INTERNACIONAL
J. M. Coetzee y Mariana Dimópulos y el lujo de lo extranjero

Hay una pequeña asimetría en el corazón de Don de lenguas que el libro nunca llega a nombrar. J. M. Coetzee, que escribe en inglés, es también el hombre que, cuando quiso escribir una novela sobre un pianista polaco en Barcelona, dispuso que se preparara una traducción al español simultáneamente para que el libro pudiera existir primero en español, pudiera ser español primero, al menos durante un tiempo. La traductora que eligió fue Mariana Dimópulos, una novelista y filósofa argentina, ella misma escritora en una lengua que ha pasado gran parte de su carrera defendiendo frente a la presión de precisamente la lengua en la que escribe Coetzee. El libro que han creado juntos es un diálogo sobre el lenguaje, el estilo, la traducción, la gramática es el registro de una colaboración que es también, necesariamente, una negociación en terreno desigual. Escrito originalmente en inglés, Don de lenguas cuenta con una brillante traducción al español de Esther Cross.
Cada capítulo abarca un terreno familiar para cualquiera que haya dedicado tiempo a la obra de obra de Coetzee: su sensación de distanciamiento del inglés a pesar de ser su practicante, su larga disputa con los compromisos sociales que la cultura anglófona arrastra consigo, su interés por la sintaxis plana, la prosa despojada, en lo que él llama despojar a una lengua de sus “nutrientes”. Dimópulos aborda el mismo material desde un ángulo diferente. Ella escribe en español, lo que significa que habita una lengua con género gramatical, con modos de tratamiento formales e informales, aunque con una relación que podría llamarse similar con respecto a la idea de política del imperio. Su contribución al diálogo nunca es meramente ilustrativa. Se trata de preguntas acerca de qué es el lenguaje, qué es el estilo, qué se pierde y qué se puede ganar en la traducción, que temas no se resuelven. Plantearlas como una conversación entre dos escritores con lenguas maternas diferentes y posiciones distintas dentro del mundo literario significa que la resistencia a la resolución es la fortaleza del libro, ya que es difícil ponerse de acuerdo con demasiada facilidad cuando tu interlocutor escribe desde un universo gramatical diferente.
El libro comienza con una reflexión sobre la nostalgia lingüística. Coetzee recuerda el momento, unos años después de la emigración de su familia de Sudáfrica a Australia, en que sintió que ya no podía escribir en inglés sin sentir que el inglés era extranjero, extranjero para él, extranjero para el continente en el que había crecido. Había pasado décadas haciendo que su distanciamiento fuera productivo, lo había convertido en un estilo. Ahora, en su adultez, en un nuevo país, se encontraba al margen del margen. Esto es típicamente coetzeano: la posición siempre está un paso alejado de cualquier centro.
Dimópulos responde a esto con su propia versión de la historia. Para ella, la extrañeza no es una condición adquirida, sino el medio en sí mismo. Escribe en un español argentino ya matizado por la conciencia de que el español de España llegó en su día como instrumento colonial, de que el español de Buenos Aires está impregnado de la inmigración italiana, de sustratos indígenas, de una relación con la cultura europea que es a la vez íntima y antagónica. Cuando escribe, ya lo hace en una lengua que le pertenece, pero no del todo, que ha heredado a través de una historia de llegada y desplazamiento. No lo describe exactamente como una herida, pero tampoco lo idealiza.

Lo que interesa a ambos escritores no es la fenomenología del lenguaje desde dentro, sino la política del lenguaje desde fuera. ¿A quién pertenece un idioma? ¿Quién decide para qué sirve? ¿Qué significa escribir en el idioma de la administración colonial cuando no se forma parte de esa administración? Son preguntas con una larga historia, y Coetzee y Dimópulos lo saben. Lo que aportan es algo más específico: el testimonio de escritores que han tenido que tomar decisiones prácticas dentro de este panorama, aunque hay una diferencia clara y poco política que subyace todo el texto sin pararse con fuerza sobre él: a diferencia de Coetzee, Dimópulos debe adoptar un segundo idioma para la academia, uno que le permita subsistir en ese medio que admite poca -casi nula- variedad lingüística. No es una elección, es una imposición que aceptamos todos los que de una u otra manera intentamos mantenernos en una carrera internacional, en un sistema de congresos y becas. Los papers se publican en inglés. En esto, paradójicamente, Dimópulos también tiene una ventaja, es bilingüe. Y por eso este dialogo es mas aceitado.
