic plans, leadership speeches, museum programming and public statements. During that review, the council documented examples they argue prioritize divisive ideological narratives over a so-called patriotic telling of American history.
Aug. 12, 2025: White House formally puts Smithsonian on notice

The Smithsonian, the nation’s largest museum and research complex, is at the center of a White House campaign to overhaul its presentation of American history. (J. David Ake/Getty Images)
White House officials sent Smithsonian Secretary Lonnie Bunch a letter formally launching the review ordered by Trump.
The letter directs the institution to turn over exhibition plans, educational materials, internal policies and other records while outlining a review of eight Smithsonian museums to ensure exhibits «celebrate American exceptionalism» and remove what the administration calls divisive narratives.
It also sets deadlines for document production, curator interviews and on-site reviews, with museums instructed to begin revising public-facing content within 120 days.
Late 2025: White House says Smithsonian isn’t adequately celebrating America’s founding

The Trump administration has repeatedly pressed Smithsonian Secretary Lonnie Bunch for records and changes as part of its review of the institution. (Al Drago/The Washington Post/Getty Images)
The White House criticizes the museum for holding no special Independence Day programming in 2025 despite being open on July 4, discontinuing its traditional Flag Day ceremonies, and planning 250th anniversary exhibits and events.
According to the administration, those 250 installations emphasize flaws of the United States while giving insufficient attention to the Founders, the Declaration of Independence and the American Revolution.
Dec. 18, 2025: White House says Smithsonian isn’t cooperating with its review
The White House tells Smithsonian Secretary Bunch in a letter that the institution has failed to provide most of the records requested during its review.
Among other things, the review requested exhibition plans, curatorial documents and governance materials be turned over.
At this time, the administration gives the Smithsonian until Jan. 13, 2026, to produce the requested records. It also reminds the institution that federal funding must be used in a manner consistent with Trump’s «Restoring Truth and Sanity to American History» executive order.
Early 2026: White House conducts on-site Smithsonian investigation

For Trump, the battle over the Smithsonian is part of a broader push to restore what he calls a more patriotic telling of American history across federally funded cultural institutions. (Kevin Dietsch/Getty Images)
White House investigators complete on-site walkthroughs of Smithsonian museums. During the visits, they reviewed exhibits, educational materials, digital content and internal planning documents as well as interviewed museum staff as part of the administration’s review.
SMITHSONIAN’S NATIONAL MUSEUM OF AMERICAN HISTORY PROMOTES ‘EXTREME POLITICAL ACTIVISM,’ WH REPORT ALLEGES
Investigators found during those visits exhibits that they argue emphasized restorative history, decolonization, immigration activism, DEI initiatives and social justice. Meanwhile, it claimed that the institution was downplaying America’s Founders, the nation’s achievements and patriotic themes.
The report ultimately concludes the Smithsonian project has undergone a significant shift away from its original mission, arguing exhibits increasingly emphasize social justice activism and ideological narratives rather than focus on America’s founding principles and national achievements.
May 14, 2026: White House says Smithsonian’s flagship America 250 exhibit misses the mark

The White House argued the Smithsonian’s flagship America 250 exhibit did not adequately celebrate the nation’s Founders or the American Revolution. (Al Drago/The Washington Post/Getty Images)
The museum debuts its signature exhibition commemorating America’s 250th anniversary, featuring 250 objects from its collection, including Thomas Jefferson’s writing desk, George Washington’s uniform and the Star-Spangled Banner.
The White House said just two months before the country’s 250th celebration that the exhibition repackages existing displays rather than creating a new founding-era exhibit. It also criticized the installation for failing to meaningfully celebrate America’s Founders, the Declaration of Independence or the American Revolution during the nation’s 250th birthday.
The Trump administration also said the exhibit’s promotional materials and programming downplayed patriotic themes and national symbols.
July 2026: White House delivers verdict on Smithsonian review
The White House Domestic Policy Council releases its 162-page «Saving America’s Story» report, concluding that the National Museum of American History has undergone «ideological capture.»
The report recommends removing what it describes as political activism from museum exhibits and restoring displays that emphasize America’s founding principles, national achievements and patriotic history. It says the findings stem from the Smithsonian review ordered by Trump’s March 2025 executive order.
The expansive report included images of exhibits, images of exhibits and placards, as well as curators and leaders of the museum.
It spent much of the report focusing on how the museum classified and portrayed illegal migration in its exhibits.
July 24, 2026: Trump orders federal agencies to carry out Smithsonian reforms
Hours after the report’s release, Trump signs the «Restoring Trust in the Smithsonian Institution» executive order, directing the Interior Department, Office of Management and Budget (OMB), General Services Administrator (GSA) and the White House Domestic Policy Council to use available authorities to encourage the Smithsonian to address the report’s findings.
TRUMP ORDERS SIGNS OUTSIDE SMITHSONIAN MUSEUM AMID ROW OVER ITS DEPICTION OF AMERICAN HISTORY