Uno de los pasajes más instructivos del libro se refiere a la negativa de la industria editorial a considerar la traducción al español de Dimópulos de El polaco como el original. Coetzee quería que el español se considerara un original, no un texto derivado. Había escrito el inglés sabiendo que se convertiría en español, había intentado escribir un inglés que diera paso al español con elegancia, incluso con entusiasmo. La editorial no estaba de acuerdo. Hay razones legales y comerciales para ello, como siempre las hay, y la editorial no se equivocaba en sus propios términos. Pero el episodio es instructivo por lo que revela más que por lo que resuelve. La categoría de original resulta no ser meramente estética, sino institucional, protegida por contratos y la ley de derechos de autor, por la maquinaria a través de la cual se venden los libros y se conceden las licencias de derechos. El original es lo que la industria diga que es, que suele ser el idioma que domina el mayor mercado que en este caso coincide con el idioma en el que el libro fue escrito en primer lugar. En la práctica, esto significa el inglés. Y, en el caso de El polaco esto aplica además porque por más intencionalidad que haya tenido el autor de plantar una bandera política, un estandarte de protesta frente a la omnipresencia del inglés, escribió el libro en inglés originalmente. Coetzee llama a esto una derrota, y se nota la frustración. Es la frustración de alguien que entendió las reglas e intentó jugar con ellas, y descubrió que las reglas se aplicaban con más rigor de lo que esperaba. Lo que no llega a decir el libro es que su experimento con la simultaneidad fue posible, en primer lugar, porque es un premio Nobel que escribe en inglés. Una novelista peruana no podría conseguir que su español se considerara el original de una traducción al inglés. La asimetría es más profunda de lo que cualquier acto individual de buena fe puede alcanzar.
Y en un momento dado se refieren al estilo y, en mi opinión, esta parte del libro es de lo más interesante. Coetzee ya ha escrito antes sobre el estilo como algo ajeno: el escritor que se convierte en un extraño en su propio idioma, que rechaza la comodidad idiomática que ofrece la lengua materna, que escribe como si tradujera a palabras algún pensamiento previo, prelingüístico. Traza una línea a través de Kafka, de Beckett, del Flaubert, escritores que encontraron su voz al rechazar la música fácil de la fluidez de su lengua nativa. Hay algo seductor en esta genealogía. También hay algo que debería ponernos nerviosos. Y Dimópulos introduce ese nerviosismo. Señala que se trata de una idea muy particular del estilo, con antecedentes europeos y un carácter de clase específico. La escritora que puede permitirse despojar su prosa de la calidez idiomática, que puede producir lo que Coetzee llama un inglés sin cuerpo, debe haber interiorizado primero los modismos que rechaza. Hay que pertenecer al club antes de poder rechazar su apretón de manos. La extrañeza que se convierte en estilo solo está al alcance de quienes primero han sido de los nuestros, o que al menos han pasado por ser de los nuestros el tiempo suficiente para aprender las reglas que ahora están rompiendo.

Hay que reconocer que Coetzee no descarta esto. Reconoce la paradoja: hacer que el inglés resulte extraño requiere conocerlo muy bien. Su extrañeza es cultivada, elegida, alimentada por una educación en la lengua de la que se está distanciando. Esto difiere de la extrañeza de alguien para quien la lengua dominante siempre fue extranjera, para quien no existía una posición de insider que abandonar. Pero hay un pasaje en este capítulo al que volví varias veces, sin estar del todo segura de qué pensar al respecto. Coetzee propone que el ideal del estilo como extrañeza, o sea entre otras cosas la eliminación del color local, de los marcadores sociales, del tipo de prosa que planta su bandera, podría apuntar hacia lo que él llama un lenguaje de “literatura mundial” una especie lengua materna de nadie y, por lo tanto, propiedad cultural de nadie. Cita, con cautela pero con sinceridad, el ejemplo del esperanto, no como una propuesta seria, sino como una indicación de a qué podría aspirar un proyecto así.
Quiero detenerme aquí, porque creo que hay un juego de manos que el libro es demasiado educado para nombrar. El sueño de una lengua neutra, una lengua sin hogar, casi siempre se sueña desde una posición de comodidad en la lengua dominante. Las personas que ya escriben en inglés y a quienes ya se entiende en todas partes, se reseña y se traduce y se incluye en los planes de estudios son las que encuentran más atractivo proponer que el inglés pueda trascenderse a sí mismo, convertirse en propiedad de nadie, convertirse en aire. Sin embargo para quienes escribimos en español, árabe o swahili, la perspectiva de una “lengua mundial” no parece una liberación. Parece lo que ya ha ocurrido. De hecho, los hispanohablantes de Latinoamérica tenemos además un plus que viene dado de que leemos libros extranjeros publicados por las grandes corporaciones editoriales que traducen en Barcelona o Madrid para toda la biodiversidad de hablantes de los españoles que practicamos en las Américas. Por otro lado, no puedo dejar de preguntarme todo el tiempo mientras leo este por demás complejo e interesante libro, ¿el color de una lengua no es también el color de su cultura? ¿Una lengua no expresa la diversidad del pueblo que la habla? ¿Unificar la comunicación en una lengua no sería borrar la diferencia?
Cuando abordan el tema de la traducción, Dimópulos se expresa con mayor plenitud en su propia voz. Ha dedicado años a la traducción, primero como lectora y luego como profesional, y su comprensión de lo que exige este trabajo tiene una textura diferente a la de Coetzee. Mientras que a él le interesa la traducción como problema filosófico: el problema de la equivalencia, de lo que se puede y no se puede trasladar, a ella le interesa la traducción como trabajo, como atención sostenida con su propia ética y su propia fenomenología. Uno de los ejemplos más reveladores del libro tiene que ver con la traductora vietnamita que trabaja en una novela de Coetzee y debe decidir si el hermano de un personaje es mayor o menor. En vietnamita la distinción es gramaticalmente obligatoria: el idioma no permite dejarla sin especificar. El inglés de Coetzee la deja sin especificar, deliberadamente; quería que el personaje permaneciera ligeramente indeterminado. La traductora se encuentra ahora en una situación en la que debe añadir información que el original omite. Debe escribir algo que su autor nunca escribió y que no puede respaldar, no porque quiera, sino porque su lengua lo exige. Coetzee interpreta esto como una restricción impuesta por la gramática vietnamita, una especie de intromisión. Dimópulos lo interpreta de otra manera, y tiene razón. Lo que revela el caso vietnamita es que el inglés tampoco es neutral. Su negativa a especificar la edad relativa es en sí misma una característica gramatical, una limitación o una libertad, dependiendo de cómo se mire. La simplicidad que Coetzee valora en su estilo es en parte una función de lo que el inglés no te obliga a decir. Otros idiomas exigen otras cosas. Nada de esto es sencillo. Y ninguno debiera ir en detrimento del otro a niveles de exacta reciprocidad. Pienso mientras leo esto en otro tipo de traducciones que se hacen cuando a una autora latinoamericana que escribe en español y se publica en España se le pide que borre los marcadores vernáculos, escriba en un español mas “neutro” o peor, de manera casi insultante porque es la misma lengua (¿), que diseñe un glosario de localismos. Y no hablo precisamente de textos marcados con jerga local exacerbada; hablo de cambiar “soga de colgar la ropa” por “tendedero”.