A photograph of President Donald Trump and a short plaque next to it are on display at the Smithsonian’s National Portrait Gallery’s «American Presidents» exhibit on Sunday, Jan. 11, 2026 in Washington. (AP Photo/Anna Johnson)
Trump’s order also instructs the National Park Service (NPS) to install temporary signs outside the National Museum of American History directing visitors to the report and describing the administration’s concerns with the museum’s presentation of American history.
The administration says its effort is intended to restore a more patriotic presentation of American history at the Smithsonian. The institution, meanwhile, has long said its mission is to preserve and present the nation’s history through scholarship, research and public education, setting the stage for continued debate over how America’s story should be told.
The Smithsonian did not immediately respond to Fox News Digital’s request for comment.
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Tartessos, la civilización de España que selló sus templos antes de desaparecer sin dejar rastro
El valle del Guadiana, en la árida llanura del suroeste de España, guarda bajo su suelo un secreto que nunca se logró borrar. Templos sellados, joyas de oro y cenizas de rituales sin explicación: lo que hoy parece tierra fue, hace más de 2.500 años, el corazón de Tartessos, una civilización que comerció con medio Mediterráneo y dejó su huella en la costa atlántica y en la ciencia.
Los historiadores griegos y romanos la conocían, o creían conocerla. Heródoto, geógrafo, escribió sobre una ciudad portuaria más allá de las Columnas de Hércules, ese límite del mundo conocido que hoy se conoce como estrecho de Gibraltar. El Antiguo Testamento menciona un lugar llamado Tarsis, desde donde las naves del rey Salomón regresaban cargadas de oro, plata y marfil.
Cada fuente describía a Tartessos de forma distinta: un río, un puerto, un reino, una isla, pero nadie coincidía.
Sin embargo, las excavaciones del último siglo fueron sumando piezas a un rompecabezas enorme y generando respuestas a historiadores. Pero recién en las últimas décadas la tecnología permitió empezar a ver la imagen completa de un mundo que fue protagonista del mercado miles de años atrás.

Tartessos floreció entre los siglos IX y V a. C. en el sur de la península ibérica, y surgió de la fusión entre poblaciones indígenas y colonizadores fenicios y griegos. No fue una cultura aislada: su ubicación geográfica, próxima al estrecho de Gibraltar, la convirtió en un punto de conexión e intercambio entre el Atlántico y el Mediterráneo, dos mundos que hasta entonces habían operado con escaso contacto directo.
Su base económica descansaba en los metales. El subsuelo del sur peninsular era extraordinariamente rico en oro, plata, cobre y estaño, y los tartesios lo explotaron con una organización que impresionó a los viajeros de la Antigüedad. Según recoge History National Geographic, Eforo, historiador del siglo IV a. C., los describió como “un mercado muy próspero, regado por un río que lleva gran cantidad de estaño, oro y cobre».

El rey Argantonio se convirtió en la figura por antonomasia de la civilización. De acuerdo con History National Geographic, las fuentes antiguas lo presentan como un gobernante longevo y opulento, símbolo de la abundancia que caracterizó a esta sociedad durante su apogeo. Su figura condensó, con el tiempo, todo el aura de prosperidad que rodeaba al mundo tartesio.
Además del comercio y la metalurgia, registraron el primer sistema de escritura conocido de la península ibérica. La escritura tartésica, que data de alrededor del siglo VIII a. C., deriva del alfabeto fenicio y presenta una particularidad: es palindrómica, puede leerse de derecha a izquierda o de izquierda a derecha. Según informó la BBC, los sonidos exactos que representan sus símbolos aún están bajo estudio.
Una estela con inscripciones de este sistema se conserva en el Museo Arqueológico de Badajoz, dentro de la Alcazaba.

La relación con los fenicios es uno de los debates más activos en la arqueología actual. La postura tradicional sostuvo durante décadas que ambas culturas, pese a la cercanía geográfica, se mantuvieron sustancialmente separadas. Pero investigaciones más recientes plantean que entre ellas se produjo una fusión cultural tan profunda que en muchos yacimientos resulta difícil distinguir qué elementos son de cada uno.
Lo que sí permanece fuera de discusión es la extensión geográfica de la civilización. Los primeros hallazgos apuntaban al valle del Guadalquivir, en Andalucía, como el núcleo tartesio. Pero descubrimientos posteriores en el valle del Guadiana, más al oeste, ampliaron ese mapa considerablemente.
Hasta la fecha, según relevó la BBC, se han identificado más de 20 yacimientos tartesios en toda España, que incluyen sitios en las provincias de Huelva, Sevilla, Córdoba, Badajoz e incluso en Portugal.
La desaparición hacia el siglo V a. C. continúa siendo uno de los enigmas sin resolver de la arqueología ibérica. La civilización no se apagó de forma gradual: los registros materiales indican una ruptura abrupta, sin señales claras de una transición hacia otra cultura o una retirada ordenada.

Una de las teorías con mayor respaldo reciente apunta a un desastre natural. Según informó el investigador científico del Instituto de Arqueología de Mérida, Sebastián Celestino Pérez, “parece que pudo haber habido un terremoto a mediados del siglo VI antes de Cristo, seguido de un tsunami que podría haber afectado a los principales puertos”, reveló en diálogo con la BBC.

Pero los factores económicos y políticos también pesan en el análisis. De acuerdo con History National Geographic, Eduardo Ferrer-Albelda, catedrático de arqueología de la Universidad de Sevilla, señaló que la riqueza metálica era tanto su mayor fortaleza como su punto más vulnerable.
“También se documenta una crisis minera, pero la violencia debió desempeñar un papel importante”, afirmó. El investigador también planteó que “la connivencia entre las aristocracias fenicia e indígena podría haber terminado abruptamente, de modo que cabe suponer un movimiento entre las poblaciones de la zona tartésica”.
Lo que sí documentan con precisión los yacimientos es el ritual con el que los tartesios cerraron sus espacios sagrados antes de abandonarlos. Según relevó la BBC, en todos los sitios excavados se repitió el mismo patrón: los habitantes vaciaban los recipientes y ánforas, quemaban el edificio y lo sellaban con arcilla, dejando en su interior herramientas de hierro, joyas de oro y restos de animales sacrificados.
Ana Belén Gallardo Delgado, historiadora y guía del yacimiento de La Mata, resumió esa conducta para la BBC: “Lo que más me sorprende es la peculiar costumbre de destruir sus viviendas; en todos los yacimientos encontrados se ha seguido el mismo comportamiento“.
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