Uno de los puntos neurálgicos del libro es la cuestión de género. El español es una lengua con género; el inglés, en gran medida, no lo es. A Coetzee le atrae lo que él ve como la simplicidad de la ausencia de género del inglés, su rechazo a animar el mundo entre masculino y femenino. Dimópulos aborda esto con más ambivalencia. Las disputas sobre el lenguaje inclusivo en español -el uso de la terminación en “e”, la arroba, la multiplicación de formas más o menos aceptadas- son disputas sobre quién llega a ser visible, sobre cuya existencia queda marcada en la forma predeterminada de un sustantivo o adjetivo. Despojarse del género en el lenguaje no es un acto neutral. Puede ser tanto un silenciamiento como una liberación, y Dimópulos, que ha visto cómo se desarrollaban estas discusiones en la cultura literaria de Buenos Aires con una intensidad que los críticos anglófonos rara vez registran, lo sabe de primera mano.
El capítulo final, “Palabras”, es el más personal y, en mi opinión, el menos cerrado en el mejor de los sentidos. Ambos autores hablan de la experiencia de buscar una palabra concreta, la mot juste que está casi en la punta de la lengua pero que no se encuentra, y de lo que esta experiencia sugiere sobre la relación entre el pensamiento y el lenguaje. ¿Es la palabra que falta evidencia de una laguna en el vocabulario, un lugar donde el lenguaje aún no ha madurado? ¿O es la búsqueda en sí misma la que revela algo: ¿que el pensamiento precede al lenguaje, que el lenguaje siempre llega demasiado tarde para captar lo que la mente está buscando?
Esta es una pregunta muy antigua, y el libro no la resuelve. Lo que hace es ofrecerte dos sensibilidades diferentes que la abordan en tiempo real, sin saber de antemano dónde acabarán, y eso resulta ser más interesante que cualquier resolución.
La pregunta que le hace a Dimópulos es si esa experiencia es prueba de una laguna real en el lenguaje o si es prueba de algo anterior: un pensamiento o una sensación que precede al lenguaje y que ninguna palabra podría albergar del todo. Dimópulos responde con una anécdota. Un ex estudiante de filosofía vive en las calles de Berlín. Lo han visto en la estación de Jannowitzbrücke, sentado con las piernas cruzadas en ropa sucia sobre el andén frío, inclinado sobre un ejemplar del Duden, el diccionario oficial del alemán, leyendo página por página en busca de las palabras correctas. Estudió filosofía en la universidad, explica cuando le preguntan, y no puede continuar con su pensamiento hasta que haya encontrado el lenguaje adecuado. Lleva años en eso. Dimópulos lee esta figura como algo a la vez cómico, trágico, y no del todo equivocado. Le recuerda una nota adhesiva que pegó en la pared de su apartamento en la juventud: Traigan categorías nuevas, por favor. Nunca supo quién se suponía que debía traerlas. Con los años, la frase cambió en su memoria: Hay que salir a buscar palabras. Nadie más las traerá.
La conversación entre el tesauro de Coetzee y el lector del Duden de Dimópulos es el pasaje más hondo del libro. Ambas imágenes giran alrededor del mismo problema desde direcciones opuestas: que la palabra adecuada puede existir, pero no puede institucionalizarse, que lo que ofrece el diccionario es un mapa del universo tal como ha sido recortado hasta ahora y no tal como es. El mapa siempre va detrás del territorio.

El libro termina con una reflexión sobre la Torre de Babel y sobre las matemáticas como el único lenguaje plenamente traducible. Las matemáticas no pertenecen a ningún país ni cultura; una demostración en chino es la misma demostración en portugués. El sueño de un lenguaje universal encuentra su única encarnación real en los números, en las estructuras abstractas que carecen de idioma, de acento, de hogar. Esto no es consolador. Sugiere que lo que hay de universal en el pensamiento humano es precisamente lo que hay de menos humano en él: lo formal, lo impersonal, lo despojado de todo. Un lenguaje que signifique lo mismo en todas partes resulta no significar nada que le importe a la literatura.
Una cosa más, y quizá sea lo más extraño de Don de lenguas. El libro fue escrito en 2024. En la introducción, ambos autores reconocen el auge de los grandes modelos lingüísticos y la traducción automática como un avance de máxima importancia para todo lo que están a punto de discutir y luego lo dejan totalmente de lado. La decisión es comprensible; la IA es un tema que puede devorar cualquier conversación en la que se introduzca, y estos escritores tenían otras cosas de las que querían hablar. Pero no se puede evitar darse cuenta de lo que eso significa. El libro es un diálogo sobre lo que hace humano al lenguaje: lo ajeno, el esfuerzo, la brecha entre el pensamiento y la palabra, la forma en que cada acto de escribir es un acto de negociación con la historia. En segundo plano, mientras estos dos escritores abordan todo eso, las máquinas están aprendiendo a hacerlo más rápido, a gran escala y por menos dinero. El libro no aborda esto. Quizá no pudiera. Quizá saber qué decir al respecto lleve más tiempo del que cualquiera de nosotros ha tenido.
Don de lenguas no resuelve los problemas que plantea. No pretende hacerlo. Lo que ofrece, en cambio, es un modelo de cómo mantenerlos: dos escritores desde posiciones diferentes en el orden lingüístico, con relaciones distintas con el imperio, la traducción y la gramática, reflexionando juntos sobre lo que cuesta el lenguaje y para qué sirve. El hecho de que el libro esté escrito en inglés -precisamente el idioma que ambos escritores contemplan con una ambivalencia tan complicada- es la ironía que alberga en su interior, y que sabe que alberga, y que no ha resuelto. Eso es, al fin y al cabo, lo más honesto del libro: la negativa a fingir que la ironía se disipa, ni siquiera aquí, ni siquiera entre dos personas que la han analizado con más detenimiento, claridad intelectual y pasión que la mayoría.
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Chocaron dos trenes de pasajeros en el norte de Londres: hay un muerto y 89 heridos

«Como una bomba»: así fue el choque de trenes al norte de Londres
La reacción oficial: qué dijo el primer ministro, Keir Starmer
INTERNACIONAL
JD Vance reveals what drew him back to God after seeing Christians had life ‘figured out’

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EXCLUSIVE: Vice President JD Vance said years spent chasing academic, professional and financial success ultimately left him searching for something deeper, leading him back to Christianity and eventually to the Catholic faith he practices today.
«I was really worried about where I went to school and what kind of job I had and what kind of money that I made. But I felt like that wasn’t making me a good person, whereas the Christians in my life seem to have it figured out,» Vance told Fox News Digital in an interview as his new memoir, «Communion: Finding My Way Back to Faith,» hit bookshelves.
Whether they were rich or poor, whatever their background or education was. They were just much better people; they were much more gracious and much more kind.»
Vance’s book debuted on Tuesday, recounting the path that took him from a Protestant childhood to atheism — and ultimately to the Catholic faith he embraces today. Vance’s reflections come as he is increasingly regarded as one of the Republican Party’s strongest potential presidential candidates for 2028.
JD VANCE RELEASING BOOK ABOUT FAITH JOURNEY, CONVERSION TO CATHOLICISM
Vice President JD Vance and his family, including wife Usha Vance and their three children, pose for a photo outside the Taj Mahal in Agra, India, on April 23, 2025. (Kenny Holston/Pool/Reuters)
«There have been so many people who have been very good to me, but I just felt at home in the churches that I was going to with my Catholic friends and that’s a big part of why I converted,» Vance told Fox News Digital.
He came to believe that the joy, kindness and character he saw in the Christians around him stemmed from their faith.
«Some of those people call the Catholic Church their home. So I’d go to church with them or I’d talk to them about various things that were on my mind… sometimes God puts people in front of you,» said Vance.
SECOND LADY USHA VANCE ON MOTHER’S DAY AND WHAT SHE STRIVES FOR AS A MOM

Vice President JD Vance and his wife Usha Vance attend the Commander-in-Chief Ball in Washington, D.C., on Jan. 20, 2025. (Anna Moneymaker/Getty Images)
He shared that he loves how American Christianity is «dynamic» with the various denominations.
Vance drew headlines in October when he spoke out about his wife’s Hindu faith, sharing his desire for her to convert.
«Do I hope eventually that she is somehow moved by the same thing that I was moved by in church? Yeah, I honestly do wish that,» Vance said at the time.
In his book, the vice president points out that it is his wife who helps usher the children off to Sunday Mass even though she does not practice Catholicism.
JD VANCE DEFENDS WIFE USHA AGAINST ‘DISGRACEFUL’ ATTACKS OVER INDIAN HERITAGE: SHE’S ‘WAY OUT OF THEIR LEAGUE’

In his new book ‘Communion: Finding My Way Back to Faith,’ VP JD Vance recounts his spiritual journey and how his wife supports his Catholic faith life. (Fox News Digital)
«Usha and I talk about everything. She really is my best friend, and she’s the most interesting person,» said Vance.
The Vances have three children, Ewan, 8, Vivek, 5, and Mirabel, 4, and are expecting a fourth child in July.
Vance said he was surprised by the backlash to his comments last year, arguing that it is «common sense» to want the people you love to share your faith.
Illinois Democratic representative Raja Krishnamoorthi, who is Indian-American himself, took aim at the vice president.
«At a time when Hindu and Indian-American communities are confronting a climate of rising prejudice, talk of mass deportations, and growing anti-Hindu sentiment—even against members of his own party—it’s deeply disappointing that the Vice President would add to that climate through his recent comments while remaining silent in the face of hate,» the congressman wrote on X.
Vance shared that their family life is still centered around faith no matter what faith it is.
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«She definitely participates in the rituals of the church with us, and I really love that. That’s part of our family life that is very good. Whether we do church at home or whether we go out to a church, she’s the person who’s helping me get the kids ready, and the kids are always late, and it takes forever to get their shoes on.
«Even though she’s not a Christian, she’s been very much a part of my faith journey in ways big and small,» said Vance.
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Balotaje en Colombia: Iván Cepeda y Abelardo de la Espriella se disputan la presidencia con proyectos antagónicos

Rivales ideológicos y con estilos políticos antagónicos, Iván Cepeda y Abelardo de la Espriella buscarán este domingo llegar a la presidencia de Colombia en un balotaje que elegirá al sucesor de Gustavo Petro.
En juego están dos modelos contrapuestos. Por un lado, la continuidad representada por Cepeda, del izquierdista Pacto Histórico y heredero político del presidente Petro; y por el otro, la ruptura total que irrumpe de un “outsider” con un discurso de “mano dura” como el del postulante del partido derechista Defensores de la Patria.
Más de 41 millones de colombianos están habilitados para votar este domingo.
En la primera vuelta celebrada el 31 de mayo, De la Espriella se impuso por alrededor de tres puntos de ventaja (43% a 40%) sobre Cepeda. Hoy, el candidato de una derecha radical es el favorito, según coinciden la mayoría de las encuestas.
El ganador asumirá el poder el 7 de agosto.
Iván Cepeda, el heredero de Gustavo Petro
El senador Iván Cepeda tiene 63 años. Es el candidato de la continuidad del gobierno de izquierda de Petro, quien no puede ser reelecto en forma consecutiva, según lo prohibe la Constitución.
Sin embargo, sus estilos difieren.
“Cepeda tiene una visión más sopesada y un estilo sobrio. Petro es más extremista y propenso a discursos incendiarios. Pero ideológicamente son muy similares”, dijo a TN el analista político colombiano Carlos Moreno, profesor de la Universidad Javieriana de Bogotá.
El candidato del Pacto Histórico es hijo del histórico dirigente comunista Manuel Cepeda Vargas, asesinado por agentes del Estado el 9 de agosto de 1994 con la complicidad de paramilitares. El candidato presidencial oficialista Ivan Cepeda (Foto: REUTERS/Sergio Acero)
En Colombia es reconocido por su extensa trayectoria en el campo de la defensa de los derechos humanos.
Así, lideró el Movimiento Nacional de Víctimas de Crímenes del Estado (Movice) e impulsó los acuerdos de paz firmado con los movimientos guerrilleros en los últimos años.
También fue facilitador del Acuerdo de Paz entre el gobierno y las irregulares Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC) en 2016 y participó en el diálogo con el Ejército de Liberación Nacional (ELN).
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“Gran parte de su vida giró alrededor de su lucha por los derechos humanos. Recién en los últimos años se convirtió en congresista. Es una de las figuras sobresalientes de la izquierda colombiana”, dijo Moreno.
Su paso a la política se produjo en los últimos años. Fue diputado entre 2010 y 2014 y en las elecciones de 2021 fue electo senador.
Cepeda ha enfrentado graves problemas de salud en los últimos años. Así, enfrentó con cirugías y tratamientos de quimioterapia un diagnóstico de cáncer de colon y una lesión cancerígena en el hígado.
Desde la campaña de su rival llegaron a afirmar que no podía caminar.
“Mi estado de salud es óptimo en este momento. Estoy plenamente facultado, capacitado, estoy en las mejores condiciones para ejercer no solamente lo que queda de esta campaña, sino en el futuro la Presidencia de la República”, afirmó Cepeda en una declaración en la última semana.
Abelardo de la Espriella, un “outsider” admirador de Nayib Bukele
En la vereda de enfrenta se encuentra el mediático abogado Abelardo de la Espriella, de 47 años.
Con un discurso de ruptura, este abogado, empresario y creador digital es el representante de la derecha dura de la región y un profundo admirador de Nayib Bukele, el presidente de El Salvador.
No solo promete la misma “mano dura” que practica Bukele en su país. También imita su estilo: la misma barba, el mismo corte de pelo.
Liberal en lo económico, apostó en campaña por un discurso contra la ola de violencia desatada por la guerrillera y organizaciones criminales. Así dijo que, de ganar, dejará de lado el diálogo impulsado por Petro y bombardeará a estos grupos ilegales.

Abelardo De La Espriella buscará este domingo la presidencia de Colombia. (Foto: REUTERS/Cesar Quiroz)
“Tiene una postura fuerte en materia de seguridad. Busca imitar a Bukele. Pero en términos económicos no es muy distinto a los programas de la derecha tradicional”, dijo Moreno.
Para el analista, De la Espriella impulsará un ajuste del Estado de llegar a la presidencia como hizo Javier Milei en Argentina, pero con una salvedad que lo aleja del modelo libertario argentino.
“La derecha colombiana tienene en mente programas sociales para reducir la pobreza y eso él lo ha men cionado”, indicó.
De la Espriella irrumpió en la casa de los colombianos a través de los medios cuando ejercía de abogado en algunos de los casos judiciales más polémicos del país. Fue asesor de las paramilitares Autodefensas Unidas en el último proceso de paz y abogado de Alex Saab, el operador financiero colombiano-venezolano considerado testaferro de Nicolás Maduro.
Pero no solo eso. También defendió a David Murcia Guzmán, el creador de DMG, una estafa piramidal que afectó a más de 200.000 ahorristas colombianos con un esquema Ponzi, según las denuncias.
En 2017, cuando aún era abogado de Saab, hoy detenido en Estados Unidos, traspasó todos los límires al pedir asesinar a Maduro en un artículo de opinión publicado en El Heraldo de Barranquilla.
“Los venezolanos de bien y la comunidad internacional en pleno deben entender que la muerte de Nicolás Maduro se hace necesaria para garantizar la supervivencia de la República. No se trataría de un asesinato común, sino de un acto patriótico que está amparado por la constitución venezolana y que resulta, por demás, moralmente irreprochable”, escribió entonces.
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Tuvo que renunciar al periódico en medio de un escándalo. Pero no se arrepintió de nada. Al poco tiempo publicó el libro “Muerte al tirano”.
“Aparece como una persona bastante liberal, pero desde el año pasado comenzó a presentar posiciones muy conservadores”, dijo Moreno.
Como admirador de Bukele, promete replicar en el país el modelo salvadoreño, que acabó con la violencia de las pandillas pero en medio de fuertes denuncias de violaciones a los derechos humanos y de retroceso democrático.
“En Colombia no podrá hacer lo mismo que Bukele. Aquí están más consolidados los contrapesos democráticos”, afirmó el analista.
Colombia, Iván Cepeda, Abelardo de la Espriella
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